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El peligro del Termidor[1]

Sobre el discurso de Stalin ante el Comité Central

 

 

11 de enero de 1933

 

 

 

El sistema soviético se apoya sobre la alianza del proletariado con el campesinado. El proletariado constituye una minoría de la población, el campesinado una abrumadora mayoría. Sin embargo, la mayor parte de los medios de producción están en manos del proletariado. Por otra razón, la fuerza del campesinado se encuentra disgregada en razón de su economía. Además, no es una clase homogénea. Mientras la aldea no sufra un cambio fundamental en la técnica, la economía y la cultura -y esa tarea, en las condiciones más favorables, será obra de toda una generación-, el campesinado producirá una capa de kulakis que inevitablemente aspirarán al capitalismo. Hoy la destrucción mecánica de los kulakis no resuelve nada. Después de la llamada “liquidación de los kulakis como clase”, la prensa soviética -que se ha pasado del materialismo al idealismo (los burócratas siempre son idealistas)- sigue quejándose del poder de la “ideología” kulak, de la supervivencia de la “psicología” kulak, etcétera. En realidad, lo que subyace tras estas quejas es el hecho de que el campesino medio, por más que se le encierre en los koljoses [granjas colectivas] no ve otra salida, ante el estado actual de la economía, que la de elevarse a kulak.

En la conmoción de Octubre se combinaron dos revoluciones: el fin de la revolución democrática y el comienzo de la revolución socialista. La revolución democrática le ahorró al campesinado cerca de quinientos millones de rublos oro al abolir el arriendo de la tierra. El campesino pobre evalúa los frutos de la revolución socialista según la cantidad de productos industriales que recibe a cambio de una cantidad dada de granos. El campesino no es utópico: no exige que se le construya el socialismo en un solo país y, para colmo, en cinco años. Pero sí quiere que la industria socialista le provea de mercancías en condiciones no inferiores que las de la industria capitalista. Con esa condición, el campesino está dispuesto a conceder al proletariado y a su partido un ilimitado crédito de confianza política. En ese caso, el estado soviético tendría la posibilidad de maniobrar de acuerdo con la situación interna y la mundial para atraer gradualmente al campesinado hacia la economía socialista.

La colectivización masiva sólo puede basarse en el intercambio equitativo de los productos industriales y agrícolas. Sin entrar en detalles teórico-económicos, intercambio equitativo es aquél que estimula al campesino tanto individual como colectivizado, a sembrar la mayor extensión de tierra posible, cosechar la mayor cantidad de cereal posible y vender la mayor parte del producto al estado, a la vez que recibe la mayor cantidad posible de productos industriales. Sólo ese tipo de relación económica entre la ciudad y el campo -lo que Lenin llamaba smychka [alianza entre la ciudad y el campo]- podrá librar al estado obrero de la necesidad de tomar medidas de intercambio forzado que desfavorecen a las aldeas. La dictadura del proletariado sólo se afirma cuando se garantiza el intercambio voluntario. Una smychka verdadera significa la alianza más estrecha de los campesinos pobres con el obrero urbano, el apoyo firme de la amplia mayoría del campesinado medio y, por consiguiente, el aislamiento político del campesinado rico y de los elementos capitalistas nacionales en general. Una smychka verdadera significa la lealtad inconmovible del Ejército Rojo hacia la dictadura del proletariado, la que, dadas las conquistas de la industrialización y sus reservas humanas ilimitadas, sobre todo campesinas, posibilitará al estado soviético resistir cualquier invasión imperialista.

Como viene señalando la Oposición de Izquierda desde 1923, la industrialización es la premisa fundamental para el avance hacía el socialismo. Sin incremento de la industrialización el campesino no puede recibir textiles ni clavos, y menos tractores. Pero la industrialización debe realizarse según ritmos y planes tales que permitan un aumento sistemático, si bien lento, de la cantidad de productos urbanos y rurales de intercambio, así como el alza de nivel de vida tanto para los obreros como para los campesinos. Esta premisa fundamental para la estabilidad del conjunto del régimen pone límites al ritmo de industrialización y colectivización.

El plan quinquenal, ¿abolió las clases e introdujo el socialismo? He aquí una pregunta estúpida. ¿O fortaleció la smychka entre la industria y la agricultura? He aquí, por el contrario, una pregunta que es indispensable plantear. La respuesta es no, la debilitó y perturbó. Stalin, en su último discurso ante el plenario del Comité Central, se jactó de que las cifras previstas en el plan de colectivización se triplicaron. Pero, ¿a quién sirven esas cifras si no a los burócratas jactanciosos? Las estadísticas de colectivización no sustituyen el pan. Los koljoses son numerosos, la carne y las verduras escasas. Las ciudades carecen de alimentos. La industria está desorganizada porque los obreros padecen hambre. Respecto a su relación con los campesinos, el estado ha pasado del intercambio semivoluntario mediante el impuesto en especie a la expropiación forzada, es decir, a los métodos del Comunismo de Guerra.[2]

Los obreros hambrientos están descontentos con la política del partido. El partido está descontento con la dirección. El campesinado está descontento con la industrialización, la colectivización y la ciudad. Un sector del campesinado está descontento con el régimen. ¿Es un sector amplio? No podemos medirlo; pero resulta claro que, dadas las circunstancias imperantes, se trata de un sector en crecimiento.

“Las cifras previstas para el plan de colectivización se triplicaron”. He ahí el problema, justamente. Las granjas colectivas construidas por la fuerza no conducen al socialismo; por el contrario, minan las bases de la dictadura proletaria al convertirse en organismos para las huelgas campesinas contra el estado. Al ocultar los cereales o reducir deliberadamente la tierra sembrada, el campesinado toma la senda del kulak. Permítanme comprar y vender libremente, dice. ¿De quién y a quién? De aquél y a aquél que le ofrezca un buen precio, sea el estado, un ente privado o un capitalista foráneo. La huelga campesina por la libertad de comercio interno conduce directamente a la reivindicación de la abolición del monopolio del comercio exterior. Esa es la lógica de los errores del Primer Plan Quinquenal.

Stalin hizo el balance en su discurso. Ya volveremos sobre este en un artículo especial. Pero en la economía planificada el balance estadístico únicamente se corresponde con el económico, cuando el plan es bueno. Por el contrario, un plan malo puede disminuir, inclusive anular, las mayores conquistas. El plan quinquenal rindió enormes ganancias en la técnica y la producción, pero en el aspecto económico los resultados son sumamente contradictorios. Las cifras del balance político revelan un déficit claro y enorme. La política es economía concentrada, la política dispone. La construcción socialista, que introduce una cuña entre el campesinado y el proletariado y que siembra el descontento en el proletariado, construye mal. No hay cifras que puedan alterar esta evaluación objetiva. El verdadero balance no está en las páginas de los diarios sino en las tierras de los campesinos, en los graneros de las granjas colectivas, en los almacenes de las fábricas, en los comedores de los obreros y, por último, en las cabezas de los obreros y los campesinos.

El centrismo burocrático, con todos sus zigzags, restricciones y saltos, no ha fortalecido la dictadura del proletariado, en cambio, ha aumentado enormemente, el peligro del Termidor. Sólo los cobardes temen proclamar en voz alta el verdadero nombre del desenlace. Los hechos hablan más fuerte que las palabras. Para luchar contra hechos adversos es necesario llamarlos por sus verdaderos nombres, y también es necesario llamar por su nombre al culpable: Stalin y su camarilla.

¿Por qué hablamos precisamente de Termidor? Porque desde el punto de vista histórico es el ejemplo más conocido y completo de una contrarrevolución enmascarada, que todavía mantiene los rasgos externos y el ritual de la revolución pero altera de manera irreversible el carácter de clase del estado. Aquí los sabihondos nos interrumpirán para hacer gala de sus conocimientos: la Francia del siglo XVIII conoció una revolución burguesa; la Rusia del siglo XX, una revolución proletaria. Las condiciones sociales han cambiado enormemente, y la situación mundial es distinta, etcétera. Con tales lugares comunes, cualquier filisteo puede -sin el menor problema- hacer gala de un extraordinario poder intelectual. Para nosotros la diferencia entre la Revolución de Octubre y la Revolución Jacobina[3] no es ningún misterio. Pero ello no es pretexto para volverle la espalda a la historia. En 1903 Lenin escribió que los bolcheviques eran jacobinos indisolublemente ligados a la clase obrera. Yo le respondí detallando las diferencias entre los marxistas y los jacobinos. Mis argumentos, correctos de por sí, erraron completamente el blanco. Lenin sabía perfectamente bien que no es lo mismo un marxista que un jacobino; pero, dados sus objetivos específicos, le era necesario rescatar el rasgo común. Quien no emplee esos métodos nada puede aprender de la historia.

En el mismo sentido en que Lenin calificó a los bolcheviques de jacobinos proletarios, es posible extraer los rasgos termidorianos de la reacción contra la dictadura del proletariado. No todas las contrarrevoluciones pueden compararse con el Termidor: Kornilov, Denikin y Wrangel[4] no tienen el menor rasgo en común con él. En todos esos casos se trataba de la lucha armada de los capitalistas y terratenientes por recuperar su dominio. El estado proletario rechazó ese peligro. ¿Puede volver a plantearse? Como factor independiente, difícilmente, pues la gran burguesía rusa fue destruida hasta la raíz; los sobrevivientes no pueden reaparecer si no es a la cola de una intervención militar extranjera o del Termidor.

De todos los movimientos contrarrevolucionarios que hubo en la Unión Soviética, la insurrección de Kronstadt, en marzo de 1921,[5]  fue lo más parecido al Termidor. En los tres años que precedieron a la insurrección, los mejores elementos proletarios de la guarnición de Kronstadt habían sido ocupados en la construcción socialista y en la Guerra Civil; los mejores murieron. Lo único que quedó en los barcos y cuarteles fue el elemento campesino desesperado de hambre. Muchos de estos marineros se reclamaban bolcheviques, pero no querían saber nada de la Comuna; eran partidarios del soviet, pero sin comunistas. Aquello fue una rebelión del campesinado, lastimado, descontento e impaciente contra la dictadura proletaria. Si la pequeña burguesía hubiera triunfado, habría revelado su bancarrota al día siguiente y hubiese sido remplazada por la gran burguesía. Dadas las condiciones de esta época, -vale decir, el siglo XX, no el XVIII-, ese proceso no iba a demorar muchos años: le bastarían meses, quizás semanas. La contrarrevolución pequeñoburguesa, que realmente se cree revolucionaria, que no quiere el dominio del capital, pero que inevitablemente lo prepara: esto es el Termidor.

En la Unión Soviética sólo el campesinado puede convertirse en una fuerza que imponga el Termidor. Para que ello ocurra tendría que separarse totalmente del proletariado. La destrucción de las relaciones normales entre la ciudad y el campo, la colectivización administrativa, la expropiación forzada de los productos de la economía rural, sitúan al campesinado frente al estado soviético de manera no menos tajante que en el invierno de 1920-1921. Es cierto que el proletariado es ahora mucho más numeroso, y en ello reside el éxito de la industrialización. Pero el proletariado carece de un partido activo, atento y eficaz, mientras que el pseudo partido no dispone de una dirección marxista. Además, el estado soviético, con el koljós, le dio al campesinado una organización útil para la resistencia. La ruina de la smychka, que empezaba a surgir, amenaza con romper la alianza entre el proletariado y el campesinado. Allí, precisamente, reside el origen del peligro del Termidor.

No hay que contemplar el cuadro como si la separación se trazara según una divisoria social tajante: el proletariado por un lado, el campesinado por el otro. El campesinado rodea y encierra al proletariado desde todos los ángulos. En el seno del propio proletariado anidan millones de elementos que llegaron recientemente de las aldeas. Y el evidente desacierto de la política de la dirección, el naufragio del aventurerismo de la burocracia, el amordazamiento total de la democracia obrera -todos estos elementos- también hacen a los obreros genuinos susceptibles de las ideas pequeñoburguesas. Allí se encuentra el segundo peligro del Termidor.

Tampoco debe suponerse que la divisoria deja al partido de un lado y al campesinado y la clase obrera del otro. No, es inevitable que la línea del Termidor atraviese al propio partido. Lenin, en su “Testamento”,[6] dijo: “Nuestro partido se apoya en dos clases, lo que hace posible su inestabilidad, y si no existe armonía entre ambas clases su derrumbamiento es inevitable... En tal caso, ninguna medida serviría para evitar una escisión [en el partido -L.T.]. Pero confío en que este acontecimiento sea demasiado improbable y remoto para ponerse a hablar de ello.”[7] En aquellos tiempos Lenin opinaba que si durante diez o veinte años se aplicaba una política correcta hacia el campesinado se aseguraría el triunfo del proletariado a escala mundial. Por eso él -y todos nosotros- considerábamos que la perspectiva del Termidor era tan lejana como improbable.

Del lapso de diez a veinte años mencionado por Lenin ya han transcurrido diez. En este período la Comintern sufrió tan sólo derrotas en el campo de la revolución internacional. No obstante, y a pesar de las circunstancias excepcionales, el comunismo y, por consiguiente, la revolución internacional son más débiles hoy que cuando Lenin escribió su “Testamento”, pues en el mismo lapso se agudizó en grado sumo el peligro de ruptura entre las dos clases sobre las cuales descansa la URSS.

Sin embargo, aun con estas enormes dificultades, nada hay de irreparable en la economía del país. Sólo que se necesita algo para su recuperación. Ese algo es el partido. No existe un partido en el verdadero sentido de la palabra. Hay, sí, una organización que agrupa formalmente a millones de afiliados y aspirantes, ambas categorías por igual privadas de sus derechos. Dentro del marco de la misma organización se encuentran, pues, los elementos aterrorizados de dos partidos: el proletario y el termidoriano. Por encima de ambos está la burocracia. Esta es culpable de los errores económicos y de haber minado la smychka. Y lo es de algo peor aun: de haber amordazado al partido. Al mismo tiempo que su política colocó al campesinado en oposición al estado, desarmó políticamente al proletariado. Los obreros no sólo deambulan físicamente de fábrica en fábrica; tampoco encuentran lugar político donde ubicarse.

Sería un error suponer que la divisoria de la ruptura termidoriana separa al aparato stalinista del ala derecha del partido. No; atraviesa al propio aparato. ¿Qué porcentaje de Bessedovskis y Agabekovs[8] contiene? Ni siquiera lo saben los traidores del mañana. Todo depende de la relación de fuerzas fuera del aparato. Basta un golpe lo suficientemente fuerte de la pequeña burguesía para que los burócratas termidorianos se reconozcan y salten el muro que los separa del enemigo de clase. Este es el tercer peligro del Termidor.

Pero vea usted, -dirá un stalinista o alguno de sus secuaces- el Comité Central se dispone a purgar al partido de derechistas, y eso significa precisamente que Stalin está tomando medidas contra el Termidor. No, respondemos, la “purga” burocrática sólo facilita el trabajo del Termidor. La nueva purga, al igual que la de los últimos diez años, estará dirigida contra la Oposición de Izquierda y en general, contra los elementos proletarios que piensan y critican. A pesar de la consigna oficial “El principal peligro proviene de la derecha” -el propio Rikov[9] la repite hoy- las cárceles y lugares de exilio se llenan principalmente de militantes de la Oposición de Izquierda. Pero inclusive los golpes que recaen sobre la derecha no fortalecen, debilitan al partido. El ala derecha está integrada, junto con los elementos verdaderamente termidorianos, por otros -cientos de miles, quizás millones- que recibirían la restauración capitalista con profunda hostilidad, pero exigen la revisión global de la política desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores de la ciudad y el campo. El programa de estos derechistas es confuso. Circunstancialmente podrían convertirse en elementos de apoyo al Termidor; o, tal vez, ayudar a la revitalización del partido por la senda revolucionaria. La burocracia stalinista no les permite comprender la situación. El principal objetivo de la purga es ahogar el pensamiento crítico, lo que no sirve sino para fortalecer al ala derecha.

Y bien, ¿quién llevará a cabo la purga? En París, Bessedovski dirigió la comisión que “purgó” a Rakovski. No lo olvidemos. Desde entonces, la degeneración del aparato ha avanzado aun más. En todas las cartas que recibimos de la URSS se repite el mismo triste leit-motiv: nadie confía en nadie, todos tienen miedo de que la persona que se encuentra a su lado sea un enemigo de clase con un carnet del partido. Quienes más alzan la voz para proclamar la necesidad de la purga son los arribistas, los aventureros, los Bessedovskis y Agabekovs. ¿Quién purgará al partido de tales purgadores? No será el aparato, sino los enemigos implacables del aparato.

¿Es que esta situación no tiene salida? Nuestro léxico no conoce esa clase de términos. La lucha lo decidirá. En el bando de la revolución proletaria hay muchas posibilidades históricas negativas: la horrible decadencia del capítalismo, los furiosos conflictos interimperialistas, la bancarrota del reformismo; también las hay positivas: cuadros bolcheviques leninistas probados, una correcta evaluación del curso de los acontecimientos, una perspectiva clara. La lucha lo decidirá. No cabe la menor duda de que el peligro se ha vuelto mayor e inminente. Pero el veneno del Termidor lleva en sí los elementos del antídoto. Cuanto más cercano y próximo es el peligro, más apremiante la necesidad de resistir. Cuanto más pierda la cabeza la burocracia, cuánto más se demuestre la irrealidad de la omnipotencia de la camarilla stalinista, más fuerte levantarán su voz los obreros avanzados para exigir una dirección bolchevique.

El ultimo discurso de Stalin -volveremos sobre él- significa un giro a la derecha. Cada frase de sus jactancias burocráticas constituye un reconocimiento velado de la falsedad de toda la “línea general”, que ha aproximado la dictadura al Termidor. Stalin se dispone a tratar los males y peligros efectuando un nuevo zigzag burocrático y redoblando el terror burocrático. Responderemos acuciando la lucha contra el stalinismo.



[1] El peligro del Termidor. La Verité (26 de enero de 1933). Traducido [al inglés] por A.L. Preston. The Militant publicó otra versión en su edición del 4 de febrero de 1933.

[2] El comunismo de guerra, o comunismo militar, era la forma de producción y cambio imperante en la Unión Soviética cuando ésta luchaba por sobrevivir en la Guerra Civil de 1918-1920. Los bolcheviques no pensaban nacionalizar y centralizar la economía inmediatamente después de la revolución; sus primeros planes económicos eran mucho más modestos y graduales. Pero todo debió subordinarse a la lucha militar por la supervivencia. El comunismo de guerra provocó grandes fricciones entre el campesinado y el estado que requisaba o expropiaba sus productos. La producción, tanto agrícola como industrial, se redujo en forma creciente. Los bolcheviques vieron en la rebelión de Kronstadt de 1921 la señal de que el descontento campesino habla llegado al punto critico, y fue entonces que impusieron la Nueva Política Económica en reemplazo de la anterior.

[3] Se conocía con el nombre de jacobinos a la Sociedad de Amigos de la Constitución, que dirigió la Revolución Francesa (su lugar de reunión era el monasterio de los jacobinos de París). Estaban divididos en tres alas: la izquierda (Montaña) dirigida por Robespierre y Marat; la derecha (Gironda) dirigida por Brissot, y el centro (el Llano) dirigido por Danton.

[4] Lavr G. Kornilov (1870-1918), Anton I. Denikin (1872-1947) y Piotr N. Wrangel (1878-1928): comandantes de los ejércitos blancos que intentaron derrocar al estado soviético con ayuda de Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Japón y otras potencias imperialistas.

[5] La insurrección de Kronstadt (marzo de 1921), en la que participaron marineros de la base naval de Kronstadt y de la flota del Báltico, fue reprimida por el gobierno soviético mediante la fuerza armada. Trotsky escribió varios artículos sobre el significado de la rebelión y su propia participación en la represión de la misma (Escritos de 1937-1938).

[6] Lenin escribió su “Testamento”, en el que caracteriza a los distintos dirigentes soviéticos, poco antes del ataque que le provocaría la muerte en 1924.

[7] Cita tomada de León Trotsky, Lenin’s Testament (New York, Merit Publishers, 1965, p. 19) (N. Del E. Norteamericano).

[8] Bessedovski y Agabekov: diplomáticos soviéticos que buscaron asilo en el mundo capitalista.

[9] Alexei Rikov (1881-1938): bolchevique de la vieja guardia, comisario del interior en 1917 y presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo entre 1924 y 1930. Fue dirigente de la Oposición de Derecha. Juzgado y ejecutado en el juicio de Moscú de 1938.



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