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Los sindicatos ante la embestida económica de la contrarrevolución[1]

Declaración de los representantes de la Oposición de Izquierda (bolcheviques leninistas) al Congreso Contra el Fascismo

 

 

30 de marzo de 1933

 

 

 

Toda la historia moderna atestigua que el proleta­riado no es nada sin sus organizaciones de clase.

Al mismo tiempo, la experiencia demuestra que las organizaciones obreras pueden convertirse en un obstáculo para la lucha revolucionaria. Más de una vez el movimiento proletario resultó aplastado por esta contradicción. El ejemplo más trágico es la catástrofe de Alemania, en la que las organizaciones dirigentes, cada una a su manera, paralizaron al proletariado desde arriba y lo entregaron inerme al fascismo.

El Partido Comunista se impone como fin conducir al proletariado al poder, sólo puede realizar su misión revolucionaria ganando a la mayoría del proletariado y, por consiguiente, a sus organizaciones de masas, principalmente los sindicatos.

El partido debe librar su lucha por ganar influencia en los sindicatos de manera tal que no frene las tareas inmediatas de la organización de masas, que no las rompa, ni produzca en los obreros la impresión de que los comunistas desorganizan el movimiento de la clase. Los principios rectores de esta lucha aparecen esbo­zados en el Manifiesto Comunista, se desarrollaron en la teoría y en la práctica del movimiento obrero y encontraron su expresión más elevada en la obra del bolchevismo.

El partido es la flor y nata de la clase, su élite revolucionaria. El sindicato abarca amplias masas obreras, de distintos niveles. Cuanto más amplias son las masas que abarca, más se acerca el sindicato al cumplimiento de sus objetivos. Pero en la medida en que la organización gana en amplitud, pierde en profundidad. Las tendencias oportunistas, naciona­listas y religiosas que cunden en los sindicatos y en sus direcciones muestran que éstos no sólo reúnen a la vanguardia sino también a una pesada retaguardia. Así, las debilidades de los sindicatos surgen de lo que los hace fuertes. La lucha contra el oportunismo en las organizaciones sindicales significa fundamentalmente trabajar persistente y pacientemente para unir esa retaguardia con la vanguardia.

Quienes separan a los obreros revolucionarios de los sindicatos, quienes construyen, paralelamente a las organizaciones de masas, sindicatos revolucio­narios, "puros" -según el término irónico empleado por Lenin- pero pequeños y, por lo tanto, débiles, no resuelven la tarea histórica sino que renuncian a solucionaría; peor aun, obstaculizan la lucha por ganar influencia en la clase obrera.

Los organizadores de este congreso integran la Internacional Sindical Roja, de oposición. La historia de estas organizaciones es la de la violación criminal de los principios del marxismo en el terreno sindical. La Internacional Sindical Roja no es sino un partido comunista, o parte de un partido comunista, con otro nombre. Esta organización no vincula el partido a los sindicatos; por el contrario, lo separa de ellos. Su debilidad numérica no le permite remplazar a los sindicatos en el terreno de la movilización de masas, y tampoco puede influir desde afuera, puesto que aparece como organización hostil y opuesta a los sindicatos.

Para justificar la política de la Internacional Sindical Roja, así como la del social-fascismo, la burocracia stalinista apela al hecho de que la dirección de los sindicatos alemanes se demostró dispuesta a actuar de lacayo de Hitler, como en el pasado lo fue de los Hohenzollern. Señalando el papel abyecto de Leipart y Cía.,[2] los stalinistas franceses se oponen a la fusión de las dos organizaciones sindicales de Francia. Aceptan la unidad con una sola condición: la dirección de los sindicatos conjuntos debe estar en manos de combatientes revolucionarios, no de traidores.

Con ello los stalinistas demuestran una vez más que, igual que los Borbones franceses, no aprendieron nada ni olvidaron nada. Exigen que se les entregue organizaciones de masas con direcciones revolucio­narias prefabricadas, y condescienden a participar en esos sindicatos. En otras palabras, esperan que los demás realicen la tarea histórica que debería constituir el objetivo fundamental de su propio trabajo.

Los dirigentes de los sindicatos alemanes, como los de los sindicatos ingleses y norteamericanos y los de los sindicatos reformistas franceses, son -como dijo Rosa Luxemburgo[3] hace muchos años - "los canallas más grandes del mundo". La tarea más importante de la Comintern ha sido, desde su funda­ción, echar de los sindicatos a los canallas. Pero, cuando se trató de cumplir esta tarea, la burocracia stalinista demostró su bancarrota total.

El hecho de que la Organización Sindical Roja no se haya pasado al bando de Hitler constituye un mérito puramente negativo del que, en general, no corresponde jactarse en las filas revolucionarias. Pero su impotencia, la impotencia del PC Alemán, la impotencia de la Comintern, reside precisamente en que los canallas como Leipart y Cía. siguen al frente de los sindicatos de masas. En cuanto a la Organización Sindical Roja, antes de que se produjeran los grandes acontecimientos había demostrado ya ser un castillo de naipes.

El lugar de los comunistas está en los sindicatos. Deben ingresar en ellos con las banderas plegadas o al viento, para actuar al cubierto o al descubierto, según las condiciones políticas y policiales imperantes en el país. Pero deben actuar, no cruzarse de brazos.

Respecto de su participación en el movimiento sindical, generalmente los comunistas no pueden exigir condiciones a la clase obrera o a la burocracia reformista. Si la clase obrera comprendiera de antemano las ventajas de la política comunista no toleraría la presencia de traidores reformistas al frente de sus organizaciones. Por su parte, la buro­cracia reformista persigue consecuentemente el objetivo de mantener a los comunistas fuera de los sindicatos y por eso rechaza toda condición que podría facilitar siquiera mínimamente el trabajo de aquéllos. El revolucionario proletario no inventa ultimátums arrogantes, pero absurdos, para justificar su deserción del sindicato; penetra en éste salvando todas las barreras y obstáculos. El comunista no pretende que los burócratas sindicales creen las condiciones favorables para su trabajo; las crea él gradualmente, en la medida en que adquiere influencia dentro del sindicato.

El hecho de que este congreso, que llama a preparar la resistencia ante la embestida del capital y el fascis­mo, haya sido convocado por organizaciones que son sectarias por principio -las organizaciones alemana, polaca e italiana afiliadas a la ISR- nos obliga a elevar con redoblada fuerza nuestro llamado a todos los comunistas auténticos, a luchar contra los métodos fatales de la burocracia stalinista, que aíslan a la vanguardia proletaria y le cierran el camino a la victoria.

¡Camaradas comunistas, obreros conscientes! ¡Implantad en el terreno del sindicalismo la plena vigencia de los principios del marxismo, tal como los formularon los cuatro primeros congresos de la Comintern! ¡Limpiad el polvo stalinista de vuestros zapatos! ¡Volved al camino de Marx y Lenin! ¡Sólo este camino lleva hacia adelante!



[1] Los sindicatos ante la embestida económica de la contrarrevolución. Biulieten Opozitsi, Nro. 34, mayo de 1933. Sin firma. Traducido (al inglés) por A.L. Preston. Los mismos que organizaron en 1932 el congreso antibélico de Amsterdam comenzaron a preparar un congreso antifascista después del ascenso de Hitler al poder. Su sede iba a ser Copenhague, pero fue menester trasladarla a París. Este documento fue uno de varios artículos preparados por la Oposición de Izquierda internacional y redactados o corregidos por Trotsky.

[2] Theodor Leipart (1867-1947): sindicalista conservador alemán y dirigente de la socialdemocracia que dominaba a la Asociación Alemana del Trabajo (ADGB), dentro de la cual se agrupaba la mayor parte de los sindicalistas alemanes. Después de la Segunda Guerra Mundial fue partidario de la "fu­sión" de la socialdemocracia con el partido stalinista, que tomó el poder en Alemania oriental.

[3] Rosa Luxemburgo (1871-1919): fundadora del Partido Socialdemócrata Polaco y dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia alemana. Combatió el revisionismo y la política del SPD en la Primera Guerra Mundial. Fue encarcelada en 1915. Junto con Karl Liebknecht fundó el Spartakusbund (Liga Espartaco), que fue luego el PC Alemán. Liberada por la revolución de noviembre de 1918, fue dirigente de la insurrección espartaquista, aplastada en enero de 1919, cuando la socialdemocracia gobernante ordenó su asesinato y el de Liebknecht. Sus obras más conocidas son La acumulación de capital, Crítica de la Revolución Rusa (escrito en la cárcel) y Huelga de masas, partido político y sindicatos.



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