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Es necesario concertar un acuerdo intrapartidario honesto[1]

 

 

30 de marzo de 1933

 

 

 

Nuestros corresponsales nos han dicho más de una vez, últimamente, que entre los burócratas del PCUS existe un tipo de gente, bastante común, que está de acuerdo en todas las cuestiones menos en la del régimen interno del partido. Repudian al stalinismo en privado, a la vez que siguen defendiendo a Stalin. ¿Cómo? Con odio, rechinando los dientes. Transcribimos dos citas textuales de cartas que acabamos de recibir.

“Todos dicen que Stalin está aislado, y que el odio hacia él es general  [...] y a la vez suelen agregar: si no fuera por ese [omitimos un calificativo algo fuerte], todo caería hecho pedazos; sólo él es capaz de aglutinar todo.”

Hay más:

“Dicen que en lo fundamental Trotsky tiene razón en casi todo (como ejemplo citan la propuesta de que 1933 quede fuera de los planes quinquenales), pero comete un error: el proletariado que él ve es el de 1917-1923. Pero ese proletariado ya no existe. La mayor parte de la clase obrera actual recién viene del campo. No se le puede dar democracia. Es necesario tenerla bien aferrada.”

Las dos citas, que coinciden en lo fundamental con otras del mismo tenor, caracterizan con suma claridad la situación del país y, sobre todo, la situación interna de la fracción stalinista. Es muy esclarecedor el hecho de que se indique a 1923 como final de la vida normal del partido: en ese momento Lenin se vio obligado a abandonar definitivamente el trabajo, comenzó la lucha contra la Oposición, se inició el periodo del burocratismo puro y el dominio de los epígonos. La Oposición de Izquierda, según reconocen los burócratas liberales -y debe decirse que la abrumadora mayoría de los stalinistas ha caído en el “liberalismo abyecto”-, tiene razón en todos los terrenos fundamentales menos en uno: confía en un partido en el que no se puede confiar. Diez años de “proletarización” y “bolcheviquización” del partido de Lenin han provocado una situación tal que los apiaratchiki afirman con toda sinceridad y convicción que la composición del partido es tan grosera, indigna de confianza, no partidaria e inclusive tan antipartidaria que resulta inconcebible la democracia interna. Esta es la consecuencia principal de la década. Subrayamos: el stalinismo ha liquidado al partido.

Pero, es necesario enfrentar los hechos, dicen los burócratas liberales con falsa honestidad. Precisamente porque el partido ha sido ahogado, todo descansa sobre el aparato. Y Stalin impide que el aparato se descomponga, pues si se quiebra ese eje, todo caerá en pedazos. Esa es la filosofía del bonapartismo decadente. La política de Stalin es funesta, él mismo es odiado, pero mantiene unido al “régimen” y, por lo tanto, nosotros, burócratas esclarecidos, seguiremos siendo instrumentos de una política funesta.

¿Cuál es este “régimen” que Stalin mantiene? El mismo que ahogó al partido y socavó la dictadura proletaria. Stalin mantiene en pie al régimen stalinista, no cabe duda; pero aun si supusiéramos que puede seguir haciéndolo por mucho tiempo -lo que para nosotros es imposible- también hay que reconocer que únicamente puede darle al comunismo derrotas y humillaciones.

La tremenda confusión de la economía soviética, el inmenso abismo que separa a la ciudad del campo, la profunda brecha entre el proletariado y el estado que éste creó, las derrotas catastróficas en el terreno internacional, que culminaron con el inmenso desastre histórico de Alemania: he aquí los resultados de la política stalinista. La burocracia centrista no está en desacuerdo con este balance, puesto que reconoce los aciertos políticos de la Oposición. Pero agrega: debemos seguir respaldando a Stalin porque ni el proletariado ni el partido son dignos de confianza.

Nuestros amigos y nuestros enemigos saben que no tendemos a embellecer la situación imperante, sobre todo ahora, después del golpe en Alemania. Pero, a diferencia de los funcionarios liberales, no consideramos que la situación sea desesperada. Desgraciadamente, los sofismas que defienden la necesidad de apoyar a la autocracia, a pesar del carácter pernicioso del stalinismo, no provienen de la más elevada sabiduría sino de los mezquinos temores a los cambios y giros que puedan, de un momento a otro, sacudir... a la propia burocracia liberal.

Es bien cierto que Stalin ha destruido el partido. Lo hizo pedazos, dispersándolo en las prisiones y el exilio, logró convertirlo en una masa amorfa; lo ha desmoralizado, lo ha atemorizado; la verdad es que el partido como tal ya no existe. Pero al mismo tiempo, continúa siendo un verdadero factor histórico. Esto se comprueba por los constantes arrestos a los oposicionistas de izquierda; por el temor que tiene la camarilla de Stalin a Rakovski, a quien ha enviado a un alejado sitio del norte; por el retorno a la oposición de viejos bolcheviques que habían tratado de cooperar con Stalin (los arrestos y exilios de Zinoviev, Kamenev, I.N. Smirnov, Preobrashenski, Mrajkovski, Perevertsev y muchos otros). Finalmente, el reconocimiento de los burócratas mismos de que la Oposición y todos sus planteamientos son correctos, es un síntoma evidente del hecho de que el partido existe, de que forma su propia opinión y de que, en parte, la impone al aparato.

Cuando hablamos de revivir la democracia partidaria, nos referirnos precisamente, a la necesidad de reunir a los elementos dispersos, amordazados y atemorizados del verdadero Partido Bolchevique, de revivir su vieja forma de trabajo y de devolverle esa decisiva influencia en la vida del país. Es imposible resolver el problema de despertar al partido con métodos distintos a los de la democracia partidaria. No será la camarilla de Stalin la encargada de adelantar este trabajo, como tampoco lo será la burocracia liberal que la apoya y la odia por temor a las masas, (¡típico de las burocracias liberales en general!). El partido sólo puede ser revivido por el partido mismo.

La plataforma de la Oposición de Izquierda no contempla, naturalmente, una democracia absoluta y autosuficiente que se eleva por encima de la realidad política y social. Necesitamos democracia para la dictadura del proletariado y dentro del marco de esa dictadura. No cerramos los ojos ante el hecho de que la tarea de revivir al partido, la cual sólo puede realizarse con el método de la democracia partidaria, significará inevitablemente que durante un periodo transicional la libertad de crítica se extenderá a todo el conjunto de los elementos heterogéneos y contradictorios que integran el partido oficial y la Komsomol [Liga Juvenil Comunista]. Los elementos bolcheviques del partido no podrán encontrarse, vincularse, concertar acuerdos y trabajar abiertamente si no se diferencian de los elementos termidorianos y de la masa pasiva; y esta diferenciación, a su vez, es inconcebible si no existe libertad de crítica, un programa, discusiones, grupos fraccionales, en fin, si no se sacan a la luz todos los males que oculta hoy el partido oficial.

El período de transición será, sin duda, el más crítico y peligroso. Pero, si no nos equivocamos, Maquiavelo ya dijo que no se puede escapar de un peligro mortal sin correr riesgo alguno. El régimen de Stalin conduce únicamente a la destrucción. La revitalización del partido a través de su democratización entraña riesgos indudables, pero es la única salida viable.

El mismo proceso de revitalización del partido demuestra la fuerza de resistencia de las tendencias termidorianas. La expansión de la democracia en los sindicatos y soviets, absolutamente necesaria, se realizará según formas determinadas por el entorno político y bajo la dirección del partido. La democracia soviética es elástica. Si se producen auténticos éxitos internos e internacionales, se expandirá rápidamente. Sólo la experiencia puede demostrar cuáles son los límites de expansión en un período dado. Sólo un partido que lleva una vida sana puede evaluar políticamente la experiencia y aplicar correctamente esa evaluación. No es necesario que el partido nuclee a dos millones de personas. Puede reducirse a la mitad, a un tercio o a un cuarto, pero debe ser un partido.

La liquidación del régimen de Stalin, absolutamente inevitable y no muy lejana, puede producirse de diversas maneras. La lógica interna del aparato centrista, comprendida la burocracia liberal, provocará inevitablemente la caída del régimen en su conjunto. La línea general prepara el terreno para una catástrofe general. Si dejamos que el proceso siga su propio curso, la liquidación de la autocracia de Stalin será la penúltima etapa antes de la liquidación de todas las conquistas de Octubre. Pero, afortunadamente, la liquidación del régimen soviético no es tan fácil. En sus entrañas existen grandes fuerzas creadoras. Su expresión consciente, elaborada y confirmada es la Oposición de Izquierda (los bolcheviques leninistas). En el proceso de lucha contra las agrupaciones termidorianas, en el proceso de liberar al partido del lastre, las relaciones entre la fracción de los bolcheviques leninistas y la de los centristas -en la medida en que ésta desee combatir al Termidor y esté preparada para hacerlo- pueden tomar distintas formas. La forma que tome tiene mucho que ver con la suerte que corra la revolución. Puede decirse que el grado de riesgo que conlleva el paso a la democracia dependerá en gran medida de la forma concreta que asuman las relaciones entre los stalinistas y semistalinistas con la Oposición de Izquierda en el futuro inmediato. Por nuestra parte, igual que hace diez años, estamos dispuestos a hacer todo lo posible para que el proceso interno del partido sea lo más tranquilo y pacífico posible y no se convierta en guerra civil.

Por supuesto, no podemos renunciar a criticar al centrismo así como esté renunció a criticar a la social-democracia. Para nosotros, semejante actitud no sería otra cosa que abandonar el fin (salvar la dictadura) en nombre de los medios (el acuerdo con los stalinistas). Pero la crítica recíproca, de por sí inevitable y fructífera, puede adquirir distintas características, que dependen de la seriedad con que ambas partes se preparen para la misma y del marco organizativo en que transcurra. En este terreno, cuya importancia no requiere pruebas, la Oposición de Izquierda está dispuesta a concertar un acuerdo en cualquier momento, con la única condición de que se le devuelva su derecho a combatir en las mismas filas.

La lucha por imponer en el partido determinada política no tiene nada que ver con la lucha por tomar el aparato con el fin de destruir y expulsar a la fracción que hasta ayer lo dominaba. Esa no es nuestra línea. Por el contrario, queremos poner fin a esa política. Lo que está en juego es algo infinitamente más elevado que las pretensiones de determinadas camarillas o individuos. Necesitamos un régimen partidario leal. La manera más fácil, honrada e indolora de lograrlo sería a través de un acuerdo intrapartidario. En vista de los peligros enormes que acechan a la república soviética, los bolcheviques leninistas nuevamente proponen a todos los grupos que componen la fracción dominante la concertación de un acuerdo honorable, ante los ojos del partido y del proletariado internacional.



[1] Es necesario concertar un acuerdo intrapartidario honesto. Biulleten Opozitsi, Nº 34, mayo de 1933. Sin firma. Traducido [al inglés] por Iain Fraser.



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