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Ahora le toca el turno a Austria[1]

 

 

28 de marzo de 1933

 

 

 

La situación austríaca no es cualitativamente diferente de la de Alemania; su desarrollo le va un poco a la zaga, y eso es todo. Ahora que la vida política de Austria se halla bajo la presión de la victoria fascista en Alemania, la culminación se acerca hora tras hora.

Austria esta atravesando un período análogo al de Bruening-Papen-Schleicher[2] en Alemania, o al de Held[3] en Bavaria, es decir, al período de dictadura semibonapartista que se prolonga en virtud de la mutua neutralización de los campos proletario y fascista. En el caso de Austria, como en otros, preferimos utilizar el término bonapartismo (en contraposición a otras formulaciones puramente descriptivas y carentes de significado, como fascismo clerical, fascismo legalista, etcétera), porque caracteriza en forma tajante a un gobierno que oscila entre dos campos irreconciliables, un gobierno que se ve cada vez más obligado a sustituir su constante pérdida de base social por el aparato policíaco militar.[4] Lo que se expresa en las tendencias bonapartizantes es la necesidad apremiante que tienen las clases poseedoras de evitar la quiebra abierta de la legalidad, una larga etapa de guerra civil y una cruenta dictadura fascista; para ello cuentan con medidas policíaco-militares contenidas bajo cuerda en los parágrafos e incisos de las constituciones democráticas.

De todas maneras, ya hubo épocas en las que la base social de un gobierno “por encima de todas las clases” crece a expensas de las alas extremas: en tales períodos el bonapartismo puede poner su sello sobre toda una época histórica. Pero el “bonapartismo” austríaco de hoy, como el alemán de ayer, sólo puede tener un carácter circunstancial, de relleno, en el breve intervalo que separa al régimen democrático del fascista.

Es cierto que los “bonapartistas” austríacos poseen una base parlamentaria mucho más amplia y los fascistas son mucho más débiles que en Alemania. Pero los social-cristianos desaparecen y, simultáneamente, los nazis crecen a pasos agigantados; y detrás de los nazis está la Alemania fascista. La dinámica resolverá la situación. Tanto el análisis teórico como la experiencia reciente de Alemania señalan que la dictadura burocrático-policial vienesa no podrá durar mucho más. Los acontecimientos se precipitan. El poder deberá ser tomado por los fascistas o por los obreros.

 

La posibilidad de una postergación

 

No sabemos qué ocurre tras las bambalinas. Pero no cabe duda de que los gobiernos de los países que rodean y oprimen a Austria han puesto en funcionamiento todos los motores. Ni uno solo de esos gobiernos, ni siquiera el italiano, tiene el menor interés en ver el poder en manos de los fascistas. Es indudable que para los dirigentes de la socialdemocracia austríaca ésa es la gran carta de triunfo que domina toda la partida; según su óptica, las presiones financieras y de todo tipo que puedan ejercer las naciones integrantes de la antigua Entente[5] están en capacidad de remplazar la movilización revolucionaria del proletariado. Tal razonamiento es el más falaz de todos. La hostilidad de las naciones victoriosas hacia el nacionalsocialismo fue una de las causas del crecimiento explosivo de éste en Alemania. Cuanto más la socialdemocracia austríaca estreche sus vínculos con Francia y la política de la Pequeña Entente, cuya tarea consiste en mantener la “independencia” -léase el aislamiento y la impotencia- de Austria, mayor será la velocidad con que el fascismo se convertirá en partido de liberación nacional a los ojos de las masas pequeñoburguesas. En este proceso, sólo la intervención armada de la Entente, la ocupación lisa y llana, podría impedir la toma del poder por el fascismo. Pero aquí el problema de Austria se confunde con el de la Alemania fascista. Si Hitler y Francia encuentran un modus vivendi -y casi no existen razones para dudar de ello- lo mismo sucederá entre Francia y la Austria fascista. En ambos casos lo harán... sobre los huesos del proletariado alemán y austríaco. Creer que Austria fascista destruiría inmediatamente las barreras que la separan de Alemania fascista es darle excesiva importancia a la charlatanería “nacionalista” y subestimar la capacidad del fascismo de halagar a quienes son más fuertes que él. Puede afirmarse con certeza que, de todos los cálculos estratégicos, el más degradante y desastroso para el proletariado es el de confiar en la colaboración de los gobiernos imperialistas que rodean a Austria.

Aun si reconocemos la debilidad tradicional de todos los partidos austríacos, así como la influencia de factores externos, circunstanciales (la presión de Francia y la Pequeña Entente, el miedo de los hitleristas a jugarse el todo por el todo en este momento), la culminación se vería postergada por un frágil compromiso bonapartista a la austríaca. Un retraso de este tipo sería extremadamente inestable y circunstancial. El proceso detenido de esta manera estallaría nuevamente en unos pocos meses, quizás semanas, con fuerza redoblada y a un ritmo diez veces mayor. Para el proletariado, basar su política sobre frenos, fantochadas, remiendos y mezquinas moratorias políticas significa darle al fascismo austríaco - que todavía es débil- más tiempo para cumplir su misión asesina.

 

La “lucha por la democracia”

 

Otto Bauer no hace más que pronunciar máximas morales en torno a la “superioridad” de la democracia burguesa sobre la dictadura fascista. ¡Como si se tratara de una polémica entre dos escuelas de jurisprudencia! Engels señaló con acierto que se puede reducir todo estado a destacamentos armados con apéndices materiales tales como las cárceles, etcétera. En la actualidad, en Austria el estado ha revelado plenamente su “esencia”. La lucha política librada durante los últimos años sobre la base de la democracia se ha agudizado hasta convertirse en choques entre destacamentos armados. Es necesario llamar a este hecho por su nombre con toda claridad y precisión, y extraer todas las conclusiones prácticas necesarias.

En lugar de ello, la socialdemocracia nos exige reconocer que la lucha que se está librando es “por la democracia”. ¡Como si ése fuera el problema en estos momentos! Sobra decir que no haremos la menor concesión a los austro-marxistas respecto de la evaluación teórica e histórica de la democracia. Porque si ésta realmente estuviera por encima del régimen social que la engendró, si fuera realmente capaz de transformar la sociedad burguesa en socialista, lo hubiera hecho por primera vez en Austria, cuya constitución fue redactada por la socialdemocracia, país donde el proletariado es la fuerza principal de la nación y la socialdemocracia la fuerza principal del proletariado. Sin embargo, lo que sucede hoy en Austria demuestra en la práctica que la democracia es carne de la carne del capitalismo y se pudre con él. La crisis austríaca muestra palpablemente la decadencia de aquélla. Los caballeros de la democracia no pueden esperar otra evaluación de nuestra parte.

Sin embargo, demasiado bien sabemos que el diagnóstico teórico de ninguna manera basta para remplazar la democracia con el régimen soviético. Ese cambio entraña la conciencia viva de una clase. Si en el curso de la lucha conjunta contra el fascismo la mayoría del proletariado comprende la necesidad de una dictadura soviética, no habrá nada que pueda detener a los comunistas. Pero si, a pesar de todas las lecciones recibidas, la mayoría de los obreros resuelve, inclusive después de aplastar a las fuerzas de la contrarrevolución, repetir una vez más la experiencia de la democracia formal, los comunistas se verán obligados a acompañar dicha experiencia desde la oposición.

Sea como fuere, en la actualidad la abrumadora mayoría de los trabajadores austríacos sigue a la socialdemocracia. Esto significa que ni siquiera puede hablarse de plantear la dictadura revolucionaria como tarea para el presente. Lo que hoy esta a la orden del día no es la antítesis de democracia burguesa contra democracia soviética, sino de democracia burguesa contra fascismo. No acusamos a los austro-marxistas de combatir por la democracia sino de no combatir por ella.

El capitalismo no recurre al fascismo por capricho, sino porque se encuentra en un callejón sin salida. Si la socialdemocracia no puede hacer otra cosa que criticar, protestar, amenazar y esperar, pero es incapaz de tomar en sus manos el destino de la sociedad, ahora, cuando está en juego la vida misma del país y su cultura, este partido, que representa a la mitad de la nación, se convierte en instrumento de la descomposición de la sociedad y obliga a las clases explotadoras a buscar su salvación en el fascismo.

Tomando como base de análisis la antigua contraposición entre Ermattungsstrategie y Niederwerfungsstrategie, la estrategia del cansancio y la estrategia del ataque, hay que reconocer que la estrategia del cansancio, adecuada en ciertas circunstancias, es inaplicable ahora, cuando al capitalismo no le queda otra salida que la estrategia del ataque. Ya la estrategia reformista no cansa al enemigo de clase sino al propio bando. Las tácticas de Otto Bauer y Cía. conducen fatalmente a la victoria de los fascistas, pues les garantizan a éstos los mínimos sacrificios y dificultades y al proletariado los mayores sacrificios e infortunios.

 

Los austro-marxistas anestesian al proletariado

 

A pesar de la experiencia de Italia y Alemania, los dirigentes de la socialdemocracia austríaca no comprenden la situación. Esta gente no puede vivir ni respirar sin autoengañarse, y no puede autoengañarse sin engañar al proletariado.

Bauer responsabiliza a los comunistas por la derrota en Alemania. ¡Nosotros no vamos a defender a los stalinistas alemanes! Pero su mayor crimen consiste en haberles permitido a los socialdemócratas, a pesar de sus crímenes y traiciones, mantener su influencia en el sector decisivo del proletariado alemán para imponerle la táctica degradante y fatal de la capitulación. En esencia, la política de Bauer en nada difiere de la de Wels-Stampfer.[6] Pero hay algo que las distingue: Bauer no podrá descargar la responsabilidad sobre los stalinistas austríacos, que han logrado autocondenarse a la impotencia total. La socialdemocracia austríaca no sólo es el partido líder del proletariado sino también el partido socialdemócrata más grande del mundo en términos de porcentajes de población. La responsabilidad política recae pura y exclusivamente sobre la socialdemocracia austríaca. Así, tanto más fatales nos resultarán las consecuencias de sus tácticas en la actualidad.

Los austro-marxistas afirman que si se les priva de libertad, lucharán hasta “el fin”. Con esa clase de ardides quieren “ganar” tiempo para sus vacilaciones; en realidad pierden un tiempo precioso que deberían emplear en preparar la defensa. Después de que el enemigo les prive de su libertad la lucha resultará cien veces mas difícil, porque la liquidación de los derechos vendrá acompañada de la destrucción policíaco-militar de la prensa y el aparato proletarios. El enemigo se prepara y actúa mientras la socialdemocracia hace tiempo y lloriquea. También Vorwaerts [Adelante] repitió hasta el cansancio, “¡ay del fascismo si osa atacarnos!” Los acontecimientos demostraron el verdadero valor de esas frases retóricas. De modo que el partido que se demuestre incapaz de dar la batalla mientras ocupa posiciones casi inexpugnables y tiene en sus manos poderosos recursos caerá hecho polvo cuando lo expulsen del terreno legal.

Con ese estribillo de “si nos atacan”, aparentemente terrorífico pero en los hechos tan sólo patético, los austro-marxistas demuestran su verdadero estado de angustia: mantienen la ilusión de que se los dejará en paz, que si Dios quiere el asunto no irá más allá de la amenaza y el blandir de puños, lo cual significa que están anestesiando al proletariado para facilitar la cirugía fascista. Por el contrario, un auténtico proletario revolucionario tendría el deber de explicar a los trabajadores austríacos que su enemigo de clase está atrapado en las garras de la historia y no le queda otra salida que la destrucción de las organizaciones proletarias; que, dada la situación, no puede evitarse la lucha a muerte y es necesario prepararse para ella de acuerdo con las reglas de la estrategia y la táctica.

 

La huelga general

 

Otto Bauer ha venido insinuando que si se produce un ataque directo del enemigo los obreros saldrán a la huelga general. Pero ésta también es una amenaza vacía que escuchamos más de una vez en Alemania. No se puede sacar una huelga general de la nada. Conducir a los obreros a la huelga general es posible; pero para eso hay que pelear, no jugar a las escondidas con la realidad; hay que llamar a la lucha, organizar para la lucha, armar para la lucha, ampliar y profundizar los canales de lucha; no limitarse a las formas legales, es decir al marco impuesto por el enemigo armado. Y, en primer lugar, el propio partido debe estar completamente imbuido de esta idea: sino lucha está perdido.

Existen bastantes posibilidades de que el Comité Central llame a una huelga general una vez producido el golpe “abierto”, es decir el definitivo. Pero eso sería como llamar a las masas a una protesta estéril y una manifestación de impotencia, después de abandonar la escena. De la misma manera la oposición liberal, después que el monarca la mandó al diablo, incitó al pueblo a no pagar sus impuestos; en general, el resultado fue nulo. Lo más probable es que los trabajadores no respondan al llamado tardío y desesperado de un partido ya aplastado.

Pero supongamos que los fascistas le dan a la socialdemocracia el tiempo suficiente para llamar a una huelga general de último momento, y que los trabajadores responden masivamente al llamado. ¿Qué pasaría entonces? ¿Cuál es el objetivo de la huelga general? ¿Qué se busca con ella? ¿Cómo debe desenvolverse? ¿Cómo se conducirá la defensa contra la represión militar, policial y de los pogromos fascistas?

Los sabihondos responderán que es imposible responder de antemano a tales preguntas, con el conocido ardid de los que no tienen nada que decir; de los que en el fondo de su corazón esperan que las cosas de alguna manera saldrán bien sin necesidad de luchar y que, por consiguiente, esquivan cobarde y temerosamente todo lo que tenga que ver con problemas de recursos y métodos militares.

La huelga general es la movilización de las fuerzas revolucionarias, pero aun no es la guerra. Es imposible utilizarla con éxito como manifestación o amenaza, es decir, limitarse a movilizar las fuerzas sin presentar batalla, salvo en circunstancias históricas estrictamente delimitadas: cuando la tarea a realizar es importante pero parcial; cuando el enemigo vacila y basta un empujón para obligarle a batirse en retirada, cuando las clases poseedoras cuentan todavía con un amplio margen de repliegue y de maniobra. Y ninguna de estas condiciones existe en la situación actual, en la que las contradicciones han alcanzado su máxima intensidad y cada conflicto serio pone a la orden del día el problema del poder y la perspectiva de guerra civil.

La huelga general resultaría suficiente para rechazar una ofensiva contrarrevolucionaria, únicamente, si el enemigo no está bien preparado y carece de fuerza y experiencia suficientes (el putch de Kapp).[7] Pero aun en este último caso, luego de rechazar el ataque aventurero, la huelga general no hizo mas que retrotraer la situación al estado imperante en vísperas del conflicto y, por lo tanto, dio al enemigo la oportunidad de utilizar la experiencia de su propia derrota y prepararse mejor para un nuevo ataque. Pero la huelga general resulta totalmente insuficiente, aun como método defensivo, cuando el enemigo es poderoso y experimentado, y mucho más si se apoya en el aparato del estado o goza, al menos, de su benévola “neutralidad”. Cualquiera que sean las razones fundamentales del conflicto, en las circunstancias actuales la huelga general ayudará a los partidos burgueses, al aparato estatal y las bandas fascistas a cerrar filas, y en este frente único de la burguesía la conducción estará inevitablemente en manos de los elementos más extremistas y resueltos, es decir de los fascistas. Ante la huelga general, la contrarrevolución se verá obligada a jugar todas sus fuerzas a una única carta para liquidar de un solo golpe el peligro que la acecha. En la medida en que la huelga general no sea más que una huelga, se autocondenará inevitablemente a la derrota. Para alcanzar el triunfo, la estrategia de la huelga debe elevarse a estrategia revolucionaría y acciones resueltas, debe dar dos golpes por cada uno que recibe. En otras palabras, en las circunstancias actuales la huelga general no puede ser un medio para la defensa de una democracia impotente sino un arma más en la lucha combinada. La huelga debe ir acompañada y complementada por la provisión de armas a los obreros, el desarme de las bandas fascistas, el derrocamiento de los bonapartistas y la toma del aparato material del estado.

Repetimos una vez más: así como no se puede instaurar un régimen soviético sin la toma del poder por el Partido Comunista -reconocemos que esa posibilidad esta excluida para el futuro inmediato debido a la relación de fuerzas desfavorable-, el restablecimiento aun temporal de la democracia es inconcebible en Austria sin la toma del poder por la socialdemocracia. Si el principal partido obrero no está dispuesto a conducir la lucha hasta el fin, la huelga general, al precipitar la situación, sólo servirá para acelerar el aplastamiento del proletariado.

El austro-filisteo se valdría de estas palabras para deducir inmediatamente que hay que ser “moderado”, “cauteloso”. Porque, ¿acaso es lícito que un partido asuma la responsabilidad del gigantesco “riesgo” que entrañan los métodos de lucha revolucionarios? ¡Como si al proletariado austríaco le quedara libertad de opción!

¡Como si los millones de trabajadores pudieran correr, al igual que Otto Braun,[8] a refugiarse en sus casas solariegas de Suiza! ¡ Como si una clase pudiera escapar de un peligro mortal, sin correr ningún riesgo! ¡Como si las víctimas de una Europa fascistizada, ante la perspectiva de nuevas guerras imperialistas, no superaran cien veces a las de todas las revoluciones, pasadas y futuras!

 

Hoy la clave de La situación está en manos del proletariado austríaco

 

Otto Bauer recibió con extasiado asombro la noticia de que los obreros alemanes dieron siete millones de votos a la socialdemocracia [el 5 de marzo de 1933] a pesar del cierre de los periódicos, etcétera. Esta gente cree que son sus insignificantes artículos los que crean las emociones y pensamientos del proletariado. Han memorizado a Marx y la historia de Europa, pero no tienen la menor idea de las inacabables reservas de fuerza, entusiasmo, perseverancia y creatividad que es capaz de desplegar el proletariado cuando tiene la seguridad de contar con una dirección que responda siquiera en forma mínima al momento histórico.

¿No resulta obvio ya que con una política revolucionaria previsora los obreros alemanes hubieran derribado todas las barreras que los separan del poder, y que lo hubieran hecho con sacrificios incomparablemente menores que los que, de modo inevitable, impone el régimen fascista? Lo mismo cabe preguntar respecto del proletariado austríaco.

Por supuesto que en la actualidad la política del frente único también es obligatoria para Austria. Pero el frente único no es una panacea; la esencia de la cuestión radica en las tácticas, consignas y los métodos de acción de las masas. Conservando el derecho de mantener la más absoluta libertad de crítica recíproca -este derecho es inamovible-, los comunistas deben estar dispuestos a concertar una alianza con la socialdemocracia en torno a las movilizaciones de masas más modestas. Pero, en esa línea, los comunistas deben trazarse un cuadro perfectamente claro de las tareas planteadas por la marcha de los acontecimientos para desenmascarar a cada paso las incongruencias entre el objetivo político y los métodos reformistas.

El frente único no puede ser una simple suma de obreros socialdemócratas y comunistas, porque fuera de los marcos de ambos partidos y de los sindicatos están los obreros católicos y las masas desorganizadas. Ni una sola de las viejas formas de organización, agobiadas por el conservadorismo, la inercia y la herencia de antiguos conflictos puede servir para realizar las tareas del frente único. Ni puede pensarse en movilizar a las masas sin crear organismos electivos que representen directamente a las empresas, compañías y fábricas comerciales, industriales y de transportes; y los desocupados y sectores contiguos que gravitan hacia el proletariado. En otras palabras, la situación austríaca exige la creación de soviets obreros, no tanto por su nombre como por su carácter. Es deber de los comunistas levantar consecuentemente esta consigna en el curso de la lucha.

El hecho de que Austria tenga un gobierno distinto al de Alemania y se encuentre a la zaga de ésta en cuanto a su desarrollo interno puede ser decisivo para la salvación de Alemania y de toda Europa, sí la vanguardia proletaria se da una política audaz y resuelta. Una Austria proletaria se convertiría inmediatamente en el Piamonte[9] de todo el proletariado alemán. La victoria de los obreros austríacos daría a los obreros alemanes justamente lo que les falta en este momento: un verdadero campo de entrenamiento militar, un plan de acción global y esperanzas de victoria. Una vez en marcha, el proletariado alemán resultaría incomparablemente más fuerte que todos sus enemigos juntos. Hitler y su cuarenta y cuatro por ciento de escoria humana aparece mucho más imponente en el plano democrático-parlamentario que en el de la actual correlación de fuerzas. La socialdemocracia austríaca cuenta aproximadamente con el mismo respaldo en términos de porcentaje de votos. Pero mientras los nazis se apoyan en subproductos de la sociedad, cuyo papel en la vida nacional es secundario y en gran medida parasitario, la socialdemocracia austríaca tiene tras de si a la flor y nata de la nación. El verdadero peso relativo de la socialdemocracia austríaca es diez veces mayor que el del fascismo alemán. Esto sólo se revelará plenamente en la acción. La iniciativa para la acción revolucionaria sólo puede provenir del proletariado austríaco. ¿Qué se necesita? ¡Coraje, coraje y una vez más coraje! Los obreros austríacos no tienen nada que perder sino sus cadenas. ¡Por su iniciativa tienen a toda Europa y un mundo que ganar!



[1] Ahora le toca el turno a Austria. The Militant, 15 y 29 de abril de 1933.

[2] Heinrich Bruening (1885-1970): dirigente del Partido del Centro, católico, fue nombrado canciller de Alemania en marzo de 1930, tras el derrocamiento de Mueller. Gobernó por decreto desde julio de 1930 hasta su caída en mayo de 1932. Franz von Papen (1879-1969): asumió la cancillería en junio de 1932 y facilitó el ascenso de Hitler al poder al disolver el gobierno socialdemócrata prusiano. Fue remplazado por Schleicher en diciembre de 1932. A partir de enero de 1933 fue vicecanciller bajo Hitler.

[3] Heinrich Held (1868-1938): político del Partido del Centro, primer ministro de Baviera, fue derrocado por una insurrección nazi el 9 de marzo de 1933.

[4] El propio Arbeiter Zeitung (Diario de los trabajadores) invocó el fantasma de Bonaparte al hablar del “19 Brumario de Dollfuss”; pero este pasquín socialdemócrata utiliza este término tan sólo como alarde literario. En vano exigiríamos a los austro-marxistas en general un análisis político clasista. El marxismo les sirve únicamente para explicar el pasado; para la política presente sus motivaciones son el psicologismo barato y la esperanza de que, de algún modo, todo termine bien. [Nota de León Trotsky.]

Llámase austro-marxismo al reformismo de los socialdemócratas austríacos. Wiener Arbeiter Zeitung (Diario Obrero Vienés) era su órgano principal.

[5] La Entente: alianza de Inglaterra, Francia, Rusia, Bélgica, luego Italia, durante la Primera Guerra Mundial. La Pequeña Entente fue la alianza de Francia, Rumania, Checoslovaquia y Yugoslavia, dominada por la primera.

[6] Friedrich Stampfer (1874-1917): uno de los principales dirigentes del PC Alemán y director de su diario, Vorwaerts (Adelante).

[7] El putch de Kapp (marzo de 1920): golpe de estado de dos generales contra el gobierno socialdemócrata de Berlín; cuando el gobierno legal huyó de la ciudad, entregaron la cancillería a un oficial prusiano reaccionario llamado Kapp. Los sindicatos llamaron a una huelga general que paralizó a las fuerzas de Kapp, y los socialdemócratas pudieron volver a hacerse cargo del gobierno.

[8] Otto Braun (1872-1955): primer ministro socialdemócrata de Prusia 1920-1921, 1921-1925, 1925-1932. Sólo opuso resistencia verbal al golpe de estado que lo derrocó. Salió al exilio en marzo de 1933.

[9] El Piamonte: principado italiano desde el cual la burguesía italiana lanzó el Risorgimento, movimiento por la unificación de Italia, en 1848. El proceso culminó en 1861, cuando Víctor Manuel II fue proclamado rey de toda Italia.



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