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Respuesta a un corresponsal de Associated Press[1]

 

 

14 de julio de 1931

 

 

 

Usted me dirigió una cantidad de preguntas muy complejas sobre el proceso interno de la Unión Soviéti­ca. Para responderlas seria y conscientemente habría que escribir varios artículos.

Es imposible analizar dentro de los límites de un re­portaje los complicados procesos que tienen lugar en el actual sistema económico transicional de la Unión Soviética, sistema que constituye un puente entre el capitalismo y el socialismo.

Usted sabe que de ordinario eludo los reportajes, especialmente porque con frecuencia dan lugar a malentendidos, aún cuando se los reproduzca con toda fide­lidad. Pero mi experiencia reciente me demostró que abstenerse de los reportajes no es ninguna garantía contra la publicación de los malentendidos y distor­siones más increíbles.

Hace unas semanas circuló por la prensa mundial un cable de Reuters, procedente de Varsovia, que me atribuye posiciones exactamente opuestas a las que planteé y defendí siempre.

Después de mi expulsión de la Unión Soviética, los enemigos del régimen soviético, por lo menos los más obtusos y menos perspicaces, daban por sentada una actitud hostil de mí parte hacia el régimen que odian tanto. Calcularon mal, y lo único que les queda por ha­cer es refugiarse en falsificaciones que cuentan con la credulidad o la mala voluntad.

Aprovecho la oportunidad que usted me brinda para declarar nuevamente que mi actitud hacia el régimen soviético no cambió en lo más mínimo desde la época en que participé en su creación.

La lucha que libro, junto con mis amigos y los que piensan como yo dentro de las filas comunistas, no tie­ne que ver con los problemas generales del socialismo sino con los métodos a utilizar en la realización de los objetivos planteados por la Revolución de Octubre.

Si en Varsovia o en Bucarest algunas personas creen que las dificultades internas de la URSS arrastrarán a la tendencia que yo represento al bando de los "derrotis­tas" de la Unión Soviética, les espera una amarga de­cepción, así como a sus más poderosos inspiradores.

En el momento del peligro, los llamados "trotskis­tas" (Oposición de Izquierda) estarán en la primera línea de combate, como lo hicieron en la Insurrección de Octubre y durante la Guerra Civil.

Me pregunta si la nueva orientación proclamada en el reciente discurso de Stalin implica un vuelco hacia el capitalismo. No. Esa conclusión carece de fundamentos.

Estamos ante un zigzag del camino que lleva del capitalismo hacía el socialismo. Considerado aisladamente y en sí mismo, es un zigzag en retroceso. Pero sin embargo, el retroceso es táctico. La línea estratégi­ca puede seguir como antes. La necesidad de este cam­bio y su carácter tan pronunciado proviene de los errores que cometió la dirección stalinista en la etapa precedente.

Docenas de veces en estos últimos dos años señalé en el Biulleten Opozitsi, publicado en el exterior (París­-Berlín), estos errores y la inevitabilidad del cambio que ahora presenciamos. En consecuencia, no fue una sor­presa para la Oposición de Izquierda. No tiene sentido hablar de renuncia a los objetivos socialistas con refe­rencia a este vuelco.

No obstante, la nueva orientación de Stalin puede no sólo alentar a algunos enemigos irresponsables, sino también desalentar a algunos amigos de la Unión Sovié­tica que no reflexionan mucho. Los primeros temían y los segundos esperaban que en unos cuantos años de­sapareciese el kulak, se colectivizara totalmente al campesinado y reinara el socialismo.

La cuestión del plan quinquenal asumió las caracte­rísticas inadmisibles de una competencia. La Oposición de Izquierda previno enfáticamente contra esta política, en especial contra la transformación prematura y preci­pitada del plan quinquenal en cuatrienal.

Sobra decir que hay que hacer todo lo posible para acelerar la industrialización. Pero si al ponerlo a prueba se demostrara que el plan no se puede cumplir en cua­tro años sino en cinco o aún en seis o siete, de todos modos sería un éxito magnifico. La sociedad capitalista se desarrolló de manera inconmensurablemente más len­ta, con una cantidad mucho mayor de zigzags, vuelcos y desastres.

Es indudable que el actual giro a la derecha, provocado por los errores anteriores de la dirección, implica un fortalecimiento inevitable y coyuntural de las ten­dencias y fuerzas burguesas. Pero, en la medida en que esté salvaguardada la propiedad estatal de la tierra y de todos los medios de producción básicos, de ninguna manera significa, todavía, un resurgimiento del capita­lismo. Ese resurgimiento es inconcebible sin la restau­ración por la fuerza de la propiedad privada de los me­dios de producción, lo que exigiría el triunfo de la contrarrevolución.

Con esto no pretendo negar que el nuevo giro impli­ca ciertos peligros políticos. La lucha contra estos peligros exige el resurgimiento de la actividad política independiente de las masas, suprimida por el régimen burocrático de Stalin.

Precisamente en este sentido se orientan ahora los principales esfuerzos de la Oposición de Izquierda. Con la regeneración de los soviets, el partido y los sindica­tos, la Oposición de Izquierda ocupará natural e inevi­tablemente su lugar en las filas comunes.

Me pregunta sobre mis planes y perspectivas. Estoy trabajando en el segundo tomo de la Historia de la Re­volución Rusa. Si mi receso político continúa, quiero es­cribir un libro sobre el año 1918, que significó para la Revolución Rusa lo mismo que el año 1793 para la Revo­lución Francesa. Fue un año de enormes dificultades, peligros y privaciones, de esfuerzos colosales de las masas revolucionarias; fue el año de la ofensiva alema­na, del comienzo de la intervención de las fuerzas de la Entente, de complots internos, insurrecciones y ata­ques terroristas: fue el año en que se creó el Ejército Rojo y comenzó la Guerra Civil, cuyos frentes pronto se extendieron en un círculo alrededor de Moscú.

Valiéndome de la comparación, deseo analizar en este libro la Guerra Civil estadounidense entre los estados del Norte y los del Sur. Supongo que la gran canti­dad de analogías con la Guerra Civil de Estados Unidos sorprenderá a los lectores norteamericanos tanto como me sorprendí yo al estudiarla.

Sobra decir que sigo con gran interés el desarrollo de los acontecimientos en España. El ministro de relaciones exteriores Lerroux manifestó que no ve motivos para negarme una visa. No obstante, al Gobierno Pro­visional, encabezado por Alcalá Zamora, le pareció más prudente postergar la decisión hasta la convocatoria de las Cortes y la formación del nuevo gobierno.

Naturalmente, volveré a presentar la demanda tan pronto se constituya el gobierno.[2]



[1] Respuestas a un corresponsal de Associated Press. New York Times, 19 de julio de 1931; corregido con el texto ruso de Biulleten Qpozitsi, Nº 23, agosto de 1931, por George Saunders. Es probable que Trotsky haya decidido otorgar esta entrevista para contrarrestar la acusación del Kremlin de que había escrito un artículo antisoviético para varios periódicos reaccionario, de Europa.

[2] Se refiere al establecimiento de un gobierno republicano en España, luego de la abdicación de Alfonso XIII. Alejandro Lerroux (1864-1949): dirigente del Partido Radical español, fue primer ministro desde 1933 hasta 1936. Alcalá Zamora (1877-1949): dirigente del Partido Progresista, primer ministro del gobierno republicano en 1931 y presidente desde 1931 hasta 1936. Las cortes son el parlamento español. Trotsky no tuvo más suerte con este nuevo gobier­no, que se decía "república obrera", para obtener su visa que con los otros gobiernos europeos.



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