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Algunas observaciones sobre el trabajo de Frank acerca de la colectivización[1]

 

 

9 de diciembre de 1930

 

 

 

1. Este trabajo es muy interesante; presenta muchas ideas valiosas; algunos capítulos y parte de otros son sólidos desde el punto de vista teórico. Y desde el punto de vista literario el trabajo es bueno.

2. Desde el punto de vista político, tiene todo el aspecto de un intento de romper los vínculos del autor con la Oposición. Felizmente para la Oposición, dicho intento se basa en una serie de errores teóricos y fác­ticos.

3. El error principal radica en la analogía entre las contradicciones de la Revolución de Octubre y las de la colectivización: dado que en el primer caso las condicio­nes estaban "maduras" para la dictadura del prole­tariado pero no para el socialismo, en el segundo las condiciones estarían "maduras" para la colectivización a pesar de la insuficiencia de la infraestructura técnica. El autor fustiga severamente a los "marxistas vulga­res" (es decir, al Biulleten Opozitsi) por no comprender las relaciones dialécticas entre la superestructura y la infraestructura técnica. En realidad, el autor convierte la dialéctica marxista en una fórmula vulgar y la aplica allí donde está totalmente fuera de lugar. La dictadura del proletariado es una categoría exclusivamente política que, según enseña la teoría y demues­tra la práctica, se puede abstraer de su base económica dentro de ciertos límites. La colectivización tiene un contenido puramente económico; desprovista del mismo, se convierte en un cascarón vacío. Cuando decimos que en Rusia las condiciones estaban maduras para la dictadura del proletariado, nos referimos a un hecho cualitativo y cuantitativo perfec­tamente específico: la instauración del régimen proletario dentro de las fronteras de un país determinado. La oración que el autor construye por analogía -en la Unión Soviética las condiciones están maduras para la colectivización- carece de contenido cuantitativo y cualitativo; por consiguiente, carece de todo contenido. ¿Madura para qué porcentaje de colectivización? ¿Diez por ciento? ¿Veinticinco por ciento? ¿Acaso el cien por ciento? ¿Colectivización reprimiendo al kulak? ¿O colectivización que cree un nuevo caldo de cultivo para el kulak?

El autor da respuestas provisionales a todas estas preguntas (y en eso tiene razón) pero, con ello, su propia analogía se vuelve inaplicable.

Todo se reduce a una cuestión de ritmos y períodos. Responder al problema en debate afirmando que "las condiciones están maduras" -"en general"- sin especificar para qué ritmo o dentro de cuáles limites están maduras, es remplazar el problema concreto por una fórmula global, por más que se lo disimule.

El autor olvida que no puede haber un diez por ciento o un noventa por ciento de dictadura proletaria. En cambio, si puede haber un diez o un noventa por ciento de colectivización. Todo el problema está locali­zado en algún lugar entre ambos extremos. Pero para el autor -en la parte de su trabajo en que se dedica a hacer teoría (polemizando en forma semisolapada contra el Biulleten) - este problema deja de existir.

4. En la primavera de este año la dirección stali­nista anunció que el sesenta y dos por ciento de todas las granjas estaban colectivizadas, y que existía el plan de colectivizar el cien por ciento en el curso del próximo año y medio o dos años. Nosotros no tuvimos que espe­rar que confesaran su estado de embriaguez; en una serie de cartas a Rusia, y luego también en el Biulleten, gritamos a voz en cuello: "Atrás, si no, caerán al abis­mo." En aquella época nuestro crítico se indignó:

"¿Cómo pueden decir ’atrás’? ¡Ya no es posible retroceder!"

Uno o dos meses más tarde, Stalin declaró que si de esa cifra superior al sesenta por ciento sólo quedara colectivizado el cuarenta por ciento, también estaría bien. Ahora nuestro autor toma el veinticinco por ciento como hipótesis de trabajo para medir los alcances de la colectivización, a la vez que se aferra a su argumenta­ción "estival". Parece, entonces, que sí "era posible" retroceder: y en un treinta y siete por ciento, ni más ni menos. Pero esa cifra implica diez millones de hogares campesinos. Un retroceso que abarcaría prácticamente a toda la población de Alemania, ¡una bagatela!

En el verano se decía (siguiendo el método de la analogía consagrada) que las condiciones estaban "maduras" para una colectivización del sesenta y dos por ciento; en cambio, ahora se invocan "condiciones" que justifican apenas un veinticinco por ciento. Y en ambos casos las cifras fueron post factum, ante el hecho consumado. ¿No será que lo que aquí se oculta tras una dialéctica altamente sofisticada es fatalismo ilícito o, dicho de otra manera, seguidismo teórico?

5. Que la Unión Soviética estaba "madura" para una determinada tasa de colectivización es algo que la Oposición pudo prever hace mucho tiempo. En lugar de hacer una defensa ambigua y puramente personal de Trotsky (sobre la cuestión de los kulakis), hubiera sido mejor que el autor citara los documentos oficiales de la Oposición, como corriente de opinión dentro del comu­nismo, relativos a la colectivización misma. De esa manera hay que proceder cuando se tiene una actitud seria hacia la tendencia a la que se dice (?) pertenecer.

Era inevitable que en la colectivización hubiera un elemento de "espontaneísmo" pero, nuevamente, se trata de un problema de grado, de cantidad, de las rela­ciones entre la dirección y los procesos que transcurren en el seno de las masas. El carácter espontáneo del avance arrollador dio lugar al espontaneísmo de la no menos arrolladora retirada. El autor le canta ditirambos al espontaneísmo, olvidando que esto sucede en el decimotercer año de la revolución y que el grado de "espontaneidad" del proceso constituye, desde el punto de vista de la política revolucionaria, un índice mucho más preciso del carácter socialista que ha podido alcanzar, que cualquier ejemplo estadístico aislado.

6. El autor refuta la teoría de la presión adminis­trativa [ejercida sobre los campesinos para obligarlos a colectivizarse] con el argumento de que la burocracia siempre fue el furgón de cola del proceso. Este argu­mento es justo cuando va dirigido contra los menche­viques y los liberales, pero absolutamente inadecuado (y en ese sentido incorrecto) para evaluar el papel que cumple la conducción, la planificación y la previsión en la construcción del socialismo. Ya en las primeras páginas el autor contrapone acertadamente el desarro­llo capitalista, que procede automáticamente en base a la ley del valor, al desarrollo socialista, como proceso planificado conscientemente (por su propia esencia). Pero en su exposición posterior no quedan ni rastros de esta contraposición (al menos en su polémica contra la Oposición).

7. El autor trata de demostrar que el estallido repentino de la colectivización estaba predeterminado. ¿Qué quiere decir? El ataque repentino y aterrorizado contra el kulak para conseguir el grano, fruto de la política pro kulak de los años anteriores, fue el acicate más inmediato y poderoso de la colectivización. El autor repite varias veces este comentario acertado. ¿Se podía concebir una política sistemática, elaborada de antemano, para cortarle las alas al kulak de manera planifi­cada (préstamos de grano, impuestos en especie, etcé­tera)? Por supuesto que sí. ¿Con esa política se hubie­ran paliado los efectos catastróficos de la colectivi­zación? ¡Indudablemente!

El autor trasforma las consecuencias de los errores cometidos por las autoridades gubernamentales, que dirigen toda la economía, en condiciones objetivas conducentes a resultados que la dirección de ninguna manera previó. Y aunque la dirección hizo seguidismo en cuanto al desarrollo del proceso de colectivización, eso no cambia para nada el hecho de que el estallido catastrófico de la colectivización se debió en gran medida a los actos y errores administrativos del período anterior. El autor reemplaza la interacción dialéctica de los distintos elementos recíprocamente condicionados por un determinismo mecánico. De allí surge una con­clusión inexorable: se transforma el seguidismo teó­rico en una apología del seguidismo político de la dirección. Las observaciones críticas que el autor desparra­ma por todo el trabajo le dan a esta apología una apariencia de "imparcialidad superior".

8. Cuando el autor que recibe con brazos abiertos y magnánimos todos los hechos consumados trata de recordarse a si mismo que la política revolucionaria plantea tareas cae, ¡ay!, en el papel de un burócrata que quiere razonar. Así, trata de indicarle al movimiento colectivista agrario cual es el mejor "principio" para regir la distribución de los ingresos, de acuerdo con la cantidad y calidad del trabajo: supone que ésta será la mejor manera de garantizar el carácter socialista de las granjas colectivas. Olvida un pequeño detalle: la acumulación de capital en las granjas colectivas. Cada una querrá emplear los ahorros de sus integrantes para adquirir ganado, maquinaria, etcétera. Nadie querrá entregar sus ahorros, fruto de los sueldos más elevados, "a cambio de nada". Si se prohibe el pago de intereses, las granjas colectivas encontrarán la manera de hacerlo en secreto. El "principio" socialista de distribución, cuando impera la escasez de los medios de producción, se transforma muy rápidamente en su polo opuesto. Nuevamente, todo el problema se reduce a la determinación del ritmo y escala más ventajosos, óptimos, y sobre esa base apelar, no a los prejuicios sino al juicio de los campesinos. Con ello se trata de atemperar en lo posible los avances y retrocesos catas­tróficos; no sea que en el curso de alguno de ellos se derrumbe la propia dictadura del proletariado.

9. No me detendré en una serie de formulaciones erróneas, que se refieren a cuestiones mas bien limitadas y específicas: la cuestión de la renta absoluta, la del partido y la línea general, etcétera. Solo observaré que, en lo que se refiere al problema del partido, el autor se aparta totalmente de la concepción bolchevi­que del partido como vanguardia y lo disuelve teóricamente en la clase, para tratar de encubrir, una vez más, la política de la burocracia, que trata conscientemente de disolver al partido en la clase y así desembarazarse del control partidario.

Para resumir: los capítulos y páginas dirigidos contra los críticos burgueses y socialdemócratas son bastante buenos, en algunas partes excelentes, en la medida en que el autor no se distrae a sí mismo ni distrae al lector interpolando de contrabando críticas contra la Oposición de Izquierda. En cuanto a esta última crítica, el autor se equivoca totalmente y no hace más que acrecentar el error ya señalado por los redacto­res del Biulleten. Un autor perspicaz podría eliminar muchos, quizás todos, sus errores, si no tratara de desembarazarse de antemano de esta tarea al dar a su polémica un carácter velado.



[1] Algunas Observaciones sobre el trabajo de Frank acerca de la colectivización. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Tra­ducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Geor­ge Saunders. "Frank’ probablemente era el seudónimo de Ya. Graef, que fue miembro de la Oposición de Izquierda austríaca durante un breve lapso. En 1930 Trotsky escribió una crítica a un artículo de Graef sobre la colectivización soviética, que apareció en Biulleten Opozitsi (véase Escritos 1930).



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