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Las tareas en la URSS[1]

 

 

31 de octubre de 1930

 

 

 

Estimados camaradas:

 

Los centristas están hundidos hasta el cuello en las dificultades que provoca el plan quinquenal. En una época nos acusaban, sin el menor fundamento, de estar a favor de un plan administrativo rígido. En realidad, son ellos los que han trasformado el plan en un fetiche. No podría ser de otra manera, tratándose de un régimen en el cual todo se elabora en la cumbre, a puertas cerradas, y luego baja a las masas como las tablas de la ley desde el Sinaí. El impasible plan burocrático, origen de tantas calamidades para los obreros, se ha convertido a la vez en una trampa para la burocracia centrista, que no puede salir de ella sin perder por lo menos una pata. Pero esta vez las víctimas propiciatorias tipo Bauman[2] ya no servirán. El partido y el país saben muy bien quiénes son los responsables del plan quinquenal en cuatro años. Esta vez, quizás, los Kalinins[3] y Voroshilovs traten de soltarse de la trampa arrancando esa pata que lleva el nombre de "secretario general". Que sus dientes estén a la altura de la tarea no dependerá tanto de ellos como de la situación en su conjunto. De un modo u otro, se acerca con botas de siete leguas una nueva crisis partidaria.

Será cualitativamente distinta de todas las crisis anteriores en el único sentido de que las entidades desconocidas se han desarrollado hasta límites grotescos. Los Bessedovskis, Agabekovs, Dmitrievskis y demás constituyen ya un elemento difícil de cuantificar pero muy importante en toda la situación. Estos elementos asumen por iniciativa propia el nombre de termidorianos: después de todo, de alguna manera hay que llamarse. Esta es, esencialmente, la fracción de los adulones de la burocracia, que ya huelen el peligro que se avecina y buscan un nuevo amo. Stalin se apoyó en esta pandilla de compinches para combatirnos. Fue en esa lucha que "maduró" el bessedovskismo, es decir, que se pudrió hasta la médula. Los Bessedovskis también ayudaron a Stalin a liquidar a los elementos de la derecha, -Rikov, Bujarin y Tomski-[4] aunque los propios adulones indudablemente eran cien veces más derechistas que aquéllos. La inminente crisis del partido provocará inevitablemente la intervención de los aduladores. De todas las magnitudes desconocidas que existen en el partido, mejor dicho en su aparato, ésta representa el peligro más inmediato. Su proliferación y el hecho de estar dispuestos a todo ante el peligro (el salto que dio Bessedovski sobre las barreras de clase es un hecho simbólico) confieren a la crisis próxima algunos rasgos de golpe palaciego. Los elementos del golpe existen desde hace tiempo: la eliminación del principio electivo en el partido, la intervención de la GPU[5] en la lucha fraccional, el régimen plebiscitario descarado, etcétera. Pero ahora estamos ante un salto, ante una transformación de cantidad en cualidad en el proceso en curso.

Imaginemos por un momento que en la crisis que se avecina los Bessedovskis logran derribar a Stalin. ¿Está descartada esta posibilidad? En términos generales, no. Pero es necesario comprender su significado. Los Bessedovskis sólo pueden derribar a Stalin en el sentido de que la caída de las columnas provoca el derrumbe de la cúpula. La fracción de adulones que han saltado el muro de ninguna manera es capaz de desempeñar un papel independiente. Si esa fracción llega a dar un golpe, ¿qué sucedería al día siguiente?

Los demócratas imbéciles (y listos) de fuera de nuestro país han vuelto a coquetear con la idea de soviets sin comunistas. En términos generales, ese acontecimiento histórico no se puede, por cierto, descartar. Pero si los soviets dirigidos por los mencheviques y eseristas[6] sobrevivieron ocho meses antes de ceder ante los bolcheviques, los soviets sin comunistas, en el retroceso de la rueda de la historia, apenas sobrevivirían ocho semanas para ceder ante alguna combinación evidente de termidor y bonapartismo, que a su vez sólo sería un corto puente hacia un bonapartismo "gran r-r-ruso" que barrería con cuanto encontrara en su camino para hablar sin rodeos[7].

El hecho es que, de producirse el derrumbe del aparato del partido, al salir los adulones a la luz, sumidas las masas en la desorientación total, cundiendo un hondo descontento en las dos clases fundamentales de la sociedad, "soviets sin comunistas" sería una expresión efímera de la parálisis progresiva de la revolución misma.

Los propios soviets, carentes de timón y velas, comenzarían a buscar un salvador. Los Bessedovskis y los aspirantes a serlo del ejército y la GPU -los Bluechers, Tujachevskis, Iagodas, Deribas[8] y otros de su calaña, harían lo propio. Y si Klim [Voroshilov] hubiera de extirpar al secretario general -apoyándose sin duda en el Estado Mayor, antes que en el partido o en el propio Buró de Organización- se autojustificaría con el argumento de que "algo hay que salvar". También usarían esta fórmula otros ex, gentes en diversas etapas de degeneración, incluyendo, por cierto, a los Piatakovs, Radeks[9] y Cía. La dictadura militar de Klim, combinada con ciertos remanentes del sistema soviético, constituiría, en efecto, nuestra variante propia, autóctona del bonapartismo en su primera etapa.

Es obvio que estas posibilidades y probabilidades disminuyen en buena medida la posibilidad de alcanzar el éxito por el camino de la reforma. Pero las probabilidades no se pueden medir a priori. Después de todo, la esencia del régimen plebiscitario de Stalin consiste en excluir la posibilidad de programar una orientación política previa mínimamente concreta. En la medida en que, tal como lo indican todos los síntomas, la crisis político-partidaria que se avecina contendrá elementos de un golpe, es difícil que ocurra sin guerra civil. Pero, ¿en qué escala? ¿Según qué lineamientos? ¿Bajo qué formas "legales"? No hay manera de preverlo con exactitud, menos aun desde lejos y sin conocer los vericuetos del aparato partidario, ni los vínculos que puedan existir entre los distintos grupos o fracciones y las agrupaciones extrapartidarias y, sobre todo en el aparato estatal, ni los que pueda haber entre éste y las clases sociales.

De todos modos, queda fuera de toda discusión que en las convulsiones que se avecinan los bolcheviques leninistas tomarán partido por el mantenimiento y la defensa de las conquistas de la Revolución de Octubre, sobre todo de los elementos de dictadura proletaria y la función dirigente del partido. En este sentido fundamental mantenemos la orientación de la reforma. Esto significa específicamente que debemos garantizar por todos los medios a nuestro alcance que, en la eventualidad de una guerra civil, el núcleo proletario revolucionario del movimiento comunista ocupe posiciones legales, es decir, combata bajo la bandera oficial para defender los elementos sobrevivientes de la Revolución de Octubre en el marco del sistema imperante, contra aquellos que deseen atacar frontalmente al sistema en su conjunto o, en primera instancia, atacar "únicamen­te" los elementos de Octubre en el sistema soviético. Esta es la esencia de la línea de reforma en esta etapa de preparación de la crisis.

Esta idea quedará más clara con un ejemplo específico. Hace algunos meses los camaradas nos escribieron que C.G. Rakovski se había pronunciado por un Comité Central de coalición, es decir, integrado por la derecha, el centro y la izquierda. Dado que la derecha todavía permanece en el Comité Central, lo que esto significa en la práctica es admitir a la izquierda. Demás está decir, desde luego, que los stalinistas sólo aceptarán semejante coalición veinticuatro horas antes del estallido de la crisis. Hasta el día de hoy prosiguen a escala internacional su campaña grosera y fanática contra la izquierda. El núcleo proletario del partido percibe que el peligro se avecina y trata de encontrar una salida. La buscará -no tiene otra opción- por la senda de la reforma. Este núcleo no puede asumir la tarea de entregar la dirección y el poder a la Oposición de Izquierda: no deposita tanta confianza en la Oposición y, aunque lo hiciera, un cambio tan radical de dirección tendría para las masas partidarias, el aspecto de un golpe palaciego, más que de una reforma del partido. La consigna de Comité Central de coalición es mucho más apropiada en el sentido de que, en vísperas o en medio de una crisis, podría ser tomada por amplios sectores del partido.

¿Podemos plantear alguna objeción principista contra esa consigna? No vemos ninguna. Siempre dijimos, y no es una frase hueca, que permanecemos a disposición del partido. No renunciamos al Comité Central por propia voluntad. Se nos expulsó porque nos negamos a renunciar a nuestras ideas y a nuestro derecho de combatir por ellas. La consigna de Comité Central de coalición presupone, desde luego, que permanecemos fieles a la plataforma de la Oposición y que estamos dispuestos a luchar por imponerla dentro del partido y con métodos partidarios. No podemos encarar el problema de manera distinta.

Podría ocurrir que en determinada etapa un amplio sector del partido tome la idea de la coalición tripartita como único medio para salvar al partido del derrumbe total y del peligro de quedar enterrado para siempre. También es obvio que los elementos bujarinistas del ala derecha tienen los mismos motivos que nosotros para temer a la fracción de los adulones envalentonados, si bien fueron los propios bujarinistas y stalinistas quienes alimentaron, en principio, a esta turba, y le dieron una justificación intelectual. Hoy en día el partido está tan estancado, atomizado, reprimido y, sobre todo, desorientado, que las primeras etapas de su nuevo despertar se manifestarán con las consignas más elementales. "Que Stalin, Molotov, Bujarin, Rikov, Rakovski y Trotsky se unan, aunque sólo sea para echar a todos los sinvergüenzas del partido y del aparato estatal." Esta idea, aunque primitiva, podría desempeñar una función importante si hallara eco oportunamente en sectores lo suficientemente amplios del partido y, en primer término, por supuesto, en el núcleo proletario del partido. Nosotros sólo integraríamos esa coalición -siempre y cuando resultara factible- en nombre de objetivos mucho más amplios. No renunciamos a nada. Por el contrario, es a otros a quienes corresponde renunciar a algunas cosas (en realidad, a muchas). Pero ahora no se trata de saber cómo se realizará en la práctica esta consigna (o cómo no se realizará, lo que es más probable). Lo importante ahora es que esta consigna, levantada oportunamente, podría arrancar a las masas partidarias de su letargo y sacar a la Oposición de Izquierda de su aislamiento actual, que constituye el peligro mayor de toda la situación.

En conclusión, resta decir que para levantar tal o cual consigna, incluso una consigna auxiliar como es la de Comité Central de coalición, la Oposición debe estar en condiciones de llevar a cabo un trabajo regalar y eso, en las condiciones imperantes, exige organización. Ese es el problema que hay que plantear con todo apremio. Las dificultades, por grandes que sean, se deben superar. La inercia de la derrota se hace sentir hasta el día de hoy. Pero las oportunidades son indudablemente mayores y más amplias de lo que muchos creen. Es menester poner manos a la obra.



[1] Las tareas en la URSS. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders.

[2] Karl Bauman (1892-1937): figura secundaria dentro del aparato stalinista, se destacó por presionar a favor de una colectivización desenfrenada. En 1929-1930 lo convirtieron en chivo expiatorio y fue degradado cuando Stalin tuvo que retroceder. Más adelante desapareció en las purgas.

[3] Mijail Kalinin (1875-1946): elegido presidente del Comité Ejecutivo Central de los Soviets en 1919. Kliment Voroshilov (1881-1969): ministro de guerra (1925-1940) y presidente de la URSS (1953-1960). Ambos fueron designados al Politburó en 1926. Se creyó que simpatizaban con algunas de las ideas de la Oposición de Derecha, pero siguieron la línea de Stalin, tal vez porque él tenía acceso a informaciones que les hubieran resultado embarazosas en caso de publicarse.

[4] Mijail Tomski (1886-1936): viejo bolchevique, se alió con Stalin contra la Oposición de Izquierda hasta 1928. Ayudó a fundar la Oposición de Derecha, e igual que otros dirigentes de la misma claudicó ante Stalin cuando fue derrotada. Esto no lo salvó de perder su puesto como presidente de los sindicatos soviéticos. Se suicidó durante el primer Juicio de Moscú, en 1936.

[5] GPU: una de las siglas que designaba al Departamento de la Policía Política soviética; otros nombres fueron: Checa, NKVD, MVD, KGB, etcétera, pero GPU es el más usado.

[6] Los mencheviques y los eseristas (SR): partidos predominantes en los Soviets formados después de la Revolución de Febrero. Los mencheviques, dirigidos por Iulius Martov, comenzaron como una fracción dentro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y se convirtieron en un partido independiente que se opuso a la Revolución de Octubre de 1917. Hasta 1921 siguió siendo un partido legal en la Unión Soviética y fue reconocido por la Segunda Internacional como su sección rusa. El SR fue la expresión política de las corrientes narodnikis (populistas). Antes de la Revolución de Octubre el partido SR era el que tenía la mayor influencia entre los campesinos. Su ala derecha estaba encabezada por Kerenski. El ala izquierda del SR actuó durante un breve lapso en un gobierno de coalición con los bolcheviques. después de la Revolución, pero pronto se ubicó en la oposición "desde la izquierda", organizando acciones contrarrevolucionarias.

[7] Aquí hay un juego de palabras en el original ruso. En lugar del término rossiiskii, que significa "del imperio ruso", Trotsky emplea rasseiskii, remedando la pronunciación que un chovinsta semianalfabeto pero entusiasta podría darle al glorioso adjetivo imperial. Al mismo tiempo, hay un juego de palabras con la raíz rassei, que significa "dispersar, desparramar, barrer (a algo o alguien del camino)", como lo haría un régimen bonapartista con sus adversarios, las turbas molestas, etcétera. (Nota del traductor al inglés).

[8] De todas las figuras militares y de la GPU que Trotsky nombraba en 1930 como candidatos potenciales para el papel bonapartista en el caso de un golpe contra el régimen soviético, sólo Voroshilov logró sobrevivir a la década del 30. V. K. Bluecher: dirigente de las fuerzas guerrilleras de Siberia durante la Guerra Civil, consejero militar del Ejército Rojo ante Chiang Kai-shek en la mitad de la década del 20, comandante del Ejército Especial del lejano Oriente, fue fusilado por orden de Stalin en 1938. Mijail Tujachevskí (1893-1937): distinguido comandante militar en la Guerra Civil, fue uno de los generales acusados de traición y ejecutados en junio de 1937, en la primera etapa de las purgas realizadas por Stalin, en las que se eliminó a veinticinco mil oficiales del Ejército Rojo. Henri Iagoda (1891-1938): el principal ayudante de Stalin en la GPU. Se convirtió en su jefe oficial en 1934; después de supervisar la organización del Juicio de Moscú de 1936, él mismo se convirtió en acusado en el juicio de 1938, fue condenado y ejecutado. Terenci Deribas (1883-1939): encargado de la GPU en el Lejano Oriente, fue arrestado y fusilado.

[9] Georgi Piatakov (1890-1937): viejo bolchevique, desempeñó un papel destacado en la Revolución Rusa y en la Guerra Civil, y ocupó muchos puestos claves en el partido y el estado. En su testamento, Lenin los llamó, a él y a Bujarin, "los dos jóvenes más capaces del partido". Se unió a la Oposición de Izquierda en 1923, fue expulsado del partido en 1927, claudicó y fue reintegrado en 1928. Como vicepresidente del comisariado de industria pesada ayudó a industralizar el país en la década del 30. Fue condenado y ejecutado en el segundo Juicio de Moscú. Karl Radek (1885-1939): revolucionario destacado en Polonia y Alemania antes de la Primera Guerra Mundial, y dirigente de la Comintern en la época de Lenin. Oposicionista de la primera hora, pero también uno de los primeros en claudicar ante Stalin después de haber sido expulsado y exiliado. Fue readmitido en el partido en 1930 y actuó como propagandista para Stalin hasta que lo acusaron falsamente en el segundo Juicio de Moscú y lo condenaron a diez años de prisión.



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