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Mensaje por radio a Estados Unidos[1]

 

 

27 de noviembre de 1932

 

 

 

Estimados oyentes: Mi intento de transmitir para el público norteamericano una breve exposición de mi conferencia sobre la Revolución Rusa es una empresa arriesgada en un doble sentido. El tiempo de que dispongo es muy limitado y mi inglés, mi pobre inglés, no guarda proporción alguna con mi admiración por la cultura anglo-sajona. Pido vuestra indulgencia, ya que esta es la primera vez que abordo a un público en inglés.

¿Qué interrogantes le plantea la Revolución Rusa una persona reflexiva? En primer lugar, ¿por qué y cómo se realizó esa revolución? En segundo lugar, ¿salió bien parada la Revolución Rusa de las pruebas a que la sometieron los acontecimientos? Sólo a primera vista resulta un misterio el hecho de que el proletariado haya tomado por primera vez el poder en un país tan atrasado como la Rusia zarista; en realidad, ese hecho se corresponde plenamente con la ley histórica. Se lo podía prever y se lo previó. Más aun; en base a ese pronóstico los revolucionarios elaboraron su estrategia mucho antes de los acontecimientos decisivos.

Permítanme citar un trabajo mío de 1905:

"En un país económicamente atrasado -escribí- el proletariado puede llegar al poder antes que en un país capitalista avanzado [...] En Rusia la revolución crea condiciones que pueden (y en el caso de un triunfo deben) traspasar el poder al proletariado aún antes de que el liberalismo burgués tenga la oportunidad de demostrar su capacidad para gobernar."

Cito este párrafo para demostrar que la teoría de la Revolución Rusa que yo defiendo precedió en mucho tiempo a la Revolución de Octubre.

Permítanme resumir brevemente este trabajo de 1905. Por sus objetivos inmediatos, la revolución rusa es una revolución burguesa. Pero la burguesía rusa es contrarrevolucionaria. Por lo tanto, la revolución sólo podrá triunfar si triunfa el proletariado. Pero el prole­tariado victorioso no se detendrá en el programa de la democracia burguesa; pasará al programa socialista.

Esta es la teoría de la revolución permanente, que yo formulé en 1905; desde entonces estuvo expuesta a las más severas críticas, rotulándosela de "trotskismo". Queda claro, por lo tanto, que los marxistas previeron no sólo las causas sino también la orientación general de la revolución varios años antes de que se hiciera.

La primera explicación, y la más general, es que aunque Rusia es un país atrasado forma parte de la economía mundial, no es más que un elemento del sis­tema capitalista mundial. En este sentido, Lenin resolvió el enigma de la Revolución Rusa con una formulación muy concisa: "La cadena se rompió por su eslabón más débil."

La situación intolerable del campesinado bajo el sistema monárquico-feudal, agravada por la explota­ción capitalista, creó una fuerza tremendamente explosiva que encontró su dirección en el proletariado. Un factor fundamental fue la existencia de una gran reserva revolucionaria en las nacionalidades oprimidas de las fronteras del imperio, que constituyen el cin­cuenta y siete por ciento de la población total. A estos elementos hay que añadir la experiencia de la revolu­ción de 1905, a la que Lenin consideró el "ensayo general" de la de 1917 y que fue testigo del primer surgimiento de los soviets; y la guerra imperialista, que agudizó todas las contradicciones, arrancó de su inmovilidad a las masas atrasadas y preparó así una catástrofe de dimensiones colosales.

Por último, un elemento que no fue precisamente el menos importante; existía un poderoso Partido Bolchevique, el partido más revolucionario que haya dado la historia de la humanidad. Era la condensación viva de la historia moderna de Rusia, de todo lo que había de dinámico en ella. Aprendió en la lucha, en los grandiosos acontecimientos que se sucedieron durante los doce años que mediaron entre 1905 y 1917, a cono­cer la mecánica de clase de la sociedad. Educó cuadros tan entrenados en la iniciativa como en la subordina­ción. La disciplina de su actividad revolucionaria se apoyaba en la unidad de su doctrina, en la tradición de la lucha en común y en la confianza en su experimentada dirección. Así era el partido en 1917.

Lenin, que estaba obligado a mantenerse en la clandestinidad, dio la señal en septiembre: "La crisis está madura, la hora de la insurrección se aproxima." Tenía razón. La burguesía finalmente había perdido la cabeza. Las masas perdieron lo poco que les quedaba de confianza en los partidos democráticos, en los mencheviques y en los social-revolucionarios. El ejército, que había despertado, ya no quería pelear en beneficio del imperialismo extranjero. Desoyendo los consejos democráticos los campesinos echaban de sus tierras a los terratenientes. Las nacionalidades oprimidas de la periferia se levantaban contra la buro­cracia de Petrogrado. Los bolcheviques eran mayoría en los soviets de obreros y soldados más importantes. Los obreros y los soldados exigían acción. La úlcera estaba madura, exigía el tajo del bisturí.

Sólo con estas condiciones políticas y sociales era posible la insurrección. Y en consecuencia llegó a ser inevitable. El partido llevó a cabo la Insurrección de Octubre con la cabeza fría y con una decisión ardiente. Esta fue la razón de que triunfara casi sin víctimas. A través de los soviets triunfantes, los bolcheviques se pusieron a la cabeza de un país que abarca un sexto de la superficie del globo.

Surge un interrogante: ¿qué es lo que se consiguió pagando el alto precio de la revolución? Muchos críticos revelan su maligna alegría ante el hecho de que la tierra de los soviets se parece muy poco al reino del bienestar general. ¿Para qué entonces la revolución y para qué los sacrificios?

¡Estimados oyentes! Permítanme suponer que no les resultan menos conocidos que a mí los errores, dificultades y carencias del régimen soviético. Pero la perspectiva es tan necesaria para la crítica como para la actividad creadora. ¡Quince años! ¡Cuánto representa ese período en la vida de un hombre! Pero esos mismos quince años, ¡qué lapso insignificante son para la vida de un pueblo! ¡Apenas un minuto en el reloj de la historia!

En la Guerra Civil de Estados Unidos murieron cincuenta mil hombres.[2] ¿Se puede justificar ese sacrificio? Desde el punto de vista del esclavista norteamericano y de las clases dominantes que marcha­ban con él, ¡no! Desde el punto de vista de las fuerzas progresivas de la sociedad norteamericana, del negro o del trabajador británico... ¡sí, absolutamente! Y desde el punto de vista del desarrollo de toda la humanidad, ¡no cabe ninguna duda! De la Guerra Civil salió la actual Norteamérica, con su ilimitada iniciativa prác­tica, su tecnología racional, su empuje económico. Estas conquistas del norteamericanismo formarán parte de la base de la nueva sociedad.

El criterio de análisis del progreso social más profundo, objetivo e indispensable es el aumento en la productividad del trabajo de la sociedad. La experiencia ya nos permite evaluar la Revolución Rusa desde esta perspectiva. Por primera vez en la historia, el prin­cipio de la economía planificada demostró su capacidad de llevar la producción a resultados sin precedentes en un lapso muy breve.

No tengo intención de negar u ocultar los aspectos débiles de la economía soviética. En los resultados de la producción industrial influye el desarrollo desfavo­rable de la agricultura. Ese sector no se elevó todavía, en lo esencial, a los métodos socialistas, pero al mismo tiempo fue empujado por la vía de la colectivización con una preparación insuficiente, de manera burocrá­tica, más que técnica y económica. Se puede corregir estos errores y se los corregirá. La primera lámpara de Edison tampoco fue perfecta. Pero éste es un gran problema que supera ampliamente los límites de mi charla.

Sin embargo, el significado más profundo de esa revolución consiste en que forma y templa el carácter del pueblo. Está muy difundida, y no por casualidad, la idea de que el pueblo ruso es lento, pasivo y místico-­melancólico. Esa idea hunde sus raíces en el pasado. Pero en los países occidentales todavía no se tomó debidamente en cuenta que se produjeron grandes cambios en el carácter del pueblo. La revolución es una dura escuela. Nosotros no la elegimos. Un martillo pesado destroza el vidrio pero forja el acero. El martillo de la revolución forja el acero del carácter del pueblo.

Muchos observadores extranjeros, siguiendo un hábito muy arraigado, no encuentran otra explicación para la extraordinaria persistencia que han demos­trado las masas populares de la Unión Soviética, en los años que transcurrieron desde la revolución, que la "pasividad" del carácter ruso. Las masas rusas de hoy soportan las privaciones pacientemente, pero no pasivamente. Están creando un futuro mejor con sus propias manos, y quieren crearlo a toda costa. ¡Pero que trate el enemigo de imponer desde afuera su voluntad sobre estas masas pacientes, y verá si son o no pasivas!

Estoy seguro de que el gran pueblo norteamericano tiene el mayor interés, tanto moral como material, en seguir con simpatía los esfuerzos del gran pueblo ruso por reorganizar su vida social a un nivel social superior. Si mi breve charla ayuda a que unos cuantos miles o incluso unos cuantos centenares de norteame­ricanos comprendan la inevitabilidad interna y el desarrollo de la Revolución Rusa, sentiré que mis esfuerzos han sido debidamente recompensados.



[1] Mensaje por radio a Estados Unidos. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. En The Militant del 3 de diciembre de 1932 se publicó una versión de este discurso incompleta y de segunda mano. La llegada de Trotsky a Dinamarca el 23 de noviembre fue recibida con las imprecaciones de un miembro de la familia real danesa, del embajador soviético y de los stalinistas daneses. En consecuencia sus actividades en Copenhague se vieron restringidas, pero sacó el máximo provecho político del tiempo que permaneció allí. Además de su charla con los estudiantes del 27 de noviembre, dio un discurso por radio y filmó una breve película de propaganda; también sostuvo discusiones con compañeros de distintos lugares de Europa y trató de prolongar su visa. El discurso a Norteamérica, el primero que pronunció en inglés, fue transmitido por radio por Columbia Broadcasting System.

[2] Las cifras que da Trotsky para las pérdidas de la Guerra Civil son erróneas; la estimación oficial es de casi medio millón.



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