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Los comunistas y la prensa burguesa[1]

 

 

Marzo de 1929

 

 

 

En primer lugar, es necesario recordar que el pro­blema general de escribir para la prensa burguesa se origina en el hecho de que una amplia capa de periodis­tas mal pagados, resentidos por la explotación, son atraídos por el Partido Socialista, en ocasiones inclusive por el Partido Comunista. En su trabajo para la prensa burguesa, estos elementos se ven obligados a adaptarse a las posiciones de sus directores y a los gustos del público, lo que los hace llevar una doble vida y trasladar la duplicidad y la corrupción moral a las filas del partido proletario. De allí surge la imperiosa necesidad de pro­teger al partido de la contaminación de los periodistas a sueldo de la burguesía, gente que por su facilidad de adaptación y su agilidad acceden fácilmente a posicio­nes de responsabilidad en el partido proletario, des­plazando de ellas a los obreros, pero que en momentos de crisis revelan su falta de firmeza y traicionan la causa del proletariado. Estas son las verdaderas bases sociales que subyacen tras la cuestión de la colabora­ción con la prensa burguesa, y así se plantea el pro­blema.

Sin embargo, esto no significa que se puede o se debe levantar una serie de obstáculos insalvables entre el partido proletario y la prensa burguesa, en cualquier circunstancia. En este sentido, recordemos algunos de los hechos históricos más notables, tomados del rico tesoro de nuestro pasado. Marx escribía regularmente para el diario neoyorquino Tribune. Engels[2] escribió una serie de artículos para la prensa burguesa inglesa. Lenin escribió un artículo sobre Marx y el marxismo para la publicación liberal-populista Granat’s Encyclopedic Dictionary [Diccionario Enciclopédico Granat]. Trotsky escribió en 1926, con permiso del Buró Político, un artículo sobre Lenin para la reaccionaria Encyclope­dic Britannica. Ninguno de estos casos tiene nada que ver con ese tipo de trabajo para la prensa burguesa que obliga al comunista a fingir, a disimular, a negar sus convicciones o a aguantar insultos contra su propio par­tido, cediendo en silencio a los jefes de redacción y mezclándose con ellos hasta perder su identidad.

En las primeras etapas de un movimiento revolucio­nario, sobre todo cuando el partido proletario aun no posee un influyente órgano de prensa propio, escribir para la prensa burguesa puede ser para los marxistas una necesidad política. Por ejemplo, en China, si bien la larga permanencia del Partido Comunista en el Kuo­mintang[3] tuvo consecuencias desastrosas para la revolución y el partido, una serie bien organizada de artículos de los comunistas chinos para la prensa del ala izquierda del Kuomintang hubiera sido de gran valor propagandístico.

Lo mismo podría decirse de la India, donde la for­mación de partidos “obreros y campesinos” (en reali­dad burgueses) tipo Kuomintang prepara el camino para las más terribles derrotas del proletariado. Aun así, la independencia total y absoluta del Partido Comu­nista hindú no excluye los acuerdos revolucionarios con otras organizaciones de masas ni la utilización por los marxistas de los diarios nacional-democráticos, bajo la supervisión del partido.

¿Cómo resuelven hoy este problema los partidos comunistas europeos? Lo tergiversan totalmente. Si bien hoy no hay comunistas que escriben en la prensa burguesa, la mayoría de las publicaciones comunistas están controladas por periodistas burgueses de segun­da categoría. Ello se debe a que el aparato de prensa del partido, materialmente independiente de los militantes, creció hasta alcanzar proporciones monstruosas, sobre una base organizativa estrecha e interna, y ahora es una fuente de trabajo no sólo para los periodis­tas comunistas que se encuentran a mano sino también para periodistas burgueses, generalmente incompeten­tes, que no pudieron hacer carrera en la prensa capita­lista. Esto explica, en particular, el nivel tan bajo de la prensa partidaria comunista, su falta de principios, su carencia total de posiciones independientes y méritos individuales y su disposición continua a llamar a lo negro blanco y viceversa.

En este como en otros terrenos, los partidos comu­nistas occidentales padecen no tanto las dificultades inherentes a los partidos revolucionarios del proleta­riado en los países capitalistas, como los males que el Partido Comunista de la URSS debió combatir recién después de conquistar el poder (los arribistas, enemigos de la revolución disfrazados, etcétera). Sin tener el poder, los partidos comunistas occidentales sufren en­fermedades propias de los partidos dominantes; refle­jan los males del PCUS stalinizado.

La Oposición se encuentra en una situación absolu­tamente excepcional. Representa directa e inmediatamente sólo a una pequeña minoría de la clase obrera. No está respaldada por ninguna organización de masas ni por recursos gubernamentales. Al mismo tiempo, tiene autoridad moral entre las masas y un capital ideológico porque agrupa en todos los países a elementos que dirigieron la Comintern durante sus cuatro primeros congresos y, en la república soviética, a quienes la fundaron y dirigieron hombro a hombro con Lenin.

El aparato de represión stalinista separa mecánicamente a la Oposición de las amplias masas, contando para ello con las victorias de la burguesía mundial sobre el proletariado y las presiones de los nuevos elementos dominantes de la URSS.

Si dejamos de lado ciertas declaraciones aisladas y ambiguas de la prensa democrática y socialdemócrata sobre la deportación de oposicionistas, etcétera, si to­mamos la evaluación global que hacen la prensa bur­guesa y pequeñoburguesa de la lucha entre la Oposi­ción, los centristas y la derecha, surge un cuadro muy nítido. La prensa burguesa, según su costumbre, tras­lada esta lucha principista al terreno de las personali­dades y dice: indudablemente, Stalin tiene razón contra Trotsky; probablemente, Rikov tiene razón contra Sta­lin. Pero eso no es todo. En estos años de lucha, la prensa burguesa ha utilizado la terminología de la prensa stalinista para caracterizar a la Oposición (ro­barle al campesino, reinstaurar el comunismo de gue­rra[4], tratar de iniciar una guerra o provocar aventuras revolucionarias, negarse a defender a la URSS y, finalmente, preparar la lucha armada contra el poder sovié­tico). La prensa burguesa finge creer estas calumnias, y las utiliza hábilmente para combatir al comunismo en general y en particular a su ala más resuelta e intransi­gente, la Oposición. Decenas de millones de obreros del mundo entero leen en la prensa burguesa y socialdemócrata estas calumnias fabricadas por la fracción stalinista.

Es una verdad histórica elemental la de que la frac­ción stalinista colaboró estrechamente con la burguesía mundial y su prensa en la lucha contra la Oposición. Esta colaboración se hizo perfectamente evidente en el caso de la deportación de Trotsky a Turquía y en el acuerdo de Stalin con los elementos más reaccionarios del gobierno alemán para no permitir el ingreso de aquél a Alemania. Observemos aquí que los socialdemócratas más “izquierdistas” se pronuncian a favor (en las palabras) de permitir el ingreso de Trotsky a Alemania... siempre que se abstenga de toda activi­dad política; le imponen la misma condición que le impuso Stalin en Alma-Ata. En cuanto a Inglaterra y Francia, Stalin pudo contar, aunque no medió un acuerdo expreso, con el apoyo de sus gobiernos y de órganos de prensa como Le Temps y The Times, que se opusieron categóricamente a que se otorgara asilo a Trotsky. En otras palabras, Stalin hizo un acuerdo de jure con la policía turca y parte del gobierno alemán, y un acuerdo de facto con la policía burguesa mundial. El objetivo primordial de este acuerdo es amordazar a la Oposición. La prensa burguesa, más allá de ciertas excepciones aisladas y circunstanciales, otorga su ben­dición a este acuerdo. En lo esencial, así se alinean las fuerzas. Sólo los ciegos podrían no verlo. Solo los buró­cratas a sueldo podrían negarlo.

Sin embargo, existe un obstáculo que le impide a este frente único alcanzar plenamente su objetivo de silenciar a la Oposición: el hecho ya mencionado de que en muchos países, sobre todo en la URSS, la Oposición está dirigida por revolucionarios conocidos por las am­plias masas trabajadoras, por cuyas ideas, política y suerte dichas masas sienten un verdadero interés. A ello se agrega el elemento de sensacionalismo político generado por la forma dramática en que se libró la lu­cha contra la Oposición. Gracias a todas estas circuns­tancias, la Oposición tiene algunas oportunidades de abrir brechas en el frente único de las prensas stalinis­ta y burguesa. Así, el hecho de ser deportado le dio al camarada Trotsky la posibilidad de declarar, a través de las páginas de la prensa burguesa, en millones de ejemplares, que la Oposición combate el socialismo na­cional stalinista y defiende la causa de la revolución internacional; que la Oposición estará en la primera fila para defender a la URSS de sus enemigos de clase; que la acusación de que prepara una insurrección armada contra el poder soviético o criminales atentados terro­ristas no es sino una vil calumnia bonapartista.

Desde luego, sería absurdo suponer que la Oposi­ción podría, aunque sea una vez, publicar su programa completo en la prensa burguesa. Pero logró una gran victoria por el solo hecho de haber podido refutar las mentiras más venenosas de los termidorianos en publi­caciones cuya circulación alcanza decenas de millones de ejemplares, alentando así a los obreros que leen esos artículos a descubrir por sí mismos cuáles son las au­ténticas posiciones de la Oposición. Rechazar tan ex­traordinaria oportunidad hubiera significado caer en un doctrinarismo estúpido y patético. La acusación de que colaboramos con la prensa burguesa no es solamente calumniosa; es también estúpida, porque provie­ne de los que entregan a policía burguesa a los mili­tantes de la Oposición.

No es necesario insistir en el hecho de que ahora es más importante que nunca que la Oposición cree, desa­rrolle y fortalezca su propia prensa, que la vincule lo más estrechamente posible a la vanguardia revolucio­naria de la clase obrera y la haga depender organizativa y financieramente de dicha vanguardia. En este traba­jo, no podemos permitir ni una sombra de los hábitos y métodos de la prensa socialdemócrata, o de la prensa semioficial stalinista, que toman sus resoluciones guiándose por consideraciones salariales y oportunis­tas. Es necesario verificar en forma constante y estric­ta el compromiso revolucionario y la firmeza ideológica de los editores y el personal de nuestra prensa.

Los casos individuales de colaboración con la prensa burguesa, que no pueden ser sino circunstanciales y episódicos, serán supervisados estrictamente por la Oposición organizada a escala nacional e internacional. Crear esta organización es la tarea central del momen­to. Sólo así podremos abordar seriamente la tarea de salvar a la Comintern, que bajo la dirección de los co­munistas centristas y de derecha se está disgregando, reanimándola y fortaleciéndola bajo las banderas de Marx y Lenin.



[1] Los comunistas y la prensa burguesa. Del folleto ¿Jto i Kak Proizoslo?, donde se publicó como apéndice. Sin firma. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders. En ¿Jto i Kak Proizoslo? se advierte que esta declaración fue una resolución de la Oposición Comunista francesa, aunque la escribió Trotsky como respuesta a la agitación stalinista por la publicación de sus artículos en la prensa capitalista.

[2] Friedrich Engels (1820-1895): colaborador de toda la vida de Karl Marx y coautor con él del Manifiesto Comunista y de muchas obras fundamentales del marxismo. En sus últimos años de vida fue la figura más destacada de la joven Segunda Internacional.

[3] El Kuomintang (Partido del Pueblo) de China: organización nacionalista-burguesa fundada en 1911 por Sun Yat-sen y dirigida durante la segunda revolución china (19251927) por el militarista, Chiang Kai-shek. Cuando Chiang se volvió contra la revolución y empezó a masacrar a los comunistas y a los militantes sindicales, Stalin y Bujarin proclamaron que el ala iz­quierda del Kuomintang, establecida en Wuhan, era una dirección revolucio­naria, y subordinaron a ella el PC Chino.

[4] Comunismo de guerra: sistema de producción que predominaba en la Unión Soviética cuando ésta luchaba por su subsistencia durante la Guerra Civil (1918-1920). Los bolcheviques no pensaban nacionalizar y centralizar mu­cho la economía inmediatamente después de la toma del poder; sus planes económicos originales eran más graduales. Pero todo quedó subordinado a la lucha militar por su supervivencia. Una de sus consecuencias fue el creciente conflicto entre los campesinos, cuya producción se requisaba o confiscaba; otra, la continua declinación de la producción agrícola e industrial. La insurrección de Kronstadt de 1921 fue para los bolcheviques la evidencia de que el descontento campesino estaba llegando a un punto explosivo y el acontecimiento que condujo a la sustitución del comunismo de guerra por la Nueva Política Económica.



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