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Hombre al agua[1]

 

 

3 de julio de 1929

 

 

 

Camarada Souvarine:

 

Su extensa carta, mejor dicho, su folleto,[2] me permite precisar algunas cuestiones. De lo que nos unía hace algunos años, me parece que no queda ni rastro. Mi respuesta no tiene como fin rendir tributo al pasado, sino que obedece a la necesidad política de afirmar que nuestros futuros se oponen irreconciliablemente.

En su carta no encuentro una sola idea correcta, que se base en la doctrina marxista y las grandes lecciones de la historia. No puedo dejar de pensar que lo que lo guía e induce a sus paradojas es la pluma de un periodista descontento. Por otra parte, lo que plan­tea no es nuevo. Podría citar muchos casos en que la de­serción del campo revolucionario se disfraza con formu­laciones análogas aunque, quizás, sin tanta pericia pe­riodística y tanta cultura libresca.

No tengo la posibilidad ni el deseo de desentrañar los complicados hilos de sus paradojas y sofismas. Tomaré un solo ejemplo, lo que, no obstante, bastará, porque se refiere al problema más importante.

Usted trata al partido y a la Internacional, e incluso a la Oposición, como a un cadáver. Opina que el gran error de la Oposición rusa reside en que insiste en influir al partido y reintegrarse a él. Por otra parte, caracteriza a la economía soviética como capitalismo de estado, considerándola un gran avance, y exige que la Oposición se ponga al servicio de este capitalismo de estado en lugar de preocuparse por el partido.

Nos da así un ejemplo de ese tipo de análisis que se basa en las palabras, no en las ideas, y se convierte en una fraseología sin contenido. El capitalismo de estado - uso sus propios térmi­nos -, es decir la industria y el transporte nacionali­zados, sólo mantienen su carácter “estatal” a través del partido. El aparato del estado y el de los propios trusts generan tendencias centrífugas. No exagero al afirmar que el noventa por ciento de los elementos que constituyen el aparato económico se sentirían muy felices si pudieran transformar a los trusts en empresas más o menos independientes del estado para conver­tirlos, en una segunda etapa, en empresas privadas.

Por otra parte, los sindicatos, cuando no están aliados al partido tienen la tendencia a lanzar una lucha sindical sin la menor consideración por el estado y el plan quinquenal. Jamás se le ocurriría a nadie que actúe en base a realidades y no al periodismo superfi­cial, servir a la economía soviética ignorando al partido y al margen de las medidas de éste o de una fracción. El capitalismo “de estado” vive y muere con el partido. Además, la mejor prueba de ello es que la economía soviética sufre diariamente la influencia de la Oposi­ción, refractada y distorsionada por el aparato sta­linista.

Su concepción de que se puede servir a la causa del proletariado desde fuera del partido no tiene ni la madurez necesaria como para tildarla de sindicalista. En esta etapa sólo significa desertar de la organi­zación marxista. En Rusia, durante la contrarrevolución y en el momento crucial de la guerra imperialista, escuchamos frecuentemente esta idea, el broche de oro de su carta: “Debemos permanecer en silencio y aguardar.” Esto siempre es un índice de que se está en camino de pasar a otro bando.

Estoy seguro que mañana no se quedará callado; se pasará al otro lado de la barricada. Teóricamente, ya está allí.

Tomamos nota de que un hombre se cayó al agua y pasamos al siguiente punto del temario.



[1] Hombre al agua. La Lutte de classes, enero-febrero de 1933. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Jeff White. Esta fue su última carta a Souvarine.

[2] La carta de Souvarine tenía ciento veinticinco páginas dactilografiadas y abarca sesenta y nueve páginas impresas en Contribution a l’histoire du Comintern donde lleva el título Una disputa con Trotsky.



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