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Agrupamientos en la Oposición Comunista[1]

 

 

31 de marzo de 1929

 

 

 

Estimados amigos:

 

No tengo aún posibilidades de trabajar en forma sis­temática. Hasta el momento no pude ponerme bien al tanto de las publicaciones de la oposición europea. Por eso me veo obligado a dejar para más adelante la eva­luación general de las tendencias de oposición. Nos aguardan tiempos tan difíciles que todo compañero, aun, todo compañero potencial, posee para nosotros un valor incalculable. Sería un error imperdonable alejar a un compañero, más aun a un grupo, por una evaluación hecha a la ligera, por una crítica prejuiciosa o por exa­gerar las diferencias.

No obstante, considero que es absolutamente nece­sario expresar algunas consideraciones generales que, en mi opinión, son decisivas para caracterizar a tal o cual grupo o tendencia de oposición.

En la actualidad, la Oposición se constituye sobre la base de una diferenciación ideológica principista, no sobre la base de acciones de masas. Esto tiene que ver con el carácter de la etapa. Hubo procesos similares en la socialdemocracia rusa durante los años de contrarre­volución, y en la socialdemocracia internacional en los años de guerra. Por regla general, las acciones de masas tienden a liquidar las diferencias secundarias y epi­sódicas y a ayudar a la fusión de tendencias afines y próximas. El corolario de esto es que en épocas de es­tancamiento o reflujo los agrupamientos ideológicos muestran una gran tendencia hacia la diferenciación, la ruptura y las luchas internas. No podemos saltear la etapa que vivimos, tenemos que atravesarla. La dife­renciación ideológica clara y precisa es un sine qua non que prepara los éxitos del futuro.

Más de una vez hemos calificado de centrista la línea general de la dirección de la Comintern. Es eviden­te que el centrismo, más aun el centrismo armado con todo un arsenal represivo, terminará por empujar a la oposición, no sólo a los elementos consecuentemente marxistas sino también a los oportunistas más conse­cuentes.

El oportunismo comunista se expresa en la lucha por restablecer, con las condiciones que imperan hoy, la socialdemocracia de preguerra, lo que se nota con suma claridad en Alemania. La socialdemocracia de hoy está a años luz de distancia del partido de Bebel.[2] Pero la historia es testigo de que el partido de Bebel se transformó en la socialdemocracia contemporánea. Eso sig­nifica que el partido de Bebel ya se había vuelto totalmente inoperante en la época de preguerra. Tanto más inútil resulta tratar de reconstituir el partido de Bebel, o siquiera un ala izquierda del mismo, en las condicio­nes imperantes. Sin embargo, por lo que puedo juzgar, los esfuerzos de Brandler, Thalheimer[3] y sus amigos tienden a esa dirección. En Francia, Souvarine[4] apa­rentemente apunta a lo mismo, aunque con menos consecuencia.

Considero que hay tres problemas clásicos que esta­blecen el criterio decisivo para caracterizar las tenden­cias del comunismo mundial: 1) la política del Comité Anglo-Ruso; 2) el proceso de la revolución china; 3) la política económica de la URSS, junto con la teoría del Socialismo en un solo país.[5]

Quizás algunos camaradas se sorprendan de que no mencione aquí el problema del régimen partidario. No se trata de un olvido, sino de una omisión deliberada. Un régimen partidario no tiene un significado indepen­diente, autosuficiente, es una magnitud que deriva de la política partidaria. La lucha contra el burocratismo stalinista cuenta con la simpatía de los elementos más heterogéneos. Hasta los mencheviques suelen aplaudir algunos de nuestros ataques contra la burocracia. Diga­mos de paso que en esto se apoya la estúpida charla de los stalinistas, que tratan de hacer ver que nuestra política es afín a la de los mencheviques. Para un marxista, la democracia de un país no es una abstracción. La democracia está siempre condicionada por la lucha de las fuerzas vivas. Para los oportunistas el centralismo revo­lucionario es burocratismo. Es obvio que éstos no pue­den ser militantes nuestros. En este caso, cualquier in­dicio de solidaridad es producto de la confusión ideoló­gica o, más frecuentemente, de la especulación ma­liciosa.

1. Respecto del Comité Anglo-Ruso escribí mucho. No sé cuanto se publicó en el exterior. Me dijeron que circulan rumores de que yo me oponía a la ruptura del Comité Anglo-Ruso, y que sólo cedí cuando me presio­naron Zinoviev y Kamenev. En realidad, lo cierto es lo contrario. La política stalinista en el Comité Anglo-Ruso es un ejemplo clásico del centrismo que se desplaza a la derecha, les sostiene el estribo a los traidores desca­rados y recibe a cambio tan sólo golpes y puntapiés. Al comunista europeo le cuesta mucho comprender los problemas chinos y rusos, debido a las condiciones peculiares de esos países. El caso del bloque político con los líderes de los sindicatos británicos es diferente. Aquí estamos ante un problema elemental de la política europea. La línea stalinista respecto de este proble­ma constituye la más flagrante violación de los princi­pios bolcheviques y del abecé teórico del marxismo. La experiencia del Comité Anglo-Ruso redujo a cero el valor pedagógico de las grandes huelgas de 1926 y re­trasó en años el desarrollo del movimiento obrero britá­nico. Quien no lo haya comprendido no es un marxista, no es un político revolucionario del proletariado. Las protestas de ese individuo por el burocratismo stalinis­ta, para mí, carecen de todo valor. La orientación opor­tunista del Comité Anglo-Ruso sólo podía concretarse en lucha contra los auténticos elementos revoluciona­rios de la clase obrera. Y esta lucha, por su parte, es in­concebible si no se apela a la coerción y a la represión, sobre todo tratándose de un partido con el pasado revo­lucionario del Partido Bolchevique.

2. También escribí mucho sobre la cuestión china los últimos dos años. Tal vez pueda reunir todo ese ma­terial en un solo tomo. El estudio de los problemas de la revolución china es una condición necesaria para la educación de la Oposición y la diferenciación ideológica en sus filas. Los elementos que no adoptaron una posi­ción clara y precisa sobre esta cuestión revelan con ello su estrechez nacional, lo que de por sí es un síntoma inequívoco de oportunismo.

3. Por último, la cuestión rusa. Debido a la situa­ción creada por la Revolución de Octubre, las tres ten­dencias clásicas del socialismo - la marxista, la centris­ta y la oportunista- encuentran en las condiciones soviéticas su expresión más clara y precisa, su indiscu­tible contenido social. En la URSS vemos un ala dere­cha ligada a la intelectualidad técnica y a los pequeños propietarios, el centro, que oscila entre las clases ha­ciendo equilibrio en la cuerda floja del aparato, y el ala izquierda, que representa a la vanguardia proletaria en el período de reacción. Naturalmente, no quiero decir con esto que la izquierda está exenta del error y que podemos progresar sin una crítica interna seria y franca. Pero esta crítica debe tener un claro fundamento de clase, es decir, debe tomar en cuenta las tendencias históricas arriba mencionadas. Cualquier intento de ne­gar la existencia de dichas tendencias y su carácter de clase, cualquier intento de elevarse por encima de las mismas, culminará inexorablemente en un miserable fracaso. Este es el camino que siguen, sobre todo, los derechistas que aún no lo son conscientemente o que no quieren ahuyentar demasiado pronto a su propia ala izquierda.

Por lo que sé, durante todos estos años Brandler y Thalheimer consideraron muy correcta la política económica del Comité Central del PCUS. Así estaban las cosas hasta el momento del viraje a la izquierda.[6] Por lógica, ahora deberán simpatizar con el programa que se aplicó abiertamente de 1924 a 1927 y que en este mo­mento está representado por el ala derecha de Rikov, Bujarin y demás. Souvarine, aparentemente, se orienta en la misma dirección.

Es obvio que aquí no puedo plantear en toda su en­vergadura el problema económico de la URSS. Lo dicho al respecto en nuestro programa mantiene toda su vali­dez. Sería muy útil que la Oposición de Derecha hiciera una crítica clara y precisa de lo que dice nuestra plataforma sobre este tema. Para facilitar este trabajo, per­mítaseme adelantar aquí algunas consideraciones.

La derecha cree que si las empresas campesinas in­dividuales tuvieran mayor margen de maniobra, se po­drían superar las dificultades actuales. No me propongo negarlo. El apostar a favor del farmer capitalista (versión europea o norteamericana del kulak) induda­blemente rendirá frutos, pero serán frutos capitalistas que conducirán en la etapa siguiente al derrumbe polí­tico del poder soviético. Entre 1924 y 1926 se dieron solamente los primeros pasos de esa apuesta a favor del farmer capitalista. Sin embargo, se fortaleció tremen­damente la pequeña burguesía urbana y rural, que se apropió de muchos soviets atrasados, se incrementaron el poderío y la autosuficiencia de la burocracia, se desa­tó una presión mayor contra los obreros y se liquidó por completo la democracia partidaria. Quienes no com­prenden la dependencia recíproca de todos estos he­chos, generalmente son incapaces de comprender una política revolucionaria. La orientación tendiente a ha­cer surgir el farmer capitalista es absolutamente in­compatible con la dictadura del proletariado. Es nece­sario escoger.

Veamos, empero, el aspecto puramente económico de la cuestión. Entre la industria y la economía campe­sina existe una interacción dialéctica. Pero la fuerza motriz es la industria, en mucho el factor más dinámico. El campesino necesita bienes manufacturados a cambio de sus granos. La revolución democrática dirigida por los bolcheviques entregó la tierra a los campesinos. La revolución socialista, bajo la misma conducción, sigue entregando a los campesinos menos bienes a precios más elevados que los que le exigía el capitalismo. Precisamente por eso, la revolución socialista, a diferencia de su cimiento democrático, se encuentra amenazada. Frente a la escasez de bienes manufacturados el cam­pesino reacciona con la huelga agraria pasiva; no lleva sus granos al mercado ni aumenta la superficie sembra­da. La Derecha considera necesario otorgar un mayor margen de maniobra a las tendencias capitalistas de la aldea, quitarles menos y desacelerar el ritmo de creci­miento industrial. Pero en definitiva esto significa el aumento de la cantidad de mercancías agrícolas en el mercado y la disminución de la cantidad de mercancías industriales. La desproporción entre ambas, que consti­tuye la raíz de la actual crisis económica, se acrecenta­ría en ese caso. Una salida posible sería la de exportar los cereales del farmer e importar a cambio bienes ma­nufacturados europeos para el farmer, es decir, el cam­pesino de mayores recursos. En otros términos, en lugar de una smichka (vínculo) entre la economía coo­perativa campesina y la industria socialista, se crearía una smichka entre una economía farmer de exporta­ción y el capitalismo mundial. De esta manera el estado no sería el constructor de la economía socialista sino un intermediario entre el capitalismo local y el capitalismo extranjero. Demás está decir que los contratistas no tar­darían en dejar de lado al intermediario, empezando, claro está, con el monopolio del comercio exterior. Por­que el libre desarrollo de una economía farmer, que re­cibe lo que necesita desde el exterior a cambio de la ex­portación de sus granos, presupone una libre circula­ción de mercancías, no una circulación exterior mono­polizada por el estado.

La Derecha suele afirmar que Stalin aplicó la plata­forma de la Oposición y demostró su ineficacia. La ver­dad es que Stalin se asustó cuando su empírica cabeza se estrelló contra las consecuencias de la política far­mer (kulak) que tan ciegamente fomentó entre 1924 y 1927. Al dar el salto a la izquierda, utilizó retazos del programa de la Oposición. La plataforma de la Oposi­ción, en primer término, excluye la política tendiente a crear una economía cerrada y aislada. Es absurdo que­rer erigir un muro de ladrillos para separar la economía soviética del mercado mundial. La suerte de la econo­mía soviética (incluida la de la agricultura) estará deter­minada por el ritmo general de su desarrollo, de ningu­na manera por su grado de “independencia” respecto de la división mundial del trabajo. Hasta el momento, todos los planes económicos de la dirección stalinista se basaron en la reducción del comercio exterior en el cur­so de los próximos cinco o diez años, lo que sólo podemos calificar como cretinismo pequeñoburgués. La Oposición no tiene nada que ver con esa política. Pero esa posición sí surge de la teoría del socialismo en un solo país.

Aparentemente, el intento de Stalin de incrementar la industrialización lo acerca a la Oposición. Pero sólo en apariencia. La industrialización socialista presupone un plan de gran alcance y muy cuidadosamente elabo­rado, en el que el desarrollo interno, está estrechamen­te ligado a una creciente utilización del mercado mun­dial y a la defensa implacable del monopolio del comercio exterior. Esta es la única manera en que se podrán paliar - no liquidar ni eliminar - las contradicciones del desarrollo socialista dentro del cerco capitalista; és­ta es la única manera de incrementar el poderío econó­mico de la república soviética, de mejorar las relacio­nes económicas entre la ciudad y el campo y de fortale­cer la dictadura del proletariado.

Estos son, pues, los tres criterios fundamentales pa­ra la diferenciación interna de la Oposición. Surgen de la experiencia viva de tres países. Naturalmente, cada uno de los países atrasados tiene sus problemas pecu­liares y la actitud hacia los mismos determinará la posi­ción de cada grupo y de cada comunista individual. Es posible que mañana alguno de estos problemas nuevos surja y desplace a todos los demás. Pero me parece que hoy los problemas decisivos son los mencionados. Quien no tenga una posición clara y precisa al respecto no puede ubicarse en alguno de los tres agrupamientos básicos del comunismo.

Esto es todo lo que puedo decir por el momento en respuesta a sus preguntas. Si resulta que, debido a mi conocimiento insuficiente de la literatura disponible, no comprendí a Brandler, Souvarine y sus correligionarios, naturalmente me apresuraré a modificar mi caracterización con las rectificaciones que surjan de los hechos y documentos que lleguen a mi conocimiento.

 

L. Trotsky



[1] Agrupamientos en La Oposición comunista. Fourth International [Cuarta Internacional], revista del Socialist Workers Party, [SWP, Partido Socialista de los Trabajadores, norteamericano], mayo de 1946.

[2] August Bebel (1840-1913): fundó junto con Wilhelm Liebknecht la socialdemocracia alemana. Bajo su dirección el partido se transformó en una fuerza poderosa. Aunque formalmente rechazó el revisionismo sin principios de Eduard Bernstein, le cabe mucha responsabilidad por el avance de las tendencias oportunistas que se apoderaron del partido poco después de su muerte. 

[3] Heinrich Brandler (1881.1967) y August Thaelheimer (1884-1946): partici­paron en la fundación del PC Alemán y eran sus dirigentes más destacados cuando aquél no supo aprovechar la crisis revolucionaria de 1923. A Brandler lo convirtieron en chivo emisario de la situación y lo removieron de la dirección en 1924. En 1929 fueron expulsados del PC Alemán y de la Comintern por simpatizar con la Oposición de Derecha de Bujarin. Organizados como Oposición del Partido Comunista (KPO) de Alemania, eran, en opinión de Trotsky, una tendencia que oscilaba entre el centrismo y el reformismo.

[4] Boris Souvarine (n.1893): uno de los fundadores del PC Francés y de los primeros biógrafos de Stalin. Fue repudiado por el stalinismo en la década del 20 y se hizo antileninista en la del 30. Trotsky lo señalaba como un prototipo del cinismo y el derrotismo que caracterizan a los renegados del bolchevismo.

[5] El Comité de Unidad Sindical Anglo-Ruso se formó en mayo de 1925 con los burócratas “de izquierda” del Congreso Sindical Británico y los dirigentes stalinistas de los sindicatos soviéticos. Trotsky exigió su disolución en 1926, después de que los británicos traicionaron la huelga general, pero los stalinistas se negaron y siguieron aferrados al Comité hasta que los burócratas in­gleses, que ya no lo necesitaban como cobertura de izquierda, se fueron en se­tiembre de 1927. Los escritos de Trotsky sobre el Comité están reunidos en Leon Trotsky on Britain, Monad Press, distribuido por Pathfinder Press, 1973. [Existe una edición en castellano con el título ¿A dónde va Inglaterra?, Edit. El Yunque, Buenos Aires, 1974.] El proceso de la revolución china, aplastada en l927 por el ex aliado de Stalin, Chiang Kai -shek, fue un eje fundamental de la lucha fraccional que se desarrolló ese año entre la Oposición Unificada de Trotsky- Ziniviev-Kamenev y la fracción de Stalin-Bujarin. Los escritos de Trotsky sobre el tema están reproducidos en Problems of the Chinese Revolution [Problemas de la Revolución China], The Third International after Lenin [La Tercera Internacional después de Lenin, Edit. El Yunque, Buenos Aires, 1974] y The Chinese Revolution: Problems and Perspectives [La revolución china: problemas y perspectivas]. Estos y otros trabajos aparecen en Leon Trotsky on China [L. T. sobre China], Pathfinder Press, 1976. Socialismo en un solo país: teoría de Stalin, introducida en el movimiento comunista en 1924, de que se podía llegar a la sociedad socialista dentro de los límites de un solo país. Posteriormente, cuando se la incorporó al programa y a la táctica de la Comintern, pasó s ser la cobertura ideológica del abandono del internacionalismo proletario y se la utilizó para justificar la conversión de los partidos comunistas de todo el mundo en simples peones de la política exterior del Kremlin. Para una crítica extensa de Trotsky, ver La Tercera Internacional después de Lenin, análisis del proyecto de programa del Sexto Congreso de la Internacional Comunista.

[6] El viraje stalinista a la izquierda comenzó a principios de 1928, después de que se expulsó a la Oposición de Izquierda por plantear la necesidad de un giro a la izquierda en la planificación y la administración económicas. Sólo a fines de 1929 salieron a la luz todas sus implicaciones, cuando se dio la señal de la colectivización inmediata y total de la tierra.



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