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La invasión japonesa de Manchuria[1]

 

 

30 de noviembre de 1931

 

 

 

La inoperancia de la Liga de las Naciones[2] en el conflicto sino-japonés excede todas las predicciones de sus más implacables enemigos y críticos. Su carácter contradictorio (yo preferiría decir, si me lo permiten, su carácter traicionero) tiene su máxima expresión en Francia. Su delegado oficial, el ministro de relaciones exteriores Briand[3], está llevando a cabo la campaña por la paz de la Liga, mientras que toda la prensa gubernamental francesa, con Le Temps a la cabeza, apoya la intervención japonesa con todas sus fuerzas, como desconociendo su propia diplomacia oficial. Si se sigue día a día los editoriales de Le Temps, puede pen­sarse que se está leyendo un órgano de la plana mayor de Tokio y no del ministerio de relaciones exteriores de París. Es evidente que las diferencias entre la verdade­ra política de Briand y las operaciones militares del ge­neral Honjo[4] no pueden ser muy grandes si la prensa semioficial francesa puede conciliar exitosamente am­bas posiciones.

Aquí vemos una vez más cómo Francia, para man­tener la hegemonía lograda en Versalles (hegemonía inestable ya que no concuerda con el real peso económico relativo del país), se ve obligada a buscar aliados entre todos los elementos reaccionarios de Europa y el mundo, y a apoyar la violencia militar, la expansión co­lonial, etcétera, dondequiera que aparece.

Pero, ni hace falta decirlo, el conflicto sino-japonés, o más precisamente el ataque militar de Japón a China, tuvo que encontrar primero apoyo en Tokio antes que en París, y en cierto sentido también en Nankin. Los dramáticos sucesos actuales en Manchuria surgieron directamente de la supresión de la revolución china y de la inminencia de la revolución en Japón.

La revolución china de 1925-1927 fue un movimien­to de liberación nacional y puso en acción masas enormes. El Partido del Kuomintang, habiendo ganado la dirección del movimiento, logró sofocar finalmente la revolución por medios militares. Esto impidió la forma­ción de una nación democrática, debilito a China, avivó la lucha entre camarillas de generales y despertó por lo tanto los apetitos predatorios, especialmente en Japón. De todos modos, la intervención militar de Japón en Manchuria no es una expresión de la fortaleza del ac­tual estado japonés. Por el contrario, este paso le fue dictado por su creciente debilidad. Es altamente instructivo considerar la analogía entre la aventura del zarismo en Manchuria, que llevó a la guerra 1904-1905, y esta aventura del gobierno del mikado[5] que se con­vertirá inevitablemente en guerra o, más exactamente en una serie de guerras.

En su momento, el gobierno zarista se precipitó en esa situación en Oriente en su búsqueda de una salida para las intolerables contradicciones internas entre un capitalismo en expansión y las arcaicas estructuras de casta semifeudales del campo. Pero el remedio fue peor que la enfermedad y llevó a la primera revolución rusa en 1905.

La estratificación agraria y de casta de Japón sigue siendo semifeudal. A comienzos de siglo la contradicción entre el joven capitalismo japonés y el viejo régi­men del estado aún no se había desarrollado totalmen­te. Por el contrario, el capitalismo utilizaba exitosamente las viejas y firmes clases, instituciones, y tradiciones feudales para sus propios fines militares. Esta combinación fue precisamente lo que permitió a Japón su colosal victoria sobre la Rusia zarista en 1904-1905.

Desde entonces la situación cambió radicalmente. En el último cuarto de siglo, el desarrollo capitalista de Japón ha minado profundamente las viejas relaciones e instituciones japonesas que coronan la figura del mikado. Las clases dominantes señalan a los campesi­nos japoneses las copiosas reservas de tierras de Manchuria, pero éstos quieren arreglar primero el problema agrario en casa. Solamente sobre nuevas bases democráticas podrá Japón tomar forma finalmente como nación moderna. Los amos del destino del Japón se sienten ahora aproximadamente como se sentía la monarquía zarista a principios de siglo. Y por una siniestra ironía del destino, los dirigentes de Japón buscan una salida en esas mismas llanuras de Manchuria donde la monarquía zarista recibió un golpe prerrevolucionario tan serio.

No es fácil predecir qué curso seguirán los aconte­cimientos en el Lejano Oriente en los próximos días o semanas. Actúan demasiados factores contradictorios, que se entrecruzan en distintas direcciones. Hacer un balance en esta coyuntura resulta especialmente difícil porque el propio gobierno japonés, al ser el gobierno de una época prerrevolucionaria, está signado por una inestabilidad inusual y por una tendencia a acciones impredecibles.

Pero el curso general puede predecirse casi sin riesgo de error, más allá del lado hacia el que se incline la balanza en las próximas semanas. Aun cuando se pueda detener ahora la expansión de las operaciones militares japonesas, e impedir que se conviertan direc­tamente en un extenso frente de guerra, esto no significará más que un respiro. Los círculos dirigentes de Japón hicieron pie en Manchuria. La Liga de las Naciones trata de resolver el conflicto (en la medida en que realmente lo intenta) mediante nuevas concesiones a Japón a expensas de China. Esto significa que, aun con los resultados más favorables posibles de las actua­les operaciones militares, Japón fortalecerá su posición en Manchuria.

Para China, los "derechos" de Japón en Manchuria serán como una astilla en un pie descalzo. Es cierto que está debilitada por el dominio incuestionado de las diferentes camarillas militares del Kuomintang. Pero el despertar nacional de China sigue siendo un factor de una importancia histórica enorme, que continuará aumentando. Para mantener su posición, Japón se verá inevitablemente obligado a recurrir a nuevas expediciones militares. La necesidad de enviar nuevas tropas creará a su vez el deseo de justificar el gasto mediante una extensión de los "derechos" japoneses, o sea con nuevas conquistas y violaciones.

Este proceso tiene su propia lógica automática. La posición internacional de Japón estará sujeta cada vez a mayor tensión. Los gastos militares crecerán rápida­mente. A medida que se desarrollan los aconteci­mientos, las consideraciones originales de ventajas económicas darán lugar a consideraciones de prestigio militar. Aumentará el descontento en todo el país. En esas circunstancias Manchuria bien puede conver­tirse para la monarquía japonesa en lo que fue Marrue­cos para la española, e incluso a más corto plazo[6].

¿No podrían los actuales acontecimientos de Manchuria llevar a una guerra entre Japón y la Unión Soviética? Sobre este asunto, y en general sobre lo que pasará, sólo puedo hablar, por supuesto, como un observador no iniciado en los planes e intenciones de los respectivos gobiernos, y juzgar exclusivamente sobre la base de los indicios objetivos y de la lógica de las cosas.

En todo caso puede excluirse de parte del gobierno soviético todo deseo de conflicto con Japón. Sobre esto es sumamente instructivo observar el nuevo rumbo que tomó recientemente la prensa semioficial francesa. Durante las primeras semanas de la intervención, Le Temps no se cansaba de repetir: "No hay por qué temer nada de parte de Japón, sino de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que evidentemente está pronta para una agresión". Brotaban las historias sobre concentraciones de tropas soviéticas como si manaran del cuerno de la abundancia. Así se distraía la atención de la opinión pública, y las autoridades militares japonesas ganaban el tiempo que necesitaban. Cuando la debilidad de la Liga de las Naciones se hizo lo bastante evidente, la prensa semioficial francesa tomó la tarea (o mejor dicho se la dieron) de que los gobiernos de las grandes potencias aceptaran el hecho consumado y acercarlas lo más posible a Japón. Desde ese momento Le Temps empezó a afirmar que no se podía ni hablar de una interferencia de la URSS, que no era más que un conflicto local, un problema de provin­cias, que todo podría arreglarse bien, lo mejor posi­ble, que no había por qué trastornarse e interferir: el propio Japón sabía qué era lo mejor para él en Manchuria.

La prensa francesa buscó un argumento para estas nuevas afirmaciones tranquilizadoras en la "debilidad" de la URSS y del Ejército Rojo. Para esto hizo uso frecuente de la analogía ya mencionada con la guerra ruso-japonesa de 1904-1905. La analogía es muy instructiva, pero con una condición: poner un signo más donde antes había un signo menos y viceversa. Porque si el Japón actual no se parece en nada al de principios de siglo, menos parecida aún es la Unión Soviética a la Rusia zarista. Por supuesto que la Revolución Rusa está lejos de haberse completado. Hay muchas contradic­ciones en el desarrollo económico soviético y a veces se convierten en dificultades políticas. Negarlo sería adoptar la política del avestruz. Pero cuando se hacen afirmaciones a gran escala histórica hay que mantener el sentido de las proporciones, y no dejar que los facto­res secundarios nos distraigan de los fundamentales. El Ejército Rojo es el resultado histórico de tres revolu­ciones, que despertaron y educaron a la nación rusa y junto con ella a los muchos pueblos de la Unión Sovié­tica y de varias naciones amigas. En caso de guerra (cuya necesidad e inevitabilidad comprenderán las masas de la población de la URSS) la energía que desa­taron esas tres revoluciones se convertirá en una fuerza poderosa. ¡Sólo un ciego puede dejar de verlo!

Seguramente un frente militar en el Lejano Oriente estaría muy lejos. Las conexiones por tren presentan serias dificultades. Es indudable la ventaja de Japón en este aspecto. Pero sólo en este aspecto. En cualquier otro la ventaja decisiva está de parte de la URSS. El Ejército Rojo sólo demostraría su enorme superio­ridad sobre el actual ejército contrarrevolucionario japonés, y esto tiene por sí mismo una importancia decisiva. Pero además de eso, y lo que es más, las operaciones tendrían lugar en un país profundamente hostil a Japón y amigo de la Unión Soviética. Porque si ésta se ve obligada a entrar en guerra, puede y debe encararla como aliada del pueblo chino en su lucha por la liberación nacional.

Por más debilitada que esté China por el régimen militarista, las colosales sacudidas de dos revoluciones han preparado innumerables elementos para la cons­trucción de una nueva China. Cientos de miles, millo­nes de chinos saben cómo manejar un arma. El hambre y un sentimiento nacional reavivado los impulsan a tomarlas. Aun ahora, que los destacamentos guerrille­ros hostigan constantemente las líneas de comunicación japonesas y amenazan sus unidades, las improvisadas tropas chinas constituyen una seria amenaza para las japonesas, no menor de lo que lo fueron las guerrillas españolas para las tropas de ocupación de Napoleón. Una alianza militar entre la república soviética y China sería una verdadera catástrofe para Japón.

Entonces, ¿por qué -pueden preguntarme- trata la Unión Soviética de evitar la guerra? Las pacíficas declaraciones de Moscú, ¿no son meras pantallas diplomáticas que ocultan intenciones que no tienen nada de pacíficas? No, no lo creo. Es más: lo considero imposible. Cualesquiera que sean sus resultados militares, una guerra traería a la Unión Soviética enormes apremios económicos que se agregarían a las complicaciones ya existentes. Se detendría la construcción económica y muy probablemente se producirían dificul­tades políticas.

En semejantes circunstancias solamente se puede ir a la guerra sí se hace absolutamente inevitable. Pero no lo es. Por el contrario, aun desde un punto de vista estrictamente militar, el gobierno soviético no tiene ninguna razón para apurarse o ir al encuentro de los acontecimientos. Con su toma de Manchuria, Japón no hará más que debilitarse. Las condiciones del Lejano Oriente (las inmensas distancias, el atraso económico general y, en particular, las pobres conexiones viales) hacen que no haya ninguna razón para temer un peligro inmediato, o siquiera relativamente remoto, para los centros vitales de la Unión Soviética, incluidos, claro está, los de Asia.

La cuestión del Ferrocarril Oriental de China, importante como es por sí misma, no puede tener, vista en conexión con esto, una importancia decisiva para determinar la política de ambos bandos. El gobierno soviético ha anunciado más de una vez que está dis­puesto a entregar el ferrocarril a un gobierno chino realmente fuerte, o sea a un gobierno que se apoye en un pueblo chino alerta. Si se lo hubiera entregado ante­riormente, a Chang Tso-lin o a Chang Hsueh-liang[7], esto habría significado, directa o indirectamente, dárselo a Japón, que lo habría utilizado contra China y contra la Unión Soviética.

Interpretar la política soviética respecto al Ferro­carril Oriental de China como "imperialismo" es plan­tear las cosas patas arriba en favor del militarismo japonés agresor. Pero en todo caso la cuestión del ferrocarril no es algo aislado. Es un elemento subordi­nado dentro del gran problema general del Lejano Oriente. China tendrá la última palabra sobre este asunto. Y las más ardientes simpatías del pueblo de la Unión Soviética estarán del lado del pueblo chino, con toda seguridad.

No estaría de más agregar que la actual situación de Europa tendría que dejar claro, como mínimo, para toda persona que piense políticamente, incluso para los oponentes de la URSS, que la Unión Soviética no puede ni debe atarse de manos en el Lejano Oriente. ¿Que a dónde quiero llegar? A la posibilidad de que los nacional-socialistas, o sea los fascistas, tomen el poder en Alemania. Si esto sucediera, estoy convencido de que significaría inevitablemente una guerra entre la Ale­mania fascista y la república soviética. Entonces sí estaríamos ante una cuestión de vida o muerte. Pero este es otro asunto, sobre el que tal vez podamos volver en otra oportunidad.



[1] La invasión japonesa a Manchuria. Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Existe una traducción [al inglés] publicada bajo el título Why Russia Dare Not Fight Japan [Por qué Rusia no se atreve a luchar contra Japón] en Liberty, 27 de febrero de 1923, pero al compararla con el texto de Trotsky que está en Harvard se descubrió que sus partes habían sido reacomodadas, y que faltaban varias oraciones y frases. Esa traducción [al inglés] fue revisada y corregida para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders. Japón comenzó su invasión a Manchuria el 18 y 19 de setiembre de 1931. En febrero de 1932 los invasores declararon a aquella amplia provincia una nación "independiente", con el nombre "Man­chukuo", y establecieron un régimen títere para que la gobernara en nombre de los intereses del imperialismo japonés.

[2] La Liga de las Naciones: nació en la conferencia de paz en Versalles, en 1919; sus estatutos fueron parte del tratado de paz de Versalles, elaborado por los vencedores de la Primera Guerra Mundial. e imponía las condiciones y las indemnizaciones sobre los países derrotados, especialmente Alemania. La respuesta de la Liga al ataque japonés a Manchuria fue una comisión investigadora, cuya recomendación de que Japón evacuara a Manchuria "salvaguardando" sus derechos allí fue aceptada mas de un año más tarde. Entonces, Japón no se fue de Manchuria sino de la Liga.

[3] Aristide Briand (1862-1932): expulsado en 1906 del Partido Socialista francés por aceptar cargos en un gabinete capitalista, fue varias veces pre­mier y representante de Francia en la Liga de las Naciones.

[4] Elijiro Honjo: comandante en jefe del ejército japonés en Kuantung, en el extremo Sur de Manchuria, que lanzó el ataque.

[5] Hiroito (n. 1901): el mikado, comenzó a reinar en 1926.

[6] España había logrado colocar bases en Marruecos en el siglo XIX, pero jamás logró vencer los movimientos de resistencia. Su política colonial, forzada por los militaristas, era cara, impopular y a menudo causa de crisis políticas en España.

[7] Chang Tso-lin: caudillo militar que en la década del 20 controlaba Manchuria con el respaldo japonés. En 1928 fue asesinado por los militares japoneses cuando decidieron abandonar a su protegido para preparar la inter­vención militar directa en Manchuria. Chang Hsueh-liang (n. 1808): hijo de Chang Tso-lin; al morir su padre en 1928 se hizo cargo del control de Manchu­ria e ingresó al Kuomintang, sirviendo como general a las órdenes de Chiang Kai-shek.



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