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Declaración al Congreso Contra la Guerra de Amsterdam[1]

 

 

25 de julio de 1932

 

 

 

Cada día que pasa se hace más evidente el peligro de una nueva guerra mundial. El marxismo denunció de manera irrefutable los motivos de este peligro.

Las fuerzas productivas de la humanidad desbordaron desde hace mucho los límites de la propiedad privada y las fronteras del estado nacional. La humanidad sólo se puede salvar con una economía socialista basada en la división internacional del trabajo. Influido por una dirección conservadora, el proletariado fracasó en el cumplimiento de su objetivo revolucionario. Fue retribuido entonces con la Guerra Mundial de 1914-1918. Los campeones democráticos del “desarrollo pacífico”, adversarios de los métodos revolucionarios, son los responsables directos de las decenas de millones de muertos y heridos en la carnicería imperialista.

En los quince años transcurridos desde entonces el mundo imperialista no aprendió nada ni olvidó nada. Sus contradicciones internas se agudizaron. La crisis actual revela una terrible desintegración social de la civilización capitalista, con señales evidentes de que la gangrena avanza. Lo único que podrá salvar a la humanidad es el bisturí de la revolución proletaria.

Las clases dominantes se debaten en medio de esta situación desesperada. Sus dificultades financieras y su temor al pueblo las obligan a buscar una solución en los acuerdos de limitación del armamento. Por otra parte, al elevar cada vez más las tarifas aduaneras e incrementar las restricciones a la importación, los gobernantes siguen constriñendo el mercado mundial, profundizando la crisis, agudizando los antagonismos nacionales y preparando nuevas guerras. Los partidos reformistas, hoy como ayer enemigos de una solución revolucionaría por la vía socialista cargan una vez más con toda la responsabilidad por la miseria de la crisis y el inminente horror de una nueva guerra.

La contradicción entre las fuerzas productivas y los límites del estado nacional asumió su forma más tremenda e insoportable en Europa, la vieja cuna del capitalismo. Con su laberinto de fronteras y tarifas aduaneras, sus ejércitos desgastados y sus monstruosas deudas nacionales, la Europa de Versalles es una fuente constante de peligros militares y de provocaciones de guerra. Y ahora ya no la puede unificar la burguesía, la misma clase que la agotó y balcanizó. Para lograrlo hacen falta otros medios y otras fuerzas.

Sólo en la Rusia zarista se le arrancó el poder a la burguesía. Gracias a su dirección revolucionaria, el joven proletariado ruso pudo demostrar concretamente, por primera vez en la historia mundial, las inagotables posibilidades que ofrece el sistema de la dictadura proletaria y la economía planificada. Las gigantescas conquistas económicas y culturales de un país atrasado transformado en un país de los obreros y los campesinos señalan a toda la humanidad el camino a seguir.

Esperamos ahora que el gobierno soviético complemente su Segundo Plan Quinquenal con un extenso plan de colaboración económica con los países capitalistas avanzados, lo que abrirá gigantescas perspectivas y posibilidades a las masas, que sufren bajo el peso de la crisis y el desempleo. Más allá de sus resultados inmediatos, ese plan será una inmensa fuerza de atracción al socialismo para millones y millones de trabajadores.

Por cierto, el sistema social actual de la Unión Soviética todavía está muy lejos del socialismo. Pero resulta de una importancia invalorable por el hecho de haber empezado a marchar hacia el socialismo. Llegará tanto más certera y rápidamente al socialismo cuanto antes el proletariado de los países avanzados le arranque el poder a la burguesía y creen las premisas definitivas de una sociedad nueva, la que sólo podrá ser construida sobre una base internacional.

El peligro de la guerra mundial amenaza la existencia misma del primer estado obrero. Más allá de cuáles sean las causas de la guerra, más allá del lugar donde estalle, en su etapa final se volverá inevitablemente contra la URSS. La burguesía europea y mundial no abandonará la escena sin intentar una transfusión de sangre de las arterias del joven estado obrero a las del imperialismo agonizante.

En este último año, las llamas de la guerra amenazaron las fronteras de la Unión Soviética tanto desde el Lejano Oriente como desde Occidente. A la vez que estrangula la independencia de China, Japón construye en Manchuria fortalezas desde las cuales puede golpear a la URSS. El antagonismo entre Japón y Estados Unidos no puede frenar a los militaristas de Tokio, ya que en una futura guerra contra la Unión Soviética se considerarán la vanguardia del imperialismo mundial. Por otra parte, el golpe de estado llevado a cabo por Hindenburg,[2] siguiendo las órdenes de Hitler, allana el camino a un régimen fascista en Alemania y plantea la perspectiva de una lucha a muerte entre la Unión Soviética y una Alemania fascista. En Europa y en el mundo entero se anuncian colosales acontecimientos.

En estas condiciones, luchar contra la guerra significa luchar por salvar la vida de decenas de millones de obreros y campesinos de la generación que creció después de la gran carnicería por preservar las conquistas del trabajo y del pensamiento, por salvar el primer estado obrero y el futuro de la humanidad.

En consecuencia, la tarea es enorme y exige gran claridad sobre los métodos para realizarla. Es fácil condenar la guerra; lo difícil es superarla. La lucha contra la guerra es una lucha contra las clases que gobiernan la sociedad y tienen en sus manos tanto sus fuerzas productivas como sus armas destructivas. Es imposible detener la guerra con la indignación moral, los mitines, los artículos periodísticos y los congresos. Mientras la burguesía tenga bajo su control los bancos, las fabricas, la tierra, la prensa y el aparato estatal, podrá arrastrar a los pueblos a la guerra cada vez que sus intereses lo exijan. Pero las clases dominantes nunca ceden el poder sin luchar. Observemos lo que pasa en Alemania. Cuando los intereses fundamentales de las clases dominantes se ven amenazados, la democracia cede el paso a la violencia. Sólo se puede derrocar a la burguesía con las armas en la mano; sólo la guerra civil puede detener la guerra imperialista.

Los bolcheviques leninistas rechazamos absolutamente y denunciamos la falaz distinción entre guerra “ofensiva” y “defensiva”. En una guerra entre estados capitalistas en diferenciación no es más que un subterfugio diplomático para engañar al pueblo. Los bandidos capitalistas siempre hacen guerras “defensivas”, aun cuando Japón marche contra Shangai y Francia contra Siria o Marruecos. El proletariado revolucionario sólo distingue entre las guerras de opresión y las guerras de liberación. El carácter de una guerra no se define por las falsificaciones diplomáticas sino por la clase que conduce la guerra y los fines objetivos que persigue con ella. Las guerras de los estados imperialistas, más allá de sus pretextos y de su retórica política, son opresivas, reaccionarias y van contra el pueblo. Sólo se puede caracterizar como guerras de liberación a aquellas que libran el proletariado y las naciones oprimidas. Después de su victoria, la insurrección armada del proletariado contra sus opresores se transforma inevitablemente en una guerra revolucionaria del estado proletario por la consolidación y extensión de su triunfo. La política del socialismo no es ni puede ser de carácter puramente “defensivo”. El objetivo del socialismo es conquistar el mundo.

De aquí deriva nuestra posición respecto a todas las formas de pacifismo, tanto el pacifismo puramente imperialista (Kellogg-Briand-Herriot, etcétera)[3] como el pequeño burgués (Rolland-Barbusse y sus partidarios de todo el mundo). La esencia del pacifismo es la condena, ya sea hipócrita o sincera, del uso de la fuerza en general. Al debilitar la voluntad de los oprimidos sirve a la causa de los opresores. El pacifismo idealista en enfrenta la guerra con indignación moral como el cordero que enfrenta el cuchillo del carnicero con plañideros válidos. Pero la tarea consiste en enfrentar el cuchillo de la burguesía con el cuchillo del proletariado; la fuerza pacifista más influyente es la socialdemocracia. En tiempo de paz no ahorra bravatas contra la guerra. Pero sigue atada a la “defensa nacional”. Esto es decisivo. Toda guerra, empiece como empiece, amenaza cada una de las naciones beligerantes. Los imperialistas saben de antemano que con el primer rugido de cañón, el patriotismo de la socialdemocracia se convertirá en el más servil y pasará a ser la reserva más importante del militarismo. De allí que el primer paso de la lucha revolucionaria contra la guerra sea combatir intransigentemente al pacifismo, desenmascarando su carácter traidor.

La Liga de las Naciones es la ciudadela del pacifismo imperialista. Constituye un acuerdo histórico transitorio entre estados capitalistas en el que los más fuertes mandan y deciden sobre los más débiles, se arrastran frente a Norteamérica o tratan de resistirla, y en el que todos son igualmente enemigos de la Unión Soviética, pero están dispuestos a ocultar cada uno de los crímenes de los más poderosos y rapases entre ello. Sólo los que están políticamente ciegos, sólo los que están totalmente indefensos o los que corrompen deliberadamente la conciencia del pueblo, pueden considerar, directa o indirectamente, para hoy o para el futuro, a la Liga de las Naciones como un instrumento de paz.

Con la pretensión del “desarme” no se evita ni se puede evitar la guerra. El programa de “desarme” no es más que un intento - hasta ahora concretado sólo en el papel- de reducir en época de paz los costos de tal o cual armamento. Es sobre todo una cuestión de técnica militar y del estado en que se hallan las arcas imperialistas. Ni los arsenales, ni las fábricas de municiones, ni los laboratorios, ni finalmente - lo más importante- la industria capitalista de conjunto, se debilitan en lo más mínimo con los “programas de desarme”. Los estados no pelean porque están armados. Por el contrario, fabrican armas cuando tienen que pelear. En el caso de que estalle la guerra desaparecerán todas las limitaciones de la época de paz. Ya en 1914-1918 los estados no peleaban con las armas que se habían provisto durante la paz sino con las que fabricaron durante la guerra. Lo decisivo no son los arsenales sino la capacidad productiva del país. A Estados Unidos le conviene mucho una limitación del armamento en Europa, en época de paz, porque así podrá demostrar más decididamente su predominio industrial durante la guerra. La burguesía alemana se inclina hacia la reducción del armamento para estar en igualdad de condiciones con estalle un nuevo conflicto sangriento. Para Alemania el “desarme” general tiene el mismo sentido que la paridad naval con Francia tiene para Italia. La validez de éstos planes dependerá de la combinación de las fuerzas imperialistas, del estado de sus presupuestos, de los acuerdos financieros internacionales, etcétera. La cuestión del desarme es una de las palancas que mueve el imperialismo para preparar nuevas guerras. Es pura charlatanería tratar de diferenciar entre los fusiles, tanques o aeroplanos ofensivos o defensivos. También allí la política norteamericana está determinada por los intereses específicos del imperialismo norteamericano, el más terrible de todos. La guerra no es un juego que se desarrolla según las guerras convencionales. La guerra exige y crea las armas que mejor pueden aniquilar al enemigo. El pacifismo pequeñoburgués, que en un diez por ciento, un treinta y tres por ciento o un cincuenta por ciento considera la propuesta de desarme como el “primer paso” hacia la posibilidad de impedir la guerra, es más peligroso que todos los explosivos y los gases asfixiantes. La melinita y la hiperita pueden cumplir su cometido sólo porque durante la paz las masas populares se envenenan con los vahos del pacifismo.

Sin la menor confianza en los programas capitalistas de desarme o de limitación del armamento, el proletario revolucionario se plantea un solo interrogante: ¿en manos de quién están las armas? Cualquier arma en manos de los imperialistas está dirigida contra las naciones débiles, contra la clase obrera, contra el socialismo, contra la humanidad. El único medio de liberar a nuestro planeta de la opresión y la guerra es que las armas estén en poder del proletariado y de las naciones oprimidas.

La lucha por la autodeterminación de las naciones, por todos los pueblos, por todos los oprimidos y los que bregan por su independencia es uno de los aspectos más importantes de la lucha contra la guerra. Quien apoya directamente el sistema de la colonización y los protectorados, la dominación del capital británico en la India, del Japón en Corea o en Manchuria, de Francia en Indochina o en Africa; quien no combate la esclavitud colonial y no apoya las insurrecciones de las naciones oprimidas ni su independencia; quien defiende o idealiza el gandhismo,[4] es decir la política de resistencia pasiva aplicada a problemas que sólo se pueden resolver por la fuerza de las armas, es, pese a sus buenas o malas intenciones, un lacayo, un apólogo, un agente de los imperialistas, de los esclavistas, de los militaristas y los ayuda a preparar nuevas guerras que persiguen viejos o nuevos objetivos.

La principal fuerza contra la guerra es el proletariado. Sólo con su ejemplo y bajo su dirección los campesinos y otras capas populares de la nación pueden alzarse contra la guerra. Dos partidos pesan por influir sobre el proletariado: el Partido Comunista y la socialdemocracia. los partidos intermedios (el SAP alemán, el PUP francés, el ILP inglés,[5] etcétera), no pueden jugar un rol histórico independiente. En el problema de la guerra, que es la otra cara del problema de la revolución proletaria, la irreconciliable oposición entre comunismo y social-patriotismo alcanzara su expresión más aguda.

Quien en nombre del pacifismo, es decir de la lucha superficial y de palabra contra la guerra, intente poner en una misma bolsa todos los programas, todos los partidos, todas las banderas, le rinde un gran servicio al imperialismo. En la cuestión de la guerra, como en todas las demás, el Partido Comunista debe tratar de liberar a las masas trabajadoras de la influencia desintegradora y desmoralizante del reformismo.

Le Monde, el periódico de Barbusse, Gorki y los demás organizadores del Congreso Contra la Guerra, plantea con persistencia la unificación de la Internacional Comunista y la Segunda Internacional. Para luchar contra la guerra, Barbusse traza un signo igual entre Lenin y Vandervelde. Esto sirve solamente para rehabilitar a Vandervelde y falsificar a Lenin. Rechazamos la política de Barbusse y sus seguidores y la consideramos el más peligroso de los venenos políticos. Consideramos que la Internacional Comunista y la Internacional Sindical Roja cometieron un serio error al dejarles la iniciativa del llamado a la conferencia a los impotentes pacifistas sin principios.

Considerarnos totalmente correcto, por táctica y por principio, que la URSS no haya entrado a la Liga de las Naciones. En consecuencia, es lamentable que la Unión Soviética haya declinado su autoridad frente al Pacto Kellogg, fraude completo cuyo objetivo es “justificar” solamente aquellas guerras que se adecuen a los intereses norteamericanos.

También consideramos incorrecta la tendencia de la diplomacia soviética a embellecer la política del imperialismo norteamericano, particularmente su iniciativa sobre el problema del desarme. Reconocemos plenamente lo importante que es para la URSS establecer relaciones económicas y diplomáticas normales con Estados Unidos. Pero no se puede alcanzar este objetivo con capitulaciones verbales a las maniobras del imperialismo norteamericano, el más fuerte y rapaz de todos los imperialismos. Esperamos de la diplomacia soviética una declaración pública clara sobre el peligro de la guerra y la lucha contra ésta. Es necesario alzar bien alto la voz para alertar al pueblo. En este problema candente, cuanto menos se adapte la burocracia soviética a las maniobras de los imperialistas, cuanto más valientemente eleve su voz, más ardientemente le responderán las masas trabajadoras de todo el mundo, más estrechamente se alinearán junto a la URSS y con más seguridad la defenderán contra el peligro cada vez mayor.

Al mismo tiempo, considerarnos nuestra obligación declarar aquí abiertamente: Ahora, frente al terrible peligro que nos amenaza, es necesario, por lo menos, reparar los crímenes de la burocracia stalinista contra la revolución y el comunismo; hay que sacar de las cárceles y el exilio a los miles de bolcheviques leninistas organizadores de la Revolución de Octubre, creadores del Ejército Rojo, protagonistas de la Guerra Civil, inflexibles combatientes revolucionarios. Ellos quieren luchar y lucharán por la dictadura del proletariado y la revolución mundial, contra la guerra imperialista, mucho más enérgicamente que los charlatanes pacifistas y los innumerables burócratas stalinistas.

La política del frente único en la lucha contra la guerra merece atención especial y perseverancia revolucionaria. El Partido Comunista puede y debe proponer abiertamente, sin valerse de intermediarios dudosos, que todas las organizaciones obreras coordinen sus esfuerzos en la lucha contra la guerra. Por nuestra parte, los bolcheviques leninistas proponemos los siguientes puntos como base de un posible acuerdo, que a la vez garantice la independencia total de las organizaciones y sus programas.

1. Renunciar a toda esperanza en la Liga de las Naciones y a las demás ilusiones pacifistas.

2. Denunciar los programas capitalistas de “desarme”, que sólo sirven para engañar al pueblo.

3. Ni un voto a los gobiernos capitalistas para el presupuesto o la conscripción: ni un hombre, ni un centavo.

4. Denunciar el fraude de la “defensa nacional”, ya que la nación capitalista se defiende oprimiendo y dividiendo a las naciones más débiles.

5. Realizar una campaña por la colaboración económica con la Unión Soviética en base a un programa amplio, elaborado en conjunto con las organizaciones obreras de masas.

6. Denunciar continua y sistemáticamente las intrigas imperialistas contra el primer y único estado obrero.

7. Hacer agitación contra la guerra en las fábricas de productos bélicos, entre los soldados y los marineros. Preparar puntos de apoyo revolucionarios en las industrias de guerra, en el ejército y la armada.

8. Educar al Ejército Rojo no sólo en la valiente defensa de la patria socialista sino también en la constante disposición a acudir en ayuda de la revolución proletaria y de las insurrecciones de los pueblos oprimidos de otros países.

9. Educar sistemáticamente las masas trabajadoras de todo el mundo en la devoción al primer estado proletario. Pese a los indiscutibles errores políticos de la actual fracción dominante, la URSS sigue siendo la verdadera patria del proletariado internacional. Su defensa es un deber ineludible para todo obrero honesto.

10. Explicar infatigablemente a los obreros de todo el mundo que sólo se puede establecer una sociedad socialista a escala internacional, y que el verdadero apoyo a la URSS consiste en la extensión de la revolución proletaria mundial.



[1] Declaración al Congreso Contra la Guerra de Amsterdam. The Militant. 27 de agosto de 1932. Este manifiesto firmado por las secciones rusa, alemana, griega, española, francesa, norteamericana, belga, checoslovaca, británica, suiza, búlgara e italiana de la Oposición de Izquierda, se escribió para el congreso antibélico que se reunió en Amsterdam del 27 al 29 de agosto de 1932. El congreso funciono en forma muy antidemocrática; a los oposicionistas, conocidos les fue difícil tomar la palabra o hacerse oír en medio del escándalo. No pudieron someter a votación su resolución y tuvieron que contentarse con votar en contra del documento presentado por Barbusse, que obtuvo alrededor de dos mil votos contra seis.

[2] Paul von Hindenburg (1847-1934): mariscal de campo que comandó las fuerzas prusianas en la Primera Guerra Mundial. En 1925 fue electo presidente de la República de Weimar con la Oposición de la Socialdemocracia y en 1932 fue reelecto con el apoyo de ésta. Designó canciller a Hitler en enero de 1933. Aquí Trotsky se refiere al golpe de Franz von Papen, e1 canciller recientemente designado por Hindenburg, el 20 de julio de 1932. Poco antes, Papen había levantado la proscripción a las tropas de choque nazi., que sembraron el terror político en las calles, dejando cientos de heridos y muertos. Papen utilizó estos hechos como pretexto para plantear que el gobierno socialdemócrata de Prusia era incapaz de mantener “la ley y el orden” en ese estado, donde residía más de la mitad de la población alemana; el 20 de julio depuso a ese gobierno, designándose comisionado del Reich para Prusia. Los socialdemócratas que habían jurado oponerse a cualquier golpe, “ya sea de la derecha o de la izquierda”, agacharon sumisamente la cabeza. Hitler fue quien más se beneficio con este golpe. Once días después, cuando se realizaron las elecciones, los nazis se convirtieron en el mayor partido del Reichstag.

[3] Frank Kellogg (1856-1937): secretario de estado de Estados Unidos entre 1925 y 1929, fue el autor Pacto Kellogg, un acuerdo de renuncia a la guerra como instrumento de la política nacional, firmado en 1928 por quince países. Posteriormente fue ratificado por un total de sesenta y tres países, entre ellos la Unión Soviética. Edoward Herriot (1872-1957): dirigente del Partido Radical (o Radical-Socialista), un partido burgués que en la década del 20 se caracterizó fundamentalmente por su política de establecer alianzas con el Partido Socialista (Bloque de Izquierda), la primera forma que tomó el frente popular. Trotsky escribió un folleto sobre él, Edoward Herriot, el político del justo medio (ver Escritos 1935-36)

[4] Mohandas Gandhi (1869-1948): dirigente del movimiento nacionalista que luego se convirtió en el Partido del Congreso de la India. Organizó la oposición masiva al dominio británico, pero insistía en los métodos pacíficos, no violentos, de resistencia pasiva.

[5] PUP (Partido de Unidad Proletaria): grupo centrista francés que tuvo corta vida, formado por expulsados del Partido Comunista y ex afiliados al Partido Socialista. El Independent Labourd Party británico (ILP, Partido Laborista Independiente), fundado en 1893, tuvo gran influencia en la creación del Partido Laborista, al cual se afilió y en el cual generalmente se ubicaba en el ala izquierda. En 1932 se desafilió del Partido Laborista; después coqueteo con los stalinistas y otros centristas, hasta que en 1939 volvió al Partido Laborista.



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