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Carta a los camaradas húngaros[1]

 

 

1º de agosto de 1930

 

 

 

Estimados camaradas:

 

La idea de ustedes de estrechar vínculos entre los elementos proletarios más importantes de la colonia de exiliados húngaros y los elementos revolucionarios den­tro de Hungría, para oponer el leninismo al stalinismo y al belakunismo, es una idea que surge de la situación actual, que acogemos de muy buen grado.

La revolución húngara,[2] como toda revolución de­rrotada, provocó una gran corriente emigratoria. No es la primera vez en la historia que sucede que los emi­grantes tienen la tarea de ayudar a sentar las bases de una nueva revolución.

¿Qué se necesita para ello? Estudiar la experiencia de la primera revolución húngara. Eso significa some­ter a la dirección de Bela Kun y Cía. a una crítica implacable. La fuerza del bolchevismo, lo que le permitió rea­lizar la Revolución de Octubre, residía en dos cosas: una correcta comprensión del papel del partido como selección sistemática de los elementos más firmes y probados de la clase y una política justa hacia el campe­sinado, en primer término hacia el problema de la tie­rra. A pesar de que Bela Kun observó la Revolución de Octubre desde muy cerca, no comprendió su fuerza motriz ni su método; cuando el curso de los aconteci­mientos lo elevó al poder procedió irresponsablemente al fusionar a los comunistas con los socialdemócratas de izquierda y, en el espíritu del menchevismo ruso, le volvió la espalda al campesinado y al problema de la tie­rra. Estos dos errores fatales determinaron el rápido derrumbe de la revolución húngara en las circunstan­cias difíciles en que tuvo lugar.

Es posible aprender de los errores. Es necesario aprender de las derrotas. Pero Bela Kun, Pogani (Pep­per), Varga, no hicieron nada por el estilo. Apoyaron todos los errores, todas las vacilaciones oportunistas, el desenfreno aventurero en todos los países. En la Unión Soviética participaron activamente en la lucha contra los bolcheviques leninistas, persecución que reflejó el ataque de los nuevos pequeños burgueses y burócratas contra los trabajadores. Apoyaron la política de Stalin y Martinov en China, que condujo inexorablemente a la derrota de la revolución china, la misma política con la que Bela Kun había llevado al fracaso a la revolución húngara anteriormente. Ellos, Bela Kun, Pogani, Var­ga y los demás, apoyaron la política del Comité Anglo-Ruso, esa vergonzosa capitulación de los comunistas ante los rompehuelgas, que quebró por muchos años el espinazo del Partido Comunista británico. Quizá el pa­pel más funesto de Bela Kun fue el que le cupo en Ale­mania. En la época de las Jornadas de Marzo de 1921 apoyó una “insurrección” revolucionaria, cuando no existía ninguna de las premisas objetivas que tal situa­ción requiere. En 1923, él y Stalin dejaron pasar la situación revolucionaria. En 1924 y 1925, cuando ya no cabía duda de que la situación revolucionaria era cosa del pasado, Bela Kun apoyó la política de insurrección armada. En 1926 y 1927, él y Varga aparecieron como protagonistas de la política oportunista de Stalin y Buja­rin, que significó la capitulación ante la socialdemocra­cia. En 1928, Kun, junto con Stalin y Thaelmann, des­cubrieron de repente que en Alemania había una situa­ción directamente revolucionaria. En los dos últimos anos, la malhadada política del “tercer período” debili­tó a todos los partidos de la Comintern y también al húngaro. Si hoy, en momentos en que la crisis mundial le plantea al comunismo tareas colosales, las secciones de la Comintern se muestran muchísimo más débiles de lo que podrían haber sido, buena parte de la responsa­bilidad recae directamente sobre la dirección oficial del partido húngaro, que hasta ahora se ha venido escu­dando tras la autoridad prestada por la revolución hún­gara, a pesar de haber sido precisamente ella la que la condujo al fracaso.

Luchar contra el belakunismo en Hungría significa luchar al mismo tiempo contra el régimen de funciona­rios ausentes e insolentes que, cuanto más avanzan, más daño le hacen a la Comintern. Si no se libera del belakunismo, la vanguardia proletaria húngara no podrá unificarse en un partido comunista eficiente.

Es perfectamente natural que los comunistas en el exilio asuman la iniciativa de ofrecer ayuda teórica y solidaridad política a los revolucionarios que luchan en Hungría. A partir de 1924, es decir, desde el comienzo de la reacción en la URSS, Stalin y Molotov pusieron de moda una actitud de desprecio hacia los “emigrantes” revolucionarios. ¡Con este único hecho podemos medir el grado de degeneración en que han caído los líderes del aparato! En los viejos tiempos, Marx y Engels dije­ron que el proletariado no tenía patria. En la época del imperialismo esta verdad es todavía más profunda. Si es así, se puede decir con toda honestidad que, para el revolucionario proletario, no existe la emigración: en otros términos, la palabra emigración tiene un signifi­cado policial, no político. En todo país donde existen obreros y una burguesía, el proletariado encuentra su puesto de combate.

Sólo un nacionalista pequeñoburgués puede creer que la “emigración” constituye una separación de la lucha política: ¿vale la pena inmiscuirse en asuntos ajenos? Al internacionalista, la causa del proletariado de cualquier país no le es ajena; es su causa. Los diri­gentes obreros húngaros podrán ayudar mejor a la lu­cha revolucionaria en Hungría, ahora y en el futuro, cuanto más estrechamente se vinculen al movimiento revolucionario del país donde los arrojó el destino. Son precisamente los “emigrados” obreros educados por la Oposición de Izquierda, es decir los bolcheviques leninistas, quienes constituyen los mejores cuadros para el renacimiento del Partido Comunista Húngaro.

La publicación que deben crear tiene como tarea vincular a los obreros de vanguardia húngaros esparci­dos por distintos países, no sólo de Europa sino tam­bién de América. Vincularlos, no para arrancarlos de la lucha de clases de los países adonde fueron; todo lo contrario, para llamarlos a participar en esa lucha, para enseñarles a aprovechar su situación de emigrados con el fin de ampliar su visión, liberarse de las limitaciones nacionalistas y educarse y templarse en el espíritu del internacionalismo proletario.

 

¡Los deseo éxito, de todo corazón!

Con saludos comunistas,

 

L. Trotsky



[1] Carta a los camaradas húngaros. Biulleten Opozitsi, Nº 15-16, septiembre-octubre de 1930. Traducido del ruso [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Jim Burnett.

[2] La revolución húngara de 1919 llegó a su apogeo en marzo, cuando el conde Karolyi entregó el poder a los soviets y se proclamó la república soviética húngara. El nuevo gobierno fue derrocado en agosto por los ejércitos contrarrevolucionarios de Francia y sus aliados.



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