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Carta a la Conferencia de la Liga Comunista de Francia[1]

 

 

25 de setiembre de 1931

 

 

 

Estimados camaradas:

 

Su conferencia nacional, postergada tanto tiempo por la crisis interna de la Liga, se reúne en un momento en que la crisis todavía no ha sido extirpada. La confe­rencia no puede hacer milagros. Sería ingenuo suponer que va a superar la crisis y eliminar de un golpe las lu­chas internas. Pero sí se puede avanzar enormemente en esa dirección. ¿Qué hace falta para lograrlo?

Fundamentalmente, hay que diferenciar decidida­mente, de una vez por todas, los problemas políticos principistas de los choques y fricciones personales. Una organización revolucionaría que quiere vivir no debe permitir que la emponzoñen las disputas. Hay una for­ma organizativa normal para resolver los problemas personales, la comisión de control. Se condena el que elude esa vía, el que sustituye por los rumores veneno­sos el esclarecimiento de las acusaciones personales a través de canales organizativos. Una corriente progre­siva no tiene necesidad de apelar a esos métodos. La historia del movimiento revolucionario de todos los países demuestra que los grupos que se valen de las acer­bas querellas personales para la lucha ideológica se convierten en un obstáculo para la organización y la ha­cen retroceder en lugar de facilitar su avance.

Es difícil aconsejar desde lejos sobre problemas or­ganizativos. Pero tal vez les resulte útil elegir junto con el Comité Ejecutivo una comisión de control, formada por unos cuantos camaradas objetivos y de alto nivel, y darle de ahora en adelante la responsabilidad de aplicar los métodos más severos, incluida la expulsión de la Li­ga, a cualquiera que trate de remplazar la lucha política por las disputas personales.

Sólo un ciego puede dejar de advertir el carácter principista de la lucha que se está desarrollando en la Liga. Es obvio que los militantes de la Liga aceptan de­terminados principios programáticos y tácticos comu­nes a todos. Pero la experiencia demuestra que una cosa es reconocerlos formalmente y otra comprenderlos, y sobre todo aplicarlos correctamente. Hay un gran pa­so entre ambas cosas, a veces dos y hasta tres pasos.

La circunstancia de que la Oposición esté fuera del partido es muy perjudicial para éste, así como para la propia Oposición. Esta división se mantiene artificialmente por orden del centro stalinista de Moscú. El PC Francés nunca habría expulsado a la Oposición de Iz­quierda si actuara de acuerdo a los intereses del movimiento obrero francés e internacional. Pero la fracción stalinista de la URSS sólo se puede mantener en el po­der aplastando al partido. La burocracia stalinista se siente más acosada por el temor a la Oposición de Iz­quierda, porque los acontecimientos confirman la corrección de nuestro programa. En la URSS, Stalin repri­me a los bolcheviques leninistas con la GPU. Para evi­tar que la Oposición se convierta en un peligro dentro de la Comintern, el aparato stalinista ordena al Comité Central de cada partido que la expulse, la persiga y la calumnie. En España, los stalinistas preparan un con­greso de unificación en el que serán admitidos todos los grupos, con una condición: que repudien a la Oposición de Izquierda rusa. Maurín, en el que el socialdemócrata se combina con el sindicalista y el anarquista, puede concurrir a ese congreso de unificación. Pero Nin, La­croix y los demás bolcheviques leninistas no pueden ha­cerlo[2]. Este simple hecho es lo que mejor caracteriza la lucha sin principios del aparato de la Comintern contra nosotros. Sin embargo, tenemos que reconocer que la política que aplicaron en el pasado los distintos agrupa­mientos de oposición franceses ayudó en gran medida a la burocracia stalinista a presentar a los oposicionistas de izquierda como oportunistas, semisindicalistas y enemigos del partido.

En este problema esencial de las relaciones con el partido, La Verité, pese a sus grandes méritos en otros terrenos, fue incapaz durante mucho tiempo de encon­trar la línea correcta. Un desprecio sectario por el parti­do, un espíritu excesivamente arraigado de cenáculo habituado a vivir de la crítica abstracta sin cuidarse de lo que sucede a su alrededor, una tendencia hacia la "independencia" -es decir, al aislamiento-, son características que desde el comienzo se introdujeron en los artículos de La Verité, permitiendo así que se nu­cleen a su alrededor elementos dispares, algunos can­sados de la política revolucionaria y otros realmente ex­traños a nosotros (los semisindicalistas, los semirrefor­mistas, los diletantes políticos, etcétera).

Se hizo indispensable e inevitable la lucha por trans­formar a La Verité, porque dejara de ser el periódico de un círculo aislado y pasara a ser un instrumentos des­tinado a impactar al PC. Esto llevó a una diferenciación entre los primeros responsables de La Verité. Se estre­chó la base de la Oposición de Izquierda, lo que dio pre­texto a algunos para clamar que se estaba aislando en Francia. Por lo que sé, los más inclinados a difundir esos clamores son los que desde un principio tendieron a darle a La Verité un rostro falso, los responsables del debilitamiento y la crisis de la organización.

Si La Verité no hubiera coqueteado desde el comien­zo con los sindicalistas y con la idea de un segundo partido (abiertamente o bajo el seudónimo de una "frac­ción independiente"), no habría suscitado temores innecesarios sobre su suerte, ni se habría creado obstácu­los innecesarios; no se habría apoyado en amigos pre­suntos, ni se vería ahora obligada a romper con ellos.

Toda corriente ideológica, todo agrupamiento frac­cional, tiene que ser puesto a prueba tanto nacional como internacionalmente; sólo entonces se lo puede ca­racterizar con precisión. Desde este punto de vista, el panorama de las relaciones internacionales es extrema­damente complejo; de hecho, los elementos de la Opo­sición francesa que frenaban el desarrollo progresivo de la Liga apoyaban en Alemania, en Austria y en otros países a grupos realmente extraños a nosotros y que no militan en nuestras filas. No hay que olvidarlo ni un instante. Sería un verdadero crimen, después de la ex­periencia que hemos vivido, volver a reincidir en viejos errores.

Obviamente, es muy deseable salvaguardar la uni­dad de la organización. Pero hay situaciones, especialmente en las organizaciones jóvenes y débiles, en las que dos grupos empujan en direcciones diferentes de manera tan evidente que se paraliza la vida de la orga­nización. ¿Qué se puede hacer? En primer lugar, hay que agotar toda posibilidad de llegar a un acuerdo ho­nesto. Pero si estos intentos no resultan, no queda otra cosa que decir: trabajemos separados, y en un lapso de seis meses (o más) veremos quién tiene razón, y tal vez nos encontremos de nuevo recorriendo seriamente un camino común. A eso se le llama ruptura. Pero a veces la ruptura es el mal menor. Una organización pequeña pero homogénea puede lograr éxitos enormes con una política correcta, mientras que una organización desgarrada por luchas internas está condenada a desa­parecer.

¿Quiero decir con esto que en las condiciones actua­les la única salida para la Liga es la ruptura? No, no lo diría tan categóricamente. Pero no es posible cerrar los ojos al hecho de que la ruptura podría llegar a ser la única salida de la situación. Me parece que mucho de­penderá de la manera en que se desarrolle su conferencia. Como ya lo dije, no puede realizar milagros; sin embargo, es un acontecimiento muy importante en la vida de la Liga. Después de ella, ya no será posible vol­ver al pasado.

Si la conferencia hace un balance de la experiencia, el trabajo y los errores, si se traza un plan de trabajo, distribuye las fuerzas, elige un centro capaz de funcio­nar y toma medidas para transformar nuevamente a La Verité en semanario, habrá dado un enorme paso ade­lante y quedará automáticamente disipado el peligro de ruptura. Pero si se realiza con el espíritu de la des­moralizante y estéril lucha interna es mejor no poster­gar la ruptura.

Les doy mi opinión con toda franqueza porque creo que los revolucionarios no necesitan de la diplomacia interna y porque la experiencia demuestra que las cri­sis crónicas no se resuelven con discursos azucarados.

Quiero agregar que si los dos principales grupos de la Liga, el que apoyé en todas las cuestiones fundamentales y el que combatí, llegan a un acuerdo leal para un efectivo trabajo en común, exclamaré con alegría: "¡La paz de Prinkipo ha muerto, viva la paz de París!" Todos nosotros nos alegraremos mucho de considerar liqui­dados los errores, equivocaciones y conflictos del pasa­do, porque no hay que vivir en el pasado sino en el futuro.

Espero de todo corazón que su conferencia se reali­ce bajo el signo del futuro y no el del pasado.

 

Con saludos comunistas,

L. Trotsky



[1] Carta a la conferencia de la Liga Comunista de Francia. Bulletin Intérieur, Ligue Communiste Opposition, octubre de 1931. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Art Young.

[2] Joaquín Maurín (n. 1897): en 1929 fue expulsado de la dirección del PC Español, acusado de pertenecer a la Oposición de Derecha. Organizó a la Federación Catalana, que luego se unificó con un sector que se había sepa­rado de la Oposición de Izquierda para formar el Partido Obrero de Unifica­ción Marxista (POUM). En 1936, al estallar la Guerra civil, Maurín, diputado poumista en el parlamento, fue arrestado y encarcelado por las tropas de Franco. Al quedar en libertad, se exilió y se retiró de toda actividad política. Andrés Nin (1892-1937): uno de los fundadores del PC Español y secretario de la Internacional Sindical Roja, fue expulsado en 1927 por pertenecer a la Oposición de Izquierda. Participó en la formación de la Oposición de Izquierda Internacional y fue uno de los dirigentes de su sección española, que en 1935 se separó de la Oposición para unificarse con el grupo de Maurín. Durante un breve tiempo fue ministro de justicia en el gobierno catalán, pero más tarde fue arrestado y asesinado por los stalinistas. Henri Lacroix: uno de los primeros dirigentes de la Oposición de Izquierda española, fue expulsado por "malversación de fondos" en 1933 y entró al Partido Socialista: en 1939, cuando descubrieron que había pertenecido a la Oposición de Izquierda, los stalinistas lo asesinaron.



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