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Un nombre revolucionario para un grupo juvenil revolucionario[1]

 

 

10 de diciembre de 1938

 

 

 

Queridos amigos:

 

Me dicen que hubo oposición a la propuesta de llamar a la organización juvenil "Legión de la Revolución Socialista", ya que al trabajador norteamericano no le ’’gusta’’ nada que huela a revolución, acción ilegal, hostilidad a la democracia, etcétera. Estos argu­mentos son incomparablemente más importantes que la cuestión misma del nombre.

Es una vieja experiencia histórica que el que no considera oportuno ostentar abiertamente su nombre político no posee el coraje necesario para defender abiertamente sus ideas, ya que el nombre no es algo accidental sino la condensación de las ideas. Por eso Marx y Engels se llamaban comunistas y nunca les gustó el nombre de socialdemócratas. Por eso Lenin abandonó la camisa sucia de la socialdemocracia y adoptó el nombre de Partido Comunista para su organi­zación, por ser más intransigente y militante. Ahora, nuevamente tenemos que tirar los nombres que han sido prostituidos y elegir uno nuevo. No tenemos que buscarlo adaptándonos a los prejuicios de las masas sino, por el contrario, tenemos que oponernos a estos prejuicios con un nombre adaptado a las nuevas tareas históricas.

El argumento mencionado es incorrecto en su aspecto teórico, político y psicológico. La mentalidad conservadora de un gran sector de trabajadores es una herencia del pasado y forma parte del "norteameri­canismo" (tanto al estilo de Hoover como al de Roose­velt). La nueva situación económica está en oposición absoluta a esta mentalidad. ¿Qué es lo determinante para nosotros, la estupidez tradicional o los hechos revolucionarios objetivos? Veamos al señor Hague del otro lado de la barricada. El no teme pisotear la "demo­cracia" tradicional. Proclama: "La ley soy yo". Desde el punto de vista tradicional parece muy imprudente, provocativo, irrazonable; pero es absolutamente correcto desde el punto de vista de la clase capitalista. Sólo de esta manera se podrá formar un partido reaccio­nario militante que se adecue a la situación objetiva.

¿Es que no tenemos aunque sea tanto coraje como los que están del otro lado de la barricada?

La crisis del capitalismo norteamericano tiene un ritmo muy rápido. Las personas que hoy se asustan del nombre militante mañana comprenderán su signi­ficado. El nombre político no es para un día o un año sino para todo un período histórico.

Nuestra organización juvenil cuenta sólo con setecientos miembros. Seguramente en Estados Unidos hay decenas y centenas de miles de muchachos y muchachas profundamente decepcionados de la sociedad que les niega la posibilidad de trabajar. Si nuestro nombre no resulta comprensible o "agradable" para los millones de elementos atrasados, puede hacerse muy atractivo para decenas de miles de ele­mentos activos. Nosotros somos un partido de vanguar­dia. Mientras asimilemos a los miles y decenas de miles, los millones aprenderán el verdadero sentido del nombre por medio de los golpes económicos a los que se los somete.

Un nombre anodino pasa inadvertido, y esto es lo peor en política, especialmente para los revolucio­narios. La atmósfera política está ahora extremada­mente confusa. En una reunión política, cuando todos hablan y nadie escucha a los demás, el presidente pone orden dando un fuerte golpe sobre el escritorio. El nombre del partido tendría que resonar como ese golpe.

La organización juvenil puede y debe tener orga­nismos auxiliares con propósitos variados y nombres diferentes, pero el organismo político dirigente ha de ser de un carácter revolucionario definido y abierto y contar con sus correspondientes estandarte y nombre.

El primer informe me da la impresión de que el peligro no reside en que la juventud desee ser un segundo partido, sino más bien en que el primer partido la domina demasiado directa y firmemente, por medios organizativos. Los cuadros partidarios de la juventud, naturalmente, elevan mucho el nivel de la discusión en los congresos y en el Comité Nacional, pero este alto nivel es una expresión del aspecto negativo de la situación. ¿Cómo puede educarse la juventud sin una cierta cantidad de confusiones, errores y luchas internas que no sean infiltrados por "los viejos" sino que suban de su propio desarrollo natural? Me parece que en la organización juvenil los miembros de experiencia del partido piensan, hablan, discuten y deciden en nombre de la juventud y que ésta debe de haber sido una de las razones por las que perdimos gente el año pasado. La juventud no tiene derecho a ser demasiado sabia o demasiado madura, o mejor dicho sólo tiene derecho a ser joven. Este aspecto de la cuestión es mucho más importante que el de los colores, rituales, etcétera. Lo peor que podría pasarnos sería establecer una división del trabajo dentro de la organización juvenil: que la base joven juegue con colores y trompetas y los cuadros selectos se ocupen de política.

Fraternalmente,

 

Joe Hansen [Trotsky]



[1] Un hombre revolucionario para un grupo juvenil revolucionario. De los archivos personales de James P. Cannon. Firmado “Hansen"



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