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¿Qué significa la lucha contra el trotskismo?[1]

(Sobre Lombardo Toledano y otros agentes de la GPU)

 

 

9 de octubre de 1938

 

 

 

En muchas cartas y conversaciones se me preguntó sobre el significado de la lucha que actualmente se libra en la Unión Soviética y por qué en otros países, especialmente en México, varios dirigentes del movi­miento obrero abandonaron sus tareas específicas para emprender una campaña de calumnias contra mí personalmente, pese a que no me inmiscuyo en los pro­blemas internos de este país. Aprecio estas preguntas porque me brindan la oportunidad de contestarlas públicamente con la mayor claridad y precisión posible.

En primer lugar hay que entender claramente que cuando se libra una lucha política de gran impor­tancia, especialmente si involucra a decenas y centenas de miles de personas, no se la puede explicar en términos de motivos “personales”. No poca gente superficial y esquemática atribuye la lucha entre trotskistas y stalinistas a la ambición personal. Esta puede impulsar a algunos políticos individualmente, pero en la Unión Soviética se ejecutó y se sigue ejecu­tando a miles y miles de personas acusadas de “trots­kistas”. ¿Puede ser que tanta gente sacrifique su posi­ción, su libertad, su vida y frecuentemente la vida de sus familiares solamente por la ambición de un solo individuo, es decir de Trotsky? Y a la inversa; es igualmente absurdo pensar que se puede explicar la política stalinista en función de la ambición personal de Stalin. Esta lucha traspasó hace mucho las fronteras de la Unión Soviética. Para entender correctamente el signi­ficado del conflicto que actualmente divide al movi­miento obrero de todo el mundo hay que dejar de lado, antes que nada, toda la hueca charlatanería sobre los motivos personales y comenzar a analizar las causas históricas que lo engendraron.

Todo el mundo conoce, aunque sea a rasgos generales, las causas y problemas de la revolución que estalló en Rusia en octubre de 1917. Fue la primera revolución triunfante de las masas oprimidas, dirigidas por el proletariado. El objetivo de la revolución era abolir la explotación y la desigualdad entre las clases, crear una nueva sociedad socialista basada en la propie­dad colectiva de la tierra, las minas y las fábricas, y lograr una distribución racional y justa de los pro­ductos del trabajo entre todos los miembros de la sociedad. Cuando estábamos haciendo esta revolución, muchos socialdemócratas (oportunistas reformistas como Lewis, Jouhaux, Lombardo Toledano, Laborde[2], etcétera) nos decían que no podríamos tener éxito, que Rusia era un país demasiado atrasado, que no podría­mos construir allí el comunismo, etcétera. Respon­díamos lo siguiente: por supuesto, considerado aisladamente, Rusia es un país demasiado atrasado e incivili­zado como para poder construir por su cuenta una sociedad comunista. Pero, agregábamos, Rusia no está sola. En el mundo hay países capitalistas mucho más avanzados, con un nivel tecnológico y cultural mucho mayor y un proletariado mucho más desarrollado. Nosotros, los rusos, estamos comenzando la revolución socialista, es decir, vamos dando los primeros pasos audaces hacia el futuro. Pero los obreros alemanes, franceses e ingleses comenzarán su lucha revolucionaria inmediatamente después que nosotros, conquista­rán el poder en esos países y luego nos ayudarán con su tecnología y cultura superiores. Bajo la dirección del proletariado de los países más avanzados, hasta los pueblos más atrasados (India, China, Latinoamérica) emprenderán la nueva senda socialista. Así llegaremos gradualmente a la instauración de una nueva sociedad socialista a escala mundial.

Como se sabe, nuestras esperanzas de que se hiciera pronto una revolución proletaria en Europa no se materializaron. ¿Por qué? No porque las masas trabajadoras no lo hayan querido. Por el contrario, después de la Gran Guerra de 1914 el proletariado de los países europeos comenzó a luchar contra la burgue­sía imperialista y se demostró totalmente dispuesto a tomar el poder. ¿Qué fue lo que lo hizo retroceder? Los dirigentes, los burócratas obreros conservadores, los señores de la calaña de Lewis y Jouhaux, los maestros de Lombardo Toledano.

Para lograr sus objetivos la clase obrera tiene que crear sus organizaciones, los sindicatos y el partido político. En este proceso una capa de burócratas, secretarios de los sindicatos y de otras organizaciones, diputados, periodistas, etcétera, se eleva por encima del sector explotado. Los elevan tanto sus condiciones materiales de vida como su influencia política. Pocos son los que mantienen una intima relación con la clase obrera y permanecen leales a sus intereses. Los más comienzan a mirar a los que están por encima de ellos en lugar de mirar a los que están debajo. Empiezan a ponerse del lado de la burguesía, olvidando los sufrimientos, las miserias y las esperanzas de la clase trabajadora. Esta es la causa de muchas de las derrotas infligidas al proletariado.

Más de una vez vimos a través de la historia que partidos y organizaciones surgidos del movimiento popular sufrieron luego una degeneración total. Es lo que sucedió en su momento con la iglesia cristiana, que comenzó como un movimiento de pescadores, carpin­teros, de los oprimidos y de los esclavos y luego engen­dró una poderosa, rica y cruel jerarquía eclesiástica. Es lo que nosotros mismos presenciamos que le sucedió a los partidos de la Segunda Internacional, que se aleja­ron gradualmente de los reales intereses del proletaria­do y fueron empujados hacia la burguesía. Durante la guerra, la socialdemocracia defendió en todos los países a su imperialismo nacional, es decir a los intere­ses del capital usurpador, vendiendo a los obreros y a los pueblos coloniales. Cuando los movimientos revolu­cionarios comenzaron, en el transcurso del conflicto bélico, la socialdemocracia, el partido que tendría que haber llevado a los trabajadores a la insurrección, ayudó de hecho a la burguesía a destrozar el movi­miento obrero. La traición enquistada en su estado mayor paralizó al proletariado.

Por eso nunca se concretaron las expectativas de una revolución europea y mundial para después de la guerra. La burguesía siguió aferrada a su riqueza y poder. Sólo en Rusia, donde existía un partido verdade­ramente revolucionario, el Partido Bolchevique, el proletariado ganó y creó el estado obrero. Sin embargo, la Unión Soviética se encontró aislada. Los trabajadores de los países más ricos y avanzados no podían ayudarla. En consecuencia, el proletariado ruso se encontró en una situación muy difícil.

Si el nivel tecnológico de Rusia hubiera sido tan elevado como el de Alemania o el de Estados Unidos, la economía socialista hubiera producido desde el co­mienzo todo lo necesario para satisfacer las necesida­des cotidianas del pueblo. En esas circunstancias la burocracia soviética no hubiera podido jugar un rol importante, ya que el alto nivel tecnológico también hubiera implicado un alto nivel cultural, y los obreros nunca hubieran permitido que la burocracia les diera órdenes. Pero Rusia era un país pobre, atrasado, incivilizado. Además estaba devastado por años de guerra imperialista y civil. Esa es la razón por la que, a pesar de los enormes progresos realizados, la nacio­nalización de la tierra, las fábricas y las minas, no pudo producir rápidamente -y aún hoy no se lo logra- la cantidad de mercancías necesarias como para satis­facer las necesidades cotidianas de la población. Y la escasez de bienes implica inevitablemente la lucha por esos bienes. La burocracia interviene en esta lucha; hace de árbitro, divide, les da a unos, les quita a otros. Por supuesto, en este proceso la burocracia no deja de preocuparse por ella misma. Hay que tener en cuenta que en la URSS la burocracia no está sólo en el partido o en los sindicatos sino también en el aparato estatal. La burocracia tiene a su disposición toda la propiedad nacionalizada, la policía, la justicia, el ejército y la armada.

El control sobre la economía y la distribución de las mercancías dio a la burocracia soviética la oportuni­dad de concentrar toda la autoridad en sus manos, evitando que las masas trabajadoras tengan acceso al poder. De este modo, en el país de la Revolución de Octubre una nueva capa privilegiada se eleva por sobre las masas y dirige el país con métodos idénticos a los que utiliza el fascismo. Los soviets de obreros y campesinos ya no juegan ningún rol. Todo el poder está en manos de la burocracia. La persona que gobierna es el jefe de esta burocracia: Stalin.

Es imposible afirmar que la URSS marcha hacia la igualdad socialista. En lo que hace a la situación material, el estilo de vida de la capa superior de la buro­cracia es el mismo que el de la gran burguesía de los países capitalistas. La capa media vive más o menos como la burguesía mediana, y los obreros y campe­sinos, finalmente, viven en condiciones mucho más difíciles que los obreros y campesinos de los países avanzados. Esta es la simple verdad.

Se podría preguntar: ¿significa esto que la Revolu­ción de Octubre fue un error? Esa conclusión sería, sin duda, totalmente equivocada. La revolución no es el resultado de los esfuerzos de una sola persona o de un solo partido. La revolución estalla como culmina­ción de un proceso histórico, cuando las masas popula­res ya no quieren tolerar más las antiguas formas de opresión. Pese a todo, la Revolución de Octubre posibi­litó grandes avances. Nacionalizó los medios de pro­ducción y, a través de la economía planificada, permitió el rapidísimo desarrollo de las fuerzas productivas. Es un enorme paso adelante. Toda la humanidad aprendió de esta experiencia. La Revolución de Octubre dio un tremendo impulso a la conciencia de las masas popu­lares. Despertó en ellas un espíritu de independencia e iniciativa. Si bien en muchos aspectos la situación de los trabajadores es difícil, sin embargo es mucho mejor que bajo el zarismo. No; la Revolución de Octubre no fue “un error”. Pero en una Rusia aislada no podía lograr su objetivo fundamental, el establecimiento de una sociedad fraternal, socialista. Esta meta está aun por lograrse.

Desde el momento en que en la URSS un nuevo sector parasitario se impuso al proletariado, la lucha de las masas se dirigió naturalmente contra la burocracia como obstáculo principal en el camino al socialismo. Para justificar su existencia, la burocracia explica que “se ha llegado” al socialismo gracias a sus esfuerzos. En realidad, la cuestión social sólo se resolvió para la burocracia, cuyo nivel de vida dista de ser malo.

“Yo soy el estado -razona la burocracia-. En la medida en que las cosas anden bien para mi, todo está en orden.” No hay nada de sorprendente en el hecho de que las masas populares, que no salieron de la miseria, alberguen sentimientos de hostilidad y odio hacia esta nueva burocracia que se devora una gran parte de los frutos de su trabajo.

Mientras pretende defender los intereses del socia­lismo, la burocracia en realidad defiende sus propios intereses, y ahoga y extermina inevitablemente a cualquiera que plantee una crítica contra la opresión y la terrible desigualdad existentes en la Unión Sovié­tica. La burocracia apoya a Stalin porque éste defiende resuelta e implacablemente su situación privilegiada. Quien no entendió esto no entendió nada.

Es absolutamente natural que los trabajadores, que en el lapso de doce años (1905 a 1917) hicieron tres revoluciones, estén disconformes con este régimen y hayan intentado más de una vez controlar a la burocra­cia. En la Unión Soviética, a estos representantes de la clase obrera disconforme, que critican y protes­tan, se los llama trotskistas porque su programa se corresponde con el que yo defiendo en la prensa. Si la burocracia luchara por los intereses del pueblo podría castigar a sus enemigos ante las masas, y por crímenes reales, no inventados. Pero como la burocra­cia sólo lucha por sus propios intereses y contra los del pueblo y sus verdaderos amigos, obviamente no puede decir la verdad sobre las causas de las innumerables persecuciones, arrestos y ejecuciones. En consecuen­cia, la burocracia acusa a todos los que llama trotskistas de crímenes monstruosos que no cometieron ni pueden cometer. Para fusilar a un opositor que defiende los intereses vitales de los trabajadores, la burocracia simplemente lo llama “agente fascista”. No se pueden controlar esas actividades de la burocracia. Durante los procedimientos judiciales secretos, que se realizan al estilo de la Santa Inquisición, se extraen de los acusados confesiones de crímenes increíbles. Así son los juicios de Moscú, que conmovieron a todo el mun­do[3]. Según estos juicios, parecería que la Vieja Guardia Bolchevique, la generación que libró junto a Lenin la lucha suprema por la conquista del poder por la clase obrera, estaba en realidad formada por espías y agen­tes de la burguesía. Simultáneamente se liquidó a los mejores representantes de la generación siguiente, que soportó sobre sus espaldas todo el peso de la Guerra Civil (1918 a 1921).

¿Entonces la Revolución de Octubre la hicieron los fascistas? ¿Y la Guerra Civil obrera y campesina fue dirigida por traidores? ¡No! ¡Es una calumnia despre­ciable contra la revolución y el bolchevismo! El factor básico de esta calumnia es que fueron precisamente esos bolcheviques, que tenían un verdadero pasado revolucionario, los primeros en protestar contra la nueva casta burocrática y sus monstruosos privilegios. La burocracia, que le tiene un terror mortal a la oposición, llevó a cabo una lucha incansable contra los representantes del viejo Partido Bolchevique y, finalmente, los exterminó a casi todos. Esta es la simple verdad.

La burocracia de Moscú cuenta en todo el mundo con una inmensa cantidad de agentes para mantener su autoridad en el extranjero, para aparecer como repre­sentante de la clase obrera y defensora del socialismo, y mantener bajo su férula a la clase obrera mundial. Con ese fin gasta decenas de millones de dólares por año. Muchos de estos agentes secretos son dirigentes del movimiento obrero, funcionarios sindicales o de los llamados partidos “comunistas”, que de hecho no tienen nada que ver con el comunismo. La tarea de estos agentes pagados por el Kremlin consiste en engañar a los trabajadores presentando los crímenes de la burocracia soviética como “actos en defensa del socialismo”, calumniando a los obreros rusos avanzados que luchan contra la burocracia y tachando de “fascistas” a los verdaderos defensores de los obreros. “¡ Pero es un rol repugnante!”, exclama todo trabaja­dor honesto. Nosotros también creemos que es repug­nante.

Lombardo Toledano, el secretario general de la CTM, es uno de los más celosos y desvergonzados agentes de la burocracia de Moscú. Su despreciable actividad se desarrolla ante los ojos de todo el mundo. Defiende a Stalin, su violencia y sus traiciones, a sus provocadores y a sus verdugos. No sorprende en lo más mínimo que Toledano sea el más ávido enemigo del trotskismo. ¡ Es el trabajo de este señor!

Hace un año y medio la Comisión Investigadora Internacional comenzó a revisar los juicios de Moscú[4]. Toledano, junto con otros stalinistas, fue invitado a participar en esta comisión.

¡Presenten sus acusacio­nes, aporten evidencias! Sin embargo, Toledano rehusó la invitación con una falsa y cobarde excusa: la comi­sión, según él, "no era imparcial". Entonces, ¿por qué el “imparcial” Toledano no aprovechó la oportunidad para demostrar públicamente la “parcialidad” de la comisión? Porque no dispone de ninguna evidencia para respaldar las calumnias que repite, siguiendo las órdenes de Moscú.

La comisión internacional, formada por personas conocidas en todo el mundo por su integridad, publicó los resultados de su trabajo en dos volúmenes de más de mil páginas. Se examinaron todos los documentos. Se interrogó a decenas de testigos. Se analizó detalla­damente cada mentira y cada calumnia. La comisión resolvió unánimemente que todas las acusaciones contra mi y mi hijo menor León Sedov son malignas mentiras fabricadas por Stalin. ¿Qué respondieron Stalin y sus agentes? Nada, ni una palabra. A pesar de ello, Toledano continúa presentando y defendiendo las falsas acusaciones de Moscú y agregando otras de hechura propia. “¡Pero es vergonzoso!”, exclamará todo trabajador honesto. Absolutamente cierto. ¡ Está más allá de toda descripción!

En febrero, el congreso de la CTM votó una resolu­ción contra Trotsky y los “trotskistas”. La resolución repite, palabra por palabra, las falsas acusaciones del fiscal Vishinski, que era abogado de los magnates petroleros del Cáucaso antes de la revolución y cono­cido desde hace mucho como un completo canalla[5]. ¿Cómo puede el congreso de una organización obrera adoptar una resolución tan desgraciada? La responsa­bilidad directa recae sobre Lombardo Toledano, que en este caso no actuó como secretario de un sindicato sino como agente de la policía secreta de Stalin, la GPU.

Ni hace falta aclarar que personalmente no tengo ningún inconveniente en que las organizaciones obre­ras mexicanas se formen una opinión sobre el “trots­kismo" como tendencia política y hagan públicas sus conclusiones. Pero para ello tienen que examinar la cuestión con honestidad; es un requisito elemental de democracia obrera. Antes del congreso todos los sindicatos tendrían que haber analizado el problema del “trotskismo”. Los que lo apoyan tendrían que haber contado con la oportunidad de expresar sus posiciones directamente ante los trabajadores. Más aún; en un congreso evidentemente preparado para juzgarme, la más elemental cortesía exigía que se me invitara para explicarme personalmente. En realidad, las maquinaciones impuestas por Moscú se realizaron no sólo a espaldas mías sino de todos los obreros mexica­nos. Nadie se enteró anticipadamente de que en el congreso se trataría el problema de Trotsky y del “trotskismo”. Para servir a los objetivos de Stalin, Toledano conspiró contra los trabajadores mexicanos. Los delegados al congreso no disponían de ningún material informativo; los sorprendieron como en una emboscada militar. Toledano impuso la innoble resolu­ción de la misma manera en que Stalin, Hitler y Göebbels[6] aplican las decisiones del “pueblo”. Este método indica un “totalitario” desprecio por la clase obrera. Al mismo tiempo, Toledano exige que el gobier­no mexicano me haga callar y me prive de la oportu­nidad de defenderme contra los calumniadores. ¡Este es el campeón de la “democracia”, Lombardo Corazón de León!

Sin embargo, no se limitó a repetir simplemente las falsedades oficiales del fiscal Vishinski en Moscú. Toledano emplea también su imaginación. Poco tiempo después de mi llegada a México, afirmó públicamente que yo estaba preparando una huelga general contra el gobierno del general Cárdenas[7]. Es obvio lo absurdo de esta “acusación”, pero el absurdo no es ningún obstáculo para Toledano: Moscú exige abnegación y obediencia. El mismo Toledano afirmó en México, Nueva York, París y Oslo que en todo México yo no contaba con más de diez amigos, cantidad que luego se redujo a cinco y finalmente a dos. Si es así, ¿cómo podría yo organizar una huelga general y una conspira­ción? Por otra parte, ¿qué pasó con todos mis “ami­gos" de la derecha, los fascistas, los “camisas pardas”, etcétera? Como puede verse, el nivel intelec­tual de las acusaciones de Toledano no difiere mayor­mente del nivel de las acusaciones dirigidas en Moscú contra los opositores a la burocracia. Pero Toledano no tiene una GPU propia que lo defienda de los críticos a punta de revólver. ¡Por eso tendría que haber sido más cauteloso!

El otro agente mexicano de la GPU, Laborde, diri­gente del llamado Partido “Comunista” (¡quién podría creerlo!) declaró en una solemne reunión cele­brada el pasado otoño, frente a una gran audiencia en la que figuraba el presidente de la república, que yo me había aliado secretamente con (¡atención!) el general Cedillo y Vasconcelos con el fin, por supuesto, de dar un golpe de estado fascista. Laborde, que se compro­metía y deshonraba a su partido, tuvo que lanzar una acusación tan idiota sólo porque, como Toledano, había recibido órdenes de Moscú de actuar de esa manera; y en Moscú se perdió hace mucho todo sentido de la proporción, no sólo en lo que hace a la moralidad sino a la lógica y a la sicología. El estudiante no puede ubicarse en un nivel superior al del maestro. El agente de la GPU no puede hacer lo que le place. Tiene que seguir las órdenes de su patrón. No hacerlo significaría que el partido de Laborde perdería inmediatamente los subsidios de Moscú y se derrumbaría como un mazo de naipes.

El verano pasado hice un viaje por México para conocer mejor el país que nos ofreció, a mi esposa y a mí, una hospitalidad tan generosa. En El Popular, el periódico de Toledano, se publicó la noticia de que durante mi viaje me había reunido con algunos contra­rrevolucionarios, especialmente con el pro fascista doctor Atl[8]. Declaré a la prensa que no conocía al doc­tor Atl. Pero mi categórica negativa no detuvo al señor Toledano; siguió publicando notas y caricaturas mos­trándome en compañía de ese hombre. ¿Qué significa esto? Toledano es abogado, sabe qué quiere decir “calumnia” y “falso testimonio”. Sabe que nada desacredita tanto a una persona como la divulgación de una calumnia consciente inspirada en razones personales. ¿Cómo puede caer tan bajo, sacrificando su reputación de dirigente obrero y de persona honesta? Es probable que Toledano sienta corroída su concien­cia. Pero se desliza por una pendiente. Cae y no puede detenerse. No les es fácil a las víctimas de la GPU escapar de sus garras.

Se podría objetar que le doy demasiada importancia a Toledano, pero no es así. Toledano no es un problema individual, es un prototipo. Hay una multitud de calcos suyos, ¡todo un ejército mercenario entrenado por Moscú! Al utilizar como ejemplo a Toledano desenmas­caro a este ejército, que siembra en la opinión pública las semillas de la mentira y el cinismo.

Cada vez que me veo obligado a refutar las últimas calumnias de Toledano y de Laborde, estos señores proclaman que soy... un enemigo de la Confederación de Trabajadores Mexicanos. ¡Qué acusación ridícu­la! Ellos realizan sus maquinaciones a espaldas de los trabajadores, y se esconden tras de ellos cuando los atrapan. ¡Qué caballeros! ¡Qué héroes!... ¡Y qué sofistas miserables! ¿Cómo podría yo, que dediqué cuarenta y dos años de mi vida a servir al movimiento obrero, abrigar alguna hostilidad hacia una organización proletaria que lucha por mejorar la situación del conjunto del movimiento obrero? Pero la CTM no es Toledano, ni Toledano es la CTM. A los obreros mexicanos les corresponde decidir si es o no un buen funcionario sindical. Pero cuando Toledano pasa al frente para defender a los verdugos de la GPU contra lo mejor de la clase obrera de Rusia, yo también debo ponerme de pie y decir públicamente a los trabajadores de México y de todo el mundo: ¡Toledano es un mentiroso traidor que actúa en beneficio de la banda del Kremlin! ¡No le crean!

Los métodos de Toledano son idénticos a los utili­zados en los juicios de Moscú. En esencia, ambos sus­tituyen las diferencias políticas por historias de detec­tives; inventan intrigas monstruosas para excitar la imaginación de los ignorantes, mienten y calumnian, calumnian y mienten. En Moscú dicen que tuve una entrevista secreta con el ministro fascista Hess[9] (al que nunca vi en mi vida y con el que, por supuesto, nunca tuve ningún trato). En México afirman que tuve una entrevista secreta con este doctor Atl, sobre el que no sé nada. Así procede la GPU.

Pero, a pesar de estas similitudes, hay una diferen­cia. La GPU, después de silenciar toda critica y utilizar falsos testimonios, tiene la posibilidad de arrancar falsas confesiones a los acusados. Si no lo logran, fusilan secretamente al acusado, sin permitirle gozar del derecho a juicio. En México, el señor Toledano no tiene todavía oportunidad de utilizar este tipo de represión. Por supuesto, aprovecha las falsificaciones fabricadas en Moscú, como la película Lenin en Octu­bre, totalmente deshonesta y sin ningún valor, pero con esto no es suficiente. La humanidad no está formada únicamente por imbéciles. Hay muchas personas capaces de pensar. Por esta razón es fácil desenmas­carar las calumnias de Toledano. ¡Y continuaremos esta tarea hasta el fin!

Propongo que se realice una investigación pública de las acusaciones de Toledano respecto a los prepa­rativos de la huelga general contra el gobierno del general Cárdenas, a mis “relaciones” con Cedillo y Vasconcelos, a mis relaciones secretas con el doctor Atl, etcétera. Sería una excelente oportunidad para establecer la verdad o falsedad de los cargos que se me imputan. El señor Toledano, tan celoso en su defensa de los juicios de Moscú, le hará un gran favor a Stalin si puede demostrar aquí en México la validez de las acusaciones que se me hacen. ¡Díganselas al juez! ¡Acusadores, presenten sus evidencias!

Sin embargo, no nos hacemos ilusiones. Toledano no aceptará el desafío. No se atreverá a aceptarlo. No puede comparecer ante una comisión imparcial que inevitablemente se transformaría en un medio para desenmascarar a la GPU y sus agentes. ¿Evidencias? ¿Qué clase de evidencias puede presentar el calumnia­dor? Sólo cuenta con su falta de escrúpulos y su mala conciencia. ¡No tiene otra cosa!

De todo lo que venimos diciendo, cualquier persona inteligente sacará la siguiente conclusión: si aquí en México, donde todavía existen la libertad de prensa y el derecho de asilo, los agentes de Stalin se permiten hacer acusaciones tan absurdas y deshonrosas, ¿qué no se permitirán los agentes de Stalin en la Unión Sovié­tica, ya que de la prensa del régimen totalitario desapa­reció toda critica, oposición y protesta? En el transcurso de este proceso, contra su propia voluntad, Toledano dio a la opinión pública mexicana la clave de todos los juicios de Moscú. En general, hay que decir que los amigos demasiado celosos son más peligrosos que los enemigos.

Mis ideas les resultan desagradables a todos los oportunistas y aprovechadores. Si a éstos les cayeran bien lo consideraría una gran desgracia. Los oprimidos no lograrán su emancipación bajo la dirección de los oportunistas y aprovechadores. ¡Que estos señores ataquen públicamente mis ideas! Pertenezco a la Cuarta Internacional y no escondo mis posiciones. La Cuarta Internacional es el único partido mundial que lucha realmente contra el imperialismo, el fascismo, la opresión, la explotación y la guerra. Sólo esta joven y pujante organización expresa los reales intereses del proletariado. Precisamente por esta razón lucha implacablemente contra la corrupta burocracia de la Segunda Internacional y de la Tercera, obsoletas y patrióticas. Este es el origen del odio rabioso que sienten hacia el “trotskismo” los trepadores oportu­nistas, aventureros y bien alimentados. Cuando puede hacerlo, la pandilla del Kremlin asesina a nuestros luchadores (Erwin Wolf, Ignace Reiss, León Sedov, Rudolf Klement y muchos otros)[10]. Cuando no puede asesinarlos, los calumnia. No le faltan ni el dinero ni agentes a sueldo. Sin embargo, está destinada a sufrir un colapso vergonzoso. Las ideas revolucionarias que corresponden a las necesidades del proceso histórico superaran todos los obstáculos. Los calumnia­dores se estrellarán contra esta invencible verdad.



[1] ¿Qué significa la lucha contra el “trotskismo”? Publicado en 1935 por la sección mexicana de la Cuarta Internacional y traducido del español [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Will Reissner.

[2] Hernán Laborde: principal dirigente del PC mexicano hasta comienzos de 1940, cuando se lo purgó en una reorganización partidaria relacionada con la preparación del asesinato de Trotsky.

[3] Entre 1936 y1938 Stalin condujo las tres grandes farsas judiciales de Moscú, en las que se acusó a la mayor parte de los dirigentes de la Revolución Rusa de complotar para restaurar el capitalismo. Los principales acusados en los procedimientos, en ausencia, eran Trotsky y su hijo León Sedov. A través de estos juicios Stalin consolidó su dominio personal en la Unión Soviética.

[4] La Comisión de Investigación de las acusaciones contra León Trotsky en los juicios de Moscú se llamó Comisión Dewey por su presidente, John Dewey (1859-1952), el destacado filósofo y educador norteamericano. La Comisión realizó sus audiencias en México, del 10 al 17 de abril de 1937. El resumen de sus conclusiones se publicó en Not Guilty [inocente] (Monad Preas, 1972). Las actas de las reuniones de la Comisión se publicaron en The Case of León Trotsky [El caso de León Trotsky] (Merit Publishers, 1968).

[5] Andrei Vishinski (1883-1954): se unió a la socialdemocracia en 1902 pero siguió siendo menchevique hasta 1920. Ganó fama internacional como fiscal en los juicios de Moscú y fue ministro soviético de relaciones exteriores entre 1949 y 1953.

[6] Joseph Göebbels (1897-1945): ministro nazi de propaganda y esclareci­miento nacional (desde 1933) y miembro del gabinete consultivo de Hitler (desde 1938), se suicidó cuando fue derrotada Alemania.

[7] General Lázaro Cárdenas (1895-1970): presidente de México de 1934 a 1940. Su administración se destacó por sus planes de redistribución de la tierra, de desarrollo industrial y del transporte, por la reanudación de los conflictos con la Iglesia Católica Romana y, en 1938, por la expropiación de las compañías petroleras extranjeras. El suyo fue el único gobierno del mundo que le dio asilo a Trotsky los últimos años de su vida

[8] El Popular era el periódico de la CTM, editado por Lombardo Toledano. El doctor Atl era Gerardo Murillo, pintor y maestro de Diego Rivera. Ex revolucionario, a fines de la década del 30 se había vuelto simpatizante del fascismo.

[9] Rudolf Hess (n. 1894): se unió a los nazis alemanes en 1921. Desde 1932, encabezó la sección política del Partido Nazi y fue miembro del gabinete consultivo de Hitler desde 1934. En 1941 voló a Escocia donde fue hecho prisionero de guerra; en 1946 el tribunal de Nüremberg lo sentenció a prisión perpetua.

[10] Erwin Wolf: checo. Trabajó como secretario de Trotsky en Noruega. La GPU lo asesinó en España en 1937 (ver Escritos 1936-1937). Ignace Reiss: seudónimo de Ignace Poretski, agente de la GPU que rompió con Stalin en el verano de 1937 y se unió a la Cuarta Internacional. Los agentes de la GPU lo asesinaron cerca de Lausana, Suiza, el 4 de setiembre de 1937 (ver Escritos 1936-1937). Su viuda, Elizabeth K. Poretski, escribió una biografía suya titu­lada Nuestro Pueblo (1970).



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