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La alianza germano-soviética[1]

 

 

4 de setiembre de 1939

 

 

 

Desde diferentes perspectivas se me ha preguntado por qué no expresé antes mi posición sobre el pacto germa­no-soviético y sus consecuencias. No pude hacerlo por circunstancias personales del momento (enfermedad y un viaje desde la ciudad de México a una aldea). Además, pensé que los hechos eran tan claros que no hacía falta comentarlos. Pero las cosas resultaron de otra manera; en distintos países todavía queda gente cada vez menos, es cierto- que tiene el coraje de presentar la traición del Kremlin como un acto político muy virtuoso. Según estos caballeros Stalin y Hitler persiguen objetivos comu­nes que tratan de alcanzar por vías diplomáticas en interés de... la paz y la democracia. ¿No es este argu­mento una bufonería repugnante?

Desde 1933 he venido planteando y demostrando en la prensa mundial que Stalin buscaba el entendimiento con Hitler. En particular, expliqué este pronóstico en mis declaraciones ante la Comisión Dewey en Coyoacán, en abril de 1937.[2] Ahora los cínicos al servicio del Krem­lin tratan de presentar el asunto como si se hubiera confirmado su programa (“alianza de las democracias” y “seguridad colectiva”). En consecuencia mi pronóstico habría sido erróneo. Se aduce que yo predije un pacto militar agresivo, mientras que Stalin y Hitler concluyeron sólo un pacto pacifista, humanitario, de no agresión mu­tua (Hitler, como se sabe, es un estricto vegetariano). ¿No resulta demasiado evidente por qué comenzó Hitler el ataque a Polonia inmediatamente después del abrazo de Ribbentrop y Molotov? Algunos de los defensores del Kremlin menos inteligentes recordaron inesperadamente (no lo sabían antes) que Polonia es un “estado semifas­cista”. Parece que bajo la benéfica influencia de Sta­lin-Hitler comenzó una guerra contra el “semifascismo”. ¿O tal vez Hitler sólo traicionó la confianza de Stalin? Si así fuera, Stalin podría haber revelado rápidamente el engaño. Pero de hecho el Soviet Supremo ratificó inme­diatamente el pacto, en el mismo momento en que las tropas alemanas cruzaban la frontera polaca. Stalin sabía muy bien lo que hacía.

Hitler necesitaba de la “neutralidad” amistosa de la URSS, además de las materias primas soviéticas, para invadir Polonia y entablar la guerra con Inglaterra v Francia. Los pactos políticos y comerciales le garantizan ambas cosas. En una sesión del Soviet Supremo Molotov ensalzó las ventajas de un acuerdo comercial con Alemania. No tiene nada de sorprendente. Alemania necesita materia prima a cualquier precio. Cuando se hace la guerra no cuentan los gastos. Los usureros, los especuladores y merodeadores siempre prosperan con la guerra. El Kremlin propor­cionó petróleo para la campana de Italia contra Etiopía. A España le cobraba el doble del valor real por las malas armas que le enviaba. Ahora el Kremlin espera que Hitler pague bien las materias primas soviéticas. Ni siquiera en esta situación se avergüenzan los lacayos de la Comintern por defender lo que hace el Kremlin. ¡Todo obrero honesto debe enfrentar activamente esta política!

Sumergidos en las profundidades del cinismo, los de­fensores del Kremlin consideran que el gran mérito de Stalin reside en que él no ataca Polonia. También alegan este hecho como refutación a mi pronóstico. Pero en realidad yo nunca predije que Stalin concluiría un pacto agresivo con Hitler. Stalin, por sobre todas las cosas, teme la guerra. Lo atestigua la política capituladora que llevó hacia Japón durante los últimos años. Stalin no puede hacer la guerra con obreros y campesinos descon­tentos y con el Ejército Rojo decapitado. Lo dije muchas veces y lo repito ahora. El pacto germano-soviético es una capitulación de Stalin ante el imperialismo fascista con el fin de resguardar a la oligarquía soviética.

En todas las mascaradas pacifistas que organizó la Comintern se proclamó a Hitler el principal, sino el único, agresor; por el contrario, Polonia era para ellos un corderito inocente. Ahora que Hitler pasó de las palabras a los hechos y comenzó la agresión contra Polonia, Mos­cú también pasó a los hechos... y está ayudando a Hitler. Estos son los hechos simples. Es imposible esca­parles con una sofistería marchita.

Los defensores del Kremlin se refieren al hecho de que Polonia se rehusó a permitir que el Ejército Rojo pene­trara en su territorio. No sabemos cómo fueron las nego­ciaciones secretas. Podemos admitir que Polonia caracteri­zó incorrectamente sus propios intereses cuando se negó a recibir ayuda directa del Ejército Rojo. ¿Pero acaso se justifica que el Kremlin ayude a que Alemania invada Polonia por el hecho de que ésta no acepte ejércitos ex­tranjeros en su territorio?

Los defensores del Kremlin se refieren finalmente a que el pacto germano-soviético rompió el “eje” dejando aislado al Japón. En realidad la URSS pasó a ocupar el lugar del Japón en la estructura del eje. La ayuda del distante Mikado a las operaciones militares de Hitler en Europa hubiera sido casi ilusoria. Por el contrario, la ayuda de Stalin tiene un valor muy profundo y real. No debe sorprendernos que Hitler haya preferido la amistad de Stalin a la del Mikado, ¿puede ser que los “pacifis­tas” los “demócratas” y los “socialistas” mencionen sin ruborizarse esta nueva combinación diplomática?

Estos caballeros no piensan para nada en la clase obrera. Pero el caos que los virajes de la Comintern siembran en la cabeza de los obreros es una de las condiciones principales del triunfo fascista. Penetremos por un momento en la sicología de un obrero revoluciona­rio alemán que, jugándose la vida, está dirigiendo la lucha ilegal contra el nacionalsocialismo. Súbitamente se en­cuentra con que el Kremlin, que cuenta con grandes recursos, no sólo no combate a Hitler sino, por el contra­rio, concluye con él un ventajoso acuerdo de negocios moviéndose sobre el terreno del robo internacional. ¿No tiene derecho el obrero alemán a escupir en la cara de sus maestros de ayer?

Sin ninguna duda los obreros lo harán. El único “méri­to” del pacto germano-soviético es que, al revelar la verdad, rompió la espina dorsal de la Comintern. De todos los países, especialmente de Francia y los Estados Unidos, nos llegan testimonios de la aguda crisis que se desató en las filas de la Comintern, de la ruptura por una parte de los imperialistas patriotas y por otra de los internacionalistas. No hay fuerza en el mundo que pueda detener esta descomposición. El proletariado mundial pasará por encima de la traición del Kremlin y también del cadáver de la Comintern.



[1] “La alianza germano-soviética”. Socialist Appeal, 9 de setiem­bre de 1939.

[2] La comisión de investigación por los cargos hechos contra León Trotsky en los juicios de Moscú llamó Comisión Dewey por su presidente, John Dewey (1859-1952), famoso filósofo y educador norteamericano. La comisión llevó a cabo audiencias en México entre el 10 y el 17 de abril de 1937. El resumen de lo actuado por la misma fue publicado en Not Guilty (Monad Press, 1972). La transcripción de las actuaciones fue publicada en The Case of Leon Trotsky (Merit Publishers, 1968).



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