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Hacia un balance de las purgas[1]

 

 

10 de junio de 1939

 

 

 

Walter Duranty, corresponsal del New York Times a quien el Kremlin siempre ha confiado sus más sucias tareas periodísticas, considera ahora necesario infor­mar que la purga excedió los límites que se conocen en el extranjero. La mitad de los comunistas expulsados volvió nuevamente a las filas partidarias. ¡Pero cuánta gente inocente no partidaria ha sufrido, etcétera!

También esta vez, al mostrarse indignado, Walter Duranty actúa siguiendo las órdenes del Kremlin. Stalin necesita ahora que sus lacayos se indignen todo lo posible por los atropellos y crímenes que se cometieron. De esa forma, hacen creer a la opinión pública que el propio Stalin está indignado y que, consecuentemente, los fraudes, provocaciones, exilios arbitrarios y fusilamientos tuvieron lugar sin su consentimiento y contra su voluntad. Sólo los imbéciles crónicos, por supuesto, son capaces de creérselo. Pero incluso hay gente que no es estúpida y esta dispuesta a hacerle concesiones a Stalin en esta cuestión. Sí -di­cen- Stalin fue indudablemente el culpable de la última oleada de terror; pero quiso limitarla al marco de la utilidad política, es decir, exterminar a quien su régi­men necesitaba exterminar. Mientras tanto, los desor­bitados y corruptos ejecutores, guiados por intereses subalternos, le dieron a la purga una dimensión mons­truosa y de esa forma produjeron la indignación ge­neral. Stalin, por supuesto, no es culpable de esas exageraciones, de ese exterminio sin sentido, incluso desde el punto de vista del Kremlin, de cientos de miles de personas "neutrales".

Sin embargo, por mucho que este razonamiento pueda calar en la gente común, es falso del principio al fin. Supone, ante todo, que el propio Stalin se en­cuentra más limitado de lo que realmente lo está. Pero, especialmente en este terreno, dispone de sufi­ciente experiencia como para poder determinar qué dimensión debe tener la purga en el aparato que él contribuyó en gran medida a crear y formar. La pre­paración, como se sabe, llevó largo tiempo. Comenzó con la expulsión del partido, en 1935, de decenas de miles de opositores que hacía mucho se habían arre­pentido. Nadie entendía estas medidas. Menos que na­die, por supuesto, los propios expulsados. La tarea de Stalin era matar la Cuarta Internacional, exterminar de paso a la vieja generación de bolcheviques, y eli­minar de las siguientes generaciones a todos los que estuvieran moralmente ligados con la tradición del Partido Bolchevique. Con el fin de llevar a cabo un plan tan monstruoso como no se hallará otro similar en las páginas de la historia humana, el propio aparato tenía que ser tomado entre las pinzas. Era necesario que cada agente de la GPU, cada funcionario soviético, cada miembro del partido sintiera que la más mínima desviación de éste o aquél diabólico encargo significa­ría la muerte del recalcitrante y la destrucción de su familia y sus amigos. Cualquier sentimiento de resis­tencia en el partido o en las masas trabajadoras tenía

que ser destruido de antemano. No se trató, entonces, de "exageraciones" accidentales, ni de un celo irra­cional de parte de los ejecutores, sino de una condi­ción necesaria para el éxito del plan básico. Como eje­cutor se requería un villano histérico como Iezov; Stalin descubrió por adelantado su carácter y el espí­ritu de su tarea, y se preparó para echarlo a un lado cuando se hubiera alcanzado el objetivo básico. En este terreno, el trabajo se cumplió de acuerdo al plan.

Ya durante el período de lucha contra la Oposición de Izquierda, Stalin impuso a la camarilla de sus ín­timos partidarios su más grande descubrimiento so­ciológico e histórico: todos los regímenes del pasado cayeron como consecuencia de la indecisión y la vaci­lación de las clases dominantes. Si el poder estatal es lo suficientemente cruel como para luchar contra sus enemigos, no deteniéndose ante el exterminio en masa, siempre se las ingeniará para superar todos los peligros. Ya en el otoño de 1927, los agentes de Stalin, repetían esta sabia máxima en todos los estilos posibles, a fin de preparar a la opinión pública del partido para las futuras purgas y juicios. Puede que hoy a los amos del Kremlin les parezca -en todo caso les pareció ayer- que el gran teorema de Stalin ha sido confirmado por los hechos. Pero también esta vez la historia destruirá las ilusiones policiales. Cuando un régimen social o político llega a entrar en contra­dicción irreconciliable con las exigencias del desarrollo del país, las represiones, seguramente, podrán pro­longar su existencia por un cierto lapso pero, a la larga, el propio aparato de represión comenzará a resque­brajarse, apagarse y desmoronarse. El aparato policial de Stalin está entrando ahora en esa etapa. El fin de Iagoda y Iezov preanuncia no sólo la futura suerte de Beria, sino también la del patrón de los tres.



[1] Hacia ­un balance de las purgas. Biulleten Opositzi, 77-78, mayo a julio de 1939. Firmado "M. N." Traducido [al inglés] por John Fairlie para la primera edición [norteamericana] de Escritos 1937-1938. Apareció otra tra­ducción en Socialist Appeal, 30 de junio de 1939.



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