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Diez años[1]

 

 

10 de junio de 1939

 

 

 

El Biulleten Opositzi acaba de cumplir diez años de existencia. En el momento en que se fundó ya era claro que la reacción termidoriana se mantendría mien­tras no encontrase una resistencia decisiva. Apenas si se podía contar con la resistencia interna, pues la revolución había gastado ya en gran medida sus re­cursos de lucha. La situación internacional, sin embargo era, o parecía ser, mucho más favorable que en la actualidad. En Alemania, florecían poderosas organi­zaciones obreras. Era posible esperar que, bajo la in­fluencia de las terribles lecciones del pasado, el Partido Comunista Alemán tomase el camino de la lucha de clases y arrastrase al proletariado francés. Dos años después de iniciarse nuestra publicación, irrumpió la revolución española, que pudo haberse convertido en el punto de partida de toda una serie de revoluciones en Europa. En el pensamiento del consejo de redacción del Biulleten, el destino de la URSS estaba siempre indisolublemente ligado al del proletariado mundial. Cada conflicto revolucionario abría al menos la posi­bilidad teórica de regenerar lo que una vez habla sido la Internacional Comunista. Pero cada nueva etapa del proceso ponía una lápida sobre estas expectativas.

A menudo nos acusaron de habernos demorado en declarar que la Internacional moscovita era un cadáver. No estamos dispuestos a retractarnos sobre ese punto. Es mejor demorar un entierro que enterrar a un vivo. Siempre que se da una disputa entre fuerzas vivientes, se puede prever a priori la tendencia general del movi­miento, pero es extremadamente difícil, si no impo­sible, pronosticar las etapas y su duración. Sólo cuando se hizo evidente que, en las filas de la Internacional Comunista, no se había levantado ninguna ola de indig­nación por haber abandonado sin lucha las mas impor­tantes posiciones en Alemania, fue obvio que no queda­ban esperanzas de que esta organización se regenerara. En virtud de ese mismo hecho, llegaba el momento, no de la vacilación y la duda, como era opinión del difunto buró londinense, sino del trabajo sistemático bajo las banderas de la Cuarta Internacional.

Así también, en relación al estado soviético, nues­tras esperanzas y expectativas sufrieron en estos diez años una evolución determinada no por preferencias o desagrados subjetivos, sino por el curso general del proceso. El pronóstico político es solamente una hipótesis de trabajo. Hay que controlarla constantemente, precisarla más y más y acercarla más a la realidad. Al inicio del Termidor, era totalmente imposible medir a priori la fuerza de resistencia interna del Partido Bol­chevique. A despecho de la desilusión y la fatiga de las masas, esa resistencia se evidenció. Prueba de ello son las innumerables "purgas", la masacre de gene­raciones enteras de revolucionarios. Pero, en épocas de derrota del proletariado mundial, la reacción termi­doriana en la URSS resultó más fuerte que la resis­tencia del bolchevismo. En 1929, cuando se lanzó el Biulleten, en perspectiva esta variante ya era probable. Pero, haber elegido de antemano esta variante como la única posibilidad habría significado el aban­dono de una posición sin dar batalla, es decir, una traidora capitulación. Sólo el completo y manifiesto estrangulamiento del Partido Bolchevique junto con la total prostitución de la Comintern volvieron inade­cuado el programa de "reformar" el estado soviético y pusieron a la orden del día la revolución antiburo­crática.

También se nos acusó, y se lo sigue haciendo, de no haber declarado todavía que la URSS no es un estado obrero. Nuestros críticos no han dado, sin em­bargo, su definición del estado soviético, a menos que consideremos como tal el término "capitalismo de esta­do", que aplican igualmente a la URSS, a Alemania y a Italia. Hemos rechazado, y aun lo hacemos, este término, que a la par que caracteriza correctamente ciertos rasgos del estado soviético, ignora no obstante su diferencia fundamental con los estados capitalistas: la ausencia de una burguesía como clase de poseedores de propiedad, la existencia de la forma estatal de propiedad de los más importantes medios de producción y, finalmente, la economía planificada, posibilitada por la Revolución de Octubre. Ni en Alemania ni en Italia existen estas características. El proletariado, al derribar a la oligarquía bonapartista, se apoyará en esta base social.

 

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La última década fue una época de derrotas y re­pliegues del proletariado, y de triunfos de la reacción y la contrarrevolución. Esta etapa no ha terminado; todavía nos esperan los peores males y bestialidades. Pero un desenlace próximo se presagia debido precisa­mente a la extraordinaria tensión. En las relaciones internacionales este desenlace significa guerra. Hablando en abstracto, mucho mejor habría sido que la revolución proletaria se hubiera anticipado a la guerra. Pero esto no ocurrió y, debemos decirlo categóri­camente, son pocas las chances que quedan de que ello ocurra. La guerra va avanzando mucho más rápida­mente que el ritmo en que se están formando los nuevos cuadros de la revolución proletaria. Nunca antes el determinismo histórico asumió forma tan fatalista como ahora. Todas las fuerzas de la vieja sociedad - fascismo y democracia, social-patriotismo y stalinis­mo - temen igualmente a la guerra y se mantienen expectantes ante ella. Nada los ayudará. Harán la gue­rra y esta los barrerá. Se lo han ganado con justicia.

La socialdemocracia y la Comintern están cerrando tratos con el imperialismo democrático "contra el fas­cismo" y "contra la guerra". Pero su "mal menor" ineludiblemente se repliega ante el mal mayor. Si el capitalismo, con la ayuda de las dos Internacionales, consigue mantenerse durante otra década, los métodos del fascismo ya no serán adecuados.

Las conquistas militares sólo pueden lograr el traspaso de la miseria de un país a otro, a la par que un estrechamiento de la base sobre la que descansan todos los países. Para preservar la dictadura de los trusts se hará necesario un superfascismo, con una legislación que se remonte hasta la época de Herodes y el asesinato de criaturas inocentes, de manera de preservar la dictadura de los trusts. En ese caso, las corroídas Internacionales proclamarán indudablemente como un deber sagrado la alianza con el fascismo, un mal menor comparado con un Herodes que amenace no sólo ya a la civiliza­ción, sino la propia existencia de la humanidad. Para los socialdemócratas y los stalinistas no hay y no puede haber, ya sea en China, Alemania, España o Francia, o en cualquier otra parte del mundo, condiciones tales que den al proletariado el derecho a jugar un papel independiente; para lo único que sirven es para apoyar una forma de bandidismo contra la otra.

Los abismos en que puede hundirse el capitalismo no tienen limites en sí mismo; esto también puede aplicarse a sus sombras: la Segunda y la Tercera internacionales, que serán las primeras aplastadas por la guerra que ellas mismas están preparando. El único partido mundial que no teme la guerra ni sus consecuencias es la Cuarta Internacional. Hubiéramos preferido otro camino; pero también emprenderemos con confianza el sendero por el que los actuales amos de la situación empujan a la humanidad.

 

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El Biulleten no está solo. En docenas de países aparecen publicaciones con el mismo espíritu. Durante la última década, muchos artículos del Biulleten fue­ron traducidos a docenas de idiomas. También es cier­to que aún quedan unos cuantos filisteos izquierdistas que miran con desdén nuestras pequeñas publica­ciones y su escasa circulación. Pero no cambiaríamos nuestro Biulleten por el Pravda de Moscú, con todas sus rotativas y sus camiones. Las máquinas pueden pasar, y pasarán, de una mano a otra bajo la influencia de las ideas que guíen a las masas. Ni a la Segunda ni a la Tercera Internacional les queda una sola idea; sólo reflejan los temores mortales de las clases domi­nantes. Las ideas que constituyen la herencia de la Cuarta Internacional albergan en su seno una fuerza dinámica colosal. Los acontecimientos inminentes aniquilarán todo lo decrépito, putrefacto y obsoleto, dejando el terreno expedito para un nuevo progra­ma y una nueva organización.

Pero incluso hoy en día, en el pico máximo de la reacción, sentimos una satisfacción que no tiene precio ante la certeza de que hemos observado el proceso histórico con los ojos bien abiertos, de que analizamos de manera realista cada nueva situación, Previmos sus posibles consecuencias, y advertimos los peligros, indicando el camino correcto. En lo esencial, nuestros análisis y pronósticos fueron confirmados por los hechos. No realizamos milagros. Estos no son nuestra especialidad. Pero junto a nuestros lectores-amigos hemos aprendido a pensar como marxistas, a fin de poder actuar como revolucionarios cuando llegue la hora. El Biulleten entra en su segunda década con una fe inmutable en el triunfo de sus ideas.

 

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Durante casi nueve años, la publicación del Biulle­ten estuvo en manos de L.L. Sedov, quien dedicó lo mejor de su juventud a esta tarea. Decididamente entregado a la causa del socialismo revolucionario, Sedov no retrocedió ni una vez en estos duros años de reacción. Vivió siempre con la esperanza de asistir a un nuevo amanecer revolucionario. No tuvo la suerte de presenciarlo. Pero al igual que todos los auténti­cos revolucionarios trabajó para el futuro. Y el futuro no lo defraudará ni a él ni a nosotros.

 

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La publicación del Biulleten habría resultado impo­sible sin la ayuda de amigos leales. A todos ellos les enviamos nuestra fraternal gratitud. Para el futuro confiamos plenamente en su ayuda, que necesitamos hoy más que nunca.



[1] Diez años. New International, agosto de 1939, donde llevaba el título de Diez años del Boletín ruso. Firmado "Consejo de redacción".



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