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“Aprender a trabajar a la manera de Stalin”[1]

(Reflexiones desde lo alto, hacia los niveles más bajos)

 

 

7 de marzo de 1939

 

 

 

Todos los ciudadanos de la Unión Soviética están estudiando en la actualidad, ya que es su obligación, la stalinista Historia del PCUS, una codificación única de fraudes y mentiras. Entre los estudiantes deben de encontrarse, por supuesto, miles de representantes del pensamiento juvenil a quienes se adiestra en el manejo de los hechos y en controlar la historia mediante los documentos. Muchos de ellos sin duda preguntan a aquellos dirigentes oficiales a quienes no tienen por qué temer; “Pero, ¿por qué encontramos que las afirmaciones de esta ‘historia’ son refutadas a cada paso por los diarios y publicaciones del periodo correspon­diente?” El instructor, con un dedo sobre los labios, contesta significativamente: “Uno debe aprender a trabajar a la manera stalinista”. Esto significa que se debe aprender a mentir convenientemente o, al menos, guiñar un ojo ante la mentira totalitaria.

Quedamos especialmente estupefactos a raíz de las revelaciones de Vishinski y otros señores stalinistas sobre las persecuciones ilegales, investigaciones falsas, confesiones forzadas, etcétera. La prensa soviética, en particular Pravda, el propio hijo casi casto de Stalin, se indigna. ¡Es inaudito que en nuestra patria los secretarios, magistrados investigadores, fiscales y jueces se guíen por viles consideraciones personales para perseguir a honestos ciudadanos, lanzando falsas acusaciones contra ellos o arrancándoles falsos testi­monios! ¡ Y todo esto en el camino del socialismo al comunismo! ¡ Increíble!

“Trabajamos a la manera stalinista”, entona diaria­mente el casi virginal Pravda, y tras él el resto de la prensa. Sí, por cierto. ¡Sí, por cierto!, repite el eco de todos los grandes y pequeños sátrapas locales. Y siguiendo los pasos de Stalin, liquidan rápidamente a cualquiera que se atreva a criticarlos o cruzarse en su camino, o simplemente a lanzarles la mirada de repro­che de un hombre honesto. Las medidas de la camari­lla del Kremlin se convierten inevitablemente en las medidas de las camarillas locales. “Nosotros también debemos trabajar a la manera stalinista”, dicen autojustificándose todos los pequeños tramposos que encuentran el mismo tipo de dificultades que tiene su sublime patrón.

Y aquí es donde Vishinski hace valer sus méritos. En su severa circular explica: “Ustedes no invadirán las prerrogativas de Stalin. El derecho a los fraudes políticos es su privilegio monopólico, pues él es el Líder y Padre de los Pueblos.” La circular es muy elocuente pero difícilmente pueda resultar efectiva. El régimen bonapartista, quizás el más bonapartista de todos los regímenes bonapartistas de la historia, requiere una numerosa jerarquía de estafadores y artistas del fraude. La esfera legal, las “ciencias” militar e histórica, la esfera de las estadísticas, todas las esferas que descansan directa e indirectamente en los intereses de la oligarquía gobernante - ¿y cuál no? - necesitan su propio Iagoda, su propio Iezov, su propio Vishinski, su propio Beria, y un destacamento completo de tropas de asalto a su disposición. Está en la naturaleza de las cosas que en todas partes se encuentre gente honesta y sacrificada ya sea en ciencia, en tecnología, en instituciones económicas, en el ejército e incluso dentro del aparato burocrático. Pero resultan peligrosas. Es contra ellas que se utiliza a los farsantes especializados, cien por cien stalinistas, una jerarquía de náufragos. Esta gente está unida por mentiras, fraudes y engaños. No tienen otro ideal mayor que sus propios intereses personales. ¿Cómo se puede pedir a gente que utiliza el fraude como ayuda técnica y legal en su desempeño oficial que no lo apliquen para servir a sus objetivos personales? Estaría contra todas las leyes de la naturaleza.

Aquí se revela uno de los pequeños “deslices” del sistema bonapartista. Se centralizó el poder estatal pero los fraudes se descentralizaron. Sin embargo, esto conlleva las mayores dificultades. El más insignificante secretario o fiscal provincial demuestra, por su modo de actuar, que está perfectamente al tanto de los secretos de estado de Stalin y sabe cómo se fabrican “los enemigos del pueblo” y cómo se arrancan las confesiones. La democratización de los procedimientos significa el desenmascaramiento directo de Stalin. “¡Ah, de manera que así es como se hace!”, adivina finalmente el ciudadano medio menos perspicaz.

No es necesario decir que Vishinski-Krechinski es espléndido cuando aparece en primer plano como portaestandarte de la moral estatal. ¿Quién otro sino él está calificado para hacerlo? No obstante, sus esfuerzos son inútiles. El bonapartismo es un régimen totalmente personalizado. Todos los funcionarios se esmeran por cortarse el pelo a lo Stalin y “trabajar como Stalin”. Eso explica por qué los fraudes se han convertido en el elemento que penetra por todas partes en la vida oficial. Al final, su propio fraude ahogará a Stalin.



[1] “Aprender a trabajar a la manera de Stalin”. New International, mayo de 1939, Firmado “Alpha”



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