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Sobre las tesis "la unidad y la juventud"[1]

 

 

Verano de 1934

 

 

 

El objetivo de este artículo es rectificar la consigna de unidad orgánica, que no es una consigna nuestra. La fórmula de la unidad orgánica -sin un programa, sin concreción- es vacía. Y así como la naturaleza física rechaza el vacío, esta fórmula se llena de un contenido cada vez más ambiguo e incluso reaccionario. Todos los dirigentes del Partido Socialista, empezando por Just y Marceau Pivert y terminando por Fros­sard,[2] se declaran partidarios de la unidad orgánica. El más ferviente defensor de esta consigna es Le­bas,[3] cuyas tendencias contrarrevolucionarias son archiconocidas. Los líderes del Partido Comunista están utilizando la misma consigna con una creciente buena disposición. ¿Acaso es tarea nuestra ayudarlos a dis­persar a los trabajadores con una fórmula atractiva y hueca?

El intercambio de cartas abiertas entre las dos direcciones sobre el programa de acción es el promete­dor comienzo de una discusión sobre los objetivos y métodos del partido obrero. Aquel debemos intervenir vigorosamente. La unidad y la división son dos méto­dos subordinados al programa y a los objetivos políticos. Ya que la discusión comenzó felizmente, tenemos que destruir tácticamente las ilusorias esperan en la panacea de la unidad orgánica. Nuestra tesis es que la unidad de la clase obrera sólo se puede concretar sobre una base revolucionaria. Esta base es nuestro programa.

Si mañana se fusionan los dos partidos, nos apoyaremos en el partido unificado para continuar nuestro trabajo. En este caso la fusión puede tener un sentido progresivo. Pero si continuamos sembrando ilusiones en que la unidad orgánica tiene valor por si misma -y así es como las masas entienden esta consigna, no como un medio para que los agitadores leninistas dispongan de un escenario más amplio y conveniente- no hare­mos más que facilitarles a las dos burocracias unidas la posibilidad de plantearles a las masas que nosotros, los bolcheviques leninistas, somos el gran obstáculo para lograr esa unidad. En estas condiciones, la unidad podría muy bien darse a espaldas de nosotros y trans­formarse en un ’factor reaccionario. Nunca debemos maniobrar con consignas que no son revolucionarias por su contenido mismo sino que pueden jugar un rol muy diverso de acuerdo a la coyuntura política, la rela­ción de fuerzas, etcétera... No nos asusta la unidad orgánica. Afirmamos abiertamente que la fusión puede jugar un rol progresivo. Pero nuestro papel consiste en señalarles a las masas las condiciones en las cuales este rol sería realmente progresivo. En resumen: no nos oponemos a la corriente hacia la unidad orgá­nica, en la que ambas burocracias ya se han ubicado. Pero a la vez que nos apoyamos en esta corriente, que entre las masas es honesta, introducimos en ella la nota crítica, los criterios de demarcación, las definiciones programática, etcétera.

"Nada sería más peligroso - dicen las tesis de los camaradas Craipeau[4]- Kamoun que cegarse con esta única perspectiva y considerar inútil toda tarea que no implique la unidad." Es correcto, pero no suficiente. Es necesario comprender claramente que esta perspectiva de unidad orgánica aislada de las tareas revolucionarias sólo puede servir para parar a los obreros reconci­liándolos con la pasividad de los dos partidos.

Para contrarrestar el esterilizante hipnotismo de la consigna de unidad orgánica las tesis proponen "un mínimo de principios marxistas elementales como garantía de esta unidad". La fórmula es casi clásica como principio de una desviación oportunista. Se comienza dosificando los principios marxistas para los estómagos delicados de los socialdemócratas y los stali­nistas. Si sólo se trata de aumentar nuestra audiencia y de abrirse acceso a los obreros comunistas, ¿por qué poner condiciones según los "principios elementales" (¡muy elementales, por cierto!)? Y si se trata de algo más, es decir del partido y del proletariado, ¿cómo podría bastar con un mínimo de principios y, para colmo, de "principios elementales"?

Inmediatamente después, las tesis exigen que se expliquen a los obreros "que no puede haber otra genuina unidad revolucionaria que la que hace del par­tido marxista un organismo coherente y disciplinado" ¿Y entonces?

No sabemos si en la próxima etapa del proceso ha­brá un intento de fusión o, por el contrario, una serie de nuevas rupturas en los dos partidos. No nos aventu­ramos por la senda de las fórmulas abstractas.

Desde el 6 de febrero La Verité se lo pasó repitiendo la fórmula del frente único (que además tenía en esa época un contenido mucho más rico que el que tiene hoy la fórmula de unidad orgánica). Criticamos a Navi­lle por no concretar el contenido revolucionario del frente único, permitiéndoles así a las dos burocracias apropiarse la consigna sin correr gran riesgo. No se puede repetir el mismo error en circunstancias más graves.

¿Y para la juventud? Lo mismo. No hay dos políticas, una para la juventud y otra para los adultos. En la medida en que la juventud se dedica a la política -y es su deber hacerlo- esa política tiene que ser adulta. Demasiados factores arrastran a la inexperta juventud revolucionaria hacía los stalinistas. La fórmula de unidad facilita esta tendencia y aumenta los peligros. Nuestra arma, que coincide con los superiores intereses de la vanguardia proletaria, es el contenido de la uni­dad. A la vez que nos apoyamos en las corrientes unitarias, desarrollamos la discusión, la profundi­zamos, nucleamos a los mejores elementos de los dos bandos alrededor del "máximo" de nuestros principios para nada "elementales", fortalecemos nuestra ten­dencia. Y entonces, pase lo que pase, la vanguardia revolucionaria saldrá beneficiada tanto con la fusión como con la ruptura.

Veamos las tesis: "La Juventud Unificada [Jeu­neusse Unique] no puede tener como base los principios leninistas." ¿Quién dice eso? ¿Los reformistas? ¿Los stalinistas? No, son los mismos generosos leni­nistas. Cualquier obrero que reflexione y que vea las cosas de conjunto dirá: "si sus principios no sirven para forjar la unidad revolucionaría, no sirven para nada." "Nos replegaremos en ciertos puntos -continúan nuestros generosos leninistas- si es imposible llegar a un acuerdo de otra manera." ¿Por qué necesitan los leninistas replegarse en algunos de sus principios precisamente, si ya se han quedado con un mínimo? Es absolutamente incomprensible.

Se nos dirá: "¡Pero somos apenas una pequeña minoría!" Bien. Entonces las dos mayorías -o mejor dicho las dos burocracias que se apoyan en las dos ma­yorías- concretarán (o no) su fusión sin necesidad de nuestro repliegue. No les hace falta ya que son mayoría. Los autores de las tesis no actúan como propagandistas del leninismo sino como benefactores de la humanidad. Quieren reconciliar a los reformistas con los stalinistas, incluso a expensas suyas. Peor aun, lo dicen de antemano sin que la situación los haya obligado a hacerlo. Capitulan por anticipado. Se replie­gan llenos de platónica generosidad. Todo este razo­namiento contradictorio, por el cual los autores se sienten simultáneamente los representantes de una peque­ña minoría y los inspectores generales de la historia, es el desdichado resultado de la trampa que se tendieron a ellos mismos con la consigna de unidad orgánica desprovista de todo contenido o cargada de contenido "mínimo”.

 Los autores de las tesis se obligan, en el caso de que los socialistas no quieran aceptar la forma soviética de poder, a interceder ante los stalinistas (¡los leninis­tas serían los intermediarios más lógicos!) para conven­cerlos de retirar la consigna que ellos mismos conside­ran correcta. ¿No es absurdo, queridos camaradas? Si ustedes defienden ante los socialistas la consigna de soviets (con nuestra interpretación) pueden ganarse las simpatías de una parte de los socialistas e incluso de los stalinistas. Al mismo tiempo siguen fieles a ustedes mismos a la vez que se aseguran su futuro. Pero a uste­des eso no les resulta suficiente porque son los cortesanos de la unidad. Si esta unidad se realiza por inter­medio de ustedes los stalinistas los tratarán de traidores - y esta vez no les faltará razón- mientras que los socialistas revolucionarios girarán a la izquierda de la mano de los stalinistas. Nadie los tratará amablemente. Ese es el destino de todos los cortesanos políticos.

Quiero llamar la atención de los camaradas sobre el parágrafo 2, que habla de la necesidad de recons­truir el partido revolucionario "sobre los innumerables obstáculos provocados por las ruinas de la Tercera Internacional y la atracción que todavía ejerce la Unión Soviética". Esta formulación es criminal. La atracción "que todavía ejerce" la Unión Soviética se considera un obstáculo para la creación del partido revolucio­nario. ¿Qué es lo que atrae a las amplias masas, que no reciben subsidios de la burocracia, ni pasajes gratui­tos para viajar a las celebraciones de los aniversarios, muchos “amigos de la URSS"? Las masas se dicen: es el único estado que surgió de la revolución obrera. Este sentimiento es profundamente revolucionario. Se ve nuevamente reforzado debido al peligro fascista. Caracterizar como un obstáculo este apoyo a la revolu­ción proletaria y sus conquistas es criminal para con la Unión Soviética y para con los obreros de Occidente.

Se podrá objetar: "sólo se trata de una expresión poco feliz; los autores se refieren a los perjudiciales resultados de la influencia de la burocracia soviética sobre una parte del proletariado mundial." Si sólo fuera cuestión de una expresión mal elegida, ni valdría la pena discutirlo. Desgraciadamente no es éste el caso. Entre la juventud, sobre todo la no proletaria, a menudo se hace gala de un radicalismo barato susci­tando dudas sobre el carácter proletario del estado soviético, identificando a la Comintern con la burocra­cia soviética y, sobre todo, a ésta con el conjunto del estado obrero. Este error es diez veces más grave que, por ejemplo, el de identificar a Jouhaux con las organizaciones sindicales o a Blum con toda la SFIO. El que no tenga una posición clara y definida sobre este problema fundamental no tiene derecho a hablar ante los obreros porque sólo puede sembrar confusión y escepticismo, empujando hacía el stalinismo a los jóve­nes trabajadores.

¿Cuál es el origen de estas especulaciones artifi­ciosas e incluso ambiguas? La mala composición social de la Juventud Socialista. Demasiados estudiantes. Muy pocos obreros. Los estudiantes se ocupan excesi­vamente de sí mismos y muy poco del movimiento obrero. Un ambiente obrero disciplina a un intelectual joven. El trabajador quiere aprender las cosas fundamentales y sólidas. Pide respuestas claras. No le gus­tan esos vuelos caprichosos.

La salvación del distrito del Sena reside en que los estudiantes se movilicen en la dura tarea de reclutar obreros. El que no quiera hacerlo no tiene nada que buscar en la organización socialista. La organización proletaria necesita intelectuales, pero sólo para ayudar al alza de las masas trabajadoras. Por otra parte, los intelectuales sinceramente revolucionarios y socialistas tienen mucho que aprender de los obreros. Hay que adaptar el funcionamiento interno de la juventud a este objetivo, organizar la división del trabajo, darles a los estudiantes o grupos de estudiantes tareas precisas en los barrios obreros, etcétera. Las oscilaciones ideológi­cas serán tanto menos frecuentes cuanto mas sólida se vuelva la base proletaria de la organización.



[1] Sobre las tesis "La unidad y la juventud". De un boletín interno sin fecha y sin número del Partido de los Trabajadores de Estados Unidos, 1935. Firmado "Cruz". Es la intervención de Trotsky en una discusión que se desarrolló en el verano de 1934 entre los bolcheviques leninistas franceses sobre la posición que debían adoptar ante la posible fusión "unidad orgánica" del Partido Comunista y la SFIO.

[2] Louis-Olivier Frossard (1889-1946): uno de los dirigentes de la SFIO que apoyó su afiliación a la Comintern en el Congreso de Tours de 1920, luego secretario general del nuevo PC. Renunció al PC en 1923 y posteriormente volvió a la SFIO. En 1933 estuvo cerca de los Neos, aunque permaneció en la SFIO hasta 1935, cuando renunció para ser ministro de trabajo. Posteriormente fue ministro en varios gabinetes del Frente Popular y en el primer gobierno de Petain.

[3] Jean-Baptiste Lebas (1878-1944): funcionario de la SFIO.

[4] Yvan Craipeau (n. 1912): dirigente bolchevique leninista de la Juventud Socialista francesa y miembro de la Cuarta Internacional durante la Segunda Guerra Mundial. Rompió en 1946 para unirse a distintos grupos centristas.



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