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Sobre el bonapartismo (la superioridad del marxismo)[1]

 

 

Publicado el 1 de diciembre de 1934

 

 

 

En el problema sencillo pero sumamente importante del bonapartismo actual se confirma nuevamente la superioridad del análisis marxista sobre todas las for­mas del empirismo político. Hace más de tres años planteamos en estas mismas columnas la idea de que la democracia burguesa, a medida que desaparece de la escena, plenamente de acuerdo con las leyes de la his­toria le cede el paso a un bonapartismo propio del capi­talismo en decadencia. Recordemos nuestro análisis de la democracia: es fundamentalmente un comité de conciliación entre dos clases: se mantiene en tanto las con­tradicciones de clase permiten la conciliación. La tensión de las contradicciones de clase provoca una explo­sión en la democracia. Esta puede dar lugar a la dicta­dura del proletariado o a la dictadura fascista del capital monopolista. Pero antes de que uno de estos dos extre­mos triunfe sobre el otro necesariamente se establece dentro de la sociedad, un régimen transicional de equi­librio inestable entre ambos extremos, el proletariado y el fascismo, que se paralizan uno al otro y permiten así que el aparato burocrático adquiera en su condición de árbitro y salvador de la nación, una independencia y una fuerza excepcionales. Un gobierno supraparlamen­tario de la gran burguesía que establece el equilibrio entre los dos extremos en pugna apoyándose en la policía y el ejército es, precisamente, un gobierno de tipo bonapartista. Ese fue el carácter de los gobiernos de Giolitti en Italia, de Bruening-Papen-Schleicher en Alemania, de Dollfuss en Austria.[2] También son gobiernos de esta especie el de Doumergue y el actual de Flandin en Francia, el de Colijn en Holanda, etcéte­ra.[3] Entender la esencia del neo bonapartismo es entender el carácter del último plazo que le queda al proletariado para prepararse para la batalla definitiva.

Cuando hicimos por primera vez este análisis, los stalinistas estaban más que orgullosos del dogma que afirmaba que "la socialdemocracia y el fascismo son gemelos". Anunciaron: "El fascismo ya está aquí." Nos acusaron -ni más ni menos- de llamar delibera­damente bonapartistas al régimen fascista para reconciliar (!) con él al proletariado. ¿¡Quién no sabe que los argumentos stalinistas se caracterizan siempre por su profundidad teórica y su honestidad política!?

Sin embargo, los stalinistas no estaban solos. Los inválidos políticos Thalheimer y Brandler[4] más de una vez ejercitaron su gran ironía con el tema del bonapar­tismo; de este modo esperaban encontrar el camino más breve hacia el abrevadero de la Internacional Comunista.

La prueba final del debate la aportó Francia, el país clásico del bonapartismo. León Blum demostró recien­temente en una serie de artículos que la propuesta de reformar la constitución estaba totalmente impregnada de espíritu bonapartista. El Comité Antifascista de In­telectuales de izquierda[5] (Langevin y otros) señalaba en su llamado la analogía realmente asombrosa entre los últimos discursos de Doumergue y los manifiestos que lanzaba Louis Napoleon[6] en 1850. Hoy el tema del bonapartismo ya está a la orden del día. Muchos que ni querían oír hablar de bonapartismo cuando se preparaban las condiciones sociales y políticas para el ascenso de este régimen hoy lo han reconocido en sus fórmulas jurídicas y su retórica chantajista.

Una vez más el método marxista demostró su supe­rioridad. Su utilización fue precisamente lo que nos per­mitió reconocer la nueva forma de estado que apenas comenzaba a conformarse; no la caracterizamos de acuerdo a sus floreos jurídicos y retóricos sino por sus raíces sociales. Este método también nos permite comprender mejor la orientación del neo bonapartismo que se impuso en nuestro país. Su esencia no radica, como cree León Blum, en la revisión formal de la consti­tución. Es solamente la tradición jurídica del pensa­miento político francés lo que llevó a Doumergue por el camino de Versalles. De hecho ya se consumó la verdadera revisión de la constitución. No es un problema de tres o cuatro párrafos sino de tres o cuatro mil revólveres fascistas. Ya hace mucho, Engels dijo que el estado es un destacamento de hombres armados que cuentan con atribuciones materiales, como las prisiones. Para los viejos y estúpidos demócra­tas del tipo de Renaudel esta definición fue casi siem­pre una blasfemia. Ahora el estado se presenta ante nosotros en toda su cínica desnudez. Con la ayuda de algunos miles de revólveres los fascistas, perros guar­dianes del capital financiero, se pusieron al mismo nivel que los millones de obreros y campesinos desarmados y los neutralizaron; este solo hecho hizo posible la apari­ción del régimen bonapartista. Para derrocar al gobier­no bonapartista tenemos que aplastar antes que nada a sus destacamentos armados auxiliares: Para eso debe­mos armar a la vanguardia proletaria creando una milicia obrera.

Esto es lo que nos enseñan la experiencia histórica y el análisis marxista.[7]



[1] Sobre el bonapartismo (la superioridad del marxismo), La Verité, 1º de diciembre de 1934. Sin firma. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Fred Buchman.

[2] Heinrich Bruening (1885-1970): dirigente del Partido Católico de Centro. Designado por Hindenburg canciller de Alemania en marzo de 1930, gobernó de facto desde julio de 1930 hasta su caída en mayo de 1932. Franz von Papen (1879-1969): designado canciller por Hindenburg en junio de 1932, le allanó el camino a Hitler al acabar con el gobierno socialdemócrata de Prusia. En diciembre de 1932 lo remplazó Schleicher. En enero de 1933 fue designado vice canciller de Hitler. Engelbert Dollfuss (1892-1934): canciller de Austria, en febrero de 1934 aplastó a los obreros vieneses cuando resistieron sus dictatoriales ataques a sus derechos. Partidario de los fascistas italianos y adver­sario de los fascistas alemanes. Fue asesinado por los nazis en julio de 1934.

[3] Pierre-Etienne Flandin (1889-1958): dirigente de los republicanos de Izquierda, en noviembre de 1934 sucedió a Doumergue como premier, ocu­pando el cargo hasta mayo de 1935. Hendrik Colijn (1869-1944): premier de los Países Bajos de 1925 a 1926 y de 1933 a 1939.

[4] August Thalheimer (1884-1952): uno de los fundadores del Partido Comunista Alemán, fue expulsado con Heinrich Brandler en 1929. Organizaron juntos la Oposición del Partido Comunista (KPO), también llamada Oposición de Derecha. Heinrich Brandler (1881-1967): dirigente del Partido Comunista Alemán a comienzos de la década del 20, Moscú lo hizo su chivo emisario por haber dejado pasar la situación revolucionaria en 1923 y fue expulsado en 1929, cuando la Comintern entró a su “tercer período" y dio un viraje a la Izquierda. Durante la década del 30 la política de la KPO fue paralela a la de la tendencia Bujarin-Rikov en la Unión Soviética y a la del grupo de Lovestone en Estados Unidos.

[5] El Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas fue fundado el 5 de marzo de 1934 por el físico Paul Langevin, el etnólogo Paul Rivet y el filósofo Alain. Fue una asociación de intelectuales, eruditos, escritores y artistas alarmados por la manifestación fascista del 6 de febrero que veían la necesidad de la unidad de acción de la Izquierda. Entre los miembros del comité estaban Pablo Picasso, André Gide, Julian Benda e Irene Joliot­-Curie. Este comité participo luego en la gigantesca manifestación del 14 de Julio de 1935, que coincidió con el lanzamiento del movimiento del Frente Popular en Francia.

[6] Louis Napoleon Bonaparte (1808-1873), Napoleón III, fue el tema del libro de Karl Marx El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.

[7] Otro artículo inmediatamente posterior a éste figura en la sección Anexos del volumen 2 del presente tomo.



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