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La salida[1]

 

 

Agosto de 1934

 

 

 

Ya hemos dicho que en Francia el Partido Socialista avanza en la dirección opuesta en que lo hace el estado: mientras que el parlamentarismo ha sido sustituido por el bonapartismo, que representa una etapa inestable en el camino hacia el fascismo, la socialdemocracia, por el contrario, va hacia un conflicto mortal con el fascismo. Pero, ¿se puede atribuir una significación absoluta, y por lo tanto internacional, a esta perspectiva actualmente tan importante para la política francesa?

No; la verdad es siempre concreta. Cuando habla­mos de los caminos divergentes que toman la socialdemocracia y el estado burgués en las condiciones de la actual crisis social tenemos en mente solamente la tendencia general de desarrollo y no un proceso uniforme y mecánico. Para nosotros la solución del problema político depende de hasta qué punto se realice efectivamente la tendencia. También se puede plantear esta posibilidad al revés, lo que espero no provoque objeciones entre nosotros; es decir, que en nuestra época el destino del proletariado depende en gran medida de la manera resuelta en que la social­democracia en el breve intervalo que le concede la marcha de los acontecimientos, logre romper con el estado burgués, transformarse y prepararse para la lucha decisiva contra el fascismo. El hecho mismo de que el destino del proletariado dependa de esa manera de la socialdemocracia es consecuencia de la bancarrota de la Internacional Comunista como partido dirigente del proletariado internacional y también de la excep­cional agudeza la lucha de clases.

La tendencia del centrismo a superar el reformismo y su tendencia a la radicalización no pueden menos que ser de carácter internacional, lo que se corresponde con la’ crisis general del capitalismo y del estado demo­crático. Pero lo decisivamente importante para extraer conclusiones prácticas y, sobre todo, organizativas, es saber cómo se refleja esta tendencia -en una etapa determinada del proceso- en el partido socialdemócrata de un país dado. La línea general de desarrollo definida por nosotros únicamente debe guiar nuestro análisis, pero de ninguna manera prever de antemano las conclusiones a deducir de él.

En la Alemania prefascista la proximidad de la ruptura entre el estado burgués y el reformismo se expresó en la formación del ala izquierda de la socialdemocracia. Pero, dada la total desorientación de las masas, el poder del aparato burocrático demostró ser suficiente para cortar el avance de la todavía débil ala izquierda (SAP) y mantener al partido en los rieles de una política conservadora y expectante. Al mismo tiempo, el Partido Comunista, adormecido por las drogas del "tercer periodo’”[2] y el "social-fascismo”, sustituyó por desfiles "amsterdamianos”[3] la movili­zación revolucionaria de las masas, irrealizable en la actual relación de fuerzas sin la política del frente único. En consecuencia, el poderoso proletariado alemán se demostró incapaz de ofrecer la menor resistencia al golpe de estado fascista. Los stalinistas declararon: ¡la culpa la tiene la socialdemocracia! Pero solo con eso reconocieron que todas sus preten­siones de ser los dirigentes del proletariado alemán no eran más que fanfarronería hueca. Esta tremenda lección política nos demuestra, sobre todo, que aun en el país donde el Partido Comunista era más impo­nente (tanto en un sentido absoluto como relativo) fue inca paz, en el momento decisivo, de levantar siquiera el dedo meñique mientras la socialdemocracia tenía la posibilidad de obstruir el camino con su resis­tencia conservadora. ¡Recordémoslo muy bien!

La misma tendencia histórica fundamental se reflejó en Francia de manera esencialmente diferente. Bajo la influencia de las condiciones nacionales especificas y de las experiencias internacionales, la crisis interna de la socialdemocracia francesa evolucionó mucho más profundamente, en su momento, que la de la socialdemocracia alemana. La burocracia socialista se vio obligada a golpear contra la derecha. No fuimos testigos de la expulsión de una débil ala izquierda, como en Alemania, sino de la ruptura con la derecha más coherente (en su condición de agencia de la burguesía), los Neos. Nada refleja mejor la diferencia esencial existente entre las socialdemocracia alemana y francesa que la simetría de estas dos rupturas, pese a que en ambos partidos jugaban tendencias históricas comunes: la crisis del capitalismo y la democracia, el derrumbe del reformismo y la ruptura del estado burgués con la socialdemocracia.

Hay que calibrar, desde el ángulo adecuado, la situación interna de los partidos socialistas de todos los países capitalistas, que atraviesan distintas etapas de la crisis, Pero esta tarea supera los limites de este artículo. Mencionemos sólo a Bélgica, donde el Partido So­cialdemócrata, maniatado de la cabeza a los pies por una burocracia reaccionaria y corrupta -parlamentaria, sindical, municipal, cooperativa y bancaria-, esta sumergido en una lucha contra su ala izquierda, tratan­do de no quedarse atrás de su modelo alemán (Wels-­Severing y Cía.)[4] Es evidente que no se pueden sacar las mismas conclusiones prácticas para Francia y para Bélgica.

Sin embargo, sería un error pensar que las políti­cas de las socialdemocracia alemana y belga por un lado, y de la francesa por el otro representan, de una vez y para siempre, dos líneas incompatibles. En realidad estas dos líneas se pueden transformar una en la otra, y lo harán más de una vez. Se puede afirmar con certeza que si el Partido Comunista Alemán, en su momento, hubiera seguido una política correcta de frente único ello hubiera dado poderoso impulso a la radicalización de los obreros socialdemócratas, y la evolución política de Alemania hubiera adquirido un carácter revolucionario. Por otra parte, no se excluye la posibilidad de que la burocracia socialde­mócrata de Francia, con la ayuda activa de los stali­nistas, deje aislada al ala izquierda y haga retroceder la evolución del partido. No es difícil prever la conse­cuencia: postración del proletariado y triunfo del fascismo. En cuanto a Bélgica, donde la socialdemo­cracia es virtualmente monopólica como partido del proletariado, no se puede imaginar en general una lucha triunfante contra el fascismo sin un decisivo reagrupamiento de fuerzas y tendencias dentro de sus filas. Hay que mantener la mano sobre el pulso del movimiento obrero y sacar las conclusiones corres­pondientes cada vez que sea necesario.

De todos modos, con lo dicho basta para compren­der la enorme importancia que adquirió la evolución interna de los partidos socialdemócratas para el destino del proletariado, por lo menos en Europa y para el próximo período histórico. ¡Si recordamos que en 1925 la Internacional Comunista declaró en un manifiesto especial que el Partido Socialista francés ya no existía, comprenderemos fácilmente cuánto retrocedió el proletariado, y sobre todo su vanguardia, durante los años de dominación de los epígonos! [5]

Ya se dijo que respecto a Alemania la Internacional Comunista reconoció - es cierto que después del hecho y de manera negativa- que fue totalmente incapaz de combatir al fascismo sin la participación de la socialdemocracia en la lucha. En lo que hace a Francia, la Internacional Comunista se vio obligada a declarar lo mismo, pero de antemano y positivamente. ¡Tanto peor para la Comintern, pero tanto mejor para la causa de la revolución!

Al abandonar, sin explicaciones, la teoría del social-fascismo, los stalinistas al mismo tiempo tiraron por la borda el programa revolucionario. "Vuestras condiciones serán las nuestras", declararon a los diri­gentes de la SFIO. Renunciaron a hacer cualquier crítica a su aliado. Simplemente, están pagando esta alianza al precio de su programa y su táctica. Sin embargo, cuando se trata de la defensa contra el común enemigo mortal -defensa en la que cada uno de los aliados persigue sus propios intereses vitales- nadie tiene la obligación de pagar a nadie esta alianza y cada uno tiene el derecho de seguir siendo lo que es. La conducta de los stalinistas es tal que parecen murmu­rarles a los dirigentes socialistas: "exijan todavía más; presionen más fuerte; no se vayan con ceremonias; ayúdennos a librarnos lo antes posible de esas torpes consignas que tanto incomodan a nuestros amos de Moscú en la actual situación internacional."

Dejaron de lado la consigna de milicias obreras. Declararon que la lucha por el armamento del proleta­riado es una "provocación". ¿Acaso no es mejor dividirse las "esferas de influencia" con los fascistas, con los "honorables" prefectos de policía haciendo de árbitros? Esta combinación es, de lejos, la más conve­niente para los fascistas; mientras los obreros, adorme­cidos por las frases generales sobre el frente único, se entretendrán con los desfiles, los fascistas multipli­carán sus cuadros y sus reservas de armas, atraerán a nuevos contingentes de las masas y, en la hora adecuada elegida por ellos, lanzarán la ofensiva.

Así, el frente único fue para los stalinistas france­ses una forma de capitulación ante la socialdemocracia. Las Consignas y métodos del frente único reflejan la capitulación al estado bonapartista que, a su vez, le allana el camino al fascismo. Por medio del frente único las dos burocracias se defienden, no sin éxito, contra cualquier interferencia de una "tercera fuerza". Esa es la situación política del proletariado francés, que a muy breve plazo puede verse enfrentado con aconte­cimientos decisivos. Esta situación podría ser fatal si no fuera por la presión de las masas y la lucha de tendencias.

El que afirma "tanto la Segunda como la Tercera Internacional están condenadas; el futuro le pertenece a la Cuarta Internacional" expresa un pensamiento cuya corrección ha sido confirmada nuevamente por la actual situación de Francia. Pero este pensamiento, correcto en sí mismo, no demuestra cómo, en qué circunstancias y en cuánto tiempo se constituirá la Cuarta Internacional. Puede surgir -teóricamente no está excluida esta posibilidad- de la unificación de la Segunda Internacional con la Tercera, por el reagrupa­miento de los distintos elementos, las purgas y el endurecimiento de sus bases en el fuego de la lucha. También puede formarse a partir de la radicalización del núcleo proletario del Partido Socialista y la descom­posición de la organización stalinista. Puede consti­tuirse en el proceso de lucha contra el fascismo y el triunfo sobre él. Pero también puede formarse conside­rablemente más tarde, dentro de muchos años, en medio de las ruinas y la acumulación de escombros consiguientes a la victoria del fascismo y a la guerra. Para los bordiguistas de todo tipo, estas variantes, perspectivas y etapas carecen de importancia. Los sectarios viven más allá del tiempo y del espacio. Ignoran el proceso histórico vivo, que les retribuye con la misma moneda. Por eso su "balance" es siempre el mismo: cero. Los marxistas no pueden tener nada en común con esta caricatura de la política.

Ni falta hace decir que si en Francia existiera una fuerte organización bolchevique leninista se habría convertido, en las actuales circunstancias, en el eje independiente alrededor del cual cristalizaría la vanguardia proletaria. Pero la Liga Comunista de Francia no logró transformarse en esa organización. Sin preten­der. de ninguna manera, disminuir la importancia de los errores de la dirección, hay que admitir que la razón fundamental del lento desarrollo de la Liga está condi­cionado por la marcha del movimiento obrero mundial, que en la última década no ha conocido más que derrotas y retrocesos. Las ideas y los métodos de los bolcheviques leninistas se ven confirmados con cada nueva etapa del proceso. Pero, ¿podemos anticipar ya que la Liga como organización será capaz, en el lapso que queda hasta el próximo desenlace, de jugar un rol influyente, si no de dirección, en el movimiento obrero? Contestar hoy afirmativamente esta pregunta implica que se concibe que el desenlace tardará varios años en llegar (toda la situación indica que no es así), o simplemente que se cree en milagros.

Resulta absolutamente claro que el triunfo del fascismo significaría el hundimiento de todas las organizaciones obreras. Se abriría entonces un nuevo capitulo histórico, en el que los bolcheviques leninistas tendrían que buscar nuevas formas organizativas para agruparse. Indisolublemente ligados a la época que vivimos, tenemos que formular concretamente la tarea de hoy: evitar, con la mayor probabilidad de éxito posible, la victoria del fascismo, teniendo en cuenta los grupos proletarios existentes y la relación de fuerzas entre ellos. En particular tenemos que plan­tearnos qué lugar debe ocupar la Liga, una pequeña organización que no puede reclamar un rol indepen­diente en el combate que se libra ante nosotros, pero armada con una doctrina correcta y una preciosa experiencia política. ¿Qué lugar debe ocupar para impregnar de contenido revolucionario al frente único? Plantear claramente esta cuestión implica, en última instancia, dar la respuesta. Inmediatamente la Liga debe ubicarse dentro del frente único, para contribuir activamente al reagrupamiento revolucionario y a la concentración de fuerzas de ese reagrupamiento. En las condiciones actuales no hay otra manera de ocupar ese lugar que entrando al Partido Socialista.

Algunos camaradas objetan que, sin embargo, el Partido Comunista es más revolucionario. Suponiendo que abandonamos nuestra independencia organizativa, ¿podemos adherir al partido menos revolucionario?

Esta objeción principal - más exactamente, la única que nos hicieron nuestros oponentes - se apoya en reminiscencias políticas y en apreciaciones psicológicas, no en la dinámica viva del proceso. Los dos partidos son organizaciones centristas con esta diferencia: el centrismo de los stalinistas es producto de la descom­posición del bolchevismo, mientras que el centrismo del Partido Socialista surge de la descomposición del reformismo. Y hay otra diferencia entre ambos, no menos esencial. El centrismo stalinista, pese a sus convulsivos virajes, representa un sistema político muy estable indisolublemente ligado a la situación y a los intereses de la poderosa capa burocrática. El centrismo del Partido Socialista refleja la situación transicional de los obreros,. que buscan una salida que los conduzca al camino revolucionario.

Indudablemente, en el Partido Comunista hay miles de militantes obreros. Pero están desesperadamente confundidos. Ayer, estaban dispuestos a luchar en las barricadas al lado de los fascistas genuinos contra el gobierno de Daladier.[6] Hoy, capitulan silenciosamente a las consignas de la socialdemocracia. La organización proletaria de Saint-Dénis, educada por los stalinistas, capitula resignadamente al PUP[7]. Diez años de es­fuerzos por regenerar a la Comintern no dieron resultado. La burocracia demostró ser lo suficientemente fuerte para llevar hasta sus últimas consecuencias su tarea devastadora.

Al darle al frente único un carácter puramente decorativo, al consagrar como "leninismo" la renuncia a las consignas revolucionarias más elementales, los stalinistas retrasan el desarrollo revolucionario del Partido Socialista. Así continúan jugando su rol frena­dor, incluso ahora, después de su acrobática voltereta. Hoy más decisivamente todavía que ayer, el régimen interno del partido excluye toda posibilidad de rege­neración.

No se puede comparar las secciones francesas de la Segunda y la Tercera Internacional como si fueran dos pedazos de tela: ¿qué fábrica es la mejor, cuál es la mejor tejida? Hay que considerar a cada partido en su desarrollo y también tener en cuenta la dinámica de sus relaciones mutuas en la época actual. Solo de es La manera encontraremos el punto de apoyo más conve­niente para nuestra palanca.

La adhesión de la Liga al Partido Socialista puede jugar un gran rol político. Hay en Francia decenas de miles de obreros revolucionarios que no pertenecen a ningún partido. Muchos pasaron por el PC; algunos lo abandonaron con indignación y otros fueron expulsa­dos. Mantienen su antigua opinión sobre el Partido Socialista, es decir le dan la espalda. Simpatizan total o parcialmente con las ideas de la Liga pero no se unen a ella porque no creen que en las actuales condiciones se pueda desarrollar un tercer partido. Estas decenas de miles de obreros revolucionarios permanecen fuera de los partidos, y en los sindicatos fuera de las fracciones.

A esto hay que agregarle los cientos y miles de maestros revolucionarios, no sólo de la Federación Unitaria sino también del Sindicato Nacional, que podrían servir de nexo entre el proletariado y el campe­sinado. Están fuera de los partidos, igualmente hostiles al stalinismo y al reformismo. Sin embargo, en el pró­ximo periodo la lucha de masas necesitará más que nunca del apoyo de un partido. La implantación de soviets no debilitaría sino, por el contrario, fortalecería el rol de los partidos obreros, ya que las masas, nuclea­das de a millones en los soviets, necesitan una dirección que sólo un partido puede dar.

No hay ninguna necesidad de idealizar a la SFIO, es decir de hacerla pasar, con todas sus actuales contra­dicciones, como el partido revolucionario del proleta­riado. Pero las contradicciones internas del partido pueden y deben señalarse como garantía de su ulterior evolución, y en consecuencia como posible apoyo de la palanca marxista. La Liga puede y debe dar el ejemplo a estos miles y decenas de miles de obreros y maestros revolucionarios, que bajo las condiciones actuales, corren el riesgo de quedar marginados de la lucha. Entrando al Partido Socialista reforzarán enormemente su ala izquierda, fecundarán la evolución del conjunto del partido, constituirán un poderoso centro de atrac­ción para los elementos revolucionarios del Partido "Comunista" y facilitarán en gran medida la búsqueda del camino revolucionario del proletariado.

Sin renunciar al pasado ni a sus ideas pero sin nin­guna reserva mental propia de un círculo cerrado, sin dejar de decir las cosas como son, es necesario entrar al Partido Socialista, no para hacer exhibiciones ni experi­mentos sino para encarar un serio trabajo revolucio­nario bajo las banderas del marxismo.



[1] La salida. La Verité, setiembre de 1934, donde llevaba la firma "CC"’ The New International, setiembre-octubre de 1934, donde se publicó junto con el artículo anterior La evolución de la SFIO, y llevaba la firma "V". Escrito para hacerlo publico, no apareció hasta el 29 de agosto, cuando la conferencia nacional de la Liga votó entrar a la SFIO. En ese número de La Verité se explicaba que dicho periódico era el órgano del Grupo Bolchevique leninista (GBL) de la SFIO. Además de aclarar las razones del “entrismo", el artículo de Trotsky advertía que las conclusiones a que se había arribado respecto a la socialdemocracia en Francia no teman que aplicarse mecánicamente a otros países; había que examinar en concreto cada situación nacional. Al mismo tiempo, su intención era señalar que no había por qué restringir a Francia la táctica centrista. Hacia fines de ese mismo año iba a apoyar el “entrismo" en los partidos socialistas belga y español, y estuvo de acuerdo con la Liga Comunista Norteamericana en formar con el Partido Norteamericano de los Trabajadores, el Partido de los Trabajadores de los Estados Unidos, fundado en diciembre de 1934. Recién un año después, a principios de 1936, el Partido Norteamericano de los Trabajadores decidió unirse al Partido Socialista Norteamericano.

[2] Según el esquema proclamado por los stalinistas en 1928, el tercer período era la etapa final del capitalismo, la de su inminente liquidación y remplazo por los soviets. En consecuencia, la táctica de la Comintern durante los seis años siguientes estuvo marcada por el ultraizquierdismo, el aventurerismo, los sectarios sindicatos "rojos" y la oposición al frente único. En 1934 se descartó la teoría y la práctica del’ ’tercer periodo" y se las remplazó por la del frente popular (1935-1939), pero a este periodo no se le puso número. El "primer período" iba de’ 1917 a 1924 (crisis capitalista e insurrección revolucionaria), el "segundo período" de 1925 a 1928 (estabilización capi­talista).

[3] Desfiles amsterdamianos es una alusión a la actividad de las distintas organizaciones "frentistas" del stalinismo (Comité Mundial Contra la Guerra, Comité Mundial Contra el Fascismo, etcétera), a menudo iniciadas o centralizadas en Amsterdan. Sus dos principales congresos internacionales se reunieron en dicha ciudad, en agosto de 1932 y en el anfiteatro Pleyel de París en junio de 1933. Un miembro típico de estas organizaciones era la Liga Norteamericana contra la Guerra y el Fascismo, rebautizada en el periodo del frente popular con el nombre mas "positivo" de Liga por la Paz y la Demo­cracia.

[4] Otto Wels (1873-1939) y Karl Severing (1875-1952) eran funcionarios dirigentes del Partido Socialdemócrata alemán. En 1919 Wels, desde su cargo de comandante militar de Berlín, aplastó la insurrección espartaquista; posteriormente dirigió la representación del SDP en el Reichstag. Severing fue ministro del interior en Prusia hasta que Papen lo removió en julio de 1932.

[5] Los epígonos son los discípulos que corrompen la doctrina de su maestro. Trotsky aplicaba el término a los stalinistas, que se reclaman leninistas.

[6] En la manifestación del 6 de febrero de 1934, una considerable cantidad da miembros y simpatizantes del PC pelearon junto con los fascistas y realistas, alguno bajo las banderas de una organización de veteranos dirigida por el PC. Esta actitud recordaba al llamado referéndum rojo de agosto de 1931 cuando los stalinistas alemanes se unieron a los nazis en un esfuerzo por liquidar el gobierno socialdemócrata de Prusia.

[7] El PUP (Partido de Unidad Proletario) fue un grupo centrista de corta vida formado por expulsados del PC y ex afiliados a la SFIO.



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