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La sección holandesa y la Internacional[1]

 

 

15-16 de julio de 1936

 

 

 

Al Comité Central del RSAP

Estimados camaradas:

 

Esta es mi respuesta a vuestra carta del 11 de julio; desgraciadamente, va con un día de demora debido a circunstancias adversas.

1. Escribís que estáis dispuestos a enviar dos dele­gados a la conferencia ("si se discuten los problemas organizativos en el primer punto"). Lógicamente, no me opongo a discutir los problemas organizativos en cualquier punto, inclusive en el primero, si resulta necesario. Sin embargo, esto sólo lo puede decidir la propia conferencia y no veo cómo podría resolverse de antemano. Dado que no considero vuestra carta como un ultimátum a una conferencia que todavía no se reunió, interpreto que os reserváis el derecho de plantear ante la propia conferencia que se trate el pro­blema organizativo en el primer punto del orden del día. Si bien esto me parece irregular y contradice a toda mi experiencia, yo no haría una discusión en torno a ese problema y, por mi parte, aceptaría vuestra propuesta.

Desgraciadamente, no planteáis ninguna propuesta concreta. Es indudable que nuestra organización inter­nacional posee grandes defectos; esperemos que muchos se puedan remediar, sobre todo si el partido holandés cumple con su cometido en el trabajo organi­zativo internacional, de aquí en adelante. Sin embargo, la debilidad más importante corresponde a la natura­leza misma de nuestra organización, perseguida por todos los gobiernos. No tenemos libertad de movimien­to. Algunos de nuestros camaradas de dirección (entre ellos, yo), son exiliados políticos. Eso no se arregla con palabras.

La dirección rusa siempre estuvo organizada en dos centros, y frecuentemente en tres. El grueso del Comité Central estaba en Rusia. Los exiliados, entre ellos Lenin, estaban en el extranjero. A pesar de eso cumplieron un cierto papel en el movimiento, el cual en general no era del todo negativo. Por razones de distancia, en todo momento existieron dificultades y roces, a veces muy peligrosos. Ahora se puede estudiar de cerca el proceso a través de la correspondencia de varias décadas.

En Europa, en condiciones normales, la situación era distinta. Pero en Europa esos buenos tiempos han pasado. Debemos adaptarnos a situaciones específicas que empeoran constantemente para todos nosotros. Esta situación no admite recetas de ningún tipo. Si uno considera que la colaboración recíproca es valiosa, debe tener en cuenta los aspectos negativos creados por la dispersión organizativa que en cierta medida existe.

Propusimos la preconferencia de Berna precisamen­te para que el trabajo de la conferencia de Ginebra resultara más fructífero y fácil. Esperé durante un mes y medio que se realizara. Desgraciadamente, no fue así. Hasta el momento ni yo ni nadie hemos recibido propuestas organizativas. Es difícil discutir propuestas en una conferencia cuando los delegados no las conocían de antemano. Porque, como seguramente com­prenderéis, vuestro partido no es el único interesado en estudiar de antemano las cuestiones importantes: las demás organizaciones también quieren hacerlo. Sin embargo, complicáis el problema aun más, dado que en vuestra última carta no dedicáis una sola palabra a lo que llamáis problemas organizativos.

No obstante –como ya he dicho- estaría de acuerdo en dedicar la mitad de la primera jornada a los problemas organizativos, por lo menos para iniciar la discusión y poner a los presentes al tanto de las propuestas concretas. En caso de no aprobarse resoluciones inmediatas podría crearse una comisión especial que las elabore y presente en la última sesión de la úl­tima jornada para su discusión y aprobación final. En todo caso, estas son sólo sugerencias, que no obli­gan a nada.

2. Sin embargo, el problema más importante, es el de la revolución francesa. Lamento comprobar, queridos camaradas, que vuestra carta no dice nada y vuestro periódico muy poco al respecto. El destino de Europa, incluida Holanda, y por lo tanto de vuestro partido, hoy se decide en Francia, no en Holanda.

Recuerdo que hace aproximadamente un año o año y medio, apareció en De Nieuwe Fakkel un comen­tario editorial sobre el artículo de un camarada bolchevique-leninista, cuyo contenido era más o menos el si­guiente (no tengo el periódico a mano): no aceptamos que "la situación francesa sea más importante que la alemana o inglesa". Este es un planteo abstracto, por consiguiente erróneo. No se trata de comparar las res­pectivas importancias históricas de distintos países, sino de apreciar correctamente la coyuntura revolucionaria mundial. El destino de la clase obrera europea para las décadas próximas se decide actualmente en Francia. A pesar de todas sus dificultades y debili­dades -las conozco muy bien- nuestra sección fran­cesa es hoy un factor histórico mucho más importante que todas las demás secciones. Para mí, el que se ne­garan a ver este fenómeno sería un síntoma de ceguera oportunista. Debemos apoyar a la sección francesa con todas nuestras fuerzas, más que a ninguna otra sección u organización nacional, porque si en el curso de los próximos meses realizamos un gran avance en Francia, eso tendrá una importancia enorme para los demás países -por ejemplo, para las elecciones que se aveci­nan en Holanda-. Si me permiten traducir mi pensamiento a términos comerciales, 100 gulden invertidos ahora en Francia redituarán un interés mayor para el próximo período que 1.000 gulden invertidos en Holanda, Rusia, o Inglaterra. Por eso me inquieta que pa­séis por alto esta cuestión y que inclusive condicionéis vuestra participación en la conferencia a problemas "organizativos" generales que solucionaremos y que deberemos seguir solucionando en años próximos. Considero a la conferencia principalmente como una reunión del estado mayor internacional, cuyo fin es internacionalizar la cuestión francesa desde todo punto de vista.

3. Consideráis que es superfluo que la conferencia apruebe una posición con respecto al Buró de Londres. No puedo estar de acuerdo bajo ninguna circunstancia. Nuestro peor obstáculo, nuestro enemigo más maligno, es el Buró de Londres con sus organizaciones. Hace poco, vuestro caricaturista, cuyo trabajo siempre admi­ro, representó a las Internacionales Segunda y Tercera como un par de perros que el imperialismo azuza con­tra la Cuarta Internacional. Desgraciadamente se olvidó de incluir al perrito sarnoso que se enreda en nuestras piernas, nos ladra, nos muerde los talones y nos quiere impedir que liquidemos a los perros grandes. No es un problema secundario. Si queremos saber qué harán el SAP y el ILP en una etapa revolucionaria, veamos a Marçeau Pivert y a Godefroid en Francia y Bélgica respectivamente. El ILP no tiene nada que envidiarle al SAP. Su evolución en los dos últimos años lo demues­tran ampliamente. A medida que la situación se vuelve más peligrosa y las responsabilidades mayores, más reaccionarios y -para nosotros- más incompatibles se vuelven estos oportunistas y pacifistas viejos, astu­tos e incorregibles. No se lucha por la Cuarta Interna­cional coqueteando con ellos en cuartos cerrados, ayu­dándolos y haciéndoles visitas sociales: esto sólo sirve para crearles una opinión exagerada sobre su propia importancia y para fomentar sus incursiones en nuestras filas; no, se lucha por la Cuarta Internacional desenmascarando a estos caballeritos despiadadamen­te y llamándolos por sus verdaderos nombres.

4. Tomemos el problema del ILP. Realmente no se me puede acusar de haber actuado con precipitación. Durante años estudié con calma y objetividad la evolu­ción de este partido. Después de la visita de Schmidt y de Paton, que me resultó muy instructiva,[2] escribí una serie de cartas y artículos muy fraternales a la gente del ILP, busqué establecer contacto personal con ellos y aconsejé a nuestros amigos ingleses que se afiliaran al ILP para realizar la experiencia desde aden­tro, sistemáticamente y hasta el fin. Desde la última visita de los camaradas R. y A.,[3] planteé que no ha­bía mucho que hacer dentro del ILP. Entre los tres elaboramos una propuesta concreta para los camaradas británicos (un manifiesto dirigido al partido, reunir firmas, etcétera). El camarada Schmidt fue a Inglate­rra y consideró que el plan era erróneo. Lógicamente, esto no dejó de afectar a ciertos camaradas, incluyéndo­me a mí. Inmediatamente pensé: Schmidt conoce la situación del ILP mejor que yo; quizás ve algunos as­pectos que escapan a mi visión; por lo tanto, conven­dría postergar la decisión hasta observar la repercusión de los grandes acontecimientos (la guerra de Etiopía, etcétera) en la conferencia nacional del ILP próxima a realizarse. En un período crítico, dos o tres meses es demasiado tiempo para perder. Pero me pareció que, dada la intervención del camarada Schmidt, convenía hacer la nueva experiencia.

Pues bien, eso quedó atrás. Proseguir con el inten­to de revivir una ilusión destruida sería prestarle un flaco servicio a la causa. En épocas de tranquilidad se puede vivir de ilusiones durante mucho tiempo. En épocas de crisis, el no tener en cuenta los duros hechos -la política real y, por consiguiente, el accionar del pacifismo y del centrismo- el remplazarlos por deseos y sentimientos, atrae el peligro de convertirse en la sombra de los centristas y pacifistas y de desprestigiar y destruir la organización. Por eso considero que es absolutamente necesario que nuestros camaradas se separen públicamente del ILP y se afilien al Partido Laborista donde, tal como lo demuestra la experiencia de la juventud, se puede hacer mucho más.

5. En vuestra carta os quejáis de que muchos par­tidos hayan efectuado virajes tácticos sin una discusión y resolución internacional previa. Esta queja me parece incorrecta, sobre todo en lo referente al partido nor­teamericano. Esa discusión se prolongó durante más de un año y, además, se basó en la discusión y expe­riencia francesa. La discusión fue internacional. Todas las secciones, sin excepción, participaron y tomaron posición. Los amigos norteamericanos conocían muy bien las posiciones de las distintas secciones. Naturalmente, no podían realizar un referéndum internacional. A último momento, la dirección, considerando que la si­tuación era sumamente propicia, tomó una decisión. Una dirección revolucionaria no merece ese nombre si no tiene la valentía de tomar decisiones independien­tes. Por otra parte, esta dirección está imbuida de un auténtico espíritu internacionalista, como lo demuestra el hecho de que dos de sus representantes [Muste y Shachtman] vinieron para rendir cuentas y asumir plena responsabilidad por su conducta, ante el foro in­ternacional. En mi opinión, esto es internacionalismo auténtico.

6. No podemos pretender dirigir nuestras secciones nacionales directamente desde un centro, aunque ese centro fuera mucho más homogéneo de lo que es. Cada sección debe reclamar, dentro de los marcos del pro­grama unificado y de la línea política común, un cierto margen para actuar. Me sorprende un poco que deba decirles esto a los amigos holandeses, quienes hasta el momento han realizado una política absolutamente in­dependiente, y en muchos casos directamente en con­tradicción con la firme opinión de la organización inter­nacional. En este sentido, siempre hemos empleado la mayor cautela y - si lo permitís - la mayor paciencia con el partido holandés. Y espero que así lo hagamos en el futuro. Pero nos reservamos el derecho de manifes­tar nuestra posición, si no en público (como hizo equi­vocadamente De Nieuwe Fakkel con respecto a Bélgi­ca), al menos dentro de los marcos de la organización.

 

Por desgracia -este reproche va dirigido principal­mente a mi querido amigo Sneevliet-, la dirección holandesa está imbuida de un espíritu de gran intole­rancia hacia cualquier crítica. La política de nuestros amigos norteamericanos o belgas, ni que hablar de los alemanes, puede ser objeto de fuertes críticas y con­denas. Pero quien intenta discutir la política sindical del partido fraternal holandés, aunque más no sea en los círculos íntimos, es fuertemente repudiado.

Este espíritu, que no tiene nada que ver con el de la reciprocidad, suscitó la insatisfacción de muchos y muy buenos camaradas de todas las secciones, y ¡esta insatisfacción se justifica! En bien de la causa en general y de la dirección holandesa en particular, corresponde presentar un informe objetivo y fraternal en la confe­rencia y dejar de convertir las cuestiones holandesas en un "tabú", para disipar este viejo cumulo de insa­tisfacciones. Se debe incluir este problema entre las cuestiones "organizativas" que vosotros queréis discu­tir en el primer punto del orden del día.

Desgraciadamente, debo interrumpir esta carta para alcanzar el correo aéreo. Mañana recibiréis la se­gunda parte. Sin embargo, me apresuro a agregar que no tengo el menor deseo de perder contacto con vosotros, dificultar aun más la ya difícil situación del partido holandés, ni -dicho sea de paso- perder mi amistad con Sneevliet. No es necesario que os lo recuerde. Desde que llegué a Noruega vengo insistiendo en que debemos reunirnos personalmente. Si no estuviera atado de pies y manos hubiera viajado a Holanda dos o tres veces en el curso del año, porque en estos tiempos críticos asigno inmenso valor a la discusión personal, sobre todo con camaradas veteranos y experimentados. Fue una gran alegría para nosotros recibir la carta donde se anunciaba que los camaradas Schmidt y Stien de Zeeuw deseaban viajar hasta aquí.[4] Inmediatamente envié una carta a Schmidt para expresar mi alborozo ante esa perspectiva. Desgraciadamente, esto no tuvo ulterioridades. También Sneevliet prometió visi­tarme, pero desgraciadamente no cumplió su promesa. No quiero hacer reproches, pero el camarada Schmidt visitó al ILP dos, si no tres, veces en este período. En la carta a Schachtman sólo quise subrayar que un encuentro personal posterior a la conferencia oficial no podría remplazar la participación en la misma, y que vuestra no participación en una época como ésta sería interpretada por el público como vuestra ruptura polí­tica con nuestras organizaciones. Afortunadamente, vuestra participación parece cosa segura y por ello podremos discutir las cuestiones "oficiales" y personales con calma.

Con saludos fraternales,

 

Crux [L. Trotsky]

 

 

 

16 de julio de 1936

 

 

 

7. Paso ahora a España. En una carta reciente, el camarada Sneevliet, en nombre del comité central del partido, asumió la defensa del partido de Maurín-Nin frente a mis ataques, a los que califica de exagerados o excesivamente duros.[5] Además de injustificado, esto me resulta incomprensible. La lucha con Maurín no empezó ayer. Toda su política durante la revolución fue nacionalista-provinciana, pequeño burguesa y esen­cialmente reaccionaria. Lo afirmé públicamente más de una vez desde el inicio de la revolución. El propio Nin, con las vacilaciones que le son características, lo reconoció. El programa de la revolución "socialista democrática" es hijo legítimo del espíritu maurinista; es esencialmente el programa de un Blum, no de un Lenin.

Por su parte, durante toda la revolución Nin se com­portó como un diletante pasivo que no tiene la menor intención de participar en las luchas de las masas, de ganar a las masas, de dirigirlas a la revolución, etcé­tera. Se limitó a publicar articulitos hipercríticos sobre los stalinistas, los socialistas, etcétera, y con eso se quedó contento. ¡Mercadería barata! Durante la oleada de huelgas generales en Barcelona me escribió cartas sobre todos los problemas bajo el sol, pero ni una sola mención sobre las huelgas generales y su papel en las mismas. En esos años nos escribimos centenares de cartas. Siempre le insistí en que no me escribiera apos­tillas literarias sobre todo y sobre nada, sino sugeren­cias prácticas para la lucha revolucionaria. Su respuesta constante a mis preguntas concretas era: "Sobre eso escribiré en mi próxima carta". Sin embargo, la "pró­xima carta" jamás llegó... durante años.

La gran desgracia de la sección española fue que a su cabeza estaba un hombre de renombre, con una tra­yectoria y una aureola de mártir del stalinismo, que la dirigió mal y la paralizó.

La magnífica Juventud Socialista abrazó la idea de la Cuarta Internacional espontáneamente. Cuando ins­tamos a que se le dedicara toda la atención, se nos res­pondió con evasivas huecas. Lo que le interesaba a Nin era la "independencia" de la sección española, es decir, su pasividad, su mezquina tranquilidad política; no quería que los grandes acontecimientos perturbaran su capcioso diletantismo. Posteriormente, la casi totali­dad de la Juventud Socialista entró al campo stalinista. Los muchachos que se autotitularon bolcheviques-leninistas y que lo permitieron, mejor dicho, que lo pro­vocaron, deben ser tachados eternamente de criminales contra la revolución.

Cuando los propios partidarios de Nin fueron cons­cientes de su bancarrota, se produjo la unificación con el filisteo nacionalista catalán Maurín, y la ruptura de relaciones con nosotros so pretexto de que "el SI no comprende en absoluto la situación de España". La realidad es que Nin no comprende en absoluto la polí­tica revolucionaria ni el marxismo.

El nuevo partido no tardó en quedar como furgón de cola de Azaña. Pero calificar a esto de "pequeño acuerdo técnico electoral temporario" me parece inad­misible. El partido suscribió el más miserable de los programas frentepopulistas de Azaña y, con ello, su sentencia de muerte para muchos años. Porque apenas traten de criticar al Frente Popular (y Maurín-Nin están tratando de hacerlo, desesperadamente), los radicales burgueses, los socialdemócratas y los comunistas siem­pre responderán con la misma frase estereotipada: ¿Acaso vosotros no participasteis en la creación del Frente Popular, ni firmasteis su programa? Y si estos caballeros recurren al subterfugio podrido de "fue sólo una maniobra técnica de nuestro partido", quedarán en ridículo.

Esta gente, aunque hiciera gala de una inesperada firmeza revolucionaria (y no es así), se ha autoparaliza­do por completo. Los pequeños crímenes y traiciones, que en épocas normales pasan casi desapercibidos, tienen una repercusión enorme en épocas de revolu­ción. Jamás debe olvidarse que la revolución crea con­diciones acústicas especiales. En todo caso, no com­prendo cómo De Nieuwe Fakkel busca circunstancias atenuantes para los traidores españoles, a la vez que desprecia públicamente a nuestros amigos belgas, que con toda valentía combaten a la enorme maquinaria del POB y a los stalinistas, y que pueden jactarse de haber obtenido éxitos bastante importantes.

8. En la última edición de La Batalla [periódico del POUM] el partido de Maurín-Nin dirige un llamado a nuestras secciones sudamericanas para tratar de agru­parlas en torno al llamado "Partido de Unificación Mar­xista" sobre bases puramente nacionales. Como todas las secciones del Buró de Londres, el partido de la con­fusión "marxista" de España trata de penetrar en las filas de la Cuarta Internacional, provocar escisiones, et­cétera. Ahí tenéis al perrito sarnoso que nos muerde los talones. ¿Acaso no debemos decirles a nuestras sec­ciones sudamericanas, en cuyas filas sigue habiendo parlamentarios del SAP, etcétera, cuál es la diferencia entre nosotros y el Buró de Londres y por qué Nin rompe con nosotros en Europa y trata de aparecer en Sudamérica como el campeón de la unificación de las fuerzas revolucionarias? Debemos desenmascarar des­piadadamente esta despreciable hipocresía, caracterís­tica permanente del centrismo. Este solo hecho basta para demostrar por qué es absolutamente necesario que elaboremos nuestras tesis sobre el Buró de Lon­dres.

9. En la actualidad, el problema de problemas es el Frente Popular. Los centristas de izquierda tratan de presentarlo como si se tratara de una maniobra tác­tica o inclusive técnica, para ofrendar su mercadería a la sombra del Frente Popular. En realidad el Frente Popular es el problema principal de la estrategia de clase proletaria en esta etapa. Es a la vez el mejor crite­rio para trazar la diferencia entre el bolchevismo y el menchevismo. Porque suele olvidarse que no existe ejemplo histórico de Frente Popular más grande que la revolución de febrero de 1917. Desde febrero hasta octubre, los mencheviques y los social-revolucionarios, que presentan un excelente paralelo con los "comunis­tas" y socialdemócratas, mantuvieron una alianza estrechísima y una coalición permanente con el partido burgués de los Cadetes, con quienes integraron una serie de gobiernos de coalición. Bajo el signo de este Frente Popular se agrupaba la masa popular en su conjunto, incluidos los soviets de obreros, campesinos y soldados. Es cierto que los bolcheviques participaron en los soviets. Pero no le hicieron la menor concesión al Frente Popular. Su consigna era romper el Frente Popular, destruir la alianza con los Cadetes e instaurar un auténtico gobierno obrero y campesino.

Los frentes populares de Europa son tan sólo una imitación débil, y frecuentemente una caricatura del Frente Popular ruso de 1917, el cual, después de todo, tenía razones mucho más válidas para justificar su exis­tencia, dado que seguía planteada la lucha contra el zarismo y los restos feudales. Si esos ultraizquierdistas "intransigentes" llamado Maslow y Dubois[6] coque­tean con el Frente Popular, demuestran con ello que todavía no han comprendido el verdadero antagonismo estratégico entre el bolchevismo y el menchevismo. Exigieron que levantemos la consigna "el Frente Po­pular al poder", es decir, la coalición de obreros y capitalistas al poder. Al mismo tiempo, ridiculizaron nues­tra consigna, "¡fuera la burguesía del Frente Popu­lar!" Con ciertas reservas, esta concepción aparece en un artículo de Maslow publicado por el órgano teórico del partido holandés. Lo lamento enormemente, porque esto nos produce a todos una impresión muy pe­nosa. ¿Existen diferencias entre nosotros, cuando se trata de optar entre el bolchevismo y el menchevismo? ¿Sí o no? ¡Espero que no! ¿Por qué, pues, se muestra esta inconcebible tolerancia con las concepciones opor­tunistas de Maslow?

La posición de nuestra sección francesa respecto de las cuestiones importantes es incomparablemente más correcta y marxista, aunque en nuestras filas no se escatiman las críticas a la sección francesa, como se ve en el trabajo de Nicolle Braun.[7] Debo comentar, empero, que el documento del Comité Central francés, "¿A dónde va el gobierno de Blum?" es un trabajo ex­celente, que vale la pena traducir a todos los idiomas de la Cuarta Internacional. A mí personalmente este trabajo me enseñó muchas cosas. Sin embargo, nuestros camaradas franceses son tan pobres (la culpa en gran medida es suya) que sólo pudieron publicarlo en un folleto mimeografiado, no impreso.

10. Permítaseme pasar ahora al partido holandés. No leo holandés. Con gran dificultad descifro los titulares y algunas oraciones; si el asunto me parece impor­tante, solicito ayuda a los camaradas. Por lo tanto no puedo considerarme un entendido en asuntos holande­ses. No obstante, en la medida de lo posible, me mantengo al tanto de la situación holandesa por medio de la prensa europea, sostengo correspondencia con mi amigo Sneevliet (en la medida que contesta a mis car­tas, lo cual, desgraciadamente, no es lo habitual), et­cétera. Por lo tanto, lo que pueda decir del partido holandés es parcial y fragmentario:

a) Considero que la gran debilidad del partido holandés radica en su falta de programa para la acción. Hace más de un año que venimos cambiando opiniones con Sneevliet. Por lo que puedo juzgar, la agitación del partido se basa excesivamente en improvisaciones personales, impresiones del día o de la semana y, por lo tanto, es dispersa, diluida, no concentrada. Un partido reformista puede aceptar fácilmente esa situa­ción, no así un partido revolucionario como el RSAP, que sólo puede combatir con éxito y vencer a los gran­des partidos mediante consignas claras y concentradas para toda la etapa.

Hace algunos meses el partido holandés nombró una comisión para elaborar un programa de acción. La comisión elaboró, al menos en mi opinión, un programa demasiado extenso y exhaustivo. Por mi lado propuse dividirlo en dos partes: primero un progra­ma de acción breve pero concreto para Holanda, y luego, con las demás secciones, elaborar un programa más amplio para la Cuarta Internacional. Si mal no recuerdo, el camarada Sneevliet coincidió con mi posición. Desgraciadamente, creo que la comisión no elaboró un solo proyecto hasta ahora. Por lo menos, no cumplió con su promesa de enviarme una copia. Es sumamente lamentable que, entre otras cosas, para las elecciones que se avecinan, no nos hayamos armado oportunamente con un programa contundente para la acción.

b) Respecto del problema sindical no puedo coinci­dir con la política del partido fraternal holandés. Con frecuencia he expresado las razones por escrito y sobre todo oralmente. Para el NAS, la política se basa en la ley de la inercia. No obedece a motivaciones estratégi­cas más profundas. En Holanda, como en Francia, los acontecimientos se desarrollarán por la senda de la re­volución o del fascismo. En ninguno de los dos casos tiene cabida el NAS. Cuando en Holanda se inicie la gran oleada de huelgas, cosa que debe conside­rarse muy probable, sino segura, los sindicatos refor­mistas crecerán enormemente y absorberán gran can­tidad de elementos nuevos, y en ese período las masas considerarán al NAS como una organización divisionis­ta incomprensible. Por consiguiente, las masas no serán receptivas a las consignas justas del RSAP y a la dirección del NAS. Pero si todos los militantes del RSAP y los mejores del NAS militaran en los sindi­catos reformistas, durante el alza que se avecina podrían convertirse en el eje de cristalización del ala izquierda y posteriormente en la fuerza decisiva en el movimiento obrero. Debo decir con toda franqueza: considero que el RSAP debe desarrollar una agitación sistemática, cuidadosamente planificada, en los sindicatos reformistas, único método que le permitirá no sólo conservar su independencia (que por sí sola carece de valor histórico), sino también lograr la victoria, es decir, llegar al poder.

Si tomamos la alternativa menos probable -que el proceso holandés, sin pasar por un ascenso revolucio­nario, entre directamente en la fase reaccionaria buro­crático-militar y luego en la fascista- llegamos, de todas maneras, a la misma conclusión: el partido debe considerar que la política del NAS se convertirá en un obstáculo. Ya el primer asalto de la reacción le costó al NAS la mitad de su militancia. El segundo asalto le costará la vida. Los estupendos obreros agrupados en él deberán buscar la forma de ingresar en los sindi­catos reformistas en forma dispersa, cada uno para sí, o bien caer en la pasividad y la indiferencia. A dife­rencia del partido, los sindicatos no pueden existir en la clandestinidad. Pero este golpe le provocará una conmoción horrible al partido, porque un partido revo­lucionario clandestino necesita un escudo de masas legal o semilegal. Si el grueso de la militancia del RSAP trabaja en los sindicatos reformistas, estas organiza­ciones de masas serán para el partido un refugio, un escudo y, al mismo tiempo, una tribuna. Así se manten­drá la unidad de los obreros del NAS. Todo lo demás será condicionado por el curso de los acontecimientos y por la política del partido.

c) La política del partido con respecto a la juventud no me resulta clara. Sé que la juventud holandesa es encabezada por elementos muy buenos y prometedo­res. Sin embargo, deben encontrar un campo de acti­vidad, para no permanecer y extinguirse en la existen­cia abstracta y sectaria del "aspirante a sabelotodo". Ese campo sólo puede ser el de los sindicatos y la ju­ventud reformista. Si seguimos perdiendo el tiempo, la juventud holandesa será víctima del stalinismo, como ocurrió en España y, en buena medida, también en Inglaterra. En Bélgica, a pesar de la lentitud y de la po­lítica indecisa y vacilante, en la juventud se lograron ciertos éxitos contra Godefroid. En Estados Unidos, gracias a la política correcta de nuestros correligiona­rios norteamericanos, la juventud socialista, que no es, por cierto, una organización poderosa, recibió una bue­na dosis de vacuna antistalinista y ha tomado la buena senda. ¡Sería desastroso que nuestra juventud holan­desa no comprendiera que debe empeñar todas sus fuerzas en la juventud reformista inmediatamente!

Sé, queridos camaradas, que muchas de estas ob­servaciones chocan fuertemente con las posiciones de ciertos círculos dirigentes del RSAP. De ninguna ma­nera me arrogo el derecho (lo que sería inconcebible), ni tampoco se lo concedo a la conferencia internacional próxima a celebrarse, de alterar súbitamente la posi­ción del RSAP respecto de estos problemas fundamentales. Como en todas las secciones, el cambio ne­cesario sólo puede madurar desde adentro. Las Otras secciones sólo pueden ayudar mediante la crítica seria. No es otro el objetivo de esta carta. Lo que se necesita ahora es una discusión franca con los amigos holande­ses para fomentar la comprensión recíproca. Por ejemplo, no planteo propuestas ante la conferencia concre­tas sobre la cuestión sindical holandesa y no aconse­jaría que se adopten resoluciones obligatorias. Es in­dispensable que fijemos nuestra línea general sindical con claridad. Traté de hacerlo en un par de líneas en el proyecto sobre la situación franco-belga. Quizás se presenten tesis sindicales por separado. Sea como fuere, sería un error plantearle un ultimátum organiza­tivo al partido holandés en este terreno. Fijamos nues­tra posición general sindical de la manera más unánime e inequívoca posible y la sometemos por escrito. Discutimos las perspectivas francamente con los camaradas holandeses. Pero respetamos la situación particular de Holanda y dejamos a los camaradas holandeses la tarea de elaborar los métodos necesarios para la cuestión sin­dical. Esta es mi propuesta formal a la conferencia.

11. Para terminar, quiero responder a la cuestión de mi carta a Schachtman: ¿cómo y por qué la escribí? La iniciativa para celebrar una conferencia llegó de Berna el 11 de abril. La correspondencia se desarrolló a lo largo del mes de abril y se fijó la convocatoria para junio. Por lo tanto, nadie puede decir que actuamos "precipitadamente". Creo que la huelga de pescadores no empezó en abril, ni siquiera en mayo. En todo caso, hay huelgas y movilizaciones de masas en todos los países y si esperáramos a que se restableciera la calma en todas partes jamás podríamos realizar la conferen­cia. En todas partes existen dificultades económicas y personales. Las grandes secciones coincidieron en que era necesario convocarla. Sólo la sección holandesa respondió con evasivas. En ese sentido, no se refirió tanto a la huelga de pescadores como a la política -para ella- errónea de la sección norteamericana, las deficiencias del SI, las debilidades de la sección fran­cesa, etcétera, etcétera. En el preciso instante en que trabajábamos con mayor entusiasmo para preparar la conferencia, elaborar las tesis, etcétera, De Nieuwe Fakkel publicó un artículo deplorable sobre la sección belga; asimismo, el informe sobre la persecución a la sección francesa estaba escrito de manera tal que pa­recía querer denigrar la importancia de esa sección. Recibí una carta donde el camarada Sneevliet, en nom­bre del Comité Central holandés, me censuraba por mi artículo contra Maurín-Nin.

El Comité Central holandés no nos dio una respues­ta concreta sobre la cuestión de su participación en la conferencia, sino que nos propuso participar "dentro de un par de meses" en una conferencia del Buró de Londres. Cualquiera que piense en términos políti­cos reconocerá que estos hechos son motivo suficiente de preocupación. El asunto permaneció en el aire du­rante varias semanas y no pudimos enviar a los amigos norteamericanos el telegrama prometido, anunciando la fecha. Por último, no esperaron el telegrama y vinie­ron a Europa por propia iniciativa. Esto les creó, por así decirlo, una fuerza mayor a los organizadores de la conferencia. Después de todo, no podíamos permitir que los camaradas norteamericanos volvieran a su casa con las manos vacías. Apenas llegó el camarada Erik [Muste], le envié un telegrama a Sneevliet. Pa­saron cuarenta y ocho horas sin respuesta. Entonces le envié un telegrama todavía más apremiante. Recibí la promesa de que me respondería por carta. Comuni­qué mi inquietud y aprensión al camarada Erik en tono sumamente moderado y reservado, y le pedí que les solicitara encarecidamente a los camaradas holande­ses que participaran en la conferencia.

El camarada Erik debió abandonarnos antes de que pudiera celebrarse la preconferencia. Después de su partida, el camarada Shachtman me envió una carta desde Amsterdam diciendo, en síntesis, que después de la llegada de los norteamericanos, los camaradas holandeses todavía no estaban en condiciones de resolver si participaban en la conferencia, que proponían realizar una reunión personal conmigo en la segunda quincena de agosto y que su participación en una even­tual conferencia a reunirse en el otoño dependería más o menos de los resultados de la conversación. Na­turalmente, hubiera sido mejor esperar el informe de las conversaciones con el camarada Erik. Es lo primero que pensé. Pero luego me dije: si el camarada Erik recibe la misma respuesta que Shachtman, después de recibir el informe no habrá forma de salvar la causa de la conferencia. Tuve que pensarlo.

Considerando la situación actual, sobre todo la de Francia, y la llegada de los norteamericanos, opino que la actitud de los camaradas holandeses no respon­de a la huelga de pescadores, ni a la falta de fondos, sino a razones políticas mucho más profundas: muchos camaradas holandeses de dirección creen que pueden servir a la Cuarta Internacional manteniendo el contac­to con el Buró de Londres, es decir colaborando con él, no combatiéndolo despiadadamente. En cambio, para muchos camaradas, mantener el contacto con el Buró de Londres significa nada menos que romper con la Cuarta Internacional. Me parecía necesario que los camaradas holandeses conocieran esta diferencia profun­da antes de tomar su decisión definitiva.

El sentido de mi carta era: si a pesar de las expe­riencias adquiridas consideráis importante sentaros a la mesa con el SAP, el ILP, etcétera, al menos deberías sentaros a conferenciar con nosotros antes de tomar una decisión que -para nosotros- es tan importante y decisiva. Esperemos que, después de todo, podamos llegar a una decisión unánime. Pero si no concurrís a la preconferencia, ni a la propia conferencia, y seguís desarrollando vuestros vínculos con el Buró de Londres, para nosotros las consecuencias de ese proceder no pueden ser otras que vuestra separación inexorable­mente de nosotros.

Consideré que en estos momentos críticos corres­pondía expresar franca y descarnadamente mi opinión acerca de las posibles consecuencias de la no partici­pación de los amigos holandeses en la conferencia. Así lo hice en la carta a Shachtman y le envié una copia a Sneevliet. Y me dije: si los camaradas holandeses han resuelto buscar un camino hacia la nueva interna­cional distinto del nuestro, mi carta no ofenderá a na­die. Pero si su forma de actuar se debe a que no le con­ceden suficiente importancia a la cuestión (lo que para mí es un síntoma peligroso) mi carta les hará compren­der que, para nosotros, la cuestión tiene una importancia fundamental. Los camaradas holandeses se referi­rán a la carta con expresiones fuertes; pero no determi­narán sus posiciones con base en razones de formalis­mo, sino sobre la base de la esencia profunda de la si­tuación. Además me dije: afortunadamente Erik sigue en Amsterdam. Con seguridad hará todo lo posible por neutralizar los efectos psicológicos negativos de mi carta. Pero su intervención resultará tanto más positi­va, cuanto mayor sea la claridad, franqueza y brutali­dad con que se plantee la cuestión.

Por lo tanto, yo, solamente yo, soy el único respon­sable de la carta. Estoy dispuesto a que se me censure por ella, quienquiera que lo haga, y a asumir las cul­pas. Evidentemente, no fue mi intención "insultar" a nadie. No se trata de acusaciones morales, sino de una inquietud provocada por el choque de líneas contrarias. Si alguien encuentra un "insulto" en mi carta, estoy dispuesto a eliminar la expresión que suscitó esa idea y a pedir disculpas, porque en verdad no se trata de problemas de cortesía, sino de la revolución francesa y de la Cuarta Internacional.

Estas son, queridos camaradas, mis explicaciones. Lamento mucho no poder concurrir a Ginebra, porque estoy seguro de que la discusión personal permitiría eliminar todo elemento de discordia entre nosotros. Pero aunque yo no esté presente, la conferencia segu­ramente aventará todos los malentendidos acumulados y creará mejores condiciones para nuestra colaboración en el futuro.

En este espíritu les tiendo mi mano fraternalmente deseándoles el mejor de los éxitos.

 

Vuestro,

 

Crux [León Trotsky]



[1] La sección holandesa y la Internacional. Internal Bulletin, SWP, Nº 5 agosto de 1938. Firmado "Crux". Trotsky escribió esta carta al Comité Central del RSAP dos semanas antes del congreso de la LCI, cuando los dirigentes del RSAP todavía no sabían si asistirían a la misma.

[2]  John Paton: secretario del ILP en 1927-33 y funcionario del Buró de Londres. visitó a Trotsky en Francia a fines de agosto de 1933 junto con P.J Schmidt para discutir la construcción de una nueva interna­cional.

[3]  A es Ken Johnson, joven periodista canadiense que escribía bajo el seudónimo político de Ken Alexander. viajó a Noruega en noviembre de 1935 junto con Robertson y luego fue colaborador del Youth Militant,  periódico de los bolcheviques-leninistas de la juventud laborista y secretario del Militant Group.

[4] Stien de Zeeuw: seudónimo de Christina de Ruyter-de Zeeuw, jo­ven abogada y fundadora del grupo juvenil del OSP. Fue militante des­tacada del OSP y del RSAP hasta que renunció en agosto de 1936, después del juicio de Moscú.

[5] POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista): se formó en se­tiembre de 1935 por la fusión del Bloque Obrero y Campesino de Joaquín Maurín Julia (1897-1973) con los ex militantes de la Oposición de Iz­quierda dirigidos por Andrés Nin (1892-1937), dirigente de la sección española de la OII y la LCI hasta 1935. Nin fue ministro de justicia del gobierno catalán durante un breve período, hasta que los stalinistas lo arrestaron y asesinaron. Maurín fue elegido al parlamento en febrero de 1936. Al estallar la guerra civil fue arrestado por las tropas de Franco, pero no lo ejecutaron por no poder identificarlo. Puesto en libertad en 1947, salió al exilio.

[6] Para Arkady Maslow (Parabellum) y Dubois (Ruth Fischer ), véanse las notas pp. 56 y 36-37, respectivamente.

[7] El trabajo de Nicolle Braun (Erwin Wolf) llevaba por título L´organe de masse (El periódico de masas) y un prólogo de Trotsky. Braun utilizó los archivos y la colaboración de Trotsky, de quien era secretario, para describir y analizar la crisis que desgarró a la organización trotskista francesa a mediados de 1935. Véase el trabajo en inglés en The crisis of the French Section (1935-36), (Pathfinder Press,1977).



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