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Tras los Juicios de Moscú[1]

 

 

3 de marzo de 1938

 

 

 

Tres hombres, Bujarin, Rikov y Rakovski, son las figuras principales del actual juicio por traición de Moscú. A través de su actitud uno puede medir por primera vez la profundidad de la reacción en la Unión Soviética.

En 1910, en París, Dubrovinski, un bolchevique muerto hace ya mucho tiempo, me dijo al oído señalando a Rikov, “Alexei habría sido ministro en cualquier otro país”. Catorce años más tarde por recomendación mía, Rikov fue elegido para el puesto que estaba vacante por la muerte de Lenin, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo.

Desprovisto de intereses puramente teóricos, Rikov posee una mente política clara y una excepcional habilidad administrativa. A pesar del hecho de que tartamudea, es un orador de gran fuerza. Rikov ha dedicado su íntegra vida consiente a un ideal.

Bujarin, en contraste con Rikov, es un teórico puro, conferencista y escritor. Nuevo bolchevique, desprovisto de capacidad organizadora, es precisamente por esto que nunca llegó a ser parte del gobierno, pero fue director del órgano central, Pravda, cargo de extraordinaria importancia. Después de la caída en desgracia de Zinoviev, fue el máximo dirigente de la Internacional Comunista (1926-1927). Bujarin siempre tuvo una cualidad atrayente e infantil en su carácter, que, como dijera Lenin, lo convirtió en “el favorito del partido”.

El pensamiento teórico de Bujarin se distingue por su carácter caprichoso y una tendencia a plantear paradojas. A menudo discutía acaloradamente con Lenin, quien le respondía en tono de maestro. Sin embargo, estos roces polémicas nunca dañaron sus relaciones amistosas. Bujarin quería a Lenin; estaba tan encariñado con él como un niño con su madre. Si en esos años alguien hubiese dicho que Bujarin sería acusado de intentar asesinar a Lenin, cada uno de nosotros se habría ofrecido para internar al profeta en un manicomio.

Conozco a Rakovski desde 1903. Nuestra íntima amistad duró hasta 1934, cuando se arrepintió de sus pecados “opositores” y regresó al campo del gobierno. Un revolucionario internacional en el absoluto sentido de la palabra, Rakovski habla perfectamente, además del húngaro su lengua nativa, francés, ruso, rumano, inglés y alemán. Lee el italiano y otras lenguas. Deportado de nueve países europeos, Rakovski unió su destino a la Revolución de Octubre, a la cual sirvió en los puestos de mayor responsabilidad. Médico de profesión, brillante escritor y orador, se ganó el corazón de todos con sus cualidades de franqueza y bondad humana y la riqueza de su pensamiento.

Bujarin tiene treinta años de trabajo revolucionario, Rikov casi cuarenta y Rakovski casi cincuenta. Estos tres hombres son ahora acusados de haberse vuelto repentinamente “espías” y “agentes” de potencias extranjeras, con el fin de desmembrar y destruir la URSS y restablecer el capitalismo. Los tres, después de largos períodos de trato inquisitorial en una cárcel de la GPU, han confesado su culpabilidad.

Krestinski, abogado de profesión y viejo bolchevique, les sigue en importancia. Fue el predecesor de Stalin como secretario general del partido, antes de ser comisario de finanzas y después embajador en Berlín.

Iagoda, primero como principal poder dentro de la GPU y luego como su jefe oficial, ocupa un lugar especial en el banquillo. Durante diez años fue el más íntimo confidente de Stalin en la lucha contra la Oposición. Persona esencialmente insignificante, sin ninguna característica distintiva especial, personifica el espíritu de la policía secreta.

Después de preparar el juicio de Zinoviev y Kamenev, en agosto de 1936, Iagoda se asusto ante la perspectiva del creciente exterminio de los viejos bolcheviques, en cuyas filas había no pocos de sus amigos personales. Esto selló su destino. Exaltado hasta ayer al título de “jefe” de la policía, ha sido destronado, detenido y declarado traidor y enemigo del pueblo. Iezov, el nuevo jefe de la GPU, aplicó a Iagoda los mismos métodos de investigación inventados por éste y, por lo tanto, obtuvo los mismos resultados.

Entre los otros acusados, Rosengoltz y Zelenski[2] presentan un indudable interés político porque ambos son viejos bolcheviques y ex miembros del Comité Central. Rosengoltz es sobre todo un organizador. Jugó un papel importante en la Guerra Civil, en gran parte bajo mi supervisión.

Zelenski fue por muchos años la cabeza de la sección más importante del partido, la de Moscú.

Ivanov, Grinko y Chernov son simples figuras administrativas, que han llegado a ser prominentes sólo en los últimos años.[3]

Reconozco tres de los nombres que quedan, Ikramov, Jodshaev y Sharangovich, como personas que desempeñaron un papel progresivo en la actividad del partido en las provincias.[4]

A otros cinco nombres, Kriuchkov, Bessonov, Zubarev, Maximov-Dikovski y Bulanov, no los asocio en particular.[5] En todo caso, son estrellas de tercera o cuarta magnitud.

Los cuatro médicos del hospital del Kremlin merecen especial atención. En más de una ocasión utilicé los servicios profesionales de dos de ellos, Levin y Pletnev.[6] A los otros dos, Kazakov y Vinogradov, solamente los recuerdo de nombre.[7]

Los médicos son acusados de haber envenenado al comisario del pueblo de industria pesada, Kuibishev, al jefe de la GPU, Menshinski y al escritor Máximo Gorki.[8] Sólo faltaba esta increíble acusación para que los otros se destacaran claramente.

Recapitulemos ahora brevemente la actual situación del Partido Bolchevique y del poder soviético, tal como resulta caracterizada por la serie de fraudes judiciales de Stalin montados contra personas que, en vida de Lenin, eran miembros del Politburó; es decir, de la más alta institución del partido y del gobierno. Todos, con la única excepción de Lenin (quien murió oportunamente) y Stalin, han resultado ser “agentes de potencias extranjeras”.

Además, todos y cada uno de los jefes de la Armada y el Ejército Rojo eran traidores: ’I’rotsky, Tujachevski, Iakir, Uborevich y otros; todos los embajadores soviéticos, Sokolnikov, Rakovski, Krestinski, Karajan, Iurenev y otros,[9] resultaron ser “enemigos del pueblo”. Todos los directores de la industria y los ferrocarriles parecen ser ahora “organizadores del sabotaje”.

Piatakov, Serebriakov, Smirnov y otros directivos de la Internacional Comunista eran “agentes del fascismo”. El jefe de la prensa soviética y los dirigentes de treinta repúblicas nacionales soviéticas resultaron ser “agentes del imperialismo”. Finalmente, las vidas y la salud de los dirigentes del gobierno y el partido le fueron confiadas a envenenadores.

Para completar el cuadro, solamente necesitamos colocar en él la firma de su pintor: José Stalin.

Los acusados en el presente juicio, tanto como en los anteriores, pertenecen políticamente a grupos diversos y, lo que es más, hostiles. Bujarin y Rikov fueron dirigentes del ala derecha del partido, junto con el presidente de los sindicatos, Tomski, quien fue llevado al suicidio. Sus luchas contra el trotskismo fueron implacables y completamente sinceras. Trabajando estrechamente con ellos, Stalin, quien desempeñaba un papel centrista, preparó la destrucción de la Oposición de Izquierda en 1928. Me enteré por primera vez de la existencia de un “grupo político” trotskista-derechista por los comunicados de Moscú. El verdadero grupo político en el cual participó el ala derecha del partido por muchos años lo formó con Stalin contra mí.

Mis amigos Rakovski, Krestinski y Rosengoltz fueron por un tiempo sinceros adherentes de mi línea. Pero Rakovski fue el único que jugó un papel activo en la Oposición de Izquierda. De su pluma salieron los análisis más precisos del proceso de degeneración política y moral de la burocracia soviética. Rosengoltz y Krestinski pueden caracterizarse más como simpatizantes de la Oposición que como miembros activos. En 1927 ambos se pasaron al campo de Stalin y fueron fieles funcionarios de éste. Rakovski resistió más que los otros. Recibí una información, desgraciadamente no confirmada, de que trató de huir al extranjero vía Barnaul (en Altai) en 1934, que fue herido en su intento de escape y llevado al hospital del Kremlin. Fue solamente después de esta amarga experiencia que capituló a la camarilla dirigente, enfermo y torturado como estaba.

Antiguos derechistas, izquierdistas, burócratas de la escuela de Stalin y médicos apolíticos no pudieron haber participado en una conspiración política común. Se los ha juntado sólo para servir los fines maliciosos del acusador.

El actual y complicado juicio, así como los dos primeros, gira sobre un eje invisible: el autor de estas líneas. Invariablemente, todos los crímenes fueron cometidos a instancia mía. Personas que han sido mis adversarios irreconciliables y que diariamente dirigieron campañas contra mí en la prensa y en reuniones masivas, como Bujarin y Rikov, de repente están dispuestos, nadie sabe por que, a cometer cualquier tipo de crimen a una señal mía desde el extranjero. Jefes del gobierno soviético, a mis órdenes, se volvieron agentes de poderes extranjeros, “provocaron” guerras, prepararon la destrucción de la URSS, arruinaron la industria y los trenes y envenenaron obreros con gases letales. Mi hijo más joven, Serguei Sedov, profesor de la escuela de ingeniería, fue acusado de este crimen.

¡Y para rematar, médicos del Kremlin envenenaron un gran porcentaje de sus pacientes simplemente por su devoción a mí!

Conozco íntimamente las personas y las circunstancias, incluyendo al organizador de los juicios, Stalin. He seguido con todo cuidado la evolución interna del sistema soviético. He hecho un estudio cuidadoso de las revoluciones y las contrarrevoluciones en otros países, donde, igualmente, ellas no ocurrieron sin “fraudes” y amalgamas.

Durante el último año y medio he vivido casi incesantemente en el ambiente de los Juicios de Moscú. Pero cuando uno lee comunicado tras comunicado de cómo Bujarin quería asesinar a Lenin, sobre las relaciones de Rakovski con el estado mayor japonés y de cómo los médicos del Kremlin asesinaron al anciano Gorki, todo parece un sueño delirante.

Es casi mediante un esfuerzo físico que separo mis propios pensamientos de las combinaciones de pesadilla de la GPU y los dirijo sobre el problema, “¿Cómo y por qué pudo ser posible todo esto?”

Quien intente juzgar los sucesos que se desarrollan en Rusia, se encuentra con las siguientes alternativas: 1) todos los antiguos revolucionarios, los que dirigieron la lucha contra el zarismo, construyeron el Partido Bolchevique, lograron la Revolución de Octubre, guiaron la Guerra Civil, establecieron el estado soviético y crearon la Internacional Comunista, todas estas figuras, casi un solo hombre, fueron en el momento mismo de estos logros, o en años inmediatamente posteriores, agentes de los estados capitalistas, o 2) el actual gobierno soviético, encabezado por Stalin, ha perpetrado los crímenes más atroces de la historia del mundo.

Muchos tratan de llegar a una solución del problema mediante un método puramente psicológico. “¿Quién ganó mayor confianza?, se preguntan, “¿Stalin o Trotsky?” En la mayoría de los casos, tal nivel de especulación es estéril. Usando la “regla de oro”, algunas personas se inclinan a un arreglo. Probablemente, dicen Trotsky se ocupó en cierto tiempo de conspiración, pero Stalin la ha exagerado de una manera colosal.

Propongo al lector tratar este problema por sí mismo, no mediante el método subjetivo o psicológico, o de la especulación moral, sino en el plano del análisis objetivo de los factores históricos. Este es un método más digno de confianza. El aspecto de la psicología personal todavía conserva su importancia, pero mediante el método objetivo, el individuo deja de ser o de parecer ser el amo del destino de la nación. Se convierte en el producto de ciertas condiciones históricas, el agente de ciertas fuerzas sociales.

Es necesario examinar el programa de la personalidad más fuerte, incluyendo aquél que llevó a sus “fraudes”, a la luz de esas fuerzas históricas que esta personalidad presenta.

Indudablemente Stalin pertenece a la categoría de los antiguos revolucionarios. Ha sido miembro del Partido Bolchevique desde la Revolución de 1905. Pero no se puede pintar a todos los bolcheviques bajo la misma luz. Stalin representa al tipo directamente opuesto a Lenin o, para medir la grandeza con algo más conmensurable, Zinoviev y Kamenev, quienes trabajaron por mucho tiempo en el exilio bajo la dirección directa de Lenin. Stalin fue al extranjero para atender asuntos del partido sólo por casualidad. No habla un solo idioma extranjero. En el plano teórico tiene todos los rasgos de un autodidacta. A cada paso uno se encuentra con grandes vacíos en sus conocimientos. Su mente es exageradamente práctica, cuidadosa y desconfiada al mismo tiempo.

Sin duda alguna su carácter es superior a su mente. Es un hombre de una valentía personal indiscutible, sin poseer en absoluto ningún tipo de talentos distintivos, su pensamiento es árido, carece de imaginación creativa o habilidad oratoria y literaria. Su ambición ha estado siempre coloreada por la desconfianza y la venganza. Sin embargo, estas cualidades, tanto positivas como negativas, permanecieron encerradas por muchos años y al no poder expresarse se arraigaron aun más en él.

Stalin crea la impresión de ser una notable mediocridad, pero no más. Sólo bajo circunstancias históricas peculiares sus rasgos de carácter ocultos tuvieron la oportunidad de florecer extraordinariamente. El año de 1917 encontró a Stalin “un completo provinciano” en el sentido político. Ni siquiera se atrevía a pensar en la dictadura del proletariado y en la reorganización socialista de la sociedad. Su programa era, de principio a fin, el de la organización de una república burguesa.

Después de la Revolución de Febrero estuvo a favor de la unidad con los mencheviques y apoyó el primer Gobierno Provisional, cuyo presidente fue el príncipe Lvov.[10] El programa socialista de Lenin cogió a Stalin desprevenido. No jugó papel alguno en los grandes movimientos de masas de los primeros años, pero, inclinándose ante Lenin, se retiró a la sombra, a las oficinas editoriales de Pravda y escribió artículos.

Lenin valoraba a Stalin por su tenacidad, su firmeza de carácter y su prudencia. En cuanto a la preparación teórica y los límites del horizonte político de Stalin, Lenin no abrigaba ilusión alguna. Al mismo tiempo él, de una manera más apta que ninguna otra persona, en- tendió y resumió el carácter moral de este “notable georgiano” como lo llamó en una carta escrita en 1913.

Lenin no confié en Stalin en 1921, cuando Zinoviev lo recomendó para el cargo de secretario general. Lenin advirtió: “No aconsejo esto. Este cocinero preparará solamente platos picantes.”

En su testamento de enero de 1923, Lenin llanamente urgió al partido para que retirara a Stalin del cargo de secretario general, refiriéndose a su tosquedad, su deslealtad y su tendencia a abusar del poder.[11] Mantengamos en mente estos rasgos en el curso de las discusiones sobre los problemas de la Internacional Comunista.

Nunca en vida de Lenin se oyó hablar a Stalin. Sobre el problema de la revolución socialista en Rusia fue siempre escéptico e incrédulo, de la misma manera en que, más tarde, lo sería sobre el de la revolución internacional.

Las restricciones en su perspectiva histórica y sus instintos sociales conservadores provenientes de su círculo pequeñoburgués georgiano, le inspiraron una extrema desconfianza en las masas. Por otro lado, tenía en alta estima las operaciones de los “cuadros” del comité. Esta esfera de la actividad estaba en completa armonía con su calidad de conspirador subrepticio.

En el primer período de la revolución, es decir, hasta 1923, cuando la participación y la iniciativa de las masas todavía jugaban un papel decisivo, Stalin permaneció en la oscuridad como una figura secundaria.

Su nombre no significaba nada para nadie. Las masas no lo conocían en absoluto. Era una semi-autoridad solamente para aquellos burócratas que llegaron a depender de él. Pero mientras más cayeron las bajo el látigo de necesidades históricas, menos confiadas se volvieron; mientras más se cansaron más pudo elevarse el aparato burocrático sobre sus cervices.

Mientras tanto la burocracia había cambiado completamente su carácter internacional. La revolución en la esencia misma del término, implica el uso de la violencia de las masas. Pero la burocracia, la cual, gracias a la revolución, había llegado al poder, decidió que la violencia era el principal factor de la historia. Desde 1923-1924 me lancé contra este aforismo común en el Kremlin, que decía: “Si los regímenes políticos del pasado cayeron, fue solamente porque sus dirigentes no se resolvieron a emplear la violencia necesaria que los hubiera mantenido.” Al mismo tiempo la burocracia llegaba más y más al convencimiento de que habiéndole llevado al poder, las masas habían alcanzado su misión. La filosofía marxista de la historia fue transformada en una especie de filosofía policíaca.

La expresión más consistente y completa de las nuevas tendencias de la burocracia la dio un hombre, Stalin. Sus impulsos secretos, su carácter obstinado, habían encontrado finalmente una aplicación conveniente. En el curso de unos pocos años, Stalin llegó a ser, en el sentido absoluto y completo de la palabra, “zar” de la nueva burocracia, la casta de advenedizos rapaces.

Mussolini, Pilsudski,[12] Hitler, cada uno a su manera, fueron los iniciadores de movimientos de masas, si bien se trataba de movimientos reaccionarios. Todos y cada uno de ellos subieron al poder con este movimiento; pero, en este sentido, Stalin nunca fue el iniciador y de acuerdo a los rasgos de su carácter nunca pudo haberlo sido. Era el conspirador acechante, el hombre que trabaja siempre en la sombra.

Cuando la burocracia se colocó a la cabeza de la revolución en un país aislado y atrasado, casi automáticamente colocó a Stalin sobre sus hombros (a Stalin quien estaba en completo acuerdo con la brutal filosofía policíaca y estaba mejor equipado - es decir, era más despiadado - para defender el poder y los privilegios de la burocracia).

“Socialismo”, “proletariado”, “pueblo”, “revolución internacional” no son hoy más que seudónimos de la casta burocrática. Mientras más agudas son sus dificultades internas, más a menudo hace uso de ellos. Su conformación en la sociedad posrevolucionaria, se basa toda en engaños, falsificaciones y mentiras. No puede permitir la más ligera oposición porque no es capaz de defender su política sórdida con un solo argumento convincente. Está obligada a estrangular desde su nacimiento cualquier crítica dirigida contra su despotismo y sus privilegios, a proclamar que cualquier desacuerdo es traición y perfidia. Al principio los ataques a los oposicionistas consistían en calumnias periodísticas, en falsificaciones de citas y estadísticas. En esta forma, la burocracia ocultaba sus ingresos. Pero a medida que la nueva casta cabalgaba sobre la sociedad soviética se hacia necesario utilizar medios más poderosos para aplastar al adversario e intimidar a las masas.

Fue precisamente en este momento cuando Stalin sacó a relucir las peligrosas cualidades contra las cuales Lenin había advertido, tosquedad, deslealtad, propensión al abuso del poder. El “cocinero del Kremlin” había en efecto preparado los platos más picantes.

Las tradiciones vivientes de la revolución chocaron con la conciencia de Stalin para demostrarle que su poder era el de un usurpador. La generación de la revolución aunque degradada y aplastada, seguía siendo ante sus ojos, una amenaza. Su temor a las masas era más grande que cualquier otra cosa y movilizó toda la maquinaria burocrática para mantenerlas a raya. Pero esta burocracia nunca alcanzó la unidad necesaria. Las viejas tradiciones y nuevas aprehensiones sociales crearon una fricción y una crítica aun entre las estrechas filas de la burocracia. Y precisamente por esta razón fue necesario emprender las “purgas”.

La persecución periodística contra la oposición tenía que abrir el camino a producciones jurídicas teatrales, espectáculos con testigos, jueces y acusados. Y puesto que los antiguos bolcheviques eran los más peligrosos, la GPU debía por lo tanto probar que eran espías y traidores para así degradarlos.

El método de la GPU es el método de una Inquisición moderna; aislamiento total, detención de parientes, de niños, de amigos, ejecución de “algunos” de los acusados durante la preparación del caso (Karajan, Ienukidze y muchos otros), amenaza de ejecutar familiares y el clamor uniforme de la prensa totalitaria. Todo esto es suficiente para destruir los nervios y aplastar la voluntad de los prisioneros. Esto, sin el uso del hierro de marcar o del agua hirviendo, es todo lo que se necesita para obtener “confesiones voluntarias.”

Hasta hace poco Stalin estaba seguro de la omnipotencia de este sistema. Sin embargo es dudoso que aún lo esté. Cada juicio ha dado origen a un creciente descontento, a una alarma, no solamente entre las masas sino entre los mismos burócratas. Con el fin de abatir este descontento, era necesario fraguar un nuevo juicio. Tras este drama diabólico, podemos percibir la presión, aún comprimida pero siempre creciente, de una nueva sociedad que pide condiciones culturales más libres y una existencia más digna.

La lucha entre la burocracia y la sociedad se vuelve cada vez más intensa. En esta lucha la victoria será inevitablemente para el pueblo. Los Juicios de Moscú no son más que episodios de la agonía mortal de la burocracia. El régimen de Stalin será arrollado por la historia.



[1] Tras los Juicios de Moscú. Sunday Express de Londres, 6 de marzo de 1938, en el cual se omitieron párrafos y partes de párrafos del artículo que fueron traducidos del periódico noruego Tidens Tegn (de Oslo) para este volumen [de la edición norteamericana] por Russell Block.

[2] Isaac Zelenski (1890-1938): presidente del sistema cooperativo de consumo y miembro del Comité Central. Fue acusado en el temer Juicio de Moscú de mezclar vidrio y puntillas a la mantequilla. Fue sentenciado a muerte y ejecutado pero se lo “rehabilitó” después de su muerte.

[3] V. I. Ivanov (1893-1988): comisario de la industria maderera, G. F. Grinko (1890-1938): comisario de finanzas, y M. A. Chernov (1891-1988): comisario de agricultura, fueron fieles servidores de Stalin hasta su arresto. Ivanov era también miembro del Comité Central, se lo acusó de sabotear la industria maderera en colaboración con el servicio de inteligencia británico. Grinko, ucraniano, fue acusado de ser miembro de una “organización fascista nacional”, pero se dijo que su principal actividad era el sabotaje financiero. Chernov, un antiguo menchevique, estuvo encargado de la recolección de grano en Ucrania en 1929-1930. Se le culpó de fracasos agrícola y mortalidad del ganado. Todos fueron ejecutados después del tercer Juicio de Moscú.

[4] Akmal Ikramov (1898-1938), Faizul Jodshaev (1896-1938): dirigentes de Uzbek, y Vasili, F. Sharangovich (1897-1938): primer secretario de Bielorrusia, fueron acusados de “nacionalismo burgués” y ejecutados después del tercer Juicio de Moscú.

[5] Piotr P. Kriuchkov (1889-1938): secretario privado de Gorki, V.A. Maximov-Dikovski (1900-1938): secretario de Kuibishev, y, Pavel P. Bulanov (1895-1938): secretario de Iagoda, fueron acusados de complicidad en los asesinatos de Gorki y su hijo y fusilados después del tercer Juicio de Moscú. Serguei Bessonov (1892-1941): trabajó en la delegación comercial soviética en Berlín. Detenido en febrero de 1937, finalmente se confesó culpable de los cargos contra él en diciembre y consintió atestiguar para el fiscal del juicio inminente. Fue sentenciado a quince años pero fue asesinato en 1941. Prokopi T. Zubarev (1886-1938): oficial menor del comisariado de agricultura, fue acusado de desorganizar el suministro de alimentos y de haber sido agente de la policía secreta zarista en 1908; fusilado después del tercer Juicio de Moscú.

[6] L. G. Levin (1870-1988): eminente doctor del Kremlin desde 1920 hasta que fue acusado de las muertes del hijo de Gorki, de éste, de Kuibishev y de complicidad en la de Menshinski.

[7] I. N. Kazakov (1870-1938): médico de Menshinski pero no era una figura prominente. A.L Vinogradov (muerto en 1938): doctor del servicio médico de la GPU, nunca llegó a juicio; los procedimientos contra él se “terminaran debido a su muerte” a manos de la GPU después de su detención por complicidad en la muerte de Gorki.

[8] Valerian Kuibishev (18M-1935): ocupó una variedad de puestos antes de llegar a presidente del consejo supremo de la economía nacional en 1926. Vladimir Menshinski (1874-1934): procedió a Iagoda como director de la GPU. Máximo Gorki (1874-1934): conocido escritor ruso de cuentos populares cortos, novelas y dramas, fue hostil a la Revolución de Octubre de 1917, pero apoyó al gobierno de Stalin.

[9] Iona E. Iakir (1896-1937): miembro del Comité Central y I. P. Uborevich (1896-1937): formaban parte del grupo de comandantes del Ejército Rojo y fueron acusados de traición y ejecutados en 1937. Ambos habían comandado ejércitos con honor durante la Guerra Civil. Konstantin Iurenev (1889-1938) embajador ante el Japón hasta su detención y ejecución después del tercer Juicio de Moscú.

[10] Príncipe George I. Lvov (1861-1925): político ruso y poderoso terrateniente. Después del derrocamiento del zar, fue primer ministro del primer Gobierno Provisional, desde marzo hasta julio de 1917.

[11] El “testamento” de Lenin, escrito entre el 25 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923, es encuentra en La lucha de Lenin contra el stalinismo (Pathfinder Press, 1975).

[12] Benito Mussolini (1883-1945) fundador del fascismo italiano fue miembro del ala antibélica del Partido Socialista en 1914. Organizó el movimiento fascista en 1919, fue dictador en 1922, y dio la pauta de represión en la cual los nazis alemanes moldearon su régimen. Fue derrocado en 1943 y ejecutado por guerrilleros dos años después. Josef Pilsudski (1867-1935): nacionalista polaco, organizó su propio ejército para luchar contra Rusia durante la Primera Guerra Mundial, y dirigió las fuerzas intervencionistas contrarrevolucionarias durante la Guerra Civil rusa. Llevó sus fuerzas a Varsovia en mayo de 1926 y fue virtualmente dictador de Polonia hasta su muerte.



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