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Sobre el envío de terroristas a la URSS[1]

 

 

6 de enero de 1937

 

 

 

Esta noche entramos al Golfo de México. Tempera­tura del agua, 27º C. En el camarote el calor es bochornoso. El oficial de policía y el capitán están hablando por radio para concertar el desembarco (probablemente será en Tampico y no en Veracruz, como creíamos hasta hace unos días).

Uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de la diplomacia soviética está relacionado con la prepa­ración de los fraudes judiciales: me refiero a la inicia­tiva de Litvinov en la lucha contra los terroristas.[2] El 9 de octubre de 1934 un grupo de nacionalistas croa­tas y búlgaros, actuando en acuerdo con Italia y Hun­gría, asesinaron al rey Alejandro de Yugoslavia y al Sr. Barthou en Marsella. Sí bien el marxismo rechaza los métodos terroristas, esto no significa que los marxistas ayuden a la policía a liquidar a los “terro­ristas”. Sin embargo, eso fue lo que hizo Litvinov en Ginebra. Aunque citó a Marx, el contenido de su ponencia se puede resumir en la siguiente consigna: “¡Policías de todos los países, uníos!” Les dije a mis amigos que esta infamia debía obedecer necesaria­mente a algún fin preciso. Stalin no necesitaba recurrir a la Liga de las Naciones para liquidar a sus enemigos internos. ¿Quién es el blanco del discurso de Litvinov? No pude dejar de responder: soy yo. No sabía lo que se estaba preparando. Pero a partir de ese momento comprendí que debía tratarse de algún gigantesco fraude judicial; la policía internacional, inspirada por Litvinov, ayudaría a Stalin en contra mía.

Hoy el plan resulta evidente. El intento de Litvinov de crear una santa alianza contra los terroristas coin­cide con la preparación de la primera amalgama en torno al asunto de Kirov. Litvinov había recibido las órdenes de Stalin antes del asesinato de Kirov, es decir, en los días febriles en que la GPU preparaba el atenta­do de Leningrado para implicar a la Oposición. El plan resultó demasiado complicado y chocó con diversos obstáculos. Nikolaev disparó antes de tiempo; el cónsul letón no pudo establecer un vínculo entre los terroris­tas y yo.[3] Todavía no se había creado el tribunal internacional contra el terrorismo. Lo único que queda del grandioso plan de alcanzarme a través de la Liga de las Naciones es el escandaloso discurso en que un diplomático soviético trató por todos los medios de unificar las fuerzas policiales del mundo contra el “trots­kismo”.

La “semana terrorista” de Copenhague (noviembre 1932) está estrechamente vinculada a la idea del tribunal internacional. Si existe un centro terrorista activo en Moscú, inspirado por mí desde el extranjero por inter­medio de mensajeros a quienes las autoridades no pueden atrapar, resulta difícil acusarme ante el tribu­nal internacional. Era imprescindible enviarme terroristas de carne y hueso desde afuera. Por eso se fabricó la historia de que dos jóvenes desconocidos -Berman y Fritz David- me visitaron en Copenhague. Habría bastado una conversación para convertirlos en terroristas y, para colmo, en agentes de la Gestapo.[4] Al enviarlos a Rusia para liquidar a la mayor cantidad de dirigentes en el menor tiempo posible, yo les había invitado, sin embargo, a que no se pusieran en contacto con el centro terrorista de Moscú... por razones de clandestinidad: la mejor manera de proteger el centro “terrorista” era, por supuesto, mantenerlo alejado de los atentados terroristas... Goltsman vino para verme siempre en Copenhague, con el fin de acumular más prue­bas para ser utilizadas en mi contra en el tribunal de la Liga de las Naciones: tuvo la desgracia de reunirse, en un hotel que había sido derribado años atrás. con mi hijo, quien a la sazón se encontraba en Berlín. En cuanto a Olberg, Moissei y Nathan Lurie, se dice que yo los lancé a la acción terrorista sin haberlos visto.[5] En verdad, la historia de la semana de Copenhague no habla muy a favor de la imaginación de quienes la fabricaron... Pero, ¿qué otra cosa podían inventar?

Kamenev insistió ante el tribunal en que mientras Trotsky estuviera en el extranjero los terroristas seguirían infiltrándose en la URSS. Este Kamenev, quien hasta el momento de su derrumbe definitivo fue un “político astuto”, trató de promover el objetivo princi­pal de Stalin: imposibilitar mi permanencia en los países capitalistas. ¿Trotsky en el extranjero? ¡Terro­rismo en la URSS!. Kamenev evadió el problema de cuáles podrían ser los círculos sociales entre los cuales yo reclutaría mis agentes. Los rusos en el exterior se dividen en dos categorías: emigrados blancos y funcio­narios soviéticos. Tras exiliarme a Turquía. la GPU tra­tó, por intermedio de las secciones de la Comintern, de crear vínculos entre los “trotskistas” extranjeros. espe­cialmente los checos, y la emigración blanca. Mis primeros artículos pusieron fin a esas maniobras. Los grupos de emigrados blancos, por grande que sea su hostilidad hacia Stalin, se sienten muchísimo más cerca de él que de mí, y no lo ocultan. Por otra parte, los círculos soviéticos en el exterior son tan pequeños y están tan estrechamente vigilados que debe descartarse toda posibilidad de realizar alguna actividad organi­zada en su seno. Baste recordar que Blumkin fue asesi­nado por haberme visitado una vez, a poco de mi arribo a Constantinopla: fue el único ciudadano soviético a quien vi en todos los años de exilio.[6]

¿Quiénes son, pues, los cinco “terroristas” que yo supuestamente envié a la URSS y que revelaron sus intenciones ante el tribunal? Son intelectuales judíos, nacidos no en la URSS sino en países vecinos, integran­tes del imperio (Lituania, Letonia). Sus familias huye­ron de la revolución bolchevique, pero los jóvenes, gracias a su capacidad de adaptación, sus conoci­mientos de idiomas y sobre todo del ruso, pudieron encontrar un cómodo nicho en las oficinas de la Interna­cional Comunista. Estos funcionarios de la Comintern provienen de la pequeña burguesía, no tienen vínculos con la clase obrera, ni experiencia revolucionaria, ni preparación teórica seria; siempre listos para aplicar la última directiva de la burocracia, son una verdadera plaga para el movimiento obrero. Algunos de ellos coquetearon con la Oposición cuando fracasó su carre­ra. En muchas cartas y artículos he advertido a mis camaradas contra esa gente. Y es precisamente a estos plumíferos de la Comintern -desconocidos para mí- a quienes habría confiado mis proyectos terroristas más reservados y, justamente por ello, mis vínculos con la Gestapo. ¿Es absurdo? Pero la GPU no pudo encon­trar otro medio social donde yo hubiera podido reclutar “terroristas” desde el extranjero. Y si yo no hubiera enviado emisarios a la URSS, mi participación en la conjura hubiera tenido un carácter demasiado abs­tracto.

Una idiotez conduce a otra: ¡resulta que cinco inte­lectuales judíos (Olberg, David, los hermanos Lurie, Berman) son agentes de la Gestapo! Es sabido que los intelectuales judíos, sobre todo los alemanes, suelen acudir a la Tercera Internacional, no por ser marxistas, ni comunistas, sino para que esta los proteja de los antisemitas. Eso es lógico. Pero no se entiende qué motivos políticos o psicológicos pudieron llevar a cinco intelectuales judíos a embarcarse en el camino del terrorismo contra Stalin... en alianza con Hitler. Los propios acusados evadieron ese enigma con todo cui­dado. Vishinski no mostró interés. Pero el problema merece atención. Reconozcamos por un instante que yo actué movido por la “sed de poder”. ¿Qué movía a los cinco extraños? Ponían en juego sus cabezas. ¿Para qué?, ¿Para la gloria de Hitler?

Además, los motivos de Trotsky no resultan tan claros como pretenden los señores Rosenmark, Pritt y otros exégetas del fiscal soviético. Diríase que mi odio hacia Stalin me condujo a hacer exactamente lo que Stalin más necesitaba. A partir de 1927 he escrito centenares de artículos para advertir que la lógica del bonapartismo obligaría a Stalin a acusar a la Oposición de preparar una conjura militar, o un atentado terro­rista. Repetí y fundamenté esta advertencia en repetidas ocasiones a través de la prensa. Sabiendo que Stalin no podía prescindir de los ataques a su “sacra” persona, yo debía proporcionárselos. Debía reclutar agentes casuales y evidentemente dudosos; debía aliarme con Hitler y reclutar judíos para la Gestapo; para que la colaboración no fuera secreta -¡no lo quiera Dios!- debía mencionarla a cualquier fulano, zutano y mengano que se me cruzara por el camino. En otras palabras, mi comportamiento debía ser... ¡precisamente el que puede concebir cualquier provocador de la GPU!



[1] Sobre el envío de terroristas a la URSS. Les crimes de Staline. Tra­ducido del francés [al inglés] para la primera edición [norteamericana] de esta obra por Patrick Constantine.

[2] Maxim Litvinov (1876-1951): comisario del pueblo de Relaciones Ex­teriores en 1930-89, Stalin lo usaba para personificar la “seguridad colectiva” cuando buscaba alianzas con los imperialistas democráticos, pero lo pasó a segundo plano durante la época del pacto Stalin-Hitler y la guerra fría. Litvinov representó a la Unión Soviética en la Liga de las Naciones cuando ésta trató de crear un tribunal contra el terrorismo, con la esperanza de lograr aceptación para sus purgas y juicios fraudulentos. Se intentó crear el tribunal tras el asesinato de Jean Louis Barthou (1862-1934), ministro de Relaciones Exteriores francés y al rey Alejandro de Yugoslavia (1888-1934) en Francia.

[3] Leonid Nikolaev (1904-1984): acusado de asesinar a Serguei Kirov, fue juzgado a puertas cerradas y fusilado en diciembre de 1934. Se decía que un cónsul letón había participado en el asesinato a cambio de “una carta para Trotsky”.

[4] Konon B. Berman-Iurin (1901-1936) y Fritz David (1897-1936): acusados de reunirse con Trotsky en Copenhague en 1932 para obtener instrucciones terroristas. Berman-Iurin había sido corresponsal ruso en Alemania y David director del Rote Fahne, periódico del PC alemán. Am­bos fueron sentenciados a muerte en el primer juicio de Moscú.

[5] Valentin Olberg (1907-1936): entró a la Oposición de Izquierda ale­mana en 1930, pero fue expulsado por agente de la GPU. Véanse las car­tas de Trotsky a Olberg en Escritos 1930. Olberg fue sentenciado a muer­te en el primer juicio de Moscú. Mossei Lurie, seudónimo de Alexander Emel, científico y miembro del PC alemán, que escribía artículos anti­trotskistas para la prensa de la Comintern en 1932. El y Nathan Lurie, ci­rujano, fueron agentes provocadores en el primer juicio de Moscú.

[6] Jakob Blumkin (1899-1929): socialrevolucionario de izquierda, luego se volvió comunista y funcionario de la GPU. Fue el primer militante ruso de la Oposición de Izquierda que visitó a Trotsky en el exilio en Turquía. Volvió a Rusia portando un mensaje de Trotsky a la Oposición, pero fue entregado a la GPU y fusilado en diciembre de 1929. Fue el primer mili­tante de la Oposición ejecutado directamente por los stalinistas.



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