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Notas en Ruta[1]

 

 

5 de enero de 1937

 

 

 

En julio de 1917, tras la derrota temporaria de los obreros petersburgueses, el gobierno de Kerenski acusó a Lenin, Trotsky y otros bolcheviques (salvo a Stalin, en quien nadie mostraba interés en aquella época) de agentes a sueldo del estado mayor alemán.[2] La acusación se basaba en el testimonio del alférez Ermolenko, agente del contraespionaje ruso. Tras la “revelación”, la fracción bolchevique del soviet quedo sumida en una atmósfera pesadillesca de dolor y estupor. Lenin y Zinoviev se habían ocultado el día anterior. Kamenev estaba en la cárcel.

“No hay nada que hacer -dije yo-. Los obreros han sufrido una derrota; el Partido Bolchevique ha pasado a la clandestinidad. El golpe ha modificado la relación de fuerzas. Todos los elementos sucios y oscuros salen a la superficie. El alférez Ermolenko es el inspirador de Kerenski, quien a su vez es tan sucio como aquél. Deberemos atravesar esta etapa inespe­rada. Pero cuando las masas perciban la línea que une a la calumnia con la reacción, se volcarán hacia noso­tros”.

¡Yo no podía prever que José Stalin, miembro del Comité Central del Partido Bolchevique, repetiría la calumnia de Kerenski-Ermolenko dieciocho años más tarde!

Ninguno de los viejos bolcheviques sometidos a juicio confesó haber mantenido “relaciones” con la Gestapo. Sin embargo, no hicieron bien sus confesio­nes, Kamenev, Zinoviev y los demás no pudieron satisfacer totalmente los requerimientos de la GPU: los vestigios de dignidad que les quedaban, unidos al sentido común, se lo impidieron. Los diálogos con el fiscal acerca de la Gestapo nos permiten entrever las negociaciones que precedieron a la indagatoria. “¿Quieren ustedes enlodar y eliminar a Trotsky? -podría haber preguntado Kamenev-. Les ayudare­mos. Estamos dispuestos a mostrarlo como el organi­zador de atentados terroristas. La burguesía no entien­de muy bien estos problemas, y no es la única. Bolche­vismo, terrorismo, asesinatos, sed de poder sed de venganza... son todos plausibles. Pero nadie creerá que Trotsky, o que Zinoviev, Kamenev y Smirnov nos alia­mos con Hitler. Si trascendemos los límites de lo creí­ble, corremos el riesgo de comprometer la acusación de terrorismo que, como ustedes saben, no descansa sobre bases sólidas. Además, el asunto de las ‘relaciones con la Gestapo’ traerá a las mentes el recuerdo de las acusaciones contra Lenin y Trotsky en 1917...”

Estos argumentos que ponemos en boca de Kame­nev no conmovieron a Stalin; él trajo a la Gestapo. A primera vista podría decirse que el resentimiento lo encegueció; no está mal, pero es demasiado unila­teral. Por otra parte, no le quedaba opción. El cargo de terrorismo no habría bastado. La burguesía podría decir: “Los bolcheviques se exterminan mutuamente: esperemos el resultado”. Por otra parte, muchos obre­ros podrían caer en el siguiente razonamiento: la buro­cracia monopoliza la riqueza y el poder; ahoga todas las criticas; quizá Trotsky no se equivocó cuando incitaba al terrorismo. Los jóvenes ardorosos, al saber que los hombres cuyos nombres conocían muy bien se pronun­ciaban en favor del terrorismo, podrían tomar este camino que desconocían hasta el momento. Stalin debe haber estudiado las consecuencias peligrosas de sus actos. Por eso los argumentos de Kamenev y los demás no lo afectaron. Debía ahogar a sus adversarios en un mar de lodo. ¡No encontró nada mejor que las relaciones con Hitler! El obrero capaz de creer seme­jante cosa quedaría inmunizado para siempre contra el “trotskismo”. La dificultad reside en hacérselo creer...

La estructura del proceso, a pesar del ropaje com­plicado y falso que le da el informe oficial (publicado por el comisariado de Justicia en muchos idiomas) con­tiene tal cantidad de contradicciones, anacronismos y estupideces, que bastaría un resumen sistemático del acta oficial para aniquilar toda la acusación. Esto no es casual. La GPU no tiene quién la controle. No teme cuestionamientos, revelaciones, ni hechos inesperados. Cuenta con la solidaridad de toda la prensa. Los jueces indagadores confían más en la intimidación que en el ingenio. Inclusive desde el punto de vista de un fraude, el proceso es grosero, está mal estructurado y en ocasiones alcanza grados increíbles de estupidez. Debemos agregar que el todopoderoso procurador Vishinski, quien en otros tiempos fue un abogado menchevique de provincias, le agrega una gran cuota de imbecilidad.

La idea es más monstruosa que su ejecución. Veamos un ejemplo: el principal testigo de cargo, el único bolchevique de la Vieja Guardia, quien supuesta­mente me visitó en el extranjero, es Goltsman; ahora bien, Goltsman dice que la entrevista se realizó en el Hotel Bristol y que mi hijo estuvo presente en la misma. Pero mi hijo jamás estuvo en Copenhague, y el Hotel Bristol fue derribado hace muchos años. Estos y otros hechos parecidos tienen una importancia decisiva para la ley.[3] Pero un hombre dotado de un mínimo de sentido moral y psicológico no se detiene ante los pequeños “errores” del gran fraude. El troquelado de la moneda puede ser bueno o malo. Pero no es necesa­rio estudiarlo de cerca; basta ponderar la moneda para descubrir su falta de peso o golpearla para escuchar la resonancia de la “amalgama”.[4] La acusación de que yo actué en alianza con la Gestapo para asesinar a Kirov es tan idiota que ningún observador honesto y sensible necesita otro dato para analizar la falsificación de Stalin.



[1] Notas en Ruta. Les crimes de Staline. Traducido del francés [al in­glés] para la primera edición [norteamericana] de esta obra por A.L. Preston.

[2] Alexander Kerenski (1882-1970): uno de los dirigentes de un sector de los socialrevolucionarios rusos. Fue ministro de Justicia del Gobierno provisional, luego fue ministro de Guerra y marina, primer ministro y comandante en jefe. Huyó de Petrogrado cuando los bolcheviques tomaron el poder.

[3] Véase el análisis del testimonio de E.S. Goltsman (1882-1936) en el primer juicio de Moscú en “En el tribunal a puertas cerradas”, Escritos 35-36.

[4] Amalgama: término que utilizaba Trotsky en referencia a la practica del Kremlin de juntar a tendencias políticas diferentes o antagónicas y acusarlas de los mismos crímenes o errores.



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