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Stalin habla de sus propios fraudes[1]

 

 

Junio de 1937

 

 

 

Con ese cinismo jactancioso que le es propio, Hitler nos revela el secreto de su estrategia política. Leamos: “El genio del gran dirigente también consiste en que siempre muestra a sus adversarios, incluidos los más divergentes, como miembros de una misma categoría; para los personajes débiles e inestables, la mera sospecha de que existen diferencias entre los adversarios se convierte rápidamente en duda acerca de la justeza de las posiciones propias” (Mein Kampf) [Mi lucha].

Esto se opone diametralmente al principio de la política marxista y del pensamiento científico en general: la ciencia parte de articular, contraponer y desnudar no sólo las diferencias fundamentales, sino también los matices transitorios. El marxismo siempre ha sido enemigo de tratar a sus adversarios de “sólida masa reaccionaria”. La diferencia entre la agitación marxista y la agitación fascista es la misma que existe entre la educación científica y la demagogia hipnotizante.

La política stalinista, que recibió su expresión más acabada en los fraudes judiciales, coincide, por su método, con la receta de Hitler; pero en su aplicación práctica Stalin deja a Hitler muy atrás. Quien se niega a inclinarse ante la camarilla dominante de Moscú es, de ahora en adelante, representante de una “sólida masa fascista”.

Durante los procesos de Moscú, Stalin se retiró de la luz pública. Se llegó a decir que había partido para el Cáucaso. Esto corresponde perfectamente a sus métodos. Vishinski y Pravda recibían instrucciones desde la trastienda. Sin embargo, el fracaso de los juicios a los ojos de la opinión pública mundial, y las deudas y alarma suscitadas dentro de la URSS, obligaron a Stalin a salir al descubierto. El 3 de marzo pronunció un discurso ante la sesión plenaria del Comité Central, que fue publicado en Pravda tras laboriosas correcciones. La capacidad del ser humano no permite hablar del nivel teórico de este discurso, que trasciende no sólo a la teoría, sino también a la política en cualquier acepción seria del término. No es más que una exposición doctrinaria sobre la utilización de los fraudes judiciales ya cometidos y la preparación de nuevos fraudes.

Stalin empieza con una definición del trotskismo: “El trotskismo, que hace siete u ocho años era una tendencia del movimiento obrero, se ha trasformado en una pandilla cristalizada, sin principios, integrada por saboteadores, desviacionistas, espías y asesinos...” Sin embargo, el autor de esta afirmación olvida que, “hace siete u ocho años”, lanzó exactamente la misma acusación contra el trotskismo, aunque en forma más cautelosa. Ya a fines de 1927 la GPU acusó a ciertos trotskistas - poco conocidos, por cierto- de mantener contactos con la Guardia Blanca y con agentes extranjeros. El motivo oficial de mi exilio fue que yo supuestamente preparaba una insurrección armada. También es cierto que en esa época Stalin no se atrevía a publicitar los fantásticos hallazgos de la GPU. En 1929, Pravda debió justificar el fusilamiento de Blumkin, Silov y Rabinovich[2] con el pretexto de que los trotskistas habían organizado accidentes ferroviarios. En 1930, algunos militantes de la Oposición exiliados fueron acusados de espionaje por mantener correspondencia conmigo. En 1930-32 la GPU trató de arrancarles a distintos militantes de la Oposición poco conocidos, la “confesión voluntaria” de haber preparado atentados terroristas. Presenté los documentos relativos a estos primeros proyectos de las futuras amalgamas ante la Comisión Investigadora de Estados Unidos. Sin embargo, el hecho es que hace siete u ocho años Stalin todavía no había aplastado la resistencia del partido, ni siquiera la de los principales burócratas; ello lo obligaba a limitarse a realizar intrigas, calumnias venenosas, arrestos, exilios y alguno que otro fusilamiento “piloto”. Así, gradualmente, educó a sus agentes y... a sí mismo. Porque es un error creer que este hombre ya era un Cain hecho y derecho en el momento de nacer.

“En la actualidad - prosigue Stalin- el método principal del trabajo trotskista no consiste en la propaganda franca y honesta de sus posiciones entre la clase obrera, sino en ocultar sus posiciones... pisotear pérfidamente sus propias posiciones”. ¡Hace diez años, los que conocíamos la verdad evitábamos que nuestras miradas se encontraran cuando Stalin atacaba a sus adversarios sobre la base de la falta de “franqueza” y “honestidad”! En esa época Iagoda ya estaba elaborando los principios sublimes de la moral... Stalin se olvida de explicar cómo se podría realizar una propaganda “franca” en un país donde cualquier crítica al “Führer” es castigada mucho más brutalmente que en la propia Alemania fascista. La necesidad imperiosa de ocultarse de la GPU y de realizar propaganda clandestina no compromete a los revolucionarios, sino más bien al régimen bonapartista.

Otra cosa que Stalin olvida explicar es cómo se puede “pisotear las propias posiciones”, a la vez que se convence a millares de personas que sacrifiquen sus vidas en aras de esas posiciones. El discurso y su autor no se diferencian en nada de la prensa reaccionaria, la cual ha insistido siempre en que la lucha de Stalin contra el “trotskismo” era de naturaleza espúrea; que, en realidad, entre él y yo existe un vínculo recíproco determinado por la conspiración contra el orden capitalista; que mi exilio era simplemente una máscara tras la cual se ocultaba nuestra colaboración. ¿No es cierto, acaso, que Stalin ejecutó a los trotskistas y ahora trata de enlodar sus posiciones para mejor ocultar su absoluta solidaridad con ellos?

El orador se descubre de la manera más flagrante cuando se refiere al programa de la Oposición. Leamos: “Se recordará que en el juicio de 1936 Kamenev y Zinoviev negaron categóricamente tener un programa político... No cabe duda de que mintieron al negar la existencia de una plataforma”. Pues, en realidad, sí la tenían. Era la “plataforma de la restauración del capitalismo”. La palabra “cinismo” tiene una connotación excesivamente inocente y patriarcal cuando se la aplica a este moralista, que obligó a sus víctimas a presentar testimonios evidentemente falsos, los asesinó bajo acusaciones evidentemente falsas y luego acusó de mentirosos, no a Iagoda, a Vishinski y a sí mismo, sino a Zinoviev y Kamenev, fusilados por aquéllos. Pero he aquí donde el maestro del fraude judicial se deja coger con las manos en la masa.

El hecho es que según el informe oficial, en el primer juicio (enero de 1935) Zinoviev y los demás acusados confesaron que la motivación de sus actividades era “la intención secreta de restaurar el régimen capitalista”. Ese era el objetivo de los supuestos “trotskistas”, tal cual consta en el acta de acusación. ¿Significa eso que los acusados dijeron la verdad en aquel momento? Pero, ¡ay!, nadie creería esa “verdad” oficialmente establecida. Por eso, al preparar el segundo proceso de Zinoviev y Kamenev (agosto de 1936), resolvieron descartar por absurda la acusación de restauración del capitalismo para que todo se redujera a “la sed de poder”. Esto último corresponde mejor a la mentalidad de un filisteo. En la nueva acta de acusación se inscribió lo siguiente: se ha “establecido más allá de toda duda que los trotskistas y zinovievistas se organizaron en bloque con el único motivo de conquistar el poder a toda costa...” En ese momento el mismísimo procurador fiscal negó que los trotskistas tuvieran “plataforma” alguna. ¡Precisamente este hecho demostraba la degeneración propia de los trotskistas! Que los desgraciados que ocupaban el banquillo hubiesen mentido o no, era indiferente. El aparato judicial stalinista había establecido “más allá de toda duda” que el “único motivo” que guió a los trotskistas fue “conquistar el poder”. Para ello, alegan, recurrieron al terrorismo.

Pero esta nueva versión, que constituyó el fundamento del fusilamiento de Zinoviev, Kamenev y los demás, no produjo los resultados esperados. Ni los obreros, ni los campesinos tenían por qué reprocharles a los “trotskistas” el deseo de tomar el poder. Por malos que fuesen, los “trotskistas” no podían ser peores que la camarilla dominante. Ante la necesidad de aterrorizar a la población, agregaron que los trotskistas querían devolver la tierra a los terratenientes y las fábricas a los capitalistas. Además, la mera acusación de terrorismo, ante la inexistencia de atentados terroristas, significaba imponer restricciones demasiado severas a las futuras posibilidades de aniquilar a los adversarios del régimen. Por eso, para alargar la nómina de acusados resultó necesario incluir el sabotaje, la destrucción y el espionaje. Pero la única manera de dotar al espionaje y al sabotaje de una apariencia de veracidad, era estableciendo un vínculo entre los trotskistas y la URSS. Sin embargo, ni Alemania, ni Japón apoyarían a los trotskistas por la mera “sed de poder”. Y así, no quedó otra alternativa que exigirle al nuevo grupo de acusados que volviera al programa de la “restauración del capitalismo”.

Este fraude complementario resulta tan aleccionador que vale la pena detenerse en él. Cualquiera que sepa leer podría distinguir sin la menor dificultad, en los números atrasados de cualquier periódico de la Comintern, las tres etapas de la evolución de la acusación. ¡Es una verdadera tríada hegeliana de fraude judicial sui generis, con su tesis, antítesis y síntesis! En el periodo posterior a enero de 1935, los plumíferos que tiene Moscú en el mundo entero acusaron al ex presidente de la Comintern, ya fusilado, de haber mantenido, tal cual constaba en su “confesión”, un programa para la restauración del capitalismo. En esto siguieron la tónica de Pravda, el órgano personal de Stalin. Pero luego, siempre de acuerdo con las órdenes de Pravda, la prensa de la Comintern saltó de la tesis a la antítesis: en el juicio de los dieciséis (agosto de 1936), acusaron a los trotskistas de asesinos carentes de programa. Tanto el Pravda como la Comintern mantuvieron esta versión tan sólo hasta el 12 de diciembre, es decir, durante aproximadamente un mes. Los zigzags de la Comintern reflejaban los virajes de Vishinski, quien, a su vez, seguía las sucesivas órdenes de Stalin.

Fue Radek quien, inconscientemente, sentó las pautas de la “síntesis” contenida en la acusación final. El 21 de agosto de 1936 publicó su artículo sobre la “Pandilla fascista trotskista-zinovievista”. Este desventurado autor se impuso la tarea de cavar una fosa lo más profunda que fuera posible entre su persona y los acusados. He aquí lo que escribió Radek sobre los acusados, en especial sobre mi persona, al tratar de extraer de los supuestos “crímenes” las más terribles consecuencias internas e internacionales: “Ellos saben que... al minar la confianza en la dirección de Stalin sólo llevan... agua al molino del fascismo alemán, japonés, polaco y de todo tipo. Y son todavía más conscientes de que el asesinato de Stalin, gran líder de los pueblos soviéticos, entraña directamente una nueva guerra...” 

Posteriormente, Radek avanzó un paso más por el mismo camino: “No se trata de destruir a hombres ambiciosos que se rebajaron a los peores crímenes. Se trata de destruir a los agentes del fascismo, dispuestos a hacer estallar el infierno de la guerra y facilitar la victoria del fascismo, para recibir de sus manos aunque más no sea una sombra de poder”. En estas líneas no hay una acusación jurídica, sino mera retórica política. Evidentemente, Radek no previó que tendría que pagar por los propios horrores que él mismo describía. Piatakov y Rakovski escribieron en la misma tónica y con idénticas consecuencias para ellos.

Para preparar el nuevo juicio Stalin se valió de los artículos periodísticos de los capituladores, que habían caído en estado de pánico. El 12 de setiembre, tres semanas después del artículo de Radek, un editorial de Pravda dijo, inesperadamente, que los acusados habían “... tratado de ocultar los verdaderos objetivos de su lucha. Difundieron la historia de que no tenían programa, cuando en realidad sí lo tenían. Es el programa de derrumbar el socialismo y restaurar el capitalismo”. Desde luego que el Pravda no presentó un solo hecho que corroborara su afirmación. ¡Dónde habría de encontrarlos!

Así, no se llegó al nuevo programa de los acusados con base en documentos, hechos o confesiones, ni siquiera sobre la base de las deducciones lógicas de la oficina del fiscal. No, fue fruto de un pronunciamiento que lanzó Stalin sobre la cabeza de Vishinski después de la ejecución de los acusados. ¿Las pruebas? La tarea de obtenerlas recayó sobre la GPU, la cual cumplió con su cometido a posteriori de los hechos y por la única vía posible: la vía de las “confesiones voluntarias”. Inmediatamente, Vishinski puso en práctica las últimas instrucciones: traducir el artículo de Radek del idioma histérico al idioma judicial, del patético al criminal. Pero el nuevo esquema - ¡cosa que Radek no previó! - no fue aplicado por Vishinski a los dieciséis acusados (Zinoviev y demás) quienes ya no se encontraban entre los vivos -, sino a los diecisiete acusados, y Radek, autor del esquema, fue una de sus primeras víctimas.

¿Pesadilla? No, esta es la realidad. Los principales acusados del nuevo juicio se asemejan a esos piadosos colaboradores de la Inquisición que cavaban tumbas, construían ataúdes e inscribían maldiciones a guisa de epitafios para otros, para descubrir luego que el Inquisidor incluiría sus propios nombres en los epitafios y llenaría los ataúdes con sus cadáveres. Concluido este proceso, Stalin salió de las sombras y, en su carácter de juez infalible, emitió su juicio sobre Zinoviev y Kamenev: “ambos mintieron”. ¡La fantasía humana jamás pudo concebir nada más siniestro!

Las explicaciones sobre el sabotaje están al mismo nivel que el resto del discurso. Empieza con una pregunta que no se podía evitar: “¿Cómo es posible que nuestra gente no se percatara?” Y responde: “Durante los últimos años los camaradas de nuestro partido se han abocado por entero al trabajo económico... hasta el punto de olvidarse de todo lo demás”. Siguiendo su costumbre, Stalin desarrolla esta idea en diez variaciones distintas, sin ofrecer la menor prueba. Entusiasmados por los éxitos económicos, los dirigentes “no prestaron atención” al sabotaje. No se percataron. No les interesó. ¿Qué clase de trabajo económico “absorbió” a esta gente, hasta el punto de impedirles percibir el desbaratamiento de la vida económica? ¿Y quién debía “prestarle atención” al sabotaje, cuando sus supuestos organizadores eran nada menos que los directores de la economía? Stalin ni siquiera trata de atar cabos. La idea que quiere expresar es, en realidad, la siguiente.- absorbidos por el trabajo práctico, los economistas “olvidaron” los intereses supremos de la casta dominante, que exigen acusaciones perjuras, aunque ello vaya en detrimento de la economía.

Hace años, prosigue Stalin, los saboteadores eran técnicos burgueses. Pero “en el interín educamos a decenas y centenares de miles de cuadros bolcheviques técnicamente idóneos”. (¿Centenares de miles de “cuadros”?) “Hoy día, los organizadores del sabotaje no son los técnicos sin partido, sino los elementos destructivos que, por accidente, entraron en posesión del carné partidario”.

¡Todo está patas para arriba! Para explicar por qué ingenieros bien pagados aceptan gustosamente el “socialismo” a la vez que los bolcheviques se le oponen, Stalin no encuentra nada mejor que acusar a toda la Vieja Guardia del partido de “elementos destructivos que, accidentalmente, entraron en posesión del carné partidario”, y que, evidentemente, quedaron atrapados en el partido durante varias décadas. ¿Pero cómo es posible que “decenas y centenares de miles de cuadros bolcheviques técnicamente idóneos” hicieran caso omiso del sabotaje que minó a la industria durante años? Ya conocemos la humorística explicación de que ello se debió a que la vida económica los absorbió hasta tal punto que no pudieron percatarse de la destrucción de la vida económica.

Sin embargo, para triunfar, el sabotaje requiere un medio social favorable. ¿Cómo encontrarlo en una sociedad que avanza triunfalmente hacia el socialismo? Responde Stalin: “cuanto mayor sea nuestro progreso, más enconados serán los remanentes de las clases explotadoras aplastadas”. En primer lugar, el “encono” impotente de algunos “remanentes” aislados del pueblo difícilmente podría trastornar a la economía soviética. En segundo lugar, ¿desde cuándo Zinoviev, Kamenev, Rikov, Bujarin, Tomski, Smirnov, Ievdokimov, Piatakov, Radek, Rakovski, Mrachkovski, Sokolnikov, Serebriakov, Muralov, Sosnovski, Beloborodov, Eltsin, Mdivani, Okudjava, Gamarnik, Tujachevski, Iakir y centenares de hombres menos conocidos - todo el viejo sector dirigente del partido, del estado y del ejército - se han trasformado en “remanentes de las clases explotadoras aplastadas”?[3] Al apilar fraude sobre fraude, Stalin se ha metido en un callejón sin salida, hasta el punto en que resulta difícil encontrar siquiera una pizca de lógica en sus respuestas. Pero el objetivo es claro: calumniar y destruir todo lo que se interponga en el camino de la dictadura bonapartista.

“Sería un error creer - prosigue el orador - que la arena de la lucha de clases termina en las fronteras de la URSS. Si una extremidad de la lucha de clases opera dentro de los confines de la URSS, la otra extremidad cruza las fronteras de los estados burgueses que nos rodean”.[4] De modo que la lucha de clases no muere con la implantación del socialismo en un solo país: más bien se agrava. Y la razón más importante de este fenómeno antinatural es la existencia paralela de estados burgueses. Al pasar, y para sí mismo inconscientemente, Stalin reconoce la imposibilidad de construir una sociedad sin clases en un solo país. Pero las generalizaciones científicas le atraen muy poco. Todo su método de razonamiento no posee un carácter lógico, sino policíaco. Sucede que Stalin tiene la necesidad imperiosa de extender la “extremidad” de su fraude judicial al extranjero.

“Por ejemplo – prosigue -, veamos la Cuarta Internacional contrarrevolucionaria de los trotskistas, integrada en sus dos terceras partes por espías y desviacionistas. ¿No está claro que esta Internacional de espías producirá cuadros para la obra de espionaje y destrucción de los trotskistas?” Por lo general, los silogismos stalinistas son meras tautologías: una internacional de espías producirá espías. “¿No está claro?”

¡De ninguna manera! Por el contrario, no podría estar menos claro.

Al lector que quiera convencerse de ello le bastará la ya conocida afirmación de Stalin según la cual el trotskismo ha dejado de ser una “tendencia del movimiento obrero” para convertirse en un “estrecho grupo de conspiradores”. Los trotskistas tienen una plataforma tal que no se la pueden mostrar a nadie. Los trotskistas únicamente la susurran en los oídos de Iagoda y Iejov.

Escuchemos a Stalin nuevamente: “Es bastante comprensible que los trotskistas se vieran obligados a ocultar semejante plataforma al pueblo, a la clase obrera... a las bases trotskistas y no sólo a las bases trotskistas, sino también a la dirección trotskista, integrada por un puñadito de entre treinta y cuarenta personas. Cuando Radek y Piatakov solicitaron permiso (?) a Trotsky para convocar una pequeña conferencia de treinta o cuarenta trotskistas con el fin de darles a conocer la plataforma, Trotsky les prohibió (?) que lo hicieran”.

Dejemos de lado este insólito retrato de las relaciones que imperan en el seno de la oposición: el hecho supuesto de que unos viejos revolucionarios no se atreven a reunirse en la URSS, ¡sin recibir el “permiso” especial que les envía a Trotsky desde su lejano exilio!

Esta caricatura policíaco-totalitaria, que refleja mejor que nada el espíritu del régimen stalinista, no nos interesa por el momento. Existe otra cuestión de mayor importancia: ¿cómo hemos de relacionar la caracterización general del trotskismo con la de la Cuarta Internacional? Trotsky “prohibió” que la información relativa al sabotaje y al espionaje fuera impartida a treinta o cuarenta trotskistas probados en la URSS. Por otra parte, la Cuarta Internacional, que agrupa a muchos miles de jóvenes militantes, está integrada “en sus dos terceras partes por espías y desviacionistas”. ¿Quiere decir Stalin que Trotsky oculta su “programa” ante decenas y lo da a conocer a miles? El veneno y la astucia carecen de raciocinio, por cierto. Sin embargo, detrás de la estólida imbecilidad de esta calumnia se oculta un plan establecido y práctico, cuyo fin es el exterminio físico de la vanguardia revolucionaria internacional.

Este plan, antes de ser puesto en práctica, fue revelado con todo descaro en La Correspondence Internationale, semanario de la Comintern (y de la GPU), el 20 de marzo de 1937, casi simultáneamente con la publicación del discurso de Stalin. En un artículo dirigido contra el socialdemócrata austríaco Otto Bauer, quien, por más que gravite hacia la burocracia soviética no puede rebajarse hasta el punto de confiar en Vishinski, se dice, entre otras cosas: “Si existe algún individuo en posición de obtener informes muy auténticos sobre las negociaciones entre Trotsky y Hess, ese hombre es Bauer. Los estados mayores francés e inglés están muy bien informados al respecto. Gracias a sus relaciones amistosas con León Blum y Citrine (el cual, a su vez, es amigo de Baldwin y sir Samuel Hoare), Bauer sólo necesita recurrir a ellos.[5] Jamás se negarían a proporcionarle los informes confidenciales que necesita para su uso personal”.

¿De quién es la mano que guió esta pluma? ¿De dónde saca un periodista anónimo de la Comintern su conocimiento de los secretos de los estados mayores inglés y francés? O bien los estados mayores capitalistas abrieron sus archivos al periodista comunista; o bien, por el contrario, el “periodista” entregó a los archivos de los estados mayores varios frutos de su propia cosecha. La primera conjetura resulta excesivamente improbable. Los estados mayores británico y francés no necesitan la ayuda de los periodistas de la Comintern para desenmascarar al “trotskismo”. Queda la segunda hipótesis, a saber, que la GPU fabricó algún tipo de “documentos” para uso de los estados mayores extranjeros.

En el proceso de Piatakov-Radek la única mención de mi “entrevista” con el ministro alemán Hess fue indirecta y al pasar. Piatakov, a pesar de su (pretendida) intimidad conmigo, no hizo el menor intento en su (pretendida) reunión conmigo de conocer los detalles de mi (pretendida) entrevista con Hess. En este caso, al igual que en todos los demás, Vishinski pasó por alto esta contradicción flagrante. Pero posteriormente resolvió avanzar más sobre este terreno. Aparentemente, los estados mayores francés y británico eran los destinatarios de algún tipo de “documentos”. Eso lo saben perfectamente los funcionarios de la Comintern. Sin embargo, ni París ni Londres utilizaron este valiosísimo material. ¿Por qué? Tal vez porque desconfiaron de la fuente. Tal vez porque ni a León Blum, ni a Daladier, les apetecía convertirse en cómplices de los verdugos de Moscú. Tal vez, en fin, porque los señores generales se guardan los “documentos” para una ocasión más favorable.

Leamos la resolución aprobada tras el informe de Stalin: “En general, los trotskistas fueron desenmascarados por los órganos de la NKVD [es decir, la GPU] y por ciertos militantes del partido que actuaron en calidad de voluntarios. Pero los órganos de la industria, y en cierta medida los del transporte, no realizaron la menor actividad; peor aun, ¡no desplegaron la menor iniciativa al respecto! Además, ciertos órganos de la industria inclusive frenaron el proceso” (Pravda, 21 de abril de 1937) lo cual significa en otros términos que los dirigentes de la industria y del transporte, a pesar de ser acicateados desde arriba mediante hierros al rojo vivo, no pudieron descubrir actos de “sabotaje” en sus reparticiones. Orjonikije, miembro del Buró Político, fue engañado por su ayudante Piatakov.[6] Kaganovich, también miembro del Buró Político, no se percató del sabotaje realizado por su suplente Lifshits.[7] Los únicos que estuvieron a la altura de las circunstancias fueron Iagoda y los llamados “voluntarios”, es decir, provocadores. Es cierto que posteriormente Iagoda fue desenmascarado como “enemigo del pueblo, malhechor y traidor”. Pero este descubrimiento accidental no resucitó a quienes él había fusilado.

Como para subrayar aun más la importancia de estas confesiones escandalosas, Molotov, Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo,[8] rindió cuentas públicamente del fracaso del gobierno en su intento de verificar los hechos relativos a los actos de sabotaje; intento que se realizó, no a través de los provocadores de la GPU, sino a través de los organismos cívicos de control económico. Leamos a Molotov: “En febrero de este año (1937) se envió una comisión plenipotenciaria especial, con instrucciones del Comisariado del Pueblo de la Industria Pesada, a verificar las actividades de sabotaje en ‘Uralvagonstroi’.

He aquí las conclusiones generales de la comisión con respecto a “Uralvagonstroi”: “Tras recorrer las instalaciones de la fábrica ‘Uralvagon’, estamos firmemente convencidos de que la obra de sabotaje de Piatakov y Marusian no afectó profundamente a la empresa...”

Molotov se indigno: “La comisión ha dado clarísimas muestras de miopía política... Baste decir que la comisión no citó un solo caso de sabotaje en la empresa. Diríase que el conocido saboteador Marusian v el otro saboteador, Okudjava, sólo se habían echado barro sobre sí mismos” [Pravda, 21 de abril de 1937: el subrayado es nuestro]. Uno no puede creer a sus ojos. ¡Esta gente ha perdido no sólo toda vergüenza, sino también todo sentido de la precaución!

Pero, ¿por qué se envió una comisión investigadora si todos los culpables ya habían muerto en el paredón de fusilamiento? Evidentemente, la investigación póstuma de los “hechos relativos al sabotaje” fue una necesidad surgida del hecho de que la opinión pública no tuvo la menor confianza en las acusaciones de la GPU, ni en las confesiones que ésta arrancó a los acusados. Sin embargo, la comisión, encabezada por el mismísimo Pavlunovski, antiguo agente de la GPU, no pudo descubrir un solo hecho relativo al sabotaje. ¡Un caso clarísimo de “miopía política”! Es necesario saber descubrir el sabotaje inclusive bajo la máscara del éxito económico. “Hasta la rama química del Comisariado del Pueblo de la Industria Pesada - prosigue Molotov -, encabezada por Rataichak, pudo cumplir los planes de 1935 y 1936 con creces. ¿Significa esto - dice humorísticamente el jefe del estado - que Rataichak no es Rataichak, un saboteador no es un saboteador y un trotskista no es un trotskista?”

Esto significa que el sabotaje de Rataichak - uno de los fusilados del juicio Piatakov-Radek - consistió en cumplir el plan con creces. No es para sorprenderse que la comisión más severa deba detenerse, impotente, ante hechos y cifras que desmienten por completo las “confesiones voluntarias” de Rataichak y los demás. Por consiguiente, en el lenguaje molotoviano, “diríase” que los saboteadores “se echaron barro sobre sí mismos”. Peor aun, diríase que la Inquisición obligó a muchos militantes honestos a enlodarse con despreciables calumnias con el fin de facilitar la lucha de Stalin contra el trotskismo. Esto es lo que “diríase” con base en el informe de Stalin, complementado por el informe de Molotov. Y estos son los dos personajes más elevados de la URSS.



[1] 1 Stalin habla de sus propios fraudes. Socialist Appeal, 30 de octubre y 6 de noviembre de 1937.

[2] Silov y Rabinovich: militantes de la Oposición ejecutados por “sabotaje del transporte ferroviario”.

[3] Alexander Beloborodov (1891-1938): comandante del ejército y miembro del Comité Central del partido, murió después del tercer proceso de Moscú. Boris Eltsin (1875-?), fundador del Partido Bolchevique y ex dirigente del soviet de Ekaterinburgo, probablemente murió en el exilio P.K. (Mudu) Mdivani (1887-1937): ex jefe de estado de la Georgia soviética y militante de la Oposición de Izquierda, fue sentenciado a muerte por la Corte Suprema de Georgia en julio de 1937 y fusilado. M. Okudjava, militante de la Oposición condenado al exilio en 1928, murió en él. Ian Gamarnik (1894-1937): se suicidó ante la perspectiva de ser arrestado. Mijail Tujachevski (1893-1937): mariscal de la URSS; y Iona E. Iakir (1896-1937): miembro pleno del Comité Central, fueron acusados de traición y fusilados en 1937.

[4] Todo el discurso brilla por su estilo. Hay “centenares de miles de cuadros”. La lucha de clases posee “extremidades”. Una “extremidad opera”. Los serviles editores no se atreven a señalarle al “Líder" su analfabetismo. El estilo hace no sólo al hombre, sino también al régimen. (Nota de León Trotsky).

[5] Rudolf Hess (n. 1894): jefe de la sección política del partido nazi a partir de 1932 y miembro del consejo ministerial de Hitler a partir de 1934. En 1941 voló a Escocia, pero fue arrestado y retenido como prisionero de guerra; en 1946, el tribunal de crímenes de guerra de Nuremberg lo condenó a muerte. Walter Citrine (n. 1887): secretario general de la central obrera británica en 1926-46, fue ordenado caballero en 1935 por sus servicios al capitalismo y recibió el título nobiliario de baronet en 1946. Stanley Baldwin (1867-1947): conservador, fue primer ministro británico en los años veinte y en 1935-37. Sir Samuel Hoare (1880-1959): conservador, ocupó - varias carteras ministeriales y en 1936-37 fue ministro de Marina y ministro de Interior.

[6] G.K. Orjonikije (1886-1937): organizador de los planes quinquenales, era comisario de industria pesada.

[7] Iakov Lifshits (1896-1937): ex militante de la Oposición, era subcomisario del pueblo de Comunicaciones.

[8] Viacheslav Molotov (n. 1890): uno de los primeros partidarios de Stalin y miembro del Comité Central a partir de 1920, fue presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo en 1930-41 y ministro de Relaciones Exteriores después de Litvinov en 1939-49. Jruschov lo eliminó de la dirección en 1957.



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