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Preguntas concretas para el señor Malraux[1]

 

 

13 de marzo de 1937

 

 

 

La grosería, característica general de todo el bando stalinista, no cambia las cosas. Jamás dije que México era el único país que ayudaba a España. Dije que México hacía lo más que podía y que todos los pueblos lo sabían. Cualquiera sea la suerte de la revolución española, siempre habrá gratitud en el corazón del pueblo español hacia el pueblo mexicano.

Una política generosa y perspicaz siempre rinde sus frutos.

A diferencia de México, la burocracia soviética hace lo menos que puede, es decir, lo mínimo indispensable para no desacreditarse totalmente a los ojos del proletariado. A ello es necesario agregar que la política que la burocracia stalinista le impone a la revolución española es fatal, en todo el sentido de la palabra. Es una política que ya provocó terribles derrotas en otros países. Sin embargo, no tiene sentido discutir la revolución con el señor Malraux. Ya en 1931 escribí en la Nouvelle Revue Française que Malraux no había aprendido nada de la experiencia de la revolución china y que desconoce el abecé del marxismo. Desde entonces no ha aprendido nada.

En este momento es mucho más importante la misión que el señor Malraux está realizando en Estados Unidos. Vino a declarar que los procesos de Moscú son un problema “personal” de Trotsky; que no vale la pena preocuparse por la suerte “personal” de la Vieja Guardia bolchevique cuando existen problemas “políticos” tan importantes como la revolución española.

Aquí el señor Malraux se desenmascara completamente. Los defensores de los fraudes judiciales de Moscú se dividen en tres categorías. La primera corresponde a los que repiten las acusaciones como loros, agregando un par de insultos de su propia cosecha: estos son los “periodistas” de la Comintern, que escriben bajo las órdenes directas de la GPU. Nadie los toma en serio ni los respeta. El segundo grupo, bajo una pretendida imparcialidad justifica los procesos de Moscú con argumentos abstractos y sofismas: bajo el disfraz de un “análisis puramente jurídico”, estos sujetos embellecen lo que sucedió en el escenario judicial, a la vez que se niegan obstinadamente a echar una mirada entre bastidores. Pero todo el juicio se preparó durante años tras las bambalinas; lo que aparece en escena es apenas una fracción del trágico espectáculo, destinada a engañar a la opinión pública. Tenemos todo el derecho de denominar a esta defensa, “puramente jurídica” con el término prittismo, por el abogado inglés Pritt. Sin embargo, este sistema también está desacreditado. Resta el tercer método, que consiste en desviar a la opinión pública de los fraudes colosales y de los asesinatos hacia otros problemas, mediante llamamientos patéticos. Esta es la misión del señor Malraux y de otros individuos de su calaña.

El afirma que los procesos de Moscú son un asunto “personal” mío; ¿no es monstruoso? Una cosa o la otra: si las acusaciones son veraces, si toda la vieja generación del Partido Bolchevique con excepción de Stalin y su camarilla se han embarcado en el camino del fascismo, entonces el sistema soviético está afectado por una crisis de inconcebible gravedad. Si la acusación es falsa, entonces estos fraudes judiciales, sin precedentes en la historia, demuestran que el aparato burocrático está totalmente podrido. En cualquiera de los dos casos, el estado soviético está aquejado de una gravísima enfermedad. Es necesario cuidarlo. Es necesario salvarlo. ¿Cómo? El diagnóstico debe preceder a la prescripción. Es necesario decir lo que es. Es menester explicar la verdad. Sólo puedo sentir pena por los que ven en esto un problema “personal”. En este sentido, es imposible no ver la siguiente y pequeña contradicción: Cuando yo emito una opinión sobre un problema político, los amigos de Stalin exclaman: “ ¡Debe ser expulsado por intervenir en política!” Pero cuando me defiendo de los fraudes, los mismos amigos exclaman: “¿ Lo veis? Solamente le interesan sus problemas personales, no las cuestiones políticas.” Estos caballeros son difíciles de complacer.

Para esclarecer mejor sus verdaderas funciones, le planteo al señor Malraux algunas preguntas concretas ante la opinión pública mundial. ¿Qué ha sido de Kuklin y Gertik, militantes de la Vieja Guardia, acusados junto con Zinoviev, pero que no comparecieron en el banquillo de los acusados?[2] Yo sostengo que ellos y decenas de hombres más fueron fusilados en el curso de la indagación preliminar por negarse a cantar la melodía compuesta por el fiscal: ¿es así, o no es así? ¿Qué ha sido de Sosnovski,[3] militante de la Vieja Guardia, amigo de Lenin, destacado escritor? Yo sostengo que se opuso a los fraudes y fue eliminado: ¿es así, o no es así? Tan pronto reciba la primera respuesta, publicaré una nueva lista.

El señor Malraux se jacta de haber “defendido” siempre a los antifascistas. No, no siempre, sino cuando ello coincide con los intereses de la burocracia soviética. El señor Malraux jamás defendió a los antifascistas italianos, búlgaros, yugoslavos y alemanes a quienes la burocracia soviética brindó hospitalidad pero que, cuando criticaron el despotismo y los privilegios de ésta, cayeron en manos de la GPU. ¿Dónde están los revolucionarios yugoslavos Dedittech, Dragitsch y Haeberling? ¿Dónde está Zenzi Muehsam, esposa del poeta y militante anarquista Eric Muehsam, torturado por los nazis? ¿Dónde están los revolucionarios italianos y españoles Gezzi, Gaggi, Merino y Caligaris, cuya liberación fue exigida por los mismos milicianos españoles que tanto desvelan al señor Malraux? ¿Tendría el señor Malraux la amabilidad de hacernos conocer la lista completa de los antifascistas, sobre todo los búlgaros, que fueron fusilados sin indagación ni juicio junto con otras 104 personas “en ocasión del” asesinato de Kirov, aunque no tuvieron nada que ver con ese hecho?

¿Existe un vínculo entre estos crímenes de la burocracia soviética y su política en la Península Ibérica y en el resto del mundo? Yo afirmo que ese vínculo no puede dejar de existir. Se trata de una sola política del bonapartismo, que produce resultados nefastos en todos los terrenos. Pero si el señor Malraux se niega a reconocer la existencia de este vínculo, al menos no puede evadir las preguntas concretas que le planteo. ¿Sus amigos moscovitas se niegan a informarle? Esa negativa constituirá la confirmación de las peores acusaciones contra la burocracia soviética.



[1] Preguntas concretas para el señor Malraux. Del archivo personal de George Novack. Cuando United Press publicó una versión abreviada y distorsionada de la declaración de Trotsky del 8 de marzo, Malraux escribió una respuesta que apareció en el New York Times del 13 de marzo. En este segundo artículo, Trotsky responde a algunas cuestiones planteadas por Malraux.

[2] A. M. Gertik: uno de los acusados en el proceso de enero de 1935, fue condenado a prisión, pero no se lo llamó a comparecer en procesos posteriores.

[3] Lev Sosnovski (1886-1937): destacado periodista soviético, fue, como Rakovski, uno de los primeros militantes de la Oposición de Izquierda y uno de los últimos de los que capitularon. Fue asesinado sin juicio ni confesión.



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