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El “millón de dólares”[1]

 

 

5 de marzo de 1938

 

 

 

El acusado Rosengoltz, ex comisario del pueblo de comercio exterior, declara que a través de la agencia de su comisariado, “durante los últimos años Trotsky recibió casi un millón de dólares para sus actividades encaminadas a derrocar al estado soviético”. De acuerdo a los comunicados de Moscú, Rosengoltz describió más adelante las maquinaciones hechas por el comisariado de comercio exterior con el propósito de ocultar al estado los desfalcos.

Admito la posibilidad de que tales maquinaciones sucedieron y suceden ahora en el comisariado de comercio exterior, así como en algunos otros. Probablemente Rosengoltz fue destituido por la revelación de algún serio abuso de los fondos, espero que sin su complicidad personal. La falta de control sobre el régimen es el alimento con el que prosperan los ladrones y el latrocinio. En el curso de los últimos años he tenido la oportunidad de referirme al asunto en varias publicaciones, especialmente en el Biulleten Opozitsi editado por León Sedov en París. Posiblemente dijo la verdad en esta parte de su testimonio. En un plano completamente diferente se halla la segunda parte de su testimonio en la que se refiere al “millón de dólares” que me entregó.

Con el fin de aportar cierta claridad desde el comienzo mismo del asunto, declaro categóricamente: la única suma que he recibido del tesoro soviético desde mi destierro de Rusia fueron 2.500 dólares que me fueron entregados por un agente de la GPU en Constantinopla para la sobrevivencia de mi familia y la mía. Dicha suma se me dio con toda legalidad y el agente obtuvo un recibo de mi parte. No he recibido ninguna otra suma del tesoro soviético durante los años de mi destierro actual (1929-1938), ni legal ni ilegalmente, directa o indirectamente, en dólares, libras, marcos o ninguna otra moneda nacional.

Al testificar más adelante, Rosengoltz formuló el asunto más precisamente, cuando dijo que en cada uno de los últimos tres años, “Trotsky recibió más o menos regularmente casi 110.000 dólares al año”. Esta adición de 10.000 dólares a los 100.000 dólares se especifica aquí, por supuesto, en los intereses de una contabilidad precisa. La precisión es también aconsejable en la falsedad. Declaro categóricamente: No he recibido ni 100.000 dólares ni 10.000; ni siquiera un solo dólar de fuentes soviéticas durante los últimos tres años, o durante los seis precedentes.

En los comunicados de Moscú, no aparece muy claro si el señor Rosengoltz describió la forma en que remitió tan enormes sumas: ¿a través de un banco? ¿Qué tipo de banco exactamente? ¿Quién depositó el dinero y cuándo? ¿A nombre de quién se inició la actual cuenta? Es posible y necesario verificar inmediatamente estos aspectos.

He estado en México por más de un año. Esto significa que los últimos 110.000 dólares debieron haberme llegado durante mi estadía aquí. Repito mis preguntas:

¿A través de qué banco? ¿Cuándo? ¿A nombre de quién?

O tal vez el dinero me lo entregó un mensajero como giro bancario o en bolsas de oro. ¿Quién entregó estas sumas? ¿Cuándo y dónde se encontró conmigo? ¿Recibió de mí alguna clase de recibo? ¿Dónde están estos recibos?

Uno de los comunicados declara que parte de la suma me fue remitida a través de cierta “firma alemana”. De este modo la GPU pretende evidentemente evadir una investigación: la justicia soviética no puede esperar ayuda alguna de la justicia fascista. Por mi parte, confío en ésta tan poco como en la justicia de Stalin. Sin embargo, es claro que la referencia a una “firma alemana” representa simplemente un ardid miserable. Rosengoltz no podía abandonar este dinero “secreto” al arbitrio de la “firma”. No podía haber evitado asegurarse de un vinculo personal entre esta firma y yo. Sus preocupaciones respecto a la segura remisión del dinero podían haberse satisfecho solamente si la firma me hubiese entregado las sumas dichas. En consecuencia, Rosengoltz debe saber exactamente cómo se realizó esta operación financiera y está obligado a relatar todo lo que sabe sobre ella... si es que sabe algo.

Según los últimos comunicados parece ser que Rosengoltz declaró que 630.000 dólares del millón se le remitieron a mi hijo Sedov. Todas las preguntas formuladas anteriormente conservan toda su fuerza para este caso: ¿Quién? ¿Cuándo? ¿A través de qué banco?

En realidad la prensa mundial ya refutó estas mentiras antes de que fueran publicadas. Tras la muerte de Sedov, todos los corresponsales extranjeros en París, comentaron, no sin asombro, sobre las condiciones tan modestas en las que mi hijo vivía. Tengo a la mano todas las cartas escritas por Sedov durante nuestro exilio. De ellas se desprende que fueron grandes los esfuerzos realizados para recoger la cantidad necesaria para la publicación del Biulleten ruso una, o dos veces al mes. Más aun, el problema no era de cientos de miles de dólares sino de aproximadamente 2.000 francos, es decir, de casi 100 dólares. Sedov vivió y murió como un proletario.

La investigación de todos los datos anteriores, así como la de todos mis gastos, comenzando con los catorce meses de mi estadía en México, no deben presentar dificultad alguna. Es cierto que no existen relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y este país. Pero a través de la Liga de las Naciones[2] o de un tercer organismo, la justicia soviética podría encontrar fácilmente un medio de acercarse a la justicia mejicana. Indudablemente las autoridades de este magnánimo país no rehusarán cooperar con la investigación. Pero el problema no se limita a México. Después de mi residencia en Turquía, viví en Francia y Noruega. Con estos países, la Unión Soviética no sólo tiene relaciones normales sino amistosas. La gente que me rodea, las organizaciones políticas con las cuales tengo algo que ver son conocidas por el mundo entero. Sus ingresos y gastos pueden ser fácilmente verificados. Un millón de dólares no podrían pasar desapercibidos en mi modesto presupuesto. Una suma tan grande tiene que dejar trazas materiales. Mis supuestos - cómplices, los antiguos “conspiradores”, los actuales acusados y la mayor parte de los Rosengoltz deben saber: a) cómo recibí el dinero; b) cómo lo gasté. Permítales suministrar algunos hechos concretos que puedan someterse a una investigación objetiva en todos los países donde he vivido y trabajado. Verificaciones de este tipo revelarán inevitablemente que, bajo las órdenes de la GPU, Rosengoltz acumuló calumnias no sólo contra mí sino también contra él.

Desafío al señor Troianovski, embajador soviético en Washington y a través de él al gobierno soviético, a realizar una inmediata investigación del mítico millón de dólares, antes que Rosengoltz sea ejecutado o lo den por muerto. Prometo presentar todas mis cartas, documentos y cuentas financieras como lo hice ante la Comisión de Investigación de Nueva York dirigida por el doctor John Dewey.

No tengo la menor esperanza de que mi desafío sea aceptado. Los acusados serán ejecutados o se anunciará su ejecución. Pero tal vez, algunos meses más tarde, tendrá lugar un nuevo juicio donde nuevos “conspiradores”, con golpes de pecho, demostrarán la culpabilidad de Rosengoltz tal como éste “descubrió” culpable al ejecutado mariscal Tujachevski. ¡De este modo funciona la mecánica degradante y monstruosa de la justicia de Stalin!



[1] El “millón de dólares”. De los archivos de Joseph Hansen. Una parte fue citada en el New York Times el 6 de marzo de 1938. 5 de marzo de 1938

[2] La Liga de las Naciones, a la cual se refería Lenin como “la ‘cocina’ de los ladrones”, fue creada por la Conferencia de Paz de Versalles en 1919, como una forma de gobierno y cooperación mundial que prevendría futuras guerras. Su absoluta bancarrota se hizo clara cuando fue incapaz de ningún efecto en la invasión japonesa a China, la invasión italiana a Etiopía y otros eslabones de la cadena que llevó a la Segunda Guerra Mundial.



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