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El ejército contra Stalin[1]

 

 

6 de marzo de 1938

 

 

 

En los procesos de Moscú no sólo juzgan a personas destrozadas y quebrantadas, semi-cadáveres morales, sino también a personas ya muertas. Los espectros del mariscal Mijail N. Tujachevski, los generales I.E. Iakir, I.P. Uborevich, A.I. Kork y otros asesinados comparten el banquillo de los acusados.[2]

Después de sus arrestos y las ejecuciones que los siguieron, la prensa soviética se refirió a ellos como “agentes extranjeros” y “espías”. Sobre una conspiración militar, un plan de tomarse el Kremlin y de asesinar a Stalin, no se hizo la más mínima mención. Sin embargo hubiera sido plausible que, para esa época, el gobierno supiera exactamente por qué había ejecutado a los mejores jefes militares soviéticos. Pero preso del serio pánico político del verano pasado, Stalin actuó más rápido de lo que pensó.

Temiendo la reacción del ejército juzgó ilícito perder tiempo en una “educación” inquisitorial de los generales para un juicio. Más aun, estos hombres pertenecían a la generación más joven, tenían nervios más fuertes y eran expertos en enfrentarse a la muerte. Eran inadecuados para un espectáculo público. Sólo quedaba una salida, fusilarlos primero y explicar después. Pero aun después de que se apagaron los ecos del Máuser, Stalin no podía decidir sobre una versión conveniente del proceso.

Hoy puede decirse con absoluta certeza que el desaparecido Ignace Reiss tenía razón cuando aseguraba que no se hizo consejo de guerra a “puerta cerrada”. En efecto, ¿por qué cerrar las puertas, si se trataba de una conspiración? Hablando claramente, los generales fueron asesinados de la misma manera en que Hitler se vengó de Roehm y otros en junio, de 1934.[3]

Evidentemente, después del sangriento castigo, ocho generales más (el mariscal T. I. Alksnis, el mariscal S.M. Budenni, el mariscal V. I. Bluecher, el general Boris Shaposhnikov y otros)[4] recibieron el texto preparado de la sentencia que les ordenaron firmar. El objetivo era deshacerse de varios y al mismo tiempo tentar la lealtad de los demás y destruir su popularidad. Esto estaba en armonía total con el estilo común de Stalin.

Indudablemente algunos de los supuestos “jueces”, si no todos, rehusaron aparecer ante la opinión pública como verdugos de sus más íntimos camaradas de armas, especialmente después de que el trabajo del verdugo había sido ya realizado por otros. Las firmas de los recalcitrantes fueron, de todos modos, añadidas a la sentencia y poco después estos fueron destituidos, detenidos y fusilados. La tarea parecía haber sido cumplida.

Pero la opinión pública, incluyendo la del Ejército Rojo, se resistía a creer que los héroes de la Guerra Civil, orgullo de la nación, habían resultado ser, nadie sabe por qué, espías japoneses o alemanes. Era necesaria una nueva versión. En el curso de la preparación del juicio actual se decidió acusar a los generales desaparecidos de conspirar para dar un golpe de estado militar.

Así, el asunto giró, no sólo alrededor de un tráfico miserable de espionaje, sino de un grandioso plan para una dictadura militar. Tujachevski habría conquistado el Kremlin, el mariscal Ian B. Gamarnik[5] la Lubianka, (oficina principal de la GPU) y Stalin habría sido asesinado por centésima primera vez.

Como siempre, a la nueva versión se le dio fuerza retroactiva. El pasado se reconstruyó de acuerdo a las necesidades del presente. De acuerdo al testimonio de A.P. Rosengoltz, León Sedov, mi difunto hijo, le recomendó desde 1934 en Carlsbad (donde Sedov nunca estuvo en su vida) que se mantuviese una estrecha vigilancia del “aliado” Tujachevski por su propensión a una “dictadura napoleónica”. Así, el plan de la conspiración se amplía gradualmente en el tiempo y en el espacio. La decapitación del Ejército Rojo no es más que un episodio en la campaña de exterminación de los omnipresentes y penetrantes “trotskistas.”

Con el fin de hacer claridad, debo referirme aquí a las relaciones entre Tujachevski y yo. En los primeros días de su ascenso en el Ejército Rojo yo le ayudé. Apreciaba su talento militar, así como la independencia de su carácter, pero nunca tomé muy en serio las convicciones comunistas de este antiguo oficial de la Guardia.[6]

Tujachevski conocía mi apreciación en sus dos aspectos. Se comportó conmigo, en cuanto puedo juzgarlo, con respeto sincero, pero nuestras conversaciones no fueron más allá de los límites de las relaciones oficiales. Creo que mi partida del ejército la aceptó con cierta pena y alivio a la vez. El podía esperar, no sin razón, que por su ambición e independencia se le abriría un mayor campo con mi partida. Desde el momento de mi retiro, es decir, desde la primavera de 1925, no volvimos a vernos ni a mantener correspondencia.

El siguió una línea estrictamente oficial. En las reuniones políticas del ejército era uno de los más notables oradores contra el trotskismo. Creo que desempeñaba esta tarea por obligación, sin el menor entusiasmo. Pero su participación activa en la venenosa campaña contra mí bastaba para excluir la posibilidad de cualquier tipo de relaciones personales entre nosotros. Esto fue lo suficientemente claro para todo el mundo, de modo que nadie podría establecer ningún vínculo político entre él y yo.

Esto explica por qué, en mayo y junio del año pasado, la GPU no se atrevió a relacionar el caso de los generales con la conspiración de los “centros” trotskistas. Para arriesgarse a un experimento tal era necesario que pasasen algunos meses de olvido y que se diera una dosis complementaria de falsificaciones.

La sentencia de la llamada Corte de Justicia (Pravda, 12 de junio de 1937) acusa a los generales de haber “suministrado sistemáticamente... información de espionaje” a un estado enemigo y de haber “preparado la derrota del Ejército Rojo”, en el caso de un ataque militar a la Unión Soviética. Este crimen no tiene nada en común con el plan de un golpe de estado militar.

En mayo de 1937, cuando, de acuerdo al testimonio de Nikolai N. Krestinski, la toma del Kremlin, la Lubianka, etcétera, debía llevarse a cabo, no hubo ningún “ataque militar a la Unión Soviética”. En consecuencia, los generales conspiradores no esperaban la guerra en absoluto. Habían designado con anticipación una fecha definida para su golpe militar. Sin embargo, el “crimen” por el cual fueron ejecutados fue el de espionaje, con el propósito de asegurar, “en caso” de guerra, la derrota del Ejército Rojo.

Entre las dos versiones no hay nada en común. Se excluyen mutuamente. ¿Qué puede haber en común entre un espía que, en un futuro incierto, espera ser recompensado por una potencia extranjera y un conspirador valeroso que aspira a tomarse el poder con la fuerza de sus propias armas? Pero por supuesto, ni el fiscal Andrei I. Vishinski, ni el presidente de la corte Vassili V. Ulrich, se tomaron el trabajo de contraponer el testimonio de los actuales acusados con el texto de la sentencia de muerte impuesta por la Corte Suprema el 11 de junio de 193 7.

A la nueva versión se le da vigencia, como si nunca hubiese existido una “Corte Suprema”, una sentencia y una ejecución. Con una insistencia casi maníaca, Krestinski y Rosengoltz, principales asistentes del fiscal en este asunto, vuelven al problema concerniente a la conspiración de Tujachevski y mis supuestos vínculos con él.

Krestinski declara que recibió una carta mía fechada el 19 de diciembre de 1936 - es decir, diez años después de que había roto totalmente las relaciones con él - en la que yo había recomendado la creación de una “amplia organización militar”. Esta supuesta carta que enfatizaba forzosamente la “amplia” escala de la conspiración, trata evidentemente de justificar la exterminación de los mejores oficiales, que comenzó el año pasado pero que hasta hoy está lejos de completarse. Krestinski, por supuesto, “quemó” mi carta, siguiendo el ejemplo de Karl Radek, y no presentó a la corte nada distinto a sus confusas reminiscencias.

El mismo Krestinski declaró que, junto con Rosengoltz, recibió una carta mía del lejano México poco antes de la ejecución de los generales, en la que se exigía que “se acelerara” el golpe de estado. Debe suponerse que esta carta fue “quemada” de la misma manera en que quemaron todas las otras cartas que han figurado en los juicios de los últimos años.

En todo caso, después de meses de confinamiento y de un viaje forzado en un barco tanque, separado de la esfera de la acción por un océano y un continente, me las arreglé para estar informado del desarrollo práctico de la última “conspiración” y hasta di instrucciones respecto a la fecha del golpe de estado.

Pero, ¿cómo llegó mi carta de México a Moscú? Amigos norteamericanos suponen que el misterioso Adolfo A. Rubens figurará en este juicio como el mensajero designado para unirme a los espectros de los generales de Moscú.[7] En cuanto no conozco nada de Rubens o su órbita, me veo obligado a suspender cualquier juicio. Presumo que los señores Earl Browder y William Z. Foster puedan ampliar con mayor autoridad sobre la cuestión.[8]

Nikolai Krestinski, principal testigo contra los acusados en el caso de Tujachevski y los otros, fue detenido en mayo de 1937 y, en sus propias palabras, hizo una franca “confesión” una semana después de su arresto. Los generales fueron fusilados el 11 de junio. Supuestamente los jueces debieron haber oído el testimonio de Krestinski en aquel momento. El mismo debió haber sido llamado como testigo al juicio (si es que éste se efectuó).

De cualquier modo, el anuncio de la ejecución de los generales emitido por el gobierno no pudo haber mencionado el espionaje y callarse sobre un golpe de estado militar, si el actual testimonio de Krestinski no hubiera sido inventado después de la ejecución.

La esencia del asunto yace en el hecho de que el Kremlin no podía proclamar en voz alta la verdadera razón de la ejecución de Tujachevski y los otros. Los generales se apresuraron a defender al Ejército Rojo de las intrigas desmoralizadoras de la GPU. Defendieron a los mejores oficiales de las acusaciones falsas. Se resistieron al establecimiento de la dictadura de la GPU sobre el Ejército Rojo bajo la apariencia de “soviets militares” y “comisarios”.

Los generales lucharon por los intereses de la seguridad de la Unión Soviética contra los intereses de la seguridad de Stalin. Esa es la razón por la cual murieron. Así, desde las contradicciones vacías y el montón de mentiras del nuevo juicio, la sombra del mariscal Tujachevski se levanta con un atronador llamamiento a la opinión pública mundial.



[1] El ejército contra Stalin. New York Times, 7 de mayo de 1938.

[2] A. L Kork (1887-1937): uno de los generales del Ejército Rojo acusado de traición y ejecutado en 1937.

[3] Ernest Roehm (1887-1934): jefe nazi, secretario de estado en Bavaria, quien fue acusado de conspirar para derrocar a Hitler y ejecutado en la “purga de sangre” de junio de 1934.

[4] T. I. Alksnis (1898-1938): comandante de la fuerza aérea y miembro de la corte que sentenció el primer grupo de comandantes del Ejército Rojo, fue a su vez detenido y ejecutado en 1938. V. K. Bluecher (1889-1938): miembro candidato del Comité Central cuando fue detenido y acusado de traición. Semyon M. Budenni (1883-1973) y Boris M. Shaposhnikov (1882-1945): fueron dos de los pocos comandantes principales del ejército que escaparon de ser ejecutados o encarcelados durante las purgas.

[5] Ian Gamarnik (1894-1937): se suicidó ante la perspectiva de ser detenido.

[6] Tujachevski había sido subalterno del Regimiento de la Guardia Semeonovski durante la Primera Guerra Mundial.

[7] Adolph A. Rubens: nombre verdadero de Robinson.

[8] Earl Browder (1891-1973): secretario general del PC norteamericano por mandato de Stalin en 1930 y por lo mismo depuesto en 1945 y expulsado del partido en 1946. Fue Candidato presidencial del partido en 1936 y 1940. William Z. Foster (1881-1961): dirigente del Partido Comunista norteamericano y su candidato presidencial en 1924, 1928, 1932 y su presidente después de la Segunda Guerra Mundial.



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