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El Pacto Hitler y Stalin y el debate sobre el carácter de la URSS

 Andrea Robles

 

La derrota de la revolución española, el triunfo de la intervención común junto a Franco de Italia y Alemania fortaleció a esta última, y alentó el inicio de la guerra. Puso en evidencia la falacia del “frente democrático” que se desvaneció, mostrando cabalmente los intereses imperialistas de las potencias y los de la burocracia soviética frente a la guerra que se avecinaba. Los hasta ayer amigos de la URSS, y cómplices del exterminio de la vanguardia revolucionaria de la URSS y otros países, pasaron a ser detractores no tanto de Stalin, sino del bolchevismo en su conjunto. Los grupos de izquierda centristas que rechazaron la formación de la IV Internacional y se mantuvieron en la órbita del estalinismo y la socialdemocracia se dispersaron. Una gran reacción ideológica se imponía sobre los trotskistas, agudizada más aún, con el pacto Hitler-Stalin.

 

 

El pacto Hitler-Stalin

Más de una vez, Trotsky afirmó que las tendencias a la nueva guerra mundial sólo podían ser impedidas por la revolución en alguno de los países centrales. Con el avance de Franco, en contrario, el eje de Alemania, Japón e Italia tuvo su primera prueba triunfante. En septiembre de 1938, Alemania invadió Checoslovaquia, apropiándose de toda una región, los Sudetes, amenazando la frontera con la URSS. Con el pacto de Munich, Gran Bretaña y Francia, que autorizaron la anexión, dieron por tierra “el frente popular” y la alianza del Kremlin, cambio que -como anticiparía Trotsky - empujaba a este último a un pacto con Hitler. El 22 de agosto de 1939, Alemania y la URSS firmarían un pacto de no agresión1.

Al partir de la base material, es decir de la naturaleza de clase de ambos estados y el rol en el proceso histórico objetivo, a Trotsky no lo sorprendió el nuevo pacto de Stalin con Hitler, en la que el primero apostó a una nueva vía para evitar la guerra de la misma manera que antes lo había hecho con los imperialismos “democráticos”. El desarrollo económico del estado obrero no exigía una extensión de las fronteras, sino aprovechar la gran capacidad disponible y el nivel de sus fuerzas productivas, y su capacidad ofensiva no le permitían esperar encarar una gran guerra con éxito. Había otra razón más por las que Stalin no quería la guerra: al igual que en la primera guerra emergería la revolución en Europa que haría peligrar su dominio. En cambio, la Alemania capitalista con el fascismo liquidó las contradicciones de clase al interior para pelear un nuevo reparto del mundo, confinada a sus fronteras nacionales luego de su derrota en la primera guerra mundial, Hitler utilizó el pacto para proveerse de materias primas no sólo por el intercambio entre ambos países, sino por la explotación de los recursos de los países del Báltico, Escandinavia y los Balcanes, con la aprobación del Kremlin y el apoyo moral que significaba, permitiendo a Alemania iniciar su incursión a Occidente, antes de volverse hacia el Oriente.

El nuevo pacto fue un nuevo salto en la cadena de capitulaciones del Kremlin hacia las potencias imperialistas, que causó indignación en la clase obrera, sembrando más confusión y desmoralización, miles de militantes rompieron con los partidos comunistas. “Hitler y Stalin, ¿son lo mismo?”, fue el lugar común en el sentimiento de millones. Los que se titulaban demócratas raudamente comenzaron a escribir página y páginas respondiendo afirmativamente.

El fin del “frente popular” y la cruzada contra la “amoralidad bolchevique”

Todos aquéllos, quienes hasta hacía poco habían guardado un silencio cómplice y declaraban su amistad con Stalin cuando el exterminio de los revolucionarios en la URSS, con el fracaso del “frente popular” y más aún luego del pacto, sintieron renacer sus fuerzas y comenzaron una cruzada moral contra Stalin. Cómo explica Trotsky, “La gangrena moral de la burocracia soviética les parece una rehabilitación del liberalismo. Se les ve exhibir viejos aforismos fuera de cuño, como estos: ‘toda dictadura lleva en sí los gérmenes de su propia disolución’; ‘sólo la democracia puede garantizar el desenvolvimiento de la personalidad’, etc. Esa oposición de democracia y dictadura, que contiene, en este caso, la condenación del socialismo, en nombre del régimen burgués, asombra, desde el punto de vista teórico, por su ignorancia y su mala fe”2.

En general, la intelectualidad pequeña burguesa, presa de la impotencia frente a la reacción, dirige sus “principios morales” a los que “provocan” a la reacción, los revolucionarios. Si Hitler y Stalin son gemelos, “la idea que stalinismo y trotskismo son en el fondo idénticos, encuentra hoy la más amplia aceptación”. Para sostener estas igualdades se basan en analogías de forma: “Para los demócratas, son el fascismo y el bolchevismo los gemelos, puesto que no se inclinan ante el sufragio universal [...] Los rasgos comunes a las tendencias así comparadas son innegables. La realidad, sin embargo, es que el desarrollo de la especie humana no se agota ni con el sufragio universal, ni con ‘la sangre y el honor’, ni con el dogma de la Inmaculada Concepción. El proceso histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usen métodos análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos beligerantes son siempre más o menos simétricos y si no hubiera nada de común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques uno al otro”3.

Pero más allá de sus sermones, el denominador común entre liberales y radicales, burócratas sindicales a nivel mundial, era su subordinación a la política de la burguesía que escondían con sus ataques contra la “amoralidad bolchevique”. En cambio, “El bolchevique no se concibe, naturalmente, sin método materialista, inclusive en el dominio de la moral. Pero ese método no sólo le sirve para interpretar los acontecimientos, sino para crear el partido revolucionario, el partido del proletariado. Es imposible cumplir semejante tarea sin una independencia completa ante la burguesía y su moral (…) Tal cosa exige un arrojo moral de distinto calibre del que se necesita para gritar en las reuniones públicas: ‘¡Abajo Hitler! ¡Abajo Franco!’ (…)Ya que esta organización [los partidos centristas nucleados en el llamado Buró de Londres]. ‘admite’ el programa de la revolución proletaria, nuestras divergencias con ella parecen a primera vista secundarias. En realidad su ‘admisión’del programa revolucionario carece de todo valor, ya que no la obliga a nada (…) En la esfera de la política práctica, se unen con los peores enemigos de la revolución, los reformistas-stalinistas, para luchar contra nosotros. Todo su pensamiento está impregnado de duplicidad y de falsía. Si no llegan hasta crímenes enormes sólo es porque siempre se quedan en el último plano de la política: son, en cierta forma, los carteristas de la historia”.4

La URSS : ¿Estado obrero o Estado burgués?

La discusión de fondo sin embargo se desarrolló en las filas de la IV Internacional y profundizó una tendencia cuya expresión máxima la encabezaron dos de los máximos dirigentes, James Burnham y Max Shachtman, del norteamericano SWP. A los cuestionamientos sobre el carácter del estado soviético se sumaron consideraciones de imperialismo o zarismo a las incursiones militares del Kremlin.

Trotsky, polemizando con Burnham planteaba que: “El izquierdista pequeño burgués vulgar se asemeja al ‘progresista’ liberal, en que toma a la URSS como un todo, sin comprender su dinámica interior y sus contradicciones. Cuando Stalin celebró una alianza con Hitler, invadió Polonia y ahora Finlandia, los izquierdistas vulgares triunfaron: ¡la identidad de métodos entre el stalinismo y el fascismo quedaba demostrada! Sin embargo, se vieron en dificultades cuando las nuevas autoridades invitaron a la población a expropiar a los terratenientes y capitalistas. ¡No habían previsto para nada esa posibilidad! Entre tanto, las medidas revolucionarias socialistas, realizadas por medios burocráticos-militares, no solamente no perturbaron nuestra definición dialéctica de la URSS como Estado obrero degenerado, sino que la confirmaron de la manera más incontrovertible”5.

Sin desconocer la existencia de un conflicto entre las bases económicas del Estado obrero, caracterizado por la expropiación y nacionalización de los medios de producción, y el aparato de estado y su régimen político, en manos del stalinismo, los trotskistas rechazaban el método subjetivista para resolverlo. Por este último camino, al desechar el punto de vista de clase, se negaban a defender a la URSS en caso de un ataque imperialista, abandonando las conquistas indiscutibles de la clase obrera rusa y mundial. Trotsky explicaba este fenómeno, mostrando la superioridad de la dialéctica materialista para explicar los hechos y delinear las perspectivas, cuya principal característica era que era un fenómeno nuevo y muy distinto a la “norma” programática. En varias discusiones tomó la analogía con los sindicatos dada su larga historia y tradiciones (sindicatos dirigidos por variantes reformistas, combativas, reaccionarias, etc.) que nadie dudaba en apoyar si uno de ellos era atacado por la patronal aún cuando estuviese dirigido por un burócrata reaccionario. Así al igual que en los sindicatos: “la función de Stalin como la de Green [presidente conservador de la Federación Norteamericana del Trabajo (AFL)] tiene un doble carácter, Stalin sirve a la burocracia y por lo tanto a la burguesía mundial; pero él no puede servir a la burocracia sin defender la base social que la burocracia explota en su propio interés. Hasta ese punto, Stalin defiende la propiedad nacionalizada contra los ataques imperialistas y contra las capas demasiado impacientes y avaras de la burocracia misma. Sin embargo, él lleva a cabo esta defensa con métodos que preparan la destrucción general de la sociedad soviética. Es exactamente por esto que la camarilla stalinista debe ser derrocada, pero es el proletariado revolucionario quien debe hacerlo. El proletariado no puede subcontratar este trabajo a los imperialistas”.6

Luchando contra la corriente

En este panorama reaccionario, en discusiones con dirigentes de la IV Internacional sobre los problemas de construcción y la falta de progresos de algunas secciones, Trotsky explicaba que la razón más general radicaba en el decaimiento general del movimiento obrero en los últimos quince años y que encontraba su más aguda expresión en la terrible desproporción entre la tarea de los revolucionarios y los medios que disponían. Aún cuando las ideas de la IV Internacional se demostraran correctas, “las masas no se educan a través de una concepción teórica previsora sino por el conjunto de las experiencias que viven. (…) Debe haber un cambio en la concepción de la clase, en sus sentimientos, en sus simpatías, cambio que nos dará la oportunidad de alcanzar un gran éxito político”.7

Esto tampoco significaba aceptar con impotencia las crisis que podían atravesar los grupos o dejar pasar oportunidades que, si bien desde el punto de vista de la revolución no implicaran una gran diferencia, eran enormes, desde el punto de vista de la preparación del trabajo hacia la guerra: “Si la guerra comienza ahora, y parece que va a empezar, durante el primer mes perderemos las dos terceras partes de lo que actualmente tenemos en Francia. Se dispersarán. Son jóvenes y serán movilizados. Subjetivamente, muchos permanecerán fieles a nuestro movimiento. Aquellos que no sean arrestados y que se queden, no sé cuantos, tres o cinco, estarán absolutamente aislados. Sólo después de algunos meses comenzarán a manifestarse a gran escala y en todas partes la crítica y el disgusto -en un hospital, en una trinchera, en una mujer de pueblo- nuestros aislados camaradas encontrarán una atmósfera distinta y dirán una palabra de estímulo. Y el mismo desconocido camarada de alguna sección de París se convertirá en líder de un regimiento, de una división, y se sentirá un poderoso líder revolucionario. Este cambio tiene que ver con las características de nuestra época.”8

 

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1 El 1º de septiembre, Alemania invadió Polonia por occidente –dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial- y poco después la URSS ocupaba lo que quedaba de dicho país, por oriente.

2 León Trotsky, Su Moral y la Nuestra. Se puede consultar en "Escritos Filosóficos" del CEIP

3 Ibídem.

4 Ibídem.

5 León Trotsky, En defensa del marxismo, ídem anterior.

6 León Trotsky, Escritos León Trotsky 1929-1940, ¿Ni un estado obrero ni un estado burgués?, 25/11/37. La perspectiva que venían levantando los trotskistas era la de una revolución política que, corregiría las deformaciones de la burocracia y restablecería la perspectiva socialista internacional (ver León Trotsky, La Revolución Traicionada).

7 León Trotsky, Escritos…., Luchando contra la corriente, abril 1939.

8 Ibídem.

 



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