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Prinkipo

Llegué a Prinkipo el 20 de octubre de 1932. Tenía veinte años. Acababa de salir de nueve años de internado y me sentía un rebelde total contra la sociedad.
Desde la edad de quince años me consideraba comunista, al principio con una coloración rousseauniana y utopista, después, en medio de la gran crisis económica y de sus repercusiones, con una actitud más directamente política y activista. A partir de la primavera de 1932 era, de hecho, miembro de la Liga Comunista, el grupo trotskista francés de entonces. En aquella época no había carnets de afiliación: éramos tan pocos, apenas una veintena de personas verdaderamente activas en París. Yo participaba en las actividades del grupo que consistían sobre todo en tomar parte en las discusiones y en vender a viva voz La Vérité por las tardes en las bocas de los metros, cuando los obreros salían del trabajo, o el domingo por la mañana en las calles, en los barrios populares. Pegábamos carteles por la noche, lo que a menudo terminaba en una delegación policial, pues nunca teníamos el dinero para ponerles a esos carteles los timbres legalmente requeridos. Fui el primer adherente de la Liga que no había pasado por el Partido Comunista o la Juventud Comunista; todos los que encontraba en la Liga habían sido expulsados de una o la otra de esas organizaciones.
La Liga había sido creada en 1930 y había tenido una vida agitada. En 1932, su dirección se encontraba en manos de dos grupos, Raymond Molinier y Pierre Frank de un lado, Pierre Naville y Gérard Rosenthal, del otro. El primer grupo, seguro de gozar de la confianza de Trotsky, era el que tenía preponderancia. Las diferencias de temperamento y de carácter entre Molinier y Naville eran una fuente constante de conflictos. En 1930 hubo una crisis que amenazó la existencia misma de la nueva organización. La paz tuvo que ser impuesta por Trotsky. Cuando adherí a la Liga, no había desacuerdos profundos entre los dos grupos y la vida interna de la organización era entonces relativamente calma. Pero el antagonismo entre Molinier y Naville habría de dominar la vida del grupo durante los años que siguieron.
El grupo francés formaba parte del movimiento trotskista internacional. Después de 1923 Trotsky había criticado la dirección de la Internacional Comunista por lo que consideraba desviaciones de la vía revolucionaria. Sin embargo, incluso luego de haber sido expulsado de Rusia por Stalin en 1929, Trotsky siempre consideró que su objetivo era reconducir a la Internacional Comunista al camino de la “Revolución”, y no crear una organización rival. Aunque formalmente excluidos de las filas de la organización oficial, los trotskistas se consideraban parte de una oposición que por el momento estaba afuera, pero que un día recuperaría su lugar en las filas de la Internacional Comunista. “Nuestras ideas serán vuestras ideas y se expresarán en el programa de la Internacional Comunista”, había escrito Trotsky unos años antes.
A mediados de 1932, el principal tema de disputa entre los trotskistas y los stalinistas era la situación en Alemania. Hitler ascendía en forma continua y los dos grandes partidos obreros, el Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista, con millones de votos, permanecían desunidos e inertes. El Partido Comunista alemán, por orden de Stalin rechazaba toda acción común con los socialistas, identificándolos con los nazis. A principio de 1932, Stalin había hecho el profundo descubrimiento de que nazismo y socialdemocracia eran "gemelos". La actividad del Partido Comunista alemán descansaba sobre la teoría de que los socialistas eran, en realidad, “socialfascistas”. Una publicación comunista oficial declaraba en julio de 1931: “Todas las fuerzas del Partido (Comunista alemán) deben ser lanzadas a la lucha contra la socialdemocracia”. El peligro que representaba Hitler era minimizado y varias veces la dirección del Partido Comunista alemán anunció que el movimiento nazi estaba a punto de descomponerse. Trotsky tocó a rebato: denunció la política absurda del Partido Comunista alemán en una catarata de artículos y folletos, llenos de mordacidad y de inspiración. Si hoy echáramos una mirada hacia atrás, esos escritos aparecerían como los más brillantes de todos los que produjo en el exilio.
En julio de 1932 la situación empeoró bruscamente en Alemania, donde hubo un nuevo desplazamiento hacia la derecha. El Partido Comunista francés convocó, para el 27 de julio, a un gran mitin en Bullier, a fin de tratar de justificar la injustificable política del Partido Comunista alemán y de la Internacional Comunista. Bullier era un vasto salón de baile en lo alto del Boulevard Saint-Michel, capaz de contener varios miles de personas y se utilizaba de tanto en tanto para mítines políticos. La Liga había decidido hacerse oír. Queríamos explicar una vez más que las organizaciones socialistas y comunistas debían formar un frente unido contra Hitler. La sala estaba repleta. Y nosotros, apenas unos veinte, en medio de la multitud. Después de uno o dos discursos de oradores oficiales del Partido Comunista, quienes repitieron que en Alemania el enemigo principal era el Partido Socialdemócrata, nosotros abrimos fuego. Raymond Molinier gritó: “¡Pedimos la palabra para una declaración de cinco minutos!” Pudo agregar algunas palabras sobre la gravedad de la situación en Alemania y sobre la necesidad de un frente unido contra Hitler, pero no logró ir muy lejos. A una señal de Pierre Sémard, uno de los dirigentes del Partido Comunista francés y, sin duda, el que tenía ya una especialidad en perseguir a los trotskistas, los miembros del servicio de orden que ya nos habían ubicado y tomado posición alrededor nuestro, se apoderaron de unas sillas y empezaron a golpearnos. Yo fui uno de los que más recibieron. Me sacaron con la cabeza ensangrentada
Ya en el mes de junio Raymond Molinier me había preguntado si estaba dispuesto a partir a Prinkipo para ser secretario de Trotsky. Se necesitaba alguien y una de las razones que guiaron la elección de Molinier fue sin duda que yo leía ruso, idioma que me había puesto a aprender solo. Mi partida había sido demorada varias veces, pero el 13 de octubre me embarcaba en Marsella, en el Lamartine y, después de una escala en Nápoles y en el Pireo, desembarcaba en Estambul, el 20 por la mañana. Supe más tarde que Pierre Frank, que se encontraba entonces en Prinkipo, había venido a buscarme; pero, en mi apresuramiento, descendí tan rápido que nos desencontramos. Sin abandonar el muelle, tomé inmediatamente el barquito a álabes para Prinkipo, donde desembarqué al final de la mañana, valija en mano. Al llegar a la puerta de la casa, le di una nota al policía turco que allí se encontraba. Fue Jan Frankel quien salió a recibirme. Yo estaba conversando con él en el vestíbulo de la casa cuando Trotsky descendió de su escritorio. Estaba vestido con un traje de lino blanco. Volviéndose hacia Jan, dijo, refiriéndose a mí: “Se parece a Otto”. Otto era Otto Schüssler, que vivía entonces allí; como yo, es rubio, pero el parecido se detiene allí: somos muy diferentes por el tamaño y la forma del rostro.
León Trotsky se había exiliado de Rusia a comienzos de 1929. Había llegado a Estambul, proveniente de Odessa el 12 de febrero de 1929, con su segunda esposa, Natalia, y su hijo mayor Liova que entonces tenía 23 años. Trotsky y Natalia habían dejado en Rusia a su hijo menor Serguei, un ingeniero que no se ocupaba de política. Dos meses después de su llegada, Trotsky, Natalia y Liova se instalaron en Prinkipo, una isla en el mar de Mármara. Zinaida, o Zina como le decía, la hija mayor de Trotsky, de su primer matrimonio, había dejado Rusia a fines de 1930 y llegado a Prinkipo el 8 de enero de 1931, con su hijo Vsievolod o Sieva, diminutivo de su nombre. Liova se fue de Prinkipo el 18 de febrero de 1931 para ir a Berlín, a fin de retomar sus estudios de ingeniería y también para participar en la política revolucionaria. Zina, por su parte, dejó Turquía el 22 de octubre de 1931, también con destino a Berlín para seguir un tratamiento médico, dejando a Sieva en Prinkipo.
A mi llegada allí encontré viviendo en la casa, como secretarios y custodios, a Jan Frankel, de Praga; Pierre Frank, de París y Otto Schüssler, de Leipzig. Una dactilógrafa rusa, Maria Ilinichna Pevsner, que tenía un departamento en Estambul, llegaba por las mañanas y se iba al final de la tarde; cuando el mar estaba peligroso, pasaba la noche en el hotelito de Prinkipo, el Hotel Savoy.
Jan Frankel, que había llegado a Prinkipo el 15 de abril de 1930 era, de alguna manera, el secretario titular. Su llegada había permitido que Liova pudiera partir a Berlín. Otto Schüssler, llegado en mayo de 1932, era miembro de la dirección del grupo trotskista alemán y Pierre Frank, llegado el 15 de julio de 1932, era miembro del grupo trotskista francés. Los dos habían venido a Prinkipo más bien como visitantes, visitantes cuyas visitas se habían prolongado pues había muchas cosas que hacer. En la práctica, esas diferencias no eran muy marcadas. En cuanto a mí, debía ocupar el lugar de Frankel, después de un período de formación.
Prinkipo es la más importante de las islas de un pequeño archipiélago del mar de Mármara. Este archipiélago comprende cuatro islas principales que están habitadas y cinco más pequeñas que no lo están. De las islas habitadas Prinkipo es la más distante de Estambul. La distancia es de unos treinta kilómetros y, en aquella época, los barcos que salían del puente de Gálata al desembarcadero de Prinkipo tardaban, con escalas en las otras islas, alrededor de una hora y media para hacer el viaje.
La isla de Prinkipo tiene una quincena de kilómetros de perímetro, pero estaba en gran parte despoblada. La población se concentraba en una aldea, casi una pequeña ciudad, cerca del embarcadero; a continuación algunas casas se escalonaban a lo largo de la costa norte de la isla y luego se hacían más raras hacia el oeste. La parte sudoeste de la isla estaba deshabitada. Alejándose de la costa hacia el interior de la isla, se ascendía bastante rápidamente. El punto más elevado estaba a unos 200 metros por encima del nivel del mar y cerca de allí había un monasterio ortodoxo griego. El interior de la isla estaba cubierto de pinos, cuyo fuerte perfume flotaba siempre en el aire. El suelo era rojizo. El mar y el cielo, a diferentes horas del día, tenían colores vivos y siempre cambiantes. Al amanecer o en el crepúsculo se veían unos violetas y malvas raramente vistos en otra parte.
Al este de la isla, a pocos kilómetros, se encuentra la costa asiática, al noroeste, mucho más lejos, apenas visibles, la costa de Europa. Halki, la isla habitada del archipiélago más cercana de Prinkipo, se encuentra al noroeste, a uno o dos kilómetros. El mar de Mármara, con sus islas y la costa asiática, la vegetación de Prinkipo, el cielo, todo eso junto formaba el sitio más bello del mundo. Yo volví a ver Prinkipo en 1973. En la isla hay muchas más construcciones. La costa asiática, donde en 1932 sólo estaba el pueblito de Kartal, es hoy en día un suburbio de Estambul, de casas apretadas. El mar de Mármara está contaminado y una fábrica de cemento despide, desde la costa asiática, un constante penacho de humo hacia el cielo de Prinkipo.
La base de la población de Prinkipo en 1932 era griega, aunque la administración y la policía estuvieran, evidentemente, en manos de los turcos. Todas las islas del archipiélago tienen un nombre griego y un nombre turco. Prinkipo en turco es Büyük Ada, la Gran Isla. En Prinkipo, Isla de Príncipes, el emperador de Bizancio relegaba allí a los príncipes en desgracia, a menudo después de haberles hecho saltar los ojos.
La casa que ocupaba Trotsky se encontraba en la costa norte, a un cuarto de hora de marcha a pie del desembarcadero, en el sitio en que las viviendas comenzaban a hacerse raras. La casa, que tenía unos cuarenta o cincuenta años, estaba sólidamente construida y había sido sin duda la residencia de verano de algún personaje importante de Estambul. Se encontraba en un gran jardín rectangular, al que dividía en dos partes, el lado de la calle y el lado del mar. El jardín estaba rodeado de bardas de unos dos metros de altura. Se accedía a la casa por una callecita cerrada, Hamladji Sokagi, que descendía hacia el mar. Después de haber atravesado una pequeña puerta de hierro a la entrada, se encontraba a la derecha una dependencia, donde había permanentemente una reducida guarnición de cuatro a seis policías turcos. Al doblar hacia la izquierda, un sendero conducía a la entrada principal de la casa. El jardín, bastante abandonado, estaba lleno de arbustos y de flores y a la siesta las lagartijas se calentaban al sol sobre las paredes. Se podía atravesar la casa y salir del lado del mar. De ahí el jardín descendía bruscamente hacia éste y el camino zigzagueaba en medio de una abundante vegetación mediterránea. Al final del jardín se abría una puerta y se llegaba al desembarcadero privado de la casa, sólidamente construido con enormes piedras.
La casa tenía dos pisos principales. En la planta baja, después de un vestíbulo, una gran habitación central, con ventanas amplias y una puerta vidriada que daba al mar, era utilizada como comedor. A la izquierda había, cerca de la entrada, una habitación que servía de sala de guardia, luego venía otra pieza que era, a mi llegada, el cuarto de Pierre Frank y de Otto Schüssler. A la derecha, estaban la cocina y otra pieza. El medio del primer piso formaba una galería amplia que terminaba en un balcón del lado del mar. En los costados de esta galería habían instalado contra la pared, estanterías, que estaban llenas de libros y de legajos. A la izquierda de la galería se encontraba el baño reservado a Trotsky y a Natalia, luego su dormitorio. A la derecha había, en primer lugar, una pieza que era de Jan Frankel y mía, después un pequeño estudio al que llamábamos la cancillería, donde trabajaba Maria Ilinichna y donde se acomodaban los legajos de la correspondencia y, finalmente, en esquina, el escritorio de Trotsky, grande, con ventanas a ambos lados, bien iluminado. En el segundo piso había una mansarda, donde ordenábamos las colecciones de diarios y de revistas y una pieza donde dormía la cocinera. No había teléfono en la casa. En caso de urgencia, se utilizaba el teléfono del Hotel Savoy, a diez minutos de marcha.
Toda la casa estaba escasamente amueblada. Más que vivir, parecía que acampábamos allí. Las paredes estaban pintadas a la cal. Pero la casa era espaciosa, seca y llena de luz.
Cuando Trotsky, Natalia y Liova llegaron de Estambul, vivieron durante cerca de tres semanas en el consulado soviético. Estaban allí en una situación ambigua, a la vez huéspedes y prisioneros. Era una situación transitoria que no duró mucho tiempo. El 5 de marzo dejaron el consulado y se instalaron en el Hotel Tokatliyan, en la calle principal de Pera. El 6 de marzo, Trotsky envió a Maurice Paz, en París, el siguiente telegrama: “Libres estamos hotel buscamos domicilio salud León”. La primera palabra revela los sentimientos de Trotsky durante su estadía en el consulado soviético. Después de pasar unos días en el Hotel Tokatliyan, los nuevos emigrados se instalaron en un departamento amueblado que encontró Liova, en el sector llamado Bomonti del barrio Chichli de Estambul, en el número 29 de la calle Izzet Pashá. A fines de abril se instalaron en la casa Izzet Pashá (la calle y la casa tenían el mismo nombre, lo que engañó a algunos narradores), en Prinkipo. La casa, la cual yo conocí, se encuentra sobre la costa norte de la isla como aquélla en que viví, pero un poco más cerca del desembarcadero. Fue dañada por un incendio, del que volveré a hablar, en la noche del 28 de febrero al primero de marzo de 1931, cerca de las dos de la mañana. La mañana del incendio, Trotsky se fue a vivir durante tres semanas al Hotel Savoy. A fines de marzo abandona Prinkipo y se instala en una casa en la costa asiática, en Moda, un barrio de la pequeña ciudad de Kadikóy, en el número 22 de la calle Chifa. En enero de 1932 vuelve a vivir a Prinkipo, en la casa a donde llegué y que he descrito.
Heme aquí entonces en la casa, rápidamente integrado a la vida común. Una actividad importante, a la que tengo que adaptarme de inmediato, es la pesca. En el desembarcadero de la casa, en la parte baja del jardín, hay dos botes de unos dieciséis pies de largo cada uno. Uno de ellos tiene un motor fuera de borda. Un pescador griego, Kharalambos, un hombre joven, simple y puro, se ocupa de los botes y de los instrumentos de pesca. Partimos a la mañana, hacia las .cuatro y media. Todavía es de noche. Trotsky desciende el sendero que lleva al desembarcadero con paso firme. Algunas veces, bastante raramente, Natalia nos acompaña en esas salidas de pesca matutina. De los secretarios, uno o dos estamos allí. Uno de los policías turcos también viene. Abajo, Kharalambos tiene todo preparado y partimos rápidamente. Muy pronto, el cielo comienza a ponerse color malva. Es la pesca en pleno mar, activa, a veces extenuante, con líneas o redes, con diferentes técnicas, la que entonces dirige Kharalambos como un amo, de acuerdo a las estaciones y a las especies de peces. El mar de Mármara estaba en aquella época lleno de peces y traíamos grandes cantidades de pescado; había sobre todo rubios y pescados enormes que llamábamos palamouts y que son una especie de bonito, con la forma y los colores de la caballa, pero mucho más grandes; había muchos otros. Para el almuerzo comíamos muy a menudo pescado, pero eso apenas disminuía la cantidad que traíamos. El excedente lo donábamos al Hospital de Prinkipo.
A veces Kharalambos colocaba a la tarde nasas para pescar langostas que íbamos a levantar al día siguiente a la mañana. Un día volvimos con unas treinta piezas que Trotsky, muy orgulloso, hizo alinear sobre el piso del comedor. Algunas veces dejábamos las líneas con anzuelo durante la noche; pero sucedía que los tiburones venían a prenderse de esas líneas y cuando tirábamos de alguna de ellas aparecía un monstruo de dos metros que había que matar a tiros.
En lo que se refiere a la pesca, se habían producido cierto número de accidentes antes de mi llegada que después me contaron; era un aspecto de lo que podía llamarse el folklore de Prinkipo. Un día, Jeanne, la compañera de Liova, acompañó a Trotsky a pescar. Jeanne tenía inclinaciones naturistas. Habían traído una red llena de peces, que agonizaban en el fondo del bote. Jeanne se puso, a brazos llenos, a arrojar los peces nuevamente al mar. Inútil decir que a Trotsky no le gustaban ese tipo de cosas. Otro incidente que formaba parte del folklore, fue un desperfecto en el motor durante una partida de pesca bastante lejos, del lado de Yalova. Hubo que acampar sobre la costa asiática y pasar la noche al aire libre.
De tanto en tanto, la pesca dejaba el lugar a la caza. Íbamos a cazar a la costa asiática, cerca de Kartal. Dejábamos el bote en la playa, con Kharalambos. Partíamos con el perro a través de terrenos incultos, cubiertos de arbustos, una especie de selva. La caza era exclusivamente de codornices; muy raramente, un conejo. Trotsky tenían un tiro de escopeta rápido y preciso. Pero era evidente que ese tipo de caza lo absorbía mucho menos que la pesca. La caza, por otro lado, era bastante poco abundante. La cacería muy pronto se convertía más bien en un ejercicio de marcha y Trotsky no dejaba de hacer preguntas sobre el trabajo en la casa (“¿Respondió usted esa carta?”, etc.), que no hacía durante la pesca. También contaba historias de caza. Por ejemplo, cómo se caza el lobo en Siberia: un campesino corre muy velozmente, desenrollando un ovillo de hilo embadurnado de grasa y describiendo un amplio semicírculo que el lobo no podía atravesar.
Contaba así cómo Lenin llevaba a cazar a Zinoviev, que detestaba esa actividad y se ocultaba, siempre que podía, en un almiar de donde Lenin lo sacaba tirándolo de las botas. Hubo también algunos picnics en el campo sobre la costa asiática. De uno de ellos vine quemado por el sol y Natalia curó mis quemaduras con yogurt, a la manera rusa.
Después de cuatro años de lucha contra Stalin en el interior del Partido Comunista ruso, Trotsky había sido excluido de ese partido a fin de 1927 y despojado de todas sus funciones oficiales. A principio de 1928, Stalin lo había deportado a Alma Atá, la ciudad principal de Kazajstán, en la parte oriental de Asia central soviética, a más de tres mil kilómetros de Moscú. Trotsky estuvo allí con Natalia y Liova. Era, por supuesto, estrechamente vigilado por la GPU, pero tenía aún cierta libertad. Recibía y enviaba cartas. Iba de caza. Trotsky me contó un día en Prinkipo que durante la estadía en Alma Atá, Liova y él habían estudiado de cerca, en los mapas, el camino que había que seguir para alcanzar la frontera china, que se encontraba a unos 200 kilómetros, para una eventual evasión en esa dirección.
A fines de 1928, Stalin había llegado a la conclusión de que Trotsky no podía permanecer en Alma Atá. Asesinar a Trotsky en ese momento habría encontrado una oposición por parte de ciertos miembros del Politburó y habría podido enceguecer de rabia a algún joven trotskista, hasta el punto de llevarlo a cometer un atentado contra Stalin. Exiliar a Trotsky parecía la salida. Stalin vaciló largo tiempo. El tren que llevaba a Trotsky, Natalia y Liova, de Alma Atá a Rusia occidental se quedó parado durante doce días y doce noches en una vía muerta, a la espera de órdenes. Stalin se decidió finalmente y Trotsky fue enviado a Estambul. Probablemente Stalin pensó que, una vez en el extranjero, Trotsky permanecería aislado, sin amigos ni dinero, y que sería fácil desacreditarlo a los ojos del pueblo ruso si publicaba artículos en la prensa extranjera.
En 1932, Stalin habría de darse cuenta de que había cometido un error al dejar salir a Trotsky de Rusia. En el extranjero, Trotsky encontró nuevos amigos, publicó el Boletín de la Oposición en ruso y derramó una catarata de libros, folletos y artículos. La posibilidad de que Stalin quisiera “corregir” su error asesinando a Trotsky creció de año en año. Había también otro peligro. En esos años Estambul estaba llena de rusos blancos que habían combatido en la guerra civil y que no estaban exactamente bien dispuestos respecto de Trotsky. Además, los dos peligros podían fácilmente combinarse: mediante la GPU, Stalin podía manipular un ruso blanco para preparar un atentado contra Trotsky.
En 1932 el problema de la seguridad se había convertido en una preocupación constante en Prinkipo. La guardia nos llevaba gran parte del tiempo. Estábamos, por supuesto, siempre armados. En ese momento teníamos principalmente parabellum alemanas. Trotsky mismo tenía una curiosa y pequeña pistola automática que no sé de dónde había salido. Cuando Trotsky iba a la planta baja de la casa para comer, cerrábamos una parte de las ventanas y de las puertas de vidrio con postigos de hierro, y el que de nosotros estaba entonces de guardia, había comido más temprano y realizaba su misión en el jardín, alrededor de la casa. Por la noche, el que estaba de guardia permanecía en la sala de guardia, cerca de la entrada, y periódicamente hacía rondas, a veces con uno de los policías turcos. Nunca me hice demasiadas ilusiones acerca de la eficacia de nuestra vigilancia. Cuando un gran Estado, que dispone de medios financieros y técnicos inmensos, quiere eliminar a un individuo aislado, desprovisto de recursos, rodeado solamente de algunos amigos jóvenes, la partida es demasiado desigual. Ese escepticismo no disminuía nuestras ansias y nuestra devoción. Hacíamos lo que podíamos, diciéndonos que tal vez podríamos detener al menos el gesto de un desequilibrado. Un agente de la GPU, Blumkin, que había formado parte del secretariado militar de Trotsky durante la guerra civil, se encontró con Liova en una calle de Estambul y visitó clandestinamente a Trotsky en el verano de 1929. De regreso a Moscú, fue traicionado y Stalin lo hizo fusilar. En Prinkipo, Blumkin, que era un conocedor, había dicho a Trotsky que por lo menos hacía falta una veintena de hombres adiestrados para asegurar la guardia. Nosotros no éramos más que tres o cuatro y poco entrenados.
La guardia era fatigosa y probamos varios sistemas. De acuerdo a uno de ellos, nos relevábamos cada cuatro horas; de acuerdo a otro, uno de nosotros asumía la guardia por veinticuatro horas corridas. Nunca se logró nada verdaderamente satisfactorio. Éramos demasiado pocos. Ser despertado en pleno sueño a las dos de la mañana para tomar un turno de guardia es algo muy penoso cuando se repite durante meses y meses, y la falta de sueño constituye uno de mis recuerdos de Prinkipo. Cuando durante el día uno de nosotros se tendía un rato en la cama para descansar leyendo algo o para dormitar y, por una razón u otra, Trotsky entraba en el cuarto, no dejaba de exclamar: ¡Vean ustedes a 1a emigración rusa!
El cartero traía todas las mañanas (salvo el viernes, en ese tiempo día feriado en Turquía) un correo abundante. Cartas, diarios, libros, paquetes de documentos afluían del mundo entero. Abríamos todos los paquetes antes de entregárselos a Trotsky, pero las cartas se las dábamos sin abrir. La técnica del asesinato no permitía todavía en esa época -pensábamos- meter un artefacto mortífero dentro de un sobre delgado. Todos los días había algunas cartas excéntricas; algunas citaban la Biblia, otras proponían recetas para la salud o para la salvación del alma. Estaban también los coleccionistas de autógrafos.
El correo nos traía, con tres o cuatro días de atraso, los diarios de Europa occidental. Trotsky leía entonces con minucia Le Temps y la Deutsche Allgemeine Zeitung, anotándolos con lápiz rojo o azul. Algunos artículos se recortaban y archivaban. Por la mañana, llegaban los periódicos turcos del día, de los que por lo menos alcanzábamos a leer los titulares. Después del mediodía, íbamos al desembarcadero a comprar un pequeño diario francés y un pequeño diario alemán que se publicaban en Estambul, que traían los cables de las agencias de prensa.
Nuestros contactos con el mundo exterior se habían reducido al mínimo. Había una cocinera griega que dormía en la casa. A la mañana venía una criada griega a hacer la limpieza. Cuando fue la primera instalación en Prinkipo, en 1929, se intentó, por razones de seguridad, prescindir de servicio doméstico. Pero muy pronto hubo que renunciar a ese plan. He aquí lo que me escribió Jeanne Martin al respecto, en una carta fechada el 25 de febrero de 1959.
“Cuando llegué a la casa, Raymond (Molinier) me preguntó si aparte de cierto trabajo de secretaria, de leer los diarios extranjeros (yo había elegido ocuparme del inglés), podría también cocinar para todo el mundo, con ayuda de Natalia. Me explicó que no se podía, por razones de seguridad, buscar ninguna ayuda mercenaria, sobre todo para la cocina, como usted comprenderá. Acepté. Mi papel fue un poco delicado, difícil y muy pesado. Pues L. D.[1] exigía que los recortes le fueran entregados en el más breve plazo (usted recordará que revisábamos todos los periódicos que venían de Europa); por otro lado, yo tenía que asumir casi totalmente la compra de víveres en el mercado, la preparación de la comida y, con el régimen estricto a que debía someterse L. D., había que preparar dos tipos de comida diferentes; todo eso con un material primitivo. Las comidas debían servirse exactamente a las horas fijadas porque el empleo del tiempo de L. D. era muy estricto, como usted lo sabrá. Un día subió de nuevo a su escritorio y no quiso bajar porque no había encontrado la comida lista a la hora establecida; él no esperaba que lo llamaran a la mesa, bajaba y todo tenía que estar preparado. No decía una palabra, no se quejaba. Pero Natalia y yo estábamos desesperadas”. El sistema, ciertamente, no podía marchar y fue necesario recurrir al servicio doméstico.
No teníamos, en el mundo turco, ni amigos ni conocidos. Nuestros únicos contactos en Estambul eran con el propietario de la casa, un armenio, al que todos los meses le pagábamos la renta, y con algunos comerciantes menores para la compra de papelería y los instrumentos de pesca. Durante mi estadía en Turquía, Trotsky fue una o dos veces a Estambul, a hacerse ver por el dentista. Alquilábamos una lancha grande a motor que venía a recogernos al desembarcadero mismo de la casa y nos llevaba directamente a Estambul.
No hubo ninguna dificultad con las autoridades turcas durante toda la estadía de Trotsky en Turquía. En el momento de su lucha por la independencia nacional en 1920, Kemal Pashá había recibido armas de la Rusia soviética y esas entregas de armas se habían hecho por intermedio de Trotsky, que entonces era comisario del pueblo en la guerra. Alguien que vino a visitar a Trotsky en 1933 dio mucho más tarde un informe de sus conversaciones con él y puso en la boca de Trotsky las siguientes palabras: “Cuando Turquía combatía a Grecia durante la guerra, yo ayudé a Kemal Pashá gracias al Ejército Rojo. Entre compañeros de armas esas cosas no se olvidan. Por eso Kemal Pashá no me enjauló a pesar de la presión de Stalin”. Las palabras no son tal vez exactamente las que empleó Trotsky, pero los hechos son exactos. He oído también decir que en los primeros años de la revolución rusa, Lenin y Trotsky fueron designados miembros honorarios del parlamento turco. En septiembre de 1965 Gérard Rosenthal me hizo el siguiente relato: se encontraba en Prinkipo desde comienzos de 1930 (se quedó alrededor de dos meses). Kemal Pashá vino a visitar a cierto alto dignatario turco, quizás un ministro, que tenía una residencia en Prinkipo, cerca de la residencia Izzet Pashá, donde vivía entonces Trotsky. Envió un ayuda de campo para que preguntara a Trotsky si podía recibirlo. Este hizo responder que no se encontraba bien, sustrayéndose así a la visita. ¿Por qué? No podría responder nada con justeza. Probablemente quería evitar todo contacto personal con Kemal Pashá que en ese momento perseguía a los comunistas turcos. Esa fue, según mi conocimiento, la única tentativa de comunicación entre las altas autoridades turcas y Trotsky. Cuando se decidió el viaje a Copenhague, en noviembre de 1932, las autoridades turcas dieron a Trotsky y a Natalia pasaportes turcos para extranjeros, sin ninguna dificultad. (Sus pasaportes soviéticos estaban vencidos y no podían ser renovados porque, mediante un decreto del 20 de febrero de 1932, Trotsky y sus allegados habían sido desposeídos de la nacionalidad soviética). Cuando regresamos de Copenhague, nos volvimos a instalar en Prinkipo sin ningún problema y los pasaportes turcos sirvieron de nuevo cuando partimos hacia Francia, en julio de 1933. De hecho, esos pasaportes turcos, vencidos desde hacía tiempo, fueron los únicos papeles de identidad con los que luego Trotsky y Natalia entraron en Noruega y posteriormente en México.
Las autoridades turcas siempre acordaron sin dificultad las visas, entonces necesarias para aquellas personas que deseaban visitar a Trotsky en Turquía o que tenían incluso que quedarse allí algún tiempo (como yo, por ejemplo). Bastaba con decir que se iba allí por asuntos de edición o de traducción.
En Prinkipo, los extranjeros iban a registrarse a la policía local. Para los habitantes de la casa todo era muy simple. Como ya dije, había una pequeña guarnición de policías turcos a la puerta. Su jefe, Omer Effendi, hablaba ruso y también un poco de francés y era seguramente por eso que había sido elegido. Era del Cáucaso y, en un momento de confianza, una noche me tarareó, muy bajo para que no lo oyeran los otros policías, una canción que comenzaba así:
la ni Rousski, la ni Turtski, la Kavkavski. (No soy ruso, no soy turco, soy caucásico).
Las relaciones con las autoridades turcas fueron, entonces, correctas, pero nada más. No teníamos relaciones continuas con algunos altos funcionarios a quienes habríamos podido recurrir para arreglar pequeños asuntos (como fue luego el caso en México). Cuando Arne Swabeck, un trotskista norteamericano, llegó a Prinkipo en febrero de 1933, pasó por Berlín y Liova le remitió, para que nos la trajera, una radio de onda corta. En la frontera, el envío fue retenido por los aduaneros. Pasé dos días en la aduana de Estambul debatiéndome con la burocracia turca, para finalmente salir con la valija vacía, sin la radio.
Cuando Jeanne llegó a Prinkipo en 1929, le dijo a Trotsky: “Usted se parece a sus retratos”. A lo cual él respondió: “¡Qué incómodo es! Como si uno fuera un mueble”. Trotsky estaba lejos de ser un mueble. La vivacidad de sus gestos y de su discurso atraía inmediatamente la atención. Lo que impresionaba, ante todo, era la frente, muy alta, vertical pero no agrandada a causa de la calvicie. Después los ojos, azules, profundos, la mirada fuerte y segura de su fuerza. Durante su estadía en Francia, Trotsky tuvo que viajar frecuentemente de incógnito para simplificar los problemas de seguridad. Se afeitaba entonces la barba, asentaba sus cabellos a los costados, divididos por una raya al medio. Pero cuando se trataba de dejar la casa y de mezclarse con el público, a mí me daba terror: “No, es imposible, el primero que pase va a reconocerlo, no podrá cambiar su mirada [...]” Luego, cuando Trotsky se ponía a hablar, era la boca lo que atraía la atención. Ya sea que hablara ruso o un idioma extranjero, los labios se aplicaban a articular distintamente las palabras. Se irritaba cuando escuchaba a otros hablar de manera confusa y precipitada y se imponía siempre a sí mismo una elocución perfectamente clara. Solamente cuando se dirigía a Natalia en ruso, su discurso se volvía más apresurado y menos articulado hasta llegar a ser un murmullo. Cuando conversaba con sus visitas en su escritorio, las manos, al principio apoyadas sobre el borde de la mesa de trabajo, pronto se agitaban en gestos amplios y firmes, como si colaboraran con los labios a modelar la expresión del pensamiento. El rostro aureolado de cabello, el porte de la cabeza y toda la actitud del cuerpo eran orgullosos y altivos. Su altura era superior a la media, el pecho fuerte, la espalda ancha y robusta, pero la musculatura era fina y las piernas, en comparación con el tronco, parecían un poco delgadas. Un día, en México, por jugar, se midió conmigo. Me advirtió que tenía un centímetro menos que yo. Pero este centímetro no había sido medido científicamente y yo creo que es necesario alargarlo. Trotsky debía medir entre un metro setenta y siete y un metro setenta y ocho.
En el otoño de 1920, una inglesa, Clare Sheridan, escultora y prima de Winston Churchill, vino a Moscú a modelar las cabezas de varios dirigentes bolcheviques. En sus memorias, que no dejan de tener interés, escribe que Trotsky "me indicó hasta qué punto su rostro era asimétrico. Abrió la boca y castañeteó los dientes para mostrarme que su mandíbula inferior estaba torcida". Esos defectos no eran aparentes. Clare Sheridan observa asimismo: “Su nariz era también torcida y parecía que alguna vez se la hubiera quebrado”. Luego, a continuación: “Le pedí que se quitara los quevedos porque me molestaban. Detesta sacárselos; dice sentirse ´desarmado` y absolutamente perdido sin sus quevedos. Quitárselos, para él es como una especie de dolor físico; forman parte de él y, sin ellos su personalidad se transforma completamente. Es una lástima, pues esos quevedos estropean una cabeza que, sin ellos, sería clásica”. A lo largo de todos los años que estuve cerca de él, sólo vi a Trotsky sin sus lentes dos o tres veces; casi nunca se los sacaba, salvo cuando estaba con Natalia a solas. Esos lentes eran demasiado gruesos y, sin ellos, los ojos parecían más pequeños y más cercanos uno de otro.
Lo que Trotsky escribía puede dividirse en tres partes: la correspondencia, los artículos y folletos, los grandes libros.
Había grupos trotskistas en una treintena de países. Cada uno de esos grupos estaba, la mayoría de las veces, dividido en dos o tres fracciones que libraban una dura lucha ideológica y organizativa. Desde el momento en que consideraba estar suficientemente informado, Trotsky intervenía directamente en esas luchas. Eso constituía una parte importante de su correspondencia. En casos menos críticos, escribía largas cartas, llenas de consejos. Dictaba en francés a Frank y a mí; en alemán a Otto o a Jan; para algunos que leían ruso, dictaba directamente a Maria Ilinichna. Cada dos o tres días dictaba una larga carta para Liova, que estaba entonces en Berlín. La correspondencia era clasificada en los archivos que se encontraban en la cancillería.
Los artículos eran suscitados por la actualidad política. Trotsky raramente tenía dos artículos en barbecho al mismo tiempo. El artículo podía ser una nota corta o alargarse hasta el punto de convertirse en un folleto o en un pequeño libro. Todos esos artículos, excepto más tarde algunos artículos cortos redactados en circunstancias difíciles, estaban escritos en ruso. Muchos fueron publicados en el Boletín de la Oposición. Una vez traducidos, se publicaban en la prensa trotskista a través del mundo. De tanto en tanto, destinaba un artículo de carácter más general a la prensa “burguesa”, en Alemania o en los Estados Unidos, para conseguir un poco de dinero.
Los grandes libros fueron Mi vida, La Historia de la revolución rusa, La Revolución traicionada y, posteriormente, el Lenin y el Stalin. En esos casos, el trabajo se extendía varios meses, a veces varios años y se llevaba a cabo conjuntamente con los otros escritos.
Esta división tripartita que acabo de esbozar no era, por supuesto, absolutamente estricta. En ciertas ocasiones un texto que había sido comenzado como una carta, adquiría un título y se convertía en un artículo. Algunos folletos como ¿Y ahora? alcanzaban a ser libros. La división permite, no obstante, introducir cierta organización en la masa de escritos dejados por Trotsky. Corresponde también a sus métodos de trabajo.
A mi llegada a Prinkipo partíamos a pescar o de caza a las cuatro y media de la mañana. Regresábamos hacia las ocho. Desayunábamos rápidamente y algo ligero. Maria Ilinichna llegaba y Trotsky se ponía a dictar. La cancillería, donde Maria Ilinichna se sentaba frente a la máquina de escribir, tenía una puerta que daba al escritorio de Trotsky. Este se ponía a andar de un lado para el otro, de su escritorio a la cancillería y, sin detenerse, dictaba, si no a plena voz, por lo menos en voz bastante alta. Eso duraba a menudo hasta la una de la tarde. Si y o estaba en mi cuarto, escuchaba esas frases martilleadas, rítmicas y melodiosas.
Podía entreverse cuál había sido la potencia de esa laringe ante una multitud, en una época en que el arte de la oratoria todavía no tenía a su disposición la técnica electrónica.
Las cartas en francés o en alemán, Trotsky nos las dictaba sentado frente a su escritorio. Manejaba bien el francés pero tenía algunas dificultades, sobre todo con el subjuntivo y las conjunciones. Lo hablaba, por cierto, con gran naturalidad. Por momentos la voz tomaba en francés un tono agudo que no tenía en ruso, la u francesa se escuchaba como i y la e muda se convertía en é cerrada. Por lo que yo pude juzgar, su sintaxis alemana era mejor que su sintaxis francesa y también su pronunciación. Más tarde habría de mejorar mucho su inglés; pero cuando en 1933, Swabech y posteriormente Shachtman estuvieron en Prinkipo, escribió con ellos las cartas en inglés.
Antes de mi llegada a Prinkipo, las traducciones del ruso al francés eran hechas en Francia por diversas personas. Maurice Parijanine tradujo al francés Moya Zhizn (“Mi vida”). Las fiorituras con que había adornado su traducción y sus notas personales que agregó al texto de Trotsky produjeron algunos altercados que Gérard Rosenthal contó en su libro sobre Trotsky[2]. Las cosas llegaron a arreglarse un poco. En la primavera de 1932, Raymond Molinier envió a Parijanine a Prinkipo, donde se quedó tres semanas. Trotsky le explicó que quería que las traducciones de sus escritos fueran precisas y claras, sin aditamentos, y le confió la traducción de la Historia de la Revolución Rusa.
Creo que Parijanine hizo incluso una parte de esa traducción en Turquía, bajo el control de Trotsky. En el mismo momento de mi llegada a Prinkipo se estaban corrigiendo las pruebas del segundo volumen. Trotsky encontraba que la traducción de Parijanine era todavía demasiado verbosa. Una de mis primeras tareas al llegar a Prinkipo fue recortar, con Frank, las volutas con que Parijanine había ornado la prosa de Trotsky.
Después de mi llegada a Prinkipo me puse a traducir los artículos que éste escribía. Al principio, una vez que la traducción estaba lista, le leía el texto en francés, en su escritorio, mientras él seguía el texto ruso. Luego de algunas semanas, abandonó esa práctica.
El desayuno que, como ya dije, se tomaba de regreso de la pesca, cerca de las ocho y media, era simple y rápido, bebíamos té o comíamos queso de cabra. Natalia se ocupaba del té y lo servía a todo el mundo. Cuando el té estaba demasiado caliente, Trotsky, a la manera rusa, lo volcaba de la taza al platillo y lo bebía aspirándolo. A mí, que venía de Francia, cuando sucedió aquello por primera vez, me pareció que era algo que no debía hacerse.
El almuerzo era a la una, o un poco antes. Nunca duraba más de una media hora. Bebíamos agua. Hubo una botella de vino de los Dardanelos sobre la mesa el 7 de noviembre que, como se sabe, es al mismo tiempo el aniversario de la insurrección de Octubre y el del nacimiento de Trotsky. Muy a menudo comíamos pescado. La carne era presentada en albóndigas de carne picada, en tomates o pimientos rellenos y casi nunca era carne de carnicería. Trotsky no comía mucho. Además, parecía no prestar atención a lo que comía. Durante los siete años que comí tres veces por día, sentado a su derecha, nunca le oí hacer observación cualquiera sobre un platillo. Podía hablar de las diferencias entre las manzanas francesas y las manzanas americanas, pero no se trataba de sus gustos personales, sino que enunciaba observaciones sociológicas. En el retiro de Prinkipo, con ese grupo de personas que no variaba durante meses, no siempre hacía el gasto de una conversación. Me acuerdo de comidas, en periodos difíciles, en las que no pronunció ni una sola palabra. En general, eran observaciones sobre el trabajo, una noticia que había recibido en una carta o leído en un diario, observaciones políticas que volvíamos a encontrar, unos días más tarde, en un artículo y que había ensayado con nosotros. Alguna vez surgía algún recuerdo. Recuerdos de juventud, como esa vez en que había hecho el ridículo en casa de su primo de Odesa poniendo mostaza a un pollo. A veces, recuerdos del Kremlin, donde él vivió en un departamento próximo al de Lenin. De cada época de su vida, en fin, salvo de una: la guerra civil. A menudo lo oí comparar tal o cual episodio de la guerra civil rusa con un episodio de la guerra civil norteamericana o con la revolución mexicana, en particular más tarde, cuando en México encontró a hombres que habían tomado parte en ella. Pero ésas eran observaciones políticas. Recuerdos de carácter personal referidos a esa época jamás escuché ninguno.
Sus comentarios sobre la gente eran muy a menudo sarcásticos. Los que se referían a sus enemigos y adversarios, por supuesto. Pero su sarcasmo era burla amistosa cuando se ejercía, muy a menudo, sobre quienes lo rodeaban. Por ejemplo, cuando Daladier era primer ministro, solía decirme: “Su amigo Daladier [...]”. Evidentemente, yo no era de ningún modo responsable de Daladier. A un norteamericano podía llegar a decirle: “Su amigo Roosevelt [...]”. Su conversación tenía frecuentemente ese tono mordaz. En su viaje a México, Bretón observó ese costado bromista de Trotsky.
Después del almuerzo, Trotsky tomaba una siesta y estaba prohibido entonces molestarlo por cualquier cosa que fuera, aun un telegrama Era en ese momento cuando leía cosas no políticas, por lo general una novela rusa o francesa. Es así como llegó a leer Los hombres de buena voluntad, de Jules Romains, a quien llamaba “un artista incomparable”. Después de haber leído, dormitaba unos veinte minutos y la siesta terminaba a las cuatro. La vida recomenzaba en la casa.
Cuando yo llegué a Prinkipo, tomábamos el té todos juntos a la tarde, en el comedor, y se producían entonces las mismas conversaciones que durante el almuerzo. Más tarde, esa costumbre se perdió y Trotsky tomaba el té en su habitación, con Natalia. La cena era a las siete, ligera y breve. Después de ella Trotsky seguía todavía trabajando en su escritorio, luego se retiraba a su dormitorio cerca de las nueve o nueve y media. Dormía por lo general bastante mal y tomaba somníferos; Natalia solía lamentarse al día siguiente ante nosotros: “L. D. de nuevo tuvo que tomar nembutal anoche,” Frankel me contó que en 1931, en el momento de las encarnizadas luchas de fracciones en el grupo trotskista francés, si al final del día llegaba un telegrama anunciando una nueva peripecia de la lucha, se ponía de acuerdo con Natalia para que no fuera entregado a Trotsky hasta el día siguiente, para no perturbarle la noche.
Trotsky no fumaba y no toleraba que se fumara en su presencia.
Le gustaba poner nombres a la gente que lo rodeaba. Como a mí no me gustaba el té, logré, después de algún tiempo, que me dieran leche a la mañana. A partir de ese instante me convertí en “Molokan”, el bebedor de leche, nombre de una secta rusa cuyos miembros se alimentaban de leche. Por haber logrado poner en marcha la bomba de agua, fui bautizado “el Tecnócrata”, en la primavera de 1933, cuando la Tecnocracia
hacía su aparición en la escena. Cuando tuve que hacer los trámites por las visas ante el consulado francés en Estambul, me convertí en el “ministro de Relaciones Exteriores”.
Mucho tiempo después, en México, cuando yo ya conocía bien sus costumbres y sabía adelantarme a sus exigencias, fui “Uzhé” (Uyé), un sobre nombre que, al parecer, Lenin había dado a Sverdlov.
El primer visitante que llegó a Turquía luego del arribo de Trotsky a Estambul, fue un abogado francés, Maurice Paz, que llegó el 12 o 13 de marzo de1929 y se quedó unas semanas. Era en París uno de los dirigentes del grupo de oposición que publicaba la revista Contre le courant. Las discusiones políticas que tuvo con Trotsky rápidamente se volvieron agrias.
Por añadidura, Paz no parecía olvidarse de que era abogado. He oído decir que le pidió a Trotsky que le reembolsara los gastos del viaje. No era el tipo de gente que Trotsky buscaba. Paz le recomendó una marca de tinta; Trotsky, siempre preocupado por su pluma y por todo lo que tuviera que ver con el acto de escribir, encontró que la tinta era buena y la adoptó. “Es lo único que hizo bien”, decía Trotsky después, al hablar de Paz.
A fines de marzo llegó de París un joven desconocido que rápidamente conquistó a Trotsky. El 20 de abril, Trotsky escribió a Maurice Paz lo siguiente: “Personalmente, Raymond Molinier es uno de los hombres más serviciales, prácticos y enérgicos que se pueda imaginar. Fue él quien encontró un alojamiento, él quien discutió las condiciones con la propietaria, etc. Está muy decidido a quedarse con nosotros unos meses, con su mujer”. Trotsky ciertamente se había dejado conquistar por Raymond Molinier. Unos meses más tarde, declaraba a alguien que había venido a visitarlo: “Raymond Molinier es la prefiguración del revolucionario comunista futuro”. Raymond regresó a París en mayo; Jeanne, su mujer, cuyo nombre de soltera era Martin des Palliéres, se quedó unos meses más en Prinkipo, cumpliendo las funciones de secretaria francesa y, como ya hemos visto, de cocinera improvisada.
Alfred y Marguerite Rosmer llegaron un poco antes de fines de mayo. Eran viejos amigos de Trotsky. Rosmer y él se habían conocido en París, durante la primera guerra mundial, y se habían vuelto a encontrar en Rusia, en los primeros años de la revolución. Marguerite se quedó cuatro semanas, Alfred hasta mediados de julio. A comienzo de julio llegaron Gérard Rosenthal, Pierre y Denise Naville, para tomar parte en las discusiones que habrían de desembocar en la formación de un grupo trotskista común en Francia y en el lanzamiento de La Vérité. A fines de mayo había venido un lituano-austríaco, Jakob Frank (o Graef), que conocía el ruso y de quien hablaré de nuevo más adelante; cumplió funciones de secretario hasta fin de octubre. Robert Ranc, un francés elegido por Marguerite Rosmer, llegó a principios de octubre y se quedó algunos meses. Gérard Rosenthal vino de nuevo a fin de enero de 1930 y permaneció alrededor de dos meses.
De este modo, las idas y venidas prosiguieron. Jan Frankel arribó de Praga el 15 de abril de 1930, recomendado por Marguerite Rosmer. Se quedó bastante más tiempo que quienes lo habían precedido y fue su presencia lo que permitió a Liova partir a Berlín el 18 de febrero de 1931.
Durante uno de sus viajes periódicos a Turquía, Raymond Molinier vino con Jeanne y se volvió solo a París unas semanas más tarde, dejando a Jeanne en Prinkipo. En una de esas noches cálidas turcas, Jeanne y Liova se amaron. Jeanne consideraba el episodio como una aventura de una noche y pensaba regresar a París para reunirse con Raymond. Pero Liova se tomó el asunto mucho más en serio y habló incluso de suicidarse si Jeanne no se quedaba a vivir con él. Quedaron finalmente juntos y ella se ligó posteriormente mucho a él. Sus cartas luego de la muerte de Liova, en 1938, muestran una desesperación desgarradora. Trotsky se irritó mucho con Liova por su relación con Jeanne; pero ya hablaré más adelante de las relaciones de Trotsky con su hijo.
Unos días después de la partida de Liova a Berlín, en la noche del 28 de febrero al primero de marzo, a las dos de la mañana, los habitantes de la residencia Izzet Pashá fueron despertados por un incendio. Trotsky, Natalia y Zina se precipitaron al jardín. Frankel se quedó en la casa en llamas para arrojar los legajos del archivo por la ventana, hasta que los bomberos lo obligaron a salir. El incendio era del tipo que en inglés se llama un flash fire, es decir, un incendio que pasa rápidamente y se consume solo. Cuando estuve en Prinkipo, vi algunos libros con el lomo ennegrecido por el fuego, pero que no se habían quemado y estaban casi intactos. El incendio había sido originado por un calefón instalado en el desván que había sido dejado encendido durante la noche. El fuego sólo dañó el desván y el primer piso no llegó a derrumbarse. En el primer piso mismo, el incendio, al pasar tan rápidamente, no llegó a tocar dos armarios cerrados, cuyo contenido fue encontrado intacto. Se perdieron libros, una colección de fotografías de la época de la revolución, carpetas de recortes de diarios que habían sido ordenadas para un libro sobre la situación mundial, efectos personales, dos máquinas de escribir rusas. Se salvó el manuscrito del segundo tomo de la Historia, en el que estaba trabajando Trotsky, los legajos de correspondencia con los deportados de Siberia, en realidad todos los documentos importantes. Trotsky mismo consiguió sacar al salir el cuaderno de direcciones siberianas. En una conversación que tuve con Natalia en 1958, ella me manifestó que sólo se perdieron las cosas impresas, excepto tal vez unas cartas que estaban sobre el escritorio de Trotsky y sobre el de Maria Ilinichna, así como unas páginas de un manuscrito que Trotsky estaba escribiendo sobre el affaire Oustric de Francia. Unos años más tarde, en una carta, Trotsky declara que en el incendio se destruyó un manuscrito suyo sobre Marx y Engels. Pero me inclino a pensar que, en ese punto, la memoria le falló. Fue bastante después, a principio de 1933, cuando tuvo durante cierto tiempo el proyecto de escribir ese libro. En sus cartas de los primeros meses de 1931, no menciona tal trabajo y, en 1958, en la conversación que tuve con Natalia, ella negó que un manuscrito de esa naturaleza se hubiera perdido en el incendio.
Los sobrevivientes se fueron a instalar en el Hotel Savoy, donde ocuparon un pequeño pabellón en el patio, compuesto de tres habitaciones. Frankel habría de declarar más tarde: “Nos sentíamos todos abatidos y estábamos muy apenados por las pérdidas irreparables que había causado el incendio, todos, menos el compañero Trotsky. Una vez que nos hubimos instalado, desplegó sus manuscritos sobre la mesa, hizo venir a la dactilógrafa (que esa noche se había quedado en el Hotel Savoy) y se puso a dictarle capítulos de su libro como si nada hubiera pasado durante esa noche”. Trotsky hizo exactamente lo mismo en circunstancias parecidas, como por ejemplo, el primer atentado en Coyoacán, la madrugada del 25 de mayo de 1940. Después de haberse aguantado, en medio de la noche, los disparos de los asesinos conducidos por Siqueiros y mientras esperaba la llegada de la policía mexicana, Trotsky se sentó a la mesa y se puso a escribir. Dictar o empuñar la pluma, eran para él medios de conservar su equilibrio moral.
Unos días después del incendio, Raymond y Henri Molinier llegaron de París y comenzó la búsqueda de una nueva vivienda. Se encontró una casa en Moda, un barrio de Kadikóy, en la costa asiática de la que hablé anteriormente; la instalación se realizó en los últimos días de marzo.
Desde mayo de 1929, Alfred y Marguerite Rosmer habían desempeñado el papel de órganos de transmisión entre Trotsky y el mundo exterior. Era en particular Marguerite la encargada de las relaciones con los editores y la que guardaba las sumas de dinero, nada extraordinarias, pero no obstante relativamente significativas, que producían los contratos por la autobiografía y la Historia. Luego se produjo la ruptura entre Trotsky y los Rosmer y esas funciones pasaron a Raymond Molinier.
A mi llegada a Prinkipo, las personas que estaban más cerca de Trotsky en lo que se refiere a las decisiones prácticas, eran Liova, entonces en Berlín, Jan Frankel, en Prinkipo, y Raymond Molinier, en París. Para algunas cuestiones bien definidas, Henri Molinier desempeñaba un papel importante.
El clima entre esa gente que rodeaba a Trotsky era marcadamente antinavillista. Liova y Frankel, sin hablar de los hermanos Molinier, en su apreciación de Naville establecían muchos menos matices que Trotsky quien, a pesar de los desacuerdos con Naville y de que muy a menudo estaba irritado contra él, conservaba respeto por sus cualidades intelectuales. En la habitación que yo compartía con él, Frankel guardaba, arriba de un armario, dos ejemplares de La Révolution surréaliste para mostrárselos a los recién llegados y hacerles ver, de este modo, los horrores del pasado surrealista de Naville.
Con los visitantes y recién llegados, Trotsky desplegaba toda su amabilidad. Hablaba, explicaba haciendo gestos, hacía preguntas, era por momentos verdaderamente encantador. La presencia de alguna mujer joven parecía animarlo aún más. Pero, cuanto más se había trabajado con él, más exigente era y más brusco solía ser su trato. La situación en que vivíamos tenía mucho que ver en eso. Teníamos que vivir meses juntos, que pronto serían años, día tras día, en un espacio restringido, con constantes medidas de seguridad. Todo estaba previsto, las visitas, las salidas. “Usted me trata como a un objeto”, me dijo un día.
En su tercera emigración, de 1929 a 1940, las tres personas con las que se permitía ser más brusco fueron Liova, Jan Frankel y yo. Frankel me contó que en Prinkipo las relaciones entre Liova y su padre llegaron en un momento dado a un punto tal que Liova habló de ir al consulado soviético en Estambul para tramitar su regreso a Rusia. Frankel no me dijo lo que hizo Liova, pero en una carta de éste a su madre, fechada el 7 de julio de 1937, hay una frase misteriosa: “[...] si me hubieran autorizado a volver a la URSS en 1929 [...]”, lo que parece indicar que Liova realmente fue a presentar una solicitud al consulado soviético y que ese pedido habría sido rechazado. Trotsky colmó toda medida cuando, el 15 de febrero de 1937, a propósito de un retraso en el envío de declaraciones sobre los procesos de Moscú, escribió a Liova, que estaba entonces en París: “Me es difícil decir de dónde recibo los peores golpes, si de Moscú o de París”.
En lo que a mí respecta, yo sentía que en mis relaciones con Trotsky había una modulación constante. Eran períodos de confianza alegre y cálida, seguidos, sin que se supiera muy bien por qué, de momentos taciturnos, incluso tensos. Curiosamente, Trotsky tuvo más tarde en México, con los norteamericanos, relaciones en cierta manera más simples, quizás un poco más reservadas, pero menos variables. Era ciertamente entonces más viejo, pero tal vez su impaciencia se debilitaba ante la placidez americana.
Para salir a pescar teníamos, como ya dije, un bote con motor fuera de borda. Luego de cada salida al mar, lo retirábamos del bote y lo hacíamos marchar durante unos minutos en un barril de agua dulce para purgar el sistema de enfriamiento del agua de mar, muy corrosiva, que había quedado en él. Un día de junio de 1933, al regresar de la pesca a la mañana, nos dimos cuenta de que no teníamos más aceite de la densidad requerida y que sólo nos quedaba un aceite de densidad diferente que se utilizaba en el invierno; decidimos entonces no utilizar el motor hasta que consiguiéramos el aceite apropiado. A la tarde me dispuse a enjuagar el motor en el barril; era urgente evacuar el agua de mar, aun cuando para ello fuera necesario que el motor marchara con un aceite de una densidad diferente. Puse entonces el motor en marcha en el barril, en la parte baja del jardín, cerca del desembarcadero. En el momento en que escuchó los traquidos del motor, Trotsky salió al balcón de la casa y me gritó, con todas sus fuerzas: “¡Pare eso inmediatamente!”
En esos instantes era inútil intentar explicarle las cosas.
Trotsky tenía con los objetos relaciones limitadas y precisas. Había, en general, -cómo decirlo- cierta rigidez, cierta falta de naturalidad y de sentido de la improvisación en la manera como los manejaba. Alrededor suyo había cierto número de objetos que le eran familiares: la estilográfica, el motor del bote, los instrumentos de pesca, la escopeta de caza. Ellos tenían que ser tratados de acuerdo a ciertas reglas, difícilmente modificables. La adaptación a un nuevo objeto siempre era una operación relativamente complicada. La pluma contaba mucho. La elección de una nueva pluma exigía muchos ensayos. Los avíos de pesca eran objeto de un gran cuidado. Apreciaba mucho las líneas y los anzuelos que le traían o enviaban de los Estados Unidos. Manejaba el motor fuera de borda de acuerdo a las reglas que le habían indicado y sufría si alguien se apartaba de ellas, aunque fuera un poco. Frankel me contó en Prinkipo que, aun en Rusia, Trotsky había querido tener un automóvil propio y aprender a conducir. Joffe, un diplomático soviético amigo de Trotsky, le había hecho traer un Mercedes Benz, especialmente equipado con un motor muy poderoso. Trotsky se puso al volante y, a los 400 metros, se metió con el auto en una zanja. Ése fue el fin de su aprendizaje. En Saint-Palais, en el verano de 1933, no había en la casa, por razones de seguridad, más que trotskistas. Las tareas domésticas recaían sobre Jeanne Martin y Vera Lanis, ayudadas por todos los que entonces vivían alrededor de Trotsky. Sobre todo al atardecer, nos quedaba la tarea desagradable de lavar la vajilla. Una vez, Trotsky quiso ayudarnos. Empezó a secar cada plato y cada vaso con una minucia tal que la operación se prolongó hasta tarde en la noche, dejándonos a todos más cansados que si no nos hubiera ayudado.
Trotsky no tenía alrededor suyo ni adornos ni recuerdos. Durante un tiempo conservó cerca de su cama una fotografía de Rakovsky que había sido, sin duda, su amigo personal más cercano en Rusia. La fotografía había salido de Rusia en 1932, en condiciones difíciles. En abril de 1934, después de la capitulación de Rakovsky, yo estaba quemando papeles sin valor, viejos borradores, en el jardín de la residencia de Barbizon, cuando Trotsky se acercó y me dijo, tendiéndome la fotografía de Rakovsky: “Tenga, puede quemar esto también”.
La mesa de su escritorio estaba siempre llena de papeles. Los ordenaba a su manera y siempre sabía perfectamente dónde se encontraba cada cosa. Nadie podía tocar nada de esa mesa; Natalia le quitaba el polvo muy por encima. En Prinkipo, Trotsky tenía en un escritorio un cofrecito de metal, que llamábamos el tesoro, y en el que guardaba las cartas más confidenciales. Posteriormente ya no guardaba nada en su escritorio: todo entraba a los archivos, clasificados por los secretarios. Las únicas cosas que no entraban en los legajos de los archivos, eran las cartas de Serguei, que Natalia guardaba en su cuarto.
Cuando llegué a Prinkipo, en Estambul se encontraba un norteamericano, B. J. Field (cuyo verdadero nombre era Gould) y su esposa, Esther. Ambos habían sido miembros del grupo trotskista norteamericano, pero habían sido expulsados en una de las luchas de fracciones. Field era economista de profesión y había trabajado para una firma de Wall Street. Era el momento en que la gran crisis tocaba fondo, Trotsky se interesaba mucho en la situación económica y apreciaba los conocimientos concretos de Field. Hubo entonces, en las semanas que siguieron a mi llegada, una serie de entrevistas. Nos reuníamos cerca de las cuatro y media de la tarde en el escritorio de Trotsky. La conversación era, si mal no recuerdo, en alemán. Trotsky tenía incluso el proyecto de escribir un libro en colaboración con Field sobre la situación económica mundial, pero nada surgió de ese proyecto. Durante esas sesiones, Esther Field, en un rincón, pintaba un retrato al óleo de Trotsky. No sé qué fue de ese retrato.
La primera vez que Raymond Molinier me pidió que fuera a Prinkipo fue en junio de 1933. Después, mi partida se postergó pues acababa de surgir la eventualidad de un viaje de Trotsky a Checoslovaquia, para consultar a unos médicos y pasar algún tiempo en una estación balnearia. Todo julio y agosto estuvimos inseguros respecto de ese viaje; por momentos las cosas parecían arreglarse pero luego el proyecto era puesto en duda por las vacilaciones del gobierno checoslovaco. En septiembre se hizo evidente que el viaje no se haría y fue entonces que se decidió mi propio viaje a Prinkipo. Cuando llegué allí, un nuevo proyecto se esbozaba, el de un viaje de Trotsky a Copenhague, para dar una conferencia, invitado por un grupo de estudiantes daneses. Nada estaba aún decidido en el momento en que yo llegué, pero a comienzos de noviembre todo se arregló bastante rápidamente. Tan rápidamente que muchos asuntos quedaron pendientes. Alguien tenía que quedarse a resolverlos y la suerte cayó sobre el que había llegado último, es decir, yo. Trotsky y los demás habitantes de la casa, excepto Sieva y yo, partieron el 14 de noviembre de 1932. Sieva tenía que ir a Viena, donde su madre iría a esperarlo; pero el cónsul austríaco en Estambul se negaba a conceder la visa, a ese muchachito de 6 años, sin instrucciones especiales, las que tardaban en llegar. Todo se arregló finalmente y el 23 de noviembre me embarqué con Sieva hacia Marsella. De ahí tomamos el tren a París, donde yo permanecí mientras Trotsky estaba en Copenhague.
Trotsky aceptó la invitación de los estudiantes daneses porque le daba la oportunidad de defender sus ideas mediante la palabra, encontrar un número relativamente grande de sus camaradas de ideas y porque, quizás, podría presentársele la posibilidad de establecerse en un país de Europa occidental. Discretos esfuerzos ante el gobierno danés para obtener una visa de estadía permanente, o aunque fuera sólo bastante prolongada, no tuvieron resultado. Ningún otro país ofreció residencia. Hubo que retomar el camino de Prinkipo. El gobierno francés ni siquiera permitió que Trotsky se detuviera en París. El 6 de diciembre, llegado de Dunkerque a la Gare du Nord a las 10 de la mañana, tenía que tomar a las 11 y 10 el tren de Marsella en la Gare de Lyon.
Las fechas de salida de los barcos eran tales que había que esperar una decena de días al próximo barco para Estambul. Las autoridades francesas se pusieron de acuerdo para permitir a Trotsky que pasara ese lapso en un suburbio de Marsella, alojado en una residencia que se rentaría para la ocasión. Henri Molinier fue entonces a Marsella para buscar una casa que conviniera y ponerla en condiciones. El 4 de diciembre, yo partía también de París a Marsella. El 5, con Henri trabajamos para dar los últimos toques al acomodo de la casa y el 6, tomé el tren hacia Avignon para esperar, allí, aquél en que llegaba Trotsky de París. En Avignon me encontré entonces con Trotsky. Esa fue la primera vez que vi a Liova. Luego, durante el viaje de Avignon a Marsella, viajé en el mismo compartimiento con Trotsky y Liova. Me puse a hablar del grupo trotskista de París, al que había tenido la ocasión de ver de cerca durante las anteriores semanas. Trotsky me paró. Estaba seguro -me dijo- de que la policía francesa había instalado micrófonos en el vagón. Traté de explicarle que era bastante difícil (con la técnica de ese momento), a causa del ruido de fondo, valerse de un micrófono disimulado en un tren en marcha, pero permaneció escéptico.
El tren hizo una parada excepcional en una pequeña estación de los alrededores de Marsella, Le Pas-des Lanciers. Era allí donde teníamos que encontrar a Henri Molinier quien nos esperaría con automóviles para ir a la mencionada residencia. Henri estaba efectivamente allí con los automóviles, pero había una contraorden. Las autoridades francesas habían decidido que teníamos que dirigirnos directamente al puerto y embarcarnos en un pequeño barco italiano, el Campidoglio, que partía para Estambul al día siguiente (ya era de noche). Fue una gran decepción, pero nada podía hacerse. Tomamos entonces el camino al muelle y llegamos al Campidoglio. Era verdaderamente un barco muy pequeño, viejo, que, según nos dijeron, transportaba yeso. La pasarela era casi una simple plancha, horizontal. Trotsky y Natalia subieron a bordo con Raymond Molinier. Yo todavía estaba en el muelle, arreglando diversos asuntos, cuando Trotsky reapareció, avanzando con pasos bruscos por la plancha que servía de pasarela. Pronto estuvo junto al comisario especial que se encontraba en el extremo de la misma, sobre el muelle. Trotsky agitaba su dedo bajo la nariz del comisario y le decía: “No podemos viajar en semejantes condiciones. El gobierno francés nos ha engañado”. Esa fue una de las veces en que lo vi absolutamente furioso. “¿Cree usted tener el derecho de meterme por la fuerza de la policía francesa en un barco italiano?” gritaba. El comisario le respondió: “Sí”, pero no tuvo la audacia de impedir físicamente que Trotsky pasara, aunque tenía a su disposición todos los medios del Estado francés. Natalia venía detrás, con Raymond. Era evidente que el barco de carga, un verdadero cascajo, no llevaba pasajeros normalmente, que algo había sido arreglado de prisa, a pedido de las autoridades francesas que querían ver a Trotsky lo más pronto posible fuera del territorio. Además de que iba a tardar más de 15 días para llegar a Estambul, el barco tenía que hacer escala varias veces, cargando y descargando mercaderías, con un ruido espantoso a cualquier hora del día y de la noche.
Henos aquí, entonces, en el muelle, a la luz de proyectores, junto al desdichado Campidoglio. Es medianoche. Algunos de nosotros están sentados sobre las maletas. Muchos agentes de policía, de uniforme y de civil, nos rodean; pero no hay periodistas: evidentemente la policía francesa no tiene ningún interés en difundir sus planes.
Comienzan las discusiones. Llamadas telefónicas a París. Trotsky me dicta el texto de un largo telegrama que enviará a Herriot, entonces presidente del Consejo, a Chautemps, ministro del Interior, y a Monzie, ministro de Educación Nacional y en el que protesta por la manera como la policía francesa lo ha engañado. Alguien sugiere que podríamos tomar un barco italiano, un verdadero barco de pasajeros que llega a Estambul, si Italia concede una visa de tránsito. Como el Campidoglio no va a levar anclas antes de mediodía, la policía francesa permite a Trotsky y quienes lo acompañan puedan pasar el resto de la noche en un hotel de Marsella, dejando sentado que si a la mañana siguiente Italia no acuerda la visa de tránsito, Trotsky será metido por la fuerza en el Campidoglio.
Hacia las tres y media de la madrugada vamos a instalarnos, pues, en el Hotel Regina, en Marsella. El día para mí no ha terminado: tengo que montar guardia, sentado en una silla en el pasillo del hotel, a la puerta de la habitación de Trotsky y Natalia.
Al día siguiente, el 7 de diciembre, Henri Molinier va a primera hora al Consulado italiano. Llamada a Roma. La visa de tránsito es acordada. En la mitad de la tarde tomamos el tren para Vintimilla. Nosotros, es decir, Trotsky, Natalia, Jan Frankel, Otto Schüssler y yo. Trotsky y Natalia se han tenido que separar de Liova, que regresará a Berlín. En la frontera, un comisario especial italiano nos atiende. Las relaciones franco-italianas no eran excelentes en aquella época y, después del incidente de Marsella, el comisario italiano no puede contenerse de hacer un comentario burlón, indirectamente, sobre Francia. “Aquí, señor Trotsky, usted está libre”, declara. Era evidentemente una exageración. La travesía de Italia se hacía en condiciones perfectamente determinadas y bajo el permanente control de la policía. De Vintimilla partimos hacia Génova y de Génova a Milán, a donde arribamos el 8 por la mañana. Casi inmediatamente volvimos a salir hacia Venecia, a la que llegamos poco después de las tres de la tarde para tomar allí el barco para Estambul. Al llegar nos encontramos con que el barco acababa de partir pero que, por tren, podíamos alcanzarlo en Brindisi, donde tenía que hacer escala. Mientras esperábamos la salida del tren, el comisario nos hizo visitar la ciudad y recorrimos los canales en una lancha. Cerca de las nueve de la noche tomamos el tren para Brindisi de donde al día siguiente, el 9 de diciembre, inmediatamente nos embarcamos en el vapor italiano Adria.
Mientras se sucedían todas estas tribulaciones, Trotsky estaba melancólico y taciturno. Durante unas semanas había vivido una vida llena de encuentros nuevos y ahora tenía que abandonar Europa occidental y volverse a sumergir en el aislamiento de Prinkipo. En la escala del Pireo, no descendió a tierra. Llegamos a Estambul el 11 a la noche, bastante tarde. Pasamos la noche a bordo y desembarcamos a la mañana siguiente. Pierre Frank, que había venido de París por tren, llegó antes que nosotros a Estambul y verificó, antes de nuestra llegada, que todo estaba en orden en la casa. Ése fue el fin del viaje a Copenhague.
La vida retomó su curso como antes en Prinkipo. Trotsky se puso a trabajar nuevamente. Parecía tener energías renovadas. Estaba decepcionado, ciertamente, por el rechazo que se le opuso a su intención de quedarse en Europa occidental, pero tal vez nunca creyó verdaderamente que habrían de autorizarlo. Su atención se concentró en dos temas, la situación económica en Rusia, extremadamente grave en ese momento, y la consolidación organizativa del movimiento trotskista internacional que comenzaba a hacer relativos progresos. Respecto de la economía rusa, tuve con él una conversación sobre las tasas de desarrollo; me procuré una tabla de logaritmos en la librería francesa de Pera y le tracé cierto número de curvas, basadas sobre diferentes tasas de crecimiento. Puso las hojas en su escritorio, pero no las utilizó. Tengo la impresión de que un argumento matemático no le era transparente, no le transmitía confianza.
La noche de Navidad hubo una gran tempestad. El mar estaba tan desencadenado que aun en el pequeño estanque interno del desembarcadero de la casa, los dos botes no estaban seguros; las olas pasaban por encima del muelle. Tuvimos que sacar, en plena noche, los botes del agua sólo con los brazos y llevarlos al jardín. Trotsky estaba junto a nosotros, lleno de vigor.
Cuando Trotsky dejó el consulado soviético de Estambul, el gobierno soviético le había dado una suma de 1 500 dólares, como “derechos de autor”.Trotsky recibió también un pasaporte soviético. ¿Profesión? “¡Escritor!” Reportajes que le hicieron en la prensa mundial le significaron modestas sumas de dinero que le permitieron instalarse en Turquía. Los contratos editoriales, sobre todo por la autobiografía y la Historia, produjeron sumas más importantes. Una parte de ese dinero sirvió para financiar la publicación del Boletín de la Oposición y ayudó a que saliera cierta cantidad de publicaciones trotskistas, como La Vérité. Se enviaba también un poco de dinero a los deportados de Siberia.
En la penuria en que se debatían en esa época todos los revolucionarios, los contratos literarios habían producido un relativo desahogo. Pero cuando yo llegué a Prinkipo, en octubre de 1932, el final de ese desahogo estaba cerca. El viaje a Copenhague, con los desplazamientos de un número bastante grande de personas, tuvo como saldo un importante déficit financiero, a pesar de las sumas que pagaron los organizadores dinamarqueses y la radio norteamericana. En los meses siguientes las dificultades recrudecieron. Pero de todo eso hablaré después.
Jan Frankel dejó Prinkipo el 5 de enero para irse a París. Allí tenía que tomar parte en el trabajo del Secretariado Internacional, que pronto habría de ser transferido de Berlín a París.
El 5 de enero, Zina se suicidó con gas en Berlín. Fue encontrada muerta a las dos de la tarde. Liova envió a Natalia un telegrama que llegó el 6, apenas nos levantábamos de la mesa, después del almuerzo. Si mal no recuerdo, fue Pierre Frank el que estaba entonces de guardia y llevó el telegrama a Natalia, cuando ella alcanzaba el primer piso. Trotsky y Natalia se encerraron inmediatamente en su habitación, sin decirnos nada. Nos dimos cuenta de que algo grave había pasado, no sabíamos qué. Nos enteramos de la noticia por los diarios de la tarde. En los días que siguieron, Trotsky entreabría de tanto en tanto la puerta de su habitación para pedir una taza de té. Cuando, unos días más tarde, salió para ponerse de nuevo a trabajar, tenía los rasgos devastados. Dos profundas arrugas se le habían formado a cada lado de la nariz y le enmarcaban la boca. Su primer trabajo fue dictar una carta pública dirigida al Comité Central del Partido Comunista ruso en la que hacía recaer la responsabilidad de la muerte de su hija sobre Stalin.
Yo no conocí a Zina. Fueron Jan Frankel y Jeanne Martin quienes me hablaron de ella. De los cuatro hijos de Trotsky, ella era la que más se parecía físicamente a él y, en cierta manera, moralmente también. Las cartas que escribía a su padre eran llenas de pasión. Había salido de Rusia a fines de1930, con su hijo Vsievolod, nacido en 1926. El padre del niño, Platón Volkov, había sido deportado a Siberia. De la familia de Trotsky, ella fue la última en salir de Rusia. Había llegado a Prinkipo con su hijo el 8 de enero de 1931. De su estadía en Turquía sé muy poco. Partió hacia Berlín el 22 de octubre de 1931, dejando a Sieva. En Berlín se iba a encontrar con Liova y Jeanne Martin; tenía la intención de seguir un tratamiento psicoanalítico. Trotsky se irritó porque ella había dejado a Sieva en Prinkipo. El 30 de junio de 1932, escribía a Liova: “Mamá (Natalia) tiene los pies y manos absolutamente atados por Sieva, hay que apresurar lo más que se pueda el asunto Sieva”. Esta última frase se refería a la partida eventual de Sieva a Alemania, donde se encontraría con su madre. Cuando yo llegué a Prinkipo, en octubre de 1932, Sieva todavía estaba allí. Era una muchachito dulce y tranquilo, iba todas las mañanas a la escuela y apenas se hacía notar en la casa. Natalia estaba lejos de tener pies y manos “absolutamente” atados por él.
En Berlín, Zina encontró un médico judío que hablaba fluidamente el ruso y empezó a hacerse tratar por él. Jeanne la veía mucho. Como ya conté antes, Sieva viajó de Prinkipo a París en noviembre de 1932. El 14 de diciembre partió de París a Berlín, donde se encontró con su madre a mediados de diciembre de 1932. He aquí lo que Jeanne Martin me escribió en una carta de fecha 27 de marzo de 1959:
“Usted sabe, Zina en definitiva se había olvidado un poco de Platón. Hacía tanto tiempo que se habían separado que no se le podría verdaderamente reprochar nada. Se estaba curando de su tuberculosis. No quería en absoluto regresar a Rusia, muy por el contrario. Era L. D. el que quería que ella pensara en regresar, pues había comenzado a comportarse de manera no muy razonable, desde varios puntos de vista. Temía sobre todo verse algún día obligada a regresar a Rusia. Tuvo realmente accesos de delirio y fue internada para que la trataran en una clínica, pero jamás llegó a perder su espíritu y todo eso, por otro lado, no duró mucho. El doctor, consultado una vez por nosotros sobre la cuestión Sieva, nos aconsejó dejarlo junto a ella; no veía ningún peligro para él en estar cerca de Zina. Vea usted, ella pensó alejarlo de su lado en el momento fatal. Su último pensamiento fue para él. Estaba también muy acomplejada y en realidad eso parece bastante natural, si puede decirse, cuando se conoce su vida anterior a la llegada a Berlín. Pero no pienso que haya sido solamente la inminencia, que ella sentía, de un regreso de su enfermedad mental, de la que la creíamos curada, puesto que había salido de la clínica y regresado a vivir libremente a su pensión, con Sieva, lo que la haya empujado a eliminarse. Estaba desesperada, pero de su desesperación yo solamente podría hablarle, no escribirle. Su desesperación debe haberse desplegado a lo largo de todos esos papeles que dejó en su casa, sin intentar destruirlos, sin siquiera haber pensado en hacerlo. Me pregunto por qué no destruimos todo eso, pero no era yo quien tenía que tomarla iniciativa. Y si León (Liova) creyó que había que conservarlos [...]. Lo cierto es que la policía se los llevó en dos allanamientos que hizo en mi casa (en París, calle Lacretelle), cuando la muerte de León y es terrible pensar que la policía puso sus sucias manos en esas cosas tan delicadas y dolorosas. Nunca pudieron ser recuperadas ni encontradas la huella, cuando después de la guerra se los reclamó oficialmente, con todos los papeles que se llevaron de casa. Había desaparecido todo, se nos dijo finalmente”.
En una conversación que tuve con ella en septiembre de 1959, Jeanne mencionó todavía tres hechos. El primero, que en Berlín Zina no se confiaba a Liova. Incluso antes de suicidarse, sólo dejó a Jeanne una carta breve. Era una nota perfectamente lúcida en la que decía: “Ocúpense de Sieva, él es bueno”. El segundo hecho, es que en el momento de su muerte, Zina estaba embarazada; Jeanne no hizo ningún comentario al respecto y yo no puedo decir más nada de eso. El tercer hecho es que durante el tratamiento psicoanalítico de Zina, Trotsky había mandado al psiquiatra las cartas que ella le había enviado; Trotsky pensó sin duda ayudar de este modo al médico; pero Zina lo supo y quedó profundamente herida. Las últimas cartas de Zina a su padre revelan que ella se sentía abandonada. El 14 de diciembre de 1932, le escribió: “Querido papá, sólo espero de ti siquiera unas pocas líneas”.
La tragedia personal que fue para Trotsky la muerte de su hija muy pronto desapareció en la tragedia política que se abatió sobre Europa. El 30 de enero de 1933, Hindenburg llamaba a Hitler a la cancillería del Reich. Se estableció, por entonces, en Alemania una situación bastarda. Los dos grandes partidos obreros y los sindicatos todavía estaban intactos, mientras que el partido nazi tenía el gobierno entre sus manos. El 2 de marzo, en una de esas reuniones de la tarde en su estudio, Trotsky nos dijo: “Se deben explotar todas las posibilidades a fondo. Es como si tuvieran ustedes que escalar una montaña abrupta que -creen ustedes- sólo les ofrece una pared lisa. Cuando se encuentran frente a ella, les parece imposible treparla. Pero si se valen de cada falla, de cada escalón natural, de cada intersticio, para aferrarse con las manos o para apoyar el pie, entonces pueden escalar el peñón más alto, en las condiciones más difíciles. Hay que tener valentía, y también prudencia y perspicacia”. Las organizaciones obreras nada hicieron. Hitler se enardeció. La farsa del incendio del Reichstag le permitió barrer, a comienzos de marzo, los sindicatos y los partidos obreros y establecer su régimen totalitario.
La reacción de Trotsky no se hizo esperar. El 14 de marzo terminó su artículo titulado La tragédie du prolétariat allemand (“La tragedia del proletariado alemán”) con un subtítulo: “Les ouvriers allemands se reléveront, le stalinisme ¡Jamais!” (“Los obreros alemanes se reincorporarán, el stalinismo ¡Jamás!”). Hay que recordar, una vez más que hasta entonces la actitud de Trotsky hacia las organizaciones comunistas oficiales había sido la de la reforma. El movimiento trotskista se presentaba como una oposición en el marco de la Tercera Internacional, aun cuando hubiese sido formalmente excluido de ella. Aquí y allá, al margen de la organización trotskista, algunos pequeños grupos o individuos habían hablado de una nueva Internacional, pero Trotsky siempre había rechazado decididamente la idea. El abandono de la política de la reforma indicaba, por lo tanto, una ruptura. Toda la actividad cotidiana de los grupos trotskistas había sido hasta ese momento tratar de hacerse oír por los miembros de las organizaciones comunistas oficiales. El cambio de política se hizo, por otro lado, en varias etapas.
Ya en esa reunión del 2 de marzo, Trotsky nos había dicho: “Estoy seguro de que si Hitler se queda con el timón en Alemania y el Partido (Comunista) se hunde, habrá que edificar entonces un nuevo partido. Pero la parte constitutiva más importante de ese partido vendrá del antiguo”. No era ésa, entonces, más que una opinión hipotética. Después de la catástrofe del 5 de marzo, el artículo del 14 de marzo rechazaba como fenecida la política de la reforma del Partido Comunista alemán, pero mantenía esa política para los otros partidos de la Internacional Comunista, en particular para el partido ruso. No obstante, el problema de la Internacional en su conjunto no podía dejar de plantearse. En abril, el Comité ejecutivo de la Internacional Comunista había adoptado, por unanimidad, una resolución que declaraba que la política seguida por el Partido Comunista alemán “había sido enteramente correcta hasta el momento del golpe de Estado de Hilter inclusive”. El Comité ejecutivo, bajo la orden de Stalin, cubría a Stalin. Hubo aquí y allá reacciones episódicas en las filas de los partidos comunistas; pero, como organización, la Internacional permanecía en el puño de Stalin. La política de la reforma perdía toda razón de ser.
El 15 de julio de 1933, Trotsky, bajo el pseudónimo de G. Gourov, dirigía a los grupos trotskistas un artículo titulado: “Es necesario construir de nuevo partidos comunistas y una Internacional comunista”. En ese artículo, la política de la reforma había sido abandonada para el conjunto de las organizaciones comunistas dominadas por Stalin. Esta política -decía el artículo- se había vuelto ahora “utópica y reaccionaria”. En ese renunciamiento a la política de la reforma el partido ruso planteaba un problema muy particular. Poco tiempo antes de su artículo del 15 de julio, Trotsky nos había dicho en Prinkipo, durante una junta: “Desde abril estamos por la reforma en todos los países, excepto Alemania, donde estamos por un partido nuevo. Podemos ahora asumir una posición simétrica, es decir, estar por un nuevo partido en todos los países, excepto la URSS, donde tenemos que estar por la reforma del partido bolchevique”. Esta posición jamás fue formulada por escrito. Salvo, quizás, en una carta a Liova, pero ni de eso podría estar yo seguro. En todo caso, fue rápidamente abandonada.
El giro político coincidió, por azar, con un cambio de residencia. El 17 de julio, Trotsky dejaba Turquía para ir a instalarse a Francia. Cuando desembarcó, el 24 de julio, las traducciones del artículo del 15 de julio apenas habían llegado a las manos de los dirigentes de los diversos grupos trotskistas. Durante las semanas que siguieron, las primeras en Francia, la nueva política provocó abundantes discusiones. Pero de todo eso hablaré más adelante.
En esa primavera de 1933, igualmente cambiaron las comunicaciones con Rusia o, mejor dicho, cesaron. Cuando los jefes de la oposición de izquierda fueron deportados a Siberia, a fines de 1927 y comienzo de 1928, pudieron, durante los seis primeros meses del año 1928, escribirse libremente. Eran hombres que habían ocupado posiciones importantes en el aparato estatal, en puestos políticos, económicos o diplomáticos. La correspondencia que se intercambió entre los diversos lugares de deportación de Siberia contiene estudios en profundidad sobre los problemas políticos y económicos del momento. Algunas cartas son verdaderos pequeños tratados de teoría marxista. En la segunda mitad de 1928 la censura se volvió más severa, pero los deportados se comunicaban todavía entre ellos, muy frecuentemente a través de postales o telegramas. En Alma Atá, como más tarde me contó Natalia, Trotsky y el grupo de opositores que se había quedado en Moscú, aún se comunicaban. Cuando un vaso con flores aparecía en cierta ventana, era señal de que acababa de llegar un correo de Moscú. Era Liova el que se ocupaba de esos contactos.
Después de su llegada a Turquía, Trotsky siguió en relación con cierto número de deportados siberianos, quizás con una veintena. No escribían a Prinkipo sino a diferentes direcciones en Francia y Alemania. Muy a menudo eran postales; no se daban más que noticias personales, pero eso solo era ya importante. Con los años, las comunicaciones se hicieron cada vez más intermitentes; en 1932, sin embargo, todavía llegaron a pasar noticias; incluso llegó esa fotografía de Rakovsky de la que ya he hablado. Liova, primero en Prinkipo y luego en Berlín, era el centro de esos intercambios. De tanto en tanto se enviaba una pequeña suma de dinero.
Las comunicaciones con los opositores de Moscú o Leningrado habían cesado. Única excepción, la madre de Zina, Alexandra Lvovna Bronstein, que vivía en Leningrado. Zina se escribía con ella. A la muerte de Zina, Trotsky recibió una carta de Alexandra Lvovna y le respondió. Escribió la carta a mano y me entregó el sobre cerrado, sobre el cual había escrito la dirección con su letra de imprenta. Me pidió que enviara la carta certificada, con aviso de recepción. El aviso de recepción no llegó nunca.
En ese momento, en los primeros meses de 1933, las comunicaciones con Rusia habían cesado completamente. Hubo que esperar varios años hasta que llegaran noticias directas de Rusia, a través de los sobrevivientes: Tarov, Ciliga, Víctor Serge, Reiss, Krivistky. Las relaciones con los grupos opositores de Siberia habían cesado entonces completamente desde hacía mucho tiempo.
En mayo de 1933 supimos por los diarios que Máximo Gorki regresaba de Italia a Rusia a bordo de un barco soviético, el Jean Jaurés, que haría escala en Estambul. Trotsky nos aconsejó, a Pierre Frank y a mí, que tratáramos de ver a Gorki para obtener informaciones sobre los deportados trotskistas en Siberia. El día indicado por los diarios, encontramos el Jean Jaurés amarrado a un muelle de Estambul y subimos a bordo. Se nos preguntó quiénes éramos y qué queríamos. “Somos comunistas franceses y queremos ver a Gorki”. Cuatro o cinco mocetones bien robustos vinieron inmediatamente y tomaron posición en torno nuestro. Pronto se presentó Pechkov, el hijo adoptivo de Gorki. Le dijimos quiénes éramos exactamente. No dio muestras de ninguna hostilidad hacia nosotros. Su padre adoptivo no estaba bien, nos dijo, y no nos podía atender; nos preguntó que podía hacer él por nosotros. Le hablamos de Rakovsky, sobre el que recientemente habían llegado noticias inquietantes de Rusia. Uno o dos ángeles de la guarda paraban la oreja. Pechkov nos prometió que hablaría de ello a Gorki y abandonamos el barco. Naturalmente, nunca nos llegó ninguna noticia de ese lado.
Los primeros seis meses de 1933 marcaron igualmente un gran cambio físico en Trotsky. Ya he relatado como a la muerte de Zina dos arrugas se le habían formado en el rostro. La vida recomenzó su curso, pero las arrugas no desaparecieron y poco a poco se profundizaron. Cuando yo llegué a Prinkipo en octubre de 1932 Trotsky tenía, ciertamente, canas, pero todavía tenía algunos cabellos negros. El rostro y la cabeza aún no eran tan diferentes de los que presentan las fotografías de 1924 o 1925. En esos primeros meses de 1933, los cabellos se volvieron blancos. A menudo, en lugar de tirárselos exageradamente hacia atrás, se los peinaba lacios, al costado. En unos meses, casi en unas semanas, adquirió la fisonomía que habría de tener, aproximadamente, hasta su muerte. Quienes conocieron a Trotsky en el transcurso de su vida frecuentemente han advertido el cuidado que ponía en la ropa. Yo mismo, al llegar a Prinkipo, lo vi vestido todo de lino blanco. Fue en esa primavera de 1933 cuando comenzó a mostrar menos cuidado por la ropa. El tiempo también aportaba su cuota: febrero fue un mes muy frío, vientos helados soplaban del mar Negro. La casa no tenía calefacción, sino apenas unas especies de braseros. El viento azotaba como una tempestad y la pesca se volvía impracticable durante días y días. Un día, después de almorzar, no habiendo podido pescar durante una semana, nos consultamos mutuamente Natalia, Frank, Otto y yo. Nos tenía inquietos esa falta de actividad física para Trotsky y yo fui entonces encargado de proponerle ir a cazar unos conejos en la Pequeña Isla, Kütchük Ada, un islote deshabitado al sudoeste de Prinkipo. Golpeé a la puerta de su estudio. “¡Sí!”. Entré y le expuse el proyecto. “¡Bah! ¡Cazar conejos!”, dijo con desdén. No le interesaba.
Poco a poco las grandes salidas a pescar de la mañana fueron abandonadas. Salíamos ahora hacia las cuatro y media de la tarde, después de la siesta, y no íbamos lejos. A menudo nos quedábamos muy cerca, sin perder de vista la casa. Hacíamos algunos intentos y si eran infructuosos, Trotsky se alzaba de hombros y decía “¡Niet rybi!” (No hay pescado) y regresábamos.
Fue en una de esas pequeñas salidas a pescar de la tarde que casi encontramos la muerte. Debía ser por mayo. Habíamos partido cerca de las cuatro y media, Trotsky, Kharalambos y yo. No pensábamos ir muy lejos, no habíamos llevado siquiera al policía turco como era la costumbre, lo cual probablemente, como ya veremos, sirvió para salvarnos la vida. El cielo estaba gris, pero el tiempo parecía calmo y Kharalambos había dado su autorización.
Ya no se veía la casa, pero estábamos todavía entre Prinkipo y Halki, cuando un viento norte se levantó. En unos minutos fue una tempestad. Kharalambos, quien vio inmediatamente el peligro, detuvo el motor. Nos dijo que nos acostáramos en el piso del bote para bajar el centro de gravedad, y se puso a maniobrar la espadilla. Trotsky y yo estábamos tirados en el fondo del bote, semicubiertos de agua. A cada ola, el bote subía y volvía a caer con un ruido sordo. Con una mano Kharalambos maniobraba el remo; con la otra, achicaba. Eso duró quizás una media hora. Empujado por el viento y aunque apenas guiado por Kharalambos, el bote poco a poco pudo ser conducido hacia el lado sur de la isla, donde encontró aguas más calmas. Pudimos abordar e hicimos fuego para secarnos. Yo volví a pie con Trotsky, mientras Kharalambos esperaba con el bote que mejorara un poco el tiempo. Entretanto, Natalia, que había visto el peligro desde la casa, salió con Pierre Frank en un coche tirado por caballos para ver qué había sucedido y, eventualmente, venir en nuestra ayuda. Pero en la parte oeste de la isla, donde nos encontrábamos, el camino se aparta mucho de la costa y se dirige hacia los bosques de pinos, por eso ella y Frank no habían podido vernos. Fue una felicidad volvernos a encontrar todos en la casa. Pierre Naville y Gérard Rosenthal han señalado, cada uno por su lado, en sus recuerdos, cómo, de 1929 a 1931, Trotsky empleó la palabra “fusilar” en la conversación. Yo mismo, cuando llegué a Prinkipo, más de una vez lo oí decir, a propósito de adversarios que lo irritaban: “¡Ah! Habría que fusilarlos! [...]” En aquella primavera de 1933, la palabra desapareció de su vocabulario. Dejó de permitirse ese tipo de ironía.
Fue también en ese momento cuando las dificultades financieras se agravaron. Después de la llegada de Hitler al poder dejaron de llegar los derechos de autor que venían de Alemania. Los derechos de autor en los Estados Unidos, que eran los ingresos más claros y que se depositaban en una cuenta bancaria en Nueva York, se depreciaron cuando Roosevelt devaluó el dólar en abril de 1933. Al regreso de Copenhague, Trotsky no tenia en cierne ningún libro.
Pensó en un momento dado escribir un libro sobre la situación económica y política mundial, luego, un relato de las relaciones entre Marx y Engels (La novela de una gran amistad), una historia del Ejército Rojo, retratos de diplomáticos soviéticos (Rakovsky, Joffe, Vorovsky y Krassin). Todo eso quedó en proyectos. No firmó ningún contrato, por lo tanto, no hubo tampoco derechos de autor. Los artículos que pagaba la prensa mundial se hicieron esporádicos: Trotsky estaba absorbido por preocupaciones políticas y, por otra parte, los directores de periódicos y de revistas apenas disponían de recursos. El 27 de abril de 1933 escribí a Liova que nos quedaba en total y para todo 1780 dólares y que las perspectivas de obtener algo en un futuro más o menos cercano eran sombrías. Natalia y yo hacíamos cuentas tratando de reducir los gastos de todos lados. Una norteamericana, Sara Jacobs, que conocía el ruso y era miembro de la organización trotskista norteamericana, se había ofrecido para venir a Prinkipo como dactilógrafa. Eso significaba economizar el sueldo de Maria Ilinichna. Sara llegó en junio y el 18 Maria Ilinichna dejó su trabajo.
Se habían producido, por otro lado, desde el regreso de Copenhague, algunas llegadas y partidas. Jan Frankel se había ido, como ya dije, el 5 de enero. Ame Swabeck, entonces uno de los dirigentes del grupo trotskista norteamericano, llegó en febrero y se quedó unas semanas. El 10 de abril, Otto Schüssler se fue para ir a establecerse en Praga y trabajar en la publicación de un nuevo diario trotskista alemán en el exilio, el Unser Wort. Como secretario alemán habría de ser reemplazado por Rudolf Klement, un joven estudiante de Hamburgo, quien llegó el 27 de abril. Max Shachtman, uno de los dirigentes del grupo trotskista norteamericano llegó el 23 de mayo y se fue de Turquía con nosotros, cuando en julio partimos a Francia. Pierre Frank dejó Prinkipo el 22 de junio, para regresar a París. Erwin Ackerknecht (Eugen Bauer), en ese entonces el principal dirigente del grupo trotskista alemán, llegó el 7 de julio, pero su estadía fue breve, pues teníamos que salir para Francia pocos días más tarde. Esas llegadas, que se escalonaban a intervalos de dos o tres meses, siempre eran un pequeño acontecimiento en la vida de la casa.
En 1933 todavía había malaria en Prinkipo. En la casa todos tomábamos quinina, lo que nos dejaba un poco sordos. A pesar de la quinina, yo tuve en mayo de 1933 accesos de fiebre cada vez más frecuentes y hubo que decidir mi internación en el hospital francés de Estambul. El médico principal del hospital era francés, el profesor Gassin. Durante las pocas semanas que Trotsky estuvo en el Consulado soviético de Estambul, Minsky, el agente principal de la GPU, le dio información acerca de los agentes secretos de las grandes potencias en Turquía. Le había indicado, en particular, que el doctor Gassin era uno de los jefes del espionaje francés en esa parte del mundo. Trotsky, o alguien de la casa, hizo, creo, más tarde una consulta médica al doctor. El 25 de mayo por la mañana, poco antes de mi partida hacia el hospital, cuando me encontraba en cama con fiebre, Trotsky vino a verme a mi habitación. Me reveló las actividades del doctor Gassin y luego me dijo: “¡Oh! usted sabe, el hospital, no se está mal allí; se está casi tan bien como en la cárcel; se puede leer en paz”. Pasé una decena de días en el hospital.
A comienzos de junio, Georges Simenon estuvo de paso en Estambul y envió a Trotsky una carta pidiéndole una entrevista para Paris-Soir. Trotsky lo recibió el 6 de junio y le entregó una declaración bastante larga, que fue publicada. Se pueden citar las siguientes líneas: “El fascismo y, sobre todo, el nacionalsocialismo alemán significan para Europa un peligro incuestionable de sacudimientos bélicos. Al estar al margen, tal vez yo me equivoque, pero me parece que no nos damos lo suficientemente cuenta de toda la amplitud de ese peligro. Si se tiene en vista una perspectiva, no de meses, sino de años -pero no de decenas de años, en todo caso- , considero como absolutamente inevitable una explosión guerrera por parte de la Alemania fascista. Esa es precisamente una cuestión que puede ser decisiva para la suerte de Europa”. Hoy en día, esas palabras pueden parecer triviales, justamente porque la historia las ha confirmado con una exactitud tan tremenda. Pero si echamos un vistazo sobre lo que los políticos y periodistas decían en ese momento, entonces, cuando todavía la gente se hacía tantas ilusiones sobre el papel del führer, se verifica su fuerza profética. En la conversación, Simenon preguntó a Trotsky si estaba listo para “retomar el servicio activo en Rusia”; Trotsky dijo sí con un movimiento de cabeza. Simenon le dejó a Trotsky una de sus novelas. La acción se desarrollaba en África. Trotsky leyó el libro y lo elogió: había encontrado que la explotación de los negros estaba muy bien descrita.
Fue Maurice Parijanine quien emprendió, después de la formación del gobierno de Daladier, a comienzos de 1983, una campaña para que se autorizara a Trotsky residir en Francia. Se dirigió a cierto número de parlamentarios y personalidades políticas. Llevó adelante su campaña con vigor y habilidad. Trotsky había dado su acuerdo, había incluso escrito las cartas que le había pedido Parijanine que escribiera, pero alimentaba pocas esperanzas. Todavía estaba bajo el decreto de expulsión dictado contra él por el gobierno francés en 1916. Mucha agua había corrido bajo los puentes desde aquel entonces. Pero la administración seguía siendo la misma. El 4 de julio Parijanine pudo escribir a Trotsky diciéndole que el decreto de expulsión había sido revocado. En Prinkipo, ésa fue una buena sorpresa. El 12 de julio yo me dirigía al consulado francés de Estambul para hacer visar los pasaportes de Trotsky y de Natalia.
Todo se hizo muy simplemente. Las visas fueron concedidas sin restricciones explícitas.
Había que organizar ahora la mudanza. Ya no se trataba de un viaje de ida y vuelta, como cuando se realizó la partida hacia Copenhague. Los archivos y los libros fueron embalados en grandes cajones. El 15 de julio, Frankel llegó de París. Habría de quedarse hasta después de nuestra partida para arreglar la cuestión de la casa con el propietario, vender los botes y otras pertenencias. El 17 de julio nos embarcamos en la nave italiana Bulgaria, con destino a Marsella, Trotsky, Natalia, Max Shachtman, Sara Jacobs, Rudolf Klement y yo. Una chalana fue traída hasta el desembarcadero de la casa para recoger los cajones y llevarlos directamente al barco. A último momento, una chalupa vino a recogernos. El barco soltó amarras al final de la tarde. Cuando el sol se ocultaba, estábamos ya en el mar de Mármara y, sobre el puente, Trotsky miraba cómo Estambul desaparecía en el horizonte.


[1] Lev Davidovich (Trotsky), a menudo llamado así por sus amigos políticos.
[2] Robert Laffont, Avavaunt de Trotsky, 1975.



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