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Prólogo de Guerra y Revolución. Una Interpretación Alternativa de la Segunda Guerra Mundial (Compilación)

La Segunda Guerra Mundial y su resultado

Una polémica con Eric J. Hobsbawm

Agosto 2004

por Andrea Robles

Es notable la coincidencia que existe en torno al sentido histórico que se le da a la Segunda Guerra Mundial por parte no sólo de la historiografía burguesa sino también de reconocidos historiadores que se reivindican marxistas. La Segunda Guerra que provocó cincuenta millones de muertos, decenas de ciudades arrasadas y la destrucción de riquezas como nunca antes en la historia de la humanidad, es definida mayoritariamente como una guerra entre "democracia y fascismo".
En los libros dedicados a la guerra, el espíritu historiográfico casi unánime que subyace, cargado del dramatismo de la época, es que a partir de 1945 la humanidad podía respirar tranquila ya que la guerra no sólo había estado debidamente justificada para terminar con el fascismo sino que la democracia había triunfado, el mundo iba ser mejor. En su libro, Historia del Siglo XX, el reconocido historiador marxista Eric J. Hobsbawm sostiene que: "Para los vencedores, la Segunda Guerra Mundial no fue sólo la lucha por la victoria militar sino, incluso en Gran Bretaña y Estados Unidos, para conseguir una sociedad mejor".1
Desde esta óptica, las bombas atómicas que Estados Unidos arrojó en agosto de 1945 sobre la población civil en Hiroshima y Nagasaki2 en Japón, fueron el último acto de la Gran Alianza, liderada por EE.UU., Gran Bretaña y la URSS, que coronaron el triunfo de la "democracia". Para E. Hobsbawm "las tres regiones del mundo iniciaron el período de postguerra con la convicción de que la victoria sobre el Eje, conseguida gracias a la movilización política y a la aplicación de programas revolucionarios, y con sangre, sudor y lágrimas, era el inicio de una nueva era de transformación social. En un sentido estaban en lo cierto. Nunca la faz del planeta y la vida humana se han transformado tan radicalmente como en la era que comenzó bajo las nubes en forma de hongo de Hiroshima y Nagasaki".3

Y es que para Hobsbawm como para muchos de los que sostienen que la Segunda Guerra estuvo signada por el enfrentamiento entre estos dos campos, la única alternativa de la que disponían las masas para su triunfo era unirse al estandarte de la "democracia" levantado por el campo Aliado. Ya que como él dice, la guerra venidera, "Había de interpretarse no tanto como un enfrentamiento entre estados, sino como una guerra civil ideológica internacional... en esa guerra civil el enfrentamiento fundamental no era el del capitalismo con la revolución social comunista, sino el de diferentes familias ideológicas: por un lado los herederos de la Ilustración del siglo XVIII y de las grandes revoluciones, incluida, naturalmente, la revolución rusa; por el otro sus oponentes. En resumen, la frontera no separaba al capitalismo y al comunismo sino lo que el siglo XIX habría llamado 'progreso' y 'reacción' con la salvedad de que esos términos ya no eran apropiados.

Fue una guerra internacional porque suscitó el mismo tipo de respuestas en la mayor parte de los países occidentales, y fue una guerra civil porque en todas las sociedades se registró el enfrentamiento entre las fuerzas pro y antifascistas".4

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Porque trastoca todo orden existente, la guerra, del mismo modo que la revolución, permite comprobar la autenticidad de las estrategias y programas llevados adelante por las direcciones de masas al igual que las definiciones que le dieron origen. En cierta manera, es verdad que "Nunca la faz del planeta y la vida humana se han transformado tan radicalmente como en la era que comenzó bajo las nubes en forma de hongo de Hiroshima y Nagasaki", pero, como analizaremos más adelante, disentimos con la interpretación que hace E. Hobsbawm sobre qué tipo de transformación es la que opera en la guerra. En este ensayo, nos interesa analizar sus principales episodios demostrando el carácter imperialista de la Segunda Guerra Mundial. Veremos asimismo la dialéctica que se estableció entre ésta y la revolución social. León Trotsky y otros dirigentes de la IV Internacional desarrollaron numerosos análisis sobre la realidad internacional y sobre las perspectivas para el proletariado y los oprimidos en este momento histórico, muchos de ellos publicados en estos volúmenes y de los cuales gran parte es inédita en español. Tomaremos como referencia los principios desarrollados en estos escritos debatiendo especialmente con E. Hobsbawm ya que siendo uno de los más prestigiosos historiadores marxistas sostiene que en esencia la guerra estaba signada por el enfrentamiento entre regímenes y considera que estaba excluida la revolución social como perspectiva histórica. Es decir, según este historiador "desde la revolución de Octubre, la política internacional ha de entenderse, con la excepción del período 1933-1945, como la lucha secular de las fuerzas del viejo orden contra la revolución social..."5

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La concepción de que la Segunda Guerra Mundial constituyó, en esencia, el enfrentamiento entre dos tipos de regímenes ("democracia y fascismo"), entre progreso y reacción, retrocede en la historia a la época del capitalismo de libre competencia donde la burguesía liberal cumplía un rol relativamente progresivo (antes frente al feudalismo y el absolutismo, ahora lo sería frente a la burguesía fascista). Excluye por el contrario lo que fue el punto de partida de los marxistas revolucionarios frente a la guerra mundial: el carácter imperialista de la época y los fenómenos que desencadena, analizados por Lenin a principios del siglo pasado. Sobre la base de la economía mundial, este punto de vista, comprendía que las rivalidades entre potencias imperialistas en pos de dominar colonias y semicolonias crean las tendencias a la guerra imperialista por el reparto del mundo, inherentes al propio sistema capitalista mundial debido a la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las fronteras nacionales. Esta contradicción se funda en la tendencia monopolista que adopta el capital y la necesidad de los estados nacionales dominantes para imponer y disputar el mercado mundial.

Para Lenin y los fundadores de la III internacional, la guerra imperialista es completamente opuesta a los intereses del proletariado y de las naciones oprimidas y por lo tanto reaccionaria en toda la línea. El motivo por el cual aquéllos rompieron con la II Internacional fue precisamente por el aval que le dieron sus partidos a las burguesías imperialistas de cada uno de sus países para participar en la Primera Guerra Mundial.

Si para Marx, el capitalismo crea a su propio sepulturero: el proletariado; la guerra imperialista provoca una situación en la que el proletariado puede ponerse verdaderamente a la cabeza de todos los oprimidos como adalid de la lucha por la emancipación social. El enfrentamiento militar entre los bandidos imperialistas por el reparto del mundo, los sufrimientos inauditos de las masas arrastradas a una guerra en la cual no son intereses los que están en juego, es decir, la exacerbación in extremis de las contradicciones de clase en los momentos de "paz" favorece la puesta en consonancia de los factores objetivos (la decadencia y crisis capitalista) con los subjetivos (la irrupción revolucionaria de la clase obrera y su maduración política). La guerra imperialista se convierte en partera de revoluciones.

Guerra imperialista

Quienes afirman que la Segunda Guerra fue una "guerra de regímenes" se basan en la existencia del nazismo como nuevo fenómeno de la realidad política mundial. Para E. Hobsbawm, "Fue el ascenso de la Alemania de Hitler el factor que convirtió esas divisiones civiles nacionales [entre pro y anti fascistas] en una única guerra mundial, civil e internacional al mismo tiempo... en el que la Alemania de Hitler era una pieza esencial: la más implacable y decidida a destruir los valores e instituciones de la 'civilización occidental' de la era de las revoluciones y la más capaz de hacer realidad su bárbaro designio".6

Trotsky fue uno de los primeros que dio cuenta de la especificidad del nazismo, en numerosos artículos, sólo que alejado de toda visión demoníaca, psicológica o idealista, lo explicó por las condiciones materiales en que se desarrollaba. En 1931, Trotsky, en "Qué es el nacionalsocialismo" publicado en este libro, afirmaba: "Los espíritus ingenuos piensan que el título de rey reside en el rey mismo, en su capa de armiño y en su corona, en su carne y en sus huesos. En realidad, el título de rey es una interrelación entre individuos. El rey es rey sólo porque los intereses y prejuicios de millones de personas se reflejan a través de su persona... La controversia sobre la personalidad de Hitler se hace tanto más agria cuanto más se busca en él mismo el secreto de su triunfo. Entretanto, sería difícil encontrar otra figura política que sea, en la misma medida, el punto de convergencia de fuerzas históricas anónimas. No todo pequeño burgués exasperado podía haberse convertido en Hitler, pero en cada pequeño burgués exasperado hay una partícula de Hitler".

Hobsbawm menciona por ejemplo que el Tratado de Versalles (firmado al finalizar la Primera Guerra) constituyó un "auténtico regalo al nacionalismo alemán", que el gran peso de la pequeña burguesía y desocupados en situación desesperada luego del crack del '29 fueron la base social mayoritaria del fascismo o que el fracaso de los viejos regímenes democráticos y la política incorrecta del PC ayudaron a su triunfo. Sin embargo, considera que lo determinante es que "no se trataba de una nación estado descontenta de su situación, sino de un país en el que la ideología determinaba su política y sus ambiciones. En resumen era una potencia fascista".7 Esta visión idealista que remite a la fantasía de que basta una ideología para provocar una nueva guerra mundial es descabellada en tanto desprecia las condiciones materiales, de la economía, de la relación entre estados y por último y más importante, de la lucha de clases para mover la rueda de la historia. Es característico de Hobsbawm tomar elementos parciales de análisis marxista al evaluar el período para después negarlos de conjunto.

Detrás de la filosofía aborrecible de Adolf Hitler se encontraba un imperialismo que lejos de estar dominado por el atraso poseía, después de EE.UU., un potencial industrial mayor al de sus contrapartes imperialistas Francia y Gran Bretaña. Estas últimas, sin embargo, fueron las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial y en consecuencia las beneficiadas en el reparto del mundo. Esta contradicción entre su inferioridad económica y su predominio internacional en detrimento de EE.UU. y de Alemania, no sólo no la "resolvió" la Primera Guerra imperialista sino que fue aumentando con el transcurso de los años. Por un lado, el triunfo de la revolución rusa y su propagación hacia Alemania y Europa instaló un manto de temor entre los vencedores y vencidos que hicieron impensable desarmar completamente a Alemania. "La contradicción del Tratado de Versalles era que los vencedores querían debilitar el capitalismo alemán sin realmente desarmarlo y, al mismo tiempo, que conservara intacto su poder industrial. Esto hizo inevitable su rehabilitación militar".8 Derrotada la revolución alemana de 1918, sin colonias y sometida al pillaje de Versalles, Alemania empezó a engendrar el nacionalsocialismo. Inmediatamente después de Versalles, Gran Bretaña comenzó a apoyar a Berlín contra París, pretendiendo así poner límites a la pretendida hegemonía francesa en Europa, con lo cual Alemania pudo comenzar a rearmarse. Es decir, fueron las contradicciones interimperialistas de las democracias europeas las que crearon, en gran medida, las condiciones para el ascenso de Hitler.

Por otra parte, los gastos de la Primera Guerra dejaron una Europa aún más empobrecida y agudamente dependiente de EE.UU., cuya participación en la misma fue a modo de proveedor y que se enriqueció, afirmando su supremacía económica. A principios de los años '20, EE.UU. ocupaba el puesto número uno de la producción industrial mundial, el dólar desplazó definitivamente a la libra esterlina, convirtiéndose en el dueño del mercado financiero mundial. Sin embargo esto, lejos de sanear las condiciones de funcionamiento capitalista mundial, luego de los años de reconstrucción europea, manifestó los males que padecía. La enorme dependencia económica del mundo con respecto a EE.UU. introdujo las contradicciones de la economía mundial al interior del gigante americano, abonando el crack de 1929. La crisis mundial actuó de acelerador de las tendencias hacia una nueva guerra imperialista mundial para "resolverlas", mediante un nuevo reparto de las colonias, de las esferas de influencia y de los mercados mundiales.

La posición de que EE.UU., Gran Bretaña y Francia eran "potencias pacifistas" tiene validez relativa para las dos últimas. Sin embargo, "su pacifismo" no se debió a la presión ejercida por la oposición de sus pueblos a una nueva guerra luego de los sufrimientos que padecieron en la Primera Guerra, como fundamenta Hobsbawm.9 Las razones residieron en claros principios de Estado. Aferrados a las condiciones ventajosas pero artificiales que sostenían su hegemonía mundial, el imperialismo francés y el británico en una nueva guerra de reparto no tenían nada que ganar y sí mucho que perder. EE.UU. en cambio -seguido por Alemania y Japón- era la nación por excelencia más opulenta y poderosa y por esto mismo, la menos proclive a subordinarse al predominio mundial del que gozaban Francia y Gran Bretaña. El colapso económico del '29, puso esta cuestión sobre el tapete y en el transcurso de la década del '30, fueron ganando peso los sectores de la burguesía norteamericana que opinaban que toda política de economía cerrada era inútil y que la única forma de salvar el capitalismo nativo sería mediante el empleo de la fuerza contra las otras potencias imperialistas. En este sentido, el objetivo de Japón de dominar el Pacífico, cuyas intenciones se plasmaron con la invasión a Manchuria en 1931 y la guerra contra China en 1937, hacían inevitable el conflicto armado con EE.UU., ya que este último no podía permitir que Japón tuviera el territorio más poblado del mundo bajo su dependencia. Y es que el conflicto entre las potencias imperialistas en consonancia con la lógica de funcionamiento capitalista, era una vez más por la hegemonía imperialista mundial, como señala E. Mandel, este conflicto "nació de la percepción de que una solución a largo plazo implicaba una ruptura decisiva con el aislamiento económico (un cambio en el desarrollo, centrado en el mercado nacional) y de ahí la necesidad de lograr para sí mismo (o negar a otros) la inserción estratégica en el mercado mundial por la vía de la hegemonía sobre una parte sustancial del mundo, como un paso necesario en la trayectoria hacia el dominio mundial".10

Al renunciar al análisis leninista del imperialismo, Hobsbawm se permite a su vez diferenciar en forma absoluta democracia y fascismo. Deja de lado, como primera cuestión, el carácter de clase del Estado, es decir, que estos dos regímenes son formas de dominación que la burguesía utiliza, en función de las condiciones históricas establecidas. Tampoco se puede perder de vista que las democracias imperialistas se sustentan a costa de la expoliación de sus colonias y semicolonias. En este sentido al exaltar "los valores e instituciones de la civilización liberal cuyo progreso se daba por sentado en aquel siglo, al menos en las zonas del mundo 'avanzadas' y en las que estaban avanzando",11 separándolo unilateralmente de la explotación bajo férreas dictaduras o de administraciones coloniales de China, India, Indonesia, Indochina y un largo etcétera, que "brindaban" la savia con las que las "democracias" de Gran Bretaña y Francia se alimentaban, Hobsbawm, no hace más que embellecer a las democracias imperialistas. La "democracia" norteamericana, solventada por la riqueza acumulada por generaciones y con un método velado de expoliación imperialista, mostraba también su tendencia creciente a apoyar regímenes dictatoriales en sus zonas de influencia. No obstante, la Alemania imperialista jaqueada por la crisis y privada de colonias y riquezas, no podía darse el "lujo" de un sistema democrático. Tenía que derrotar a un proletariado que gozaba de poderosas organizaciones y conquistas, para disputar un mayor predominio a nivel internacional. Es que en el fascismo, el capital monopolista en su expresión más exacerbada y brutal, se apoya en las capas medias arruinadas para destruir las organizaciones del proletariado. "Hay dos sistemas que rivalizan en el mundo para salvar al capitalismo históricamente condenado a muerte: son el fascismo y el New Deal (Nuevo Pacto). El fascismo basa su programa en la disolución de las organizaciones obreras, en la destrucción de las reformas sociales y en el aniquilamiento completo de los derechos democráticos, con el objeto de prevenir el renacimiento de la lucha de clases del proletariado... La política del New Deal, que trata de salvar a la democracia imperialista por medio de regalos a la aristocracia obrera y campesina sólo es accesible en su gran amplitud a las naciones verdaderamente ricas, y en tal sentido es una política norteamericana por excelencia".12

Es aleccionador, para demostrar que no hay antagonismo absoluto entre democracia y fascismo, que en los dos bandos guerreristas haya habido regímenes democráticos y dictatoriales (al margen del rótulo con el que se ha disfrazado el significado de la guerra). La Segunda Guerra Mundial se inició el 1° de septiembre de 1939 con la invasión de Alemania a Polonia. A mediados de junio de 1940, y en no más de tres semanas de enfrentamiento con el fascismo alemán, la France eternelle suplicaba por un armisticio, luego de que en pocos meses el primero conquistara casi toda Europa. La colaboración de la débil burguesía francesa, que mayoritariamente estableció el régimen de Vichy, fue una opción para evitar que una guerra contra Alemania reavivara la resistencia del proletariado francés, cuya capacidad revolucionaria comprobada apenas unos años atrás, constituía una amenaza. A los inicios de la guerra las masas presenciaron la colaboración de la gran mayoría de las otrora democracias imperialistas (empezando por Noruega y seguida por Dinamarca, Holanda, Bélgica y la ya mencionada Francia) con el fascismo alemán. A su vez, la Gran Alianza "democrática" cobijó durante la guerra dictaduras sangrientas como la de Yugoslavia y Grecia.
Por último, queremos abordar desde un punto de vista estratégico el carácter de la alianza entre EE.UU., Gran Bretaña y la URSS.13 En palabras de Hobsbawm, esta "alianza, insólita y temporal, del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío [el avance del fascismo] permitió salvar a la democracia... La victoria de la Unión Soviética sobre Hitler fue el gran logro del régimen instalado por aquel país por la revolución de Octubre".14 La alianza de EE.UU. y Gran Bretaña con un estado obrero, en apariencia contradictoria no lo era en el contenido estratégico. EE.UU. pretendía utilizar a la URSS para derrotar a Alemania consiguiendo así su predominio imperialista y, al mismo tiempo, contemplaba su derrota por medio de una guerra de desgaste. Harry Truman, posteriormente presidente de los EE.UU., lo formuló de esta manera: "Si vemos que Alemania está ganando la guerra, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, y en esta forma matar a tantos como sea posible".15 De ahí que la colaboración con armas y provisiones de guerra por parte de los aliados a la Unión Soviética estuvo subordinada estrictamente a que ésta se mantuviera en pie para proseguir la guerra contra Alemania.

Desde el inicio del ataque alemán en junio de 1941, Stalin pidió desesperadamente a sus "socios" en la Gran Alianza la apertura de un segundo frente en Europa16 (precisamente en Francia o en los Balcanes) para dividir las fuerzas de Alemania, ante el riesgo de que la URSS cayera derrotada. La apertura de un segundo frente que se realizó recién en julio de 1944, cuando el resultado de la guerra desde el punto de vista militar ya estaba definido en contra de Alemania y el Eje, es una muestra elocuente de lo que decimos. Aunque la URSS no fue derrotada sí figuró en el primer puesto en pérdida de vidas y fuerzas productivas de la Segunda Guerra Mundial.17

La estrategia y toda la política en la guerra llevada adelante por Stalin estuvo en función de garantizar una "zona de amortiguación" que evitara futuros ataques en suelo ruso. La Unión Soviética ya a fines de diciembre de 1941 transmitió al primer ministro británico -Winston Churchill- sus intereses para la postguerra, respecto a los estados bálticos, Finlandia y Besarabia.18 A cambio Stalin se comprometió a respetar los deseos imperialistas de EE.UU. y Gran Bretaña, papel que mejor jugó cuando la revolución se hizo presente en el teatro de operaciones de la Segunda Guerra, salvando las democracias imperialistas de la revolución social. En esencia, la "alianza antifascista" no cuestionaba los objetivos imperialistas, pero sí, como veremos a continuación, buscaba asegurarse que no se desarrollase la revolución social.

Revolución social

En 1939, Trotsky afirmaba una vez más: "Una nueva guerra mundial es inevitable si no se le anticipa una revolución... Buscando una salida a la crisis mortal, los estados advenedizos aspiran, y no pueden dejar de hacerlo, a una nueva repartición del mundo. Sólo los niños de pecho y los 'pacifistas' profesionales, a quienes incluso la experiencia de la infortunada Liga de las Naciones no les ha enseñado nada, pueden suponer que se puede realizar una repartición más 'equitativa' de la superficie territorial alrededor de las mesas de la democracia".19
La apertura de la crisis económica mundial del '29 disparó la disputa entre el proletariado y la burguesía por los costos de la crisis. En ese camino, las democracias imperialistas europeas cedieron su lugar a democracias burguesas cada vez más degradadas y bonapartismos que se erigieron como árbitros de los dos únicos contendientes nacionales: el proletariado y los sectores más concentrados de la burguesía. Fue en Europa donde, por el peso de la crisis económica pero también por la enorme tradición de sus proletariados y el ejemplo reciente de la revolución rusa, la revolución hizo su entrada en escena.

El triunfo del fascismo en Alemania en 1933 como es sabido, y el mismo Hobsbawm lo reconoce, se debió a la nefasta política ultraizquierdista de la Comintern que impidiendo el frente único obrero para enfrentarlo, llevó al poderoso proletariado alemán a la peor de las derrotas.20 Esto abrió paso al fascismo que se levantó como alternativa de "salvación nacional" muñido de una demagogia social reaccionaria y liberó las tendencias guerreristas del imperialismo alemán.
Sin embargo, a partir de 1931 se inicia la revolución española que con distintos episodios desencadena la guerra civil en 1936. En este año, comienza también un ascenso revolucionario del proletariado en Francia. El stalinismo, que en los acontecimientos alemanes había considerado "socialfascista" a la socialdemocracia, ya había dado un giro en su política, proclamando la orientación de los frentes populares -de colaboración de clases- para enfrentar al fascismo. La asociación de aquél con la socialdemocracia y con sectores de la burguesía "democrática" dio lugar a la "alianza antifascista".

España: "ensayo general"

Es relevante tomar el caso de la revolución española ya que en cierta manera fue el ensayo general de las tendencias políticas más generales que se darán en la Segunda Guerra Mundial. Permite verificar el verdadero carácter de la "alianza antifascista", evaluar el rol de las potencias imperialistas y mostrar que fueron el proletariado y las masas revolucionarias los únicos que se enfrentaron decididamente al franquismo. A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, por ser España un estado-nación, en el enfrentamiento entre regímenes, era correcto que el proletariado y las masas oprimidas luchasen por la revolución ubicados desde el campo militar repubicano (excluyendo, claro está, subordinar sus intereses de clase a los intereses de la burguesía democrática).

Para el citado historiador, "prefiguró lo que iba a ser la estrategia política de la Segunda Guerra Mundial: la singular alianza de frentes nacionales de los que formaban parte desde los conservadores patriotas a los revolucionarios sociales, unidos para derrotar al enemigo de la nación, y, simultáneamente, conseguir la regeneración social".21 Difícil es imaginar qué regeneración social puede conllevar esta alianza cuando estaba establecido que "tanto el gobierno español como los comunistas, que adquirieron en él una posición cada vez más influyente, habían insistido en que su objetivo no era la revolución social y, provocando el estupor de los revolucionarios más entusiastas, habían hecho todo lo posible para controlarla e impedirla. Ambos habían insistido en que lo que estaba en juego no era la revolución sino la defensa de la democracia. Lo importante es que esta actitud no era oportunista ni suponía una traición a la revolución, como creían los puristas de extrema izquierda. Reflejaba una evolución deliberada del método insurreccional y del enfrentamiento al gradualismo, la negociación e incluso la vía parlamentaria de acceso al poder".22

Si bien la burocracia del Kremlin apoyó "a su manera" al frente republicano y le brindó armas, fue para asegurarse la dirección del movimiento de masas (dada la debilidad del partido comunista español). En el curso de la revolución española la burocracia del Kremlin demostró a sus aliados europeos la eficacia, tanto mejor que la de Franco, para liquidarla desde adentro.
Frente a la guerra entre la dictadura franquista y la república, las "democracias" de Leon Blum y Chamberlain levantaron la orientación de "No Intervención" en España23 (política a la que después, también, se alineó la URSS) aún cuando Alemania e Italia abastecieron al ejército falangista hasta el hartazgo. Esta política acorde a los principios del imperialismo británico y al temor de Francia a la revolución social en ciernes, reflejaba sus intenciones y que tan claramente expresó Lloyd George: "Si la democracia es vencida en esta batalla, si el fascismo triunfa, el gobierno de su Majestad podrá adjudicarse la victoria".24 No está de más recordar que la dictadura franquista que continuó con masacres y persecuciones a luchadores obreros y populares fue preservada por la Gran Alianza, luego de su triunfo en la Segunda Guerra, y su final llegó con la muerte de Franco en 1975 . De hecho, "todo el mundo sabía que, al terminar la Guerra Mundial, las potencias occidentales, de haberlo deseado, podrían haber derrocado a Franco".25

Las demandas motoras de la revolución española eran democráticas. Sin embargo la negativa de la burguesía de cumplir con las aspiraciones de las masas llevaron a éstas a enfrentarse directamente con la propiedad terrateniente e industrial, al clero y a la monarquía y a propiciar cambios en la forma del régimen político, expresión del poder burgués. Es decir que el enfrentamiento en esencia no era entre democracia y fascismo, sino que el carácter de la revolución en curso era obrera y socialista. Al decir de Trotsky, "sobre el territorio de la España republicana, dos programas irreconciliables se han enfrentado. De una parte el programa de la salvación de la propiedad privada contra el proletariado a toda costa y en la medida de lo posible, la salvación de la democracia contra Franco. De otra parte, el programa de la abolición de la propiedad privada, por medio de la conquista del poder del proletariado. El primer programa expresaba los intereses del capitalismo, por intermedio de la aristocracia obrera, las capas elevadas de la pequeña burguesía y, sobre todo, de la burocracia soviética. El segundo programa traducía en lenguaje marxista, las tendencias, aún no plenamente conscientes, pero poderosas, del movimiento revolucionario de las masas. Para desgracia de la revolución, había entre el puñado de los bolcheviques y el proletariado revolucionario el muro contrarrevolucionario del Frente Popular."26 En el campo republicano, la burguesía se había conjurado para defender los intereses de la propiedad capitalista en forma "democrática". Un programa utópico que la propia burguesía abandonó arrojándose a los brazos de Franco, cediendo una vez más su lugar al fascismo (como se vio trágicamente en Cataluña). Precisamente, en todos los casos en que el fascismo triunfó no fue por la falta de iniciativa revolucionaria de las masas para enfrentarlo, como el mismo Hobsbawm reconoce en España, sino por la traición de sus direcciones que impidieron a las masas traspasar los límites de la democracia capitalista.

Es evidente que el triunfo de la revolución socialista hubiese significado un duro golpe para el fascismo, que había iniciado su experiencia conjunta precisamente en España dando lugar, posteriormente, a la conformación del Eje. El triunfo de la revolución española, hubiese dado aliento al ascenso revolucionario francés. Por la vía de la revolución, única perspectiva realista para enfrentar al fascismo, la guerra mundial se hubiese evitado.

La reivindicación que hace Hobsbawm de la política del Partido Comunista al concebir como progresiva una "alianza" de cuyo "ensayo general" no resultó la derrota del fascismo pero sí la de la revolución, termina encubriendo el rol de los "frentes antifascistas" en la guerra imperialista.

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Derrotada la revolución española y el ascenso francés, la Segunda Guerra Mundial era inminente. Hobsbawm incluso admite que: "Sin embargo, la misma naturaleza de la guerra [mundial] confirmó la percepción que se tenía en 1936 de las implicaciones de la guerra civil española: que la movilización militar y civil y el cambio social estaban asociados".27 Antes de comenzar la guerra, la propia burguesía imperialista expresaba el temor a la revolución. Después de firmarse el Pacto Stalin-Hitler y a los inicios de la guerra, Trotsky se refirió a una conversación, publicada en France Soir del 31 de agosto, entre Hitler y el embajador francés Couloundre: "Hitler se exalta y se jacta del pacto que concluyó con Stalin: 'no sólo un pacto teórico, diría yo, sino positivo. Creo que yo venceré, y ustedes creen que vencerán ustedes; pero lo que es seguro es que correrá sangre alemana y francesa', etcétera. El embajador francés contesta: 'Si yo realmente creyera que nosotros venceremos, también tendría el temor de que, como consecuencia de la guerra, haya un solo ganador, el señor Trotsky'. Interrumpiendo al embajador, Hitler gritó: '¿Por qué, entonces, le dan a Polonia un cheque en blanco?' El nombre personal, por supuesto, es aquí puramente convencional. Pero no es casual que tanto el embajador democrático como el dictador totalitario designen el espectro de la revolución con el nombre del hombre a quien el Kremlin considera su enemigo número uno. Ambos están de acuerdo, como si cayera por su propio peso, en que la revolución avanzará siguiendo una orientación hostil al Kremlin."28

La política de Stalin estuvo en función de evitar la participación de la URSS en la guerra. Los zigzag políticos de Stalin, primero poniendo un signo igual entre fascismo y socialdemocracia, como en Alemania hasta el '33, dos años después impulsando la Alianza antifascista con aquélla y sectores de la burguesía y en el '39 aliándose con la Alemania fascista, minaron a cada paso la posición independiente del proletariado internacional. A su vez, al interior de la URSS, Stalin consumó una verdadera contrarrevolución preventiva. Con las purgas y el asesinato de cientos de miles acusados de "trotskistas", "agentes del imperialismo" y en los Juicios de Moscú, buscaba eliminar a todo aquel que pudiera tener gérmenes revolucionarios ya sea por haber participado en la revolución del 17, ya sea por no demostrarle la suficiente sumisión o hasta por presenciar los actos de torturas y asesinatos que se realizaron en masa en los campos de concentración en la URSS. La traición de la revolución española, las purgas que incluyeron la decapitación de los principales comandantes del Ejército Rojo, debilitándolo duramente, fueron junto con el asesinato de importantes dirigentes trotskistas y el mismo Trotsky, los "preparativos" de Stalin frente a la guerra. Es que en una nueva carnicería imperialista, con la agudización de los padecimientos de las masas, los desmanes del régimen stalinista se harían más evidentes: la emergencia de la revolución iba a estar a la orden del día. Y Stalin estaba dispuesto a defender su dominio político a cualquier precio. "Para orientarse correctamente en las futuras maniobras de Moscú y en la evolución de sus relaciones con Berlín es necesario responder esta pregunta: ¿se propone el Kremlin utilizar la guerra en beneficio de la revolución mundial, y si es así, de qué manera? El 9 de noviembre Stalin consideró necesario rechazar, muy ásperamente, la suposición de que él desea 'que la guerra se prolongue lo más posible, hasta que sus protagonistas queden completamente exhaustos'. Esta vez Stalin dijo la verdad. Son dos las razones por las que no desea en absoluto una guerra prolongada: primero, porque inevitablemente la URSS se vería arrastrada en la vorágine; segundo, porque inevitablemente estallaría la revolución en Europa. El Kremlin, con toda legitimidad, aborrece ambas perspectivas".29
No obstante, las maniobras de Moscú se mostraron impotentes, como no podía ser de otra manera, para impedir su participación en la guerra. Luego del ataque alemán y en guerra durante más de un año y medio, la Unión Soviética consigue un triunfo clave en la batalla de Stalingrado. A partir de la estocada mortal al nazismo que significó esta batalla, a inicios de 1943, dos hechos van a determinar el rumbo de la guerra.

Uno, en el terreno diplomático, determinado por que la URSS se vio ampliamente fortalecida y no cayó producto del desgaste de la guerra con Alemania. La burocracia del Kremlin capitalizó el triunfo contra el nazismo conseguido gracias al heroísmo del pueblo ruso.30 Debido a esto, y la amenaza de la revolución latente, las potencias imperialistas vencedoras van a asumir que el triunfo, y el botín, de la Segunda Guerra Mundial deberá ser compartido con la URSS. Tal es el contenido que tendrán las conferencias de Teherán en 1943 y posteriormente las de Yalta y Potsdam al finalizar la guerra.
El segundo hecho, es que la resistencia al fascismo, de vanguardia hasta ese momento, va a desarrollarse masivamente, desatando procesos revolucionarios en Yugoslavia, Grecia, Italia, Francia y Bélgica. Grecia junto con Yugoslavia e Italia van a tener la particularidad de que antes de la guerra estaban gobernados por dictaduras militar-fascistas. Por lo tanto, en la derrota al fascismo las masas van a ver al enemigo en su propia casa desencadenando la revolución. En este terreno, frente a una Europa destruida por la guerra, derrotadas las burguesías nacionales colaboradoras del fascismo y el ascenso revolucionario de las masas, la política de los imperialismos "democráticos" va a ser garantizar la restauración del orden burgués como fuera, es decir, apoyándose, en primer lugar, en personeros de los regímenes fascistas. No es difícil demostrar, entonces, que en su decidida resistencia a la ocupación ítalo-alemana los pueblos van a verse enfrentados luego a la "alianza democrática".

Pero es en Grecia donde después de derrotar al fascismo, las masas tuvieron que defender su lucha nacional y democrática en un combate homérico contra Gran Bretaña. Es por este motivo que la resistencia griega que se inicia en 1941, es prácticamente desconocida y ocultada, aún cuando fue uno de los grandes acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial.31

Grecia: La revolución estrangulada

Al recorrer las obras que Churchill dedicó a la Segunda Guerra se puede notar una narrativa sin sobresaltos frente a todos los hechos políticos y militares excepto uno: Grecia. Su rey, Jorge II, protegido de Gran Bretaña, había instaurado desde 1936 una dictadura, cuya crueldad nada tenía que envidiar al fascismo, la dictadura del gral. Metaxas.32 La importancia de Grecia no estaba dada sólo por los intereses que representaba para Gran Bretaña,33 sino también para impedir que el triunfo de la revolución griega se convirtiera en un reguero de pólvora en todo el continente europeo. El 20 de agosto de 1943, el general Smutz transmitió al Primer Ministro británico: "La situación griega lleva las cosas a una crisis y Ud. puede considerar adecuado plantear la cuestión con el Presidente, pues ella envuelve un problema muy importante de futura política. La bolcheviquización de una Europa quebrada y arruinada sigue siendo una posibilidad concreta, que hay que prevenir proporcionando comida y trabajo y un control interino de los aliados."34 El mismo Churchill, justificando su participación personal en los hechos, declaró: "... pueden parecer de poca monta las convulsiones de Grecia, pero la verdad es que estaban en el centro nervioso del poder, la ley y la libertad del mundo occidental".35

Y es que en 1943 se desarrolla una lucha verdaderamente nacional de obreros y campesinos. La resistencia armada contra la invasión alemana abarca a toda la población griega. Como refiere Pierre Broué: "En 1944, no sólo vastas zonas rurales han sido liberadas, sino que las fuerzas alemanas son sitiadas en las ciudades, que sólo dejan en convoyes protegidos. Alrededor de Atenas, en el 'cinturón rojo', los barrios obreros son bastiones del pueblo armado".36

El 17 de agosto de 1944, Churchill le escribió al presidente norteamericano, Roosevelt, que la gran preocupación que rondaba por las mentes de su gabinete de guerra no era precisamente el "peligro fascista" sino "que después de haberse marchado los alemanes de la ciudad y antes de establecerse un gobierno autorizado, parece muy probable que el EAM 37 y los comunistas extremistas intentarán apoderarse de ella...".38 Como comandante en jefe de la operación "Manna" (nombre secreto que se le dio a la intervención británica en Grecia), Churchill detalla como "La lenta retirada alemana, desde Atenas nos permitió, sin embargo, consolidar la dirección de los asuntos griegos en vísperas del golpe decisivo".39
Esto muestra cuán funcional puede ser el fascismo para los fines imperialistas y qué rápido es desenmascarada la demagogia sobre la "democracia" cuando las masas no están dispuestas a someterse a sus designios. Cuando como en Grecia éstas "son, sin duda, contrarios al Rey y favorables a una república".40

Churchill viajó personalmente la navidad de 1944 para dirigir la guerra contra la revolución griega y aplastar lo que llamaba "la victoria del trotskismo abierto y triunfante".41 Con la complicidad de la URSS, Gran Bretaña obtuvo vía libre para reprimir la rebelión griega. Esto infiere Churchill cuando le escribió al general Scobie en Atenas: "En mi opinión, habiendo pagado el precio que le hemos abonado a Rusia por la libertad de acción en Grecia, no vacilaremos en emplear tropas británicas para apoyar al Real Gobierno de Grecia, bajo el Sr. Papandreu. Esto implica por cierto que las tropas británicas intervendrán para impedir cualquier acto ilegitimo".42 Luego del fusilamiento ejecutado por el gobierno de Papandreu, títere de Gran Bretaña, contra una manifestación pacífica (contra la política de desarme dictada por el mismo), donde murieron decenas de personas y hubo centenares de heridos, se desencadena durante treinta y tres días el combate armado en Atenas entre las fuerzas del orden, bajo la dirección del general inglés Scobie, y las de la Resistencia griega.

Sin embargo, el papel más pérfido lo jugó Moscú. "Stalin no sólo no hizo ningún gesto militar ni diplomático en defensa de la Resistencia griega; no sólo guardó un silencio cómplice durante los treinta y tantos días en que los tanques y aviones británicos ametrallaban a la población de Atenas; presionó además, a los dirigentes comunistas griegos para que llegaran a la capitulación de Varkiza, la cual no estuvo impuesta, ni mucho menos, por la relación de fuerzas".43 Stalin inaugura en Grecia el primer gran acto del pacto con el imperialismo inglés y norteamericano que luego será legitimado, al finalizar la guerra, en los acuerdos de Yalta. Como asevera el mismo Churchill "...Stalin se adhirió estricta y lealmente al acuerdo de octubre con nosotros44 y durante todas las largas semanas de lucha contra los comunistas en las calles de Atenas no salió una palabra de reproche de Pravda ni de Izvestia".45

Bajo las directivas de Stalin, el partido comunista griego debía considerar a los sucesores "metaxistas" y al rey Jorge II como aliados "democráticos" bajo la amenaza de considerar, al que no lo viera así, como un derrotista de la patria socialista. Incluso para aquellos que entendían la guerra como el enfrentamiento entre "democracia y fascismo" les fue difícil comprenderlo. Por eso, el PC ante las resistencias que generó esta línea política, no dudó en imponerla por medio de la fuerza, conformando su propio servicio de orden en Grecia para asesinar a trotskistas y dirigentes comunistas que no aceptaban la voluntad de restaurar el viejo orden metaxista, la OPLA.46 Serán necesario ocho años de traición stalinistas para liquidar la revolución griega.47
Desde el escenario de la revolución griega, al cual Hobsbawm le dedica sólo unas líneas, es posible ver claramente la falsedad de que la "alianza, insólita y temporal, del capitalismo liberal y el comunismo... permitió salvar a la democracia". Esta mistificación de la guerra fue el factor clave para liquidar la revolución europea y garantizar la restauración capitalista en Europa... "Cuando la "bolcheviquización de una Europa quebrada y arruinada sigue siendo una posibilidad concreta", en palabras del general británico Smutz.

Italia: La revolución frustrada

Otra de las grandes epopeyas revolucionarias de las masas en la guerra ocurrió en Italia. El desembarco Aliado en Sicilia, la derrota de Alemania en Stalingrado pero fundamentalmente el movimiento huelguístico que se inició en Turín y se propagó a Milán y Génova durante la primavera de 1943, precipitó la caída de Mussolini y la burguesía italiana se puso a la sombra de los Aliados.48 El restablecimiento del rey y el nombramiento del mariscal Badoglio, de conocido pasado fascista49 muestra a las claras la decisión de la burguesía italiana, respaldada por los Aliados, de mantener el régimen fascista pero sin Mussolini, a tal punto, que este cambio no generó la más mínima reprobación del partido fascista ni de la milicia. Aunque querían de esta forma prevenir una salida revolucionaria a la crisis,50 no pudieron impedir que la destitución del Duce liberara los diques de contención del movimiento de masas. Los partidos antifascistas salieron a la legalidad, los sindicatos pasaron a manos de comisarios designados por comités unitarios del antifascismo, en las fábricas se constituyeron por elección comisiones obreras, las huelgas se multiplicaron exigiendo la liberación de los detenidos políticos. Cuál no habrá sido el desconcierto de las masas que ansiaban la paz con los Aliados cuando éstos últimos "saludaron" la caída del Duce con los peores bombardeos sufridos hasta entonces sobre las barriadas de Roma.51 Los alemanes, mientras tanto, aumentaron el número de divisiones que ya tenían en el norte y avanzaron hasta el centro del país. El gobierno de Badoglio no tomó ninguna medida defensiva y huyó con el rey al sur a resguardo de los Aliados. La respuesta del movimiento de masas y la acción armada tomaron gran envergadura. El partido comunista y el Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia, convocaron a la huelga general en la zona ocupada por los alemanes. Más de un millón de trabajadores participaron en el movimiento y, paralelamente, el movimiento guerrillero se desarrolló y alcanzó unos 100.000 hombres. Luigi Longo, dirigente del PC italiano, describe de esta forma la situación en la Italia del Norte: "Debido a la gran envergadura del movimiento de masas, en muchas regiones, había de hecho, dualidad de poder... hubo otras zonas en el norte de Italia completamente liberadas de las autoridades fascistas, alemanas o italianas. Estaban dirigidas por organismos democráticos de poder, elegidos libremente bajo la protección de las fuerzas guerrilleras".52

Nuevamente, al igual que en Grecia, se ejecutó un plan de pinzas entre los aliados imperialistas y el Kremlin para liquidar la insurrección. Stalin envió a Togliatti para aplicar el programa de los "tres grandes" en Italia: la instauración de un gobierno de unidad nacional encabezado por Badoglio, reencauzando al PC italiano por la senda de la democracia burguesa (esta misma operación política será llevada adelante en Francia sólo que en vez de Togliatti será Thorez y en vez del mariscal Badoglio será el almirante Darlan, el preferido de los Aliados) e impedir toda iniciativa independiente de la resistencia de masas. El viraje del PCI -conocido como la svolta de Salerno- permitió vencer las resistencias de comunistas, socialistas y militantes del Partido de Acción, aún cuando tuvieron que "sacrificar" al rey y sustituir a Badoglio por Bonomi, un defensor receloso del viejo aparato del Estado.

Por otra parte, mientras en el sur de Italia los Aliados apuntalaban el nuevo estado burgués, las tácticas militares más que nunca estuvieron guiadas, al igual que en Grecia, para liquidar la revolución que en el norte de Italia se desencadenaría luego de la derrota de los alemanes a manos de la Resistencia. "La primera medida destinada a destruir el movimiento guerrillero fue la paralización del avance aliado, en el otoño de 1944, dejando las manos libres a las tropas hitlerianas y mussolinianas de consagrarse durante todo el invierno a la lucha contra la Resistencia".53 Pese a ello, la Resistencia logró derrotar al fascismo enteramente sola y diez días antes de que llegaran las tropas aliadas (que avanzaron hasta Roma recién un año después de su desembarco en Sicilia) se adelantaron con la insurrección general que despertó el entusiasmo de todo el país. La política del PC consiguió que los partisanos se comprometieran a acatar las instrucciones de los anglo-norteamericanos con la firma del llamado "Protocolo de Roma". Mediante éste, el gobierno de unidad nacional y los acuerdos internacionales de Yalta, la administración militar anglo-norteamericana a su llegada desarmó el poder dual establecido. En 1947, Togliatti dirá: "Si nos reprochan no haber sabido tomar el poder o habernos dejado excluir del gobierno les diréis que no podíamos transformar Italia en una nueva Grecia; no solamente por nuestro interés sino por el de los mismos soviéticos".54

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Cabe concluir que en la Segunda Guerra Mundial y más precisamente a partir de 1943, cuando irrumpió el auge revolucionario de las masas, se ejecutó un verdadero trabajo sucio cimentado en los acuerdos espurios de la Gran Alianza concertados en Teherán, Potsdam y Yalta. Esto no fue sin dificultad. Por su parte, el stalinismo apeló a expulsiones, amenazas, corrupción y violencia para doblegar las resistencia que se suscitaron en sus filas,55 imponer la "unión sagrada" y liquidar toda iniciativa independiente del proletariado y las masas. Además del bombardeo a las barriadas obreras de las ciudades insurrectas, de contemplar pasivamente el combate entre la Resistencia y el fascismo, en Grecia, Italia y Francia, las tropas anglo-norteamericanas realizaron el desembarco de Normandía. Este desembarco, celebrado pomposamente como la "embestida final" al fascismo alemán gracias al cual la "Liberación" fue posible, es un puro engaño. Ciertamente, la decisión de la apertura del segundo frente en Francia (y no en Grecia como pedían los británicos) perseguía el objetivo de no dejar en manos de los comunistas la garantía de que la revolución europea no llegara a buen puerto y además sentar relación de fuerzas no sólo frente a las masas sino también frente a la URSS, que avanzaba hacia Occidente y tenía suficiente capacidad como para derrotar sola a Alemania.56

Es tan fervorosa la defensa de la democracia imperialista esgrimida por Hobsbawm que inclusive oculta las masacres a poblaciones civiles perpetradas, luego de derrotado el fascismo, verdaderos actos preventivos o efectivos para aleccionar a las masas del sentido imperialista de "la libertad del mundo" y la "democracia", como lo fue la de Dresden.57 Particularmente, el genocidio de unos cientos de miles de habitantes en Hiroshima y Nagasaki, fue llevado adelante por EE.UU. sin otro objetivo, dado que la victoria contra el Eje ya estaba asegurada, que el de una demostración de relación de fuerzas dirigida especialmente a la URSS (un día antes de la apertura de la Conferencia de Potsdam, se había ensayado con "éxito" la bomba atómica norteamericana). Al mencionar este objetivo como posibilidad cierta, la posición de Hobsbawm de que la "alianza entre el capitalismo y el comunismo... permitió salvar la democracia", se muestra nuevamente endeble.58 Como sostiene la filósofa marxista Ellen Meiksins Wood: "La visión 'gran imperial' ha sido la esencia de la política exterior de Estados Unidos desde la Guerra. El proyecto de hegemonía económica global, apoyada en la supremacía militar, comenzó formalmente cuando Estados Unidos estableció su hegemonía económica con el sistema Breton Woods, y su supremacía militar con sus bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki".59

En el caso de la revolución de Grecia e Italia, es evidente que la política del stalinismo dividía y paralizaba la Resistencia en pos de lograr la unidad nacional con la burguesía hasta ayer fascista, política que se continuó, basada en la enorme fortaleza que adquirieron los PC, en el llamado a la reconstrucción de Europa capitalista, con la tristemente famosa "batalla de la producción".60 El ascenso revolucionario de las masas europeas utilizado por Stalin y los partidos comunistas satélites de la URSS como prenda de negociación al finalizar la guerra, obligó a las burguesías nacionales a compartir en sus inicios la reconstrucción nacional con los partidos comunistas (que participaron directamente como ministros en el gobierno). Éstos lograron a cambio, la preservación del sistema capitalista devastado por la guerra y la burocracia del Kremlin consiguió la anhelada "zona de amortiguación". El freno que la política de Stalin puso al movimiento revolucionario fue insuficiente para impedir que el auge obrero y popular asustara a la burguesía de uno y otro lado del Atlántico, pero fue suficiente para limitar el camino revolucionario (a costa de hacer algunas concesiones para abortarlo).

Los hechos se mostraron contrarios al clásico argumento stalinista y socialdemócrata de justificar la subordinación del proletariado a la burguesía con la excusa de no dividir las fuerzas progresivas. Argumento que fue utilizado por los partidos comunistas en la Segunda Guerra Mundial para fundamentar la estrategia de luchar por "democracias de nuevo tipo" y no por la revolución "al estilo ruso". Se le hace difícil explicar a Hobsbawm cómo de una situación donde la burguesía estaba derrotada en los principales países de la Europa continental, se desarrollaba un ascenso revolucionario masivo que instauraba regímenes de doble poder en varios países, existían partidos comunistas de masas y la URSS tenía un gran poderío militar y un enorme prestigio frente al movimiento de masas, cómo, entonces, dos años después de terminada la guerra, la burguesía consiguió una relación de fuerzas tal que le permitió restaurar los viejos regímenes y echar a los ministros comunistas de los gobiernos (de París, Roma y Bruselas). No se explica, sino fue porque detrás de aquel argumento operó una de las traiciones más grandes de la historia consumada por partidos que decían representar a la clase obrera. Como mínimo Hobsbawm debería decir que su justificación de la política del PC, de impedir el triunfo de la revolución social, ya que ésta "reflejaba una evolución deliberada del método insurreccional y del enfrentamiento al gradualismo, la negociación e incluso la vía parlamentaria de acceso al poder" (citada en el apartado dedicado a la revolución española) no sólo se demostró incorrecta en España sino también en Grecia, Italia, Francia, Bélgica, etc.
La traición de la burocracia del Kremlin y los PC se apoyó en las derrotas de los años '30 y en la aniquilación (por parte del imperialismo fascista o democrático y del mismo stalinismo) de la vanguardia proletaria con más experiencia. Pero también ésta pudo consumarse debido a la debilidad de las nuevas generaciones revolucionarias y fundamentalmente a la falta de un poderoso partido mundial de la revolución. Parafraseando a Trotsky, así es la amarga ironía de la historia: la experiencia de la revolución rusa, en su forma reaccionaria y distorsionada -encarnada en el stalinismo-, no sólo no ayudó al proletariado europeo sino que se convirtió en uno de los principales obstáculos en su camino.

La definición de la Segunda Guerra Mundial de Hobsbawm como "una guerra de religión o ideológica" es utilizada como cimiento de la "alianza antifascista". Esta alianza de contenido imperialista pudo liquidar la perspectiva de la revolución mundial que de triunfar hubiese cambiado el destino de la humanidad. En este sentido es muy acertada la reflexión que hace Fernando Claudín, dirigente del Partido Comunista Español desde 1933 a 1965, al respecto: "Es evidente que en las condiciones de 1945, con el Ejército Rojo en el Elba, la confirmación de la posibilidad revolucionaria creada en Francia e Italia hubiera sido la victoria de la revolución en la Europa continental, y la modificación radical del equilibrio mundial de fuerzas en contra del imperialismo norteamericano, el único gran estado capitalista que había salido fortalecido de la guerra. E inversamente, es difícil exagerar el efecto negativo que la frustración de esa posibilidad ha tenido para el desarrollo ulterior del movimiento revolucionario mundial. Puede parangonarse, con pleno fundamento, a las consecuencias que tuvo la derrota de la revolución alemana en 1918-1919.

...'¿Donde estaría el mundo comentaba -Dimitrov en noviembre de 1937- si las revoluciones alemana y austríaca de 1918 hubiesen sido llevadas hasta el fin, y si a continuación de la victoria de la revolución la dictadura del proletariado se hubiese instaurado en el centro de Europa, en los países altamente desarrollados?' Algo parecido podría decirse hoy respecto al auge revolucionario de 1944-1945 en Francia e Italia".61

La perspectiva revolucionaria que adoptaron las masas en el curso de la guerra mostró que fue acertada la apuesta hecha por Trotsky con la fundación de la IV Internacional en 1938. Aún cuando ésta no superó el estadio de una minoría, por cuestiones prominentemente objetivas, diezmada tanto por el imperialismo fascista o democrático como por los stalinistas, constituyó el único hilo de continuidad revolucionario, y los trotskistas fueron los únicos que en su programa y acción mostraron una política independiente capaz de enfrentar el monstruo stalinista y su política de "unión sagrada", como se podrá constatar al leer esta compilación.

El resultado de la guerra

Trotsky trazó otras alternativas si la revolución no triunfaba. La más probable era el triunfo de EE.UU.: "Todo indica que, si el imperialismo europeo no es derrotado por la revolución proletaria y no se establece la paz sobre una base socialista, EE.UU. dictará los términos de la paz imperialista después de aparecer como el vencedor. Su participación determinará el campo de los vencedores, y también la disposición del botín, del que reclamará una parte leonina".62 Precisamente, la derrota de Alemania y Japón y el debilitamiento de los imperialismos aliados, Francia y Gran Bretaña, colocaron a EE.UU. en la cúspide del dominio imperialista. Pero, sin embargo, este último tuvo que aceptar las pretensiones territoriales de la URSS, en Europa del Este, y pocos años después de terminada la guerra no pudo evitar perder la codiciada China. EE.UU. y la URSS establecieron un nuevo pacto estratégico que dividía al mundo en zonas de influencia y "la coexistencia pacífica". De esta manera el resultado de la guerra fue contradictorio.

El imperialismo no sólo no logró liquidar a la URSS, como estado obrero, sino que aún con una dirección burocrática, se expropió al capital en un tercio del mundo. Estas conquistas, sin embargo, fueron conseguidas por el proletariado y las masas oprimidas a un alto costo. Además de padecer una nueva guerra de rapiña imperialista con decenas de millones de muertos, el proletariado tuvo que resignar la revolución europea como vimos en Grecia e Italia. Visto desde los fines de la revolución socialista, estas conquistas, al fortalecer el aparato stalinista, terminaron volviéndose en su contra en los futuros embates revolucionarios.

En "No Cambiamos nuestro rumbo" (en esta compilación), Trotsky avizoró: "Con un proletariado mundial que renuncia a una política independiente, una alianza entre la Unión Soviética y las democracias imperialistas significaría el aumento de la omnipotencia de la burocracia de Moscú, su posterior transformación en una agencia del imperialismo y el inevitable otorgamiento de concesiones al imperialismo en la esfera económica. Seguramente, la posición militar de los distintos países imperialistas en la arena mundial cambiaría consecuentemente; pero la situación del proletariado internacional, desde el punto de vista de las tareas de la revolución socialista, cambiaría muy poco". El dominio magistral del materialismo histórico para analizar incluso el rol y destino de la URSS, le permitió a León Trotsky pronosticar lo que fue la norma de la postguerra desde el punto de vista de la lucha de clases. El aumento de la omnipotencia de la burocracia de Moscú fue evidente y al igual que en la guerra, continuó siendo un obstáculo formidable, aún más efectivo, para la lucha por la revolución socialista.

Sobre la base del boom económico, cimentado en la enorme destrucción de fuerzas productivas durante la guerra y el desvío de la revolución europea, se constituyó un enorme pacto reformista caracterizado por los "estados de bienestar" en Occidente y los estados obreros bajo la órbita de la burocracia del Kremlin.63 "Los años dorados", como llama Hobsbawm al boom económico de posguerra, moldearon en forma reformista al proletariado de "uno y otro lado". Este se alineó a las ideologías encomiásticas del orden mundial que profesaban la "democracia" de Occidente o el "socialismo real" de la URSS.

Durante el período 68/80, la apertura del ascenso obrero y popular a escala internacional, que expresó a las claras la tendencia del proletariado como sujeto revolucionario,64 cuestionó el orden de Yalta, es decir, sus pilares capitales, el stalinismo y las democracias imperialistas. Sin embargo, el proletariado por la falta de una estrategia independiente no estuvo a la altura de derribarlo logrando triunfos revolucionarios en alguno de los países centrales. Quedó preso nuevamente de la mecánica política impuesta por los PC (que fue una continuación de la aplicada en la Segunda Guerra y que se afianzó posteriormente por el resurgimiento de la socialdemocracia): entrampado en una supuesta lucha de campos y no de clases, sus gestas revolucionarias lejos de reforzar su independencia política de la clase explotadora, única forma de ganar hegemonía en la alianza con las demás clases oprimidas, fortalecieron a las direcciones stalinista y socialdemócrata u otras que surgieron a su vera, aún cuando en algunos casos hayan conseguido conquistas circunstanciales.

Ciertamente, el perjuicio mayor que jugó el stalinismo fue liquidar las mejores tradiciones de la clase obrera. A fines de los '80, entre el temor al movimiento de masas y la presión económica del imperialismo, la burocracia stalinista, como lo previó Trotsky, se pasó al campo abierto de la restauración capitalista. Con el final de la URSS, el imperialismo y sus escribas pudieron tributar a su favor el falso enfrentamiento entre la democracia burguesa y el totalitarismo, declarando el triunfo de la "democracia" como único sistema viable para la civilización. Muchos de los que eran considerados la izquierda en los '70, "amigos de la URSS", fueron los primeros en condenar el comunismo identificándolo interesadamente con el stalinismo. Hoy, éstos intentan entretenernos con una búsqueda utópica de una capitalismo "humanizado". Insisten en que la disyuntiva sigue siendo democracia versus totalitarismo, para lo cual la única alternativa válida es una democracia capitalista pero ahora mejorada (participativa, parlamentaria, con "soberanía nacional", "europeísta").

Han pasado más de 60 años y, aunque ha habido grandes cambios, es insoslayable para una comprensión del presente y del futuro, estudiar el curso de la Segunda Guerra Mundial y su desenlace, alejados de la visión democratizante de muchos intelectuales, retomando la perspectiva de la revolución y de un mundo sin explotación.


1. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Buenos Aires, 1998, pág. 166.
2. Se estima que en Hiroshima murieron instantáneamente 70.000 personas, con 210.000 muertos en total y en Nagasaki 40.000, con 200.000 muertos en total.
3. Ibídem, pág. 181.
4. Eric Hobsbawm, op. cit., pág. 150. Cabe aclarar que, según Hobsbawm, "este principio no puede aplicarse a la política de Africa, Asia y el Extremo Oriente, dominada por el hecho del colonialismo".
5. Ibídem, pág. 64, subrayado nuestro.
6. Ibídem, pág. 151.
7. Eric Hobsbawm, op. cit., pág. 149.
8. Ernest Mandel, El significado de la Segunda Guerra Mundial, Fontamara, México, 1991, pág. 11.
9. E. Hobsbawm, op. cit., págs. 34 y 157.
10. Ernest Mandel, op. cit., pág. 12.
11. E. Hobsbawm, op. cit., pág. 116.
12. León Trotsky, Naturaleza y Dinámica del capitalismo y la economía de transición, "El marxismo y nuestra época", C.E.I.P "León Trotsky", 1999, pág. 185.
13. A partir de la invasión de Alemania a la URSS, en junio de 1941, Stalin define su apoyo al bando imperialista de EE.UU. y Gran Bretaña. Junto con el ataque japonés a Pearl Harbor a fines de 1941, el escenario de la guerra se extiende a todos los continentes.
14. E. Hobsbawm, op. cit., pág. 17.
15. Barton J. Bernstein, Confrontation in Eastern Europe, de Thomas G. Paterson, ed., citado por Ernest Mandel, op. cit., pág. 119.
16. Véase Stewart Richardson, editor, The Secret History of world war II, Berkley Book, New York, 1986, págs. 5,6,7 y 14.
17. Durante la guerra, murieron 26.000.000 de personas en la URSS (14 % de la población) y fue destruido un 20 % del potencial industrial. Mientras que en Gran Bretaña y EE.UU. murieron 365.000 (1 %) y 340.000 (0,2 %) respectivamente. Las pérdidas materiales fueron perceptiblemente inferiores en Gran Bretaña respecto de la URSS, aún cuando fueron afectados los medios de comunicación (ferrocarriles, puertos, puentes y viaductos), las ciudades de Londres y Coventry quedaron destruidas y las arcas del Estado vacías. Véase R. Aracil, J. Oliver, A. Segura: El mundo actual. De la segunda guerra mundial a nuestros días, Universitat de Barcelona, 1995, págs. 19 y 20.
18. Véase Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial. La Gran Alianza, Ediciones Peuser, Bs. As., 1965, pág 558. Luego del triunfo de Rusia sobre Alemania, la apuesta de Stalin aumentó a los de Europa Central y Oriental.
19. Léon Trotsky, "Sólo la revolución puede terminar con la guerra", publicado en esta compilación.
20. Como ya mencionamos, para el trotskismo no hay irreconciabilidad absoluta entre el régimen democrático burgués y el fascista dentro de un Estado. Esto no significa que sí exista en forma relativa. Esta última cuestión no es secundaria sino fundamental para determinar una política que impida el triunfo del fascismo, la necesidad imperiosa del proletariado de defender sus conquistas democráticas, que precisamente son la base de su ataque. En su libro, La lucha contra el fascismo. El proletariado y la revolución, Trotsky analizó meticulosamente los distintos tipos de bonapartismos en Alemania y al fascismo y planteó la política de frente único de las filas obreras como clave de su derrota, precisando distintas tácticas para ello en función de los cambios de regímenes que se operaron como expresión de la relación de fuerzas entre las clases.
21. E. Hobsbawm, op. cit., pág. 166.
22. Ibídem, pág. 167.
23. La "política de apaciguamiento" de Gran Bretaña y Francia perseguía el objetivo de evitar la guerra con Alemania, por los motivos ya expresados, haciéndole todo tipo de concesiones (golpe del Rurh, guerra civil española, Austria, Checoeslovaquia, Pacto de Munich).
24. Citado por Pierre Broue y Emile Temine, La revolución y la guerra de España, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, Tomo II, pág. 7.
25. Ibídem, pág. 275.
26. León Trotsky, Escritos sobre España, "Lección de España. Ultima advertencia", Ruedo Ibérico, París, 1971, pág. 177.
27. Eric Hobsbawm, op. cit., pág. 174.
28. Escritos de León Trotsky (1929-1940), "Los astros gemelos: Hitler-Stalin", 4/12/1939, CD del C.E.I.P. "León Trotsky", Buenos Aires, 2000.
29. Escritos de León Trotsky (1929-1940), "Los astros gemelos: Hitler-Stalin", 4/12/1939, CD del C.E.I.P. "León Trotsky", Buenos Aires, 2000.
30. Los primeros meses de guerra ruso-alemana fueron desastrosos para la URSS. La confianza de Stalin en los acuerdos de paz con Hitler, sumado a la anterior decapitación de los más experimentados militares, encontraron a las fronteras rusas, en el momento de la invasión, sin defensa militar. Sólo la valentía del pueblo ruso, mal pertrechado y armado, detuvo el avance alemán hasta el invierno y, posteriormente, millones de jóvenes, mujeres y niños se enrolaron en el Ejército Rojo para defender las conquistas de Octubre de las garras del imperialismo alemán.
31. Para mayor ilustración véase la investigación de Pierre Broué, Trotsky y los trotskistas frente a la Segunda Guerra Mundial, en el CD de esta compilación.
32. La sangrienta dictadura militar-fascista del general Metaxas y del rey Jorge II golpeó muy duramente al movimiento obrero, apresando o internando en las prisiones de las islas a sus dirigentes y cuadros, ahogando al PC griego en la clandestinidad.
33. Yugoslavia, Grecia y Turquía eran para Gran Bretaña un escudo para proteger sus intereses estratégicos en Medio Oriente.
34. Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial. El Cerco se Cierra, Ediciones Peuser, Bs. As., 1965, pág. 454. Subrayado nuestro.
35. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 288.
36. Pierre Broué, op. cit.
37. Frente de Liberación Nacional, fundado en septiembre de 1941, integrado fundamentalmente por el partido comunista griego, pequeñas formaciones socialistas y los sindicatos.
38. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 109.
39. Ibídem, pág. 255.
40. Carta de Churchill a Roosevelt. Winston S. Churchill, op. cit., El Cerco se Cierra, pág. 462.
41. "Churchill justificó el 19/12/44 en estos términos, hablando ante la Cámara de los Comunes, el empleo de la palabra 'trotskismo': 'Creo que 'trotskismo' es una definición mejor del comunismo griego y de algunas otras sectas que el término habitual. Tiene la ventaja de ser igualmente odiado en Rusia'. Esto fue seguido de risas prolongadas" (Pierre Broué, op. cit.).
42. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 257.
43. Fernando Claudin, La crisis del movimiento comunista, Ruedo Ibérico, París, 1970, Tomo I, pág. 379. "En vísperas de la liberación el EAM...tenía organizado en sus filas a más de 1.500.000 hombres y mujeres. Refiriéndose a los combates de Atenas, André Fontaine dice: 'El ELAS (brazo armado del EAM), estuvo a punto de ganar la partida'".
44. Winston S. Churchill, op. cit., Triunfo y Tragedia, pág. 262. Se refiere a la Conferencia de Moscú realizada el 9 de octubre de 1944. En dicha Conferencia, Churchill bosquejó en un papel el reparto de los Balcanes: "Rumania: Rusia 90%, los otros 10%; Grecia: Gran Bretaña (de acuerdo con EE.UU.) 90%, Rusia 10%; Yugoslavia y Hungría: partes iguales y Bulgaria: Rusia 75%, los otros 25%. Le pasé esto a Stalin... Después sacó el lápiz azul trazó un gran tilde en el papel y me lo devolvió. Se había arreglado en menos tiempo del que se tarda en contarlo. ¿No le parecerá esto un poco cínico a quien piense que hemos dispuesto de estas cuestiones, que interesan, al destino de millones de hombres, de un modo tan a la ligera? Quememos el papel. 'No; guárdelo Ud.', me contestó Stalin" (op.cit., pág.209).
45. Ibídem, pág. 262.
46. "Desde Octubre de 1944, en todo el país, los 'oplistas', verdaderos agentes de la GPU griega, llevaron una campaña de exterminación y asesinato contra los trotskistas... 'más de 600 trotskistas liquidados' se jactará en 1947, Barziotas, un miembro del buró político" (Pierre Broué, op. cit.).
47. El ELAS, firmó una tregua en 1945 inducido por Stalin. En 1946, se logró restaurar la monarquía. Sin embargo la resistencia griega continuará hasta 1949. En ese año y gracias al apoyo de EE.UU., que debido a la decadencia del imperialismo británico asume el relevo desde 1947, la revolución griega fue finalmente derrotada.
48. Veáse Pierre Broué, "The Italian communist party, the war and the revolution", Revolutionary History, Socialist Platform, London, 1995, vol. 5, Nro. 4, pág. 111 y Fernando Claudín, op. cit., pág. 315.
49. Fue comandante en jefe del ejército italiano durante la invasión de Etiopía (1935-1936) siendo responsable de los abusos y matanzas que los italianos cometieron sobre la población nativa. El uso de gases prohibidos por la Convención de Ginebra provocó estragos sobre la población civil pero para Badoglio se trataba de una táctica de guerra. Posteriormente ocupó el cargo de jefe del Estado Mayor del ejército italiano durante la desafortunada campaña de Grecia (1939-1940) en la II Guerra Mundial.
50. "Desde el inicio, el gobierno de Badoglio mostró su verdadera faz. En una circular gubernamental se dan las siguientes instrucciones: 'Todo movimiento debe ser aplastado inexorablemente en su origen... Las tropas actuarán en formación de combate, abriendo fuego a distancia, incluso con morteros y artillería, sin previo aviso, como si procedieran contra el enemigo. No se disparará al aire en ningún caso, sino al cuerpo, como en el combate, y si se cometiera algún acto de violencia, aunque fuese aislado, contra las fuerzas armadas, los culpables serán pasados por las armas'" (Fernando Claudín, op. cit., pág. 315).
51. Véase Arnold J. Toynbee, La Europa de Hitler, Sarpe, Madrid, 1985, pág. 240.
52. Fernando Claudín, op. cit., pág. 317.
53. Ibídem, pág. 327. Véase también Rodolphe Prager, "La IV Internacional durante la guerra (1940-1946)" en el CD de esta compilación.
54. Ibídem, pág. 337.
55. Véase Arturo Peregalli, "The left wing opposition in Italy during the period of Resistence" y Pierre Broué, "The italian Communist Party, the war and revolution", Revolutionary History, Socialist Platform, London, 1995, vol. 5, Nro. 4.
56. Veáse Fernando Claudín, op. cit., págs. 375-377.
57. "En febrero de 1945 en Dresden, Alemania, los EE.UU. -y su coaliado Gran Bretaña- estaban embarcados en el bombardeo carnicero de objetivos civiles alemanes y refugiados que habían desertado de la vanguardia del Ejército Rojo. De acuerdo con rense.com 'Dresden era un gran hospital para los soldados heridos. Ni una unidad militar, ni una batería antiaérea estaba desplegada en la ciudad. Junto a los 600.000 refugiados de Breslau, Dresden estaba repleta de al menos 1,2 millones de personas. Churchill había pedido 'sugerencias' acerca de cómo hacer arder a 600.000 refugiados. El no estaba interesado en cómo alcanzar las instalaciones militares a 60 millas de Dresden. Más de 700.000 bombas de fósforo fueron lanzadas sobre más de un millón de personas. Una bomba por cada dos personas. La temperatura en el centro de la ciudad alcanzó los 1600°. Más de 260.000 cuerpos y restos de cuerpos fueron encontrados. Pero aquéllos que perecieron en el centro de la ciudad no pudieron ser localizados. Aproximadamente 500.000 niños, mujeres, ancianos, soldados heridos... fueron masacrados en una noche. Otros ocultos en túneles también murieron. Pero ellos murieron sin dolor -simplemente ardieron en la oscuridad. Cuando el calor se incrementó ni se desintegraron en cenizas ni se fundieron en un líquido espeso; simplemente dejaron una mancha de 2 o 3 pies'"("¡Felices 227 años de guerra, Estados Unidos!", John Stanton, revista CounterPunch, 7/7/2003).
58. El pretexto que esgrimió EE.UU. para tirar las bombas atómicas fue reducir las bajas de dicho país, ya que su victoria estaba totalmente asegurada. El general MacArthur declaró: "[A finales de abril de 1945]...mi personal fue unánime al creer que Japón se encontraba a punto de su hundimiento y de su rendición. Yo incluso dirigí los planes para que fuera proyectado 'para una ocupación pacífica' sin operaciones militares adicionales...Japón ya había sido derrotado y sus territorios estaban ahora merced de las incursiones aéreas y la invasión" (Ernest Mandel, op. cit. pág. 160). Veáse E. Hobsbawm, op. cit. pág. 35.
59. Ellen Meiksins Wood, "Democracia, hegemonía imperial y estados nacionales en el capitalismo actual", Revista Lucha de Clases, 2da. Época, Nro. 2 y 3, abril 2004, pág. 188.
60. A la salida de la guerra los PC llevaron adelante esta campaña que significaba la subordinación del trabajo al capital en pos de la restauración capitalista: los obreros no debían hacer huelgas, ni presentar reinvindicaciones desmedidas sino elevar la producción.
61. Fernando Claudín, op.cit., pág. 289.
62. León Trotsky, "El papel mundial del imperialismo norteamericano", publicado en esta compilación. Trotsky, veía muy difícil un triunfo de Alemania en la guerra."No creo ni por un instante, como ya lo he dicho, en la concreción de los planes de Hitler de una Pax Germánica, es decir, su dominación del mundo. El imperialismo alemán llegó demasiado tarde; su furia militar acabará en una tremenda catástrofe. Pero antes de que ocurra esa catástrofe muchas cosas caerán en Europa. Stalin no quiere estar entre ellas" (Escritos de León Trotsky [1929-1940], "Los astros gemelos: Hitler-Stalin", 4/12/1939, CD del C.E.I.P. "León Trotsky", Buenos Aires, 2000).
63. No obstante, este pacto no liquidó la contradicción para el sistema imperialista de tener que convivir con la URSS. Esta se manifestó en la "guerra fría" y frente a las decenas de guerras de liberación nacional en las colonias que cruzaron toda la posguerra.
64. Constatado, por ejemplo, en el Mayo Francés, el Otoño Caliente Italiano, la Primavera de Praga, la asamblea popular en Bolivia, los consejos de inquilinos y soldados en la revolución Portugal, los cordones industriales chilenos, la irrupción de Solidarnosk en Polonia, etc.



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