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A propósito de El caso León Trotsky

Del ancho del mundo

por Noé Jitrik*

Quizás Trotski, en los momentos previos a Octubre de 1917, en Siberia, en Londres, en Suiza o donde la suerte lo depositara, y luego después, cuando era múltiple comisario del gobierno bolchevique, negociador por la paz, creador del Ejército Rojo, tenía una mirada de acero y una manera de afirmar tan implacable como el destino que veía realizarse frente a él y, creía con fundamento, gracias a él. No puedo, ni quiero, conjeturar lo que podía pasar por los ojos de los que estaban junto a él, con él y bastante pronto contra él. Entre ellos, el torvo Iosip Djugashvili, que sin duda respondía con monosílabos, miraba de costado y no celebraba los juegos de ingenio y las punzantes frases con que Trotski amenizaba las reuniones.
Las miradas fueron cambiando; a medida que perdía poder Trotski miraba o veía las cosas de otro modo; tal vez, inclusive, empezaba a usar más el subjuntivo y el potencial que el indicativo, tal vez empezaba a dudar del rumbo que estaban tomando las cosas y no sólo porque él estaba siendo apartado de ellas sino porque las cosas tenían matices que previamente no había considerado, el ancho mundo debía estársele presentando como un espectáculo diverso y fascinante, más que la pura contingencia, más que la realidad barricada y llena de contradicciones; Stalin, ya no Djugashvili, en cambio, a medida que Trotski se veía reducido y constreñido, a medida que podía perseguir- lo, miraba más de frente, ya no murmuraría sino que daría órdenes, del uso del potencial pasaría al del indicativo y sus afirmaciones estarían, estaban, investidas de una imperiosa irrefutabilidad. No es que con ese uso verbal lograba que los simples seres humanos se hubieran asomado a la felicidad, más bien a lo contrario.
En esa divergencia de caminos, Trotski argumentaba, explicaba, describía y escribía; el otro, que no lo podía frenar, dictaminaba sin escribir, la duda, que nunca había manifestado, se había ausentado definitivamente de su discurso, el gesto se había convertido en marmóreo y parecía tan irresistible como que cuando alguien intentaba resistirlo caía fulminado, muerto de frío en el mejor de los casos o simplemente muerto con un tiro en la cabeza. Extraordinaria paradoja: Trotski aparecía como sospechoso, siempre explicándose, el otro como el gran conductor, indiscutible urbi et orbe, desde que había logrado expulsar y confinar a Trotski millones de personas renunciaban con gusto a lo que habían sido y podían ser sus propias fuerzas intelectuales o críticas, y aceptaban como irreprochable lo que emanaba de esa ruda y siniestra cabeza. El mundo cercaba a Trotski, lo ahogaba, y en cambio adoraba a su perseguidor, ponía en él su fe y su destino.
De modo que Trotski tenía ya otra mirada y sus afirmaciones se apoyaban, o lo intentaba, en argumentaciones, exámenes, palabras; podía, con ello, trascender su propia y dura situación de perseguido y exiliado, rodeado de fieles que de pronto desaparecían o traicionaban, teniendo que entender lenguajes y situaciones que antes eran lejanas y con las que no había que convivir y, a partir de ahí, como instalado en un solitario atalaya, ver algo más que el triste despojo en que se había convertido el producto de un sueño histórico para, casi profeta materialista, advertir y señalar lo que sería una catastrófica salida de la humanidad agobiada por su no menos catastrófica impotencia para conjurar sus propias crisis.
No puedo saber cómo pudo producirse ese cambio en la mirada de Trotski puesto que no hubo cambio en sus más raigales convicciones y, por añadidura, prosiguió haciendo lo que había hecho antes de llegar al poder, o sea formarse, informarse, formar sus ideas, informarse de las ideas y de las lenguas ajenas y proponer: ¿los viejos sueños, las racionales utopías que habían estado a punto de convertirse en realidades, el socialismo, la desalienación, las profecías marxistas o los planes leninistas? El poder, podría decirse, pudo ser un lapsus en una existencia marcada por la escritura y el pensamiento. ¿Cómo entender entonces la nueva mirada? ¿Habrá sido así? Me da la impresión de que entender esta ida y vuelta implicaría entender la suerte misma de lo que fue el socialismo y la más imponen- te lucha que conoció la humanidad para instaurar en la tierra no el reino de Dios sino el de los hombres en toda su plenitud, vanguardia de un proletariado que sólo había conocido explotación, sufrimiento, miseria.
Lo único que está a mi alcance –no puedo imaginarlo en Turquía, ni en Francia ni en Noruega- no es inda- gar en esa constante construcción de su persona física e intelectual y aun política que hacen sus cultores sino valerme de lo que pude saber una vez, cuando, en México, estuve en su casa y vi la conejera en el jardín, y supe de sus viajes al interior de México y de las conversaciones con Breton y tantos otros, del modo en que recibió las noticias sobre sus hijos y sus muertes, el escritorio en el que trabajaba y en el que lo frecuentó la muerte. Esa visita, previsible y casi ritual, me abrió la puerta a lecturas que antes no había hecho, Mi vida y la trilogía de Deutscher, no mucho más. Parecía la historia de un vencido que no se resignaba: ni la muerte ni el exilio doblegaban la antigua voluntad pero sí, para seguir en mi idea, permeaban su mirada, podía ver mucho más allá.
Por eso, creo, hecho insólito casi único en la historia de protagonistas tan relevantes de la historia, se prestó a ser juzgado y no por sus pares, que lo habrían absuelto sin escucharlo, sino por otras personas que sin compartir sus ideas entendían que había una justicia universal y que había que escuchar a quien estaba cargando con los denuestos más graves que un ser humano puede tolerar y que el estalinismo prodigaba como la causa de todos los males que no podía enfrentar: traidor, conspirador, terrorista, imperialista, enemigo de la patria socialista, en un largo etcétera de adjetivos que crédulos comunistas y bien pensantes en el mundo entero se tragaban sin pensar como si fuera legítima y buena comida; aceptó comparecer ante personas a las que antes, cuando tenía poder, habría muy probablemente desdeñado o considerado incapaces de comprender el fulgurante sentido que tenía lo que guiaba sus actos y sus ideas y, por añadidura, en un escenario propio de la justicia burguesa, no la revolucionaria que él mismo había contribuido a conformar. Su mirada, obviamente, había cambiado. Me refiero al juicio que tuvo lugar en México en 1937 y que creo, incluso, él mismo solicitó.
Ahora, por suerte, se han publicado aquí, en Buenos Aires, las actas completas del juicio: no es un libro más sobre Trotski, que sigue dando que pensar y que hablar a escritores de diversas formaciones e intenciones, de muy diferentes lugares, con versiones encontradas, noveladas algunas, documentales otras, atacándolo unas, reivindicándolo otras, esa vida tan particular suscita, no se ha terminado con su muerte, tal vez porque además de una existencia riesgosa y llena de incidentes es la de un protagonista y, por añadidura, en mi opinión, su transcurso desborda ampliamente el encajonamiento político que lo reivindica: su existencia pone a prueba una cultura.
El esfuerzo editorial que asume esta tarea tiene una originalidad de que las profusas publicaciones que proliferan en el mundo entero carecen: proviene del Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones “León Trotski”, que no sólo define su programa en la herencia de su pensamiento sino que se ha consagrado a su obra en todos sus alcances; materiales valiosos, documentos poco conocidos, que atañen a su obra y a su vida, en nuevas traducciones y en publicaciones cuidadas, han sido puestos en circulación, en particular obras del propio Trotski pero también de historiadores e investigadores que encuentran día a día, a medida que se abren archivos en diferentes lugares del mundo, nuevas informaciones sobre la extraordinaria experiencia en la que él desempeñó un papel fundamental.
La publicación de las actas de ese “juicio”, El caso León Trotski, es un aporte mayor puesto que si el juicio en sí mismo tiene una significación única lo que ahí ocurrió efectivamente la duplica: no es una réplica de la Apología de Sócrates, cosa que podía ser puesto que se le daba la oportunidad de defenderse de acusaciones y bregar por su prestigio, sino una presentación, por boca de uno de los testigos más calificados, de un fragmento de la historia contemporánea, que muchos vivieron como una impresionante desembocadura de viejísimos anhelos de justicia, producto, además, de un pensamiento iluminado que preconizaba el triunfo de una clase, oprimida durante siglos.
Imagino esa mirada en la aceptación de toda clase de preguntas y las respuestas que hacen desfilar un complejísimo proceso; por un lado, desbaratar las grotescas y criminales acusaciones de los agentes estalinianos; por el otro, detalladas explicaciones acerca de cada uno de los acontecimientos en los que tales acusaciones se encuadraban. Imagino, además, la actitud: sentado frente a un tribunal internacional integrado por intelectuales declaradamente no trotskistas y ni siquiera marxistas, y que imponen un modo de juicio que sigue el método del juicio oral norteamericano, responde casi con un gesto de benevolencia al sinuoso fiscal y al límpido Presidente, John Dewey, calificado filósofo y educador, y con infinita paciencia explica, es didáctico y crítico, trae a colación documentos e invoca testigos, valora a compañeros o excompañeros, prevé el curso de los acontecimientos que resultarán de los temas evocados y, por añadidura, lo hace en inglés, de a ratos se traba y pide ayuda y va desmontando toda la red de calumniosas acusaciones con las que los agentes estalinistas intentaron demolerlo durante más de una década.
Su argumentación es medida, su respeto por el tribunal ejemplar, la documentación que presenta es a los ojos de quienes hacen de jueces absolutamente probatoria y convincente y si tenían dudas acerca de su actuación y probidad poco a poco ese sentimiento va desapareciendo y en su lugar se percibe un clima de admiración por su potencia intelectual, su extraordinaria memoria y la sutileza con que enhebra su sistema de defensa con sus convicciones ideológico-políticas a las que no renuncia pese a la necesidad de argumentar que pediría algunas concesiones o al menos silencios. No trata de ganar para la causa, la IV Internacional en la que estaba embarca- do, a quienes están ahí y escuchan y a los demás, que están fuera; en cambio, en un amplio gesto de comprensión histórica, traza un dibujo completo y perfectamente articulado tanto de lo que fueron los comienzos de la Unión Soviética como de su actuación en cada uno de los momentos de su turbulenta existencia, de los problemas previos y los actuales que agobian a ese imperio, de las falacias de los juicios que liquidaron las mejores cabezas del socialismo y en los cuales reside el comienzo de una degradación que culmina, como si lo hubiera estado viendo, no muchos años después, históricamente considerados, en el derrumbe de la URSS y el regreso triunfal del impiadoso capitalismo.
Largas, agotadoras jornadas durante las cuales el tribunal no puede ocultar su curiosidad y el interés que producen las respuestas de ese hombre que pese a las desgracias que sazonan su ya prolongado exilio todavía exhibe una elegancia suprema en el razonamiento y el uso del lenguaje, cuestión de respeto por sus interlocutores que muchos de sus seguidores no han tomado en cuenta: no está entre iguales puesto que sigue pensando en términos de revolución proletaria y mundial pero logra hacerse escuchar por ellos sin intentar convencerlos de nada, por la pura fuerza de una fluencia, concepto que nada tiene que ver con efectismos oratorios, meramente acusatorios y repetitivos, como los que empobrecen el discurso de muchos que se consideran sus herederos. Logra un raro equilibrio de una extraordinaria afectividad: se presenta como acechado, pero no empavorecido ni angustiado, razona pero no invade los oídos de los otros, reconoce pero no se arrepiente, admite sus límites pero sigue pensando en la vieja utopía en ese momento en las garras implacables de quien la está socavando en su sentido mismo, evoca pero no se queja, entiende su situación actual pero sigue creyendo en aquello que le señaló un cauce y justificó su vida, eso que, en puridad podemos llamar una “misión”.
Surge, corroborando lo que en sus libros anteriores ya estaba presente testimonialmente, esa imagen todopoderosa de una “misión”, como si él, entre tantos otros, con toda naturalidad, hubiera sido llamado a ejecutar una gran obra, un beneficio supremo a la humanidad. Es un hombre del Siglo XIX, fecundo en misionales, pero que se proyecta sobre el XX creyendo o sintiendo que debe cambiar un rumbo o modificar una estructura. El XIX, atravesado por la idea de los “grandes hombres”, para quienes no había límites en lo que se destinaban a hacer, en la literatura, en la música, en la política, en la filosofía, fue un siglo de sistemas; tal vez concluyó al final de la guerra del 14-18 y lo que comenzó fue una suerte de fragmentarismo, tal vez intuido por Nietszche, que recorrió todas las esferas de la producción: las vanguardias en los más diversos órdenes lo encarnaron así como lo manifestaron y lo siguen manifestando las incesantes divisiones en los grupos cuyos comienzos pare- cían responder a la lógica de los sistemas. Trotski sobrenada este giro propio del siglo en el que le toca actuar e intenta, casi con éxito en los primeros años del bolcheviquismo, sobreimprimir esa ya anacrónica modalidad; en el exilio, y en la escritura que fue su arma definitiva, lo siguió haciendo y, por lo tanto, bien puede ser visto prometeica y conmovedoramente como un titán acorralado, tratando de no hundirse en la soledad de la derrota ni en la perplejidad del que viene de otros tiempos.
En cambio, con los resultados que no hay dificultad en reconocer, una prolongación terrorífica de una lógica que ya no correspondía serían desde esta perspectiva el estalinismo, el fascismo, el nazismo, y las dictaduras latinoamericanas, africanas y europeas, todo eso que seguramente Trotski vio y que le hizo cambiar la mirada.
¿Será eso la cifra de su perduración como referente y como “caso”, esa palabra que titula el libro del extraordinario juicio?

* Escritor



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