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Yakov Sverdlov (1885-1919)

León Trotsky, 13 marzo 1925

Conocí a Sverdlov apenas en 1917, en una sesión de la fracción bolchevique -en el Primer Congreso de los Soviets. Sverdlov presidía. En aquellos días no había posiblemente nadie en el partido que sospechara la verdadera estatura de este hombre notable. Pero en el curso de los meses siguientes habría de revelarse completamente.
En el período inicial después de la revolución todavía se podía distinguir a los emigrados, es decir, a aquellos que se habían pasado muchos años en el exterior, de los bolcheviques "domésticos" y "nativos". En muchos aspectos, los emigrados tenían importantes ventajas debido a su experiencia europea, la perspectiva más amplia que ella les daba, y también porque habían generalizado teóricamente la experiencia de las pasadas luchas de fracción. Naturalmente, esta división entre emigrados y no emigrados era puramente temporaria y actualmente se han borrado todas las distinciones. Pero en 1917 y 1918 era, en muchos casos, muy visible.
Sin embargo, aun en aquellos días no podía percibirse en Sverdlov el menor "provincialismo". Mes tras mes fue creciendo y haciéndose más fuerte tan naturalmente, tan orgánicamente, tan aparentemente sin esfuerzo, tan al ritmo de los acontecimientos y en constante contacto y colaboración con Vladimir Ilich que para un observador superficial podría haber parecido que Sverdlov había sido desde su nacimiento un "hombre de Estado" revolucionario completo y de primera línea. Abordaba todas las cuestiones de la revolución no desde arriba, es decir, no desde el punto de vista de las consideraciones teóricas generales sino más bien desde abajo, a través de los impulsos directos de la vida misma tal como los trasmitía el organismo partidario. Cuando se ponían en discusión cuestiones políticas nuevas, a veces podía parecer que Sverdlov -especialmente si se mantenía silencioso lo cual era bastante frecuente- estaba vacilando, todavía no había logrado tomar una decisión. En realidad, en el curso de la discusión estaba ya en la tarea de elaborar mentalmente el problema siguiendo líneas paralelas, que podrían resumirse en estos términos: ¿Quien está disponible? ¿Donde hay que ubicarlo? ¿Cómo plantearemos el problema y lo combinaremos con nuestras demás tareas? Y en cuanto se había llegado a una decisión política, en cuanto era necesario pasar al aspecto organizativo del problema y a la cuestión de los cuadros, resultaba casi invariablemente que Sverdlov ya estaba preparado con propuestas prácticas de largo alcance, basadas en su memoria enciclopédica y en su conocimiento personal de los individuos.
En las fases iniciales de su formación, todos los departamentos e instituciones soviéticos se dirigían a él para encontrar personal; y esta distribución inicial y en grandes líneas de los cuadros del partido exigía ingenio e inventiva excepcionales. Era imposible contar con un aparato establecido con ficheros, archivos, etc., pues todo esto estaba aún en una situación extremadamente nebulosa y, en todo caso, no ofrecía medios directos para verificar en qué medida el revolucionario profesional Ivanov podía estar calificado para encabezar determinado departamento soviético del cual solo existía, por el momento, el nombre. Se requería una intuición psicológica especial para decidir tal cuestión: había que ubicar en el pasado de Ivanov dos o tres puntos focales y a partir de ellos sacar conclusiones para una situación completamente nueva. Además estos trasplantes debían hacerse en los más diversos terrenos: en busca de un Comisario del Pueblo, o de un administrador de la imprenta de "Izvestia", o de un miembro del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, o de un comandante del Kremlin, y así sucesivamente hasta el infinito: estos problemas organizativos se presentaban, por supuesto, sin el menor orden consecutivo, es decir, nunca desde el puesto más alto hasta el más bajo.o viceversa, sino de cualquier modo accidentalmente, caóticamente. Sverdlov hacía investigaciones, reunía o recordaba detalles biográficos, llamaba por teléfono, ofrecía recomendaciones, distribuía tareas, hacía citas. En este momento no podría decir exactamente en virtud de qué título o autoridad realizaba todo este trabajo, cuáles eran precisamente sus poderes formales, Pero en todo caso una parte notable de este trabajo tenía que realizarse sobre la base de su propia responsabilidad personal - con el apoyo, por supuesto de Vladimir Ilich. Y nadie cuestionó nunca esto, tales y tan grandes eran las exigencias del conjunto de la situación en esa época.
Sverdlov cumplía una parte considerable de este trabajo organizativo como presidente del Comité Ejecutivo Central, utilizando los miembros del comité para diversas tareas y para determinadas funciones. “Discútalo con Sverdlov”, solía aconsejar Lenin en muchos casos en que alguien se dirigían a él con un problema particular.
"Debo discutirlo con Sverdlov", se diría a sí mismo un "dignatario" soviético de reciente data cuando tenía un tropiezo con sus colaboradores. Una de las maneras de resolver un problema práctico serio era -según la constitución no escrita­ "discutirlo con Sverdlov".
Pero, por supuesto, Sverdlov mismo no estimulaba en modo alguno este método sumamente individualista. Por el contrario, todo su trabajo preparaba las condiciones para una solución más sistemática y regularizada de todos los problemas del partido y de los soviets.
En aquellos días se necesitaban pioneros en todos los campos, es decir, gente capaz de moverse sobre sus piernas en medio del mayor caos, en ausencia de todo precedente, sin ningún estatuto ni reglamento, Sverdlov estaba constantemente bus­cando tales pioneros para las exigencias más inverosímiles. Recordaría, como dije antes, este o aquel detalle biográfico, acerca de como tal o cual militante se había comportado en tal o cual momento, y a partir de allí deduciría si era adecuado o no tal o cual candidato. Por supuesto, había muchos errores. Pero lo asombroso era que no hubiera muchos más. Y lo que resulta más asombroso de todo es como Sverdlov encontraba posible siquiera pre­ sentar ordenadamente un problema frente al caos de tareas y el caos de dificultades y con un mínima de personal disponible. Era mucho más claro y más fácil abordar cada problema desde el punto de vista de la política y de los principios que desde el punto de vista organizativo. Esta situación puede verse entre nosotros hasta el día de hoy, ya que surge de la esencia misma de un período de transición al socialismo. Pero en aquellos momentos la discrepancia entre un objetivo claramente definido y la falta de recursos humanos y materiales se hacía sentir mucho mas agudamente que hoy. Precisamente cuando las cuestiones llegaban a la fase de las soluciones prácticas, era cuando muchos de nosotros comenzábamos a mover la cabeza perplejos. Entonces alguno preguntaba: "Bien, Y tú qué piensas, Yakov Mijailovich?".
Y Sverdlov ofrecía su solución. En su opinión "la empresa era perfectamente realizable." Había que enviar un grupo de bolcheviques cuidadosamente seleccionados, con instrucciones precisas y las conexiones adecuadas, se les debía prestar atención y darles la ayuda necesaria y la tarea podía hacerse. Para lograr éxitos en esta vía había que estar completamente imbuido de la confianza de que era posible resolver cualquier tarea y superar cualquier dificultad. Realmente el subsuelo del trabajo de Sverdlov estaba provisto de una reserva inagotable de optimismo en la acción. Es claro que esto no quiere decir que de este modo se resolvía en un 100% cada problema. Si se lo podía resolver en un 10%, ya estaba bien. "En esos tiempos, esto significaba ya la salvación porque aseguraba el día de mañana. Pero, después de todo, esta era precisamente la cuestión esencial de todo el trabajo durante aquellos años iniciales y durísimos: había que conseguir abastecimientos como fuera; había que equipar y entrenar las tropas como fuera; había que mantener el transporte en funcionamiento como fuera; había que controlar el tifus como fuera; cualquiera fuese el precio, la revolución tenía que asegurar su día venidero.
Las cualidades de Sverdlov se revelaron con toda su fuerza en los momentos más críticos: por ejemplo, después de las jornadas de julio en el año 1917; cuando los Guardias Blancos habían aplastado a nuestro partido en Petrogrado; y nuevamente durante las jornadas de julio en el año 1918, es decir, después de que los socialrevolucionarios de izquierda lanzaron su insurrección. En ambos casos fue necesario reconstruir la organización, renovar los contactos o crearlos de nueva cuenta, basándose en quienes habían pasado una gran prueba. Y en ambos casas Sverdlov era irremplazable con su calma revolucionaria, su amplitud de visión y su inventiva.
Ya he referido en otra ocasión la anécdota de cómo Sverdlov llegó del Congreso de los Soviets en el Teatro Bolshoi hasta el despacho de Lenin en el momento más agudo del levantamiento de los socialrevolucionarios de izquierda. Después de saludarnos con una sonrisa, dijo: "Bueno, supongo que tendremos que trasladarnos nuevamente del Sovnarkorm (Consejo de Comisarios del Pueblo) al Revkom (Consejo Militar Revolucionario). ¿Ustedes que piensan?".
Sverdlov seguía siendo fiel a sí mismo, tal como lo era habitualmente. En días como esos realmente se aprende a conocer a la gente. Y Yakov Mijailovich estaba en verdad más allá de toda comparación: confiado, valiente, firme, lleno de iniciativa - el mejor tipo de bolchevique. Fue precisamente en esos meses críticos cuando Lenin llegó a conocer y a apreciar a Sverdlov. Vez tras vez sucedía que Vladimir Ilich tomaba el teléfono para proponer a Sverdlov determinada medida de emergencia y en la mayoría de los casos la respuesta que recibía era: "Ya". Esto significaba que la medida ya había sido tomada. A menudo hacíamos chistes sobre esto, diciendo: "Bien; lo más probable es que Sverdlov lo tenga... ya".
“Como ustedes saben”, recordó Lenin cierta vez "al principio estábamos contra su inclusión en el Comité Central ¡cómo subestimábamos al hombre!’ Hubo una fuerte discusión al respecto, pero la base nos corrigió en el Congreso y mostró que tenía razón...”
A pesar de que, por supuesto jamás se llegó siquiera a hablar de confundir las organizaciones; el bloque con los socialrevolucionarios de izquierda indiscutiblemente tendió a hacer un poco nebulosa la conducta de nuestro partido. Baste mencionar, por ejemplo, que cuando un numeroso grupo de activistas fue enviado al frente oriental simultáneamente con el nombramiento de Muraviev como comandante en jefe de esa región, un socialrevolucionario de izquierda fue elegido como secretario de este grupo de varias docenas de hombres, la mayoría de los cuales eran bolcheviques. En las diversas instituciones y departamentos, cuanto mayor era el número de miembros nuevos y accidentales de nuestro propio partido tanto más indefinidas eran las relaciones entre los bolcheviques y los socialrevolucionarios. El relajamiento, la falta de vigilancia y de cohesión entre los miembros del partido recientemente ubicados en el aparato estatal todavía fresco se ex­presa nítidamente en el simple hecho de que el núcleo básico de la sublevación estaba formado por la organización de los socialrevolucionarios de izquierda en las tropas de la Checa
El cambio salvador ocurrió, literalmente, en el plazo de dos o tres días. Durante los días de la insurrección montada por uno de los partidos gobernantes contra el otro, cuando todas las relaciones personales bruscamente fueron puestas en cuestión y los funcionarios en las instituciones estatales comenzaron a oscilar, fue cuando los mejores y más entregados elementos comunistas en todo tipo de instituciones rápidamente cerraron filas entre sí, rompiendo todos los lazos con los socialrevoluionarios y combatiéndolos. Las células comunistas se fusionaron en las fábricas y en los destacamentos del ejército. Tanto en el desarrollo del partido como en el del Estado, este fue un momento de importancia excepcional. Los militantes del partido, distribuidos y en parte dispersos a través de los marcos aun informes del aparato del Estado, cuyos lazos partidarios se habían diluido, en gran medida, en las relaciones institucionales, ahora se presentaron inmediatamente en primera fila; cerraron filas y se unificaron bajo los golpes de la insurrección socialrevolucionaria. En todas partes se formaron núcleos comunistas que tomaron en sus manos, en esas jornadas, la dirección efectiva de la vida interna de todas las instituciones. Puede decirse que fue precisamente en esos momentos cuando el partido, en su mayoría, tomó realmente conciencia de su papel como organización gobernante, como el dirigente del Estado proletario, como el partido de la dictadura del proletariado no sólo en sus aspectos políticos sino también en los organizativos. Este proceso que podría designarse como el principio de la autodeterminación organizativa del partido dentro del aparato de Estado soviético creado por el propio partido, se produjo bajo la dirección inmediata de Sverdlov ya fuera que la cuestión involucrara a todo el Comité Ejecutivo Central de los Soviets a un garaje del Comisariado de Guerra. Los historiadores de la Revolución de Octubre tendrán que identificar y estudiar minuciosamente este momento crítico en la evolución de las relaciones reciprocas entre el partido y el Estado, un momento que habría de marcar profundamente todo el periodo posterior, hasta el día de hoy. A partir de allí, el historiador que aborde esta cuestión pondrá en evidencia el gran papel desempeñado por Sverdlov, el organizador, durante este punto de viraje absolutamente decisivo. Todos los hilos de los contactos prácticos estaban reunidos en sus manos.
Aun más críticos fueron los días en que los checoslovacos amenazaban a Nijni Novgorod, mientras Lenin yacía herido con dos balas socialrevolucionarias en su cuerpo. El 1° de setiembre recibí en Sviajk un telegrama cifrado de Sverdlov:
“Regrese inmediatamente. Lenin herido. Ignoramos gravedad. Reina completa calma. Sverdlov. 31 agosto 1918".
Partí de inmediato para Moscú. Los círculos del partido en Moscú mostraban un estado de ánimo duro, sombrío, pero inconmovible.
La mejor expresión de esta impasibilidad era Sverdlov. Sus responsabilidades y su papel se multiplicaron en esos días. En su nervioso cuerpo podía advertirse una tensión extrema. Pero esta tensión nerviosa significaba sólo una mayor vigilancia, nada tenía que ver con la excitación sin motivo y mucho menos con el nerviosismo. En tales momentos era cuando Sverdlov hacía sentir toda su estatura.
El diagnóstico de los médicos era favorable. No se permitía el acceso de visitas a Lenin: nadie era autorizado. No había razón para quedarse en Moscú. Poco después de mi regreso a Sviajk recibí una carta de Sverdlov, fechada-el 18 de setiembre:

"Querido Lev Davidovich,

Aprovecho la ocasión para escribir algunas palabras. Las cosas van bien con Vladimir Ilich. Es posible que yo pueda verlo en tres o cuatro días más”.

El resto de la carta trata cuestiones prácticas que es innecesario mencionar aquí.
Está profundamente grabado en mi recuerdo el viaje con Sverdlov a la residencia de Gorki, donde Vladimir llich convalecía de sus heridas. Fue en ocasión de mi siguiente viaje a Moscú. A pesar de la situación terriblemente difícil todavía reinante, se podía percibir con nitidez un cambio favorable. En el frente oriental, que era entonces el decisivo, habíamos recapturado Kazan y Simbirsk. El atentado contra la vida de Lenin sirvió al partido como una prueba política suprema: el partido se sentía más vigilante, más alerta, mejor prepara­do para hacer retroceder al enemigo. Lenin mejoraba rápidamente y se preparaba para volver pronto al trabajo. Todo este conjunto de factores engendraba un estado de ánimo firme y seguro. Si el partido había sido capaz de dominar la situación hasta el momento, seguramente podría hacerlo en el futuro. Este era precisamente nuestro sentimiento mientras viajábamos hacia Gorki.
En camino, Sverdlov me puso al tanto de cuanto había ocurrido en Moscú durante mi ausencia. Tenía una memoria excelente, como sucede con la mayoría de los hombres que tienen una gran voluntad creadora. Su informe giraba, como siempre, en torno al eje de las cosas más importantes que había que hacer, con los necesarios detalles organizativos, acompañados, al pasar con breves caracterizaciones de los individuos. En resumen, era una extensión del trabajo habitual de Sverdlov. Y por debajo de todo podía sentirse una corriente subterránea de confianza tranquila pero al mismo tiempo apremiante.
Sverdlov tenía que presidir en muchas ocasiones. Era presidente de muchos organismos y en muchas reuniones. Era un presidente imperioso. No en el sentido de que impidiera la discusión o cortara a los oradores o cosa parecida. En absoluto. Por el contrario nunca utilizaba argucias o insistía en formalidades. Su imperiosidad como presidente consistía en que siempre sabía exactamente qué decisión práctica estaba planteada ante el organismo; comprendía quien hablaría, qué diría y por qué; conocía bien los antecedentes de la cuestión y todo problema grande y complejo tenía sus antecedentes; prefería dar la palabra en el momento oportuno a los oradores que era necesario: sabía cómo llevar a tiempo a votación una proposición; sabía que podía ser aprobado y era capaz de hacer aprobar lo que necesitaba. Estos rasgos suyos como presidente estaban indisolublemente unidos a todas sus cualidades como dirigente práctico, con su habilidad para aprehender a la gente en vivo, en forma realista, con su inagotable imaginación en el terreno de las combinaciones organizativas y personales.
Durante las sesiones tormentosas, prefería permitir a la asamblea volverse ruidosa y soltar vapor; y luego, en el momento adecuado, intervenía para restablecer el orden con mano firme y voz metálica.
Sverdlov era de mediana altura, de tez oscura, delgado y enjuto; su rostro magro; sus rasgos, afilados. Su potente y hasta resonante voz podría haber parecido fuera de relación con su físico. En medida aun mayor podría haberse dicho lo mismo de su carácter. Pero tal impresión solo podía ser pasajera. Luego, la imagen física se fundía con la espiritual. No solo esto, sino que su figura enjuta, con su calma inconmovible e inflexible voluntad y con su potente pero flexible voz se presentaban entonces nítidamente como una imagen completa.
"Nishevo -no importa”, diría a veces Vladimir Ilich en una situación difícil: "Sverdlov les hablará de esto con voz de bajo sverdloviana y la cuestión se arreglará..."
Había en estas palabras una afectuosa ironía.
En el periodo inicial posterior a Octubre los comunistas, como es sabido, éramos llamados "hombre de cuero" por nuestros enemigos, debido a la forma en que vestíamos. Creo que el ejemplo de Sverdlov desempeñó un papel de primer orden en la introducción del “uniforme" de cuero entre nosotros. En todas las ocasiones invariablemente aparecía revestido de cuero de pies a cabeza, desde su gorro de cuero hasta sus botas de cuero. Este traje, que en cierto modo correspondía al carácter de aquellos días, se irradió mucho más allá de su figura, central en la organización.
Los camaradas que lo conocieron en los días de la clandestinidad recuerdan un Sverdlov diferente. Pero en mi memoria, Sverdlov permanece vestido de cuero como cubierto por una armadura ennegrecida por los golpes de los primeros años de la guerra civil.
Estábamos reunidos en una sesión del Buro Político cuando Sverdlov, que ardía de fiebre en su casa, empeoró bruscamente. E. D. Stasova, entonces secretaria del Comité Central, entró durante la reunión. Venia del apartamento de Sverdlov. La expresión del rostro era irreconocible.
"Yakov Mijailovich se siente mal, muy mal", dijo. Una mirada a su rostro bastaba para comprender que ya no había esperanzas. Cortamos la sesión. Vladimir llich fue al apartamento de Sverdlov y yo salí hacia el Comisariado para preparar inmediatamente la partida hacia el frente. En unos quince minutos llegó una llamada telefónica de Lenin, quien dijo con aquella voz peculiarmente alterada que significaba una gran tensión: "Se ha ido". "Se ha ido". "Se ha ido". Durante un momento, cada uno de nosotros sostuvo el teléfono en sus manos y cada uno podía oír el silencio al otro extremo. Luego colgamos. No había nada más que decir. Yakov Mijailovich se había ido. Sverdlov ya no estaba entre nosotros.



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