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¿Y ahora?

Problemas vitales del proletariado alemán [1]

 

Prefacio

El capitalismo ruso ha mostrado ser, debido a su extremo retraso, el eslabón más débil de la cadena imperialista. El capitalismo alemán aparece en la situación actual como el eslabón más débil por la razón opuesta: es el capitalismo más avanzado en una Europa que se encuentra en una situación sin salida. Cuanto más se afirma el carácter dinámico de las fuerzas productivas en Alemania, más se ahogan éstas en el sistema estatal de Europa, parecido al “sistema” de jaulas de un miserable parque zoológico provincial. Cada cambio de la coyuntura coloca al capitalismo alemán ante tareas que se verla forzado a resolver mediante la guerra. Por medio del gobierno de los Hohenzollern, la burguesía alemana se lanzó a “organizar Europa”. Por medio del gobierno de Brüning-Curtius ha intentado realizar. La unión aduanera con Austria. Qué terrible reducción de las tareas, de las posibilidades, de las perspectivas! Pero fue necesario renunciar también a esta unión. El sistema europeo tiene los pies de barro. Si varios millones de austriacos se uniesen a Alemania, la gran hegemonía salvadora de Francia podría derrumbarse.

Europa, y sobre todo Alemania, no pueden progresar por la via capitalista. Si la crisis actual fuese superada temporalmente gracias a! juego automático de las fuerzas del capitalismo mismo —sobre las espaldas de los obreros—, esto implicaría el renacimiento en breve plazo de todas las contradicciones bajo una forma todavia más concentrada.

El peso de Europa en la economía mundial no puede más que disminuir. Las etiquetas americanas, Plan Dawes, Plan Young, moratoria Hoover, se adhieren sólidamente en la frente de Europa. Europa está sometida a la ración americana.

El declive del capitalismo implica la podredumbre social y cultural. La via de la diferenciaciOn sistemática dentro de las naciones, del crecimiento del proletariado al precio de la disminución de las clases medias, está cerrada. Una prolongación posterior de la crisis social no puede significar más que una pauperización de la pequeña burguesía y una degeneración de capas cada vez más amplias del proletariado en lumpenproletariado. Este peligro, que es más grave, aprieta por la garganta a la vanguardia alemana.

La burocracia socialdemócrata es la parte más podrida de la Europa capitalista en proceso de putrefacción. Empezó su camino histórico bajo la bandera de Marx y Engels. Se fijó como objetivo el derrocamiento de la dominación de la burguesía. El potente ascenso del capitalismo la ha inspirado y la ha arrastrado tras de si. En nombre de la reforma ha renunciado a la revolución, primero de hecho y después de palabra. Evidentemente, Kautsky ha defendido todavía durante mucho tiempo la fraseología revolucionaria, adaptándola a las necesidades del reformismo. Bernstein, por el contrario, ha exigido que se renunciase a la revolución: el capitalismo entra en un periodo de prosperidad pacifica, sin crisis ni guerras. Una predicción ejemplar. Puede parecer que entre Kautsky y Bernstein hay una contradicción irreductible. De hecho, se complementan simétricamente el uno al otro, como la bota izquierda y la bota derecha del reformismo.

La guerra estalló. La socialdemocracia apoyó la guerra en nombre de la prosperidad futura. En lugar de la prosperidad vino el declive. Hoy no se trata ya de deducir la necesidad de la revolución del fracaso del capitalismo; ni de reconciliar a los obreros con el capitalismo por medio de reformas. La nueva política de la socialdemocracia consiste en salvar la sociedad burguesa renunciando a las reformas.

Pero la decadencia de la socialdemocracia no se termina ahí. La crisis actual del capitalismo agonizante ha obligado a la socialdemocracia a renunciar a los frutos de una larga lucia económica y política y a devolver a los obreros alemanes al nivel de vida de sus padres, de sus abuelos e incluso de sus tatarabuelos. No hay cuadro histórico más trágico y al mismo tiempo miss repelente que la podredumbre perniciosa del reformismo en medio de los residuos de todas sus conquistas y todas sus esperanzas. El teatro anda en busca del modernismo. Que ponga en escena más a menudo Los Tejedores de Hauptmann, la más actual de todas las obras. Pero que el director del teatro no olvide reservar las primeras filas a los jefes de la socialdemocracia.

Por lo demás, no tienen nada que hacer con el espectáculo: han llegado al limite extremo de sus facultades de adaptación. Hay un umbral por debajo del cual la clase obrera alemana no puede descender por mucho tiempo. No obstante, el régimen burgués que lucha por su existencia no quiere reconocer este umbral. Los decretos de excepción de Brüning no son más que un principio, para tantear el terreno. El régimen de Bruning se mantiene gracias al apoyo cobarde y pérfido de la burocracia socialdemócrata, la cual, a su vez, se apoya sobre la confianza mitigada y llevada con desagrado de una parte del proletariado. El sistema de los decretos burocráticos es inestable, incierto y poco viable. El capital necesita una política distinta y más decisiva. El apoyo de la socialdemocracia, que no puede olvidar a sus propios obreros, no solo es insuficiente para que pueda alcanzar sus objetivos, sino que empieza ya incluso a molestarle. El periodo de las medidas a medias ya ha pasado. Para intentar encontrar una salida, la burguesía debe librarse definitivamente de la presión de las organizaciones obreras, debe barrerlas, aniquilarlas, dispersarlas.

Aquí comienza la misión histórica del fascismo. Vuelve a meter en cintura a las clases que se encuentran inmediatamente por encima del proletariado y que temen ser precipitadas a sus filas, las militariza gracias a los medios del capital financiero, bajo la cobertura del Estado oficial, y las envía a aplastar las organizaciones proletarias, desde las más revolucionarias hasta las más moderadas.

El fascismo no es solamente un sistema de represión, violencia y terror policiaco. El fascismo es un sistema particular de Estado basado en la extirpación de todos los elementos de la democracia proletaria en sociedad burguesa. La tarea del fascismo no es solamente destruir a la vanguardia comunista, sino también mantener a toda la clase en una situación de atomización forzada. Para esto no basta con exterminar físicamente a la capa más revolucionaria de los obreros. Hay que aplastar todas las organizaciones libres e independientes, destruir todas las bases de apoyo del proletariado y aniquilar los resultados de tres cuartos de siglo de trabajo de la socialdemocracia y los sindicatos. Porque es sobre este trabajo sobre lo que, en última instancia, se apoya el partido comunista. La socialdemocracia ha preparado todas las condiciones para la victoria del fascismo. Pero, por eso mismo, ha preparado las condiciones de propia liquidación política. Es totalmente correcto achacar a la socialdemocracia la responsabilidad de la legislación de excepción de Bruning, como de la amenaza de la barbarie fascista. Pero es absurdo identificar socialdemocracia con el fascismo.

Con su política durante la revolución de 1848, la burguesía preparó el triunfo de la contrarrevolución, que inmediatamente después redujo al liberalismo a la impotencia. Marx y Engels fustigaron a la burguesía liberal alemana tan violentamente como Lassalle, y de manera más profunda que éste. Pero en la medida en que los lassalleanos metían en el mismo saco reaccionario a la contrarrevolución feudal y a la burguesía liberal, Marx y Engels se indignaban con razón por este ultraizquierdismo erróneo. La posición errónea de los lassalleanos les convirtió, en ciertas ocasiones, en cómplices de la monarquía a pesar del carácter globalmente progresista de su trabajo, infinitamente más importante que el trabajo de los liberales.

La teoría del “socialfascismo" reproduce el error fundamental de los lassalleanos sobre bases históricas nuevas. Al colgar a los nacionalsocialistas y a los socialdemócratas la misma etiqueta fascista, la burocracia estalinista se ha embarcado en acciones como el apoyo al referéndum de Hitler: eso no es mejor que las combinaciones dc los lassalleanos con Bismarck. En su lucha contra la socialdemocracia, los comunistas alemanes deben apoyarse en la etapa actual sobre dos posiciones distintas: a) la responsabilidad política de la socialdemocracia en lo que concierne a la potencia del fascismo; b) la incompatibilidad absoluta que existe entre el fascismo y las organizaciones obreras sobre las que se apoya la socialdemocracia.

Las contradicciones del capitalismo alemán han alcanzado hoy tal tensión que es inevitable una explosión. La capacidad de adaptación de la socialdemocracia ha alcanzado el techo que precede a la autoliquidación. Los errores de la burocracia estalinista han alcanzado los limites de la catástrofe. Esos son los tres términos de la ecuación que caracteriza la situación en Alemania Todo se mantiene sobre el filo de una navaja de afeitar.

Cuando se sigue la situación alemana en los periódicos que llegan con un retraso de casi una semana, cuando un manuscrito necesita una semana más para franquear la distancia que separa Constantinopla de Berlín, cuando son necesarias todavía más semanas para que un folleto llegue a manos del lector, uno se dice involuntariamente: ¿no será demasiado tarde? Y se responde cada vez: no, los ejércitos que participan en este combate son demasiado gigantescos para que haya que temer una decisión simultánea y fulminante. Las fuerzas dcl proletariado alemán no están agotadas. Ni siquiera se han puesto todavía en marcha. La lógica de los hechos hablará cada día de forma más imperativa. Eso justifica la tentativa del autor de hacer de su voz, incluso con un retraso de varias semanas, lo que es decir de todo un periodo histórico.

La burocracia estalinista ha decidido que desempeñaría mejor su trabajo si encerraba al autor de estas lineas en Prinkipo. Ha conseguido del socialdemócrata Hermann Muller que niegue su visado a... un “menchevique”: el frente único fue realizado en esta ocasión sin vacilaciones ni dilaciones. Hoy, los estalinistas declaran en la prensa oficial soviética que yo “defiendo” al gobierno de Bruning en colaboración con la socialdemocracia, que se agita para que no me concedan el derecho a entrar en Alemania. Mejor que indignarse de esta bajeza es reírse de esta estupidez. Pero no nos riamos demasiado tiempo, porque tenemos poco.

No hay duda alguna de que la evolución de la situación demostrará la corrección de lo que afirmamos. Pero, ¿por qué vía administrará la historia esta prueba: por la del fracaso de la fracción estalinista o por la de la victoria de la política marxista? Todo el problema está ahí. Se trata del destino del pueblo alemán, y no solamente de él.

Los problemas que se examinan en este folleto no vienen de ayer. Hace ya nueve años que la dirección de la Internacional Comunista se ocupa de revisar los valores y se esfuerza en desorganizar la vanguardia Internacional del proletariado, por medio de convulsiones tácticas cuya suma es lo que se llama la “línea general”. La Oposición de Izquierda rusa (los bolcheviques-leninistas) se ha formado sobre la base no solamente de los problemas rusos, sino también de los problemas internacionales. Y los problemas del desarrollo revolucionario de Alemania no están en el último lugar de sus preocupaciones. Los desacuerdos serios sobre esta cuestión aparecieron ya en 1923. El autor de estas páginas se ha expresado en varias ocasiones sobre las cuestiones en debate. Una parte importante de sus obras criticas está incluso editada en alemán. El presente folleto Se sitúa en la línea de trabajo teórico y político de la Oposición de Izquierda. Muchas de las cosas que aquí no son mencionadas más que de pasada han sido en su momento objeto de un estudio detallado. Debo remitir al lector, en particular, a mis libros La Internacional Comunista después de Lenin, La revolución permanente , etc. Ahora que los desacuerdos se presentan ante todo el mundo bajo el aspecto de un gran problema histórico, se puede apreciar mejor y más profundamente su origen. Para un revolucionario serio, para un marxista auténtico, esto es absolutamente necesario. Los eclécticos viven de pensamientos episódicos, de improvisaciones que surgen bajo la presión de los acontecimientos. Los cuadros marxistas, capaces de dirigir la revolución proletaria, se educan mediante un estudio profundo, permanente y continuado de las tareas y las divergencias.

 

1. La socialdemocracia

El “Frente de Hierro” es esencialmente un bloque que han constituido las organizaciones sindicales socialdemócratas, potentes por sus efectivos, con los grupos impotentes de los “republicanos” burgueses, que han perdido todo apoyo en el pueblo y toda seguridad. Si los cadáveres no sirven de nada para la lucha, son bastante buenos para impedir a los vivos combatir. Los jefes socialdemócratas utilizan a sus aliados burgueses para frenar a las organizaciones obreras. La lucha, la lucha... pero eso es tan solo charlatanería. Con la ayuda de Dios, todo acabará por ponerse en su lugar sin efusión de sangre. ¿Se decidirán verdaderamente los fascistas a pasar de las palabras a los hechos? En lo que se refiere a los socialdemócratas, no se han decidido jamás, y, sin embargo, no son peores que los otros.

En caso de peligro real, la socialdemocracia no pone sus esperanzas en el "Frente de Hierro", sino en la policía prusiana. ¡Mal cálculo! El hecho de que los policías hayan sido elegidos en una parte importante entre los obreros socialdemócratas no quiere decirlo todo. Aquí, una vez más, es la existencia la que determina la conciencia. El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero. En el curso de los últimos años, estos policías han debido enfrentarse mucho más a menudo a los obreros revolucionarios que a los estudiantes nacionalsocialistas. Por semejante escuela no se pasa sin quedar marcado. Y lo esencial es que todo policía sabe que los gobiernos pasan, pero la policía continúa.

Un artículo del número de Año Nuevo del Órgano de discusión de la socialdemocracia, Das Freie Wort (¡qué periódico tan despreciable!) Explica el sentido profundo de la política de “tolerancia”. Frente a la policía y a la Reichswehr, no parece que Hitler pueda llegar nunca al poder. En efecto, la Reichswehr, según la Constitución, depende del presidente de la república. Como consecuencia, el fascismo no es peligroso mientras haya a la cabeza del Estado un presidente fiel a la Constitución. Hay que apoyar al gobierno Bruning hasta las elecciones presidenciales para elegir, aliándose con la burguesía parlamentaria, un presidente constitucional y cerrar así por siete años el camino del poder a Hitler. Reproducimos con mucha exactitud eli contenido del artículo [2]. Un partido de masas que arrastra tras de si a millones de personas (¡hacia el socialismo!) cree que el problema de saber quién ocupará el poder en la Alemania de hoy, conmovida de un extremo a otro, no depende de la combatividad del proletariado alemán, ni de las columnas de asalto del fascismo, ni siquiera de la composición de la Reichswehr, sino del hecho de que el puro espíritu de la Constitución de Weimar (con la indispensable cantidad de alcanfor y naftalina) sea o no instalado en el palacio presidencial. ¿Y qué pasará si, en determinada situación, el espíritu de Weimar admite, en colaboración de Bethmann-Hollweg, que “la necesidad hace la ley”? ¿Y qué pasará si el frágil envoltorio del espíritu de Weimar, a pesar del alcanfor y la naftalina, se desgarra en el momento menos propicio? ¿Y qué pasará si...? pero son infinitas las preguntas de este tipo.

Los políticos del reformismo, esos negociantes hábiles, esos viejos expertos en la intriga y el carrerismo, esos hombres experimentados en las combinaciones parlamentarias y ministeriales, se revelan —no puedo encontrar una expresión más suave— como perfectos imbéciles desde el momento en que la marcha de los acontecimientos les proyecta fuera de su esfera habitual y los confronta a hechos importantes.

Colocar sus esperanzas en un presidente es también colocar sus esperanzas en el “Estado”. De cara al próximo enfrentamiento entre el proletariado y la pequeña burguesía fascista —los dos campos que constituyen la inmensa mayoría de la nación alemana—, los marxistas de Vorwärts piden la ayuda del sereno. ¡Estado, intervén! (Staat, grief zu!). Esto significa: “Bruning, no nos obligues a defendernos con la fuerza de las organizaciones obreras, porque eso pondrá en movimiento a todo el proletariado, y entonces el movimiento desbordará a las cabezas calvas del gobierno: empezará por ser un movimiento antifascista y terminará siendo un movimiento comunista.”

A esto, Brüning, si no prefiriera callarse, podría responder: “Yo no podria cortar el paso al fascismo con las fuerzas de la policía, aunque quisiera; pero no querría, aunque pudiera. Poner en movimiento a la Reichswehr contra los fascistas significarla partirla en dos, si no ponerla en movimiento contra él en su totalidad; y, lo que es todavía más importante: emplear el aparato burocrático contra los fascistas significaría dejar las manos libres a los obreros, darles una libertad de acción total: las consecuencias serían las mismas que vosotros, los socialdemócratas, teméis, y que yo, por esta razón, temo doblemente.”

Los llamamientos de la socialdemocracia producirán en el aparato del Estado, en los jueces, en la Reichswehr, en la policía, el efecto contrario del esperado. El funcionario más “ideal”, el más “neutral”, el menos ligado a los nacionalsocialistas, se hace el razonamiento siguiente: “Los socialdemócratas tienen a millones de obreros tras de ellos; tienen en sus manos medios inmensos: la prensa, el parlamento, los municipios; se trata de su propio pellejo, tienen asegurado el apoyo de los comunistas en la lucha contra los fascistas; y, a pesar de eso, estos señores omnipotentes se dirigen a mí, un simple funcionario, para que les salve de los ataques de un partido que cuenta con varios millones de miembros, y cuyos dirigentes pueden ser mañana mis jefes. Muy mal, y sin ninguna perspectiva, deben irles las cosas a los señores socialdemócratas... Para mí, como funcionario, ha llegado el momento de pensar en mi propia piel”. El resultado es que el funcionario "ideal", “neutral”, que vacilaba hasta ayer, tomará forzosamente medidas de precaución, es decir, se ligará a los nacionalsocialistas para asegurar su porvenir. Así es como los reformistas, que se sobreviven a sí mismos, trabajan para los fascistas debido a su línea burocrática.

Parásito de la burguesía, la socialdemocracia está condenada a un miserable parasitismo ideológico. Tan pronto retoma las ideas de los economistas burgueses como se esfuerza por utilizar las migajas del marxismo. Habiendo retomado de mi folleto algunas consideraciones contra la participación del partido comunista en el referéndum de Hitler, Hilferding concluye: “A decir verdad, no hay nada que añadir a estas líneas para explicar la táctica de la socialdemocracia con respecto al gobierno Brüning”. Y Remmele y Thalheimer declaran: “Miren, Hilferding se apoya en Trotsky.” Y un libelo fascista añade: “La recompensa de Trotsky por este asunto es la promesa de un visado.” Entra en escena un periodista estalinista que telegrafía a Moscú la declaración de la prensa fascista. La redacción de Izvestia, en la que se encuentra el miserable Radek, imprime el telegrama. Esta cadena merece ser destacada antes de pasar a otras cosas.

Volvamos sobre problemas más serios. Hitler puede darse el lujo de una lucha contra Bruning, únicamente porque el régimen burgués, en su totalidad, se apoya sobre las espaldas de la mitad de la clase obrera, que está dirigida por Hilferding y Cia. Si la socialdemocracia no hubiese practicado una política de traición de clase, Hitler, sin hablar del hecho de que no habría adquirido jamás la fuerza que hoy tiene, se habría agarrado al régimen de Brüning como a una boya de salvamento. Si los comunistas hubiesen derrocado a Bruning junto con la socialdemocracia, esto habría sido un hecho de una importancia política enorme. Sus consecuencias, en todo caso, habrían superado a los dirigentes socialdemócratas. Hilferding intenta encontrar una justificación de su traición en nuestra critica, en donde exigíamos a los comunistas que considerasen la traición de Hilferding como un hecho.

Aunque Hilferding no tenga “nada que añadir” a las palabras de Trotsky, añade al menos algo: las relaciones de fuerzas, dice, son tales que, incluso en el caso de que tuvieran lugar acciones comunes de los obreros comunistas y socialdemócratas, serla imposible “aunque se intensificase la lucha, derrocar al enemigo y apoderarse del poder”. El centro de gravedad del problema está en esta afirmación hecha de paso, sin ninguna prueba que la apoye. Según Hilferding, en la Alemania contemporánea, en la que el proletariado constituye la mayoría de la población y la fuerza productiva decisiva de la sociedad, ¡la lucha en común de la socialdemocracia y el partido comunista no podría dar el poder al proletariado! Pero, entonces ¿cuándo podría pasar el poder a manos del proletariado? Antes de la guerra existía la perspectiva del crecimiento automático del capitalismo, dcl crecimiento del proletariado y dcl crecimiento paralelo de la socialdemocracia. La guerra ha puesto fin a este proceso y, a partir de ese momento, no hay fuerza en el mundo capaz de restablecerlo. La podredumbre del capitalismo implica que el problema del poder debe ser resuelto sobre la base de las fuerzas productivas actuales. Al prolongar la agonía del régimen capitalista, la socialdemocracia conduce todavía a la mayor decadencia posterior de la economía, a la desintegración del proletariado, a la gangrena social. No tiene otras perspectivas, y mañana será peor que hoy, y pasado mañana peor que mañana. Pero los dirigentes de la socialdemocracia ya no se atreven a mirar el porvenir cara a cara. Poseen todas las taras de una clase dirigente condenada a desaparecer: insolencia, parálisis de la voluntad, tendencia a dar la espalda a los acontecimientos y a esperar milagros. Si se piensa, las investigaciones económicas de Tarnow tienen la misma función que las revelaciones consoladoras de Rasputín...

Los socialdemócratas, aliados con los comunistas, no podrían adueñarse del poder. Aquí se ve bien al pequeño burgués cultivado (gebildet), infinitamente cobarde y orgulloso, lleno de la cabeza a los pies de desconfianza hacia las masas.

La socialdemocracia y eli partido comunista reúnen entre los dos alrededor del 40 % de los votos, sin tener en cuenta el hecho de que las -traiciones de la socialdemocracia y los errores del partido comunista rechazan a millones de obreros al campo de la indiferencia o incluso al del nacionalsocialismo. El mero hecho de que estos dos partidos llevasen a cabo acciones comunes haría aumentar considerablemente la fuerza política del proletariado, ofreciendo así nuevas perspectivas a las masas. Pero partamos del 40 %. Puede ser que Bruning o Hitler tengan más. Pero solo estos tres grupos: el proletariado, el Partido de Centro o los fascistas, pueden dirigir Alemania. La pequeña burguesía cultivada está penetrada hasta la médula de los huesos por esta verdad: eli representante del capital no necesita más que el 2 % de los votos para gobernar, porque la burguesía posee los bancos, los trusts, los cartels, los ferrocarriles. Es cierto que nuestro pequeño burgués estaba dispuesto hace doce años a “socializar” todo eso. ¡Todo puede ocurrir! Un programa de socialización —sí, expropiación de los expropiadores— no, porque eso es ya el bolchevismo.

Hasta aquí hemos analizado la correlación de fuerzas haciendo un corte a nivel parlamentario. Pero ese es Un espejo deformante. La representación parlamentaria de una clase oprimida está considerablemente por debajo de su fuerza real, e inversamente, la representación de la burguesía, incluso un día antes de su calda, será siempre la mascarada de su fuerza imaginaria. Solo la lucha revolucionaria deja al desnudo la verdadera correlación de fuerzas, barriendo todo lo que pueda ocultarla. En la lucha directa e inmediata por el poder, el proletariado desarrolla una fuerza infinitamente superior a su expresión en el parlamento, siempre a condición de que no le paralicen un sabotaje interno, el austromarxismo u otras formas de traición. Recordemos una vez más la lección incomparable de la historia. Cuando los bolcheviques se habían apropiado, y solidamente, del poder, no disponían más que de un tercio de los votos en la Asamblea Constituyente, lo que, junto con los socialistas revolucionarios de izquierda, sumaba menos del 40 %. Y a pesar de la espantosa destrucción económica, de la guerra, de la traición de la socialdemocracia europea y sobre todo de la socialdemocracia alemana, a pesar de la reacción de laxitud que había seguido a la guerra, a pesar del desarrollo de un estado de ánimo thermidoriano, el primer Estado obrero se mantiene desde hace catorce años. ¿Qué podemos decir, entonces, de Alemania? Cuando el obrero socialdemócrata se subleve junto al obrero comunista para tomar el poder, la tarea estará resuelta en su nueve décimas partes.

Sin embargo, declara Hilferding, si la socialdemocracia hubiese votado contra el gobierno Brüning y lo hubiera derrocado dc este modo, eso habría tenido como consecuencia la llegada de los fascistas al poder. Ciertamente, a nivel parlamentario el problema se presenta de esta forma; pero el nivel parlamentario no nos interesa aquí. La socialdemocracia solo podía negar su apoyo a Brüning si se embarcaba en la vía de la lucha revolucionaria. O el apoyo a Brüning o la lucha por la dictadura del proletariado. No existe una tercera solución. El voto de la socialdemocracia contra Bruning habría modificado inmediatamente la correlación de fuerzas, no solo sobre el tablero de ajedrez parlamentario, donde los peones se habrían visto de nuevo bajo la mesa, sino en la arena de la lucha de clases revolucionaria. Con un giro semejante, las fuerzas de la clase obrera se habrían visto multiplicadas no por dos, sino por diez, porque el factor moral no ocupa el último lugar en la lucha de clases, y menos en los momentos de los grandes giros históricos. (una corriente moral de alta tensión habría atravesado a todos los estratos del pueblo. El proletariado se habría dicho a si mismo, con seguridad, que era el único capaz de dar una nueva orientación, superior, a la vida de esta gran nación. La desagregación y la descomposición del ejército de Hitler habían comenzado antes incluso de los combates decisivos. Efectivamente, no se habrían podido evitar los enfrentamientos; pero la firme voluntad de ganar y una dura ofensiva habrían hecho la victoria infinitamente más fácil de lo que pueda imaginársela hoy el revolucionario más optimista.

Para eso falta solo una cosa: el paso de la socialdemocracia a la vía de la revolución. Después de la experiencia de los años 1914-1932, sería una ilusión ridícula esperar un giro voluntario por parte de los dirigentes. En lo que concierne a la mayoría de los obreros socialdemócratas, esto es ya otro asunto: pueden dar el giro y lo harán; solo hace falta ayudarles. Pero será un giro no solamente contra el Estado burgués, sino también contra las esferas dirigentes de su propio partido.

Y al llegar ahí, nuestro austromarxista, el que no tiene “nada que añadir” a nuestras palabras, intentará una vez más oponernos citas sacadas de nuestros propios trabajos: ¿No hemos escrito, en efecto, que la política de la burocracia estalinista se presentaba como una serie de errores, no hemos fustigado la participación dci partido comunista en el referéndum de Hitler? Lo hemos escrito y la hemos fustigado. Pero nosotros luchamos contra la dirección de la Internacional Comunista precisamente porque es incapaz de hacer estallar la socialdemocracia, de arrancar a las masas a su influencia y de liberar la locomotora de la historia de su freno oxidado. Con sus actuaciones, con sus errores, la burocracia estalinista permite a la socialdemocracia mantenerse y caer cada vez de nuevo sobre los pies.

El partido comunista es un partido proletario, antiburgués, aunque esté dirigido de forma errónea. La socialdemocracia, a pesar de su composición obrera, es un partido enteramente burgués, dirigido en condiciones “normales” de forma muy hábil desde el punto de vista de los objetivos de la burguesía; pero este partido no sirve de nada en condiciones de crisis social. Los dirigentes socialdemócratas se yen completamente forzados, incluso contra su voluntad, a admitir el carácter burgués de su partido. A propósito de la crisis y del paro, Tarnow repite las frases usadas sobre la “vergüenza de la civilización capitalista”, de la misma manera que un pastor protestante habla del pecado de la riqueza. Tarnow habla del socialismo como hablan los curas de la recompensa del más allá; pero se expresa de forma totalmente diferente sobre los problemas concretos: “Si el 13 de septiembre no se hubiese dibujado ese espectro (el del paro) detrás de las urnas, este día habría tenido en la historia de Alemania una fisonomía totalmente distinta” (informe al congreso de Leipzig). La socialdemocracia ha perdido electores y votos porque el capitalismo ha revelado en la crisis cuál es su verdadero rostro. La crisis no ha reforzado al partido del “socialismo”, sino que, por el contrario, lo ha debilitado, de la misma forma que ha reducido la circulación de mercancías, el dinero de las cajas de los bancos, la suficiencia de Hoover y Ford, la renta del príncipe de Mónaco, etc. Las valoraciones más optimistas de la coyuntura hay que buscarlas ahora no ya en la prensa burguesa, sino en la prensa socialdemócrata. ¿Puede haber una demostración más indiscutible del carácter burgués de este partido? Si la enfermedad del capitalismo implica la enfermedad de la socialdemocracia, la muerte próxima del capitalismo no puede dejar de significar la muerte próxima de la socialdemocracia. Un partido que se apoya en los obreros pero que está al servicio de la burguesía no puede, en un periodo de extrema exacerbación de la lucha de clases, dejar de emanar cierto olor a sarcófago.

 

2. Democracia y fascismo

El XI pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista ha admitido la necesidad de terminar con las visiones erróneas que se basan en la “construcción liberal de la contradicción entre el fascismo y la democracia burguesa, entre las formas parlamentarias de la dictadura de la burguesía y sus formas abiertamente fascistas...”. El fondo de esta filosofía estalinista es muy simple: partiendo de la negación marxista de la existencia de una contradicción absoluta, saca corno consecuencia una negación de la contradicción en general, incluso en términos relativos. Es ci error típico del izquierdismo vulgar. Porque si no existe ninguna contradicción entre la democracia y el fascismo, ni siquiera al nivel de las formas que toma la dominación de la burguesía, estos dos regímenes deberán simplemente coincidir. De ahí la conclusión socialdemocracia = fascismo. Pero, ¿por qué se llama entonces a la socialdemocracia socialfascismo? Hasta el momento no hemos recibido ninguna explicación de lo que significa en esta relación el término “social”.[3]

No obstante, las decisiones de los plenos del comité ejecutivo de la Internacional Comunista no modifican en nada las cosas. Existe una contradicción entre el fascismo y la democracia. No es absoluta, o, para utilizar el lenguaje del marxismo, no expresa la dominación de dos clases irreductibles. Pero designa dos sistemas de dominación de una única y misma clase. Estos dos sistemas, parlamentario democrático y fascista, se apoyan sobre diferentes combinaciones de las clases oprimidas y explotadas y entran inevitablemente en conflicto agudo el uno con el otro.

La socialdemocracia, el principal representante hoy del régimen parlamentario burgués, se basa en los obreros. El fascismo se basa en la pequeña burguesía. La socialdemocracia no puede tener influencia sin las organizaciones obreras de masas. El fascismo no puede instaurar su poder sino una vez destruidas las organizaciones obreras. El parlamento es la arena principal de la socialdemocracia. El sistema fascista se basa en la destrucción del parlamentarismo. Para la burguesía monopolista, los regímenes parlamentario y fascista no son más que instrumentos diferentes de su dominación: recurre a uno o a otro según las condiciones históricas. Pero tanto para la socialdemocracia como para el fascismo, la elección de un instrumento u otro tiene una significación independiente, más aún, es para ellos una cuestión de vida o muerte política.

El régimen fascista ve llegar su turno porque los medios “normales”, militares y policiales de la dictadura burguesa, con su cobertura parlamentaria, no son suficientes para mantener a la sociedad en equilibrio. A través de los agentes del fascismo, el capital pone en movimiento a las masas de la pequeña burguesía irritada, a las bandas del lumpenproletariado desclasadas y desmoralizadas, a todos esos innumerables seres humanos a los que el mismo capital financiero ha empujado a la rabia y la desesperación. La burguesía exige del fascismo un trabajo completo: puesto que ha aceptado los métodos de la guerra civil, quiere lograr la calma para varios años. Y los agentes del fascismo, utilizando a la pequeña burguesía como ariete y destruyendo todos los obstáculos a su paso, desempeñarán bien su trabajo. La victoria del fascismo conduce a que el capital financiero coja directamente en sus tenazas de acero todos los órganos e instrumentos de dominación, de dirección y de educación: el aparato del Estado con el ejército, los municipios, las universidades, las escuelas, la prensa, las organizaciones sindicales, las cooperativas. La fascistización del Estado no implica solamente la "mussolinización" de las formas y los métodos de gobierno —en este terreno, los cambios juegan a fin de cuentas un papel secundario— sino, antes que nada y sobre cualquier otra cosa, el aplastamiento de las organizaciones obreras: hay que reducir al proletariado a un estado de apatía completa y crear una red de instituciones que penetren profundamente en las masas, para obstaculizar toda cristalización independiente del proletariado. Es precisamente aquí donde reside la esencia del régimen fascista.

Lo que acabamos de decir no contradice en nada el hecho de que pueda existir durante un periodo de transición determinado un régimen de transición entre el sistema democrático y el sistema fascista, combinando los rasgos de uno y otro: esa es la ley general de la sustitución de un sistema por otro, aunque sean irreductiblemente hostiles entre si. Y hay momentos en los que la burguesía se apoya sobre la socialdemocracia y sobre el fascismo, es decir, en los que utiliza simultáneamente a sus agentes conciliadores y a sus agentes terroristas. Esto era, en cierto sentido, ci gobierno de Kerensky durante los últimos meses de su existencia: se apoyaba a medias en los soviets y al mismo tiempo conspiraba con Kornilov. Eso es el gobierno de Bruning, que baila sobre la cuerda floja entre dos campos irreconciliables, con la pértiga de los decretos de excepción en las manos. Pero semejante situación del Estado y del gobierno no puede tener más que un carácter temporal. Es característica del periodo de transición: la socialdemocracia está a punto de ver expirar su misión cuando ni el comunismo ni el fascismo estén todavía listos para apoderarse del poder.

Los comunistas italianos, que se han enfrentado desde hace mucho tiempo al problema del fascismo, han protestado más de una vez contra la utilización muy extendida y errónea de este concepto. En la época del VI congreso de la Internacional Comunista, Ercoli [4] desarrollaba todavía posiciones sobre el problema del fascismo que son consideradas ahora como “trotskistas”. Definiendo al fascismo como el sistema más consecuente y el más acabado de la reacción, Ercoli explicaba: “Esta afirmación no se basa ni sobre los actos terroristas y crueles, ni sobre el gran número de obreros y campesinos asesinados, ni sobre la ferocidad de los diferentes tipos de tortura ampliamente empleados, ni sobre la severidad de las condenas; está motivada por la destrucción sistemática de todas las formas de organización autónoma de las masas.”. En esto, Ercoli tiene totalmente razón: la esencia y el papel del fascismo consisten en liquidar completamente todas las organizaciones obreras e impedir todo renacimiento de las mismas. En la sociedad capitalista desarrollada, este objetivo no puede ser alcanzado por los simples medios policiales. La única vía para conseguirlo consiste en oponer a la presión del proletariado —cuando ésta se relaja— la presión de las masas pequeñoburguesas abocadas a la desesperación. Es precisamente este sistema particular de la reacción capitalista el que ha entrado en la historia con el nombre de fascismo.

“El problema de las relaciones existentes entre el fascismo y la socialdemocracia —escriba Ercoli— procede precisamente de este aspecto (es decir, de la oposición irreductible entre el fascismo y las organizaciones obreras). Desde este punto de vista, el fascismo se distingue claramente de todos los otros regímenes reaccionarios que han sido instaurados hasta el presente en el mundo capitalista contemporáneo. Rechaza todo compromiso con la socialdemocracia, la persigue ferozmente, la ha privado de toda posibilidad de existencia legal, la ha obligado a emigrar.”

¡He aquí lo que declaraba este articulo, impreso en el Órgano dirigente de la Internacional Comunista! A continuación, Manuilsky inspiró a Molotov la genial idea del “tercer periodo”. Francia, Alemania y Polonia fueron colocadas “en primera línea de la ofensiva revolucionaria”. La conquista del poder fue proclamada como tarea inmediata. Y como frente a la insurrección proletaria todos los partidos, con la excepción del partido comunista, eran partidos contrarrevolucionarios, no fue necesario operar ninguna distinción entre el fascismo y la socialdemocracia. La teoría del socialfascismo fue ratificada. Los burócratas de la Internacional Comunista cambiaron de hombro su fusil. Ercoli se apresuró a demostrar que, si la verdad le era cara, Molotov lo era todavía mucho más... y escribió un informe defendiendo la teoría del socialfascismo. “La socialdemocracia italiana —declaraba en febrero de 1930— se fascistiza con una extrema facilidad.” Realmente, los funcionarios del comunismo oficial se servilizan con una facilidad aún mayor.

Nuestra critica de la teoría y la práctica dcl “tercer periodo” fue declarada, tal como era de esperar, contrarrevolucionaria. La cruel experiencia, que costó tan cara a la vanguardia proletaria, hizo igualmente necesario un giro en este aspecto. El “tercer periodo”, lo mismo que Molotov, fue licenciado de la Internacional Comunista. Pero la teoría del socialfascismo se quedó detrás como único fruto maduro del tercer periodo; sólo Molotov estaba vinculado al tercer periodo; pero el propio Stalin se ha enquistado personalmente en la teoría del socialfascismo.

Die Rote Fahne comienza sus estudios sobre el socialfascismo con estas palabras de Stalin: “El fascismo es la organización de combate de la burguesía, que se basa en el apoyo activo de la socialdemocracia. La socialdemocracia es objetivamente el ala moderada del fascismo.” Como suele ocurrirle generalmente a Stalin cuando hace esfuerzos por generalizar, la primera frase contradice a la segunda y la segunda no se desprende de la primera. Que la burguesía se apoya sobre la socialdemocracia y que el fascismo es la organización de combate de la burguesía, es algo indiscutible y ha sido dicho hace ya mucho tiempo. Pero de eso se deduce simplemente que tanto la socialdemocracia como el fascismo son los instrumentos de la gran burguesía. Sin embargo, es imposible comprender por qué, para colmo, la socialdemocracia resulta ser “el ala” del fascismo. Una segunda definición perteneciente al mismo autor no es mucho más profunda: la socialdemocracia y el fascismo no son adversarios sino, por el contrario, gemelos... Los gemelos pueden ser crueles adversarios; además, no es necesario en absoluto que los aliados nazcan ci mismo día y de la misma madre. En la construcción de Stalin no solamente se echa de menos la lógica formal, sino también la dialéctica. La fuerza de esta formula radica en ci hecho de que nadie se atreve a criticarla.

Entre la democracia y el fascismo no hay diferencias desde el punto de vista del “contenido de clase”, es lo que nos enseña, siguiendo a Stalin, Werner Hirsch (Die Internationale, enero de 1932). El paso de democracia al fascismo puede tomar el carácter de un "proceso orgánico": es decir, producirse “progresivamente y en frío”. Este razonamiento podría resultar sorprendente si los epígonos no nos hubiesen enseñado a no asombrarnos ya de nada.

Entre la democracia y el fascismo no hay “diferencias de clase”. Eso debe significar, evidentemente, que tanto la democracia como el fascismo tienen un carácter burgués. Nosotros no habíamos esperado has enero de 1932 para adivinarlo. Pero la clase dominante no vive en un recipiente cerrado. Mantiene unas relaciones determinadas con las demás clases. En el régimen “democrático” de la sociedad capitalista desarrollada, la burguesía se apoya en primer lugar sobre la clase obrera domesticada por los reformistas. En Inglaterra es donde este sistema encuentra su expresión más acabada, tanto bajo los gobiernos laboristas como bajo los gobiernos conservadores. En el régimen fascista, al menos en un primer estadio, el capital se apoya en la pequeña burguesía para destruir las organizaciones del proletariado. ¡Italia, por ejemplo! ¿Existe dif rencia en el “contenido de clase” de los dos regímenes? Si se plantea la pregunta a propósito solamente de la clase dominante, no existe diferencia. Pero si se toma la situación y las relaciones recíprocas entre todas las clases desde el punto de vista del proletariado, la diferencia es muy grande.

A lo largo de varias decenas de años, los obreros han construido ( en el interior de la democracia burguesa, utilizándolo todo en la lucha contra ella, sus bastiones, sus bases, sus focos de democracia proletaria: los sindicatos, los partidos, los clubs de formación, las organizaciones deportivas, las cooperativas, etc. El proletariado puede llegar al poder no en el marco formal de la democracia burguesa, sino por la vía revolucionaria: esto está demostrado tanto por la teoría como por la experiencia Pero es precisamente por esta vía revolucionaria que el proletariado tiene necesidad de bases de apoyo de democracia proletaria en el interior del Estado burgués. El trabajo de la II Internacional se ha reducido a creación de esas bases de apoyo, en la época en que desempeñaba todavía un papel progresista.

El fascismo tiene como función principal y única la de destruir todos los bastiones de la democracia proletaria hasta sus mismos cimientos. ¿Tiene o no eso una “significación de clase” para el proletariado? Que se inclinen sobre este problema los grandes teóricos. Tras haber calificado al régimen de burgués —lo que es indiscutible—, Hirsch, al igual que sus maestros, olvida un detalle: el lugar del proletariado en ese régimen. Sustituyen el proceso histórico por una abstracción sociológica estéril. Pero la lucha de clases se desarrolla en el terreno de la historia y no en la estratosfera de la sociología. El punto de partida de la lucha contra el fascismo no es la abstracción del Estado democrático, sino organizaciones vivas del proletariado, en las que está concentrada toda su experiencia y que preparan el porvenir.

El hecho de que el paso de la democracia al fascismo pueda tener un carácter “orgánico” o “progresivo” no puede significar otra cosa sino que resulta posible arrancar al proletariado, sin sacudidas ni lucha, no solamente sus conquistas materiales —Un cierto nivel de vida, una legislación social, los derechos civiles y políticos—, sino también el instrumento fundamental de sus conquistas, es decir, sus organizaciones. Deesta forma, este paso “en frío” al fascismo presupone la más espantosa capitulación política del proletariado que se pueda llegar a imaginar.

Los razonamientos teóricos de Werner Hirsch no se deben al azar: desarrollando las proclamaciones de Stalin, son al mismo tiempo la generalización de toda la agitación actual del partido comunista. Sus esfuerzos principales se dirigen a demostrar que no hay diferencia entre el régimen de Hitler y el de Brüning. Thaelmann y Remmeie ven ahí actualmente la quintaesencia de la política bolchevique.

El asunto no se limita a Alemania. La idea de que la victoria de los fascistas no aportará nada nuevo es propagada con celo en todas las secciones de la Internacional Comunista. En el número de enero de la revista francesa Les cahiers du bolchevisme, leemos: “Los trotskistas, que actúan en la práctica como Breitscheid, aceptan la célebre teoría socialdemócrata del mal menor, según la cual Bruning no es tan malo como Hitler, según la cual es menos desagradable morir de hambre bajo Bruning que bajo Hitler, e infinitamente preferible ser fusilado por Groener que por Frick.” Esta cita no es la más estúpida, aunque, si hemos de hacerle justicia, es bastante estúpida. A pesar de ello expresa, ¡ay! la esencia misma de la filosofía política de los dirigentes de la Internacional Comunista.

El hecho es que los estalinistas comparan dos regímenes desde el punto de vista de la democracia vulgar. De hecho, si se aplica al régimen de Brüning el criterio “democrático” formal, la conclusión que se saca es indiscutible: no quedan más que los huesos y la piel de la altiva Constitución de Weimar. Pero, para nosotros, ci problema no se resuelve con simplemente eso. Hay que considerar la cuestión desde el punto de vista de la democracia proletaria. Es el único criterio seguro cuando se trata de saber dónde y cuándo el régimen fascista remplaza a la reacción policial "normal" del capitalismo en putrefacción.

¿Es Bruning mejor que Hitler (será más simpático)?... esta pregunta, hay que confesarlo, no nos preocupa en absoluto. Pero es suficiente mirar la lista de las organizaciones obreras para decir: el fascismo no ha logrado todavía la victoria en Alemania. En el camino de la victoria encuentra todavía fuerzas y obstáculos gigantescos.

El régimen actual de Brüning es un régimen de dictadura burocrática o, más exactamente, de dictadura de la burguesía realizada por medios militares y policiales. La pequeña burguesía fascista y las organizaciones proletarias se equilibran unas a otras, por así decirlo. Si las organizaciones obreras estuvieran reunidas en soviets, si los comités dc fábrica luchasen por el control de la producción, se podría hablar de doble poder. Debido a la dispersión del proletariado y a la impotencia táctica de su vanguardia, esto no es todavía posible. Pero elhecho mismo de que existan organizaciones obreras poderosas capaces, en ciertas condiciones, de oponer una respuesta fulminante al fascismo, no permite a Hitler acceder al poder y concede al aparato burocrático una cierta “independencia”.

La dictadura de Brüning es una caricatura del bonapartismo. Esta dictadura es inestable, poco sólida y provisional. No marca el comienzo de un nuevo equilibrio social, sino que anuncia el próximo fin del antiguo equilibrio. Al no apoyarse directamente más que sobre una débil minoría de la burguesía, Brüning, tolerado por la socialdemocracia contra la voluntad de los obreros, amenazado por el fascismo, es capaz de lanzar centellas en forma de decretos, pero no dentro de la realidad. Disolver el parlamento con su acuerdo, promulgar algunos decretos contra los obreros, decidir una tregua para Navidad, intercambiar con Hitler cartas dignas de un tendero provinciano... para esto es para lo que sirve Bruning. Para cosas más elevadas tiene los brazos demasiado cortos.

Bruning está obligado a tolerar la existencia de organizaciones obreras en la medida en que no está todavía decidido a entregar el poder a Hitler, o en que no tiene la fuerza independiente necesaria para liquidarlas. Bruning está obligado a tolerar y proteger a los fascistas en la medida en que teme mortalmente la victoria de los obreros. El régimen de Brüning es un régimen de transición, que no puede durar mucho tiempo y que anuncia la catástrofe. El gobierno actual solo se mantiene porque los campos principales no han medido todavía sus fuerzas. El verdadero combate no ha comenzado todavía. Todavía está por llegar. Se trata de una dictadura de la impotencia burocrática que llena la pausa antes del combate, antes del enfrentamiento abierto de los dos campos.

Los sabios que se pavonean de no ver la diferencia “entre Bruning y Hitler”, dicen de hecho: importa poco que nuestras organizaciones existan todavía o que estén ya destruidas. Bajo esta fanfarronada seudoradical se esconde la pasividad más innoble: ¡de todas maneras no podemos evitar la derrota! Hay que fijarse atentamente en la cita de la revista de los estalinistas franceses: todo el problema consiste en saber si es mejor tener hambre con Brüning o con Hitler. Nosotros no planteamos el problema de cómo y en qué condiciones es mejor morir, sino el de cómo luchar y vencer. Nuestra conclusión es la siguiente: hay que lanzarse al combate general antes de que la dictadura burocrática de Brüning sea remplazada por el régimen fascista, es decir, antes de que sean aplastadas las organizaciones obreras. Hay que prepararse para el combate general desarrollando, ampliando y acentuando los combates particulares. Pero para esto hay que tener una perspectiva correcta y, sobre todo, no proclamar vencedor a un enemigo que todavía se encuentra lejos de la victoria.

Estamos tocando el nudo del problema: ahí está la clave estratégica de la situación, la posición de partida para la lucha. Todo trabajador consciente, y con mayor motivo todo comunista, debe darse cuenta del vacío, la nulidad y la podredumbre de las discusiones de la burocracia estalinista cuando se afirma que Brüning y Hitler son la misma cosa. ¡Mezclan ustedes todo! -les respondemos nosotros. Embrollan ustedes todo de forma vergonzosa porque tienen miedo de las dificultades, de las tareas importantes. Capitulan antes del combate, proclaman que ya hemos sido derrotados. ¡Mienten ustedes! La clase obrera está dividida, debilitada por los reformistas, desorientada por los errores de su propia vanguardia, pero todavía no ha combatido, sus fuerzas no están todavía agotadas... No, el proletariado alemán es todavía poderoso. Los cálculos más optimistas se verán totalmente superados el día en que la energía revolucionaria se abra camino hacia la arena de la acción.

El régimen de Brüning es un régimen preparatorio. ¿De qué? O bien de la victoria del fascismo, o bien de la victoria del proletariado. Es un régimen preparatorio porque los dos campos se preparan para el combate decisivo. Colocar un signo de igualdad entre Brüning y HitIer es identificar la situación anterior al combate con la situación posterior a la derrota; esto quiere decir considerar por adelantado la derrota como inevitable, lo que significa hacer un llamamiento a capitular sin lucha.

La mayoría aplastante de los obreros, en particular los comunistas, no lo quieren. La burocracia estalinista, naturalmente, tampoco lo quiere. No hay que limitarse a sacar buenas resoluciones de las que se servirá Hitler para empedrar el camino de su infierno, sino comprender el sentido objetivo de la política, su orientación, sus tendencias. Hay que desvelar hasta el fin el carácter pasivo, cobarde, atentista, capitulador y declamatorio de la política de Stalin, Manuilsky, Thaelmann y Remmele. Es preciso que los obreros comprendan que quien tiene la llave de la situación es el partido comunista; pero que, con esta llave, la burocracia estalinista se empeña en cerrar las puertas que desembocan en la acción revolucionaria.

 

3. El ultimatismo burocrático

Cuando la prensa del nuevo Partido Socialista Obrero (SAP) denuncia el «egoísmo de partido» de la socialdemocracia y del partido comunista; cuando Seydewitz afirma que para él «los intereses de clase están por encima de los intereses de partido», caen en el sentimentalismo político o, lo que es peor, disimulan bajo frases sentimentales los intereses de su propio partido. Es un camino que no conduce a ninguna parte. Cuando la reacción exige que los intereses de la nación sean puestos por encima de los intereses de clase, nosotros, como marxistas, explicamos que, bajo la máscara de los intereses del «todo», la reacción defiende los intereses de la clase explotadora. No se pueden formular los intereses de una nación más que desde el punto de vista de la clase dominante o desde el de la clase que pretende ocupar el papel dominante. No se pueden formular los intereses de una clase más que en forma de programa; no se puede defender un programa más que poniendo en pie un partido.

La clase, considerada en sí misma, no es más que material para la explotación. El proletariado comienza a jugar un papel independiente a partir del momento en que pasa de ser una clase social en sí a ser una clase política para sí. Esto no puede producirse más que por intermedio del partido; el partido es el órgano histórico por medio del cual el proletariado accede a la conciencia de clase. Decir «la clase está por encima del partido» equivale a afirmar que la clase, en su estado bruto, esta` por encima de la clase que accede a la toma de conciencia de clase. No solamente es incorrecto, sino también reaccionario. Para fundamentar la necesidad del frente único no hay en absoluto ninguna necesidad de esta teoría pequeñoburguesa.

La progresión de la clase hacia la toma de conciencia, es decir, el resultado del trabajo del partido revolucionario que arrastra tras de sí al proletariado, es un proceso complejo y contradictorio. La clase no es homogénea. Sus distintas partes accederán a la toma de conciencia por caminos diferentes y a ritmos diferentes. La burguesía toma una parte activa en este proceso. Crea sus órganos dentro de la clase obrera y utiliza los que ya existen para oponer ciertas capas de obreros a otras. Diferentes partidos actúan simultáneamente en el seno del proletariado. Es por esto por lo que continúa dividido políticamente durante una gran parte de su camino histórico. Esto explica que se presente, en ciertos períodos particularmente graves, el problema del frente único.

Cuando sigue una política correcta, el partido comunista expresa los intereses históricos del proletariado. Su tarea consiste en ganar a la mayoría del proletariado: solamente así será posible la revolución socialista. El partido comunista no puede cumplir su misión más que conservando una independencia política y organizativa total y absoluta frente a los demás partidos y organizaciones, tanto si actúan en el seno de la clase obrera como si lo hacen en su exterior. No respetar esta exigencia fundamental de la política marxista es el más grave de todos los crímenes contra los intereses del proletariado como clase. La revolución china de 1925-1927 se perdió precisamente porque la Internacional Comunista, dirigida por Stalin y Bujarin, obligó al partido comunista chino a entrar en el Kuomintang, el partido de la burguesía china, y a someterse a su disciplina. La experiencia de la política stalinista en lo que se refiere al Kuomintang entrará para siempre en la historia como el ejemplo del sabotaje catastrófico de una revolución por sus dirigentes. La teoría estalinista de los «partidos de dos clases, obreros y campesinos» aplicada al Oriente es la generalización y la legitimación de la práctica respecto al Kuomintang; la aplicación de esta teoría en Japón, en la India, en Indonesia, en Corea, ha minado la autoridad del comunismo y ha retrasado el desarrollo revolucionario del proletariado para largos años. La misma política pérfida es la que se ha llevado a cabo, aunque menos cínicamente, en los Estados Unidos, en Inglaterra, y en todos los países de Europa hasta 1928.

La lucha de la Oposición de Izquierda por la independencia completa e incondicional del partido comunista y de su política, en todas las condiciones históricas y en todas las etapas del desarrollo del proletariado, provocó una tensión extrema en las relaciones entre la oposición y la fracción de Stalin en el momento en que éste formó bloques con Chíang Kai-chek, Wan Tin-weí, Purcell, Radítch, Lafollette, ete. Es ocioso re­cordar que tanto Thaelmann y Remmele como Brandler y Thalheimer se situaron en esta lucha enteramente al lado de Stalin y contra los bolcheviques-leninistas. ¡Es por esto por lo que no tenemos que recibir ninguna lección ni de Stalin ni de Thalheimer en lo que se refiere a la independencia de la política del partido comunista!

Pero el proletariado no accede a la toma de conciencia revolucionaria por diligencia escolar, sino a través de la lucha de clases, que no se interrumpe para luchar, el proletariado necesita de la unidad en sus filas. Esto es cierto tanto para los conflictos económicos parciales, dentro de las cuatro paredes de una empresa, como para los combates políticos «nacionales», tales como la lucha contra el fascismo. Como consecuencia, la táctica del frente único no es algo ocasional y artificial, ni una m­niobra hábil: no, esta táctica se desprende total y absolutamente de las condiciones objetivas del desarrollo del proletariado. El párrafo del M­nifiesto comunista en el que se dice que los comunistas no se oponen al proletariado, que no tienen otros objetivos ni otras tareas que las del proletariado, expresa la idea de que la lucha del partido por ganar a la mayoría de la clase no debe, en ningún momento, entrar en contradicción con la necesidad que sienten los obreros de unir sus filas para la lucha.

Die Rote Fahne condena con razón la afirmación según la cual «los intereses de la clase están por encima de los intereses del partido». De hecho, hay una coincidencia entre los intereses bien entendidos de la clase y las tareas correctamente formuladas del partido. Mientras el asunto se límite a esta afirmación histórico-filosófica, la posición de Die Rote Fahne es inatacable. Pero las conclusiones políticas que saca son una burla directa del marxismo.

La identidad de principio entre los intereses del proletariado y las tareas del partido comunista no significa que el proletariado en su conjunto sea desde hoy consciente de sus intereses, ni que el partido los formule correctamente en cualesquiera condiciones. La necesidad misma del partido deriva precisamente del hecho de que el proletariado no nace teniendo ya la comprensión de sus intereses históricos. La tarea del partido consiste en enseñar, en mostrar al proletariado su derecho a la dirección sobre la base de la experiencia de las luchas. A pesar de ello, la burocracia estalinista considera que se puede exigir simple y llanamente al proletariado que se someta ante la fuerza del pasaporte del partido, llevando el sello de la Internacional Comunista. Todo frente único que no esté situado de antemano bajo la dirección del partido comunista, repite la Rote Fahne, está dirigido contra los intereses del proletariado. El que no reconoce la dirección del partido comunista es, por ello mismo, un «contrarrevolucionario». El obrero está obligado a creer a la organización comunista de palabra y por adelantado. Partiendo de la identidad de principio de las tareas del partido y la clase, el funcionario se arroga el derecho de dar órdenes a la clase. La tarea histórica que el partido debe todavía desempeñar, la unificación bajo su bandera de la aplastante mayoría de los obreros, el funcionario la transforma en un ultimátum, en un revólver apoyado contra la nuca de la clase obrera. El pensamiento dialéctico es sustituido por un pensamiento formalista, administrativo y burocrático.

La tarea histórica que hay que cumplir se considera como cumplida. La confianza que hay que ganar se considera como ganada. Es evidente que es una solución fácil. Pero no hace avanzar mucho el problema. En política hay que partir de lo que hay, y no de lo que se desea que haya, ni de lo que habrá. Si se lleva hasta sus últimas consecuencias, la posición de la burocracia estalinista es, en el fondo, la negación del partido. En efecto, ¿a qué se reduce todo su trabajo histórico si el proletariado debe reconocer por adelantado a la dirección de Thaelmann y Remmele.

El partido tiene el derecho de exigir al obrero que viene a unirse a las filas de los comunistas: debes aceptar nuestro programa, nuestros estatutos y la dirección de nuestros organismos elegidos. Pero es absurdo y criminal plantear a prior¡ esta exigencia, o siquiera una parte de esta exigencia, a las masas obreras o a las organizaciones obreras cuando de lo que se trata es de acciones comunes para tareas de combate bien determinadas. Esto significa minar las bases mismas del partido, que no puede cumplir su función sino en el marco de unas relaciones correctas con la clase. En lugar de lanzar un ultimátum unilateral que irrita y ofende a los obreros, hay que proponer un programa preciso de acciones comunes: esta es la vía más segura para conquistar la dirección efectiva.

El ultimatismo es un intento de violar a la clase obrera cuando no se logra convencerla: si vosotros, los obreros, no reconocéis la dirección de Thaelmann, Remmele y Neumann, no os permitiremos hacer el frente único. Un enemigo pérfido no habría podido imaginarse una situación más desventajosa que ésta en la que se colocan los jefes del partido comunista. Por este camino van hacia su perdición.

La dirección del partido comunista alemán no hace mas que reforzar su ultimatismo cuando en sus llamamientos da marcha atrás de manera puramente casuística: «Nosotros no os exigimos aceptar por adelantado nuestras concepciones comunistas.» Esto suena como una excusa para una política que no tiene ninguna. Cuando el partido declara que se ha negado a iniciar las negociaciones que sea con otras organizaciones, pero que permite a los obreros socialdemócratas romper con su organización y ponerse bajo la dirección del partido comunista, sin llamarse a sí mismos comunistas, esto revela el más puro ultimatismo. El repliegue en lo que se refiere a las «concepciones comunistas» es totalmente ridículo: el hecho de decirse comunista no retiene al obrero que está dispuesto desde hoy a romper con su partido para tomar parte en la lucha bajo la dirección comunista. El obrero es ajeno a los subterfugios burocráticos y al juego de las etiquetas. juzga la política y la organización a fondo. Continúa en la socialdemocracia en la medida en que no confía en la dirección comunista. Se puede decir sin miedo a equivocarse que la mayoría de los obreros socialdemócratas están todavía hoy en su partido, no porque confíen en la dirección reformista., sino porque todavía no tienen confianza en la dirección comunista. Pero quieren luchar desde hoy mismo contra el fascismo. Si se les indica la próxima etapa de la lucha común exigirán a su organización que se embarque en esta vía. Si notan una resistencia por parte de su organización pueden llegar hasta a romper con ella.

En lugar de ayudar a los obreros socialdemócratas a encontrar su camino por medio de la experiencia, el comité central del partido comunista ayuda a los jefes de la socialdemocracia en contra de los obreros. Los Wels y los Hilferding disimulan hoy su repugnancia a luchar, su miedo a luchar, su incapacidad para luchar, refiriéndose a la voluntad del partido comunista de no participar en una lucha común. El rechazo obstinado, estúpido y absurdo de la política de frente único, por parte del partido comunista se ha convertido en las condiciones actuales en el recurso político primordial de la socialdemocracia. Es precisamente por esto por lo que la socialdemocracia, con el parasitismo que la caracteriza, se agarra así a nuestra crítica de la política ultimatista de Stalin y Thaelmann.

Los dirigentes oficiales de la Internacional Comunista hacen hoy peroratas, con aire de descubrimiento, sobre la elevación del nivel teórico del partido y sobre el estudio de la «historia del bolchevismo». De hecho, el «nivel» no hace otra cosa que bajar, las lecciones del bolchevismo son olvidadas, deformadas, echadas por tierra. De todos modos, es muy fácil encontrar en la historia del partido ruso al precursor de la política actual del comité central del partido alemán: es el difunto Bogdanov, fundador del ultimatismo (u otzovismo). Desde 1905, creía que era imposible para los bolcheviques participar en el soviet de Petersburgo si el soviet no reconocía previamente la dirección socialdemócrata. Bajo la influencia de Bogdanov, el buró de Petersburgo del comité central de los bolcheviques adoptó en 1905 la resolución siguiente: presentar al soviet de Petersburgo una resolución exigiendo que reconociese la dirección del partido, y, en caso de negativa, abandonar el soviet. El joven abogado Krasikov, miembro en aquel entonces del comité central de los bolcheviques, presentó ese ultimátum en la sección plenaria del soviet. Los diputados obreros, entre los cuales había también bolcheviques, se miraron con asombro y pasaron al orden del día. Nadie abandonó el soviet. Pronto volvió Lenin del extranjero y dio un serio repaso a los ultimatistas: no se puede, dijo, obligar por medio de ultimátums a las masas proletarias a saltar las etapas necesarias de su propio desarrollo político.

Bogdanov, sin embargo, no llegó a renunciar nunca a su metodología y creó a continuación una fracción «ultimatista», u «otzovista». nombre que les fue atribuido porque tenían la tendencia a hacer que los bolcheviques abandonasen todas las organizaciones que se negaban a aceptar el ultimátum que les presentaban desde arriba: «reconoced por adelantado nuestra dirección». Los ultimatistas han intentado aplicar su política no solamente en el soviet, sino también en el terreno del parlamentarismo, en las organizaciones profesionales y, en general, en todas las organizaciones legales o semilegales de la clase obrera.

La lucha de Lenin contra el ultimatismo era una lucha por el establecimiento de unas relaciones correctas entre el partido y la clase. En el viejo partido bolchevique, los ultimatistas no lograron jugar jamás un papel siquiera de cierta importancia: de no haber sido así, la victoria del bolchevismo habría sido imposible. El bolchevismo sacaba su fuerza de su actitud atenta y llena de delicadeza respecto a la clase. Cuando estuvo en el poder, Lenin prosiguió la lucha contra el ultimatismo, en particular y sobre todo en lo que se refiere a los sindicatos. «Si hoy en Rusia», escribía después de dos años y medio de victorias extraordinarias sobre la burguesía de Rusia y de la Entente, «pusiésemos como condición de adhesión a los sindicatos "el reconocimiento de la dictadura», haríamos una tontería, debilitaríamos nuestra influencia sobre las masas, ayudaríamos a los mencheviques. En efecto, toda la tarea de los comunistas consiste en saber convencer a los atrasados, en saber trabajar entre ellos, y no en separarse con consignas "de izquierda" pueriles [5].» Eso es todavía más imperativo para los partidos comunistas de Occidente, que no representan más que una minoría de la clase obrera.

Sin embargo, la situación ha cambiado radicalmente en la URSS en el último período. El partido comunista, armado del poder, desarrolla ya otro tipo de relaciones entre la vanguardia y la clase: en estas relaciones entra un elemento de coerción. La lucha de Lenin contra el burocratismo del partido y los soviets implicaba fundamentalmente una lucha, no contra la mala organización de las oficinas, la lentitud administrativa, la negligencia, etc., sino contra la sujeción de la clase al aparato, contra la transformación de la burocracia del partido en una nueva capa «dirigente». El consejo de Lenin antes de morir, crear una comisión de control proletaria independiente del comité central y apartar a Stalin y su fracción del aparato del partido, estaba dirigido contra la degeneración burocrática del partido. Por una serie de razones en las que no podemos entrar aquí, el partido ha despreciado ese consejo. La degeneración burocrática del partido ha sido empujada hasta sus últimos extremos en estos últimos años. El aparato estalinista no hace más que mandar. El lenguaje del mando es el lenguaje del ultimatismo. Todo obrero debe reconocer por adelantado que todas las decisiones del comité central, pasadas, presentes y futuras, son infalibles. Las pretensiones de infalibilidad son tanto más difíciles de digerir cuanto más errónea se hace la política.

Habiendo tomado en sus manos el aparato de la Internacional Comunista, la fracción estalinista exporta de forma natural sus métodos a las secciones extranjeras, es decir, a los partidos comunistas de los países capitalistas. La política de la dirección alemana es el reflejo de la política de la dirección moscovita. Thaelmann ve cómo manda la dirección estalinista, proclamando contrarrevolucionarios a todos aquellos que no reconocen su infalibilidad. ¿En qué es peor Thaelmann que Stalin? Si la clase obrera no se pone humildemente bajo su dirección, es porque la clase obrera es contrarrevolucionaria. Los que señalan a Thaelmann el carácter desastroso del ultimatismo son doblemente contrarrevolucionarios. Las obras completas de Lenin figuran entre las publicaciones más contrarrevolucionarias. No es en vano que Stalin las ha censurado sin piedad, particularmente en lo que concierne a las ediciones en lenguas extranjeras.

Si el ultimatismo es nefasto en cualesquiera condiciones, si en la URSS significa el despilfarro del capital moral del partido, está doblemente injustificado en los partidos occidentales, que están todavía acumulado su capital moral. En la Unión Soviética, la revolución victoriosa ha creado al menos las condiciones materiales para el ultimatismo burocrático en forma de aparato de represión. En los países capitalistas, incluida Alemania, el ultimatismo se transforma en una caricatura impotente que es un obstáculo en el camino del partido comunista hacía el poder. El ultimatismo de Thaelmann y Remmele es, antes que nada, ridículo. Y lo ridículo mata, particularmente cuando se trata del partido de la revolución.

Traslademos por un momento el problema a la arena política de Inglaterra, donde el partido comunista (como consecuencia de los errores funestos de la burocracia estalinista) continúa no representando todavía más que a una ínfima parte del proletariado. Si se admite que toda forma de frente único, salvo que sea comunista, es «contrarrevolucionaria», se hace evidente que el proletariado británico debe abandonar la lucha hasta que el partido comunista esté' a su cabeza. Pero el partido comunista no puede ponerse a la cabeza de la clase mas que sobre la base de la experiencia revolucionaria de esta última. Sin embargo, la experiencia no puede cobrar un carácter revolucionario más que si el partido arrastra a la lucha a millones de obreros. Y no es posible arrastrar a la lucha a las masas no comunistas, y con mayor razón si están organizadas, más que sobre la base de la política de frente Único. Caemos en un círculo vicioso en el que el ultimatismo burocrático no permite encontrar la salida. Pero la dialéctica revolucionaria ha indicado desde hace mucho tiempo la salida, basándose en una multitud de ejemplos en los terrenos políticos más diversos: combinación de la lucha por el poder y la lucha por las reformas; independencia completa del partido más unidad de los sindicatos; critica implacable del parlamentarismo desde lo alto de la tribuna parlamentaria; lucha sin cuartel contra el reformismo, pero llegando con los reformistas a acuerdos prácticos para tareas parciales.

En Inglaterra. dada la debilidad extraordinaria del partido comunista, salta a la vista la inconsistencia del ultimatismo. En Alemania, el carácter desastroso del ultimatismo se ve algo ocultado por los efectivos importantes del partido y por su crecimiento. Pero el partido alemán crece debido a la presión de las circunstancias, y no gracias a la política de la dirección; no gracias al ultimatismo, sino a pesar de él.

Además, el crecimiento numérico no es decisivo: las que son decisivas son las relaciones políticas entre el partido y la clase. En este aspecto fundamental no mejora la situación, porque el partido alemán ha interpuesto entre él y la clase los alambres de espino del ultimatismo.

 

4. Los zigzags estalinistas sobre el problema del frente único

El antiguo socialdemócrata Torchors (de Düsseldorf), que se ha pasado al partido comunista, dice en un informe oficial que pronunció a mediados de enero, en Frankfurt, en nombre del partido: «Los jefes socialde­mócratas están ya suficientemente desenmascarados, y maniobrar en este sentido proponiéndoles la unidad por arriba no es más que un despilfarro de energía.» Citamos a partir del periódico comunista de Frankfurt, que llena de elogios este informe. «Los jefes socialdemócratas están ya suficientemente desenmascarados. » Suficientemente para el orador, que se ha pasado de la socialdemocracia al partido comunista (lo que, con seguridad, le honra), pero insuficientemente para los millones de obreros que votan por la socialdemocracia y toleran a su cabeza a la burocracia reformista de los sindicatos.

No obstante, es ocioso referirse a un informe aislado. En el último de los llamamientos de Die Rote Fahne que nos ha llegado (del 28 de enero), se demuestra de nuevo que sólo es admisible crear el frente único contra los jefes de la socialdemocracia y sin contar con ellos. ¿Por qué? Porque «nadie que haya vivido y soportado las acciones de estos «jefes" durante los últimos dieciocho años les va a creer». ¿Pero qué haremos, preguntamos nosotros, con los que han llegado a la política hace menos de dieciocho años e incluso hace menos de dieciocho meses? Desde el comienzo de la guerra han crecido nuevas generaciones políticas; deben de hacer por sí mismas la experiencia de la generación pasada, aunque sea sola­mente a una escala muy reducida. «Se trata precisamente», les señalaba Lenin a los ultraizquierdistas, «de no creer que lo que ya ha sido superado por nosotros, ha sido superado por la clase, ha sido superado por las masas».

Pero la vieja generación socialdemócrata, que ha hecho la experiencia de estos dieciocho años, no ha roto en absoluto con sus jefes. Por el contrario, es precisamente en la socialdemocracia donde continúan muchos de los viejos, ligados al partido por fuertes tradiciones. Es lamentable, evidentemente, que las masas empleen tanto tiempo en hacer su aprendizaje. Pero la culpa es en gran medida de los «pedagogos» comunistas, que no han sabido desenmascarar de forma concreta la naturaleza criminal del reformismo. Es necesario, al menos, beneficiarse de la nueva situación, cuando la atención de las masas está concentrada al máximo sobre el peligro mortal, para someter a los reformistas a una nueva prueba que quizás esta vez sea decisiva.

Sin ocultar ni moderar en nada nuestra opinión sobre los jefes socialdemócratas, podemos y debemos decirles a los obreros socialdemócratas: «Como, por un lado, estáis de acuerdo en luchar junto con nosotros., y por el otro no queréis romper todavía con vuestros jefes, he aquí lo que os proponemos: obligadles a embarcarse en una lucha común con nosotros por tales y tales tareas prácticas, con tales y tales medios; noso­tros, los comunistas, por nuestra parte, estamos dispuestos.» ¿Qué puede haber más sencillo, más claro y más convincente que eso?

Precisamente en este sentido escribía yo -con la intención deliberada de provocar el espanto sincero o la indignación fingida de los imbéciles y los charlatanes- que, en la lucha contra el fascismo, estábamos dispuestos a llegar a acuerdos prácticos y de combate con el diablo, con su abuela e incluso con Noske y Zórgiebel [6].

El partido oficial viola él mismo a cada paso su postura establecida. En los llamamientos en favor de un «frente único rojo» (consigo mismo), avanza invariablemente la reivindicación de la «libertad ilimitada de prensa proletaria y derecho de manifestación, reunión y organización». Es una consigna absolutamente correcta. Pero, en la medida en que el partido comunista habla de la prensa, las reuniones, etc., proletarias, y no solamente comunistas, avanza de hecho la consigna del frente único con la misma socialdemocracia, que edita prensa obrera, convoca asambleas, etc. El colmo del absurdo está en avanzar consignas políticas que contienen la idea del frente único con la socialdemocracia y rechazar los acuerdos prácticos para luchar por estas consignas.

Münzenberg, en quien entran en conflicto la línea general y el buen sentido de los negocios, escribía en noviembre en Der Rote Aufbau: «Es cierto que el nacionalsocialismo es el ala más reaccionaria, más chovinista y más feroz del movimiento fascista alemán, y que, efectivamente, todos los círculos de la izquierda (!) tienen el mayor interés en oponerse al reforzamiento de la influencia y la potencia de este ala del fascismo alemán.» Si el partido de Hitler «es el ala más reaccionaria y la más feroz», el gobierno de Brüning es, por tanto, menos feroz y menos reaccionario. Münzenberg llega así, a la chita callando, a la teoría del «mal menor». Para salvar las apariencias de ortodoxia, Münzenberg distingue diferentes tipos de fascismo: el ligero, el medio y el fuerte, como si se tratase del tabaco turco. Pero, si todos los «círculos de la izquierda» (¿cuáles serán sus nombres?) están interesados en la victoria sobre el fascismo, ¿no será necesario someter a estos «círculos de la izquierda» a una prueba práctica?

¿No está claro que habría que agarrarse inmediatamente a la proposición diplomática y equívoca de Breitscheid, avanzando por nuestra parte un programa práctico, concreto y bien elaborado, de lucha conjunta contra el fascismo, y exigiendo una reunión común de las direcciones de los dos partidos, con la participación de la dirección de los Sindicatos Libres? Al mismo tiempo, habría que difundir con energía este programa, a todos los niveles de los dos partidos y entre las masas. Las negociaciones deberían haberse desarrollado ante los ojos de todo el pueblo: la prensa debería haber dado cuenta diariamente, sin exageraciones ni invenciones absurdas. Los obreros son infinitamente más receptivos a una agitación concreta de este tipo, que va directamente al grano, que a los continuos aullidos sobre el «socialfascismo». Si se hubiera planteado el problema de este modo, la socialdemocracia no habría podido esconderse detrás del decorado de cartón del «Frente de Hierro» ni por un solo instante.

Volved a leer El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo: hoy en día es el libro de más actualidad. Precisamente a propósito de situaciones análogas a la que tenemos hoy en Alemania, Lenin habla -citamos textualmente- de la «necesidad absoluta para la vanguardia del proletariado, para su parte consciente, para el partido comunista, de dar rodeos, de llevar a cabo ententes y compromisos con los diferentes grupos proletarios, los diversos partidos de obreros y de pequeños burgueses... El núcleo de la cuestión está en saber emplear esta táctica de forma que sirva para elevar, y no para hacer descender, el nivel de conciencia general del proletariado, su espíritu revolucionario, su capacidad de luchar y vencer».

¿Y cuál es la actitud del partido comunista? En su prensa repite diariamente que para él sólo es aceptable «un frente único que esté dirigido contra Brüning, Severing, Leipart, Hitler y sus semejantes». Cara a la sublevación proletaria, no hay duda de que no habrá ninguna diferencia entre Brüning, Severing, Leipart y Hitler. Los socialistas revolucionarios y los mencheviques se aliaron a los cadetes y a los kornilovistas contra el levantamiento de los bolcheviques en octubre: Kerensky llevó a Petrogrado al general cosaco de los Cien Negros, Krasnov; los mencheviques apoyaron a Kornilov y a Krasnov, y los socialistas revolucionarios organizaron la sublevación de los junkers bajo la dirección de oficiales monárquicos.

Pero eso no significa en absoluto que Brüning, Severing, Leipart y Hitler, pertenezcan siempre y en todas las condiciones al mismo campo. Ahora sus intereses divergen. Para la socialdemocracia el problema está menos, en este momento, en defender las bases de la sociedad capitalista contra la revolución proletaria que en defender el sistema burgués semiparlamentario contra el fascismo. Sería una enorme tontería negarse a utilizar este antagonismo.

«Hacer la guerra para derrocar a la burguesía internacional ... », escribía Lenin en El izquierdismo, «y renunciar a priori a dar rodeos, a explotar las oposiciones de intereses (aunque sean momentáneas) que dividen a nuestros enemigos, a llegar a acuerdos y compromisos con posibles aliados (aunque sean temporales, poco seguros., vacilantes, condicionales), ¿no es totalmente ridículo?» De nuevo citamos textualmente: las palabras y los paréntesis subrayados por nosotros son de Lenin.

Y, más adelante: «No se puede obtener la victoria sobre un adversario mas poderoso más que al precio de una extrema tensión de fuerzas y con la condición expresa de utilizar de la forma más minuciosa, más atenta, más circunspecta, más inteligente la menor «fisura» entre los enemigos.» ¿Qué hacen Thaelmann y Remmele, dirigidos por Manuilsky? La fisura entre la socialdemocracia y el fascismo -¡y qué fisura!- intentan por todos los medios taparla con la ayuda de la teoría del socialfascismo y de la práctica del sabotaje del frente único.

Lenin exigía que se utilizase «toda posibilidad de asegurarse un aliado numéricamente fuerte, aunque fuese un aliado temporal, vacilante, condicional, poco sólido y poco seguro. Quien no haya comprendido esta verdad no ha comprendido nada del marxismo, ni en general del socia­lismo científico contemporáneo». Mirad, profetas de la nueva escuela estalinista: aquí dice de forma clara y precisa que no habéis comprendido nada del marxismo. Es Lenin quien dice esto de vosotros: ¡acusad recibo!

Pero sin victoria sobre la socialdemocracia, vuelven a argumentar los estalinistas, no puede haber victoria sobre el fascismo. ¿Es esto verdad? En cierto sentido es verdad. Pero el teorema inverso es igualmente verdad: la victoria sobre la socialdemocracia italiana es imposible sin la victoria sobre el fascismo italiano. Tanto el fascismo como la socialdemocracia son instrumentos de la burguesía. Mientras exista la dominación del capital, la socialdemocracia y el fascismo continuarán existiendo en distintas combinaciones. Así, todos los problemas se reducen a un solo denominador: el proletariado debe derrocar el régimen burgués.

Pero es precisamente hoy, cuando este régimen se tambalea en Alemania, que el. fascismo viene en su socorro. Para echar abajo a este defensor es necesario, según nos dicen, terminar previamente con la socialdemocracia... Un esquematismo tan rígido nos introduce en un círculo vicioso. No se puede salir de él más que por la vía de la acción. Y el carácter de la acción es determinado, no por el juego de las categorías abstractas, sino por las relaciones reales entre las fuerzas históricamente vivas.

«¡No!» repiten machaconamente los funcionarios, «liquidaremos primero» a la socialdemocracia ». ¿Por qué medios? Es muy simple: dando la orden a las organizaciones del partido de reclutar en tal plazo cien mil nuevos miembros. Pura propaganda en lugar de lucha política, un plan de burócrata en lugar de una estrategia dialéctica. ¿Y si el desarrollo real de la lucha de clases plantease desde hoy mismo a la clase obrera el problema del fascismo como una cuestión de vida o muerte? Es necesario, por tanto, que la clase obrera dé la espalda al problema, adormecerla, convencerla de que la lucha contra el fascismo es una tarea secundaria, de que esta tarea puede esperar, de que se resolverá por si misma, de que el fascismo domina ya de hecho, de que Hitler no supondrá nada nuevo, de que no hay que tener miedo a Hitler, de que Hitler simplemente facilita el camino a los comunistas.

¿Ouizás es esto una exageración? No. es la verdadera v evidente idea directriz de los jefes del partido comunista. No siempre la llevan hasta el final. Cuando se enfrentan a las masas, dan a menudo marcha atrás desde sus últimas conclusiones, amalgamando posiciones distintas, embarullando a los obreros y embarullándose a si mismos; pero cada vez que intentan hacer algo efectivo, parten, de la victoria inevitable del fascismo.

El 14 de octubre del año pasado, Remmele, uno de los tres jefes oficiales del partido comunista, declaraba en el Reichstag: «El mismo señor Brüning lo ha dicho muy claramente: cuando estén (los fascistas) en el poder, el frente único del proletariado se realizará y lo barrerá todo» (ruidosos aplausos en los bancos comunistas). Es comprensible que Brüning intente aterrorizar a la burguesía y a la socialdemocracia con una perspectiva semejante: defiende su poder. Pero que Remmele consuele a los obreros con esta perspectiva es una vergüenza: prepara el poder para Hitler, porque toda esta perspectiva es radicalmente errónea y testimonia una incomprensión total de la psicología de las masas y de la dialéctica de la lucha revolucionaria, Si el proletariado alemán, que es hoy el testigo directo de todos los acontecimientos, deja a los fascistas llegar al poder, es decir, da prueba de una ceguera y una pasividad absolutamente criminales, no hay, decididamente, ninguna razón para contar con que, después de la llegada de los fascistas al poder, el mismo proletariado sacudirá su pasividad y «lo barrerá todo»: en todo caso, no es lo que ha ocurrido en Italia. Remmele razona enteramente al modo de los culteranos pequeñoburgueses franceses del siglo XIX, que dieron prueba de una incapacidad total para arrastrar tras de sí a las masas pero que, por el contrario, estaban firmemente convencidos de que, cuando Louis Bonaparte se pusiese a la cabeza de la República, el pueblo se levantaría sin demora para defenderles y «lo barrería todo». A pesar de todo, el pueblo, que había dejado al aventurero Louis Bonaparte llegar al poder, se mostró, evidentemente, incapaz de barrer nada a continuación. Para ello hicieron falta nuevos acontecimientos importantes, sacudidas históricas e incluso la guerra.

El frente único del proletariado, para Remmele, no es realizable, según hemos visto, hasta después de la llegada de Hitler al poder. ¿Se puede pedir una confesión mas lastimosa de sus propias carencias? Como nosotros, Remmele y Cía., somos incapaces de unir al proletariado, le encargamos a Hitler esta tarea. Cuando haya unido para nosotros al proletariado, entonces nos mostraremos con toda nuestra fuerza. A continuación viene una declaración fanfarrona: «Nosotros somos los vencedores de mañana, y el problema ya no está en quién aplastará a quién. Este problema está ya resuelto (aplausos en los bancos comunistas). Ya no hay más que una pregunta: ¿en qué momento derrocaremos a la burguesía?» ¡Nada menos! En Rusia llamamos a esto tocar el cielo con el dedo. Somos los vencedores de mañana. Para ello, no nos falta hoy mas que el frente único. Hitler nos lo dará mañana, cuando llegue al poder. Por tanto, el vencedor de mañana no será Remmele, sino Hitler. Meteros, pues, este en la cabeza: la hora de la victoria de los comunistas no va a sonar pronto.

El mismo Remmele nota que su optimismo cojea de la pierna izquierda y trata de consolidarla. «Estos señores, los fascistas, no nos asustan, se gastarán más rápidamente que cualquier otro gobierno (« totalmente cierto». desde los bancos de los comunistas).» La prueba: los fascistas quieren la inflación del papel moneda, y eso es la ruina para las masas populares; como consecuencia, todo se arreglará de la mejor de las maneras posibles. Así es como la inflación verbal de Remmele ofusca a los obreros alemanes.

Tenemos aquí el discurso programático de un jefe oficial del partido, editado en gran cantidad de ejemplares y que debe servir para la campaña de captación del partido comunista: al final del discurso se ha imprimido un formulario con todo dispuesto para la adhesión. Este discurso programa está totalmente construido sobre la capitulación ante el fascismo. «No tememos» la llegada de HitIer al poder. Pero esto es, de hecho, una fórmula invertida de la cobardía. «Nosotros» no nos consideramos capaces de impedir que Hitler llegue al poder; peor: nosotros, los burócratas, estamos tan corrompidos que no nos atrevemos a considerar seria­mente la lucha contra Hitler. Es por esto por lo que «no tenemos miedo». ¿De qué no tenéis miedo: de la lucha contra Hitler? No, no tienen miedo... de la victoria de Hitler. No tienen miedo de rehuir el combate. No tienen miedo de reconocer su propia cobardía. ¡Vergüenza, tres veces vergüenza!

En uno de mis últimos folletos escribía yo que la burocracia estalinista se disponla a tender una trampa a Hitler... en la forma del poder del Estado. Los plumíferos comunistas, que van de Münzenberg a Ullstein y de Mosse a Münzenberg, declararon inmediatamente: «Trotsky calumnia al partido comunista.» ¿No está claro? Por hostilidad hacia el comunismo, por odio al proletariado alemán, por el deseo ardiente de salvar al capitalismo alemán, Trotsky atribuye a la burocracia estalinista un plan de capitulación. En realidad, no he hecho más que resumir el discurso programático de Remmele y el artículo teórico de Thaelmann. ¿Dónde está, entonces, la calumnia?

Thaelmann y Remmele continúan en eso plenamente fieles al evangelio estalinista. Recordemos una vez más lo que nos enseñó, Stalin en el otoño de 1923, cuando todo se sostenía en Alemania sobre el filo de una navaja, igual que hoy: «¿Deberían los comunistas -escribía Stalin a Zinoviev y Bujarin- esforzarse (en la etapa actual) por tomar el poder sin los socialdemócratas? ¿Están ya maduros para ello? En mi opinión., el problema es éste. Si en la actualidad cayese el poder en Alemania, por así decirlo, y los comunistas fueran a tomarlo, fracasarían estrepitosamente. Esto «en el mejor de los casos». En el peor de los casos, se harían añicos y se verían obligados a retroceder. Es evidente que los fascistas vigilan, pero es más ventajoso para nosotros que ellos ataquen los primeros: esto reunirá a toda la clase obrera alrededor de los comunistas... En mi opinión debemos retener a los alemanes, y no estimularles.»

En su folleto La huelga de masas, Langner escribe: «La afirmación (de Brandler) según la cual la lucha de octubre (de 1923) habría llevado a una «derrota decisiva». no es otra cosa que un intento de disimular los errores oportunistas y la capitulación oportunista sin lucha» (p. 101). Es totalmente cierto. Pero ¿quién fue entonces el instigador de la «capitulación sin lucha»? ¿Quién «frenaba» en lugar de «estimular»? En 1931, Stalin no ha hecho más que desarrollar su fórmula de 1923: que los fascistas tomen el poder, no harán más que allanarnos el camino. Evidentemente, es mucho menos peligroso atacar a Brandler que a Stalin: los Langner lo saben bien...

Es verdad que en estos dos últimos meses -y las protestas decididas de la izquierda no han sido inútiles en este sentido- ha habido un cierto cambio: el partido comunista ya no dice que Hitler deba tomar el poder para agotarse rápidamente; hoy insiste más sobre el aspecto opuesto de la cuestión: no hay que dejar la lucha contra el fascismo para después de la llegada de Hitler al poder; hay que llevar a cabo la lucha ahora, levantando a los obreros contra los decretos de Brüning, ampliando y profundizando la lucha en la arena económica y política. Esto es totalmente correcto. Todo lo que dicen los representantes del partido comunista en este sentido es indiscutible. Pero sigue ahí el problema principal: ¿cómo pasar de las palabras a los actos?

La mayoría aplastante de los miembros del partido y una parte importante del aparato -no lo dudamos en absoluto- desea sinceramente la lucha. Pero hay que mirar a la realidad cara a cara: esta lucha no existe, no se la ve venir. Los decretos de Brüning han pasado impunemente. La tregua de Navidad no se ha roto. La política de huelgas parciales improvisadas, a juzgar por el balance que hace el mismo partido comunista, no ha dado resultados serios hasta ahora. Los obreros lo ven. No se les puede convencer simplemente a base de gritos.

El partido comunista echa sobre la socialdemocracia la responsabilidad de la pasividad de las masas. Históricamente, esto es indiscutible. Pero nosotros no somos historiadores, sino militantes políticos revolucionarios. No se trata de investigaciones históricas, sino de buscar los medios que nos permitan salir de este callejón sin salida.

El SAP, que al comienzo de su existencia planteaba de manera formal (particularmente en los artículos de Rosenfeld y de Seydewitz) el problema de la lucha contra el fascismo y hacía coincidir el contraataque con la llegada de Hitler al poder, ha dado un cierto paso adelante. Su prensa exige ahora que se organice rápidamente la resistencia contra el fascismo. sublevando a los obreros contra el hambre y el yugo policial. Reconoce­mos gustosamente que el cambio de posición del SAP se ha producido bajo la influencia de la crítica comunista: una de las tareas del comunismo consiste en hacer avanzar al centrismo, criticando su carácter híbrido. Pero esto es insuficiente: hay que utilizar políticamente los frutos de esta crítica, proponiendo al SAP pasar de las palabras a los hechos. Hay que someter al SAP a una prueba práctica, pública y clara: no interpretando citas aisladas -lo que no sería suficiente- sino proponiéndole ponerse de acuerdo sobre medios prácticos precisos de resistencia. Si el SAP muestra su incapacidad, la autoridad del partido comunista saldrá reforzada, y el partido intermedio será rápidamente liquidado. ¿Qué se puede temer?

Sin embargo, no es verdad que el SAP no quiera luchar seriamente. Hay varías tendencias dentro de él. En la actualidad, en la medida en que el asunto se reduce a una propaganda abstracta por el frente único, las contradicciones internas están aletargadas. Cuando se pase a la lucha resurgirán. Sólo puede salir beneficiado el partido comunista.

Pero queda todavía el problema principal: el de la socialdemocracia (SPD). Si rechaza las propuestas prácticas que ha aceptado el SAP, esto creará una situación nueva. Los centristas, que querrían mantenerse a la misma distancia del partido comunista que de la socialdemocracia, recriminar a uno o a otro y reforzarse a cuenta de los dos (ésta es la filosofía que desarrolla Urbahns), se encontrarían inmediatamente suspendidos en el vacío, porque quedarla de manifiesto que es precisamente la socialdemocracia la que sabotea la lucha revolucionaria. ¿No sería esto una ventaja importante? Entonces, los obreros del SAP volverían resueltamente su vista hacia el partido comunista.

Pero la negativa de Wels y Cía. a aceptar el programa de acción aceptado por el SAP no quedarla impune ni siquiera para la socialdemocracia. El Vorwärts perdería de inmediato la posibilidad de lamentarse de la pasividad del partido comunista. La atracción por el frente único crecería inmediatamente entre los obreros socialdemócratas. Y eso equivaldría a una atracción por el partido comunista. ¿No esta lo bastante claro?

No se puede admitir ninguna discusión sobre el hecho de que el partido comunista renuncie al mismo tiempo a la dirección independiente de huelgas, de manifestaciones, de campañas políticas. Conserva plenamente su libertad de acción. No espera a nadie. Pero sobre la base de sus acciones, maniobra activamente en dirección a las otras organizaciones obreras, destruye la compartimentación entre los obreros, hace aparecer a la luz del día las contradicciones del reformismo y el centrismo, hace progresar la cristalización revolucionaria en el seno del proletariado.

 

5. Un repaso histórico sobre el problema del frente único

Las consideraciones sobre la política de frente único derivan de nece­sidades hasta tal punto fundamentales e imperativas de la lucha clase contra clase (en el sentido marxista y no burocrático de la expresión), que es imposible leer sin rugir de indignación y de vergüenza las objeciones de la burocracia estalinista. Se puede explicar cotidianamente las ideas más sencillas a los obreros y campesinos más atrasados e ignorantes, y no experimentar al hacerlo ningún cansancio; en este caso, se trata de poner en movimiento a capas nuevas. ¡Pero qué desgracia es tener que explicar y demostrar las ideas elementales a personas cuyo cerebro ha sido laminado por el molino burocrático! ¿Qué se puede hacer con los «jefes», que no disponen de argumentos lógicos, pero que tienen a mano, por el contrario, un repertorio de injurias internacionales? Las posiciones fundamentales del marxismo son calificadas con la ayuda de un único término: «¡contrarrevolución! ». Esta palabra está terriblemente desvalorizada en boca de quienes hasta el momento, en todo caso, no han demostrado en abso­luto su capacidad para hacer la revolución. Pero ¿qué hay de las decisiones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista? ¿Las reconoce o no la burocracia estalinista?

Los documentos están muy vivos, y han conservado toda su significación hasta la fecha. Extraigo de entre ellos -ya que son muy numerosos- las tesis que elaboré entre el III y el IV congreso para el partido comunista francés. Hablan sido adoptadas por el buró político del partido comunista ruso y el comité ejecutivo de la Internacional Comunista, y fueron publicadas en esta época en distintas lenguas en los órga­nos comunistas. Reproducimos textualmente la parte de las tesis que está consagrada a la argumentación y la defensa de la política de frente único.

«... Es completamente evidente que la actividad del proletariado en cuanto clase no cesa durante el período de preparación de la revolución. A iniciativa de uno u otro campo, se suceden los conflictos con los patronos, con la burguesía, con el poder del Estado. En estos conflictos, en la medida en que afectan a los intereses vitales de toda la clase obrera, o de su mayoría, o de una u otra de sus partes, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción... El partido que se contraponga mecánicamente a esta necesidad... será inevitablemente condenado en la conciencia de los obreros.

»El problema del frente único nace de la necesidad de asegurar a la clase obrera la posibilidad de un frente único en la lucha contra el capital, a pesar de la escisión, inevitable en nuestra época, de las organizacio­nes que se basan en la clase obrera. Quien no comprenda esta tarea es que considera al partido como una asociación propagandista, y no como una organización de acción de masas.

»Si el partido comunista no hubiese roto radical y definitivamente con la socialdemocracia, no se habría convertido nunca en el partido de la revolución proletaria. Si el partido comunista no hubiera buscado los medios organizativos para hacer posibles en cada momento acciones comunes y coordinadas entre las masas obreras comunistas y no comunistas (incluidas las socialdemócratas), habría manifestado por ello mismo su incapacidad para ganarse a la mayoría de la clase obrera sobre la base de acciones de masas.

»No basta con separar a los comunistas de los reformistas, ni con ligarlos por medio de una disciplina organizativa; es preciso que esta organización aprenda a dirigir todas las acciones colectivas del proletariado en todos los terrenos de su lucha real. Esta es la segunda letra del abecé del comunismo.

»¿El frente único se extiende solamente a las masas obreras, o incluye igualmente a los jefes oportunistas? El hecho mismo de que se plantee esta pregunta es el fruto de un malentendido. Si pudiésemos reunir a las masas obreras simplemente alrededor de nuestra bandera... sin pasar por las organizaciones reformistas, partidos o sindicatos, esto sería evidentemente mejor. Pero, entonces, el problema del frente único no se plantearía en la forma actual,

»Aparte de cualquier otra consideración, tenemos interés en sacar a los reformistas de sus madrigueras y colocarlos a nuestro lado, ante las masas combatientes. Aplicando esta táctica correcta no podemos más que salir ganando. El comunista que tiene dudas o aprensiones sobre este punto se parece al nadador que ha adoptado las tesis sobre la mejor forma de nadar, pero que no se atreve a tirarse al agua.

»Al llegar a un acuerdo con otras organizaciones, nosotros nos imponemos, evidentemente, una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede tener una carácter absoluto. En el caso de que los refor­mistas frenen la lucha en detrimento evidente del movimiento para contrarrestar la situación y el estado de ánimo de las masas, nosotros conservamos siempre, como organización independiente, el derecho a llevar la lucha hasta el final y sin nuestros semialiados temporales.

»No es posible ver en esta política una aproximación a los reformistas, sí no es desde el punto de vista del periodista que cree alejarse del reformismo cuando, sin salir de su sala de redacción, lo critica siempre en los mismos términos, y que teme enfrentarse a él ante las masas obreras y darles a éstas la posibilidad de juzgar a los comunistas y a los reformistas en condiciones de igualdad, en las condiciones de la lucha de masas. Este miedo a la «aproximación», que se autodenomina revolucionario, disimula fundamentalmente una pasividad política que se esfuerza en conservar un orden de cosas, en el que los comunistas y los reformistas tienen sus esferas de influencia claramente delimitadas, sus miembros habituales en las reuniones, su prensa, y en donde todo esto crea la ilusión de una lucha seria.

»Sobre el problema del frente único estamos viendo como se dibuja una tendencia pasiva e indecisa, enmascarada con una intransigencia verbal. Desde el principio salta a la vista la siguiente paradoja: los elementos derechistas del partido, con sus tendencias centristas y pacifistas... aparecen como los adversarios más irreductibles del frente único, escondiéndose detrás de la bandera de la intransigencia revolucionaria. Inversamente, los elementos que... en los momentos más difíciles estaban tras las posiciones de la III Internacional, intervienen hoy en favor del frente único. Hoy, de hecho, son los partidarios de una táctica pasiva y atentista los que intervienen bajo la máscara de una intransigencia seudorrevolucionaria [7].»

¿No se diría que estas páginas han sido escritas hoy contra Stalin, Manuilsky, Thaelmann, Remmele, Neumann? En realidad, fueron escritas hace diez años contra Frossard, Cachin, Charles Rappoport, Daniel Renoult y otros oportunistas franceses que se escondían detrás de fórmulas ultraizquierdistas. ¿Es que las tesis citadas -esta pregunta se la planteamos abiertamente a la burocracia stalinista- eran ya «contrarrevolucionarias» cuando eran la expresión de la política del buró político ruso, dirigido por Lenin, y cuando definían la política de la Internacional Comunista? Que no se nos intente responder que las condiciones han cambiado con posterioridad: no se trata de una cuestión coyuntural sino, como se dice en el mismo texto, del abecé del comunismo.

Hace diez años, la Internacional Comunista explicaba así el fondo de la política de frente único: el partido comunista muestra en los hechos a las masas y a sus organizaciones que esta` dispuesto a luchar con ellas incluso por los objetivos más modestos, a condición de que vayan en el sentido del desarrollo histórico del proletariado; el partido comunista tiene en cuenta durante esta lucha, en cada momento, el estado de ánimo real de la clase; no solamente se dirige a las masas, sino también a las organizaciones cuya dirección es reconocida por las masas; ante las masas, obliga a las organizaciones reformistas a tomar posición públicamente sobre las tareas reales de la lucha de clases. La política de frente único acelera la toma de conciencia revolucionaria de la clase, desvelando en la práctica que no es la voluntad escisionista de los comunistas, sino el sabotaje consciente de los jefes de la socialdemocracia, lo que impide la lucha común. Es evidente que estas ideas no han envejecido en absoluto.

¿Cómo explicar entonces que la Internacional Comunista haya renunciado a la política de frente único? Por los fracasos y los fiascos que ha conocido esta política en el pasado. Si estos fracasos, cuyas causas residen no en la política, sino en los hombres políticos, hubiesen sino en su momento puestos en evidencia, analizados, estudiados, el partido comunista alemán habría estado perfectamente armado de cara a la situación actual, tanto desde un punto de vista estratégico como desde un punto de vista táctico. Pero la burocracia estalinista ha actuado como el simio afectado de miopía en la fábula: habiéndose puesto sus gafas en la cola y habiéndolas limpiado sin resultado, decidió que no servían para nada y las rompió contra una piedra. Cada uno actúa según entiende, pero esto no es culpa de las gafas.

Los errores en la política de frente único eran de dos tipos. Lo más frecuente era que los órganos dirigentes del partido comunista se dirigiesen a los reformistas proponiendo una lucha común por consignas radicales, que no se desprendían de la situación y que no correspondían al nivel de conciencia de las masas. Estas propuestas eran como disparos hechos al vacío. Las masas permanecían ajenas, los dirigentes socialdemócratas interpretaban la propuesta de los comunistas como una intriga encaminada a destruir a la socialdemocracia. En todos los casos, se trataba de una aplicación puramente formal de la política de frente único, que no superaba el estadio de las declaraciones; de hecho, en su misma esencia, no puede ofrecer resultados si no es sobre la base de una valo­ración realista de la situación y del estado de las masas. El arma de las «cartas abiertas», utilizada con demasiada frecuencia y mal, se ha encasquillado y ha habido que renunciar a ella.

Hay otro tipo de deformación que ha tomado un carácter mucho más fatal. En manos de la dirección estalinista, la política de frente único se transformó en una búsqueda de alianzas al precio del abandono de la independencia del partido comunista. Apoyándose en Moscú y creyéndose omnipotentes, los burócratas de la Internacional Comunista han llegado a creer seriamente que podían mandar en las masas, imponerles un itinerario, frenar el movimiento agrario y las huelgas en China, comprar la alianza con Chiang Kai-chek al precio del abandono de la política independiente del partido comunista, reeducar a la burocracia de las Trade Unions, principal apoyo del imperialismo británico, detrás de una mesa de comedor en Londres o en las estaciones termales del Cáucaso, transformar a los burgueses croatas como Raditch en comunistas, etc. Además, esto partía de las mejores intenciones del mundo: acelerar el desarrollo haciendo en lugar de las masas aquello para lo que no estaban todavía maduras. No está de más recordar que en toda una serie de países, en particular en Austria, los burócratas de la Internacional Comunista se han esforzado, en el último periodo, por crear a partir de la cumbre una socialdemocracia «de izquierda» que debería servir de puente hacia el comunismo. De la misma manera, esta mascarada no ha conducido más que a fracasos. Los resultados de todas estas experiencias y aventuras han sido invariablemente catastróficos. El movimiento revolucionario mundial ha sido hecho retroceder para varios años.

Fue entonces cuando Manuilsky decidió romper las gafas y Kuusinen, para no equivocarse más, proclamó fascista a todo el mundo con la excepción de él mismo y sus amigos. Hoy el asunto es más claro y más sencillo; no podía haber más errores. ¿Qué frente único puede haber con los «socialfascistas» contra los nacionalfascistas, o con los «socialfascistas de izquierda» contra los «socialfascistas de derecha»? Habiendo así descrito un giro de 180 grados por encima de nuestras cabezas, la burocracia estalinista se ha visto forzada a declarar contrarrevolucionarias las resoluciones de los cuatro primeros congresos de la Internacional.

 

6. Las lecciones de la experiencia rusa

En una de nuestras obras anteriores hemos hecho referencia a la expe­riencia bolchevique en la lucha contra Kornilov: los dirigentes oficiales nos respondieron con gruñidos de desaprobación. Recordemos una vez más el fondo del asunto, para mostrar de una forma más precisa y detallada cómo ha sacado las lecciones del pasado la escuela estalinista.

En julio y agosto de 1917, Kerensky, el jefe del gobierno, realizó prácticamente el programa del comandante en jefe Kornilov: restableció en el frente los tribunales militares de guerra y la pena de muerte para los soldados, quitó a los soviets conciliadores toda influencia sobre los asuntos del Estado, reprimió a los campesinos, hizo que se doblara el precio del pan (en el marco del monopolio estatal sobre el comercio de trigo), preparó la evacuación del Petrogrado revolucionario y concentró en los alrededores de la capital, de acuerdo con Kornilov, a las tropas contrarrevolucionarias, prometió a los aliados una nueva ofensiva en el frente, etc. Esa era la situación política general.

El 26 de agosto, Kornilov rompió con Kerensky a causa de las vacilaciones de este último y lanzó a sus tropas sobre Petrogrado. El partido bodchevique estaba en una situación de semilegalidad. Sus jefes, comenzando por Lenin, se ocultaban en la clandestinidad o estaban en prisión, acusados de tener relaciones con el estado mayor de los Hohenzollern. La prensa bolchevique estaba prohibida. Las persecuciones venían del gobierno de Kerensky, que estaba apoyado por la izquierda por los conciliadores socialistas revolucionarios y mencheviques.

¿Qué hizo el partido bolchevique? No vaciló ni un momento en llegar a un acuerdo práctico con sus carceleros, Kerensky, Tseretellí, Dan, para luchar contra Kornilov. Por todas partes fueron creados comités de defensa revolucionaria en los que los bolcheviques eran minoritarios. Lo que no les impidió jugar un papel dirigente: cuando existen acuerdos que tratan de desarrollar la acción revolucionaria de las masas, gana siempre el partido revolucionario más consecuente y decidido. Los bolcheviques estaban destruyendo las barreras que les separaban de los obreros mencheviques y, sobre todo, de los soldados socialistas revolucionarios, y les arrastraron tras de sí.

¿Podría ser que los bolcheviques hubiesen actuado de esta manera únicamente porque habían sido cogidos de improviso? No, los bolcheviques habían exigido, decenas, centenares de veces a lo largo de los meses anteriores, a los mencheviques una lucha conjunta contra la contrarrevolución que se movilizaba. Desde el 27 de mayo, cuando Tseretelli reclamaba medidas de represión contra los marinos bolcheviques, Trotsky declaró en una reunión del soviet de Petrogrado: «Si un general contrarrevolucionario se esfuerza en poner un nudo corredizo alrededor del cuello de la revolución, los cadetes enjabonarán la cuerda, pero los marinos de Kronstadt vendrán a luchar y morir con nosotros.» Lo que se confirmó por completo. En los días en que avanzaba Kornilov, Kerensky se dirigió a los marinos del crucero Aurora, pidiéndoles que tomasen a su cargo la defensa del Palacio de Invierno. Todos los marinos eran bolcheviques. Odiaban a Kerensky. Pero eso no les impidió proteger con vigilancia el Palacio de Invierno. Sus representantes se presentaron en la prisión de Kresty para encontrarse con Trotsky, que estaba encerrado, y le preguntaron: ¿No hay que arrestar a Kerensky? Pero la pregunta era más bien una broma: los marinos comprendían que era necesario primero aplastar a Kornilov, y después arreglar cuentas con Kerensky. Gracias a una mejor comprensión que el comité central de Thaelmann.

Die Rote Fahne califica nuestra observación histórica de «errónea». ¿Por qué razón? Es una pregunta inútil. ¿Se puede realmente esperar objeciones serias por parte de esta gente? Han recibido órdenes de Moscú, bajo amenaza de ser licenciados, de ladrar cuando oigan el solo nombre de Trotsky. Cumplen las órdenes como pueden. Según ellos, Trotsky «ha hecho una comparación fraudulenta entre la lucha actual de Brüning “contra” Hítler y la lucha de los bolcheviques en el momento del levantamiento reaccionario de Kornilov a principios de septiembre de 1917, cuando, confrontados de forma inmediata a una situación revolucionaria aguda, los bolcheviques luchaban contra los mencheviques para ganar la mayoría en los soviets y, armados en la lucha contra Kornilov, atacaban simultáneamente a Kerensky por los flancos. De este modo, Trotsky pre­senta el apoyo a Brüning y al gobierno prusiano como un mal menor» (Die Rote Fahne, 22 de diciembre, 1931).

Es difícil refutar todo este barullo de palabras. Yo comparo, según se dice, la lucha de los bolcheviques contra Kornilov con la lucha de Brúning contra HítIer. Yo no sobrestimo la capacidad intelectual de la redacción de Die Rote Fabne, pero no es posible que esta gente no pueda compren­der mi pensamiento. La lucha cle los bolcheviques contra Kornilov, yo la comparo con la lucha del partido comunista alemán contra Hitler. ¿En qué es «errónea» esta comparación? Los bolcheviques, escribe Die Rote Fabne, luchaban en esa época contra los mencheviques para ganar la mayoría dentro de los soviets. Pero el partido comunista alemán también combate contra la socialdemocracia para ganar la mayoría dentro de la clase obrera. En Rusia, estábamos en vísperas de «una situación revolucionaria aguda». ¡Totalmente correcto! Sin embargo, sí los bolcheviques hubiesen adoptado en agosto la posición de Thaelmann, es una situación contrarrevolucionaria lo que había podido abrirse en lugar de la situación revolucionaria.

A lo largo de los últimos días de agosto, Kornilov fue aplastado, en realidad no por la fuerza de las armas, sino solamente por la unidad de las masas. Al día siguiente del 3 de septiembre, Lenin proponía en la prensa a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios el compro­miso siguiente: vosotros tenéis la mayoría en los soviets, les decía, tomad el poder, nosotros os apoyaremos contra la burguesía. Garantizadnos una libertad de agitación total y nosotros os prometemos una lucha pacifica por la mayoría dentro de los soviets. ¡Hay que ver lo oportunista que era Lenin! Los mencheviques y los socialistas revolucionarios rechazaron el compromiso, es decir, una nueva propuesta de frente único contra la burguesía. Este rechazo se convirtió en las manos de los bolcheviques en una potente arma para la preparación del levantamiento armado que, siete se­manas más tarde, barrió a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios.

Hasta el presente no ha habido en el mundo más que una revolución proletaria victoriosa. No creo de ninguna forma que no hayamos cometido ningún error en el camino de la victoria; de todos modos, creo que nuestra experiencia tiene cierta importancia para el partido comunista alemán. Desarrollo una analogía histórica entre dos situaciones muy próximas y emparentadas. ¿Qué responden los dirigentes del partido comunista ale­mán? Injurias.

Solamente el grupo ultraizquierdista Der Roter Kümpfer, armado con toda su sabiduría, se ha esforzado por criticar seriamente nuestra comparación. Cree que los bolcheviques actuaron en agosto de una forma correcta, «porque Kornilov era el representante de la contrarrevolución zarista, lo que significa que su lucha era la de la reacción feudal contra la revolución burguesa. En esas condiciones, un acuerdo táctico de los obreros con la burguesía y sus apéndices socialista revolucionario y menchevique era no sólo necesario, sino inevitable, porque los intereses de las dos clases coincidían para rechazar a la contrarrevolución feudal». Pero como Hitler representa a la contrarrevolución burguesa, y no feudal, la socialdemocracia que apoya a la burguesía no puede comprometerse en contra de Hitler. Es por esta razón por lo que no existe frente único en Alemania y por lo que la comparación de Trotsky es errónea.

Todo esto tiene un aire muy sólido. Pero, en realidad, no hay ni una sola palabra correcta. La burguesía rusa, en agosto de 1917, no se opuso en absoluto a la reacción feudal: todos los propietarios apoyaban al partido cadete, que se oponía a la expropiación de los terratenientes. Kornilov se proclamaba republicano, «hijo de campesino» y partidario de la reforma agraria y de la Asamblea Constituyente. Toda la burguesía apoyaba a Kornilov. El acuerdo de los bolcheviques con los socialistas revolucionarios y los mencheviques se hizo posible únicamente porque los conciliadores habían roto temporalmente con la burguesía: el miedo a Kornilov les había empujado hacia ello. Los conciliadores habían comprendido que, a partir del momento en que Kornilov lograse una victoria, la burguesía dejaría de necesitarlos y permitiría a Kornilov que les aplastase. Dentro de estos límites, se ve cómo hay una analogía total con las relaciones que existen entre la socialdemocracia y el fascismo.

La diferencia no empieza en absoluto donde la ven los teóricos de Der Roter Kámpler. En Rusia, las masas pequeñoburguesas, sobre todo campesinas, no se inclinaban hacía la derecha sino hacia la izquierda. Kornilov no se apoyaba sobre la pequeña burguesía. Es precisamente por esta razón por lo que su movimiento no era fascista. Era una contrarrevolución burguesa -y en absoluto feudal- dirigida por un general intrigante. En esto residía su debilidad. Kornilov se apoyaba en la simpatía de toda la burguesía y en el sostén militar de los oficiales, de los junkers, es decir, de la generación joven de esta misma burguesía. Esto resultó ser insuficiente. Pero, en el caso de una política errónea de los bolcheviques, la victoria de Kornilov no habría estado en absoluto excluida.

Vemos que los argumentos de Der Roter Kámpler contra el frente único en Alemania están basados en el hecho de que sus teóricos no comprenden ni la situación rusa ni la situación alemana [8].

Sintiéndose poco segura sobre el hielo de la historia rusa, Die Rote Fahne intenta abordar el problema por otro lado. «Para Trotsky, sólo los nacionalsocialistas son fascistas. Un estado de excepción, la baja dictatorial de los salarios, la prohibición de hecho de las huelgas... todo esto no es fascismo para Trotsky. Pero todo esto debe soportarlo nuestro partido.» El mal humor impotente de esta gente es desarmante. ¿Dónde y cuándo he propuesto yo «soportar» al gobierno Brüning? ¿Y qué quiere decir «soportar»? Si se trata de un apoyo parlamentario o extraparlamentario al gobierno de Brüning, es una vergüenza para los comunistas hablar de ello. Pero en otro sentido, más amplio, histórico, ustedes, señores charlatanes, están en gran medida obligados a «soportar» al gobierno Brüning, porque son demasiado débiles para derrocarlo.

Todos los argumentos que dirige contra mi de Die Rote Fahne a propósito de los asuntos alemanes, podrían igualmente ser dirigidos contra los bolcheviques en 1917. Se podría decir: «Para los bolcheviques, la política de Kornilov empieza con Kornilov. Pero, de hecho, ¿no es kornilovista Kerensky? ¿No busca su política aplastar la revolución? ¿No amenaza a los campesinos con expediciones de castigo? ¿No organiza los cierres patronales? ¿No está Lenin en la clandestinidad? ¿Y tenemos que soportar todo esto?»

Por mucha memoria que hago, no he encontrado a un solo bolchevique que se arriesgase a una argumentación semejante. Pero si se hubiese encontrado a alguno, se le habría dado aproximadamente la siguiente respuesta: «Nosotros acusamos a Kerensky de preparar y facilitar la llegada de Kornilov al poder. ¿Pero nos descarga eso de la obligación de repeler la ofensiva de Kornilov? Nosotros acusamos al portero de haber dejado las puertas medio abiertas para el pillo. ¿Pero es que implica eso que debamos descuidar la puerta?». Como el gobierno Brüning, gracias a la complacencia de la socialdemocracia, ha hundido al proletariado hasta las rodillas en la capitulación ante el fascismo, vosotros sacáis como conclusión: hasta las rodillas, hasta la cintura o totalmente, ¿es que no es lo mismo? No, no es lo mismo. El que se ha hundido en un pantano hasta las rodillas todavía puede salir. Pero, para el que se ha hundido hasta la cabeza, no queda ya ninguna esperanza de volver.

Lenin escribió respecto a los ultraizquierdistas: «Hablan muy bien de nosotros, los bolcheviques. A veces dan ganas de decirles: “¡Por favor, alabadnos un poco menos y esforzaos un poco más en investigar la táctica de los bolcheviques y en llegar a conocerla un poco mejor!”»

 

7. Las lecciones de la experiencia italiana

El fascismo italiano ha surgido directamente del levantamiento del proletariado italiano, traicionado por los reformistas. Después del final de la guerra, el movimiento revolucionario en Italia continuó* acentuándose y, en septiembre de 1920, desembocó en la toma de las fábricas y los talleres por los obreros. La dictadura del proletariado era una realidad, sólo faltaba organizarla y ser consecuente hasta el final. La socialdemocracia tuvo miedo y dio marcha atrás. Después de esfuerzos audaces y heroicos, el proletariado se encontró ante el vacío. El hundimiento del movimiento revolucionario fue la condición previa más importante del crecimiento del fascismo. En septiembre se detenía la ofensiva revolucionaria del proletariado; en noviembre se produjo el primer ataque importante de los fascistas (la toma de Bolonia).

A decir verdad, después de la catástrofe de septiembre, el proletariado era todavía capaz de llevar a cabo luchas defensivas. Pero la socialdemocracia sólo tenia una preocupación: retirar a los obreros de la batalla al precio de continuas concesiones. Los socialdemócratas confiaban en que una actitud sumisa por parte de los obreros dirigirla a la «opinión pública» burguesa contra los fascistas. Además, los reformistas contaban incluso con la ayuda de Victor Manuel. Hasta el último momento disuadieron con todas sus fuerzas a los obreros de luchar contra las bandas de Mussolini. Pero todo esto no sirvió para nada. Siguiendo a la costra superior de la burguesía, la corona se puso del lado de los fascistas. Al llegar a convencerse en el último momento de que era imposible detener al fascismo por medio de la docilidad, los socialdemócratas llamaron a los obreros a la huelga general. Pero este llamamiento fue un fiasco. Los reformistas habían regado durante tanto tiempo la pólvora, temiendo que se incendiase, que, cuando por fin acercaron con mano temblorosa una cerilla encendida, la pólvora no prendió.

Dos años después de su aparición, el fascismo estaba en el poder. Reforzó sus posiciones gracias al hecho de que los dos primeros años de su dominación coincidieron con una coyuntura económica favorable, que siguió a la depresión de los años 1921-1922. Los fascistas utilizaron la fuerza ofensiva de la pequeña burguesía contra el proletariado que estaba retrocediendo. Pero esto no se produjo inmediatamente. Una vez instalado en el poder, Mussolini avanzó por su camino con cierta prudencia: no tenia todavía un modelo preparado. En los dos primeros años ni siquiera fue modificada la constitución. El gobierno fascista era una coalición. Las bandas fascistas, durante este periodo, manejaban el bastón, el cuchillo y el revólver. Sólo progresivamente fue creándose el Estado fascista, lo que implicó el estrangulamiento total de todas las organizaciones de masas independientes.

Mussolini alcanzó este resultado al precio de la burocratización del partido fascista. Después de haber utilizado la fuerza ofensiva de la pequeña burguesía, el fascismo la estranguló en las tenazas del Estado burgués. No podía actuar de otra forma, ya que la desilusión de las masas a las que habla reunido se volvía el peligro más inmediato para él. El fascismo burocrático se aproxima extraordinariamente a las otras formas de dictadura militar y policíaca. Ya no cuenta con la base social de antaño. La principal reserva del fascismo, la pequeña burguesía, está agotada. La inercia histórica es lo único que permite al Estado fascista mantener al proletariado en un estado de dispersión e impotencia. La correlación de fuerzas se modifica automáticamente en favor del proletariado. Este cambio debe conducir a la revolución. La derrota del fascismo será uno de los acontecimientos más catastróficos de la historia europea. Pero la realidad demuestra que todos estos procesos necesitan tiempo.

El Estado fascista continúa en su sitio desde hace diez años. ¿Cuánto tiempo se mantendrá todavía? Sin arriesgarnos a fijar plazos, podemos decir con seguridad que la victoria de Hitler en Alemania significaría un nuevo y largo respiro para Mussolini. El aplastamiento de Hitler, marcaría para Mussolini el comienzo del fin.

En su política con respecto a Hitler, la socialdemocracia alemana no ha inventado ni una sola palabra: no hace más que repetir más pesadamente lo que en su momento hicieron con más temperamento los reformistas italianos. Éstos explicaban el fascismo como una psicosis de la posguerra; la socialdemocracia alemana ve en él una psicosis «de Versalles», o incluso una psicosis de la crisis. En ambos casos, los reformistas cierran los ojos al carácter orgánico del fascismo, en tanto que movimiento de masas nacido del declive imperialista.

Temiendo la movilización revolucionaria de los obreros, los reformistas italianos ponían todas sus esperanzas en el «Estado». Su consigna era: «¡Intervén, Victor Manuel!» La socialdemocracia alemana no cuenta con un recurso tan democrático como es un monarca fiel a la constitución. En tal caso, hay que conformarse con un presidente. «¡Intervén, Hindenburg! »

En la lucha contra Mussolini, es decir, en la retirada ante él, Turati lanzó la fórmula genial: «Hay que tener el valor de ser cobardes.» Los reformistas alemanes son menos frívolos en sus consignas. Exigen «valor para soportar la impopularidad» (Mut zur Unpopularitát). Es lo mismo. No hay que temer la impopularidad, desde el momento en que uno se acomoda cobardemente al enemigo.

Las mismas causas producen los mismos efectos. Si el curso de los acontecimientos dependiese solamente de la dirección del partido socialdemócrata, la carrera de Hitler estaría asegurada.

De todos modos, hay que reconocer que, en lo que le toca, el partido comunista alemán no ha aprendido gran cosa de la experiencia italiana.

El partido comunista italiano apareció casi al mismo tiempo que el fascismo. Pero las mismas condiciones de reflujo revolucionario que llevaron al fascismo al poder frenaron el desarrollo del partido comunista. No se daba cuenta de las dimensiones del peligro fascista, se alimentaba de ilusiones revolucionarías, era irreductiblemente hostil a la política de frente único, sufría, en definitiva, todas las enfermedades infantiles. No hay nada de asombroso en ello: solamente tenía dos años. No veía en el fascismo más que la «reacción capitalista». El partido comunista no distinguía los rasgos particulares del fascismo, que derivan de la movilización de la pequeña burguesía contra el proletariado. Según las informaciones de mis amigos italianos, con la excepción de Gramsci, el partido comunista no creía posible la toma del poder por los fascistas. Si la revolución proletaria había triunfado, ¿qué clase de golpe de Estado contrarrevolucionario podría haber todavía? ¡La burguesía no puede sublevarse contra sí misma! Ésa era la orientación política fundamental del partido comunista italiano. Sin embargo, no hay que olvidar que el fascismo italiano era entonces un fenómeno nuevo, que se encontraba solamente en proceso de formación: habría sido difícil, incluso para un partido con más experiencia, distinguir sus rasgos específicos.

La dirección del partido comunista alemán reproduce hoy casi al pie de la letra la posición inicial del comunismo italiano: el fascismo es solamente la reacción capitalista; las diferencias entre las distintas formas de la reacción capitalista no tienen importancia desde el punto de vista del proletariado. Este radicalismo vulgar es tanto más imperdonable cuanto que el partido alemán es mucho más viejo de lo que lo era el partido italiano en la época correspondiente; además, el marxismo se ha enri­quecido hoy con la trágica experiencia italiana. Afirmar que el fascismo ha llegado ya o negar la posibilidad misma de su ascenso al poder lleva políticamente a lo mismo. Ignorar la naturaleza especifica del fascismo no puede más que paralizar la voluntad de lucha contra el mismo.

El error principal incumbe, evidentemente, a la dirección de la Internacional Comunista. Los comunistas italianos, más que cualesquiera otros, deberían haber hecho oír su voz para advertir contra estos errores. Pero Stalin y Manuilsky les han obligado a renegar de las lecciones más importantes de su propia derrota. Ya hemos visto cómo se ha apresurado Ercoli a pasarse a las posiciones del socialfascismo, es decir, a las posiciones de espera pasiva de la victoria fascista en Alemania.

La socialdemocracia internacional se ha consolado durante mucho tiempo diciéndose a sí misma que el bolchevismo no era concebible más que en los países atrasados. Inmediatamente aplicó la misma afirmación al fascismo. Ahora, la socialdemocracia alemana debe comprender a su propia costa la falsedad de este consuelo: sus compañeros de viaje pequeñoburgueses se han pasado y se siguen pasando del lado del fascismo, mientras que los obreros la dejan por el partido comunista. En Alemania solamente se desarrollan el fascismo y el bolchevismo. Aunque Rusia por una parte, e Italia por otra, sean países infinitamente más atrasados que Alemania, tanto uno como otro han servido de arena para el desarrollo de los movimientos políticos característicos del capitalismo imperialista. La Alemania avanzada debe reproducir procesos que, en Rusia y en Italia, han terminado ya. El problema fundamental del porvenir alemán puede ser formulado de la siguiente forma: ¿que vía seguir, la rusa o la italiana?

Evidentemente, esto no significa que la estructura social altamente desarrollada de Alemania no tenga importancia para el futuro destino del bolchevismo y del fascismo. Italia es, en mayor medida que Alemania, un país pequeñoburgués y campesino. Basta con recordar que, en Alemania, hay 9,8 millones de personas trabajando en la agricultura y las explotaciones forestales, y 18,5 millones trabajando en la industria y el comercio, es decir, casi el doble. En Italia, para 10,3 millones de personas que trabajan en la agricultura y las explotaciones forestales, hay 6,4 millones de personas que lo hacen en la industria y el comercio. Estas cifras brutas, globales, están lejos todavía de dar una imagen del elevado peso específico del proletariado en la vida de la nación alemana. Incluso la gigantesca cifra de los parados es una prueba a la inversa de la potencia social del proletariado alemán. Todo el problema está en traducir esta potencia en términos de política revolucionaría.

La última gran derrota del proletariado alemán, que se puede poner en el mismo nivel histórico que las jornadas de septiembre en Italia, se remonta a 1923. Durante los ocho años que han transcurrido después, muchas heridas han cicatrizado, una generación nueva ha surgido. El Partido Comunista de Alemania representa una fuerza infinitamente más grande que los comunistas italianos en 1922. El peso especifico del proletariado, el periodo bastante largo que ha transcurrido después de su última derrota, la fuerza considerable del partido comunista, éstas son tres ventajas que tienen una enorme importancia en la valoración general de la situación y las perspectivas.

Pero para utilizar estas ventajas hay que entenderlas. Lo que no es el caso. La posición de Thaelmann en 1932 es una repetición de la posición de Bordiga en 1922. Es en este punto donde el peligro se vuelve particularmente grave. Pero, aquí también, hay una ventaja complementaria que no existía hace diez años. En las filas de los revolucionarios alemanes existe una oposición marxista que se basa en la experiencia del último decenio. Esta oposición es numéricamente débil, pero los acontecimientos dan a su voz una fuerza excepcional. En ciertas condiciones, un ligero empujón puede desencadenar una avalancha. El empuje crítico de la Oposición de Izquierda puede contribuir a un cambio oportuno de la política de la vanguardia proletaria. ¡A esto se resume hoy nuestra tarea!

 

8. Por el frente único: hacia los soviets, órganos superiores del frente único

La veneración de palabra hacia los soviets está tan extendida en los círculos «de izquierda» como la incomprensión de su función histórica. Lo más corriente es que los soviets sean definidos como los órganos de la lucha por el poder, los órganos del levantamiento y, en fin, los órganos de la dictadura. Estas definiciones son formalmente correctas. Pero no agotan la función histórica de los soviets. Y, sobre todo, no explican por qué se necesitan precisamente los soviets en la lucha por el poder. La respuesta a esta pregunta es la siguiente: de la misma forma que el sindicato es la forma elemental del frente único en la lucha económica, el soviet es la forma más elevada del frente único cuando llega para el proletariado la época de la lucha por el poder.

El soviet no posee en sí mismo ninguna fuerza milagrosa. No es más que el representante de clase del proletariado, con todos sus lados fuertes y sus puntos débiles. Pero es precisamente esto, y sólo esto, lo que hace que el soviet ofrezca la posibilidad organizativa a los obreros de diferentes tendencias políticas, y que se encuentran en distintos niveles de desarrollo, de unir sus esfuerzos en la lucha revolucionaria por el poder. En la actual situación prerrevolucionaria, los obreros alemanes deben tener una idea muy clara de la función histórica de los soviets como órganos del frente único.

Si, a lo largo del período preparatorio, el partido comunista hubiese logrado eliminar completamente de las filas del proletariado a todos los demás partidos, y reunir bajo su bandera, tanto política como organizativamente, a la aplastante mayoría de los obreros, no habría ninguna necesidad de los soviets. Pero, como lo muestra la experiencia histórica, no hay nada que permita creer que el partido comunista, en cualquier país que sea -y todavía menos en los países con una vieja cultura capitalista que en los países atrasados-, vaya a lograr ocupar una posición tan absolutamente hegemónica en el seno de la clase obrera, sobre todo antes de la revolución proletaria.

La Alemania actual nos muestra precisamente que la tarea de la lucha directa e inmediata por el poder se le plantea al proletariado mucho antes de que haya llegado a reunirse enteramente bajo la bandera del partido comunista. La situación revolucionaria, a nivel político, se caracteriza precisamente por el hecho de que todos los grupos y todas las capas del proletariado, o al menos su aplastante mayoría, aspiran a unir sus esfuerzos para cambiar el régimen existente. De todos modos, eso no significa que todos comprendan cómo deben actuar, y menos aun que estén dispuestos a romper con sus partidos y a pasar a las filas de los comunistas. La conciencia política no madura de una forma tan lineal y uniforme, subsisten profundas diferencias internas incluso en la época revolucionaria, en la que todos los procesos se desarrollan por saltos. Pero, paralelamente, la necesidad de una organización por encima de los partidos, englobando a toda la clase, presiona de un modo especial. La misión histórica de los soviets es dar forma a esta necesidad. Ése es su inmenso papel. En las condiciones de una situación revolucionaria, son la más alta expresión organizativa de la unidad del proletariado. Quien no haya comprendido esto, no ha comprendido el problema de los soviets. Thaelmann, Neumann y Remmele pueden pronunciar todos los discursos y escribir todos los artículos que quieran sobre la futura «Alemania soviética». Con su política actual están saboteando la creación de soviets en Alemania.

Estando muy lejos de los acontecimientos, no sabiendo directamente qué es lo que sienten las masas, y no teniendo la posibilidad de tomar cada día el pulso a la clase obrera, me resulta muy difícil prever las formas transitorias que conducirán en Alemania a la creación de los soviets. Por otra parte, he formulado la hipótesis de que los soviets podrían ser la extensión de los comités de fábrica: al decir esto me apoyaba esencialmente en la experiencia de 1923. Pero está claro que ésta no es la única vía. Bajo la presión del paro y la miseria por un lado, y bajo el empuje de los fascistas por el otro, la necesidad de unidad revolucionaria puede tomar la forma de soviets, dejando de lado a los comités de fábrica. Pero, cualquiera que sea la vía por la que se llegue a los soviets, no serán otra cosa que la expresión organizativa de los puntos fuertes y los puntos débiles del proletariado, de sus diferencias internas y de su aspiración general a superarlas, en una palabra, los órganos del frente único de clase.

En Alemania, la socialdemocracia y el partido comunista se reparten la influencia sobre la mayoría de la clase obrera. La dirección socialdemócrata hace todo lo que puede para apartar de sí a los obreros. La dirección del partido comunista se opone con todas sus fuerzas a la afluencia de los obreros. Esto tiene como resultado la aparición de un tercer partido, que va acompañada de una modificación relativamente lenta de la correlación de fuerzas en favor de los comunistas. Aunque el partido comunista llevase a cabo una política correcta, la necesidad de la unidad revolucionaria de la clase obrera crecería entre los obreros de forma infinitamente más rápida que la preponderancia del partido comunista en el interior de la clase. La necesidad de la creación de los soviets mantendría así toda su importancia.

La creación de los soviets presupone el acuerdo de los diferentes partidos y organizaciones de la clase obrera, comenzando por las fábricas; este acuerdo debe ser tanto sobre la necesidad de los soviets como sobre el momento y la modalidad de su formación. Esto significa que los soviets son la forma acabada del frente único en la época revolucionaria y su aparición debe ser precedida por la política de frente único en el período preparatorio.

¿Es necesario recordar una vez más que en Rusia, a lo largo de los seis primeros meses de 1917, eran los conciliadores, los socialistas revolucionarios y los mencheviques, los que tenían la mayoría en los soviets? El partido de los bolcheviques, sin renunciar ni un solo instante a su independencia revolucionaria como partido, respetaba paralelamente, en el marco de la actividad de los soviets, la disciplina organizativa con relación a la mayoría. Está claro que, en Alemania, el partido comunista ocupará desde la aparición del primer soviet un lugar mucho mis importante que el de los bolcheviques en los soviets de marzo de 1917. No se puede excluir en absoluto la posibilidad de que los comunistas ganen muy rápidamente la mayoría dentro de los soviets. Lo que de ninguna forma privará a éstos de su significación de instrumentos de frente único, ya que, al principio, la minoría -los socialdemócratas, los sin partido, los obreros católicos., etc.- se contará todavía por millones, y el mejor medio para romperse el cuello, incluso en la situación más revolucionaria, es no tener en cuenta a una minoría semejante. Pero todo esto es la música del porvenir. Hoy, la minoría es el partido comunista. Hay que partir de ahí.

Lo que hemos dicho no significa, evidentemente, que el camino que conduce a los soviets pase obligatoriamente por un acuerdo con Wels, Hilferding, Breitscheid, etc. En 1918, Hilferding se preguntaba cómo incluir los soviets dentro de la Constitución de Weimar sin dañarla; se puede suponer que, en la actualidad, su espíritu estará ocupado con el problema siguiente: ¿cómo incluir los cuarteles fascistas en la Constitución de Weimar sin perjudicar a la socialdemocracia? Hay que pasar a la creación de soviets en el momento en que el estado general del proletariado lo permita, aunque eso se haga contra la voluntad de las esferas dirigentes de la socialdemocracia. Para ello, es necesario separar a la base socialdemócrata de la cumbre: pero no se puede alcanzar este objetivo haciendo como si ya se hubiese realizado. Para separar a millones de obreros socialdemócratas de sus jefes reaccionarios hay, precisamente, que mostrar a estos trabajadores que estamos dispuestos a entrar en los soviets incluso con esos «jefes».

Sin embargo, no se puede considerar como excluida a priori la posibilidad de que incluso la capa superior de la socialdemocracia se vea obligada a subirse al hierro al rojo vivo de los soviets para intentar repetir la maniobra de Ebert, Scheidemann, Haas y Cía. en 1918-1919: todo dependerá, en tal caso, menos de la mala voluntad de estos señores que de la fuerza y las condiciones en que la historia les coja entre sus tenazas.

La aparición del primer soviet local en el que estén presentes los obreros socialdemócratas y comunistas, no como individuos, sino como organizaciones, producirá un efecto considerable sobre el conjunto de la clase obrera alemana. No solamente los obreros socialdemócratas y sin partido, sino tampoco los obreros liberales y católicos podrán resistir durante mucho tiempo a esta fuerza centrípeta. Todos los sectores del proletariado alemán, el más inclinado y el más apto para la organización, se sentirán atraídos por los soviets como las limaduras por el imán. El partido comunista encontrará en los soviets un nuevo terreno de lucha, excepcionalmente favorable, para conquistar un papel dirigente en la revolución proletaria. Podemos considerar como seguro que la mayoría aplastante de los obreros socialdemócratas e incluso una parte no despreciable del aparato socialdemócrata se sentirían desde ese momento arrastrados al marco de los soviets si la dirección del partido comunista no pusiese tanto celo en ayudar a los jefes socialdemócratas a parar la presión de las masas.

Si el partido comunista considera inaceptable todo acuerdo con los comités de fábrica, las organizaciones socialdemócratas, los sindicatos, etcétera sobre un programa preciso de tareas prácticas, esto significa simplemente que considera inaceptable crear los soviets con la socialdemocracia. Como no puede haber unos soviets estrictamente comunistas, ya que no serían útiles para nadie, el rechazo por parte del partido comunista de los acuerdos y las acciones comunes con los demás partidos de la clase obrera no significa otra cosa que el rechazo de los soviets.

Die Rote Fahne responderá a este razonamiento, probablemente, con una andanada de injurias y demostrará, como dos y dos son cuatro, que yo soy el agente electoral de Brüning, el aliado secreto de Wels, etc. Estoy dispuesto a ser acusado de todos estos cargos, pero con una sola condición: que Die Rote Fahne, por su parte, explique a los obreros alemanes cómo, en que momento y de qué forma pueden ser creados los soviets en Alemania sin la política de frente único en dirección a las otras organizaciones obreras.

Para aclarar el problema de los soviets como órganos de frente único, son muy instructivas las reflexiones que hace al respecto uno de los periódicos de provincias del partido comunista, Der Klassenkampf (de Halle-Merseburg). «Todas las organizaciones obreras -ironiza el periódico-, en su forma actual, con todos sus errores y sus debilidades, deben ser reunidas dentro de amplias uniones antifascistas defensivas. ¿Qué quiere decir esto? Podemos prescindir de largas explicaciones teóricas; en esta cuestión, la historia ha sido el duro profesor de la clase obrera alemana: el aplastamiento de la revolución de 1918-1919 fue el precio que pagó la clase obrera alemana por el frente único de todas las organizaciones obreras, que no era más que un magma informe.» ¡Tenemos aquí un ejemplo sin igual de fanfarronada superficial!

El frente único de 1918-1919 se realizó esencialmente a través de los soviets. ¿Debían o no, los espartaquistas, entrar en los soviets? Si se toma esta cita al pie de la letra, debían permanecer apartados de los soviets. Pero como los espartaquistas representaban una débil minoría dentro de la clase obrera y no podían en absoluto sustituir los soviets de los socialdemócratas por los suyos propios, su aislamiento respecto a los soviets habría significado simplemente su aislamiento respecto de la revolución. Si el frente único tenía este aspecto de «magma informe», la responsabilidad no incumbía en absoluto a los soviets como órganos del frente único, sino al estado político de la misma clase obrera, es decir, a la debilidad de la Liga de Espartaco y a la fuerza extraordinaria de la socialdemocracia. De manera general, el frente único no puede sustituir a un potente partido revolucionario. Solamente puede ayudarle a reforzarse. Eso es plenamente válido para los soviets. El miedo que tenía la débil Liga de Espartaco a dejar escapar una situación excepcional la empujó a acciones ultra izquierdistas y a intervenciones prematuras. En cambio, si los espartaquistas se hubiesen quedado fuera del frente único, es decir, de los soviets, estos rasgos negativos se habrían manifestado sin duda alguna mucho más claramente.

¿No ha aprendido realmente nada esta gente de la experiencia de la revolución alemana de 1918-1919? ¿Han leído aunque sólo sea El izquierdismo? ¡El régimen estalinista ha causado verdaderos estragos en los espíritus! Después de haber burocratizado los soviets en la URSS, los epígonos los consideran como un simple instrumento técnico en las manos del aparato del partido. Se ha olvidado que los soviets fueron creados como parlamentos obreros, que atraían a las masas porque ofrecían la posibilidad de reunir hombro con hombro a todas las fracciones de la clase obrera, independientemente de las diferencias de partido; se ha olvidado que es precisamente ahí donde residía la gigantesca fuerza educativa y revolucionaria de los soviets. Todo ha sido olvidado, confundido, desfigurado. ¡Oh, epígonos tres veces malditos!

El problema de las relaciones entre el partido y los soviets es de una importancia decisiva para una política revolucionaria. El curso actual del partido comunista va encaminado de hecho a sustituir a los soviets por el partido; en cambio, Hugo Urbahns, que no desperdicia ocasión para aumentar la confusión, se dispone a sustituir al partido por los soviets. Según el informe ofrecido por la Sozialistische Arbeiter Zeitung, Urbahns, en el curso de una reunión celebrada en Berlín en enero, ha declarado, criticando las pretensiones del partido comunista de dirigir a la clase obrera: «La dirección estará en las manos de los soviets, elegidos por las mismas masas y no siguiendo la voluntad y el gusto de un solo partido» (aprobación masiva). Es perfectamente comprensible que el ultimatismo del partido comunista irrite a los obreros, que se ven empujados a aplaudir toda protesta contra la fanfarronería burocrática. Pero eso no cambia en nada el hecho de que la posición de Urbahns sobre este problema, como sobre otros, no tiene nada en común con el marxismo. Es indiscutible que los obreros «mismos» elegirán los soviets. Todo el problema está en saber a quién elegirán. Debemos entrar en los soviets con las demás organizaciones, cualesquiera que sean, con «todos sus errores y sus debilidades». Pero pensar que los soviets pueden «por sí mismos» dirigir la lucha del proletariado por el poder, lleva a propagar un fetichismo grosero del soviet. Todo depende del partido que dirija los soviets. Es por esto por lo que, contrariamente a Urbahns, los bolcheviques-leninistas no niegan en absoluto al partido comunista el derecho a dirigir los soviets: bien al contrario, declaran que sólo sobre la base del frente único, sólo a través de las organizaciones de masas, podrá el partido comunista conquistar una posición dirigente en los futuros soviets y conducir al proletariado a la conquista del poder.

 

9. El SAP (Partido Socialista Obrero)

Sólo los funcionarios desarraigados que creen que todo les está permitido, o los papagayos estúpidos que repiten las injurias sin comprender su sentido, pueden calificar al SAP de partido «socialfascista» o «contrarrevolucionario». Pero sería dar prueba de una ligereza imperdonable y de un optimismo barato otorgar confianza a priori a una organización que, aunque haya roto con la socialdemocracia, se encuentra todavía a medio camino entre el reformismo y el comunismo, con una dirección más cercana al reformismo que al comunismo. En este punto, la Oposición de Izquierda tampoco se responsabiliza en absoluto de la política de Urbahns.

El SAP no tiene programa. No entendemos por tal un documento formal: un programa sólo es sólido cuando su texto está ligado a la experiencia revolucionaria del partido, a las enseñanzas de las luchas, que se han convertido en la carne y la sangre de los cuadros. El SAP no tiene nada de todo esto. La revolución rusa, sus distintas etapas, sus luchas fraccionales, la crisis alemana de 1923, la guerra civil de Bulgaria, los acontecimientos de la revolución china, la lucha del proletariado inglés (1926), la crisis revolucionaria española -todos estos acontecimientos que deberían formar parte de la conciencia del proletariado como indicadores fundamentales del camino político, no son para los cuadros del SAP más que recuerdos periodísticos confusos, y no una experiencia revolucionaria asimilada en profundidad.

Es indiscutible que un partido obrero debe llevar a cabo una política de frente único. Pero la política de frente único presenta peligros. Solamente un partido revolucionario templado en la lucha puede nevar adelante esta política con éxito. En todo caso, la política de frente único no puede constituir el programa de un partido revolucionario. Y, sin embargo, a esto es a lo que se reduce hoy en dila toda la actividad del SAP. La política de frente único es trasladada así al interior del partido, es decir, sirve para amortiguar las contradicciones entre las diferentes tendencias. Ésa es en gran medida la función principal del centrismo.

El diario del SAP oscila entre dos polos. A pesar de la salida de Stróbel, el periódico continúa siendo medio pacifista, y no marxista. Los artículos revolucionarios aislados no modifican en nada su fisonomía sino que, al contrario, no hacen más que darle más relieve. El periódico se entusiasma con la carta de Küster a Brüning a propósito del militarismo, carta insulsa, de un espíritu profundamente pequeñoburgués. Aplaude al «socialista» danés, viejo ministro del rey, por su negativa a formar parte de la comisión gubernamental en unas condiciones demasiado humillantes. El centrismo se contenta con poca cosa. Pero la revolución exige mucho, la revolución lo exige todo.

El SAP condena la política del partido comunista alemán: escisión de los sindicatos y formación de la RGO (Oposición Sindical Roja). La política sindical del partido comunista alemán es, sin discusión, profundamente errónea: la dirección de Lozovsky está costando cara a la vanguardia proletaria internacional, Pero la crítica del SAP no es menos errónea. El problema esencial no consiste en que el partido comunista «divida» las filas del proletariado y «debilite» los sindicatos socialdemócratas. Éste no es un criterio revolucionario, porque, con la dirección actual, los sindicatos están al servicio del capital y no de los obreros. El crimen del partido comunista no es que «debilite» la organización de Leipart, sino que se debilita a si mismo. La participación de los comunistas en las uniones sindicales reaccionarias no está dictada por el principio abstracto de la unidad, sino por la necesidad de luchar por limpiar las organizaciones de los representantes del capital. El SAP antepone a este aspecto activo, revolucionario, ofensivo de la política, el principio abstracto de la unidad de los sindicatos, dirigidos por los agentes del capital.

El SAP acusa al partido comunista de tener tendencia al putschismo. Tal acusación se basa igualmente en ciertos hechos y ciertos métodos; pero antes de tener derecho a lanzar esta acusación, el SAP debe formular exactamente y mostrar en la práctica cuál es su posición sobre los problemas fundamentales de la revolución proletaria. Los mencheviques acusaron siempre a los bolcheviques de blanquismo y aventurismo, es decir, de putschismo. A pesar de ello, la estrategia leninista estaba tan alejada del putschismo como el cielo de la tierra. Pero Lenin comprendía y sabía hacer comprender a los demás la importancia del «arte de la insurrección» en la lucha proletaria. Sobre este punto, la crítica del SAP tiene un carácter tanto más dudoso cuanto que se apoya en Paul Levi, que se asustó de las enfermedades infantiles del partido comunista y prefirió el marasmo senil de la socialdemocracia. En las conferencias restringidas al tema de los acontecimientos de marzo de 1921 en Alemania, Lenin declaró sobre Levi: «este hombre ha perdido definitivamente la cabeza». Es cierto que Lenin añadía también con malicia: «Por lo menos tenía algo que perder, pero no podemos decir lo mismo de otros muchos.» Entre los «otros» figuraban Bela Kun, Thalheimer, etc. No se puede negar que Paul Levi tenía una cabeza sobre sus hombros. Pero es poco probable que este hombre que ha perdido la cabeza y que, de esta forma, ha saltado de las filas del comunismo a las filas del reformismo, sea un profesor competente para un partido proletario. El fin trágico de Levi -su salto por la ventana en un acceso de locura- simboliza de alguna forma su trayectoria política.

Para las masas, el centrismo no es más que la transición de una etapa a otra, pero para ciertos hombres políticos puede convertirse en una segunda naturaleza. A la cabeza del SAP se encuentra un grupo de socialdemócratas desesperados, funcionarios, abogados, periodistas, que han alcanzado la edad en que la educación política debe ser considerada como terminada. Socialdemócrata desesperado no quiere decir todavía revolucionario.

Georg Ledebour es un representante de este tipo de gente, su mejor representante. Sólo recientemente he tenido la ocasión de leer el informe de su proceso en 1919. Y más de una vez a lo largo de mi lectura he aplaudido mentalmente al viejo combatiente, su sinceridad, su temperamento y su nobleza. Pero Ledebour no ha llegado nunca a franquear los límites del centrismo. Allá donde se trata de acciones de masas, de las formas superiores de la lucha de clases, de su preparación, allá donde se trata para el partido de tomar la responsabilidad de la dirección de las luchas de masas, Ledebour es solamente el mejor representante del centrismo. Esto es lo que le separaba de Líebknecht y de Rosa Luxemburg. Esto es lo que le separa hoy de nosotros.

Indignándose del hecho de que Stalin acuse al ala radical de la vieja socialdemocracia alemana de pasividad frente a la lucha de las naciones oprimidas, Ledebour recuerda que, precisamente en la cuestión nacional, él ha dado siempre prueba de una gran iniciativa. Esto es absolutamente indiscutible. Ledebour, personalmente, se levantó con mucha pasión contra las tendencias chovinistas que había dentro de la vieja socialdemocracia alemana, sin disimular en absoluto el sentimiento nacional alemán, fuertemente desarrollado en él. Ledebour fue siempre el mejor amigo de los emigrantes revolucionarios rusos, polacos o de otras partes, y muchos de ellos han conservado un recuerdo caluroso del viejo revolucionario, al que en las filas de la burocracia socialdemócrata alemana se llamaba con ironía condescendiente unas veces «Ledebourov» y otras veces «Ledeboursky».

A pesar de ello, Stalin, que no conoce ni los sucesos ni la literatura de esta época, tiene razón en esta cuestión, al menos en la medida en que retoma la valoración general de Lenin. Al intentar replicar, Ledebour no hace más que confirmar esta valoración. Hace referencia al hecho de que, en sus artículos, ha expresado más de una vez su indignación hacia los partidos de la II Internacional, que juzgaban con perfecta serenidad el trabajo de uno de sus miembros, Ramsay MacDonald, que resolvió el problema nacional de la India con la ayuda de los bombardeos aéreos. Esta indignación y esta protesta expresan la diferencia indiscutible y honrosa que existe entre Ledebour y un Otto Bauer cualquiera, por no hablar de los Hilferding o los Wels: para que estos señores se lancen a los bombardeos democráticos, no hace falta más que una India.

A pesar de todo, la posición de Ledebour en este punto no traspasa los límites del centrismo; Ledebour exige la lucha contra la opresión colonial: votará en el parlamento contra los créditos coloniales, tomará sobre sus espaldas la defensa valerosa de las víctimas de una insurrección aplastada por los colonialistas. Pero Ledebour no tomará parte en la preparación de una insurrección colonial. Considera que semejante trabajo es una muestra de putschismo, de aventurismo, de bolchevismo. Ahí es donde está el fondo del problema.

Lo que caracteriza al bolchevismo en la cuestión nacional es que trata a las naciones oprimidas, incluso a las más atrasadas, no solamente como objetos, sino también como sujetos políticos. El bolchevismo no se limita a reconocerles «el derecho» a la autodeterminación y a protestar en el parlamento contra la violación de este derecho. El bolchevismo penetra en las naciones oprimidas, las levanta contra sus opresores, liga su lucha a la del proletariado de los países capitalistas, enseña a los oprimidos, sean chinos, indios o árabes, el arte de la insurrección, y asume la plena responsabilidad de este trabajo ante los verdugos civilizados. Solamente ahí es donde comienza el bolchevismo, es decir, el marxismo revolucionario en acción. Todo lo que no llega a rebasar ese limite es centrismo.

Los simples criterios nacionales no permiten valorar correctamente la política de un partido proletario. Para un marxista, esto es un axioma. ¿Cuáles son, entonces, las simpatías y los lazos internacionales del SAP? Los centristas noruegos, suecos, holandeses, las organizaciones, los grupos o las personas aisladas a quienes su carácter pasivo y provinciano les permite mantenerse entre el reformismo y el comunismo -esos son sus amigos más próximos. Angélica Balabanova es el símbolo de las relaciones internacionales del SAP: todavía está intentando hoy ligar al nuevo partido a los desperdicios de la Internacional Dos y media.

León Blum, el defensor de las reparaciones, el padrino socialista del banquero Oustric, se ve calificado de «camarada» en las páginas del periódico de Seydewitz. ¿Qué es esto? ¿Amabilidad? No, es falta de principios, de carácter, de firmeza. «¡Eso es buscarle tres pies al gato!» dirá algún sabio siempre encerrado en su despacho. No, ciertos detalles expresan el fondo político con mucha más fidelidad y autenticidad que el reconocimiento abstracto de los soviets, no basado en la experiencia revolucionaria. Uno no puede más que ridiculizarse a sí mismo tratando a Blum de «fascista». Pero quien no desprecia ni odie a esta ralea politíca no es un revolucionario.

El SAP se desmarca del «camarada» Otto Bauer dentro de los mismos limites en que lo hace Max Adler. Para Rosenfeld y Seydewitz, Bauer no es más que un adversario ideológico, tal vez incluso temporal, mientras que para nosotros es un enemigo irreductible, que ha conducido al proletariado austriaco a un marasmo espantoso.

Max Adler es un barómetro centrista bastante sensible. No se puede negar la utilidad de un instrumento así, pero hay que convencerse de que, si bien registra el cambio de tiempo, es incapaz de influir sobre él. Dada la situación sin salida del capitalismo, Max Adler está dispuesto de nuevo, no sin cierto dolor filosófico, a reconocer que la revolución es inevitable. ¡Pero vaya aceptación! ¡Qué de reservas y de suspiros! La mejor solución hubiera sido que la II y la III Internacionales se uniesen. La solución más ventajosa habría sido introducir el socialismo imposible. Es evidente que en los países civilizados, y no solamente en los países bárbaros, los obreros deben, ¡oh! ¡tres veces oh! hacer la revolución. Pero esta aceptación melancólica de la revolución no es mas que literatura, La historia no ha conocido ni conocerá jamás una situación tal que Max Adler pueda decir: «¡Ha llegado el momento!» Los hombres como Adler son capaces de justificar la revolución en el pasado, de reconocerla como inevitable en el futuro, pero son incapaces de llamarla en el presente. No hay nada que esperar de todo este grupo de socialdemócratas de izquierda, a los que ni la guerra imperialista ni la revolución rusa han hecho evolucionar. Como instrumento barométrico, todavía pueden pasar. ¡Como jefes revolucionarios, nunca!

A finales del mes de diciembre, el SAP dirigió a todas las organizaciones obreras un llamamiento para organizar en todo el país reuniones, en las que los oradores de todas las tendencias dispondrían del mismo tiempo para hacer uso de la palabra. Es evidente que no se llegará a ninguna parte embarcándose por este camino. En efecto, ¿qué sentido tendría para el partido comunista y el partido socialdemócrata repartirse con igualdad la tribuna con Brandler, Urbahns, y otros representantes de organizaciones y grupos demasiado insignificantes para pretender ocupar un lugar propio dentro del movimiento? El frente único es la unidad de las masas comunistas y socialdemócratas, y no un mercado entre grupos políticos sin ninguna base de masas.

Se nos dirá: el bloque Rosenfeld-Brandler-Urbahns no es más que un bloque para la propaganda en favor del frente único. Pero es precisamente en el dominio de la propaganda donde resulta inadmisible un bloque semejante. La propaganda debe apoyarse sobre unos principios claros, sobre un programa preciso. Marchar separados, golpear juntos. El bloque no se ha creado más que para acciones prácticas de masas. Las transacciones en la cumbre sin una base de principios no conducen a nada, salvo a la confusión.

La idea de presentar a las elecciones presidenciales un candidato del frente único obrero es una idea fundamentalmente errónea. El partido no tiene derecho a renunciar a movilizar a sus partidarios y a contar sus fuerzas en las elecciones. Una candidatura del partido que se oponga a todas las demás candidaturas no puede constituir, en ningún caso, un obstáculo para un acuerdo con otras organizaciones por los objetivos inmediatos de la lucha. Los comunistas, estén o no en el partido oficial, apoyarán con todas sus fuerzas la candidatura de Thaelmann. No se trata de la persona de Thaelmann, sino de la bandera del comunismo. La defenderemos contra todos los demás partidos. Destruyendo los prejuicios inoculados a los comunistas de base por la burocracia estalinista, la Oposición de Izquierda se abre un camino hacia su conciencia [9].

¿Cuál fue la política de los bolcheviques en relación a las organizaciones obreras y los «partidos» que habían surgido a la izquierda del reformismo o del centrismo, aproximándose al comunismo?

En Petrogrado, en 1917, existía una organización interdistrital intermedia que contaba con alrededor de cuatro mil obreros. La organización de los bolcheviques agrupaba en Petrogrado a decenas de miles de obreros. No obstante, el comité de los bolcheviques de Petrogrado se ponía de acuerdo en todos los problemas con los interdistritales, les tenía al corriente de sus planes y facilitó así la fusión completa de las dos organizaciones.

Se puede contestar a esto que los interdistritales estaban políticamente cerca de los bolcheviques. Pero no se trataba solamente de los interdistritales. Cuando los mencheviques internacionalistas (el grupo de Martov) se opusieron a los socialpatriotas, los bolcheviques hicieron todo lo posible para llegar a acciones comunes con los martovistas; si la mayoría de las veces fue un fracaso, la culpa no fue en absoluto de los bolcheviques. Hay que añadir que los mencheviques internacionalistas continuaban siendo formalmente miembros del mismo partido que Tseretelli y Dan.

La misma táctica, pero a escala mucho mayor, fue adoptada con respecto a los socialistas revolucionarios de izquierda. Los bolcheviques arrastraron a una parte de los socialistas revolucionarios de izquierda al Comité Militar Revolucionario, es decir, al órgano de la insurrección, aunque en esta época los socialistas revolucionarios de izquierda fuesen todavía miembros del mismo partido que Kerensky, contra el que sehabía dirigido directamente la insurrección. Evidentemente, esto no era muy lógico por parte de los socialistas revolucionarios de izquierda, lo que demostraba que no tenían las ideas muy claras. Pero si hubiese debido esperarse a que todo el mundo lo tuvieran todo claro, nunca habría habido revolución victoriosa. A continuación, los bolcheviques formaron con los socialistas revolucionarios de izquierda (los «kornilovistas» de izquierda o los «fascistas» de izquierda según la terminología actual) un bloque gubernamental que se mantuvo varios meses y no se terminó hasta después del levantamiento de los socialistas revolucionarios de izquierda.

Lenin resumía as¡ la experiencia de los bolcheviques con relación a los centristas de izquierda: «La táctica correcta de los comunistas consiste en utilizar estas vacilaciones, y no en ignorarlas; su utilización exige que se hagan concesiones a los elementos que se acercan al proletariado, y esto sólo en la medida y momento en que se acercan a él; paralelamente, hay que luchar contra los que se aproximan a la burguesía... Tomando una decisión demasiado precipitada: «ningún compromiso con nadie, ningún rodeo en nuestro camino», no se puede más que perjudicar el reforzamiento del proletariado revolucionario ... » i La táctica de los bolcheviques en esta cuestión no ha tenido nunca nada que ver con el ultimatismo burocrático!

No hace mucho tiempo que los mismos Thaelmann y Remmele estaban en un partido independiente. Si hicieran un esfuerzo memorístico, tal vez lograsen recordar su estado político en los años en que, habiendo roto con la socialdemocracia, se adhirieron al partido independiente y le dieron un impulso hacia la izquierda. ¿Qué habrían hecho si alguien les hubiese dicho entonces que representaban solamente «el ala izquierda de la contrarrevolución monárquica»? Probablemente habrían llegado a la conclusión de que su acusador estaba borracho o loco. Y, sin embargo, ¡así es precisamente como ellos definen hoy el SAP!

Recordemos las conclusiones que sacó Lenin de la aparición del partido independiente: «¿Por qué en Alemania el desplazamiento de los obreros de la derecha hacia la izquierda, giro absolutamente idéntico al que ha conocido Rusia en 1917, no ha llevado al reforzamiento inmediato de los comunistas, sino en primer lugar al del partido intermedio de los «independientes » ... ? Es evidente que una de las causas ha sido la táctica errónea de los comunistas alemanes, que deben reconocer honestamente y sin miedo este error y aprender a corregirlo... Este error es una de las numerosas manifestaciones de la enfermedad infantil, el "izquierdismo", que hace ahora su agosto; así será mejor combatido, más rápidamente y con mejores resultados para el organismo.» ¡Se diría que fue directamente escrito para la situación actual!

El partido comunista alemán es hoy mucho más fuerte que la Liga de Espartaco de entonces. Pero, si ahora aparece una segunda versión del partido independiente, en parte con la misma dirección, el error del partido comunista no es sino más grave.

La aparición del SAP es un fenómeno contradictorio. Habría sido mejor, evidentemente, que los obreros se hubieran adherido directamente al partido comunista. Pero para eso el partido comunista debería haber tenido otra política y otra dirección. Hay que juzgar al SAP no desde la perspectiva de un partido comunista ideal, sino partiendo de lo que de hecho es. En la medida en que el partido comunista continúa manteniendo las posiciones del ultimatismo burocrático y se opone a las fuerzas centrífugas en el interior de la socialdemocracia, la aparición del SAP es un hecho inevitable y progresista.

Pero la existencia de una dirección centrista limita considerablemente este carácter progresista del SAP. Si semejante dirección se estabiliza, el SAP está perdido. Aceptar el centrismo del SAP en nombre del papel globalmente progresista de este partido llevaría a liquidar ese papel progresista.

Los elementos conservadores que se encuentran a la cabeza del partido y que sepan maniobrar, se esforzarán por todos los medios en ocultar las contradicciones y retrasar la crisis. Estos medios serán eficaces hasta el primer empujón serio de los acontecimientos. La crisis del partido corre el riesgo de desarrollarse con más intensidad que la crisis revolucionaria y de paralizar a los elementos proletarios.

La tarea de los comunistas es ayudar a los obreros del SAP a barrer con la suficiente rapidez al centrismo de sus filas y a desembarazarse de su dirección centrista. Para ello, es necesario no callarse nada, no tomar las buenas resoluciones por acciones y llamar a cada cosa por su nombre. Por su nombre, y no por nombres inventados de arriba a abajo. Criticar, y no calumniar. Buscar una aproximación, y no recha­zar brutalmente.

Lenin escribió del ala izquierda del partido independiente: «Es absolutamente ridículo tener miedo a un "compromiso" con este ala del partido. Por el contrario, los comunistas deben buscar y encontrar la forma adecuada de un compromiso con ella, un compromiso que, por una parte, facilitarla y aceleraría la fusión completa e indispensable con este ala, y que, por otra parte, no estorbaría en nada a los comunistas en su lucha ideológica y política contra el ala oportunista derechista de los «independientes». En la actualidad, no hay nada que añadir a esta directriz táctica.

Nosotros les decimos a los elementos de izquierda del SAP: «Los revolucionarios no solamente se templan en las huelgas y las luchas callejeras, sino también y sobre todo en la lucha por una política correcta de su propio partido. Tomad las "veintiuna condiciones", elaboradas en su momento para aceptar a nuevos partidos dentro de la Internacional Comunista. Tomad los trabajos de la Oposición de Izquierda, en los que las "veintiuna condiciones" son utilizadas para analizar la evolución de la situación a lo largo de los últimos ocho años. Lanzad un ataque sistemático contra el centrismo en vuestras filas a la luz de estas "condiciones", y llevadlo hasta sus últimas consecuencias. De otra forma no podréis más que jugar el papel poco glorioso de guardaflancos de izquierda del centrismo.»

¿Y después? Después hay que volverse hacia el partido comunista alemán. Los revolucionarios no se sitúan en absoluto a mitad de camino entre la socialdemocracia y el partido comunista, como querrían Rosenfeld y Seydewitz. No, los jefes socialdemócratas son los agentes del enemigo de clase dentro del proletariado. Los jefes comunistas son revolucionarios o semirrevolucionarios confusos, malos, torpes, desviados.

No es la misma cosa. Hay que destruir a la socialdemocracia, pero hay que rectificar al partido comunista. ¿Decís que es imposible? ¿Pero es que habéis intentado seriamente poneros a trabajar para ello?

Ahora que los acontecimientos presionan sobre el partido comunista, hay que ayudar a los acontecimientos con la presión de nuestra crítica. Los obreros comunistas nos escucharán con los oídos tanto más abiertos cuanto más se convenzan en la práctica de que no queremos crear un «tercer» partido, sino que nos esforzamos sinceramente por ayudarles a hacer del partido comunista existente el verdadero dirigente de la clase obrera.

-¿Y si eso no se consigue?

-Si no se consigue, eso significa, casi con seguridad, en la situación histórica en que nos encontramos, la victoria del fascismo. Pero, antes de los grandes combates, un revolucionario no pregunta qué es lo que va a pasar en caso de derrota, pregunta qué hay que hacer para conseguir la victoria. Es posible, es realizable, por consiguiente debe de hacerse.

 

10. El centrismo «en general» y el centrismo de la burocracia stalinista

Los errores de la dirección de la Internacional Comunista y, por ello mismo, del partido comunista alemán, pertenecen, para retomar la terminología bien conocida de Lenin, a la categoría de «tonterías ultraizquierdistas». Incluso la gente inteligente puede hacer tonterías, sobre todo en su juventud. Pero, como ya lo aconsejaba Heine, no se debe abusar de este privilegio. Cuando las tonterías políticas de cierto tipo son cometidas sistemáticamente, durante un largo período, y además sobre cuestiones muy importantes, dejan de ser simples tonterías y se convierten en una orientación. ¿De que` orientación se trata? ¿A qué necesidades históricas responde? ¿Cuáles son sus raíces sociales?

La base social del ultraizquierdismo varía según los países y las épocas. El anarquismo, el blanquismo y sus diferentes combinaciones, incluida la más reciente, el anarcosindicalismo, son las expresiones más acabadas del ultraizquierdismo. Estas corrientes, que se habían desarrollado principalmente en los países latinos, tenían como base social la antigua pequeña industria clásica de París. Su persistencia ha dado una importancia innegable a las diferentes versiones francesas del ultraizquierdismo y les ha permitido, hasta cierto punto, ejercer una influencia ideológica sobre el movimiento obrero de los demás países. El desarrollo de la gran industria en Francia, la guerra y la revolución rusa han roto la espina dorsal del anarcosindicalismo. Relegado a un segundo plano, se ha transformado en un oportunismo de mala fe. En estos dos estadios de su desarrollo, el sindicalismo francés ha sido dirigido por el mismo Jouhaux: los tiempos cambian, y nosotros con ellos.

El anarcosindicalismo español no ha logrado conservar la apariencia revolucionaria más que en una situación de estancamiento político. La revolución, al plantear todos los problemas de forma brutal, ha obligado a los dirigentes anarcosindicalistas a abandonar el ultraizquierdismo y a revelar su naturaleza oportunista. Podemos estar seguros de que la revolución española expulsará los prejuicios sindicalistas de su último refugio latino.

Hay elementos anarquistas y blanquistas presentes en todas las demás corrientes y grupos ultraizquierdistas. En la periferia del gran movimiento revolucionario siempre se han observado manifestaciones de putschismo y aventurismo, cuyos agentes son, o bien las capas atrasadas, a menudo semiartesanales, de obreros, o bien los intelectuales, compañeros de viaje. Pero, en general, este tipo de ultraizquierdismo no tiene una significación histórica independiente, y lo más normal es que presente un carácter episódico.

En los países atrasados desde el punto de vista histórico, que deben llevar a cabo su revolución burguesa cuando existe ya un movimiento obrero mundial desarrollado, la intelectualidad de izquierda introduce a menudo en el movimiento semiespontáneo de las masas, principalmente pequeñoburguesas, las consignas y los métodos más extremistas. Esta es la naturaleza de los partidos pequeñoburgueses como el de los «socialistas revolucionarios » rusos, con su tendencia al putschismo, al terror individual, etc. Debido a la existencia de partidos comunistas en Oriente es poco probable que grupos aventuristas independientes lleguen a adquirir la importancia de los socialistas revolucionarios rusos. En contrapartida, pueden existir elementos aventuristas en las filas de los jóvenes partidos comunistas orientales. En lo que se refiere a lo socialistas revolu­cionarios rusos, bajo la influencia de la evolución de la sociedad burguesa, se transformaron en el partido de la pequeña burguesía imperia­lista y adoptaron una posición contrarrevolucionaria frente a la revolución de Octubre.

Está claro que el ultraizquierdismo actual de la Internacional Comunista no entra en ninguna de las categorías descritas hasta ahora. El principal partido de la Internacional Comunista, el Partido Comunista de la Unión Soviética, se apoya de forma manifiesta en el proletariado industrial y se vincula, mal o bien, a las tradiciones revolucionarias del bolchevismo. La mayoría de las otras secciones de la Internacional Comunista son organizaciones proletarias. El hecho de que la política ultraizquierdista del comunismo oficial haga estragos de forma uniforme y simultánea en países distintos en los que las condiciones son diferentes, ¿no es una prueba de que esta corriente no tiene raíces sociales comunes? Pero este curso de ultraizquierda, que presenta en todas partes el mismo carácter «de principio», es aplicado en China y en Gran Bretaña. ¿Dónde hemos de buscar, pues, el origen de este nuevo ultraizquierdismo?

Hay una circunstancia muy importante que complica pero, al mismo tiempo, aclara este problema: el ultraizquierdismo no es en absoluto un rasgo constante fundamental de la dirección actual de la Internacional Comunista. Este mismo aparato, para la mayoría de sus miembros, ha desarrollado hasta 1928 una política abiertamente oportunista, uniéndose al menchevismo en numerosos puntos de gran importancia. En los años 1924-1927, los acuerdos con los reformistas eran considerados como obligatorios; además, se admitía que el partido renunciase a su independencia, a su libertad de crítica e incluso a su base de clase proletaria [10]. Además, no se trata de una corriente ultraizquierdista particular, sino de un largo zigzag ultraizquierdista de una corriente que, en el pasado, ha dado pruebas de su capacidad para llevar a cabo violentos zigzags ultraderechistas. Estos indicios permiten pensar que se trata del centrismo.

Para hablar de modo formal y descriptivo, todas las corrientes del proletariado y su periferia que se sitúan entre el reformismo y el marxismo, y que representan muy a menudo las diferentes etapas que llevan del reformismo al marxismo, y viceversa, componen el centrismo. El marxismo, como el reformismo, tiene una base social estable. El marxismo expresa los intereses históricos del proletariado. El reformismo correspon­de a la situación privilegiada de la burocracia y la aristocracia obreras dentro del Estado capitalista. El centrismo que hemos conocido en el pasado, no tenía ni podía tener una base social propia. Las diferentes capas del proletariado se acercan a la orientación revolucionaria por caminos y a ritmos diferentes. En los períodos de expansión industrial prolongada, o incluso en los períodos de reflujo político, después de una derrota, diferentes capas del proletariado se deslizan políticamente de la izquierda a la derecha y se alejan de otras capas que comienzan a evolucionar hacia la izquierda. Distintos grupos, detenidos en ciertas etapas de su evolución, encuentran sus jefes temporales, generan sus propios programas y organizaciones. ¡Así se comprende la diversidad de corrientes que recubre la noción de «centrismo»!

Aun cuando el centrismo en general juega normalmente el papel de cobertura de izquierda del reformismo, no es posible, sin embargo, dar una respuesta definitiva a la pregunta de a cuál de los campos principales, marxistas o reformistas, pertenece tal o cual desviación centrista. Aquí, más que en ningún otro caso, hay que analizar cada vez el contenido concreto del proceso y las tendencias internas de su evolución. Así, ciertos errores políticos de Rosa Luxemburg pueden ser calificados con cierta certidumbre teórica como centrismo de izquierda. Se puede ir más lejos y afirmar que la mayoría de las divergencias de Rosa Luxemburg con Lenin se debían a una desviación centrista más o menos importante. Sólo los burócratas desvergonzados e ignorantes de la Internacional Comunista pueden colocar al luxemburguismo, como corriente histórica, dentro del centrismo. Es inútil recordar que los «jefes» actuales de la Internacional Comunista, empezando por Stalin, no llegan a la suela del zapato de la gran revolucionaria, tanto política como teórica y moralmente.

Ciertos teóricos que no han reflexionado lo suficiente sobre el fondo del problema han acusado varias veces, en los últimos tiempos, al autor de estas líneas de abusar del término «centrismo», reagrupando bajo el mismo a corrientes y grupos demasiado diversos del movimiento obrero. De hecho, la diversidad de los tipos de centrismo deriva, ya lo hemos dicho, de la esencia misma del fenómeno, y no de una utilización abusiva del término. Recordemos que los marxistas han sido acusados a menudo de poner en la cuenta de la pequeña burguesía los fenómenos más variados y contradictorios. Efectivamente, hay que clasificar en la categoría de «pequeñoburgués» hechos, ideas y tendencias a primera vista totalmente incompatibles. El movimiento campesino y el movimiento radical en las ciudades a favor de la Reforma tienen un carácter pequeñoburgués; lo mismo que los jacobinos franceses y los populistas rusos, los proudhonianos y los blanquistas, la socialdemocracia actual y el fascismo, los anarcosindicalistas franceses, el Ejército de Salvación, el movimiento de Ghandi en la India,, etc. La filosofía y el arte ofrecen un panorama todavía más abigarrado. ¿Significa eso que el marxismo juega con las palabras? No, significa únicamente que la pequeña burguesía se caracteriza por la extraordinaria heterogeneidad de su naturaleza social. Al nivel de las capas inferiores, se confunde con el proletariado y cae en el lumpenproletariado. Sus capas superiores tocan muy de cerca a la burguesía capitalista. Puede apoyarse en las antiguas formas de producción, pero igualmente conocer un desarrollo rápido sobre la base de la industria mas moderna (la nueva «clase media»). No hay nada de asombroso en que, ideológicamente, se apropie de todos los colores del arco iris.

El centrismo en el seno del movimiento obrero juega en cierto sentido el mismo papel que la ideología pequeñoburguesa en todas sus formas con relación a la sociedad burguesa en su conjunto. El centrismo refleja los diferentes tipos de evolución del proletariado, su crecimiento político, su debilidad revolucionaria, ligados a la presión que todas las demás clases de la sociedad ejercen sobre él. No hay nada de chocante en que la paleta del centrismo tenga tantos colores. Esto no implica que haya que renunciar a la noción de centrismo; solamente es necesario proceder en cada caso a un análisis social e histórico concreto para poner en eviden­cia la naturaleza real de tal o cual variedad del centrismo.

La fracción dirigente de la Internacional Comunista no surge del centrismo «en general»; es una formación histórica bien definida, con unas raíces sociales poderosas aunque recientes. Se trata sobre todo de la burocracia soviética. En los escritos de los teóricos estalinistas, esta capa social no existe. No se habla más que del «leninismo», de la dirección incorpórea, de la tradición ideológica, del espíritu del bolchevismo, de la inconsistente «línea general»; pero no se dice nada del funcionario bien vivo, de carne y hueso, que maneja esta línea general como un bombero la manguera; de eso no oirá nadie hablar.

Sin embargo, este funcionario se parece a cualquier cosa menos a un espíritu incorpóreo. Bebe, come, se multiplica y cuida su estómago floreciente. Da órdenes con voz de trueno, hace subir en la escala burocrática a personas de su devoción, se muestra fiel a sus jefes, prohíbe que se le critique y ve en eso la esencia de la línea general. ¡Hay varios millones de funcionarios de éstos, varios millones! Más que obreros industriales en el momento de la revolución de Octubre. La mayoría de estos funcionarios no han participado jamás en la lucha de clases con los riesgos que ello implica. Estos individuos, en su inmensa mayoría, han nacido como capa dirigente. Y detrás de ellos se perfila el poder del Estado. Asegura su existencia elevándoles muy por encima de las masas. Ignoran el peligro del paro, si saben cuidarse. Si están dispuestos a jugar en el momento oportuno el papel de chivos expiatorios, descargando a su superior inmediato de toda responsabilidad, les son perdonados todos los errores. ¿Tiene esta capa dirigente, de varios millones de individuos, un peso social y una influencia política en el país? ¿Sí o no?

Es sabido desde hace mucho tiempo que la burocracia y la aristocracia obreras son la base social del oportunismo. En Rusia, este fenómeno ha tomado formas nuevas. Sobre la base de la dictadura del proletariado -en un país atrasado y rodeado por los países capitalistas- se ha creado por vez primera, a partir de las capas superiores de trabajadores, un poderoso aparato burocrático que se ha elevado por encima de las masas, que las dirige, que goza de privilegios considerables; sus miembros son solidarios entre sí, e introduce en la política del Estado sus intereses propios, sus métodos y procedimientos.

Nosotros no somos anarquistas. Comprendemos la necesidad del Estado obrero y, como consecuencia, el carácter históricamente inevitable de la burocracia en el período de transición. También somos conscientes de los peligros que esto implica, particularmente en un país atrasado y aislado. Idealizar a la burocracia es el error más imperdonable que pueda imaginarse para un marxista. Lenin desplegó todas sus energías para que el partido, vanguardia independiente de la clase obrera, se elevase por encima del aparato del Estado, lo controlase, lo vigilase, lo dirigiese y lo depurase, colocando los intereses históricos del proletariado -internacional y no solamente nacional- por encima de los intereses de la burocracia dirigente. Lenin consideraba que el control de la masa del partido sobre su aparato era la primera condición del control del partido sobre el Estado. Releed atentamente sus artículos, sus discursos y sus cartas del período soviético, especialmente de los dos últimos años de su vida, y veréis con qué angustia vuelve cada vez su pensamiento sobre este problema candente.

¿Qué ha ocurrido en el período posterior a la muerte de Lenin? Toda la capa dirigente del partido y el Estado que había participado en la revolución y la guerra civil ha sido barrida, eliminada, aplastada. Los funcionarios impersonales han tomado su lugar. En esa misma época, la lucha contra la burocratización, que tenía un carácter tan agudo en vida de Lenin, cuando la burocracia estaba todavía en pañales, se ha detenido totalmente, mientras la burocracia se ha desarrollado de forma monstruosa.

¿Quién habría podido llevar a cabo esta lucha? El partido, como vanguardia autogestionada del proletariado, ya no existe. El aparato del partido se ha confundido con el del Estado. La GPU es el principal instrumento de la línea general en el interior del partido. La burocracia no tolera ninguna crítica que venga de la base, prohíbe hablar incluso a sus teóricos. El odio enfurecido hacia la Oposición de Izquierda se debe en primer lugar a lo que la oposición dice abiertamente de la burocracia, de su papel específico, de sus intereses, y revela públicamente que la línea general es la carne y la sangre de la nueva capa dirigente en el poder, que no se identifica en absoluto con el proletariado.

La burocracia extrae su infalibilidad original del carácter obrero del Estado: ¡la burocracia de un Estado obrero no puede degenerar! El Estado y la burocracia son tomados aquí, no como procesos históricos, sino como categorías eternas: ¡la Santa Iglesia y sus servidores no pueden equivocarse! Si la burocracia obrera en la sociedad capitalista se ha situado por encima del proletariado en lucha y ha degenerado hasta el punto de dar el partido de Noske, Scheidemann, Ebert y Wels, ¿por qué no puede degenerar y situarse por encima del proletariado victorioso?

Debido a su posición dominante e incontrolada, la burocracia soviética adquiere una mentalidad que, en muchos puntos, está en contradicción con la de un revolucionario proletario. Para la burocracia, sus cálculos y combinaciones en política interior e internacional son más importantes que las tareas de educación revolucionaría de las masas y que las exigencias de la revolución internacional. Durante varios años, la fracción estalinista ha mostrado que los intereses y la psicología del «campesino rico», del ingeniero, del administrador, del intelectual burgués chino, del funcionario de los sindicatos británicos le resultaban más cercanos y accesibles que la psicología y las necesidades de los simples obreros, de los campesinos pobres, de las masas populares chinas insurrectas, de los huelguistas ingleses, etc. Pero, en este caso, ¿por qué razón no se ha embarcado la fracción stalinista hasta el final en la vía del oportunismo nacional? Porque es la burocracia de un Estado obrero. Si la socialdemocracia internacional defiende los fundamentos de la dominación de la burguesía, la burocracia soviética está obligada a adaptarse a las bases sociales surgidas de la revolución de Octubre, en tanto que no proceda a una sublevación gubernamental. De ahí la naturaleza doble de la psicología y la política de la burocracia stalinista. El centrismo, pero un centrismo que se apoya en los fundamentos del Estado obrero, es la única expresión posible de esta doble naturaleza.

En los países capitalistas, lo más corriente es que los grupos centristas tengan un carácter temporal, transitorio, ya que reflejan la inclinación hacia la derecha o hacia la izquierda de ciertas capas de obreros. Por el contrario, en las condiciones de la república soviética, los millones de burócratas constituyen para el centrismo una base mucho más sólida y organizada. Aunque es un caldo de cultivo natural para las tendencias oportunistas y nacionales, está obligada a defender las bases de su dominación luchando contra el kulak; debe también preocuparse de su prestigio «bolchevique» en el movimiento obrero mundial. Después de un intento de aproximarse al Kuomintang y a la burocracia de Amsterdam, con la que se sentía afín, la burocracia soviética ha entrado en un con­flicto agudo permanente con la socialdemocracia que refleja la hostilidad de la burguesía mundial hacia el Estado soviético. Esos son los orígenes del zigzag actual hacia la izquierda.

Lo que constituye la originalidad de la situación no es el hecho de que la burocracia soviética esté particularmente inmunizada contra el oportunismo y el nacionalismo, sino el hecho de que, no pudiendo adoptar de forma definitiva una posición nacionalreformista, se ve obligada a efectuar zigzags entre el marxismo y el nacionalreformismo. Las oscilaciones del centrismo burocrático., que están en relación con su fuerza, sus recursos y las agudas contradicciones de su situación, han alcanzado una amplitud sin igual: de las aventuras ultraizquierdistas en Bulgaria y en Estonia a la alianza con Chiang Kai-chek, Raditch y Purcell; de la vergonzosa confraternización con los rompehuelgas ingleses al rechazo categórico de la política de frente único con los sindicatos de masas.

La burocracia stalinista exporta sus métodos y sus zigzags a los demás países en la medida en que, por intermedio del partido, no solamente dirige la Internacional Comunista, sino que además le da órdenes. Thaelmann estaba a favor del Kuomintang cuando Stalin estaba a favor del Kuomintang. En el VII pleno del comité ejecutivo de la Internacional Comunista, en otoño de 1926, el delegado del Kuomintang, embajador de Chiang Kai-chek, un tal Chao Li-tzi, intervino al unísono con Thaelmann, Sémard y todos los Remmele contra el «trotskismo». El «camarada» Chao Li-tzi declaró: «Estamos todos convencidos de que el Kuomintang, bajo la dirección de la Internacional Comunista, cumplirá su misión histórica» (Actas, tomo I, pág. 459). He ahí los hechos históricos.

Tomemos Die Rote Fahne del año 1926 y encontraremos un gran número de artículos sobre el tema siguiente: al exigir la ruptura con el Consejo General inglés de los rompehuelgas, Trotsky demuestra su... menchevismo. Hoy en día, el «menchevismo» consiste en defender el frente único con las organizaciones de masas, es decir, en llevar a cabo la política que el III y IV congresos de la Internacional Comunista habían formulado bajo la dirección de Lenin (en contra de todos los Thaelmann, Thalheimer, Bela Kun, Frossard, etc.).

Estos pasmosos zigzags habrían sido imposibles si no se hubiese formado en todas las secciones de la Internacional Comunista una capa burocrática, autosuficiente, es decir, independiente del partido. Ahí es donde se encuentra la raíz del mal.

La fuerza del partido revolucionario reside en el espíritu de iniciativa de la vanguardia, que pone a prueba y selecciona a los cuadros; es la confianza que ella tiene en sus dirigentes lo que les eleva progresivamente hacia las altas esferas. Eso crea unos lazos indestructibles entre los cuadros y las masas, entre los dirigentes y los cuadros, y da seguridad a toda la dirección. En los partidos comunistas actuales no existe nada parecido. Los jefes son designados. Ellos escogen a sus subordinados. La base del partido está obligada a aceptar a los jefes designados, a cuyo alrededor se crea una atmósfera artificial de publicidad. Los cuadros dependen de la cumbre, y no de la base. En gran medida, buscan las razones de su influencia y existencia en el exterior de las masas. Sacan sus consignas políticas del telégrafo, y no de la experiencia de la lucha. Al mismo tiempo, Stalin guarda en reserva para su eventual utilización documentos acusadores. Cada uno de estos jefes sabe que, en cualquier momento, puede ser barrido como una brizna de paja.

Así es como, en toda la Internacional Comunista, se crea una capa burocrática cerrada, verdadero caldo de cultivo para los bacilos del centrismo. El centrismo de Thaelmann, Remmele y Cía. es muy estable y resistente desde el punto de vista organizativo, ya que se apoya en la burocracia del Estado soviético, pero se distingue por una extraordinaria inestabilidad desde el punto de vista político. Privado de la confianza que sólo puede ofrecer una ligazón orgánica con las masas, el infalible comité central es capaz de los zigzags más monstruosos. Cuanto menos preparado está, para una lucha ideológica seria, más generoso es en injurias, insinuaciones y calumnias. Stalín, «grosero» y «desleal» según la definición de Lenin, es la personificación de esta capa.

La caracterización que hemos dado del centrismo burocrático determina la actitud de la Oposición de Izquierda con respecto a la burocracia estalinista: apoyo total e ilimitado en la medida en que la burocracia defienda las fronteras de la república soviética y los fundamentos de la revolución de Octubre; critica abierta en la medida en que la burocracia, con sus zigzags administrativos, haga más difíciles la defensa de la revolución y la construcción del socialismo; oposición implacable en la medida en que, por su dirección burocrática, desorganice la lucha del proletariado mundial.

 

11. La contradicción entre los éxitos económicos de la URSS y la burocratización del régimen

Es imposible elaborar las bases de una política revolucionaria «en un solo país». Actualmente, el problema de la revolución alemana está indisolublemente ligado a la cuestión de la dirección política en la URSS. Esta ligazón hay que comprenderla en todas sus consecuencias.

La dictadura del proletariado es la respuesta a la resistencia de las clases poseedoras. La limitación sufrida por las libertades deriva del régimen militar de la revolución, es decir, de las condiciones de la lucha de clases. Desde este punto de vista, está perfectamente claro que la consolidación interior de la república soviética, su crecimiento económico, el debilita­miento de la resistencia de la burguesía, y sobre todo el éxito de la «liquidación» de la última clase capitalista, los kulaks, deberían llevar a la ampliación de la democracia dentro del partido, los sindicatos y los soviets.

Los stalinistas no dejan de repetir que «ya hemos entrado en el socialismo», que la colectivización actual marca por si misma la liquidación de los kulaks como clase y que el próximo plan quinquenal debe conducir a término este proceso. Si esto es a sí, ¿por qué ha conducido este proceso al aplastamiento total del partido, los sindicatos y los soviets por el aparato burocrático que, por su parte, ha tomado un carácter de bonapartismo plebiscitario? ¿Por qué en la época del hambre y la guerra civil el partido vivía una vida intensa, por qué no se le ocurría a nadie preguntar si se podía o no criticar a Lenin, o al comité central en su conjunto, mientras que, ahora, la menor divergencia con Stalin entraña la expulsión del partido y medidas administrativas de represión?

El peligro de guerra proveniente de los países imperialistas no puede explicar en ningún caso, y mucho menos justificar, el desarrollo del despotismo burocrático. Cuando en una sociedad socialista nacional las clases están más o menos liquidadas, eso marca el comienzo de la extinción del Estado. Si una sociedad socialista puede oponer una resistencia victoriosa a un enemigo exterior, es en tanto que sociedad socialista, y no en tanto que Estado de la dictadura del proletariado, y mucho menos en tanto que Estado de la dictadura de la burocracia.

Pero no hablamos de la extinción de la dictadura: todavía es demasiado pronto, porque aún no «hemos entrado en el socialismo». Hablamos de otra cosa. Preguntamos: ¿qué es lo que explica la degeneración burocrática de la dictadura? ¿De dónde procede esta contradicción irritante, monstruosa, espantosa entre los éxitos de la edificación socialista y la dictadura personal que se apoya en un aparato impersonal, que aprieta la garganta a la clase dirigente del país? ¿Cómo explicar que la política y la economía se desarrollen en direcciones totalmente opuestas?

Los éxitos económicos son muy importantes. Hoy ya, la revolución de Octubre se ha justificado plenamente desde el punto de vista económico. Los elevados coeficientes del crecimiento económico son la expresión irrefutable del hecho de que los métodos socialistas presentan una ventaja inmensa, incluso para el cumplimiento de tareas productivas que, en Occidente, han sido resueltas por métodos capitalistas. ¿No serán grandiosas las ventajas de la economía socialista en los países avanzados?

De todos modos, el problema planteado por la revolución de Octubre no está todavía resuelto, ni siquiera en forma de esbozo.

La burocracia estalinista califica la economía de «socialista» partiendo de sus premisas y de sus tendencias. Pero éstas no son suficientes. Los éxitos económicos de la Unión Soviética se producen sobre una base eco­nómica todavía poco desarrollada. La industria nacionalizada está pasando por los estadios que las naciones capitalistas avanzadas han franqueado hacía ya mucho tiempo. El obrero que hace cola tiene su criterio de socialismo, y este criterio de «consumidor», para retomar la expresión despectiva del funcionario, es . totalmente decisivo en realidad. En el conflicto entre el punto de vista del obrero y el del burócrata, nosotros, la Oposición de Izquierda, estamos al lado del obrero contra la burocracia que exagera las realizaciones, escamotea las contradicciones que se acumulan y pone un cuchillo en la garganta del obrero para impedirle que critique.

En el último año se ha pasado bruscamente del salario igual al salario diferenciado (a destajo). Es indiscutible que el principio de igualdad en el pago del trabajo es irrealizable cuando el nivel de las fuerzas productivas, y como consecuencia de la cultura en general, es bajo. Esto implica igualmente que el problema del socialismo no se resuelve únicamente en el nivel de las formas sociales de propiedad, sino que presupone una cierta potencia técnica de la sociedad. Sin embargo, el crecimiento del potencial técnico hace que las fuerzas productivas desborden automáticamente las fronteras nacionales.

Al volver al salario a destajo que había sido prematuramente suprimido, la burocracia ha calificado el salario igual de principio «kulak». Es un absurdo evidente que muestra en qué callejones sin salida de hipocre­sía y mentiras se meten los estalinistas. En realidad, habría que decir: «Hemos ido demasiado rápido con los métodos igualitarios de retribución del trabajo; estamos todavía lejos del socialismo; somos todavía pobres y tenemos que retroceder hacia métodos semicapitalistas o kulak». Repetimos que no hay aquí contradicción con el objetivo socialista. Lo único que hay es una contradicción irresoluble con las falsificaciones burocráticas de la realidad.

La vuelta al salario a destajo fue el resultado de la resistencia opuesta por el subdesarrollo económico. Habrá siempre muchos retrocesos seme­jantes, sobre todo en la agricultura, donde se ha dado un gran salto administrativo hacia delante.

La industrialización y la colectivización son llevadas a cabo con métodos de dirección unilaterales, incontrolados y burocráticos, que pasan por encima de la cabeza de las masas trabajadoras. Los sindicatos son privados de toda posibilidad de influir sobre la relación entre consumo y acumulación. La diferenciación en el seno del campesinado ha sido liquidada provisionalmente, menos económica que administrativamente. Las medidas sociales tomadas por la burocracia en lo que concierne a la liquidación van terriblemente anticipadas al proceso fundamental que constituye el desarrollo de las fuerzas productivas.

Esto conduce a un aumento de los precios de fábrica industriales, a la baja calidad de la producción, a la penuria de bienes de consumo, y permite que se perfile en el horizonte la amenaza de una reaparición del paro.

La tensión extrema de la atmósfera política en el país es el resultado de las contradicciones entre el crecimiento de la economía soviética y la política económica de la burocracia, que tan pronto está monstruosamente retrasada con respecto a las necesidades de la economía (1923-1928) como se horroriza de su propio retraso y se lanza a una escapada hacia delante para atrapar con medidas puramente administrativas lo que ha dejado escapar (1928-1932). Ahí también, un zigzag a la derecha es seguido por un zigzag a la izquierda. Con estos dos zigzags, la burocracia se encuentra siempre en contradicción con las realidades de la economía y, como consecuencia, con el estado de ánimo de los trabajadores. No puede tolerar sus críticas, ni cuando se encuentra retrasada ni cuando se adelanta.

La burocracia no puede ejercer su presión sobre los obreros y los campesinos de otra forma que privando a los trabajadores de la posibilidad de participar en la solución de los problemas de su trabajo y de todo su porvenir. Ahí es donde se encuentra el mayor peligro. El miedo constante a la resistencia de las masas provoca al nivel político un «cortocircuito» de la dictadura personal y burocrática.

¿Implica esto que haya que disminuir los ritmos de la industrialización y la colectivización? Para un cierto período, esto es indiscutible. Pero este período puede ser de corta duración. La participación de los obreros en la dirección del país, de su política y su economía, un control real sobre la burocracia, el crecimiento del sentimiento de responsabilidad de los dirigentes frente a los dirigidos, todo esto no puede tener sino una influencia beneficiosa sobre la producción, hará que disminuyan las fricciones internas, reducirá al mínimo los costosos zigzags económicos, asegurará un reparto más sano de las fuerzas y los medios y, en fin de cuentas, aumentará el coeficiente general de crecimiento. La democracia soviética es una necesidad vital, sobre todo para la economía. El burocratismo, por el contrario, depara trágicas sorpresas económicas.

Si se examina globalmente al historia del período de los epígonos en el desarrollo de la URSS, no es difícil llegar a la conclusión de que la premisa política fundamental de la burocratización del régimen ha sido la laxitud de las masas después de los trastornos de la revolución y la guerra civil. El hambre y las epidemias hacían estragos en el país. Los problemas políticos pasaron a un segundo plano. Todos los pensamientos estaban dirigidos hacia un pedazo de pan. Durante el comunismo de guerra, todo el mundo recibía la misma ración de hambre. El paso a la NEP condujo a los primeros éxitos económicos. La ración se hizo más abundante, pero no todo el mundo tenía derecho a ella. La instauración de la economía de mercado condujo al cálculo de los precios de producción, a una racionalización elemental, al abandono de las fábricas por los obreros excedentes. Los éxitos económicos vinieron acompañados durante un largo período por el crecimiento del paro.

No hay que olvidar ni por un solo instante que el reforzamiento del poder del aparato se basaba en el paro. Después de los años de hambre, el ejército de reserva de los parados horrorizaba a los obreros que estaban en las máquinas. La expulsión fuera de las empresas de los obreros independientes y críticos, las listas negras de oposicionistas se convirtieron en un instrumento de los más importantes y eficaces en las manos de la burocracia estalinista. Sin esta circunstancia, no habría logrado ahogar al partido de Lenin.

Los éxitos económicos posteriores llevaron progresivamente a la liquidación del ejército de reserva de los obreros industriales (la sobrepoblación oculta del campo, enmascarada por la colectivización, conserva todavía toda su agudeza). El obrero industrial ya no tendrá más miedo a ser puesto en la puerta de la fábrica. Su experiencia cotidiana le enseña que la imprevisión y la arbitrariedad de la burocracia han complicado considerablemente la solución de sus problemas. La prensa soviética denuncia ciertos talleres y fábricas en los que no se deja espacio suficiente a la iniciativa de los obreros, a su espíritu de invención, etc.: como si se pudiese encerrar la iniciativa del proletariado en los talleres, como si los talleres pudieran ser oasis de democracia productiva cuando el proletariado es aplastado en el partido, los soviets y los sindicatos.

El estado general del proletariado es hoy totalmente diferente de lo que era en los años 1922-1923. El proletariado ha crecido numérica y culturalmente. Después de haber realizado un trabajo gigantesco, que está en el origen de la regeneración y el crecimiento de la economía, los obreros sienten que renace y crece su seguridad. Esta seguridad crecida comienza a transformarse en descontento frente al régimen burocrático.

El asfixiamiento del partido, la expansión del régimen y la arbitrariedad personales, pueden dar la impresión de un debilitamiento del sistema soviético. Pero no es éste el caso. El sistema soviético se ha fortalecido considerablemente. Paralelamente, la contradicción entre este sistema y el torniquete burocrático se ha agravado netamente. El aparato estalinista observa con terror que los éxitos económicos no refuerzan sino, al contrario., minan su posición. En la lucha por mantener sus posiciones, se ve ya obligado a apretar las tuercas, a prohibir toda forma de «autocrítica» que sea distinta de los halagos bizantinos dirigidos a sus jefes.

No es la primera vez en la historia en que el desarrollo económico entra en contradicción con la situación política en que se ha producido. Pero hay que comprender claramente cuáles son las condiciones precisas que engendran el descontento. La ola oposicionista que se avecina no se dirige en absoluto contra el Estado socialista, ni contra las formas soviéticas o el partido comunista. El descontento está dirigido contra el aparato y su personificación, Stalín. Esto es lo que explica que recientemente se haya desatado una furiosa campaña contra lo que se denomina «el contrabando trotskista».

El adversario presenta el peligro de ser inaccesible, está en todas partes y en ninguna. Surge en los talleres, en las escuelas, se infiltra en las revistas históricas y en todos los manuales. Esto significa que los hechos y los documentos confunden a la burocracia, al revelarle sus fluctuaciones y sus errores. No se puede recordar el pasado tranquila y objetivamente, hay que rehacerlo, hay que tapar todas las fisuras por las que pueda insinuarse una sospecha en cuanto a la infalibilidad del aparato y de su jefe. Tenemos ante nosotros todos los rasgos característicos de una capa dirigente que ha perdido la cabeza. ¡Yaroslavsky, el mismo Yaroslavsky, ha resultado ser poco seguro! No se trata de incidentes debidos al azar, de simples detalles, de conflictos entre personas; el fondo del asunto es que los éxitos económicos, que en un principio reforzaron a la burocracia, están hoy en oposición con la burocracia, debido a la dialéctica de su desarrollo. Es por esta razón que en la última conferencia del partido, es decir, en el congreso del aparato estalinista, el trotskismo, tres veces vencido y aplastado, ha sido declarado «vanguardia de la contrarrevolución burguesa».

Esta resolución estúpida e irrisoria desde el punto de vista político levanta el velo de ciertos planes muy «prácticos» de Stalin en cuanto al arreglo de cuentas personales. No fue simplemente por nada que Lenin advirtió al partido contra la designación de Stalin como secretario general: «Este cocinero sólo nos va a preparar platos picantes ... » Y este cocinero no ha agotado todavía su ciencia culinaria.

A pesar de apretar las tuercas teóricas y administrativas, la dictadura de Stalin se acerca de forma visible a su declive. El aparato está totalmente resquebrajado. La grieta llamada Yaroslavsky no es más que una de los cientos de grietas que hoy tienen todavía nombre. El hecho de que la nueva crisis política madure sobre la base de los éxitos manifiestos e indiscutibles de la economía soviética, del crecimiento de los efectivos del proletariado y de los primeros éxitos de la agricultura colectivizada, es una garantía suficiente para que la liquidación del despotismo burocrático coincida no con un derrumbamiento del sistema soviético, como se podría haber temido hace tres o cuatro años todavía, sino, al contrario, con su liberación, su impulso, su expansión.

Pero es precisamente en su último período cuando la burocracia estalinista es capaz de hacer más daño. La cuestión de su prestigio se ha con­vertido para ella en el problema político central. Si se expulsa del partido a los historiadores apolíticos únicamente porque no han sabido celebrar las hazañas de Stalin en 1917, ¿puede el régimen plebiscitario admitir el reconocimiento de los errores cometidos en 1931-1932? ¿Puede renunciar a la teoría del socialfascismo? ¿Puede desautorizar a Stalin, que ha resumido el fondo del problema alemán en la forma siguiente: que los fascistas lleguen primero al poder, después vendrá nuestro turno?

Las condiciones objetivas en Alemania son hasta tal punto imperativas en sí mismas que si la dirección del partido comunista alemán dispusiese de la libertad de acción indispensable se habría vuelto ya hacia nosotros, sin ninguna duda. Pero no tiene libertad. Cuando la Oposición de Izquierda avanza las ideas y las consignas del bolchevismo, verificadas por la victoria de 1917, la camarilla estalinista ordena por medio de un telegrama lanzar una campaña internacional contra el «trotskismo». La campaña no se desarrolla sobre la base de los problemas de la revolución alemana, que es una cuestión de vida o muerte para el protetariado mundial, sino sobre la base de un artículo miserable y falsificador de Stalin sobre problemas de la historia del bolchevismo. Es difícil imaginar una desproporción más grande entre las tareas del momento, por una parte, y los magros recursos ideológicos de la dirección oficial por otra. Esta es la situación humillante, indigna y al mismo tiempo trágica de la Interna­cional Comunista.

El problema del régimen estalinista y el problema de la revolución alemana están unidos por un lazo indestructible. Los próximos acontecimientos lo desanudarán o lo cortarán en interés tanto de la revolución rusa como de la revolución alemana.

 

12. Los brandlerianos (KPDO) y la burocracia estalinista

No hay ni puede haber contradicciones entre los intereses del Estado soviético y los del proletariado internacional. Pero es absolutamente incorrecto extender esta ley a la burocracia estalinista. Su régimen está, cada vez más en contradicción tanto con los intereses de la Unión Soviética como con los de la revolución mundial.

A causa de la burocracia soviética, Hugo Urbahns no ve las bases sociales del Estado proletario. Urbahns elabora junto con Otto Bauer el concepto de Estado por encima de las clases pero, a diferencia de Bauer, no encuentra su modelo en Austria sino en la actual república soviética.

Thalheimer, por otra parte, afirma que «la orientación trotskista que pone en duda el carácter proletario (?) del Estado soviético y el carácter socialista de la edificación económica» (10 de enero) tiene un carácter centrista. Al afirmar esto, Thalheimer no hace más que mostrar hasta dónde llega en la identificación del Estado obrero con la burocracia soviética. Quiere que se vea a la Unión Soviética con las gafas de la fracción estalinista, y no con los ojos del proletariado internacional. Dicho de otra forma, no razona como un teórico de la revolución proletaria, sino como un lacayo de la fracción estalinista. Un lacayo vejado, caído en desgracia, pero en cualquier caso un lacayo que espera ser perdonado. Es por esto por lo que, incluso en la «oposición», no se atreve a nombrar en voz alta a la burocracia: como Jehová, ésta no le perdona: «No pronunciarás mi nombre en vano.»

Esos son los dos polos de los agrupamientos comunistas: al uno los árboles no le permiten ver el bosque, mientras que, al otro, el bosque le impide distinguir los árboles. De todas formas, a fin de cuentas no hay nada de sorprendente en que Thalheimer y Urbahrís descubran su afinidad y formen bloque contra la apreciación marxista del Estado soviético.

El «apoyo» aportado desde el exterior a la experiencia soviética, «apoyo» sumario y que no compromete a nada, se ha convertido en estos últimos años en una mercancía bastante extendida y muy barata. En todos los lugares del mundo hay muchos periodistas, turistas, escritores, y también «socialistas» más o menos radicales, humanitarios y pacifistas que manifiestan con respecto a la URSS la misma aprobación incondicional que los brandlerianos. Bernard Shaw, que en su tiempo criticó vivamente a Lenin y al autor de estas líneas, aprueba plenamente la política de Stalin. Máximo Gorki, que se oponía al partido comunista en vida de Lenin, está hoy enteramente al lado de Stalin. Barbusse, que va de la mano con los socialdemócratas franceses, apoya a Stalin. El semanario americano The New Masses., publicación de pequeños burgueses radicales de segundo orden, toma la defensa de Stalin frente a Rakovsky. En Alemania, Ossietzky, que citó con simpatía mi artículo sobre el fascismo, creyó necesario remarcar que yo no tenía razón en mi crítica de Stalin. El viejo Ledebour dice: «En lo que concierne al problema principal de la polémica que opone a Trotsky a Stalin -si la socialización puede ser emprendida en un país aislado y llevada adecuadamente hasta el final-, yo me coloco totalmente del lado de Stalin». Se podrían multiplicar los ejemplos de este tipo. Todos estos «amigos» de la URSS abordan los problemas del Estado soviético desde el exterior, como observadores, como simpatizantes y a veces como visitantes. Evidentemente, es mejor ser amigo del plan quinquenal soviético que de la bolsa neoyorquina. De todos modos, la simpatía pasiva de la pequeña burguesía de izquierda está muy alejada del bolchevismo. La primera derrota importante de Moscú bastará para dispersar a la mayoría de este público, como el viento dispersa el polvo.

¿En qué se diferencia la posición de los brandlerianos sobre el Estado soviético de la de todos estos «amigos»? únicamente, quizá, por una menor sinceridad. Semejante apoyo no produce ni frío ni calor a la república soviética. Y cuando Thalheimer nos enseña a nosotros, la Oposición de Izquierda, los bolcheviques-leninistas rusos, cuál es la actitud que hay que tener hacia la Unión Soviética, no puede dejar de inspirarnos un sentimiento de aversión.

Rakovsky dirigió, en persona, la defensa de las fronteras de la república soviética, participó en los primeros pasos de la economía soviética, en la elaboración de la política con respecto al campesinado, estuvo en el origen de los comités de campesinos pobres en Ucrania y dirigió la aplicación de la política de la NEP a las condiciones originales de Ucrania y conoce todos los meandros de esta política; todavía hoy la sigue día a día desde Barnaul con una atención apasionada, advierte contra los posibles errores y sugiere soluciones correctas. Kote Tsintsadze, ese viejo combatiente muerto en la deportación, Muralov, Karl Grünstein, Kasparova, Sosnovsky, Kossior, Aussem, los Eltzin, padre e hijo, Blumkin, fusilado por Stalin, Dinguelstedt, Chumskaia, Solntzev, Stopalov, Poznansky, Sermux, Butov, al que Stalin hizo morir bajo la tortura en prisión, las decenas, los centenares, los millares dispersados en las prisiones y en la deportación, son todos combatientes de la revolución de Octubre y de la guerra civil, todos habían participado en la edificación socialista, no se asustaron ante ninguna dificultad y están todos dispuestos a volver a ocupar su puesto a la primera señal. ¿Es que tienen que recibir lecciones de Thalheimer sobre la fidelidad al Estado obrero?

Todo lo que hay de progresista en la política de Stalin fue formulado por la Oposición de Izquierda y combatido por la burocracia. Los años de prisión y deportación son el precio que la oposición ha pagado y está pagando todavía por haber tomado la iniciativa del plan, de los altos ritmos de crecimiento, de la lucha contra los kulaks y de una colectivización más amplia. ¿Cuál ha sido la aportación a la política económica de la URSS de todos estos partidarios incondicionales, de estos simpatizantes, incluidos los brandlerianos? ¡Ninguna! Detrás de su apoyo sumario y acrítico a todo lo que se hace en la URSS se esconde una simpatía tibia, y no un entusiasmo internacionalista: es que el asunto está más allá de las fronteras de su propia patria. Brandler y Thalheimer piensan y dicen con palabras encubiertas: «¡El régimen de Stalin, evidentemente, no nos convendría a nosotros, los alemanes, pero es lo bastante bueno para los rusos!»

El reformista ve en la situación internacional la suma de las situaciones nacionales; el marxista considera la política nacional en función de la política internacional. En este problema fundamental, el grupo del KPDO (los brandlerianos) ocupa una posición nacionalreformista, es decir, que niega en la práctica, si no lo hace también de palabra, los principios y los criterios internacionalistas de la política nacional.

Roy, cuyo programa político para India y China provenía enteramente de la idea estalinista de los partidos «obreros y campesinos» para Oriente, era el partidario y el colaborador más próximo de Thalheimer. Dyrante varios años, Roy hizo propaganda en favor de la creación de un partido nacional democrático en India. Dicho de otra forma, no intervino como un revolucionario proletario sino como un demócrata nacional pequeño burgués. Lo que no le impidió en absoluto participar activamente en el estado mayor central de los brandlerianos [11].

Pero es con respecto a la Unión Soviética donde el oportunismo nacional de los brandlerianos se manifiesta de la forma más grosera. La burocracia estalinista, si hemos de creerlo, actúa en su propia casa sin cometer el más mínimo error. Pero, no se sabe por qué, la dirección de esta misma fracción estalinista es desastrosa en Alemania. ¿Cómo es eso? Es que no se trata de errores parciales de Stalin, debidos a su desconocimiento de los otros países, sino de una cadena de errores, de toda una orientación. Thaelmann y Remmele conocen Alemania tanto como Stalin conoce Rusia, o como Sémard, Cachin y Thorez conocen Francia. Forman una fracción internacional y elaboran su política para los diferentes países. Sin embargo, resulta que esta política, irreprochable en Rusia, entraña la ruina de la revolución en todos los demás países.

La posición de Brandler se vuelve particularmente desastrosa cuando se la traslada al interior de la URSS, donde un brandleriano está obligado a apoyar incondicionalmente a Stalin. Radek, que, en el fondo, estuvo siempre más cerca de Brandler que de la Oposición de Izquierda, capituló ante Stalin. Brandler no podía dejar de aprobar este acto. Pero Radek, después de su capitulación, fue obligado pronto por Stalin a proclamar que Brandler y Thalheimer eran «socialfascistas». Los platónicos pretendientes del régimen estalinista en Berlín no intentan escapar a estas contradicciones humillantes. No obstante, su objetivo práctico es claro, incluso sin explicación: «Si tú me pones a la cabeza del partido en Alemania, le declara Brandler a Stalin, yo me comprometo a reconocer tu infalibilidad en los asuntos rusos, a condición de que me permitas llevar a cabo mi política en los asuntos alemanes». ¿Se puede sentir respeto por semejantes « revolucionarios » ?

La critica que hacen los brandlerianos de la política de la burocracia estalinista en la Internacional Comunista es totalmente unilateral y deshonesta desde el punto de vista teórico. El único error de esta política consiste en ser «ultraizquierdista». Pero ¿se puede acusar de ultraizquierdismo el bloque de cuatro años entre Stalin y Chiang Kai-chek? ¿Era ultraizquierdismo la creación de la Internacional Campesina? ¿Se puede calificar de putschista el bloque con el Consejo General de rompehuelgas? ¿Y qué decir de la creación de los partidos obreros y campesinos en Asia y del Partido Obrero y Campesino en los Estados Unidos?

Además, ¿cuál es la naturaleza social del ultraizquierdismo estalinista? ¿Es un estado de ánimo pasajero? ¿Un estado enfermizo? Es inútil buscar una respuesta a esta pregunta en el teórico Thalheimer.

La Oposición de Izquierda ha descifrado este enigma desde hace mucho tiempo: se trata de un zigzag ultraizquierdista del centrismo. Los brandlerianos no pueden aceptar esta definición confirmada por el desarrollo de estos últimos nueve años, porque significa su muerte política. Han seguido a la fracción estalinista en todos sus zigzags hacia la derecha pero se han opuesto a sus zigzags hacia la izquierda; con ello, han demostrado que eran el ala derecha del centrismo. El hecho de que hayan sido arrancados del tronco, como una rama muerta, está totalmente dentro del orden natural de las cosas: cuando el centrismo efectúa sus bruscos giros es inevitable que ciertos grupos y capas se desprendan por su derecha y por su izquierda. Lo que hemos dicho no significa que los brandlerianos se hayan equivocado en todo. Han, tenido razón y la tienen todavía en numerosos puntos contra Thaelmann y Rernmele. No hay nada de extraordinario en ello. Los oportunistas pueden tener una posición correcta en la lucha contra el aventurismo. Inversamente, la corriente ultraizquierdista puede captar perfectamente el momento del paso de la lucha por ganar a las masas a la lucha por el poder. En su crítica de Brandler, los ultraizquierdistas han expresado hasta finales de 1923 un buen número de ideas correctas, lo que no les impidió cometer errores de mucho bulto en 1924-1925. El hecho de que en su crítica de los saltos del «tercer periodo» los brandlerianos hayan retomado una serie de consideraciones viejas pero correctas, no es en absoluto una prueba de la corrección de sus posiciones en general. Hay que analizar la política de cada grupo a través de varios períodos: en los combates defensivos, en los combates ofensivos, en los períodos de ascenso y en los momentos de reflujo, en las condiciones de la lucha por ganar a las masas y en una situación de lucha directa por el poder.

No sería posible una dirección marxista especializada en los problemas de la defensa o del ataque, del frente único o de la huelga general. La aplicación correcta de todos estos métodos solamente es posible cuando se es capaz de apreciar sintéticamente la situación en su conjunto, cuando se saben analizar las fuerzas que están en juego, fijar las etapas y los giros y, a partir de este análisis, poner a punto un conjunto de acciones que respondan a la situación presente y preparen la etapa siguiente.

Brandler y Thalheimer se consideran casi como los especialistas exclusivos de la «lucha por las masas». Esta gente sostiene con la mayor seriedad que los argumentos de la Oposición de Izquierda en favor de la política de frente único son un plagio de su propia posición. ¡No se puede negar a nadie el derecho a ser ambicioso! Imaginaos que en el momento mismo en que le estáis explicando a Heinz Neumann un error de multiplicación, un valiente profesor de matemáticas os dice que le estáis plagiando, porque desde hace muchos años se dedica a explicar los misterios del cálculo, al igual que vosotros.

La pretensión de los brandlerianos me ha procurado, en todo caso, un momento de regocijo en medio de la tan triste situación actual. La sa biduría estratégica de estos señores data del III Congreso de la Internacional Comunista. Yo defendí el abecé de la lucha en dirección a las masas con el ala «izquierda» de entonces. En mi libro Nuevo curso, [12] con sagrado a la popularización de la política de frente único y editado por la Internacional Comunista en distintas lenguas, subrayo de diversas formas el carácter elemental de las ideas que en él se defienden. «Todo lo que se dice -leemos, por ejemplo, en la página 70 de la edición alemana- constituye una verdad elemental desde el punto de vista de toda experiencia revolucionaria seria. Pero algunos elementos de "izquierda» del congreso vieron en esta táctica una desviación hacia la derecha ... » Entre ellos figuraban Thalheimer, al lado de Zinoviev, Bujarin, Radek, Maslow, Thaelmann. Pero la acusación de plagio no es la única. No solamente la Oposición de Izquierda se ha apoderado de la propiedad intelectual de Thalheimer, sino que además da, según parece, una interpretación oportunista. Esta curiosa afirmación merece que uno se detenga en ella, en la medida en que nos permite la posibilidad de aclarar mejor el problema de la política del fascismo.

En una de mis obras anteriores he expresado la idea de que Hitler no podría llegar al poder por la vía parlamentaria: incluso admitiendo que pudiese obtener el 51 % de los votos, la acentuación de las contradicciones económicas y la agravación de las condiciones políticas deberían conducir a una explosión antes de que llegase ese momento. Es por esta razón por lo que los brandlerianos me atribuyen la idea de que los nacional socialistas desaparecerán de la escena sin que sea necesaria ninguna acción extraparlamentaria de la masa de los obreros. ¿En qué es mejor esto que las invenciones de Die Rote Fahne?

Partiendo de la imposibilidad en que se encuentran los nacionalsocialistas de acceder «pacíficamente » al poder, yo sacaba la conclusión de que emprenderían inevitablemente otras vías, bien sea un golpe de Estado directo o una etapa de coalición desembocando inevitablemente en un golpe de Estado. La autoliquidación sin dolor del fascismo sólo sería posible en un caso: si Hitler aplicase en 1932 la misma política que Brandler en 1923. Sin sobrestimar en absoluto a los estrategas nacionalsocialistas, creo de todos modos que son más sólidos y perspicaces que Brandler y Cía.

La segunda objeción de Thalheimer es todavía más profunda: el problema de saber si Hitler llegará al poder por la vía parlamentaria o por otra via no tiene, según él, ninguna importancia, ya que no modifica la «esencia» del fascismo que, de todos modos, no puede instaurar su dominación más que sobre los despojos de las organizaciones obreras. «Los obreros pueden dejar tranquilamente a los redactores de Vorwarts el cuidado de analizar las diferencias que pueden existir sobre la llegada de Hitler al poder por la vía parlamentaria y una llegada por otra vía» [13]. Si los obreros de vanguardia siguen a Thalheimer, Hitler les cortará el cuello con toda seguridad. Para nuestro sabio profesor, sólo importa la «esencia» del fascismo, y deja a los redactores de Vorwärts que aprecien la forma en que se realiza. Por desgracia, la «esencia» pogromista del fascismo no puede manifestarse plenamente más que después de su llegada al poder. Por lo tanto, se trata de no dejarle llegar al poder. Para ello, es necesario que uno mismo comprenda la estrategia del enemigo y explicársela a los obreros. Hitler hace grandes esfuerzos para hacer entrar su movimiento, en apariencia, en el marco de la Constitución. Solamente un pedante que se imagina ser «materialista» puede creer que semejantes procedimientos dejarán de influir en la conciencia política de las masas. El constitucionalismo de Hitler no busca solamente mantener una puerta abierta para un bloque con el Centro, sino también engañar a la socialdemocracia o, para ser más exactos, que los jefes de la socialdemocracia engañen más fácilmente a las masas. Cuando Hitler jura que llegará al poder por la vía constitucional, ellos proclaman inmediatamente que, por el momento, no hay que tener miedo al peligro del fascismo. En todo caso, ya habrá ocasión de medir la correlación de fuerzas en las elecciones de todo tipo. Cubriéndose con una perspectiva constitucional que adormece a sus adversarios, Hitler quiere conservar la posibilidad de dar un golpe en el momento decisivo. Este ardid de guerra, a pesar de su aparente simplicidad, encierra de hecho una enorme fuerza, porque no solamente se apoya en la filosofía de los partidos intermedios que desearían resolver el problema pacífica y legalmente, sino también, lo que es mucho más peligroso, en la credulidad de las masas populares.

Hay que añadir que la maniobra de Hitler tiene un doble filo: engaña a sus adversarios, pero también a sus partidarios. Sin embargo, para la lucha, sobre todo para una lucha ofensiva, es necesario tener un espíritu combativo. Uno no puede alimentar este espíritu más que persuadiendo a sus tropas del carácter inevitable de una lucha abierta. Este razonamiento significa igualmente que Hitler no puede prolongar durante demasiado tiempo su tierno idilio con la Constitución de Weimar sin desmoralizar a sus propias filas. Debe sacar a tiempo el puñal de su vaina.

No basta con comprender simplemente la «esencia» del fascismo, hay que saber apreciarlo como fenómeno político real, como un enemigo consciente y pérfido. Nuestro maestro de escuela es demasiado «sociólogo» para ser revolucionario. En efecto, no está claro que los profundos pensamientos de Thalheimer entren como factores positivos en los cálculos de Hitler, porque es rendir un servicio al enemigo meter en el mismo saco la difusión de ilusiones constitucionales por Vorwärts y el descubrimiento del velo que el enemigo construía sobre estas ilusiones.

La importancia de una organización viene o bien de las masas a las que agrupa, o bien del contenido de las ideas que es capaz de hacer penetrar en el movimiento obrero. En los brandlerianos no se encuentra nada de esto. ¡Sin embargo, con qué magnífico desprecio hablan Brandler y Thalheimer del pantano centrista del SAP! De hecho, si se comparan estas dos organizaciones, el SAP y el KPDO, todas las ventajas están del lado de la primera. El SAP no es un pantano, sino una corriente viva. Evoluciona desde la derecha hacia la izquierda, es decir, hacia el comunismo. Esta corriente no está todavía depurada, se encuentran en ella muchos detritus y mucho cieno, pero no es un pantano. El epíteto de pantano se aplica mucho mejor a la organización de Brandler y Thalheimer, que se caracteriza por un total estancamiento ideológico.

En el interior del grupo del KPDO, existía desde hace mucho tiempo una oposición, descontenta fundamentalmente de que los dirigentes se esforzasen en adaptar su política no tanto a las condiciones objetivas como a los estados de ánimo del estado mayor estalinista de Moscú.

La oposición de Walcher y Frólich ha tolerado durante mucho tiempo la política de Brandler y Thalheimer que, sobre todo en lo que se refiere a la URSS, no sólo tenía un carácter erróneo, sino también conscientemente hipócrita y políticamente deshonesto; está claro que nadie inscribirá esto en el activo del grupo disidente. Pero el hecho es que el grupo Walcher-Frólich ha reconocido finalmente la inutilidad de una organización cuyos jefes pretenden sobre todo ganar el favor de sus superiores. La minoría considera indispensable la adopción de una política independiente y activa, dirigida no contra el siniestro Remmele, sino contra la orientación y el régimen de la burocracia estalinista en la URSS y en la Internacional Comunista. Si interpretamos correctamente la posición de Walcher y Frólich a partir de materiales todavía extremadamente insuficientes, lo último constituye, de todos modos, un progreso sobre este punto. Después de haber roto con un grupo visiblemente moribundo, la minoría tiene ahora ante sí la tarea de definir una nueva orientación, nacional y, sobre todo, internacional.

La minoría disidente, hasta donde podemos juzgar, considera como su tarea principal en el próximo periodo apoyarse en la izquierda del SAP, ganar a este nuevo partido al comunismo y servirse de el para terminar con el conservadurismo burocrático del partido comunista alemán. Es imposible pronunciarse sobre ese plan formulado de una manera tan vaga y general: las bases de principio sobre las que se apoya la minoría y los métodos que piensa aplicar en la lucha por estos principios permanecen oscuros. ¡Es necesaria una plataforma! No estamos pensando en un documento que se contente con reproducir los lugares comunes del catecismo comunista, sino en un texto que aporte respuestas claras y concretas a los problemas militantes de la revolución proletaria, problemas que, en estos nueve últimos años, han desgarrado las filas comunistas y que conservan hoy toda su actualidad. De otro modo, conduciría a disolverse dentro del SAP y a retrasar su marcha hacia el comunismo.

La Oposición de Izquierda seguirá con atención y sin ningún a priori la evolución de la minoría. En el curso de la historia, la escisión de una organización moribunda ha dado más de una vez un impulso al desarrollo progresista de su parte viable. Nos sentiríamos muy satisfechos de ver que esta ley se confirma una vez más en lo que concierne a la suerte de la minoría. Pero solamente el porvenir nos lo dirá.

 

13. La estrategia de las huelgas

En la cuestión sindical, la dirección comunista ha embrollado definitivamente al partido. El curso general del «tercer período» iba encaminado a la creación de sindicatos paralelos. Se partía de la hipótesis de que el movimiento de masas desbordaría a las viejas organizaciones, y que los órganos de la RGO (Oposición Sindical Revolucionaria) se convertirían en los comités de iniciativa para la lucha económica. Para realizar este plan no faltaba más que un pequeño detalle: el movimiento de masas. Durante las crecidas de primavera, el agua arrastra un gran número de empalizadas. Intentemos arrancar la empalizada, decidió Lozovsky, quizá así brotarán las aguas de primavera.

Los sindicatos reformistas han resistido. El partido comunista ha logrado excluirse a si mismo de las fábricas. A partir de lo cual, se ha comenzado a rectificar parcialmente la política sindical. El partido comunista se negó a llamar a los obreros no organizados a entrar a formar parte de los sindicatos reformistas. Pero se pronunció igualmente contra la salida de los sindicatos. Al tiempo que creaba organizaciones paralelas, ha vuelto a dar vida a la consigna de la lucha por ganar influencia en el seno de las organizaciones reformistas. En su conjunto, esta dinámica es un modelo de autosabotaje.

Die Rote Fahne se lamenta de que muchos comunistas consideren inútil participar en los sindicatos reformistas. « ¿Para qué revivir estos mercadillos?» declaran. Y, en efecto, ¿con qué objetivo? Si se trata de luchar seriamente para apoderarse de los viejos sindicatos, entonces hay que llamar a los no organizados a entrar: son las capas nuevas las que pueden crear una base para un ala izquierda. Pero, en tal caso, no hay que crear sindicatos paralelos, es decir, una agencia competitiva para reclutar a los trabajadores.

En su política con respecto a los sindicatos, la dirección alcanza las mismas cimas de confusión que en el resto de problemas. Die Rote Fabne del 28 de enero criticaba a los militantes comunistas del sindicato de metalúrgicos de Düsseldorf por haber avanzado la consigna de «lucha sin cuartel contra la participación de los dirigentes sindicales» en el apoyo al gobierno Brüning. Estas reivindicaciones «oportunistas» son inaceptables, porque presuponen (!) que los reformistas son capaces de dejar de apoyar a Brüning y sus leyes de excepción. ¡A decir verdad, esto tiene todo el aspecto de una broma de mal gusto! Die Rote Fahne cree que es suficiente con llenar de injurias a los dirigentes, pero que es inaceptable someterlos a la prueba política de las masas.

A pesar de ello, los sindicatos reformistas ofrecen en la actualidad un campo de acción extraordinariamente favorable. El partido socialdemócrata tiene todavía la posibilidad de engañar a los obreros con su algazara política; por el contrario, el callejón sin salida del capitalismo se levanta ante los sindicatos como el muro de una prisión. Los 200 o 300.000 obreros organizados en los sindicatos rojos independientes pueden convertirse en un precioso fermento en el interior de los sindicatos reformistas.

A finales de enero ha tenido lugar una conferencia de los comités de empresa comunistas de todo el país en Berlín. Die Rote Fahne ha dado el siguiente informe: «Los comités de empresa forjan el frente obrero rojo» (2 de febrero). Sería vano buscar datos sobre la composición de la conferencia, sobre el número de obreros y empresas representadas. A diferencia de los bolcheviques, que anotaban cuidadosa y públicamente toda modificación en la correlación de fuerzas en el seno de la clase obrera, los estalinistas alemanes, imitando en esto a los de Rusia, juegan al escondite. ¡No quieren reconocer que los comités de empresa comunistas no representan más que el 4 % del total, frente al 84 % de los socialdemócratas! El balance de la política del «tercer período» está contenido en este informe. ¿Es que el hecho de bautizar como «frente rojo» el aislamiento de los comunistas en las empresas va a hacer avanzar las cosas?

La crisis prolongada del capitalismo traza en el interior del proletariado la línea de división más dolorosa y más peligrosa: entre los que tienen trabajo y los parados. El hecho de que los reformistas tengan preponderancia en las empresas y los comunistas en los parados paraliza a ambas partes del proletariado. Los que tienen trabajo pueden esperar durante mas tiempo. Los parados son más impacientes. Hoy en día, su impaciencia tiene un carácter revolucionario. Pero si el partido comunista no logra encontrar las formas y las consignas de lucha que, uniendo a los parados y a los que trabajan, abran la perspectiva de una salida revolucionaria, la impaciencia de los parados se volverá ineluctablemente contra el partido comunista.

En 1917. a pesar de la política correcta del partido bolchevique y del desarrollo de la revolución, las capas más desfavorecidas e impacientes del proletariado comenzaron desde septiembre-octubre, incluso en Petrogrado, a apartar su mirada del bolchevismo y volverse hacia los sindicalistas y los anarquistas. Si la revolución de Octubre no hubiese estallado a tiempo, la desagregación del proletariado habría tomado un carácter agudo y habría llevado a la descomposición de la revolución. En Alemania no hay necesidad de anarquistas: los nacionalsocialistas pueden ocupar su lugar, combinando la demagogia anarquista con sus objetivos abiertamente reaccionarios.

Los obreros no están en absoluto inmunizados de una vez por todas contra la influencia de los fascistas. El proletariado y la pequeña burguesía se presentan como vasos comunicantes, sobre todo en las condiciones actuales, cuando el ejército de reserva del proletariado no puede dejar de suministrar pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, etc., y la pequeña burguesía desarraigada, proletarios y lumpenproletarios.

Los empleados, el personal técnico y administrativo, ciertas capas de funcionarios, constituyeron en el pasado uno de los apoyos importantes de la socialdemocracia. En la actualidad, estos elementos se han pasado o se están pasando a los nacionalsocialistas. Tras de sí pueden arrastrar, si no han comenzado a hacerlo ya, a la aristocracia obrera. Siguiendo esta línea, el nacionalsocialismo penetra por arriba en el proletariado.

De todas formas, su eventual penetración por abajo, es decir, por los parados, es mucho más peligrosa. Ninguna clase puede vivir durante mucho tiempo sin perspectiva ni esperanza. Los parados no son una clase, pero constituyen ya una capa social muy compacta y muy estable, que busca en vano sustraerse a unas condiciones de vida insoportables. Si es cierto, en general, que sólo la revolución proletaria puede salvar a Alemania de la descomposición y la desagregación, esto es cierto en primer lugar para los millones de parados.

Dada la debilidad del partido comunista en las empresas y los sindicatos, su crecimiento numérico no resuelve nada. En una nación conmovida por la crisis, minada por sus contradicciones, un partido de extrema izquierda puede encontrar decenas de millares de nuevos partidarios, especialmente si todo el aparato del partido, metido en una carrera competitiva, está exclusivamente vuelto hacia el reclutamiento individual. Lo decisivo son las relaciones entre el partido y la clase. Un obrero comunista elegido para un comité de fábrica o la dirección de su sindicato, tiene más importancia que millares de nuevos miembros, reclutados aquí y allá, que entran hoy en el partido para dejarlo mañana.

Pero este aflujo individual de nuevos miembros no va a durar eternamente. Si el partido comunista continúa postergando la lucha hasta el momento en que haya desplazado definitivamente a los reformistas, habrá de comprender pronto que, a partir de un cierto momento, la socialdemocracia deja de perder influencia en favor de los comunistas, y que, por el contrario, los fascistas comienzan a desmoralizar a los parados, base principal del partido comunista. Un partido político no puede abstenerse impunemente de movilizar sus fuerzas por las tareas que se desprenden de la situación. El partido comunista se esfuerza en desencadenar huelgas sectoriales para abrir el camino a una lucha de masas. Los éxitos en este terreno son magros. Como siempre, los estalinistas se entregan a la autocrítica: «No sabemos todavía organizar», «no sabemos todavía arrastrar», además «no sabemos» significa siempre «no sabéis». La teoría de triste memoria de las jornadas de marzo de 1921 hace su reaparición: «electrizar» al proletariado mediante acciones ofensivas minoritarias. Pero los obreros no tienen ninguna necesidad de ser «electrizados ». Quieren que se les den perspectivas claras y que se les ayude a crear las premisas de un movimiento de masas.

En la estrategia de las huelgas, está claro que el partido comunista se apoya en citas aisladas de Lenin, con la interpretación que les dan Lozovsky y Manuilsky. Es cierto, que hubo períodos en los que los mencheviques luchaban contra la «huelgomania», mientras que los bolcheviques tomaban la cabeza de cada nueva huelga, arrastrando en el movimiento a masas cada vez más importantes. Esto correspondía a un período de despertar de nuevas capas de la clase. Así fue la táctica de los bolcheviques en 1905, en el período de expansión industrial que pre­cedió a la guerra, en los primeros meses de la revolución de Febrero.

Pero en el período inmediatamente anterior a Octubre, a partir del conflicto de julio de 1917, la táctica de los bolcheviques fue distinta: no impulsaban las huelgas, las frenaban, porque cada gran huelga tenía tendencia a transformarse en un enfrentamiento decisivo cuando las premisas políticas no estaban todavía maduras.

Lo que no les impidió, en el curso de esos meses, tomar la cabeza de todas las huelgas que estallaron a pesar de sus advertencias, esencialmente en los sectores más atrasados de la industria (textil, cuero, etcétera).

Si. en ciertas condiciones, los bolcheviques desencadenaron resueltamente huelgas en el interés de la revolución, en otras condiciones, siempre en interés de la revolución, disuadieron a los obreros de entrar en huel­ga. En este campo, como en los demás, no existe ninguna receta preparada. La táctica de las huelgas para cada periodo se integra siempre en una estrategia global, y la ligazón entre la parte y el todo está, clara para los trabajadores de vanguardia.

¿Qué ocurre actualmente en Alemania? Los obreros que tienen trabajo no oponen resistencia a la baja de los salarios, porque tienen miedo de los parados. No hay nada de chocante en ello: cuando existen varios millones de parados, la huelga tradicional, organizada por los sindicatos, es una lucha sin esperanza. Está doblemente condenada cuando existe un antagonismo político entre los parados y los que tienen empleo. Lo que no excluye las huelgas sectoriales, en particular en los sectores más atrasados de la industria. Por el contrario, son los obreros de los sectores más importante los que, en una situación así, se sienten más inclinados a escuchar la voz de los dirigentes reformistas. Los intentos del partido comunista de desencadenar una huelga, sin que la situación general en el seno del proletariado se haya modificado, se ven reducidos a pequeñas operaciones de sus partidarios que, incluso en caso de éxito, no son secundadas.

De acuerdo con los relatos de los obreros comunistas (cf. aunque sólo sea Der Rote Aulbau), muchos obreros de las empresas declaran que las huelgas sectoriales no tienen ningún sentido en la actualidad, que solamente la huelga general puede arrancar a los obreros de la miseria. «Huelga general» significa aquí «perspectiva de lucha». Los obreros se sienten tanto menos entusiasmados por las huelgas sectoriales cuanto que se ven directamente confrontados al poder del Estado: el capital monopolista habla a los obreros en el lenguaje de las leyes de excepción de Brüning [14].

En los albores del movimiento obrero, los agitadores se abstenían a menudo de desarrollar perspectivas revolucionarias y socialistas para no espantar a los obreros a los que trataban de arrastrar a una huelga. Hoy la situación se presenta en forma totalmente opuesta. Las capas dirigentes de los obreros alemanes no decidirán participar en una lucha económica más que si las perspectivas generales de la lucha por venir les resultan claras. En la dirección comunista no encuentran estas perspectivas.

A propósito de la táctica de las jornadas de marzo de 1921 en Alemania («electrizar» a la minoría del proletariado en lugar de ganarse a la mayoría), el autor de estas líneas declaraba en el III congreso: «Cuando la mayoría aplastante de la clase obrera no se encuentra a sí misma en el movimiento, no simpatiza con el o incluso duda de su éxito, mientras que la minoría, por el contrario, continúa adelante y se esfuerza por empujar a los obreros a la huelga, en este caso esa minoría impaciente puede, en la persona del partido, entrar en conflicto con la clase obrera y estrellarse de cabeza.»

¿Hay que renunciar a la huelga como forma de lucha? No, no hay que renunciar, sino crear las premisas políticas y organizativas indispensables. El restablecimiento de la unidad sindical es una de ellas. La burocracia reformista, naturalmente, no la desea. Hasta la fecha, la escisión le ha asegurado la mejor posición posible. Pero la amenaza directa del fascismo modifica la situación en los sindicatos, con gran desventaja para la burocracia. La aspiración a la unidad crece. La camarilla de Leipart siempre puede intentar, en la actual situación, rechazar el restablecimiento de la unidad: esto duplicará o triplicará, la influencia de los comunistas en el interior de los sindicatos. Si la unidad se llega a realizar, tanto mejor: se abrirá ante los comunistas un amplio campo de actividad. ¡Lo que se necesita no son medidas tibias, sino un giro radical!

Sin una amplia campaña contra la carestía, por la reducción de la semana laboral, contra la disminución de los salarios, sin la participación de los parados en esta lucha, sin la aplicación de la política de frente único, las pequeñas huelgas improvisadas nunca harán al movimiento desembocar en una lucha de conjunto.

Los socialdemócratas de izquierda hablan de la necesidad, «en el caso de la llegada al poder delos fascistas», de recurrir a la huelga general. Es muy posible que el mismo Leipart llegue a blandir esa amenaza cuando esté encerrado entre cuatro muros. Die Rote Fahne habla a este respecto de luxemburguismo. Esto es calumniar a la gran revolucionaria. Si Rosa Luxemburg ha sobrestimado la importancia específica de la huelga general en el problema del poder, ha comprendido muy bien que no hay que llamar arbitrariamente a la huelga general, que ésta es preparada por todo el itinerario anterior del movimiento obrero, por la política del partido y de los sindicatos. En la boca de los socialdemócratas de izquierda, la huelga general es sobre todo un mito consolador que les permite evadirse de la triste realidad.

Durante muchos años los socialdemócratas franceses han prometido recurrir a la huelga general en caso de guerra. En el Congreso de Basilea de 1912 prometieron incluso recurrir al levantamiento revolucionario. Pero la amenaza de huelga y de levantamiento no era en estos dos casos mas que un rayo de opereta. No se trata en absoluto de la oposición entre huelga y sublevación, sino de la actitud abstracta, formal, puramente verbal tanto frente a la huelga como frente a la sublevación. El socialdemócrata bebeliano de antes de la guerra era un reformista armado con el concepto abstracto de revolución; el reformista de posguerra, blandiendo la amenaza de la huelga general, es ya una verdadera caricatura.

La actitud de la dirección comunista con respecto a la huelga general, evidentemente, es mucho más seria. Pero le falta claridad, incluso en esta cuestión. Sin embargo, la claridad es necesaria. La huelga general es un medio de lucha muy importante, pero no es un remedio universal. Existen situaciones en las que la huelga general entraña el riesgo de debilitar más a los obreros que a su enemigo directo. La huelga debe ser un elemento importante del cálculo estratégico, pero no una panacea en la que se ahogue toda estrategia.

Hablando en general, la huelga general es el instrumento de lucha del más débil contra el más fuerte, 0, más exactamente, del que al co­mienzo de la lucha se siente más débil contra el que se considera a sí mismo como el más fuerte: cuando, personalmente, yo no puedo utilizar un instrumento importante, intento evitar al menos que se sirva de él mi enemigo: si yo no puedo disparar con un cañón, le arrancaré al menos el percutor. Esa es la «idea» de la huelga general.

La huelga general ha aparecido siempre como un instrumento de lucha contra un Estado establecido que dispone de los ferrocarriles, del telégrafo, de las fuerzas militares y policiales, etc. Al paralizar el aparato del Estado, la huelga general, o «asustaba» al poder o creaba las premisas para una solución revolucionaria del problema del poder.

La huelga general se ha mostrado como un instrumento de lucha particularmente eficaz cuando las masas solamente están unidas por el entusiasmo revolucionario, no permitiéndoles la ausencia de organización y de un estado mayor de combate apreciar el avance de las relaciones entre las fuerzas ni elaborar el plan de operaciones. Podemos pensar que la revolución antifascista en Italia, cuyo inicio será marcado por un cierto número de conflictos localizados, pasará inevitablemente por el estadio de la huelga general. Esta es la única vía por la que la clase obrera italiana, hoy atomizada, cobrará de nuevo conciencia de que constituye una sola clase y podrá medir las fuerzas del enemigo al que tiene que derrocar.

La huelga general solamente seria una forma adecuada de lucha contra el fascismo en Alemania si este último estuviese va en el poder y controlase firmemente el aparato del Estado. Pero la consigna de la huelga general no es más que una fórmula vacía si se trata de aplastar al fascismo en su tentativa de apoderarse del poder.

En el momento de la marcha de Kornilov sobre Petrogrado, ni a los bolcheviques ni a los soviets en su conjunto se les ocurrió desencadenar una huelga general. En los ferrocarriles, los obreros luchaban por transportar a las tropas revolucionarias y retener los destacamentos de Kornilov. Las fábricas sólo se pararon en la medida en que los obreros debían partir al frente. Las empresas que trabajaban para el frente revolucionario redoblaron su actividad.

La huelga general no se planteó durante la revolución de Octubre. En la víspera de la revolución, la inmensa mayoría de las fábricas y los regimientos se habían adherido ya a la dirección del soviet bolchevique. En esas condiciones, llamar a las fábricas a la huelga general significaba debilitarse a si mismo, y no debilitar al adversario. En los ferrocarriles, los obreros se esforzaban por ayudar a la insurrección; los funcionarios, aun simulando un aire de neutralidad, ayudaban a la contrarrevolución. La huelga general de ferrocarriles no habría tenido ningún sentido; el problema se resolvió con la preponderancia de los obreros sobre los funcionarios. En Alemania, si la lucha estalla a partir de conflictos localizados debidos a una provocación de los fascistas, es poco probable que un llamamiento a la huelga general responda a las exigencias de la situación. La huelga general significaría sobre todo aislar a una ciudad de otra, a un barrio de otro e incluso a una fábrica de otra. Sería más difícil encontrar y reunir a los parados. En esas condiciones, los fascistas, a los que no les falta un estado mayor, puedenganar cierta superioridad gracias a una dirección centralizada. Es cierto que sus tropas están hasta tal punto atomizadas que, incluso en ese caso, la tentativa de los fascistas puede ser rechazada. Pero ese es ya otro aspecto del problema.

 El problema de las comunicaciones ferroviarias debe ser abordado no desde el punto de vista del «prestigio» de la huelga general que supone el que todos vayan a la huelga, sino desde el punto de vista de su utilidad en el combate: ¿a quién y contra quién servirán las vías de comunicaciones durante el enfrentamiento?

En consecuencia, hay que prepararse no para la huelga general, sino para resistir a los fascistas. Esto implica crear en todas partes bases de resistencia, destacamentos de choque, reservas, estados mayores locales y centros de dirección, una ligazón efectiva, planes muy sencillos de movilización.

Lo que han hecho las organizaciones locales en un rincón de una provincia, en Bruchsal y Klingenthal, donde los comunistas junto con el SAP y los sindicatos han creado una organización de defensa, a pesar es un ejemplo para todo el del boicot de las altas esferas reformistas, país, a pesar de sus modestas dimensiones. ¡Oh jefes poderosos, oh estrategas siete veces sabios, sentimos deseos de gritaros: aprended la lección de los obreros de Bruclisal y de Klingenthal, imitadles, extended su experiencia, aprended la lección de los obreros de Bruchsal y de Klingenthal!

La clase obrera alemana dispone de poderosas organizaciones políticas, económicas y deportivas. Esto es lo que constituye la diferencia entre el «régimen de Brüning» y el «régimen de Hitler». Brüning no tiene ningún mérito: la debilidad burocrática no es un mérito. Pero hay que mirar las cosas cara a cara. El hecho principal, capital, fundamental, es que la clase obrera de Alemania está todavía en plena posesión de sus organizaciones. La única razón de su debilidad es una utilización incorrecta de su fuerza. Basta con extender a todo el país la experiencia de Bruchsal y Klíngenthal y Alemania presentará, un panorama totalmente distinto. En esas circunstancias, la clase obrera podrá recurrir contra los fascistas a formas de lucha mucho más eficaces y directas que la huelga general (una necesidad así podría nacer de un cierto tipo de relaciones entre los fascistas y el Estado), el sistema de comités de defensa constituidos sobre la base del frente único garantizaría por adelantado el éxito de la huelga de masas.

La lucha no se detendría en esa etapa. En efecto, ¿qué es lo que hay en el fondo de la organización de Bruchsal y Klingenthal? Hay que saber discernir lo que hay de importante en los acontecimientos menores: este comité local de defensa es de hecho el comité local de los diputados obreros; no se llama así y no tiene conciencia de ello, porque se trata de un pequeño rincón de una provincia. Aquí también, la cantidad determina la cualidad. ¡Trasladad esta experiencia a Berlín y tendréis el soviet de diputados obreros de Berlín!

 

14. El control obrero y la colaboración con la URSS

Cuando hablamos de las consignas del período revolucionario, no se debe entender en un sentido demasiado estrecho. Sólo se pueden crear los soviets en el período revolucionario. Pero, ¿cuándo comienza este? No es posible averiguarlo mirando el calendario. No es posible sentirlo más que en la acción. Los soviets deben ser creados en el momento en que puedan ser creados [15].

La consigna del control obrero de la producción se remite, en bruto, al mismo período que la creación de los soviets. Pero tampoco en este caso se debe razonar de forma mecánica. Unas condiciones particulares pueden llevar a las masas a controlar la producción mucho antes de que estén preparadas para crear los soviets.

Brandler y su sombra de izquierda, Urbahns, avanzaban la consigna del control de la producción independientemente de la situación política. Lo que tuvo como único resultado el descrédito de esta consigna. En la actualidad, sería incorrecto rechazar esta consigna, en una situación de crisis política creciente, únicamente porque no hay todavía una ofensiva de masas. Para la ofensiva misma se necesitan consignas que precisen las perspectivas del movimiento. La penetración de las consignas en las masas debe ser precedida inevitablemente por un período de propaganda.

La campaña por el control obrero puede comenzar, según las circunstancias, no bajo el ángulo de la producción sino bajo el del consumo. La baja del precio de las mercancías, prometidas por el gobierno Brüning en el momento en que disminuía los salarios, no se ha realizado. Este problema no puede dejar de afectar a las capas más atrasadas del proletariado, que se encuentran todavía muy alejadas de la idea de la toma del poder. El control obrero sobre los costes de producción Y sobre los beneficios comerciales es la única forma real de luchar por la reducción de los precios. Dado el descontento general, la creación de comisiones obreras que, con la participación de las amas de casa, examinen por qué razón aumenta el precio de la margarina, puede marcar el comienzo efectivo del control obrero sobre la producción. Evidentemente, no se trata en este caso más que de una de las posibles vías de aproximación, tomada a título de ejemplo. Todavía no se plantea la gestión de la producción: el obrero no llegará a ella inmediatamente, esta idea le resulta todavía totalmente extraña. Pero le resulta más fácil pasar del control sobre el consumo al control sobre la producción, y después a la gestión directa, paralelamente al curso general de la revolución.

Con la crisis actual, el control sobre la producción en la Alemania contemporánea implica un control no solamente sobre las empresas el, actividad, sino también sobre las empresas que funcionan a bajo rendimiento y sobre las que están cerradas. Para ello, hay que asociar al control a los obreros que trabajaban en estas empresas antes de su paso al desempleo. Hay que proceder de la manera siguiente: volver a poner en marcha las empresas cerradas bajo la dirección de un comité de fábrica, basándose en un plan económico. Lo que plantea de forma in­mediata el problema de la gestión estatal de la industria, es decir, de la expropiación de los capitalistas por el Estado obrero. Por consiguiente,el control obrero no puede ser una situación prolongada, «normal», como los convenios colectivos o la seguridad social. El control obrero es una medida transitoria, en condiciones de extrema tensión de la lucha de clases, y que solamente puede ser considerada como un puente hacía la nacionalización revolucionaria de la industria.

Los brandlerianos acusan a la Oposición de Izquierda de haberles arrebatado la consigna del control obrero sobre la producción después de haberse reído de ella durante varios años. ¡La acusación es realmente sorprendente! Fue el partido bolchevique, en 1917, el primero que defendió a gran escala la consigna del control sobre la producción. En Petrogrado, el soviet dirigió la campaña sobre este punto, como sobre los demás. Como testigo y actor de estos acontecimientos, puedo testificar que no experimentamos en absoluto la necesidad de solicitar las directrices de Brandler y Thalheimer, ni la de recurrir a sus consejos teóricos. La acusación de «plagio» está formulada con cierto grado de imprudencia.

Pero no reside ahí el infortunio. La segunda parte de la acusación es mucho más grave: hasta el momento, los «trotskistas» protestaban contra la campaña en torno a la consigna del control sobre la producción, ahora defienden esta consigna. ¡Los brandlerianos ven ahí la prueba de nuestra inconsistencia! En realidad, no hacen más que revelar su absoluta incomprensión de la dialéctica revolucionaría contenida en la consigna del control obrero reduciéndola a una receta técnica para la «movilización de las masas». Cuando argumentan con el hecho de que ellos vienen repitiendo desde hace muchos años esta consigna, que solamente es válida para el período revolucionario, se condenan a sí mismos. El martillo que, durante muchos años, ha golpeado la corteza del tronco de un roble, considera también, en el fondo de su alma, que el leñador que ha derribado el árbol a hachazos le ha plagiado de forma criminal.

Para nosotros, la consigna del control está ligada al período de dualidad de poder en la industria, que corresponde al paso del régimen burgués al régimen proletario. No, contesta Thalheimer, dualidad de poder significa «igualdad (!) con los patronos»; los obreros luchan por la dirección completa y total de las empresas. Los brandlerianos no permitirán que sea «castrada» -¡así está formulado!- esta consigna revolucionaria. Para ellos, «el control sobre la producción significa la gestión de la producción por los obreros» (17 de enero de 1932). Pero, ¿para qué llamar a la gestión, control? En un lenguaje comprensible para todos se entiende por control la vigilancia y la comprobación del trabajo de un organismo por otro organismo. El control puede ser muy activo, autoritario y general. Pero continúa siendo un control. La idea misma de esta consigna nace del régimen de transición en las empresas, cuando el patrón y su administración no pueden ya dar un paso sin la autorización de los obreros; pero, fuera de la empresa, los obreros no han creado todavía las premisas políticas para las nacionalizaciones, ni han adquirido todavía las técnicas de la gestión, ni han creado los órganos necesarios. No olvidemos que no se trata solamente de la dirección de los talleres, sino de la venta de la producción, de las operaciones de crédito, del abastecimiento de la fábrica de materias primas, materiales y nuevo equipo.

Es la fuerza de la presión global del proletariado sobre la sociedad burguesa la que determina la correlación de fuerzas en la empresa. El control sólo se concibe en el caso de una superioridad indiscutible de las fuerzas políticas del proletariado sobre las del capital. Es incorrecto pensar que en el transcurso de la revolución todos los problemas se resuelven por medio de la violencia: uno puede apoderarse de las em­presas con la ayuda de la Guardia Roja, pero para dirigirla son necesarias unas nuevas premisas jurídicas y administrativas; también se necesitan conocimientos, costumbres y organismos apropiados. Todo esto hace necesario un período de aprendizaje. Durante este período, al proletariado le interesa dejar la gestión en manos de un administrador experimentado, forzándole a abrir todos sus libros de contabilidad e instaurando un control vigilante sobre todas sus relaciones y actos.

El control obrero comienza dentro de una empresa. El comité de fábrica es el órgano del control. Los órganos del control en las fábricas deben de entrar en contacto los unos con los otros, siguiendo las relaciones económicas existentes entre las empresas. En este estadio, no hay todavía un plan económico global. La práctica del control obrero no hace más que preparar los elementos de este plan.

A la inversa, la gestión obrera de la industria a una escala mucho más importante empieza por arriba, incluso en sus mismos inicios, porque es inseparable del poder y de un plan económico general. Los órganos de gestión no son ya los comités de fábrica, sino los soviets centralizados. El papel de los comités de fábrica continúa siendo importante, pero en el terreno de la gestión de la industria se trata de un papel auxiliar, y no de un papel dirigente.

En Rusia, la etapa del control obrero no duró, ya que la intelectualidad técnica, convencida al igual que la burguesía de que la experiencia de los bolcheviques no duraría más de algunas semanas, intentó todas las formas de sabotaje y se negó a todo tipo de acuerdo. La guerra civil, que transformó a los obreros en soldados, dio un golpe mortal a la economía. Por consiguiente, la experiencia rusa aporta relativamente pocas cosas sobre el control obrero como régimen particular de la industria. Pero, desde otro punto de vista, tiene mucho más valor: demuestra que, en un país atrasado, un proletariado joven e inexperto, rodeado por el enemigo, ha logrado resolver el problema de la gestión de la industria, a pesar del sabotaje no sólo de los propietarios, sino también del personal técnico y administrativo. ¡De qué no será capaz la clase obrera alemana!

El proletariado, como ya hemos dicho, está interesado en que el paso de la producción capitalista privada a la producción capitalista de Estado y luego a la socialista se lleve a cabo con el menor número posible de sacudidas económicas, evitando todo despilfarro inútil del patrimonio nacional. Ésta es la razón por la que el proletariado debe mostrarse dispuesto a crear un régimen de transición en las fábricas, los talleres y la banca, cuando se está acercando al poder e incluso cuando se ha apoderado ya de él tras una lucha audaz y decidida.

¿Serán diferentes las relaciones dentro de la industria, en el momento de la revolución alemana, de las que se dieron en Rusia? No es fácil responder a esta pregunta, sobre todo para un observador exterior. El curso real de la lucha de clases puede no dejar lugar al control obrero como etapa particular. Si la lucha se desarrolla en una situación muy tensa, marcada por una presión creciente de los obreros, por un lado, y por la multiplicación de los actos de sabotaje de los patronos y la administración, por otro, serán imposibles los acuerdos, incluso los de corta duración. La clase obrera tendrá entonces que tomar en sus manos simultáneamente el poder y la gestión plena y entera de las empresas. La parálisis total de la industria y la presencia de un considerable ejército de parados hacen bastante probable este «atajo».

Por el contrario, la existencia de poderosas organizaciones en el seno de la clase obrera, la educación de los obreros en un espíritu no de improvisaciones sino de acción sistemática, la lentitud con que las masas se radicalizan y se unen al movimiento revolucionario, son factores que hacen que la balanza se incline a favor de la primera hipótesis. Sería erróneo, por tanto, rechazar a priori la consigna del control obrero sobre la producción.

En cualquier caso, la consigna de control obrero tiene para Alemania, más aun que para Rusia, un sentido diferente al de la gestión obrera. Como otras muchas consignas transitorias, conserva una gran importancia con independencia de saber en qué medida será realizada y si lo será o no de forma general.

Cuando está en condiciones de crear las formas transitorias de control obrero, la vanguardia del proletariado une a su causa a las capas más conservadoras de éste y neutraliza a ciertos grupos de la pequeña burguesía, sobre todo a los empleados técnicos, administrativos y bancarios. Si los capitalistas y toda la capa superior de la administración manifiestan una hostilidad irreductible y recurren al sabotaje de la economía, la responsabilidad de las medidas severas que se produzcan por ello recaerá, a los ojos del pueblo, no sobre los obreros, sino sobre las clases enemigas. Esa es la significación política complementaria de la consigna del control obrero, además de su significación económica y administrativa indicada más arriba. En todo caso, alcanzan el colmo del cinismo político quienes han avanzado la consigna de control obrero en un período no revolucionario, confiriéndole así un carácter puramente reformista, y nos acusan ahora de vacilaciones centristas porque nos negamos a identificar control obrero y gestión obrera.

Cuando los obreros se encuentren ante los problemas del control y la gestión obreras, no querrán ni podrán emborracharse con palabras. En las fábricas están acostumbrados a manejar un material mucho menos maleable que las frases, y comprenderán nuestro pensamiento mucho mejor que los burócratas: el verdadero espíritu revolucionario no consiste en emplear la violencia en todo momento y lugar, y menos aún en emborracharse con palabras sobre la violencia. Allá donde la violencia es necesaria, hay que utilizarla con audacia, de forma decidida y hasta el final. Pero hay que conocer los límites de la violencia, hay que saber en qué momento se hace necesario combinar la violencia con maniobras tácticas, los golpes con los compromisos. En los aniversarios de Lenin, la burocracia estalinista repite frases aprendidas de memoria sobre el «realismo revolucionario» para poder burlarse de él con mayor libertad durante el resto del año.

Los teóricos prostituidos del reformismo se esfuerzan por ver el alba del socialismo en los decretos de excepción contra los obreros. ¡Del «socialismo militar» de los Hohenzollern al socialismo policíaco de Brüning!

Los ideólogos de izquierda de la burguesía sueñan con una sociedad capitalista planificada. Pero el capitalismo ha mostrado ya que, en lo que se refiere a la planificación, solamente es capaz de agotar las fuerzas productivas en beneficio de la guerra.

Dejando aparte todas estas cuestiones, sólo queda una: ¿cómo resolver el problema de la independencia de Alemania respecto al mercado mundial, dado el enorme montante actual de sus importaciones y exportaciones?

Proponemos empezar por la esfera de las relaciones germano-soviéticas, es decir, por la elaboración de un plan de cooperación entre las economías alemana y soviética, en relación con el segundo plan quinquenal y como complemento de éste. Podrían lanzarse decenas y centenares de fábricas a pleno rendimiento. El paro en Alemania podría ser totalmente liquidado -es poco probable que eso exija más de dos o tres años- sobre la base de un plan económico que englobase a los dos países en todos los terrenos.

Los dirigentes de la industria capitalista alemana, evidentemente, no pueden poner a punto un plan semejante, ya que implica su propia autoliquidación desde el punto de vista social. Pero el gobierno soviético, con la ayuda de las organizaciones obreras, en primer lugar de los sindicatos, y de los elementos progresistas entre los técnicos alemanes, puede y debe elaborar un plan real, susceptible de abrir grandiosas perspectivas. Qué mezquinos parecerán todos estos «problemas» de reparaciones y pfennigs suplementarios en relación con las posibilidades que abrirá la conjunción de los recursos de materias primas, técnicos y de organización de las economías alemana y rusa.

Los comunistas alemanes desarrollan una amplia propaganda alrededor de los éxitos que conoce la edificación de la URSS. Es un trabajoindispensable. Pero, con este propósito, embellecen la realidad de formarepulsiva, lo que es totalmente superfluo. Y, lo que es aún peor, son incapaces de ligar los éxitos y las dificultades de la economía soviética a los intereses inmediatos del proletariado alemán, al paro, al descenso de los salarios y al callejón sin salida general en que se encuentra la economía alemana. No quieren ni saben plantear el problema de la cooperación germano-soviética sobre una base que sea a la vez rentable desde el punto de vista económico y profundamente revolucionaria.

En el comienzo mismo de la crisis -hace más de dos años- hemos planteado ya este problema en la prensa. Los estalinistas proclamaron inmediatamente que creíamos en la coexistencia pacífica del socialismo y el capitalismo, que queríamos salvar al capitalismo. No habían previsto ni comprendido una sola cosa: un plan económico concreto de cooperación podría convertirse en un poderoso factor de la revolución socialista, a condición de hacer de él materia de discusión en los sindicatos, en los mítines, en las fábricas, entre los obreros de las empresas todavía en actividad, pero también de las que están cerradas, a condición de ligar esta consigna a la del control obrero sobre la producción, y en un segundo momento a la de la conquista del poder. La puesta en práctica de una cooperación económica planificada, real, a nivel internacional, presupone la existencia del monopolio del comercio exterior en Alemania, la nacionalización de los medios de producción, la dictadura del proletariado. Así habría sido posible arrastrar a millones de obreros, a los desorganizados, a los socialdemócratas y a los católicos a la lucha por el poder.

Los Tarnow intentan asustar a los obreros alemanes explicándoles que la desorganización de la industria que resultaría de la revolución traería consigo una desorganización espantosa, el hambre, etc. No hay que olvidar que estos mismos individuos han apoyado la guerra imperialista,. que no podía aportarle al proletariado más que sufrimientos, desgracias y humillaciones. ¿Hacer recaer sobre el proletariado los sufrimientos de la guerra agitando la bandera de los Hohenzollern? Sí. ¿Hacer sacrificios por la revolución bajo la bandera del socialismo? ¡No, nunca!

Cuando se afirma en las discusiones que «nuestros obreros alemanes» no aceptarán jamás «semejantes sacrificios», se adula y se calumnia a la vez a los obreros alemanes. listos son, por desgracia, demasiado pacientes. La revolución socialista no exigirá del proletariado alemán la centésima parte de las víctimas que ha devorado la guerra de los Hohenzollern, Leipart y Wels.

¿A qué caos se refieren los Tarnow? La mitad del proletariado alemán ha sido arrojado a la calle. Aun en el caso de que la crisis disminuyese de aquí a uno o dos años, resurgiría de aquí a cinco años, con formas todavía más terribles, por no hablar del hecho de que las convulsiones que acompañan a la agonía del capitalismo no pueden más que llevar a una nueva guerra. ¿A qué caos tienen miedo los Hilferding? Si la revolución socialista tuviese como punto de partida una industria capitalista en plena expansión -lo que, en general, no es posible- la sustitución del antiguo sistema económico podría provocar, efectivamente, durante los primeros meses o incluso los primeros años, una baja momentánea de la economía. Pero, de hecho, el socialismo en la Alemania actual debería partir de una economía en la que las fuerzas productivas no trabajan mas que a medio rendimiento. La regularización de la economía dispondría, por tanto, desde el principio, de un 50 % de reservas, lo que es más que suficiente para compensar las vacilaciones de los primeros pasos, atenuar las sacudidas fuertes del nuevo sistema y preservarlo de una caída momentánea de las fuerzas productivas. Utilicemos con todaslas reservas el lenguaje de las cifras: en el caso de una economía capitalista que funcione al 100 %, la revolución socialista debería volver a caer en un primer momento al 75 %, e incluso al 50 %; por el contrario, en el caso de una economía que no funciona más que al 50 % de sus capacidades, la revolución podría subir al 75 % e incluso al 100 %, para conocer pronto un desarrollo sin precedentes.

 

15. ¿Es desesperada la situación?

Movilizar de un solo golpe a la mayoría de la clase obrera alemana para una ofensiva es una tarea difícil. Después de las derrotas de 1919,1921 y 1923, después de las aventuras del «tercer período», los obreros alemanes, que están sólidamente sujetos por poderosas organizaciones conservadoras, han visto cómo se desarrollaban en ellos centros de inhibición. Pero esta solidez organizativa de los obreros alemanes que, hasta el presente, ha impedido cualquier penetración del fascismo en sus filas, abre amplísimas posibilidades para los combates defensivos. Hay que tener presente en el ánimo el hecho de que la política de frente único es mucho más eficaz en la defensa que en el ataque. Las capas conservadoras o atrasadas del proletariado son arrastradas con más facilidad a una lucha por defender lo adquirido que por conquistar nuevas posiciones.

Los decretos de excepción de Brüning y la amenaza proveniente de Hitler son, en este sentido, una señal de alarma «ideal» para la política de frente único. No se trata de una defensa en el sentido más elemental y evidente del término. Es posible, en estas condiciones, ganar al frente único a la gran mayoría de la clase obrera. Además, los objetivos de la lucha no pueden dejar de atraer la simpatía de las capas inferiores de la pequeña burguesía, incluidos los tenderos de los barrios y distritosobreros.

A pesar de todas las dificultades y peligros, la situación actual en Alemania presenta enormes ventajas para el partido revolucionario; dicta de manera imperativa un plan estratégico claro: de la defensiva a la ofensiva. Sin renunciar ni un sólo instante a su objetivo principal, que continúa siendo la toma del poder, el partido comunista ocupa, por sus acciones inmediatas, una posición defensiva. ¡Ha llegado el momento de dar su significado real a la fórmula «clase contra clase»!

La resistencia de los obreros a la ofensiva del capital y del Estado provocará inevitablemente una ofensiva redoblada del fascismo. Por tímidos que hayan sido los primeros pasos de la defensa, la reacción del adversario cerrará rápidamente las filas del frente único, ampliará sus tareas, hará necesaria la aplicación de métodos más decididos, arrojará fuera del frente a las capas reaccionarias de la burocracia, reforzara la influencia de los comunistas, haciendo saltar las barreras entre los obreros, y preparará, de este modo, el paso de la defensiva a la ofensiva.

Si el partido comunista gana la dirección en los combates defensivos-y, con una política correcta, no puede haber ninguna duda de ello-,no deberá en ningún caso exigir a las direcciones reformistas y centris tas su acuerdo para el paso a la ofensiva. Son las masas las que deciden: a partir del momento en que se separen de la dirección reformista, un acuerdo con ésta pierde todo sentido. Perpetuar el frente único demostraría una incomprensión total de la dialéctica de la lucha revolucionaria y llevaría a transformarlo de trampolín en obstáculo.

Las situaciones políticas más difíciles son, en cierto sentido, las más fáciles: no admiten más que una sola solución. Cuando se señala una tarea por su nombre, ya ha sido resuelta en principio: del frente único para la defensa a la conquista del poder bajo la bandera del comunismo.

¿Cuáles son las posibilidades de éxito? La situación es difícil. El ultimatismo ultraizquierdista es un apoyo para el reformismo. El reformismo es un apoyo para la dictadura burocrática de la burguesía. La dictadura burocrática de Brüning agrava la agonía económica del país y alimenta al fascismo.

La situación es muy difícil y muy peligrosa, pero en absoluto desesperada. No importa cuán poderoso sea el aparato estalinista, que se beneficia de una autonomía usurpada y de los recursos materiales de la revolución de Octubre, no es omnipotente. La dialéctica de la lucha de clases es más fuerte. Solamente hay que saber ayudarla en el momento oportuno.

Hoy en día, mucha gente «de izquierda» muestra un gran pesimismo en cuanto a la suerte de Alemania. En 1923, dicen, cuando el fascismo era todavía muy débil y el partido comunista tenía una gran influencia en los sindicatos y comités de fábrica, el proletariado no logró la victoria: ¿cómo podría conseguir una victoria hoy, cuando el partido se ha debilitado y el fascismo es incomparablemente más fuerte?

Este argumento, a primera vista convincente, es en realidad totalmente falaz. En 1923, se detuvo ante el combate: ante el espectro del fascismo, el partido se negó a luchar. Cuando no hay lucha no puede haber victoria. Son precisamente la fuerza del fascismo y su presión las que excluyen toda posibilidad de negarse al combate. Es necesario luchar. Y si la clase obrera alemana se lanza al combate, puede vencer. Tiene que vencer.

Todavía ayer declaraban los grandes jefes: «No nos da miedo que los fascistas lleguen al poder, se agotarán rápidamente por sí solos, etc.» Esta idea predominó en las altas esferas del partido durante varios meses. Si hubiese echado raíces definitivamente, habría significado que el partido comunista intentaba anestesiar al proletariado antes de que Hítler le cortase la cabeza. Aquí es donde reside el peligro principal. En la actualidad, nadie defiende ya esta idea. Hemos logrado una primera victoria. La idea de que el fascismo debe ser aplastado antes de la llegada al poder ha penetrado en las masas obreras. Es una victoria importante. Toda la agitación futura debe partir de ahí.

 Las masas obreras están abatidas. El paro y la necesidad las doblegan. Pero todavía más la confusión de la dirección, los embrollos que ha provocado, los giros. Los obreros comprenden que es imposible dejar que Hitler llegue al poder. ¿Pero cómo? No hay ninguna solución a la vista. Los dirigentes no sirven para nada, sino al contrario, son un obstáculo. Pero los obreros quieren luchar.

Hay un hecho sorprendente que no ha sido apreciado, en la medida en que podemos juzgarlo desde lejos, en su justo valor: ¡los mineros de Hirsch-Duricker han declarado que hay que sustituir el sistema capitalista por el socialista! Esto significa que mañana estarán de acuerdo en crear los soviets como forma de organización de toda la clase. ¡Es posible que ya estén de acuerdo hoy: basta con preguntarles! Este síntoma, por sí solo, es cien veces más importante que todas las valoraciones impresionistas de esos señores, hombres de letras y buenos habladores, quese lamentan desdeñosamente de las masas.

Efectivamente, se observa en las filas del partido comunista cierta pasividad, a pesar del vocerío del aparato. ¿Por qué, pues? Los comunistas de base acuden cada vez más raramente a las reuniones de célula, donde se les llena de frases vacías. Las ideas que vienen de arriba no pueden ser aplicadas ni en la fábrica ni en la calle. El obrero tiene conciencia de la contradicción irresoluble que hay entre lo que necesita él cuando está frente a las masas y lo que se le ofrece en las reuniones oficiales del partido. La atmósfera artificial creada por un aparato vociferante, fanfarrón y que no soporta las objeciones, se vuelve insoportable para los miembros normales del partido. De ahí el vacío y la frialdad de las reuniones. Esto refleja no un rechazo de la lucha, sino un desarraigo político y una protesta sorda contra una dirección omnipotente pero estúpida.

Este desarraigo en las filas del proletariado estimula a los fascistas. Continúan su ofensiva. El peligro crece. Pero, precisamente, esta aproximación del peligro fascista sensibilizará de manera extraordinaria a los obreros de vanguardia y creará una atmósfera favorable para avanzar pro puestas claras y sencillas que desemboquen en la acción.

Refiriéndose al ejemplo de Brunswick, Münzenberg escribía en noviembre del año pasado: «Hoy en día, no puede haber ninguna duda de que este frente único surgirá un día espontáneamente bajo la creciente presión del terror y los ataques fascistas.» Münzenberg no nos explica por qué el comité central, del que forma parte, no ha hecho de los acontecimientos de Brunswick el punto de partida de una política audaz de frente único. Poco importa: Münzenberg, aunque reconozca con ello su propia inconsistencia, tiene razón en su pronóstico.

La aproximación del peligro fascista no puede sino provocar la radicalización de los obreros socialdemócratas e incluso de capas importantes del aparato reformista. El ala revolucionaria del SAP, sin duda alguna, dará un paso hacia delante. En estas condiciones, un giro del aparato comunista es más o menos inevitable, incluso al precio de rupturas y escisiones internas. Hay que prepararse para una evolución de este tipo.

Es inevitable un giro de los estalinistas. Ciertos síntomas dan ya la medida de la fuerza de la presión ejercida por la base: ciertos argumentos no son ya retomados, la fraseología se hace cada día más confusa, las consignas cada vez más ambiguas; al mismo tiempo, se expulsa del partido a los que han cometido la imprudencia de comprender las tareas antes que el comité central. Son síntomas que no engañan, pero por ahora no son más que síntomas.

En varias ocasiones ya en el pasado, la burocracia estalinista ha echado a perder cientos de toneladas de papel en una polémica contra el «trotskismo» contrarrevolucionario, para dar finalmente un giro de 180 grados e intentar realizar el programa de la Oposición de Izquierda; a menudo, a decir verdad, con un retraso fatal.

En China, el giro se hizo demasiado tarde, y en una forma tal que dio el golpe de gracia a la revolución (¡la insurrección de Cantón!). En Inglaterra, el «giro» fue a iniciativa del adversario, es decir, del Consejo General, que rompió con los estalinistas cuando ya no tuvo necesidad de ellos. En la URSS, el giro de 1928 llegó todavía a tiempo para salvar a la dictadura de la catástrofe inminente. No es difícil explicar las diferencias entre estos tres importantes ejemplos. En China, el partido comunista, joven e inexperto, seguía ciegamente a la dirección de Moscú; de hecho, la voz de la Oposición de Izquierda no tuvo tiempo de llegar hasta China. Es lo mismo que sucedió en Inglaterra. En la URSS, la Oposición de Izquierda estaba presente y desarrollaba una campaña sin descanso contra la política respecto a los kulaks. En China e Inglaterra, Stalin y Cia. corrían riesgos a distancia; en la URSS, el peligro planeaba sobre sus propias cabezas.

La ventaja política de la clase obrera alemana ha tenido ya como consecuencia el hecho de que todos los problemas han sido planteados abiertamente y en el momento adecuado; la autoridad de la dirección de ,la Internacional Comunista está considerablemente diezmada; la oposición marxista actúa sobre el terreno, en la misma Alemania; la vanguardia del proletariado cuenta con miles de elementos expertos y críticos, que son capaces de elevar su voz y que comienzan ya a hacerse oír.

La Oposición de Izquierda es numéricamente débil en Alemania, pero su influencia política puede resultar decisiva tras un giro histórico brusco. De la misma forma que el guardagujas puede, moviendo oportunamente una palanca, cambiar de vía a un tren con una pesada carga, la débil oposición puede, apoyándose con firmeza y seguridad en la palanca ideológica, obligar al tren del partido comunista alemán, y sobre todo al pesado convoy del proletariado alemán, a cambiar de dirección.

Los acontecimientos demuestran, cada día más, la corrección de nuestras posiciones. Cuando el techo se pone a temblar encima de su cabeza, los burócratas más obtusos dejan de preocuparse de su prestigio. Y los consejeros secretos saltan entonces por la ventana con sólo los calzones puestos. La pedagogía de los hechos será una ayuda para nuestra propia crítica.

¿Conseguirá el partido comunista alemán dar este giro a tiempo? Ahora no se puede hablar más que de manera condicional. Sin el frenesí del «tercer período», el proletariado alemán estaría ya en el poder. Si el partido comunista hubiese aceptado el programa de acción presentado por la Oposición de Izquierda después de las últimas elecciones al Reíchstag, la victoria habría estado asegurada. En la actualidad no es posible hablar con seguridad de la victoria. Pero se puede calificar de oportuno el giro que permitirá a los obreros alemanes entrar en la lucha antes de que el fascismo se apodere del aparato del Estado.

Para arrancar este giro es necesario un esfuerzo inmenso. Es preciso que los elementos de vanguardia del comunismo, en el interior y el exterior del partido, no teman actuar. Hay que luchar abiertamente contra el ultimatismo estrecho de la burocracia, en el interior del partido y ante las masas obreras.

«Pero ¿no es esto una ruptura de la disciplina?», dirá un comunista vacilante. No cabe duda., es una ruptura de la disciplina estalinista. Ningún revolucionario serio romperá la disciplina, incluso la formal, si no hay para ello razones imperiosas. Pero aquel que, amparándose en la disciplina, tolera una política cuyo carácter desastroso es evidente, ése no es un revolucionario, sino un pobre hombre, un canalla huidizo. Sería un crimen por parte de los comunistas oposicionistas embarcarse como Urbahns y Cia. en la creación de un nuevo partido comunista, antes incluso de haber hecho esfuerzos serios para cambiar la orientación del antiguo partido. No es difícil crear una pequeña organización independiente. Pero crear un nuevo partido comunista es una tarea gigantesca. ¿Existen los cuadros necesarios para semejante tarea? Si es que sí, ¿qué han hecho para influir en las decenas de miles de obreros que son miembros del partido oficial? Si estos cuadros se creen capaces de explicar a los obreros la necesidad de un nuevo partido, entonces deben, antes que nada, ponerse a sí mismos a prueba, trabajando en la regeneración del partido existente.

Plantear hoy el problema de un tercer partido significa oponerse en vísperas de una gran decisión histórica, a los millones de obreros comunistas que, aunque descontentos con su dirección, continúan unidos a su partido por un instinto de conservación revolucionaria . Hay que encontrar un lenguaje común con estos millones de obreros comunistas. A pesar de los insultos, las calumnias y las persecuciones, hay que llegar hasta la conciencia de estos obreros, mostrarles que queremos lo mismo que ellos, que no tenemos otros intereses que los del comunismo, que el camino que indicamos es el único correcto.

Hay que desenmascarar sin piedad a los capituladores de ultraizquierda; hay que exigir a los «dirigentes» una respuesta clara a la pregunta: ¿qué hacer ahora? y proponer la respuesta propia por todo el país, en cada región, en cada ciudad, en cada barrio, en cada fábrica.

Hay que crear células de bolcheviques-leninistas en el interior del partido. Deben inscribir en su bandera: cambio de orientación y reforma del régimen del partido. Allá donde se aseguren una base sólida deben pasar a la aplicación en la práctica de la política de frente Único, incluso a una escala local poco importante. ¿Les expulsará la burocracia? Con seguridad, pero, en las condiciones actuales, su reino no durará mucho.

En las filas de los comunistas y de todo el proletariado se necesita una discusión pública, sin citas trucadas, sin calumnias venenosas, un intercambio honesto de opiniones: es así como en Rusia, durante todo el año 1917, polemizamos con todos los partidos y en el seno de nuestro mismo partido. A través de esta amplia discusión, hay que preparar un congreso extraordinario del partido con un único punto en el orden del día: «¿Y ahora?»

Los oposicionistas de izquierda no son intermediarios entre la socialdemocracia y el partido comunista. Son los soldados del comunismo, sus agitadores, sus propagandistas, sus organizadores. ¡Hay que volverse hacia el partido! ¡Hay que explicarle las cosas! ¡Hay que convencerlo!

Si el partido comunista se ve obligado a aplicar la política de frente único., esto permitirá, casi con seguridad, rechazar la ofensiva de los fascistas. Y una victoria seria sobre el fascismo abrirá la vía a la dictadura del proletariado.

Pero el hecho de haber tomado la cabeza dé, la revolución no bastará para resolver todas las contradicciones que lleva consigo el partido comunista. La misión de la Oposición de Izquierda no habrá terminado en absoluto. En cierto sentido, no hará más que comenzar. La victoria de la revolución proletaria en Alemania debe tener como primera tarea la liquidación de la dependencia burocrática del aparato estalinista.

Mañana, después de la victoria del proletariado alemán, e incluso antes, saltarán los grilletes que paralizan a la Internacional Comunista. La indigencia de las ideas del centrismo burocrático, las limitaciones nacionales de su horizonte, el carácter antiproletario de su régimen, todo esto aparecerá a la luz de la revolución alemana que será incomparablemente más viva que la de la revolución de Octubre. Las ideas de Marx y de Lenin triunfarán inevitablemente en el seno del proletariado alemán.

 

Conclusiones

Un mercader llevó un día los bueyes al matadero. El carnicero avanzó con un cuchillo en la mano.

«Cerremos nuestras filas y ensartemos a este verdugo con nuestros cuernos», sugirió uno de los bueyes.

«Pero, ¿en qué es peor el carnicero que el mercader que nos ha traído hasta aquí con su garrote?», le respondieron los bueyes, que habían recibido su educación política en el pensionado de Manuilsky.

«¡Es que a continuación podremos arreglar cuentas con el mercader! »

«No», respondieron los bueyes, firmes en sus principios, a su consejero, «tú eres el guardaflancos de izquierda de nuestros enemigos,tú mismo eres un socialcarnicero». Y se negaron a cerrar filas.

 

 De las Fábulas de Esopo.

 

«Poner la anulación de la paz de Versalles obligatoria, absoluta e inmediatamente en primer plano, antes que el problema de la liberación del yugo del imperialismo de los demás países oprimidos por él, es nacionalismo pequeñoburgués (digno de los Kautsky, los Hílferding, los Otto Bauer y Cía.), y no internacionalismo revolucionarío.» [16].

Lo que se necesita es el abandono total del comunismo nacional, la liquidación pública y definitiva de las consignas de «revolución popular» y de «liberación nacional». No «¡Abajo el tratado de Versalles!», sino «¡Vivan los Estados Unidos Soviéticos de Europa!».

El socialismo no es realizable más que sobre la base de los adelantos más recientes de la técnica moderna y de la división internacional del trabajo.

La edificación del socialismo en la URSS no es un proceso nacional que pueda bastarse a sí mismo, forma parte integrante de la revolución internacional.

La conquista del poder por el proletariado alemán y europeo es una tarea incomparablemente más real e inmediata que la construcción de una sociedad socialista, cerrada sobre sí misma y autárquica, dentro de las fronteras de la URSS.

¡Defensa incondicional de la URSS, primer Estado obrero, contra los enemigos interiores y exteriores de la dictadura del proletariado!

Pero la defensa de la URSS no debe llevarse a cabo con los ojos vendados. ¡Control del proletariado internacional sobre la burocracia soviética! Puesta al desnudo sin piedad de sus tendencias thermidorianas y nacionalreformistas, cuya generalización es la teoría del socialismo en un solo país.

¿Qué necesita el partido comunista?

El retorno a la escuela estratégica de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista.

El abandono del ultimatismo respecto a las organizaciones obreras de masas: la dirección comunistas no puede ser impuesta, tiene que ser ganada.

El abandono de la teoría del socialfascismo, que ayuda a la socialdemocracia y al fascismo.

La explotación consecuente del antagonismo entre la socialdemocracia y el fascismo: a) para una lucha más efectiva contra el fascismo; b) para oponer a los obreros socialdemócratas a su dirección reformista.

 Son los intereses vitales de la democracia proletaria, y no los principiosde la democracia formal, los que deben servir como criterio para valorar los cambios de régimen político de la dominación de la burguesía.

¡Ningún apoyo, ni directo ni indirecto, al régimen de Brüning!

Defensa, con audacia y entrega, de las organizaciones del proletariado contra los fascistas.

«¡Clase contra clase!» Esto significa que todas las organizaciones del proletariado deben ocupar su lugar dentro del frente Único contra la burguesía.

El programa práctico del frente único debe ser definido por medio de un acuerdo entre las organizaciones ante las masas. Cada organización continúa bajo su bandera y conserva su dirección. En la acción, cada orga­nización respeta la disciplina del frente único.

«¡Clase contra clase!» Hay que desarrollar una campaña de agitación incansable para que las organizaciones socialdemócratas y los sindicatos reformistas rompan con sus pérfidos aliados burgueses del «Frente de Hierro» y cierren filas con las organizaciones comunistas y con todas las demás organizaciones del proletariado.

«¡Clase contra clase!» Propaganda y preparación organizativa de los soviets obreros como forma superior del frente único proletario.

Total independencia política y organizativa del partido comunista en todo momento y en cualesquiera circunstancias.

Ninguna mezcla de programas o de banderas. Ninguna transacción sin principios. Libertad total de crítica frente a los aliados del momento.

No es preciso decir que la Oposición de Izquierda apoya la candidatura de Thaelmann al puesto de presidente.

Los bolcheviques-leninistas deben ocupar puestos avanzados en la movilización de los obreros, bajo la bandera de la candidatura comunista oficial.

Los comunistas alemanes no deben inspirarse en el régimen interno actual del partido comunista de la Unión Soviética, que refleja la dominación de un aparato sobre la base de una revolución victoriosa, sino en el régimen del partido que condujo a la revolución.

La liquidación de la omnipotencia del aparato dentro del partido comunista alemán es una cuestión de vida o muerte.

Es indispensable el retorno a la democracia dentro del partido.

Los obreros comunistas deben conseguir en primer lugar una discusión seria y honesta dentro del partido sobre los problemas de estrategia y de táctica. La voz de la Oposición de Izquierda (los bolcheviques-leninistas) debe ser escuchada por el partido. Después de una discusión general dentro del partido, las decisiones deben ser tomadas por un congreso extraordinario, elegido libremente.

La política correcta del partido comunista con respecto al SAP es la siguiente: crítica sin concesiones (pero honesta, es decir, correspondiendo a los hechos) del carácter bastardo de la dirección; actitud atenta y fraternal con respecto al ala izquierda; estar dispuesto a llegar a acuerdos políticos con el SAP y a crear lazos políticos más estrechos con el ala revolucionaria.

Cambio total de orientación en la política sindical: lucha contra la dirección reformista sobre la base de la unidad de los sindicatos.

Llevar a cabo sistemáticamente la política de frente único en las empresas. Acuerdos con los comités de fábrica reformistas sobre la base de un programa preciso de reivindicaciones.

Lucha por la disminución de los precios. Lucha contra el descenso de los salarios. Situar esta lucha en la perspectiva de la campaña por el control obrero de la producción.

Campaña por la cooperación con la URSS, sobre la base de un plan económico único.

Elaboración por los órganos de la URSS, con la colaboración de las organizaciones del proletariado alemán interesadas, de un plan que tenga valor de ejemplo.

Campaña por el paso de Alemania al socialismo sobre la base de un plan de este tipo.

Quienes afirman que la situación es desesperada mienten. Hay que eliminar a los pesimistas y escépticos de las filas del proletariado como si tuvieran la peste. Los recursos internos del proletariado alemán son inagotables. Lograrán abrirse camino.

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[1] Escrito el 25 de enero de 1932, fue publicado originalmente en ruso en Berlin, 1932, bajo el titulo de La revolución alemana y la burocracia stalinista.

[2] El articulo está modestamente firmado con las iniciales E. H. Hay que reproducirlas para nuestros descendientes. Las generaciones de obreros de diferentes países no han trabajado para nada. Los grandes pensadores y combatientes revolucionarios no han pasado por la tierra sin dejar huella. E. H. existe, vigila e indica al proletariado alemán el camino o seguir.

Las malas lenguas afirman que E. H. está emparentado con E. Heilmann, que se ha deshonrado durante la guerra por un chovinismo particularmente crapuloso. Es difícil de creer: ¡un espíritu tan brillante!

[3] Entre los metafísicos (gente que piensa de forma antidialéctica), la misma abstracción cumple dos, tres o quizá más funciones, a menudo totalmente opuestas. La “democracia” en general y el “fascismo” en general, como ya hemos visto, no se diferencian en nada la una del otro. Pero eso no impide que pueda existir todavía sobre la tierra “la dictadura democrática de obreros y campesinos” (para China, India, España). ¿Dictadura del proletariado? No. ¿Dictadura capitalista? No. ¿Entonces qué? ¡Democrática! Se descubre que sobre la tierra existe todavía una democracia en estado puro, por encima de las clases. Y, a pesar de do, el XI pleno ha explicado que la democracia no se diferencia en nada del fascismo. ¿Es que, en tal caso, la dictadura democrática se distingue en algo de... la dictadura fascista?

Sólo un individuo muy inocente podría esperar de los estalinistas una respuesta honesta y seria a esta cuestión de principio. De hecho, no habría más que injurias suplementarias, esto es todo. Y, sin embargo, el futuro de la revolución en Oriente está ligado a este problema.

[4] Seudónimo de Palmiro Togliatti.

[5] El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

[6] La revista francesa Les Cahiers du bolchevisme., la más estúpida y la más ignorante de todas las producciones de la burocracia estalinista, se ha apropiado ávidamente de la alusión a la abuela del diablo, evidentemente sin sospechar en lo más mínimo que tiene una muy larga tradición en la literatura marxista. Se acerca la hora, esperamos, en que los obreros revolucionarios expedirán a la ya mencionada abuela a sus profesores ignorantes y llenos de mala fe, para que aprendan.

[7] Trotsky, Los cinco primeros años de la IC, ed. rusa, pp. 345-378.

[8] Todas las demás posiciones de este grupo son del mismo nivel, y se presentan como una repetición de los errores más groseros de la burocracia estalinista, acompañados de muecas todavía más ultraizquierdistas. El fascismo ha triunfado ya, Hitler no es un peligro independiente y los obreros no quieren luchar. Si es así y queda tiempo suficiente, los teóricos de Der Roter Kámpler deberían utilizar este respiro para leer buenos libros, en lugar de escribir malos artículos. Hace ya mucho tiempo, Marx explicó a Weitling que la ignorancia no puede conducir a buenos resultados.

[9] Por desgracia,la revista Die Pwermanente Revolution ha publicado un artículo que no procediendo ciertamente de la redacción, defiende un candidatoobrero único. No cabe duda de que los bolcheviques-leninistas alemanes rechazarán una posición semejante

[10] Para un análisis detallado de este capitulo de varios años de la historia dé la Internacional Comunista, cf. nuestras obras: La revolución proletaria y la Internacional Comunista (crítica del proyecto de programa de la Internacional Comunista), La revolución permanente, ¿Quién dirige hoy la Internacional Comunista?

[11] En la actualidad, Roy está condenado a muchos años de cárcel por el gobierno MacDonald. La prensa de la Internacional Comunista no se siente ni siquiera obligada a protestar: se puede llegar a una estrecha alianza con Chiang Kai-chek, pero en ningún caso se debe defender al brandleriano indio Roy contra los verdugos imperialistas.

[12] Nuevo curso, Cuad. de Pasado y Presente, Buenos Aires.

[13] Arbeiter Politik, 10 de enero.

[14] Ciertos ultraizquierdistas (el grupo italiano de los bordiguistas, porejemplo) creen que el frente único no es aceptable más que para las luchas económicas. Hoy en día, más aún que en el pasado, es imposible separar las luchas económicas de las luchas políticas. El ejemplo de Alemania, donde los acuerdos salariales han sido suprimidos, y donde los salarios son reducidos por decretos gubernamentales, debería hacer comprender esta verdad incluso a los bebés. Señalemos de paso que, en el momento actual, los estalinistas reviven muchos viejos prejuicios de los bordiguistas. No hay por qué asombrarse de que el grupo Prometeo, que no aprende nada y que no ha progresado ni una pulgada, se encuentre hoy, en el momento de los zigzags ultraizquierdistas de la Internacional Comunista, mucho más cerca de los estalinistas que de nosotros

[15] Recordemos que, en China, los estalinistas se opusieron a la creación de soviets en el momento del ascenso revolucionario. Cuando, durante la ola de reflujo, decidieron organizar la insurrección de Cantón, ¡llamaron a las masas a la creación del soviet el mismo día de la insurrección!

[16] Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo

 



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