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Prólogo de El Caso León Trotsky

Una prueba de la actualidad del pensamiento del fundador de la IV Internacional

por Andrea Robles

“La burocracia dijo: ‘Estamos en el gobierno, estamos resolviendo nuestras cuestiones sociales. Ellos, los aventureros, quieren una revolución permanente y la revolución internacional’. Stalin encontró inmediatamente un eco tremendo... Comenzó la transformación de las fórmulas revolucionarias de la revolución proletaria... todas las viejas fórmulas del bolchevismo se tildaron de ‘trotskistas’. Ese fue el truco. Lo genuino del bolchevismo se oponía a todos los privilegios, a la opresión de la mayoría por la minoría. Se lo llamó ‘el programa del trotskismo’. Ese fue el comienzo del fraude” [347]1. León Trotsky

Entre 1936 y 1938 se realizaron en la URSS los Procesos de Moscú, una serie de juicios que pusieron en el banquillo a la que había sido la dirección bolchevique cuando triunfaba la Revolución Rusa de 1917, y a generales de los altos mandos de la Guerra Civil. Todos fueron acusados por la burocracia gobernante de los crímenes contrarrevolucionarios más graves. Y sólo en base a confesiones, sin pruebas materiales, fueron fusilados. El supuesto instigador y principal acusado, León Trotsky, era el único de estos dirigentes que se encontraba en el exilio.

A nivel mundial, la reacción del movimiento de masas fue de estupor y confusión. Aunque no fue la credibilidad que tuvieran los juicios de la burocracia de Stalin la que influyó en la consciencia de las masas, sino las conquistas de la revolución socialista. Un paradigma que se hizo más palpable a los ojos de los trabajadores del mundo inmersos en una situación de desocupación, pérdida de sus conquistas y avance del fascismo; situación que “empalidecía” los crímenes de Stalin. Las masas se veían frente a dos opciones extremas: Hitler o Stalin.

Los acontecimientos que iniciaban la década de 1930 también tuvieron un fuerte impacto en la intelectualidad. La influencia de la URSS y los anuncios sobre los éxitos del primer Plan Quinquenal ruso, Hitler y el horizonte de una nueva guerra mundial, provocó que, por ejemplo en Estados Unidos, muchos intelectuales se pasaran al Partido Socialista, y mayoritariamente al Partido Comunista2. Trotsky lo explica en estos términos:

Los acusadores están en una situación incomparablemente más favorable. Detrás de ellos está la Unión Soviética, con todas las esperanzas y el progreso que representa. La emergencia de la reacción mundial, especialmente en su forma más bárbara –el fascismo– ha inclinado las simpatías y esperanzas de los círculos democráticos, incluso entre los más moderados, hacia la Unión Soviética... Si no fuera por las consideraciones diplomáticas, patrióticas y “antifascistas”, la falta de confianza en los acusadores de Moscú adquiriría dimensiones incomparablemente más amplias y vigorosas” [481/3].

Trotsky dará cuenta de la dialéctica entre el avance que significaron las conquistas de Octubre respecto del capitalismo, por un lado, y el régimen bonapartista en la URSS, por el otro. Esta le permitió combatir y ser una alternativa frente a las dos posiciones mayoritarias en ese momento: la de los partidos comunistas, que apoyaron incondicionalmente la realización de los Procesos de Moscú, y la de la socialdemocracia que, opuesta a la revolución en su conjunto, prefirió un “repudio silencioso” para no enemistar a sus aliados estalinistas en los “frentes populares”. Dirigida en ese momento por el socialista y primer ministro francés, León Blum, pudo verse una vez más a la II Internacional proclive a garantizar los intereses imperialistas, como la criminal “no intervención” en la Guerra Civil española, y contradecir en los hechos incluso su propio tibio discurso de “defensa de las libertades y los derechos del individuo”. De esta forma, los “Amigos de Moscú” (periodistas, abogados, intelectuales y políticos pagos) tuvieron vía libre para difuminar con decenas de miles de artículos y notas de las embajadas las mentiras de sus jefes del Kremlin.

Finalmente, sólo la corriente de los trotskistas realizó una campaña política activa para enfrentar la ignominia de los Procesos. La conformación de una comisión de investigación, que integraron junto a intelectuales y personalidades cuya calidad moral e imparcialidad nadie puso en duda, permitió erigir la única tribuna desde donde se los denunció, y fue un gran logro. Y, a pesar del hostigamiento y el boicot del estalinismo3, la comisión que presidió el prestigioso filósofo norteamericano John Dewey pudo terminar la investigación.

Este libro, editado por primera vez en castellano, recoge la documentación, el testimonio y la defensa que Trotsky presentó ante la Comisión Preliminar, que sesionó en México en abril de 1937. Ayudado por León Sedov4, también acusado junto a su padre, Trotsky pudo demostrar, incluso legalmente, cada una de las falsas acusaciones que el estalinismo utilizó para justificar los Procesos de Moscú. Pero además, planteó como evidencia el verdadero enfrentamiento: el que existía entre el período de democracia soviética y el del régimen impuesto por la burocracia, entre la tradiciones del Partido Bolchevique y las del partido estalinista; las diferencias con Lenin previas a la revolución y los grandes debates del Partido Bolchevique, su historia y preparación; así como su continuidad en el combate de la Oposición de Izquierda y la IV Internacional.

Después de meses de trabajo, la Comisión Dewey absolvió de todos los cargos a Trotsky y a Sedov. No obstante, el espíritu demócrata liberal de Dewey, que compartía con otros miembros de la Comisión, quedó reflejado en el interrogatorio, en el tinte y las preguntas nada condescendientes que Trotsky respondió. Así quedó establecido un debate implícito de mucha actualidad, ya que coincide con el pensamiento liberal predominante en nuestros días, luego de la desaparición de la URSS.

La relevancia del Contraproceso se termina de comprobar cuando analizamos el significado de los Procesos de Moscú, ya que permite sopesar la importancia del combate de Trotsky y la IV Internacional.

Los Procesos de Moscú en la historiografía soviética

El telón de fondo de los Procesos de Moscú, cuya real dimensión se conoció años después, fue una “caza de brujas” contra los que la burocracia estalinista suponía aliados al “trotskismo”, opositores del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Entre 1937-1938, se estima que fueron detenidas 1.548.366 personas por “actividades antisoviéticas”, de las que 681.692 fueron fusiladas5. En el terreno internacional, la depuración siguió en todos los partidos comunistas, junto con el asesinato selectivo de dirigentes que se ubicaban políticamente a la izquierda del Kremlin, principalmente pertenecientes a la IV Internacional, y que incluyó al propio León Trotsky, asesinado en agosto de 1940. Viendo la magnitud del genocidio político resulta paradójico cuán relativamente poco se ha investigado y mucho menos debatido sobre el tema.

Una visión muy extendida hoy es considerar a los Procesos de Moscú como una fase más de las purgas y la guerra civil que comenzaron con la Revolución Rusa. Es decir, condena a los Procesos6 pero considera al estalinismo como un resultado directo del bolchevismo, estableciendo así una supuesta identidad del estalinismo con el trotskismo y el leninismo. Orlando Figes, reconocido sovietólogo liberal de la escuela llamada revisionista, considera que: “El Gran Terror fue, sin duda, el episodio más sanguinario del régimen de Stalin (en ese período se registraron el 85 por ciento de las ejecuciones políticas que se produjeron entre 1917 y 1955). Pero fue apenas una de las muchas series de oleadas represivas (1918-1921, 1928-1931, 1934-1935, 1937-1938, 1943-1946, 1948-1953), cada una de las cuales aniquiló muchas vidas”7. Veremos que la operación de sumatoria pretende tergiversar y ocultar las características de estos procesos y su naturaleza sustantivamente disímil.

La Guerra Civil rusa (1918-1921) puede ser comparada con guerras civiles de otros países, como la de Estados Unidos durante la década de 1860, o con la Guerra Civil española, que se desarrollaba paralelamente a los Procesos de Moscú. La resistencia militar del antiguo régimen zarista contó con el apoyo de todo el mundo imperialista y, del otro lado, unificó detrás del Ejército Rojo a toda la clase obrera rusa y a la gran mayoría campesina. Gracias al rol del Partido Bolchevique y al método de Lenin y Trotsky, la revolución triunfó casi sin víctimas y el terror rojo comenzó después de la intervención de las potencias capitalistas extranjeras. Los actos terroristas fueron el impulso espontáneo y defensivo del movimiento de masas frente al peligro inminente de la restauración del viejo régimen. El terror rojo fue empleado contra el viejo régimen y el imperialismo, en casos de estricta defensa, mientras que la represión en los Procesos de Moscú fue aplicada contra los viejos bolcheviques y revolucionarios. Es decir que, para igualar estos procesos, Figes debe ocultar dos puntos claves: el carácter de clase que tuvo la represión en cada caso (aunque formalmente fueron llevadas adelante por el mismo partido) y precisamente la transformación que sufrió el Partido Bolchevique, sobre todo a partir de 1924.

El Termidor soviético

Los Procesos de Moscú fueron la culminación de un proceso de burocratización del Estado obrero ruso. Las condiciones de bajo desarrollo de las fuerzas productivas y las altas tasas de analfabetismo en Rusia dieron lugar a que el aparato estatal, para administrar los recursos entre la población, se formara en parte con los restos del viejo Estado y con personal de las clases pequeñoburguesas y burguesas. Trotsky analiza el contexto en el que se desarrolló la burocracia:

Durante la Guerra Civil, la militarización de los soviets y del Partido fue casi inevitable. Pero aún durante la Guerra Civil, yo mismo intenté en el ejército –hasta en el campo de batalla– darles a los comunistas la posibilidad plena de discutir todas las medidas militares... Después de que terminó la Guerra Civil, esperábamos que la posibilidad de democracia fuera mayor. Pero hubo dos factores, dos factores distintos aunque relacionados, que dificultaron el desarrollo de la democracia soviética. El primer factor general fue el atraso y la miseria del país. De esa base emanaba la burocracia, y la burocracia no deseaba ser abolida, aniquilada. La burocracia se convirtió en un factor independiente. Entonces la lucha se transformó hasta cierto grado en lucha de clases. Fue el comienzo de la Oposición. Durante un tiempo, la cuestión era un tema de debate interno en el Comité Central. Discutíamos los medios que emplearíamos para luchar contra la degeneración y la burocratización del Estado. Luego, ya no se trataba de discusiones en el Comité Central, sino que se trataba de la pelea, la lucha entre la Oposición y la burocracia. Ésa fue la segunda etapa... [95/6].

A la salida de la Guerra Civil, la crisis económica y social era tal que fue imperioso implementar la Nueva Política Económica (NEP), considerada por los bolcheviques como un retroceso táctico. La NEP implicaba concesiones a sectores burgueses residuales y a las capas acomodadas del campo y la ciudad, permitiéndoles hasta cierto punto la posibilidad de acumulación como estímulo para aumentar sustancialmente la producción. En una situación de reflujo de las masas y de debilidad del proletariado, el mejoramiento de la situación económica creó un clima de satisfacción conservadora de estos sectores privilegiados que, junto a la burocracia, comenzaron a levantar cabeza y se convirtieron en un factor independiente, fortaleciéndose frente a cada derrota de la clase obrera internacional. Particularmente, la derrota de Alemania de 1923 y la enfermedad de Lenin abrieron, siguiendo la cita de Trotsky, la segunda etapa.

En esta pelea, la burocracia termidoriana8 encabezada por Stalin logró desplazar del Partido a su ala revolucionaria, a la que posteriormente derrotó, mientras continuó haciendo concesiones a los kulaks (campesinos ricos) y a los Nepman en la ciudad. La expulsión de Trotsky del gobierno –en 1925– y posteriormente del Partido junto al envío al exilio o a la deportación de miles de oposicionistas en 1927, es decir, la derrota de la Oposición de Izquierda, permitió el enfrentamiento entre los dos pretendientes al papel termidoriano, la burocracia y la pequeñoburguesía. La colectivización forzosa y la industrialización acelerada de Stalin fueron la respuesta al terror de los kulaks, quienes pusieron bajo la amenaza de desabastecimiento a las ciudades. Para vencer, Stalin apeló al apoyo del proletariado presentando estas medidas como “la lucha contra las tentativas de restauración capitalista” pero con los métodos de la burocracia termidoriana y no con los de la revolución proletaria. Esto cerró el camino a la restauración que propiciaba el kulak pero asentó el proceso termidoriano, despojando aún más al proletariado del poder político y concentrándolo en manos de la burocracia. Así, esta última se ubicó como defensora del Estado obrero pero, al realizar la colectivización en forma artificial –por medios burocrático-militares– terminó exponiendo a la URSS a graves peligros con la destrucción masiva de materias primas y hambrunas como en las peores épocas del zarismo, además de la –más conocida– represión feroz contra el campesinado. Confirmaba su carácter de casta parasitaria y no de clase, es decir, de “representantes burocráticos del primer Estado obrero de la historia”. Por eso, Trotsky defendió “la colectivización contra los críticos burgueses y los críticos reformistas... al mismo tiempo [que se] trataba de defender la colectivización en contra de la burocracia soviética” [280].

La “guerra contra el kulak” de 1929-1933, como afirmó el historiador marxista ruso Vadim Rogovin9, todavía puede comparase a los enfrentamientos contra las rebeliones de campesinos acomodados. Recuerda a la guerra de los ejércitos revolucionarios franceses contra la “Vendée”; pero en cambio, es imposible encontrar una analogía previa con la represión ocurrida durante los Procesos de Moscú.

El significado de los Procesos de Moscú

Para Trotsky el punto de partida para entender los actos de Stalin era la existencia de esta nueva capa social privilegiada, ávida de poder, que luchaba en defensa de sus posiciones, temía a las masas y destilaba odio a toda oposición. La mentira y la calumnia se derivaban orgánicamente de la situación de la burocracia en la sociedad soviética. Puesto que la realidad comprometía las mentiras oficiales y rehabilitaba la crítica de la Oposición de Izquierda, desde el comienzo la lógica misma de la burocracia la fue llevando a los descomunales crímenes de Stalin:

Las incesantes purgas partidarias apuntaron sobre todo a erradicar el “trotskismo”, y durante estas purgas, no sólo los trabajadores descontentos fueron llamados “trotskistas”, sino también todos los escritores que presentaban honestamente hechos históricos o citas que contradecían la estandarización oficial más reciente. Los novelistas y artistas estaban sujetos al mismo régimen. La atmósfera espiritual del país llegó a estar totalmente impregnada con el veneno de los convencionalismos, las mentiras y los fraudes judiciales. Todas las posibilidades a lo largo de este camino se agotaron pronto. Las falsificaciones teóricas e históricas ya no alcanzaban sus objetivos; la gente se empezó a acostumbrar demasiado a ellas. Era necesario darle a la represión burocrática una base más masiva. Para reforzar la falsificación literaria, empezaron las acusaciones de carácter criminal. [594/5]

La reacción del Termidor fue dirigida contra las tradiciones del Partido Bolchevique y su continuación, la Oposición de Izquierda, “el trotskismo”. En este sentido, no es posible comprender el Termidor ruso sin tomar en cuenta el papel del Partido Bolchevique en vida de Lenin y el de la Oposición de Izquierda, que es en definitiva lo que permite explicar la trágica originalidad de los Procesos de Moscú. Desde fines de 1934, este fue el contenido contrarrevolucionario que adquirió la represión hacia sectores de masas que conservaban estas tradiciones y que mostraron signos inequívocos de reconocimiento a la Oposición, convirtiéndose en una amenaza potencial contra la dominación de la burocracia soviética.

Ese año, después de la crisis que ocasionó la colectivización forzosa y con los primeros progresos de la economía soviética, se vislumbraron agudas desigualdades que despertaron el descontento social y una nueva crisis política de la casta gobernante. Esta crisis se hizo evidente cuando, en el XVII Congreso del PCUS, Stalin salió último en la nómina, resultado de la votación secreta para la elección del Comité Central. Según Rogovin, el malestar de los delegados expresó en parte la influencia de las ideas de Trotsky, al tomar su consigna de “remover a Stalin” siguiendo la recomendación leninista. Pero fundamentalmente, expresó al sector de la burocracia termidoriana que dentro del Partido se identificaba con los seguidores de Bujarin, quienes habían formado parte del ala derecha. Se trataba de sectores de “burócratas liberales” que animaban una retirada económica al campo y ponían reparos a los aspectos despóticos de Stalin, brutalmente expresados en la colectivización10.

En el movimiento de masas, bajo el régimen opresivo de la burocracia estalinista, la juventud fue la expresión activa del malestar social. Elementos aislados tomaron la senda del terrorismo individual, pero la mayoría se orientó hacia la Oposición de Izquierda11. De conjunto, conformaba la emergencia de una vanguardia revolucionaria de centenares de miles. Acusado en el segundo juicio, Karl Radek lo expresaba de esta manera en su “confesión”:

En este país existen trotskistas a medias, trotskistas en una cuarta parte, trotskistas en una octava parte, personas que nos han ayudado ignorando la existencia de la organización terrorista y gentes que han simpatizado con nosotros y que por liberalismo o por mero espíritu de rebeldía frente al Partido nos han ayudado12.

El gran temor de la burocracia era que esta vanguardia dirigida por la Oposición de Izquierda estrechara lazos con un eventual ascenso de masas, en un contexto internacional que lo hacía altamente probable. A su vez, después de ponerlos diez años tras las rejas y en condiciones infrahumanas, Stalin creyó que había logrado aislar a los trotskistas. Sin embargo, con la detención de centenares de miles, los “irreductibles” (como llamaban a los trotskistas en los campos de deportados ya que pese a las duras condiciones nunca dejaron de enfrentar a Stalin) quebraron el aislamiento y ganaron nuevos adeptos y simpatizantes13. Sin lugar a dudas, si hubiese habido un ascenso revolucionario, la liberación de los presos políticos habría sido resuelta rápidamente por las masas en alza. De esta forma, los Procesos de Moscú constituyeron una guerra civil preventiva para impedir el triunfo de una revolución política que, derrotando a la burocracia estalinista, restableciera las perspectivas revolucionarias en la URSS. Su grado estuvo determinado por la fuerza de las ideas y tradiciones de la Revolución de Octubre y por la resistencia incesante de la Oposición de Izquierda, que se hallaban presentes en la vanguardia hasta que ésta fue eliminada14.

El temor que despertaba la situación internacional, no sólo a la revolución, sino también a la guerra, es una cuestión que esta vez Figes sí advierte; para él: La clave de una comprensión integral del Gran Terror radica en el miedo de Stalin a una guerra inminente, y en su percepción de la existencia de una amenaza internacional a la Unión Soviética... La visión que Stalin tenía de la política –como la de muchos bolcheviques– había sido profundamente moldeada por la lección de la I Guerra Mundial, en cuyo trasfondo la revolución social había acabado con el régimen zarista. Temía que se produjera una reacción similar contra el régimen soviético en caso de que se desencadenara una guerra contra la Alemania nazi. En este aspecto, la Guerra Civil española reforzó sus temores15.

Precisamente había una situación que podía llevar al triunfo de la revolución socialista en España. Por eso, Trotsky planteaba que la situación en el movimiento de masas en Rusia era de “impasse” y que la clave estaba en Europa:

Si el pueblo de España resulta victorioso frente a los fascistas, si la clase obrera en Francia asegura su movimiento hacia el socialismo, entonces la situación en la Unión Soviética cambiará inmediatamente, porque los trabajadores están muy insatisfechos con la dictadura de la burocracia... Ellos dicen: ‘Si debemos elegir entre Hitler y Stalin, preferimos a Stalin’. Tienen razón, Stalin es preferible a Hitler. Y en el momento en que vean una nueva perspectiva en Europa, un movimiento revolucionario hacia la victoria del socialismo, ellos van a levantar sus cabezas. Entonces, creo que el único programa que pueden aceptar es nuestro programa, porque está basado en su propia experiencia, su propio pasado y, estoy seguro, en su propio futuro. Por eso, no me desespero ante el hecho de que en los últimos dos o tres años hemos perdido casi todas nuestras comunicaciones directas, nuestras conexiones con la Unión Soviética. Entiendo que es un período de reacción terrible, y el primer paso, el inicio de una nueva oleada nos dará nuestra oportunidad, y entonces veremos. [307]

Durante el período del Gran Terror, el estalinismo, cuyo rol fue decisivo para que la Revolución Española fuera derrotada y la posibilidad que planteó Trotsky no se diera, culminó el proceso de transformación de la III Internacional y de sus principales secciones en dóciles agencias del Kremlin, antes del comienzo de la guerra. La depuración de los partidos comunistas del mundo16 se completó con la exterminación de “decenas de miles de comunistas extranjeros que estaban viviendo en la Unión Soviética”17. En general, la represión de Stalin buscó terminar con el “espíritu del bolchevismo” para evitar por todo un período el peligro de una revolución política que derrocara a la burocracia.

El rol de la Oposición de izquierda y la IV internacional

El rol de la Oposición de Izquierda y la IV Internacional en la década del ‘30 es un punto que ni siquiera Isaac Deutscher, simpatizante y uno de los biógrafos más importantes de Trotsky, logró sopesar. Opinaba que la fundación de la IV Internacional había sido un error de cálculo y un acto voluntarista. En general, el eminente biógrafo consideraba que la actividad política de Trotsky, en una década que lo había marginado de los grandes hechos políticos, tenía poco sentido. Y consideraba que habría sido más productivo retirarse al campo de las ideas en vez de sacrificar los últimos años de su vida en una actividad política formal, “a su infatigable labor a favor de la IV Internacional”18. En la actualidad, una posición similar abarca también a aquellos que minimizan la actividad revolucionaria en momentos de reacción o cuando no hay situaciones revolucionarias para, en cambio, adaptarse a las condiciones imperantes.

En su testimonio, Trotsky destacó el sacrificado trabajo de la IV Internacional, que pese a las duras condiciones, implicó una actividad que consideró imprescindible. Pero no fue sólo Trotsky quien reconoció su importancia. Vimos como Stalin o Radek eran conscientes del peligro que constituía, aun cuando los trotskistas fueran un pequeño núcleo, en caso de emerger la revolución. También las mentes más lúcidas de la burguesía imperialista lo hicieron. Winston Churchill le dedicó un artículo en1929, “Trotsky, el ogro de Europa”, cuando todo “hacía suponer” que era el hombre más indefenso del mundo, recientemente derrotado junto a la Oposición de Izquierda rusa había sido expulsado de la URSS y confinado a la recóndita isla turca de Prinkipo. O en 1937, cuando además de apoyar los Procesos contra los “trotskistas”, Churchill publicó un libro titulado Great contemporaries [Grandes contemporáneos], dedicándole un capítulo al “bacilo del cáncer”, como llamó a Trotsky (el otro se lo dedicó a Hitler, a quien se refirió con elocuente admiración). Más conocido es el diálogo ocurrido poco antes del comienzo de la II Guerra, en una entrevista entre el embajador francés, Coulondre, y Hitler, publicado en el semanario France Soir, del 31 de agosto de 1939, quienes advirtieron que frente al peligro de la revolución que planteaba la guerra el verdadero ganador iba a ser Trotsky, lo que demuestra que lejos estaba el combate de los trotskistas de ser considerado como un sinsentido o a Trotsky como “un condenado por la historia” 19.

***

Desde las últimas décadas la burguesía invierte ríos de tinta para identificar la perspectiva del socialismo con la del estalinismo, y a este último, que en realidad constituyó su más abyecta negación, con el bolchevismo. Mediante distintas operaciones quieren borrar de la Historia el legado de Octubre, el significado de la Oposición de Izquierda y la embestida del estalinismo contra ese legado, evidente en los Procesos de Moscú. Hoy, a más de veinte años de la caída del Muro de Berlín, esta lucha contra el estalinismo tiene su referencia histórica indiscutida en el legado revolucionario de la IV Internacional. Un legado que adquiere mayor vigencia en momentos en que la crisis capitalista prepara nuevos acontecimientos de la lucha de clases. Su actualidad también está dada en muchos de los grandes debates, mitos y paradigmas que cruzaron la época y en todas aquellas cuestiones dedicadas a la revolución y las ideas del socialismo. A 70 años de su asesinato, difundir esta herencia revolucionaria nos parece el mejor homenaje que podemos hacer a Trotsky y la IV Internacional y a quienes dieron la vida por estas ideas.


1 En adelante, las citas del presente libro serán referidas con el número de página correspondiente entre corchetes al final de la misma.
2 Este último reforzó su predominio con el “Frente Cultural”, una red colosal de órganos artísticos y literarios con oportunidades de trabajo que constituía una institución de gran poder de cooptación dentro de la izquierda.
3 En los Estados Unidos, el boicot fue avalado por un manifiesto firmado por intelectuales de prestigio como Dreiser, Granville Hicks, Corliss Lamont, Nathaniel West, que acusaba a la Comisión de intervenir “en los asuntos internos de la URSS” y que, al “ayudar al fascismo”, le “infligían un golpe a las fuerzas del progreso”. Romain Rolland y Bertram D. Wolfe se sumaron al coro de defensores de los Procesos.
4 Sedov escribió El Libro Rojo, que fue la primera respuesta a las acusaciones.
5 Moshe Lewin, El siglo soviético, Barcelona, Crítica, 2006, p. 136.
6 En cambio, el historiador liberal conservador Robert Service, conocido por sus voluminosos trabajos historiográficos sobre la Rusia soviética, realiza un sorprendente panegírico de los Procesos de Moscú y del asesinato de revolucionarios. Criticado por su deshonestidad intelectual, en su última biografía da crédito a las declaraciones del agente de la GPU, Zborowski, quien denunció que León Sedov le pidió que viajara a Moscú en una misión para asesinar a Stalin. Service concluye: “Si esto fuera cierto apenas sorprende que la seguridad soviética intensificara sus esfuerzos para eliminarlo. Incluso si Zborowski lo inventó, por la necesidad de corroborar la imagen oficial de Trotsky como terrorista, el impacto habría sido el mismo en las mentes del Kremlin” (Trotsky, Cambridge, Harvard University Press, 2009, p.433).
7 Orlando Figes, Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, Bs. As., Edhasa, 2009, p. 41.
8 Trotsky utilizó la analogía del Termidor, el régimen bonapartista que surgió luego de la Revolución Francesa, para ejemplificar el asentamiento de un orden reaccionario que sin embargo no cambió las bases sociales creadas por la revolución.
9 Vadim Z. Rogovin, 1937: Stalin’s year of Terror, Michigan, Mehring Books, 1998. Rogovin, quien falleció en 1998, escribió varios libros y se especializó en los estudios sobre la era estalinista entre 1923 y 1940, con énfasis en la oposición trotskista.
10 En la capa superior de privilegiados había muchos hombres todavía atados a la tradición del bolchevismo; inclusive sectores de la derecha del Partido opinaban que Trotsky había tenido razón en su crítica del régimen partidario. Pero Trotsky dice también que muchos síntomas indicaban que Stalin tuvo que luchar contra una parte de la burocracia que quería asegurar su posición a toda costa, incluso al pre- cio de una alianza o de la amistad con Hitler. La nueva Constitución de Stalin, difundida poco antes de los juicios como “la más democrática del mundo”, estuvo dirigida también a estos sectores. Ésta, junto con los Procesos de Moscú, fueron sus cartas de presentación para terminar de ganarse la confianza de la burocracia termidoriana al interior de la URSS y de los imperialismos democráticos, con los que estaba aliado.
11 Isaac Deutscher estima que de las 40.000 personas expulsadas del Partido y de las muchas más expulsadas de la Juventud a fines de 1935, acusadas en su mayoría de ser trotskistas y zinovievistas, puede considerarse a la mitad o a una tercera parte como oposicionistas auténticos (El profeta desterrado, México D.F., Era, 1975, p. 300). León Trotsky, en su artículo “Acerca de la sección soviética de la Cuarta Internacional”, escribe que el total de expulsados de las filas del Partido supera los 200.000, divididos en seis grupos, de los que los “trotskistas” son el primero. En base a distintos informes publicados en la prensa soviética, Trotsky calcula que había unos 25.000 simpatizantes de la Oposición de Izquierda.
12 Pierre Broué, El Partido Bolchevique, edición digital en www.ceip.org.ar.
13 Deutscher, op. cit., p. 374.
14 A mediados de 1937, luego del triunfo de una huelga en los campos dirigida por los “irreductibles”, que duró más de 130 días, los militantes y simpatizantes de la Oposición de Izquierda fueron confinados en construcciones aparte, rodeados de alambrados de púas y controlados militarmente. A partir de marzo de 1938, 35 militantes fueron ametrallados. Las ejecuciones se llevaron a cabo de la misma manera, día tras día, durante dos meses. Lo mismo sucedió en el campo de Pechora y otros. Ver al respecto el libro de Pierre Broué, Los trotskistas en la URSS, edición digital en www.ceip.org.ar.
15 Figes, op. cit., pp. 342/3.
16 Por ejemplo, en Yugoslavia, en 1948, Tito recordó a los delegados que en 1937 había purgado al partido de “fraccionalistas y trotskistas” (Jasper Ridley, Tito, Bs. As., Vergara Editor, 2006, p. 255). Posteriormente, hubo purgas cuando la URSS derrotó a Alemania y durante las revoluciones de pos-guerra, pero ya fueron de índole selectiva.
17 Vadim Z. Rogovin, “Was there an alternative to stalinism in the USSR?”, en www.barnsdle. demon.co.uk.
18 Ver Isaac Deutscher, op. cit., pp. 241-243.
19 Así lo considera Leonardo Padura en su reciente novela. En un diálogo que aparece en la obra, los verdugos consideran el asesinato de Trotsky como un gesto innecesario: “Una exageración. Al viejo había que dejarlo que se muriera de soledad o que en su desesperación metiera la pata y él solo se cu- briera de mierda. Nosotros lo salvamos del olvido y lo convertimos en un mártir”. Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, Bs. As., Tusquets Editores, 2010, p. 545.



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