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Un revolucionario, no un terrorista[1]

 

 

21 de agosto de 1936

 

 

 

Ahora están en juego las vidas de muchas personas que viven en la URSS y mi honor como hombre que participa en asuntos políticos. Tengo mis opiniones y siempre las he defendido. Tengo las mismas posiciones que antes. Soy un revolucionario, no un terrorista. Cuando Friedrich Adler asesinó al primer ministro aus­tríaco Stuergkh en 1916, declaré que mi política no era la de Adler, sino la de Karl Liebknecht. Karl Liebknecht salió a las calles de Berlin a distribuir un manifiesto contra la guerra.

Si hubiera querido ocultar mis posiciones no hubiera salido al exilio por tercera vez. Pero soy un revolucionario. Si pudiera ir hoy a España, lo haría. Combatiría por la revolución contra los rebeldes fascistas -lo digo abierta y francamente- pero no puedo ir a España y es absurdo afirmar que tengo participación en los sucesos de allí.

En lo que diré a continuación la cronología es impor­tante. Por eso pido que se preste mucha atención a la sucesión de acontecimientos. La GPU tiene mucho talento, pero no conoce el arte de la cronología científica. Expulsado de la URSS, llegué a Turquía en febrero de 1929. El 4 de marzo terminé un artículo que apareció en la revista rusa Biulleten Oppozitsii, publicada en París en julio de 1929: "A Stalin sólo le queda un solo recurso: tratar de trazar una línea de sangre entre el partido oficial y la Oposición. Le es imperioso implicar a la Oposición en crímenes terroristas, preparación de la insurrección armada, etcétera. Pero ése es precisamente el camino que la dirección de la Oposición le ha cerrado... De ahí el plan de Stalin... exiliar a [direc­ción de la] Oposición" (en esta época se preparaba la expulsión de numerosas personas) "y así tener las manos libres para atacar criminalmente a las bases juveniles de la Oposición, cuyos nombres son todavía desconocidos para las masas, principalmente en el ex­tranjero... Es por eso que, tras el exilio de los dirigen­tes de la Oposición, debemos tener la plena seguridad de que la camarilla de Stalin tratará, de alguna manera, de provocar a tal o cual supuesto grupo de oposición para arrastrarlo a alguna aventura, y en caso de que fracase... fabricar y atribuir a la Oposición algún ’acto terrorista’ o ’complot militar’." ["¿Qué objetivo in­mediato persigue el exilio de Trotsky?", en Escritos 1929][2]

Cualquier individuo, sea del partido que sea, reco­nocerá la gran importancia de esta cita. Quien sepa leer ruso comprobará en el Biulleten -donde desde hace siete años y medio aparecen mis artículos- que siempre he sido adversario del terror individual, y que en esa época ya vaticiné lo que sucedería.

El primer ataque fue el asesinato de Kirov en di­ciembre de 1934. Kirov era un administrador capaz; su importancia política, en mi opinión, era nula. Des­pués del asesinato el gobierno dio dos explicaciones. Primero culparon del asesinato a un grupo de terroristas blancos que operarían desde Polonia, Rumania y otros países lindantes con la Unión Soviética. Repenti­namente, el 17 de diciembre, se anunció que Nikolaev, el asesino, era miembro de la Oposición leningradense. Quizás Nikolaev haya sido miembro de la Oposición le­ningradense, pero eso fue en 1926, no en 1934. El capí­tulo de la Oposición de Leningrado se cerró en 1926.

Dos semanas más tarde implicaron a Zinoviev y lo acusaron, junto con sus partidarios, de asesino. En 1926 Zinoviev colaboraba conmigo dentro del partido y se le consideraba militante de la Oposición. En 1928, ante el fortalecimiento de la burocracia, Zinoviev ca­pituló. Entre 1929 y 1934 la Oposición tachó a Zinoviev y a Kamenev de traidores: el Biulleten Oppozitsii lo señaló con la claridad necesaria.

Cuando supe que se los había involucrado en el ataque, dije que habría sucedido algo fuera de lo común. No sabía que habían vuelto a la Oposición. Ni por un instante dudé de que no tendrían nada que ver con el asesinato. Comparecieron ante el tribunal en enero de 1935 y hasta entonces mi nombre no había aparecido en relación con el caso. Eso sólo apareció en la acusación.

Mirad. Aquí están mis libros. Algunos están levemente chamuscados. Eso se debe a un incendio que tuvimos en Constantinopla. Estos libros son el resultado de cuarenta años de actividad literaria y en todos ellos comprobaréis que siempre he sido adversario del terror individual, tanto en la Unión Soviética como en el resto del mundo.

En 1935 me mencionaron pero no me acusaron. Se dijo que Nikolaev había declarado mantener relaciones, antes del atentado con el cónsul de un país extranjero. El cónsul le dio cinco mil rublos para que realizara el atentado. A cambio de ello Nikolaev debía prestarle un servicio al cónsul: conseguirle una carta de Trotsky.

Caballeros, eso es lo único que se dijo sobre mí en la acusación. ¡Pero el juez se olvidó de preguntarle a Nikolaev sobre la carta!

Cuando se mencionó al cónsul, los demás cónsules protestaron y exigieron que se diera a conocer el nombre del miserable colega. Tras larga demora se supo que su nombre era Skujeneck y su país Letonia[3]. Se le exigió al gobierno soviético que enviara ’una nota diplomática a Letonia, pero éste respondió: "No, el cónsul huyó y se encuentra a salvo en Finlandia." No cabe duda de que en ese momento actuó como un par­ticular, no como cónsul. Muchas veces pregunté:

"¿Por qué no lo arrestaron? ¿Por qué no lo arrastran ante el tribunal? No será porque es agente de la GPU?"

En mi opinión, el atentado contra Kirov fue monta­do para aplastar a la Oposición, aunque no tenían intenciones de matar a Kirov; el ataque debía imponerse a último momento. Cuando la cosa salió mal, el jefe de la GPU leningradense, Medved, debió rendir cuentas. ¡Fue el tercer juicio relacionado con el atentado.

Acusaron a Medved y a otros funcionarios de la GPU de tener conocimiento del atentado y de no haber hecho nada por impedirlo. Medved confesó y se le sentenció a tres años de cárcel.

Conozco a Medved. Políticamente no es un hombre independiente: el propio Stalin dirigió el asunto para golpear a la Oposición. Todavía no sé si Nikolaev era agente de la GPU. El hecho de que tuviera acceso a la oficina de Kirov -que ocupaba un cargo elevado y no todos tenían acceso a su persona- parece demostrarlo. Sea como fuere, Medved consiguió a Nikolaev a través de sus agentes de la GPU. Nikolaev era un joven buró­crata desesperado. No conozco los factores sicológicos que lo impulsaron a cometer el asesinato.

Pero comenzó la persecución a la Oposición. No me equivoqué al vaticinar que éste sería el giro de los acon­tecimientos. El juicio actual es una reedición del de enero de 1935. Ese fue un ensayo general. Este es el estreno.

Este asunto se viene preparando desde hace un año y medio. Ahora, caballeros, además del cerebro del atentado, soy el hombre de la Gestapo. Y mi nombre sólo fue mencionado al pasar en la acusación de 1935.

¿Estoy ligado a la Gestapo? ¿Y con un aliado tan poderoso lo único que pude lograr es el asesinato de Kirov?

Hoy comparecen nuevos testigos. Es la primera vez que escucho muchos de estos nombres No conozco a esta gente. Y no se habla más del cónsul desaparecido. Los testigos fueron hallados en el transcurso del año y medio pasado. Si ahora estuviera en la URSS, sería mi fin. Sin embargo, estoy en el extranjero y citaré a cientos de testigos para demostrar que no tuve nada que ver con el asesinato de Kirov.

P: Se dice que usted se reunió con Berman-Yurin en Copenhague y Oslo para planificar el asesinato de Kirov.[4]

R: Viajé de Constantinopla a Copenhague para pronunciar una conferencia a pedido de una organización estudiantil. Durante mi estadía en Copenhague vinieron a visitarme unas cuarenta personas. Las recuerdo a todas, y no había entre ellas nadie que se llamara Berman -a menos que en esa época tuviera otro nombre-, ni ningún ciudadano soviético. Hablé con un li­tuano que sabía ruso.

He encontrado entre mis papeles una serie de hechos esclarecedores. En 1930 un individuo llamado Olberg quiso ser mi secretario. En una carta fechada el 1° de abril de 1930, Franz Pfemfert, a la sazón director de Die Aktion, me advirtió en los términos más inequívocos que Olberg resultaba un tipo sospechoso, probablemente fuera agente de la GPU. Cuando Olberg fundamentó la acusación, presenté un artículo a la prensa ["¿Quién es V. Olberg?"]. Es absurdo acusarme de encomendarle misiones terroristas a un hombre a quien no conozco y del cual un buen amigo tenía tan mala opinión.

Durante mi estadía en Noruega no recibí a ningún visitante de la URSS. Tampoco me he comunicado con la URSS directa ni indirectamente. Hasta hace dos años mi esposa se mantenía en contacto con nuestro hijo. En esa época era profesor en la Escuela Superior Téc­nica. Hoy desconozco su paradero. Supimos por ca­sualidad que se encuentra exiliado en Siberia. Jamás tuvo nada que ver con la política, pero es hijo de Trotsky y basta. Las cartas que recibíamos hasta hace veinte meses eran, como las de mi esposa, breves saludos. Ella ha tratado de averiguar su paradero a través de un banco de Oslo, pero las autoridades soviéticas siempre responden "dirección desconocida".

En cambio, nuestro otro hijo ha participado en la vida política. En 1928 nos siguió a Asia por propia voluntad y luego a Turquía. Acaba de terminar sus estudios en la Sorbona.

En un despacho enviado por Moscú, referente al proceso, se habla de una carta que envié a Smirnov por intermedio de mi hijo[5]. Allí pedí tres cosas: 1) el asesinato de Stalin y Voroshilov; 2) la organización de células en el ejército; 3) en caso de guerra, que se aprovechen todos los errores para tomar el poder. ¡La carta tiene apenas cinco líneas! Cinco líneas para estas tres tareas. Es un exceso de síntesis.

Todo no es sino una falsificación grosera, una men­tira; una mentira infame en mi contra. Pero en la URSS no existe la posibilidad de elevar la voz para criticar. La crítica está ahogada y las acusaciones absurdas no suscitan protestas por el momento. Caballeros, aquí tengo la oportunidad de criticar, ¡y critico!



[1] Un revolucionario, no un terrorista. Vanguard (Canadá) octubre de 1936. La entrevista fue concedida al periódico liberal noruego Dagbladet, que la publicó el 21 de agosto de 1936.

[2] Véase León Trotsky, Escritos 1929-30, Tomo 1, volumen 1, página 79, Bogotá, Editorial Pluma 1977. (Nota del editor colombiano)

[3] En otros artículos el cónsul se llama Bisseniecks.

[4] Konon B. Bernan-Yurin (1901-1936): fue acusado de reunirse con Trotsky en Copenhague en 1932 para recibir instrucciones con el fin de realizar atentados terroristas. Había sido corresponsal de la prensa en Alemania. El primer juicio de Moscú lo condenó a muerte.

[5] Iván N. Smirnov (1881-1936): miembro de la Oposición de Izquierda, fue expulsado del PC en 1927. Capituló en 1929 y pudo reingresar. Fue arrestado en 1933 y ejecutado después del primer juicio de Moscú.



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