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Terror individual y terror de masas[1]

 

 

20 de agosto de 1936

 

 

 

A los bolcheviques rusos se nos ha reprochado fre­cuentemente nuestro terror. No me parece oportuno explayarme una vez más sobre los detalles del proble­ma. Baste recordar que la fase de terror de la Revolu­ción Rusa sólo se inició cuando las potencias de la Entente organizaron insurrecciones contra el poder sovié­tico con dinero y armas, de la misma manera en que Hitler y Mussolini prepararon y apoyan la rebelión de Franco en la actualidad. En este sentido, el "terror" re­volucionario no es sino el empleo de la fuerza armada contra la fuerza armada de los opresores y explotadores. Mucho después de la experiencia de la Gran Revo­lución Francesa, Napoleón comprendió que no puede haber una gran conmoción social sin guerra civil y, por consiguiente, sin terror de masas. Pero no se puede provocar una revolución a voluntad. Estalla -como dijo una vez Engels- como un cataclismo natural en la historia humana. Y en la sala de parto no se pueden discutir las ventajas y desventajas de los dolores de par­to. El partido revolucionario trata de aliviar los dolores de parto de la revolución, y reducir al mínimo el consi­guiente derramamiento de sangre. Si en España hubiera existido un partido revolucionario, la victoria popular estaría asegurada y, además, los sacrificios serían mucho menores. Desde el punto de vista histórico, negar el terror es lo mismo que negar la historia.

Sin embargo, se suele utilizar el término "terror" para referirse al asesinato político individual, que es algo completamente distinto. En la historia de Rusia el terror individual desempeñó un papel importante como arma política de un estrecho sector de la intelectualidad en lucha contra el zarismo. La tendencia marxista sur­gió en la lucha frontal contra el método terrorista indi­vidual. No es casual que los marxistas trataran de ba­sarse en la evolución social, es decir en el movimiento que estaba naciendo, mientras que los intelectuales, aislados de las masas, trataban de provocar artificialmente "su" propia revolución, bajo su propia autori­dad, arrojando bombas.

Mi tránsito de la inmadurez a la madurez política transcurrió en una atmósfera de lucha contra las ilusio­nes aventuristas y terroristas. Entre 1897 y 1908 pu­bliqué numerosos artículos y pronuncié muchos dis­cursos contra el terrorismo individual y por la lucha de la clase revolucionaria. En 1911, cuando aparecieron tendencias terroristas en el proletariado vienés, Fríe­drich Adler, actual secretario de la Segunda Internacio­nal, me pidió que escribiera un artículo sobre el terro­rismo, para publicarlo en su periódico Der Kampf en noviembre de 1911.[2] Este artículo, al que reivindico hasta el día de hoy, opone la lucha de clases organizada al aventurerismo terrorista. El argumento principal se puede sintetizar de la siguiente manera: el terrorismo individual es ilícito sobre todo porque las masas pier­den conciencia de su propia importancia, aceptan su impotencia y ponen su atención y esperas en el gran vengador y libertador.

Quiso la ironía de la historia que Friedrich Adler, que en 1911 había declarado su aprobación a mi artícu­lo, cinco años después, durante la guerra cometiera un atentado terrorista contra el primer ministro austría­co Stuergkh.[3] A pesar de que simpatizaba con Frie­dich Adler, comparé su acto individualista, fruto de la desesperación, con el método de Liebknecht, que du­rante la guerra salió a una plaza pública de Berlín a repartir un manifiesto contra la guerra. Nuestro método es el de Liebknecht, no el de Friedrich Adler.

Con ese mismo criterio, no veo razón alguna para modificar mi posición sobre el terrorismo individual. Si en la lucha contra el zarismo criticamos el asesina­to de tal o cual ministro, o general, o del propio zar (y no porque simpatizáramos con ellos, por cierto) y nos pronunciamos por la insurrección de masas con­tra el zarismo, ninguna persona seria nos creerá capaces de recomendar o emplear hoy ese método contra la burocracia soviética. La burocracia soviética, que podría llamarse la aristocracia soviética, es ciertamente el mayor peligro social para el desarrollo del país. Pero sólo la puede remplazar la vanguardia consciente de la clase obrera a través de una lucha política de masas. Kirov, asesinado por el joven burócrata Nikolaev, fue remplazado inmediatamente por el burócrata Jdanov. Hay cientos y miles de aspirantes, siempre dispuestos a ocupar el lugar vacante. En todos los casos la prensa de Moscú habla de la preparación de un atentado con­tra Stalin. Pero Stalin no es más que el primus interpares (primero entre sus iguales). Los caballeros diri­gentes se creen hacedores de la Historia y benefactores irremplazables de la Humanidad. En realidad, Stalin no es más que el representante de la casta dominante. Su fuerza le da fuerza; su inteligencia le da inteligencia (mejor dicho, su astucia le da astucia). Poco cambiaría con la eliminación de Stalin. Si las masas permanecen pasivas y atomizadas, Molotov u otro cumplirá las mis­mas funciones y con el mismo éxito.

El burócrata individual teme al terrorismo. La burocracia como casta aprovecha todo atentado terrorista. La URSS nos brinda el ejemplo más claro y horrible. A partir del asesinato de Kirov, la camarilla dominante fusiló a cientos de personas y envió a decenas de miles a la cárcel, el exilio o los campos de concentración. La lucha contra el terrorismo le sirve a la burocracia como pretexto para ahogar todo intento de oposición, todo pensamiento crítico en el país y sobre todo en el propio partido gobernante. En estas condiciones, el empleo del terrorismo sería un suicidio político y físico en su forma más flagrante. Si los que están en el poder en Moscú me atribuyen semejantes métodos, eso sólo demuestra cuanto ha disminuido el nivel político en la Unión Soviética. Esta falsificación tan insólitamente burda refleja en primer lugar al estrato dominante. Por eso es importante comprobar con qué tenacidad la burocracia revive el asesinato de Kirov. Esto demuestra por un lado que los intentos de asesinato, al menos contra las figuras más encumbradas, son raras excep­ciones; pero demuestra al mismo tiempo que la buro­cracia necesita esos atentados para justificar y reforzar su propia autoridad. Esto explica el extraño hecho de que, después de un año y medio, se realice una nueva "versión" aumentada del mismo juicio, cosa que ni siquiera Hitler se atrevió a hacer con el juicio por el in­cendio del Reichstag.



[1] Terror individual y terror de masas. Lutte Ouvriére, 5 de setiembre de 1936. Traducido del francés [al inglés] para esta obra por Tom Bias.

[2] Friedrich Adler (1879-1960): secretario del Partido Socialdemócrata austríaco desde 1911 hasta 1916, cuando fue encarcelado por asesinar al primer ministro. Liberado por la revolución de 1918, fundó la Interna­cional Dos y Media, a la que luego reunificó con la Segunda. A partir de 1923 fue secretario de la organización reunificada. El artículo al que hace referencia Trotsky data de 1911 y fue publicado en Against Indivi­duaL Terrorism (Pathfinder Press, 1974) [Edición en castellano: Contra el terrorismo. Buenos Aires, Editorial Pluma 1974].

[3] Karl von Stuergkh (1859-1916): primer ministro de Austria de 1911 a 1916.



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