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Romain Rolland cumple una misión[1]

 

 

31 de octubre de 1935

 

 

 

L’Humanité del 23 de octubre publica una cata de Romain Rolland, cuyo objeto es refutar ciertas críticas a la Unión Soviética formuladas por un predicador suizo. No tendríamos el menor motivo para terciar en una polémica entre un exégeta de Gandhi[2] y un pa­cifista protestante, si no fuera por el hecho de que el señor Rolland se refiere al pasar -en forma impropia- a una serie de problemas candentes, tanto personales como públicos. No podemos exigirle -ni le exigimos- al señor Rolland análisis marxistas, claridad política, ni perspicacia revolucionaria; pero cualquiera estaría de acuerdo con que se le puede exigir un cierto grado de penetración sicológica. Desgraciadamente, como ve­remos enseguida, no queda ni pizca de eso.

R. Rolland trata de justificar el terror que Stalin diri­ge principalmente contra su propio partido, señalando que Kirov fue asesinado "por un fanático, apoyado en secreto por personas como Kamenev y Zinoviev". ¿Con qué fundamenta Rolland una acusación tan grave? Quienes le pasaron esa información mentían. Es precisamente en este terreno, en el cual la política se entrecruza con la sicología, donde Romain Rolland no debería haber tenido la menor dificultad en juzgar; pero el exceso de celo lo enceguece.

El autor de estas líneas no tiene por qué asumir la menor responsabilidad por la actividad de Zinoviev y de Kamenev, que significó un buen aporte a la degeneración burocrática del partido y de los soviets. Sin em­bargo, es inconcebible que se les acuse de participar en un crimen carente de significado político y que a la vez se contradice con las posiciones, objetivos y todo el pasado político de Kamenev y Zinoviev.

Aunque aceptáramos la fantástica hipótesis de que repentinamente se volvieron partidarios del terrorismo individual, jamás hubieran elegido a Kirov como víctima. Cualquiera que conozca la historia del partido y de sus militantes sabe perfectamente bien que Kirov era una figura burocrática de tercera categoría en rela­ción con Kamenev y Zinoviev: su elitización no hubie­ra afectado al régimen, ni a su política, en lo más mínimo. En el juicio de Zinoviev y Kamenev (¡uno de los juicios más infames de la historia!) ni siquiera pudo mantenerse la acusación original. Dejando de lado el exceso de celo, ¿qué derecho tiene el señor Rolland para hablar de la participación de Kamenev y Zinoviev en el asesinato de Kirov?

Recordemos que quienes lanzaron la acusación qui­sieron extenderla también al autor de estas líneas. Pro­bablemente muchos recordarán el papel cumplido por un "cónsul letón", agente provocador de la GPU, que trató de obtener una carta de los terroristas "para trasmitir a Trotsky". Al calor de la lucha, un plumífero de l’Humanité (creo que se llama Duclos), llegó a escri­bir que la participación de Trotsky en el asesinato de Kirov era cosa demostrada". Ya me he referido a todas las circunstancias relacionadas con el caso en mi ensayo El asesinato de Kirov. ¿Por qué Romain Rolland no se atrevió a repetir esta amalgama termidoriana grosera y descarada? Porque yo tuve la posibilidad de desenmascarar oportunamente la provocación y a sus organizadores directos, Stalin y Iagoda.[3] Kamenev y Zinoviev no tienen esa posibilidad: están en la cárcel, bajo una acusación premeditadamente falsa. Se los puede calumniar con impunidad. ¿Es digna de Rolland esta función?

Con el pretexto de la participación en el caso Kirov, la burocracia quitó la vida a decenas de personas dedi­cadas en cuerpo y alma a la revolución, pero que se oponían a las comodidades y privilegios de la casta domi­nante. Que el señor Rolland lo niegue, si se atreve. Proponemos la creación de una comisión internacional, integrada por individuos irreprochables, para estudiar los arrestos, juicios, ejecuciones y exilios relacionados, digamos, sólo con el caso Kirov. Recuérdese que en el juicio a los social-revolucionarios de 1922 acusados de actos terroristas, permitimos que Vandervelde, Kurt Rosenfeld y otros destacados adversarios del bol­chevismo estuvieran presentes en el tribunal,[4] en momentos en que la revolución atravesaba por dificul­tades incomparablemente más grandes que las ac­tuales. ¿Aceptará el señor Rolland nuestra propuesta en esta ocasión? Lo dudamos, porque Stalin no acep­tará -no puede aceptar- nuestra propuesta.

Las medidas aplicadas durante el período inicial, llamémoslo "jacobino", de la revolución, fueron im­puestas por las necesidades férreas de la autodefensa. Estábamos en condiciones de rendir cuentas ante la clase obrera internacional en su conjunto. Actualmente, la burocracia emplea el terror termidoriano, no para defenderse de los enemigos de clase, sino de la propia vanguardia proletaria. Por eso Romain Rolland se pos­tula como abogado defensor del terror termidoriano.

Recientemente, los periódicos soviéticos vocife­raron el descubrimiento de un nuevo complot de los "trotskistas" junto con los Guardias Blancos y elemen­tos criminales, con el objeto de... destruir los ferroca­rriles soviéticos.[5] Ninguna persona seria creerá en la Unión Soviética este fraude desvergonzado, que arroja una luz despiadada sobre una serie de amalgamas anteriores. Sin embargo, esto no le impedirá a la cama­rilla stalinista fusilar unos cuantos bolcheviques jóve­nes, acusados del crimen de lesa majestad. ¿Qué hará el señor Rolland? ¿Se encargará de convencer a los pas­tores incrédulos de que es verdad que los "trotskistas" destruyen los ferrocarriles soviéticos?

En el terreno de los problemas políticos generales, el señor Rolland hace afirmaciones no menos categóri­cas y no más irreprochables. En defensa de la política actual de los soviets y de la Internacional Comunista, R. Rolland, cumpliendo el antiguo rito, se remonta a la experiencia de Brest-Litovsk.[6] ¡Somos todos oídos! Escribe lo siguiente: "En el año 1918, en Brest-Litovsk, Trotsky le dijo a Lenin, ’Debemos morir como los caba­lleros de antaño. Lenin respondió, ’No somos caballe­ros. Queremos vivir, y viviremos’." ¿De dónde sacó esto el señor Rolland? Lenin jamás estuvo en Brest-Litovsk. ¿Acaso la conversación se realizó por teléfono directo? Pero los documentos de ese período están impresos, y evidentemente no incluyen esta afirmación francamente estúpida, que algún informante susurró al oído de Rolland para que éste la difundiera. Pero, ¿cómo un escritor viejo y experimentado carece de la intuición sicológica suficiente que le permita percibir lo falso y caricaturesco del supuesto diálogo?

No corresponde entrar a polemizar con Rolland acerca de las negociaciones de Brest-Litovsk. Pero dado que Rolland deposita en Stalin casi la misma confianza que antes depositaba en Gandhi, me tomaré la libertad de reproducir una declaración que Stalin hizo el 1° de febrero de 1918, pocas horas antes del desenlace de Brest-Litovsk: "Un punto de vista intermedio nos per­mitió superar la difícil situación: la posición de Trotsky" Esto no es un recuerdo personal mío, ni una con­versación con un interlocutor de elevada posición: consta en las actas oficiales de las sesiones del Comité Ejecutivo Central, publicadas por la Imprenta del Go­bierno en 1929. Para Rolland, esta cita (p. 214) será algo totalmente inesperado. Que sirva para convencerlo de que nadie debe ser tan irresponsable como para es­cribir sobre cuestiones que desconoce.

El señor Rolland nos advierte -y a mí en particu­lar- que en caso de necesidad, el gobierno soviético puede concertar acuerdos incluso con los imperialistas. ¿Valía la pena viajar hasta Moscú para enterarse de eso? Los obreros franceses se ven obligados diariamente a concertar acuerdos con los capitalistas, mien­tras éstos sigan existiendo. Un estado obrero no puede renunciar al derecho que posee cualquier sindicato. Pero si en el momento de firmar un convenio colectivo un dirigente sindical anunciara públicamente que reco­noce la propiedad capitalista y aprueba su existencia, lo tacharíamos de traidor. Stalin no sólo firmó un acuer­do práctico, sino que además aprobó el crecimiento del militarismo francés. Todo obrero consciente sabe que la principal razón de ser del ejército francés es la defensa de la propiedad de un puñado de explotadores y el mantenimiento del dominio de la Francia burguesa sobre sesenta millones de esclavos coloniales.

Debido a la justa indignación suscitada en las filas obreras por la declaración de Stalin, algunos indivi­duos, Rolland entre ellos, tratan de demostrar que todo sigue "prácticamente" igual. Nosotros no depositamos ni una pizca de confianza en ellos. Suponemos que Stalin no aprobó voluntaria y gratuitamente el mili­tarismo francés para iluminar a la burguesía francesa, que no lo necesita y que recibió la declaración con gesto irónico. La declaración de Stalin sólo podía obedecer a un objetivo: debilitar la oposición del proletariado fran­cés contra su propio imperialismo y, a ese precio, comprar la confianza de la burguesía francesa, su recono­cimiento de la estabilidad de la alianza con Moscú. A pesar de todos los pretextos, esta es la política en vigor. Los aullidos de rabia que l’Humanité lanza con­tra Laval no alteran el hecho de que la Comintern se ha convertido en agencia política de la Liga de las Naciones, dominada por el mismo Laval, o por su primo Herriot, o por su socio británico Baldwin,[7] quien no es mejor que Laval.

Con muy escasa autoridad, Rolland decreta que la nueva política de la Internacional Comunista permane­ce en estricta consonancia con las enseñanzas de Lenin. En ese caso, la solidaridad del Partido Comunista Francés con la política exterior de León Blum (el "social-fascista" de ayer quien, en todo caso, sigue fiel a sí mismo) las abyectas reverencias ante Edouard Herriot (quien no tiene la menor intención de traicionar al capital francés) el apoyo a la Liga de las Naciones (estado mayor del bandidaje imperialista): ¿esta todo esto en consonancia con las enseñanzas de Lenin? No. Sería más conveniente que el señor Rolland siguie­ra dedicado al estudio de las enseñanzas de Gandhi.

Desgraciadamente, la advertencia astuta, modera­da y oportuna de Marcel Martinet no conmovió a Rolland.[8] En lugar de detenerse y mirar críticamente a su alrededor, se dejó caer hasta las filas de los exége­tas oficiales de la burocracia termidoriana. En vano estos caballeros se autotitulan "amigos" de la Revolu­ción de Octubre. La burocracia es una cosa; la revolu­ción, otra muy distinta. El comisario del pueblo Litvinov es "un amigo mío", inclusive para el burgués conser­vador Herriot. Pero de ahí no surge que la revolución proletaria deba contar a Herriot entre sus amigos.

Es imposible prepararse para la revolución sin com­batir implacablemente el régimen de absolutismo bu­rocrático, que se ha convertido en el peor freno para el movimiento revolucionario. La responsabilidad del sentimiento favorable al terrorismo que cunde entre la juventud soviética recae exclusivamente sobre la buro­cracia, que ha amordazado a la vanguardia de la clase obrera y que sólo le exige a la juventud obediencia ciega y adoración de los dirigentes.

La burocracia concentra en sus manos recursos colosales, y no le rinde cuentas a nadie. Estos recursos incontrolados le permiten recibir y tratar a sus "amigos" a cuerpo de rey. La fisonomía sicológica de muchos de ellos difícilmente se distingue de la de los periodistas y académicos franceses que son amigos pro­fesionales de Mussolini. No queremos incluir a Romain Rolland en esta última categoría, pero, ¿por qué borra él mismo la línea de demarcación con tamaña falta de seriedad? ¿Por qué acepta encargos indignos de él?



[1] Romain Rolland cumple una misión. New International, diciembre de 1935. Romain Rolland (1866-1944), novelista y dramaturgo, hombre solicitado por la "izquierda" después de su denuncia pacifista de la Primera Guerra Mundial. En los últimos años de su vida prestó su nom­bre para congresos literarios y manifiestos stalinistas.

[2] Mohandas Gandhi (1869-1948): dirigente del congreso Nacional Hindú, movimiento nacionalista que luego se convirtió en el Partido del Congreso de la India. Organizó la resistencia masiva al dominio britá­nico, pero insistiendo siempre en el empleo de métodos de resistencia pacifica y no violenta.

[3] Henri Iagoda (1891-1938): jefe de la policía secreta soviética hasta que él mismo fue acusado y fusilado.

[4] Kurt Rosenfeld (1877-1943): conocido abogado defensor de los dere­chos civiles y dirigente de la izquierda socialdemócrata alemana, fue expulsado en 1931 y fue uno de los fundadores y dirigentes del SAP.

[5] Guardias Blancas o blancos: nombre de las fuerzas contrarrevolu­cionarias rusas en la guerra civil.

[6] Brest-Litovsk: ciudad en la frontera ruso-polaca donde en marzo de 1918 se negoció un tratado poniendo fin a las hostilidades entre Rusia y Alemania. Los términos eran sumamente desfavorables para el nuevo gobierno soviético y había muchas diferencias entre los dirigentes respecto de aceptarlos o no. Finalmente se aceptó la propuesta de Lenin de suscribirlos.

[7] Stanley Baldwin (1867-1947): primer ministro conservador de Ingla­terra en los años veinte y en 1935-37.

[8] Macel Martinet (1887-1944): escritor, poeta y socialista, su mala salud lo obligó a abandonar la actividad política en 1923. Defendió a Trotsky cuando el gobierno francés lo expulsó del país. En 1936 se unió a la campana contra el juicio de Moscú.



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