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Los sindicatos y la crisis social en Estados Unidos

León Trotsky, 29 de septiembre de 1938

Traducción para esta edición de Œuvres Nº 18, op. cit., p. 334. Reconstrucción de una discusión.

 

Plotkin[1]: Por su política, nuestro sindicato se esfuerza en evitar el desempleo total. Hemos procedido al reparto del trabajo entre los miembros del sindicato, manteniendo la tasa horaria existente.

Trotsky: ¿Y qué proporción de su antiguo salario perciben los obreros hoy?

Plotkin. Aproximadamente el 40%.

Trotsky: ¡Pero es monstruoso! Han obtenido la escala móvil de horas de trabajo manteniendo su antiguo salario horario, lo que significa descargar sobre los obreros todo el peso de la desocupación. Al permitir que cada obrero sacrifique los 3/5 de su paga, ustedes liberan a la burguesía de la obligación de sostener a los desocupados con sus propios recursos.

Plotkin: Eso es verdad, en parte. Pero ¿qué podemos hacer?

Trotsky: Eso es totalmente cierto, no “en parte”. El capitalismo norteamericano sufre un mal crónico e incurable. ¿Ustedes pueden consolar a los obreros con la esperanza de que la crisis sólo es pasajera, que pronto llegará una época de prosperidad?

Plotkin: Personalmente, no me hago ninguna ilusión al respecto. La mayoría de nosotros entiende que comenzó una fase de decadencia para el capitalismo norteamericano.

Trotsky: Pero eso significa que los obreros mañana van a cobrar el 30% de su salario anterior, pasado mañana el 25%, y así siguiendo. Es verdad que una mejoría pasajera es posible, e incluso probable, pero la tendencia general es a la declinación, la degradación y la miseria. Ya en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels lo habían previsto. ¿Cuál será ahora el programa de su sindicato y el del CIO en su conjunto?

Plotkin: Desgraciadamente, usted no conoce la psicología de los obreros norteamericanos. No están acostumbrados a pensar en su futuro. Sólo les preocupa una cuestión: qué es lo que pueden hacer mañana, enseguida. Algunos dirigentes se dan cuenta realmente de los peligros que nos amenazan, pero no pueden cambiar la psicología de las masas. Las costumbres, las tradiciones, las concepciones de los obreros norteamericanos nos traban, limitan nuestras posibilidades. No se puede cambiar todo en un día.

Trotsky: ¿Usted está seguro que la historia le va a dar varios años para prepararse? La crisis del capitalismo norteamericano se desarrolla a un ritmo “norteamericano”, a una escala “norteamericana”. Un organismo sólido, que nunca estuvo enfermo, se debilita muy rápido a partir de cierto momento. El hundimiento del capitalismo constituye al mismo tiempo una amenaza directa contra la democracia, que es indispensable para la existencia de los sindicatos. ¿Usted piensa, por ejemplo, que la aparición de Hague es pura casualidad?

Plotkin: Para nada. Al respecto, tuve no pocas entrevistas con los responsables sindicales. Mi opinión es que ya existe, en todos los Estados, bajo una u otra máscara, una organización reaccionaria sólida que mañana constituirá el principal sostén del fascismo a escala nacional. No tenemos quince o veinte años ante nosotros: el fascismo puede llegar al poder de aquí a tres o cuatro años.

Trotsky: En ese caso, ¿cuál es su...

Plotkin: ¿Nuestro programa? Entiendo su pregunta. La situación es muy difícil. Se imponen decisiones radicales. Pero no veo las fuerzas necesarias, los jefes que hacen falta.

Trotsky: ¿Lo que significa capitulación sin combate?

Plotkin: La situación es difícil. Hay que reconocer que, en su conjunto, los responsables sindicales no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta del peligro. Como usted sabe, nuestros sindicatos en muy poco tiempo se han extendido considerablemente. Es natural que los dirigentes del CIO vivan actualmente una “luna de miel”. Se inclinan a tomar a la ligera las dificultades. El gobierno no solamente tiene consideraciones para ellos, sino también los arrastra a su juego, algo a lo que no estaban acostumbrados. Por lo tanto, es natural que estén un poco mareados. Ese delicioso vértigo no los predispone para el pensamiento crítico. Gozan el presente, sin pensar en el mañana.

Trotsky: Eso está bien dicho. Además, comparto totalmente su opinión. Pero los éxitos del CIO no son pasajeros. Son sólo síntomas que revelan que la clase obrera de Estados Unidos se puso en movimiento, rompió su rutina y actualmente busca nuevos métodos para salvarse del abismo. Si sus sindicatos no encuentran nuevos métodos, se vaciarán completamente y se reducirán a polvo. Hoy, incluso Hague es más fuerte que Lewis, porque Hague, a pesar de sus límites, sabe perfectamente lo que quiere, mientras que Lewis no lo sabe. El “delicioso” vértigo de sus dirigentes puede terminar en un brutal despertar... en un campo de concentración.

Plotkin: Desgraciadamente, el desarrollo histórico de Estados Unidos, con sus inmensas posibilidades, su individualismo, no ha acostumbrado a los obreros a una reflexión social. Me bastará con indicarle que apenas un 15% de los obreros organizados asisten a las reuniones sindicales. Considere un poco este hecho...

Trotsky: ¿Pero no es posible que la causa de este ausentismo del 85% resida en que los oradores... no tienen nada que decirle a las masas?

Plotkin: Bueno, admitámoslo... es verdad hasta cierto punto. La situación económica es tal que estamos obligados a retener a los obreros, a frenar el movimiento, a batirse en retirada. Esto, por supuesto, no les gusta a los obreros.

Trotsky: Toda la cuestión está allí. La responsabilidad no le incumbe a las masas, sino a los dirigentes. En la época clásica del capitalismo también, los sindicatos estaban en dificultades durante las crisis, perdían adherentes, gastaban sus reservas. Pero entonces, al menos se tenía la certeza que en la próxima reactivación, todas las pérdidas serían compensadas. Ahora, tener esa esperanza es en vano, las fuerzas sindicales se van a ir debilitando cada vez más. Su organización, el CIO, podría hundirse tan rápidamente como se ha construido.

Plotkin: ¿Qué hacer?

Trotsky: En primer lugar, exponer claramente a las masas la situación. No se puede jugar a las escondidas. Por supuesto, usted conoce mejor que yo la situación de los obreros norteamericanos. Sin embargo, me permito decirle que usted los mira con viejos anteojos. Las masas tienen muchas más cualidades, audacia y decisión que sus jefes. El hecho mismo del nacimiento y del rápido desarrollo del CIO muestra que, bajo la influencia de las terribles sacudidas económicas de la postguerra, y sobre todo, de los últimos diez años, se produjeron cambios profundos en la conciencia del obrero norteamericano. Cada vez que ustedes dieron muestras de un poco de iniciativa, creando nuevos sindicatos activos, los obreros les respondieron inmediatamente y los apoyaron con toda su fuerza, como nunca antes. Ustedes no tienen derecho a quejarse de las masas. Y las huelgas de brazos caídos; la iniciativa no surge de los jefes, sino de los propios obreros. Es un indicio seguro que los obreros norteamericanos están listos para adoptar métodos de lucha más determinados. Hague es un producto directo de esas huelgas de brazos caídos. Lamentablemente, nadie, en las cúpulas sindicales, se ha atrevido a sacar conclusiones tan audaces de la exacerbación de las luchas sociales como las que saca la reacción capitalista. Este es el fondo del problema. Los jefes del capital piensan y actúan con mucha más resolución lógica y audacia que los jefes del proletariado –esos burócratas escépticos, siempre por detrás de los acontecimientos-, que debilitan la combatividad de las masas. De allí proviene el peligro de una amenaza fascista y, que en el futuro, está muy cerca. Los obreros no asisten a sus reuniones porque sienten instintivamente la insuficiencia, la inconsistencia, la falta de vida, la falsedad de la orientación del programa que le ofrecen ustedes. En el momento en que cada obrero siente la catástrofe que planea sobre su cabeza, los dirigentes sindicales se extienden en fórmulas generales. Ustedes tienen que encontrar un lenguaje que corresponda a la situación real del capitalismo putrefacto, y no a las ilusiones de los burócratas.

Plotkin: Ya se lo he dicho: no veo a los dirigentes. Existen grupos particulares, sectas, pero no veo a nadie que sea capaz de unir a las masas obreras: aun cuando yo estoy de acuerdo con el hecho de que ellas están listas para pelear.

Trotsky: No es una cuestión de jefes, sino de programa. Un programa correcto no sólo atraerá a las masas y les dará una cohesión, sino también formará a los jefes.

Plotkin: ¿Qué entiende usted por programa correcto?

Trotsky: Usted sabe que yo soy marxista, más exactamente, bolchevique. Mi programa tiene un nombre muy simple y muy breve: la revolución socialista. Pero yo no les exijo a los jefes del movimiento sindical que adopten inmediatamente el programa de la IV Internacional. Lo que exijo de ellos, es que de su trabajo, de su situación, saquen las conclusiones que se imponen; que se den a ellos mismos y a las masas, respuesta a estas dos preguntas: 1) ¿cómo se puede salvar al CIO de la quiebra y el desastre? 2) ¿cómo se puede salvar a Estados Unidos del fascismo?

Plotkin: ¿Qué haría Ud. en Estados Unidos si fuera dirigente sindical?

Trotsky: En primer lugar, los sindicatos deben plantear claramente el problema del desempleo y de los salarios. Usted planteó bien la cuestión de la escala móvil de horas de trabajo: todo el mundo debe tener un trabajo. Pero la escala móvil de horas de trabajo debe acompañarse con la escala móvil de salarios. La clase obrera no puede tolerar una baja continua de su nivel de vida, que equivaldría al hundimiento de la cultura humana. Hay que tomar como base de apreciación los salarios máximos en vísperas de la crisis de 1929. Las poderosas fuerzas productivas creadas por los obreros no han desaparecido, no están destruidas; todavía existen. Los responsables del desempleo son los que poseen esas fuerzas productivas y disponen de ellas. Los obreros lo saben y quieren trabajar. El trabajo debe ser distribuido entre todos los trabajadores. Los salarios de ningún obrero deben ser inferiores al máximo alcanzado en el pasado. Esta es la reivindicación natural, necesaria, inexorable de los sindicatos. Si no, el desarrollo histórico los barrerá como el polvo.

Plotkin: ¿Este programa es realizable? Provoca la ruina de los capitalistas. Este programa, precisamente, podría acelerar el desarrollo del fascismo.

Trotsky: Este programa presupone, por supuesto, la lucha, y no una actitud pasiva. A los sindicatos se les presentan dos posibilidades: o bien navegar, maniobrar, batirse en retirada, cerrar los ojos y capitular poco a poco para “no agravar la situación de los patrones” y no “provocar” reacciones de su parte. Con este método, los socialdemócratas y los responsables sindicales de Alemania y Austria, intentaron preservarse del fascismo. Todo el mundo sabe el resultado: perdieron todas sus ventajas. El otro modo es comprender el carácter despiadado de la crisis social actual y llevar a las masas al combate.

Plotkin: Pero usted no ha respondido a mi objeción con respecto al fascismo, es decir, al peligro inmediato que nacería de las reivindicaciones más radicales de los sindicatos.

Trotsky: No olvido ni un instante este aspecto de la cuestión. El peligro fascista existe actualmente en este país incluso antes que se formulen estas exigencias radicales. Se origina en la decadencia y la putrefacción del capitalismo. Podría agravarse indiscutiblemente durante algún tiempo por la influencia de un programa radical de los sindicatos. Hay que advertirles sinceramente esto a los obreros. Es necesario que comiencen enseguida a poner en pie organizaciones especiales de defensa. No existe otro camino. Ya no se puede preservar del fascismo utilizando el arsenal de leyes democráticas, resoluciones, llamados, no se puede rechazar con notas diplomáticas el ataque de un régimen de caballería. Hay que enseñarles a los obreros a que defiendan, con las armas en la mano, su vida, su futuro contra los gangsters, los bandidos del Capital. El fascismo se desarrolla en la impunidad. No dudamos ni un instante que los héroes fascistas tendrán la cola entre las piernas a partir de que comprendan que los obreros están dispuestos a oponer a cada una de sus “brigadas de choque”, dos, tres o cuatro brigadas. La única manera de proteger a las organizaciones obreras y de reducir al mínimo el número inevitable de víctimas es crear a tiempo una poderosa organización de autodefensa obrera. Esta es la primera tarea de los sindicatos, si no quieren morir vergonzosamente. La clase obrera necesita una milicia obrera.

Plotkin: ¿Pero, cuál es la perspectiva para el futuro? ¿A qué resultados llegarán a fin de cuentas los sindicatos con estos métodos de lucha? 

Trotsky: Por supuesto, la escala móvil de horas de trabajo y la autodefensa obrera no son suficientes. Son sólo los primeros pasos necesarios para preservar a los obreros del hambre, de la muerte y de los puñales de los fascistas. Estos son medios elementales de defensa, que se imponen urgentemente. Pero no bastan para resolver la cuestión. La tarea esencial es orientarse hacia un mejoramiento del régimen económico y una utilización más juiciosa, más razonable, más honesta de las fuerzas productivas a favor de todo el pueblo. Esto sólo puede realizarse rompiendo con la rutina habitual de los métodos “normales” del trabajo sindical. Ustedes deben reconocer que, en el período de decadencia capitalista, los sindicatos aislados son incapaces de oponerse al agravamiento incesante de las condiciones de vida de los obreros. Es necesario recurrir a métodos más eficaces. La burguesía, que posee los medios de producción y de poder del Estado, ha llevado a la economía a un total callejón sin salida, y sin esperanzas. Hay que declarar a la burguesía deudora insolvente y que la economía pase a manos honestas y limpias, es decir, a manos de los obreros.

¿Cómo se llega a esto? El primer paso está claro: todos los sindicatos deben unirse para crear este partido obrero. No un partido bajo control de Roosevelt y de La Guardia, que solo sería “obrero” de nombre[2], sino una organización política de la clase obrera, verdaderamente independiente. Sólo este partido es capaz de atraer hacia él a los chacareros arruinados, a los pequeños artesanos, a los pequeños comerciantes. Pero, para realizar esta tarea, hay que seguir combatiendo sin piedad contra los bancos, los trusts, los monopolios y sus agentes políticos, el partido republicano y el demócrata. El rol del partido obrero debe ser tomar en sus manos el poder, todo el poder, y volver a poner en orden a la economía. Lo que supone la organización del conjunto de la economía nacional según un plan razonable, a saber, un plan que tenga como objetivo, no aumentar las ganancias de un puñado de explotadores, no salvaguardar las ganancias de un puñado de explotadores, sino salvaguardar los intereses materiales y morales de 130 millones de hombres.

Plotkin: Muchos de nuestros dirigentes empiezan a entender que la tendencia actual se orienta hacia el partido obrero. Pero la popularidad de Roosevelt todavía es demasiado grande. Si llega a ser reelecto por tercera vez, el problema del partido obrero tomará un retraso de cuatro años. Esta es la desgracia.

Trotsky: Esta es la desgracia. Que los señores dirigentes no miren para abajo, sino para arriba. La proximidad de la guerra, el hundimiento del capitalismo norteamericano, el aumento del desempleo y la miseria, todos estos acontecimientos de una importancia capital, que deciden la suerte de decenas de millones de personas, no depende para nada de la candidatura o de la “popularidad” de Roosevelt. Le aseguro que él es mucho más popular entre los funcionarios bien pagados del CIO que entre los desocupados. Pero los sindicatos se crean para servir a los intereses de los obreros, y no de los burócratas. Si la idea del CIO pudo, durante un período, entusiasmar a millones de obreros, la idea de un partido obrero independiente, combativo, que tenga la voluntad de poner fin a la anarquía económica, a la desocupación y a la miseria, puede entusiasmar a decenas de millones. Por supuesto, los agitadores del partido obrero deben demostrar a las masas por medio de actos y no de simples palabras, que no son agentes electorales de Roosevelt, La Guardia y compañía, sino los verdaderos defensores de los intereses de las masas explotadas.

Cuando los oradores comiencen a hablar el lenguaje de los dirigentes obreros, y no el de los agentes de la Casa Blanca, entonces, el 85% de los miembros de los sindicatos vendrán a las reuniones, y el 15% de los viejos conservadores, los aristócratas obreros y los arribistas se quedarán en sus casas. Las masas tienen más cualidades, más decisión que los jefes. Las masas quieren combatir. Los jefes, que se arrastran a remolque de las masas, frenan la lucha. Disimulan su propia indecisión, su conservadurismo, sus prejuicios burgueses detrás de la excusa de que las masas todavía no están listas. Esta es hoy la situación real.

Plotkin: Es evidente que hay mucho de cierto en lo que usted dice. Pero... hablaremos una vez más.



[1] Abraham Plotkin (n. 1896): Fue uno de los dirigentes del poderoso sindicato de la IGLWU (International Garment Ladies Workers Union) de Chicago. “Progresista”, había aprovechado la oportunidad de un viaje a México para encontrarse con Trotsky, a quien le interesaba esa discusión.
[2] Clara alusión al American Labor Party (ALP) del Estado de Nueva York.



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