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Los sindicatos en Gran Bretaña

 

(...) En Gran Bretaña, al igual que en la mayoría de los viejos países capitalistas, la cuestión sindical sigue siendo la más irnportante de la política proletaria. Los errores de la Comintern en este terreno son innumerables. No es de extrañar: la incapacidad de un partido para establecer relaciones correctas con la clase se manifiesta con máxima gravedad en el área del movimiento sindical. Por esto creo necesario tratar esta cuestión.

Los sindicatos se formaron en el período de surgimiento y auge del capitalismo. Tenían por objeto mejorar la situación material y cultural del proletariado y la extensión de sus derechos políticos. Este trabajo, que en Inglaterra duró más de un siglo, dio a los sindicatos una autoridad tremenda sobre los obreros. La decadencia del capitalismo británico, dentro del marco de la declinación del sistema capitalista mundial, minó las bases del trabajo reformista de los sindicatos. El capitalismo sólo se puede mantener rebajando el nivel de vida de la clase obrera. En estas condiciones los sindicatos pueden o bien transformarse en organizaciones revolucionarias o bien convertirse en auxiliares del capital en la creciente explotación de los obreros.

La burocracia sindical, que resolvió satisfactoriamente su propio problema social, tomó el segundo camino. Volcó toda la autoridad acumulada por los sindicatos en contra de la revolución socialista e incluso en contra de cualquier intento de los obreros de resistir los ataques del capital y de la reacción.

A partir de ese momento, la tarea más importante del partido revolucionario pasó a ser la liberación de los obreros de la influencia reaccionaria de la burocracia sindical. La Comintern reveló una falta total de adecuación en este campo decisivo. En 1926-1927, especialmente en el período de la huelga minera y de la Huelga General, o sea en el momento de los grandes crímenes y traiciones del Consejo General de los sindicatos, la Comintern adulaba servilmente a los cabecillas de los rompehuelgas, los encubría con su autoridad a los ojos de las masas y los ayudó a mantener su sitial. El Movimiento de la Minoría sufrió así un golpe mortal. La burocracia de la Comintern, asustada de su propia obra, se fue al otro extremo: al ultraizquierdismo. Los excesos fatales del “tercer período”[1] se debieron al deseo de la pequeña minoría comunista de actuar como si estuviera respaldada por una mayoría. Aislándose cada vez más de la clase obrera, el Partido Comunista enfrentó a los sindicatos, que abarcaban millones de obreros, con sus propias organizaciones, muy respetuosas de la dirección de la Comintern pero abismalmente separadas de la clase obrera. A la burocracia sindical no se les podía hacer un favor mayor. Si hubiera estado en su poder el otorgar la Orden de la Jarretera, ésta habría adornado el pecho de todos los dirigentes de la Comintem y de la Profintern[2].

Los sindicatos, como ya hemos dicho, cumplen ahora un rol reaccionario y no progresivo. Pero sin embargo reúnen millones de obreros. No debemos pensar que los obreros son ciegos y no ven el cambio producido en el papel histórico de los sindicatos.

¿Pero qué se puede hacer? Ante los ojos del ala izquierdista de los obreros, la vía revolucionaria está seriamente comprometida por los zigzas y aventuras del comunismo oficial. Los obreros se dicen: los sindicatos son malos, pero sin ellos estaríamos peor.

Es la sicología del que se encuentra en un callejón sin salida.

Mientras tanto, la burocracia sindical persigue con más fuerza aún a los obreros revolucionarios, reemplazando con el mayor descaro la democracia interna por la acción arbitraria de una camarilla, transformando a los sindicatos en una especie de campo de concentración de los obreros durante la decadencia del capitalismo.

Frente a esta situación, surge inmediatamente una idea: ¿No es posible superar a los sindicatos? ¿No es posible reemplazarlos por alguna organización nueva, incorrupta, algo así como sindicatos revolucionarios, comités por empresa o soviets? El error fundamental de este tipo de intentos reside en que reducen a experimentos organizativos el gran problema político de cómo liberar a las masas de la influencia de la burocracia sindical. No basta con ofrecer a las masas otro lugar adonde dirigirse. Hay que ir a buscarlas donde están y guiarlas.

Los izquierdistas impacientes dicen a veces que es absolutamente imposible ganar los sindicatos porque la burocracia usa el régimen interno de las organizaciones para preservar sus propios intereses, recurriendo a las maquinaciones más burdas, a la represión, al juego sucio, al estilo de la oligarquía parlamentaria de la era de los “municipios podridos”.

¿Entonces por qué gastar tiempo y energías? Este argumento se reduce en realidad a lo siguiente: abandonemos la lucha concreta por ganar a las masas, usando como pretexto el carácter corrupto de la burocracia sindical. Este argumento puede seguirse desarrollando: ¿por qué no abandonar el trabajo revolucionario también, en vista de la represión y la provocación de la burocracia estatal? Aquí no hay diferencias de principios, ya que la burocracia sindical se ha convertido definitivamente en parte del aparato político, económico y gubernamental del capitalismo.

Es absurdo pensar que sería posible trabajar contra la burocracia sindical con su propia ayuda, o siquiera con su consentimiento. Ya que se defiende mediante persecuciones, violencias, expulsiones, recurriendo frecuentemente a la ayuda de las autoridades gubernamentales, debemos aprender a trabajar discretamente en los sindicatos, encontrando un lenguaje común con las masas pero sin descubrirnos prematuramente ante la burocracia. Precisamente en la época actual, en que la burocracia reformista del proletariado se ha transformado en guardiana económica del capital, la acción revolucionaria en los sindicatos, realizada inteligente y sistemáticamente, puede llegar a resultados decisivos en un plazo relativamente corto.

Con esto no queremos decir que el partido revolucionario tenga alguna garantía de que ganará completamente a los sindicatos para la revolución socialista. El problema no es tan simple. El aparato sindical se ha independizado mucho de las masas. La burocracia es capaz de retener sus posiciones hasta mucho tiempo después de que las masas se hayan volcado en su contra. Pero es precisamente esa situación, en que las masas ya son hostiles a la burocracia pero ésta todavía es capaz de tergiversar la opinión de la organización y sabotear nuevas elecciones, la más propicia para la creación de comités de fábrica, consejos obreros y otras organizaciones para las necesidades inmediatas del momento. Incluso en Rusia, donde los sindicatos no tenían ni por asomo la poderosa tradición de los británicos, la Revolución de Octubre tuvo lugar cuando los mencheviques predominaban en la administración de los sindicatos. Aunque habían perdido a las masas, estas administraciones aún podían sabotear las elecciones en los aparatos, si bien ya eran incapaces de sabotear la revolución proletaria.

Es imprescindible preparar desde ya a los obreros avanzados para que se hagan a la idea de crear comités de fábrica y consejos obreros en el momento en que se dé un cambio brusco.

Pero sería totalmente erróneo “jugar” en la práctica con la consigna de consejos fabriles, consolándose con esta “idea” por la falta de un verdadero trabajo y de una real influencia en los sindicatos. Contraponer a los sindicatos existentes la idea abstracta de consejos obreros sería tirarse en contra no sólo a la burocracia sino también a las masas, privándose así de la posibilidad de preparar el terreno para la creación de los consejos obreros.

La Comintern ha ganado no poca experiencia en esto con la creación de sindicatos obedientes, comunistas puros, enfrentó hostilmente a sus secciones con las masas obreras, condenándose a la impotencia total. Esta es una de las causas más importantes del colapso del Partido Comunista Alemán.

Claro que el Partido Comunista Británico, por lo que sé, se opone a la consigna de consejos obreros en las condiciones actuales.

Superficialmente esto podría parecer una apreciación realista de la situación.

En realidad lo que pasa es que rechaza una forma de aventurerismo político y adopta otra, más histérica. La teoría del socialfascismo[3] y su práctica, y el rechazo de la política de frente único crean obstáculos insuperables para el trabajo en los sindicatos, ya que éstos son, por naturaleza, un frente único de hecho de los partidos revolucionarios con los reformistas y las masas sin partido. En tanto el Partido Comunista británico se mostró incapaz, aún después de la tragedia alemana, de aprender nada y de rearmarse, una alianza con él puede llevar a la quiebra incluso al Partido Obrero Independiente ahora que ha entrado en un período de aprendizaje revolucionario.

No cabe duda de que los seudocomunistas mencionarán el último congreso de los sindicatos, que declaró que no puede haber un frente único con los comunistas contra el fascismo.

Sería una locura aceptar esta muestra de sabiduría como veredicto final de la historia. Los burócratas sindicales pueden permitirse estas fórmulas jactanciosas solamente porque no están amenazados inmediatamente por el fascismo o por el comunismo. Cuando la espada del fascismo se alce sobre las cabezas de los sindicatos, si media una política correcta del partido revolucionario, las masas sindicales mostrarán una urgencia irresistible por aliarse con el ala revolucionaria, y arrastrarán con ellas en tal dirección incluso a parte del aparato. Si por el contrario el comunismo se conviertiera en una fuerza decisiva, que amenazara al Consejo General con la pérdida de sus posiciones, honores y rentas, los señores Citrine[4] y Cía. entrarían indudablemente en un bloque con Mosley[5] y Cía. contra los comunistas. Así fue como en agosto de 1917 los mencheviques y los social-revolucionarios rusos rechazaron junto con los bolcheviques al general Kornilov. Dos meses más tarde, en octubre, luchaban hombro a hombro con los kornilovianos contra los bolcheviques. Y en los primeros meses de 1917, cuando todavía eran fuertes, los reformistas se llenaban la boca, igual que Citrine y Cía., con la imposiblidad de hacer alianza con una dictadura, fuera de derecha o de izquierda.

El partido obrero revolucionario debe estar sólidamente unido por una clara comprensión de sus tareas históricas. Esto presupone un programa con bases científicas. Al mismo tiempo debe saber establecer relaciones correctas con la clase. Esto presupone una política de realismo revolucionario, libre tanto de vaguedades oportunistas como de reservas sectarias. Teniendo en cuenta estos dos criterios íntimamente relacionados, el Partido Obrero Independiente debería revisar su relación con la Comintern, al igual que con otras organizaciones y tendencias de la clase obrera. En esto se juega sobre todo la suerte del propio Partido Obrero Independiente.

 



[1] “Tercer Período”. Según el esquema estalinista de la historia, éste era el período final del capitalismo, de su inminente defunción y reemplazo por los soviets. Se caracterizó por la utilización de tácticas ultraizquierdistas y aventureristas por parte de los comunistas.

[2] Profintern. Ver nota 5 en Una discusión necesaria con nuestros camaradas sindicalistas.

[3] Social-fascismo. Una de las invenciones más desastrosas del “tercer período”. Según el dictamen de Stalin, los socialistas y los fascistas no eran antagonistas sino “gemelos”. Los comunistas de todo el mundo llamaban a los partidos y sindicatos socialdemócratas “socialfascistas” y por consiguiente los consideraban un peligro mayor que los verdaderos fascistas. Esto hizo imposible el frente único contra el nazismo y otros movimientos fascistas.

[4] Citrine, Sir Walter (1887-1983). Secretario general del Congreso de Sindicatos británico (l926-1946). En 1935 se le dio el título de Sir por sus servicios al capitalismo británico, y en 1946 se lo hizo baronet.

[5] Mosley, Sir OswaId (1896-1980). Cabeza de la Unión de Fascistas y Nacional Socialistas británicos.



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