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Los intelectuales norteamericanos y la crisis II

George Novack

 

Revista The New International Nº 363, Abril de 1936. Todas las notas al pie fueron hechas para esta traducción. Traducción y notas al pie a cargo de Darío Martini.

 

Los acontecimientos desde la victoria de Hitler, que produjeron profundos cambios en la política mundial y, sobre todo, en los partidos obreros, tuvieron también su repercusión en las filas de los intelectuales norteamericanos. El impacto de estos acontecimientos y las lecciones que se pueden sacar de ellos, impulsaron nuevas fracciones hacia la izquierda y permitieron que otros encuentren su camino hacia una genuina posición revolucionaria. Por otro lado, el avance del fascismo creó un resurgimiento de la fe en las virtudes de la democracia burguesa entre los liberals, y dio lugar a enérgicos esfuerzos de su parte por descubrir nuevos métodos que los ayudaran a preservarse. Hitler y Mussolini tienen algunos de sus admiradores más fuertes en los círculos académicos conservadores, donde la vida intelectual es más débil. Pero en los clubes de las facultades de las universidades, los defensores más descarados de los triunfos de la reacción en Europa son difíciles de encontrar. Esto es, en sí mismo, un testimonio elocuente del carácter regresivo y de la saña anti-intelectual del fascismo y sus fuentes de inspiración y apoyo estrictamente nacionalistas.

I.

Luego de la conquista del poder por parte de Hitler, durante más de un año, la Internacional Comunista continuó con la política que llevó a la ruina a los obreros alemanes. Su punto culminante en los Estados Unidos ocurrió en los disturbios entre socialistas y comunistas en el Madison Square Garden, en febrero de 1934, cuando en una reunión convocada en Nueva York por el Partido Socialista y los sindicatos para demostrar solidaridad con los heroicos socialistas austríacos fue disuelta por los estalinistas, incitados por sus dirigentes para que lleven a cabo “el frente único desde abajo”. En la reunión prevaleció la guerra entre facciones. Los oradores fueron abucheados, volaron trompadas, se arrojaron sillas y hubo muchos heridos, entre ellos Hathaway[1], editor del Daily Worker. Al día siguiente, la pelea se difundió por la radio y en la prensa burguesa. Para los estalinistas fue una actuación totalmente vergonzosa. Ellos, a pesar de las provocaciones de los dirigentes socialistas de la vieja guardia, fueron directamente responsables de los acontecimientos. Este vergonzante incidente sacó a la luz la creciente insatisfacción por parte de una serie de intelectuales radicales con las políticas aventureras de los estalinistas. Veinticinco de ellos, incluidos John Dos Passos, Edmund Wilson, John Chamberlain, James Rorty, Meyer Schapiro, y Clifton Fadiman[2], enviaron una carta abierta de protesta al Partido Comunista. Anclados en premisas revolucionarias, distinguiéndose claramente de las victorias fascistas y la desunión de la clase trabajadora, condenaron la conducta de los estalinistas y la política del “frente único desde abajo” que las provocaron, e hicieron un llamado a la acción conjunta del proletariado en la lucha contra la reacción.
The New Masses tomó sobre sí la carga de la respuesta a estas críticas. En defensa del “frente único desde abajo”, los editores afirmaron: "Si un liderazgo obstruye el natural movimiento de las masas hacia la unidad, parece que hay una única solución: tratar de lanzar a las masas de conjunto, a pesar de los dirigentes saboteadores… Esto es lo que el Partido Comunista trató de hacer en el Madison Square Garden”. Se ridiculizó el derecho de estos intelectuales disidentes de criticar a los dirigentes estalinistas. “Comparen un John Chamberlain con un Bill Foster, un Clifton Fadiman con un Earl Browder[3], y podrán ver lo absurdo de estos literatos, analfabetos políticos convertidos en pedagogos revolucionarios”. Llegaron a la conclusión de que se puede dividir a los disidentes en dos categorías; “el honesto, pero equivocado” y “el escurridizo y estúpido” (es decir; el que todavía es rescatable políticamente y el que es políticamente sospechoso), y exhortaron a Dos Passos en particular, a desvincularse de la “extraña compañía” de estos generales deseosos de ejércitos, estos líderes sin experiencia, sin integridad, estas “mariposas revolucionarias”, etc., etc.
Dos Passos dio por tierra con este intento de tratar de “separar las ovejas de entre las cabras”, al responder que no sólo mantenía su protesta, sino que junto a los otros firmantes señaló que eran las mismas personas con quienes había firmado un llamamiento unos meses antes para apoyar el candidato presidencial comunista. Este acto de protesta dio lugar a la primera ruptura orgánica con el estalinismo sobre una base política entre los intelectuales radicales. Los anti estalinistas que iniciaron la protesta se dividieron en dos grupos, uno ayudó en la formación del Partido de los Trabajadores de América, el otro fue hacia los trotskistas. Más tarde se unirían cuando las dos organizaciones se fusionaron en el Partido de los Trabajadores (Workers Party). Por más que esta ruptura con el estalinismo fue muy importante, las consecuencias resultaron ser un fenómeno aislado. La mayor parte de los intelectuales radicalizados mantuvo sus simpatías con el Partido Comunista. Los éxitos de los estalinistas en la difusión de sus ideas entre los intelectuales de clase media son tan visibles como su incapacidad de ganar el apoyo de ningún sector importante del movimiento sindical. Las políticas de ultraizquierda, rechazadas por muchos trabajadores con conciencia de clase, fueron tragadas con facilidad por estos intelectuales que estaban dispuestos a aceptar las conclusiones más radicales en la teoría, sobre todo porque no tenían la obligación de poner a prueba sus intereses vitales.
El apoyo de muchos de estos compañeros de ruta, se obtuvo tanto sobre una base de carácter cultural como política. Durante este período, los estalinistas reunieron en torno a sí a un movimiento cultural de impresionantes proporciones. Una red nacional de órganos literarios, grupos de teatro y danza y asociaciones profesionales ofrecían a los intelectuales y profesionales simpatizantes la oportunidad de desplegar sus capacidades profesionales, y al mismo tiempo, les daba la sensación de participar de un movimiento radical. En los últimos años, los estalinistas tomaron posesión en puestos de mando en un área tras otra del frente cultural. Resultó ser más fácil asumir el liderazgo en el mundo literario que en el ámbito de los trabajadores organizados. Aunque no es nuestro propósito examinar el carácter de este movimiento y ver el grado de su influencia, es necesario hacer cuatro observaciones sobre el mismo. En primer lugar, el movimiento fue concebido y permeado por el sectarismo más rígido, que no sólo exigía que las obras de arte y sus autores deben ser políticamente ortodoxos, sino que debían ajustarse a las especificaciones establecidas por los expertos oficiales del partido. La línea del partido había de reinar suprema en las artes creativas no menos que en la política, y los voceros del partido exigieron la misma autoridad en ambas. Es interesante observar que esta concepción falsa y antimarxista de la relación entre el partido revolucionario y el movimiento cultural vivo, no fue liquidada junto con el resto de las políticas del Tercer Período. Simplemente cambiaron su forma, conforme a las nuevas exigencias políticas. Mientras que ayer un novelista tenía que ser 150% revolucionario en su punto de vista y en la composición de sus personajes, bajo pena de ser rechazado de plano o estigmatizado como social-fascista, hoy le alcanza con decir una palabra amable sobre la democracia burguesa y palabras duras sobre los fascistas, para ganar elogios. Así, Sinclair Lewis fue transformado milagrosamente, de un escritor liberal pequeño burgués que le dio la espalda a las luchas revolucionarias del proletariado, en un héroe literario del Frente Popular.
En segundo lugar, la principal consecuencia de este sectarismo duro, fue el falso culto del proletariado. Si bien es necesario llevar adelante las ideas del marxismo en oposición crítica a las de los ideólogos burgueses, en todas las esferas de la actividad teórica, esto dista mucho de crear específicamente una nueva cultura de contenido proletario. Las culturas, ricas y complejas, no se crean de un día para otro bajo el mando de ningún partido, son el producto de muchas generaciones que experimentan en los diversos campos de la actividad cultural. A la cultura burguesa le tomó varios siglos desarrollarse y florecer en las artes y las ciencias. Además, la burguesía poseía los medios y el tiempo para crear o fomentar las artes, y tenía una necesidad urgente de que avancen las ciencias para poder utilizarlas.
Previo a la conquista del poder, el proletariado no tiene ni los recursos, ni el tiempo ni la oportunidad de crear una cultura completa propia. No sólo debe tensarse al máximo en sus luchas económicas y políticas, sino que debe enfrentarse a la tarea de asimilar todos los elementos de valor en la cultura de la sociedad burguesa. La idea de la necesidad categórica de que el proletariado moldee su propia cultura para sustituir a la de sus amos, se basa en una falsa analogía con la evolución histórica de la cultura burguesa. Pero hay un error aún más fundamental en la noción de “cultura proletaria”. La misión histórica de la clase obrera es la de establecer el socialismo y la sociedad sin clases, y crear por primera vez en la historia una cultura sin clases, accesible a todos, una cultura verdaderamente humana, que absorberá en sí misma toda la riqueza cultural del pasado. Por lo tanto, la noción de una cultura específicamente proletaria es una contradicción en la teoría, y reaccionaria y utópica en la práctica.
Sus contradicciones se manifestaron en las interminables controversias mantenidas por los intelectuales radicales entre sí y con críticos liberals como Henry Hazlitt y Joseph Wood Krutch[4], sobre la interpretación que debe darse al concepto de la literatura “proletaria”. ¿Significaba esto la literatura escrita por un proletario, sobre los proletarios, o alrededor de los proletarios? ¿O significaba la literatura escrita en función del punto de vista revolucionario? En sus debates, los estalinistas se movían incómodos desde un punto a otro, sin llegar a ninguna conclusión. En la práctica, la utilizaban para adaptarla según los fines particulares del momento. El culto del proletariado no sólo era responsable de la controversia estéril en los círculos literarios y de la avanzada confusión teórica en la mente de los intelectuales radicales. También tuvo efectos desastrosos sobre el desarrollo artístico de muchos escritores y artistas nuevos en el movimiento revolucionario. En lugar de ampliar sus simpatías e intereses con el fin de incluir las vidas y luchas de la clase obrera, las redujo al exigir que su atención se concentre exclusivamente en ellos. Aún más, los sumos sacerdotes dieron instrucciones a sus acólitos sobre los temas a elegir, qué tipo de tratamiento se les debería dar, e incluso qué tipo de final debían tener. Las obras que no se ajustaban a las especificaciones se pusieron como ejemplo de lo considerado como horrible o simplemente se tiraron a la basura. Este reino del terror en el terreno cultural paralizó a muchos talentos prometedores y los condujo a un callejón sin salida.
Aunque el culto del proletariado no ha sido rechazado oficialmente, fue forzado a un segundo plano. Es incompatible con la nueva línea que trata de ocultar todas las divisiones de clase y explota las tradiciones nacionales de libertad, justicia, etc. etc. El simposio sobre “El marxismo y el americanismo” en el último número de la Partisan Review y The Anvil[5] (El yunque) es un indicativo de la nueva tendencia. Ninguno de los contribuyentes, que incluyen algunos de los más prominentes intelectuales estalinistas, aborda la cuestión desde la clase o desde el marxismo. La tendencia, tanto aquí como en el ámbito político, es a saltearse los antagonismos fundamentales de clase sumergiendo el rojo en el azul, rojo y blanco[6].
En tercer lugar, a pesar de la magnitud de este movimiento, hasta ahora ha sido restringido casi exclusivamente al terreno de las artes. La esfera de las ciencias sociales, la filosofía, la historia, la economía política, etc., que deberían ser el campo predilecto de los teóricos marxistas, no se tocó para nada. Esta es una manifestación del nivel teórico extremadamente bajo en los que se viene desarrollando el movimiento. 
En cuarto lugar, el predominio estalinista en el terreno cultural es cuantitativo, apenas cualitativo. Muchos de los pensadores más radicales que son figuras literarias, Dos Passos, Louis Adamic[7], Anita Brenner[8], etc., ya no son títeres estalinistas. El historiador radical más capaz, Louis M. Hacker[9], los filósofos marxistas más destacados, Sidney Hook, James Burnham y Jerome Rosenthal[10], son anti estalinistas. La nueva orientación que ahora tienen los estalinistas, les permitió lograr mayores avances entre los intelectuales de izquierda y los profesionales. Pero se están comenzando a observar los signos de rechazo más reflexivo y en mayor número entre los mismos.

II.

Mientras los intelectuales radicales constituyen el elemento más activo en la vida intelectual contemporánea norteamericana son, en el mejor de los casos, una minoría activa dentro de ella. La mayoría de los intelectuales estadounidenses siguen siendo liberals por convicción, por más interesados que puedan estar en las ideas radicales. Los importantes cambios que tuvieron lugar entre los intelectuales liberals, son por lo tanto de mucha mayor importancia y relevancia que los ocurridos entre los intelectuales radicales.
El avance del fascismo y la amenaza de una nueva guerra mundial alteraron profundamente a los liberals norteamericanos. Tienen pesadillas en las que ven un Führer fascista en cada demagogo que capta la atención de las masas. Con sólo echarle un vistazo a la última novela de Sinclair Lewis It Can't Happen Here o las páginas del New Masses, encontramos las fantasmagóricas reflexiones que el fascismo suscitó en la imaginación de esta gente. La fe simplona que mantuvieron los liberals en el pasado sobre la omnipotencia de la democracia burguesa y su gradual transformación en una sociedad perfecta, fue sacudida. A medida que la lucha de clases empieza a ejercer presión sobre ellos, tanto desde la derecha como desde la izquierda, la vanguardia liberal despierta de su letargo.
El último libro de John Dewey, Liberalism and Social Action[11], indica hasta qué punto algunos dirigentes del liberalismo norteamericano fueron empujados por el miedo a la reacción. Dewey, en su santuario, todavía adora a la democracia burguesa. Aún condena a los marxistas por su “dogmática” creencia en la función de la fuerza como un instrumento de “cambio social”, y opone a la fuerza organizada de la clase obrera, la abstracción de la “inteligencia socialmente organizada” presumiblemente materializada en un partido reformista de la clase media. Pero su fe en los antiguos dioses está empezando a debilitarse. Reconoce explícitamente que la fuerza es uno de los pilares del orden social existente, y entonces va a conceder, al menos, el derecho de “una mayoría organizada a emplear la fuerza para someter y desarmar a una minoría recalcitrante”. “La única excepción -más aparente que real- de depender de la inteligencia organizada como el método para dirigir el cambio social, se encuentra en que la sociedad organizada a través de una mayoría entró en el camino de la experimentación social que conduce a un gran cambio social, y que una minoría se niega a permitir, por la fuerza, que el método de la acción inteligente entre en vigor. Por eso, la fuerza puede ser empleada de forma inteligente para desarmar y someter a la recalcitrante minoría” (Página 87).
El rechazo dogmático de la idea de que el uso de la fuerza nunca puede ser “inteligente” o progresivo, ha sido hasta ahora el sello distintivo de los liberals norteamericanos. Correctamente interpretadas, las observaciones generales de Dewey contribuyen y mucho, al justificar la posición marxista de la función histórica de la fuerza organizada. El partido revolucionario, es “la inteligencia organizada” y la voluntad de la clase obrera, no piden nada más que el derecho de emplear la fuerza de manera inteligente “para someter y desarmar a la minoría recalcitrante” de los explotadores y sus agentes, que inevitablemente se oponen a “la mayoría organizada de las personas que entraron en el camino de la experimentación social que conduce a un gran cambio social”.
La historia política de Dewey, junto con su afirmación de que “la excepción es más aparente que real”, indican que en la práctica, nunca va a avanzar más allá de la perspectiva liberal.
Pero al admitir que la fuerza, en determinadas circunstancias, puede desempeñar un papel progresivo, abre una brecha teórica en el liberalismo tradicional, a través de la cual otros pueden hacer su camino hacia una posición revolucionaria. El fermento entre los liberals estadounidenses, creado por el temor al fascismo, presenta a los revolucionarios estadounidenses la gran oportunidad de intervenir y atraer importantes capas de las clases medias, y en especial, a las mejores mentes de formación profesional e intelectual, hacia el movimiento revolucionario. Si Dewey, a sus setenta y tantos años puede abrir una brecha, ¡Cuánto podemos hacer con las generaciones más jóvenes! El camino hacia el movimiento revolucionario por parte de estos elementos se ve impedido, sin embargo, por dos tipos de intelectuales, animados asiduamente por el estalinismo. Estos son los “estalinista liberals” y los partidarios del “Frente Popular”. El liberal “estalinista” puede ser caracterizado brevemente como alguien que sostiene que, a pesar de que la dictadura del proletariado es excelente para los rusos ignorantes, la iluminada democracia de Estados Unidos no necesita nada de eso. El Sr. y la Sra. Webb[12], cuyo reciente tratado, Soviet Communism: A new Civilization? es la sensación actual entre los liberals entendidos, son perfectos ejemplos de este tipo. Stalin mismo dio su bendición a estas personas, en su declaración a Roy Howard[13] sobre que: “la democracia norteamericana y el sistema soviético pueden existir y competir con toda tranquilidad, pero uno nunca puede convertirse en el otro. La democracia soviética nunca se convertirá en la democracia estadounidense, o viceversa”. Organizaciones como “Los Amigos de la Unión Soviética” son reclutadas de las filas de estos liberals. Hoy sin duda es mucho más meritorio ser amigo del primer Estado obrero que de Hearst[14]. No obstante, hay que reconocer que hoy no es difícil ser un amigo de la Unión Soviética en los Estados Unidos, especialmente para aquellos que no toman ninguna responsabilidad política por sus acciones. Incluso hasta el presidente Roosevelt, que tiene la responsabilidad de llevar a cabo las políticas del imperialismo norteamericano, es hoy, a su manera, un declarado “amigo de la Unión Soviética” y envía saludos de cumpleaños de Kalinin[15].
Nadie puede decir de antemano qué tan leales serán los amigos de la Unión Soviética en circunstancias más peligrosas. Pero sí sabemos esto: una cosa es ser un amigo de la burocracia estalinista y otra muy distinta ser un verdadero amigo de la Unión Soviética; al igual que una cosa es admirar los logros de una revolución victoriosa desde una distancia segura, y otra, muy distinta, es ser un activo revolucionario. Hay una gran diferencia entre aquellos que simplemente alaban a la Revolución de Octubre de hace dieciocho años y los que saben que, para mantener estas conquistas, es absolutamente necesario llevarlas adelante en todo el mundo. Sin embargo, los liberals estalinistas no hacen ninguna distinción entre la defensa de la revolución soviética y la defensa de los explotadores estalinistas de esta revolución contra las críticas de revolucionarios decididos. Se comprometen a defender no sólo a la Unión Soviética en contra de sus verdaderos enemigos en el campo reaccionario, sino también a la burocracia estalinista contra sus opositores políticos, los trotskistas.
Aleccionan a los trotskistas sobre la correcta actitud que deben tener hacia el actual régimen en la URSS; condenándolos por ser “poco realistas”, “sectarios” y “agitadores”, y algunos incluso se hacen eco de la monstruosa acusación estalinista de que los trotskistas son “la vanguardia contrarrevolucionaria de la burguesía”. Estos apologistas del estalinismo, afectos a desdeñar muy a menudo a la política como si se tratase de un negocio sucio, juegan, de hecho, la más despreciable de todas las funciones políticas al consentir los crímenes cometidos por los estalinistas contra los intereses del proletariado mundial.
Consideremos, por ejemplo, el papel que jugaron estas personas en el asesinato de Kirov. El camarada Trotsky dedicó un artículo en una reciente edición de esta revista a los débiles esfuerzos que en este sentido hiciera Romain Rolland[16] para encubrir los crímenes de los estalinistas. Podríamos intercambiar decenas de Olivers norteamericanos por los Rollands de Francia. ¿Acaso The New Republic no publicó una editorial lavándole la cara a las represalias de la burocracia contra los revolucionarios, el fusilamiento de decenas de trabajadores y los comunistas sin juicio, y el castigo a Zinoviev y Kamenev, basándose en que “los rusos” estaban acostumbrados a utilizar métodos violentos en esta materia y que no debían ser juzgados de acuerdo a las ilustradas normas occidentales? El uso de esta doble moral es característica de los métodos de los liberals estalinistas para encubrir a la burocracia soviética contra las críticas de los marxistas, con la idea errónea de que así están protegiendo a la Unión Soviética contra sus enemigos. El “liberal estalinista” que solía ser el obstáculo más serio para el desarrollo revolucionario de los intelectuales liberals, está cediendo paso a los que proponen el “Frente Popular”. El carácter pequeño-burgués y reformista de la nueva línea estalinista se demuestra por la prontitud con que el órgano más avanzado de la opinión liberal se apoderó de ella. En el número del 8 de enero de The New Republic aparece una ferviente súplica por “Un Frente Popular para Norteamerica”. La editorial pide que socialistas y comunistas olviden sus diferencias políticas; curen sus viejos antagonismos y que se unan con todos los hombres de buena voluntad para formar un frente anti fascista en este país basado en el modelo francés. El simple requisito para obtener un lugar en este colectivo político, es profesar una oposición política contra el fascismo. “Nos parece que, bajo estas circunstancias, tan sólo un requisito es válido para los posibles adherentes al frente único: ¿están a favor o en contra del fascismo? (ya sea con ese o algún otro nombre) Es suficiente con estar en contra de mantener o subir los precios a expensas de los salarios, en contra de la supresión de los sindicatos, o en contra del militarismo en las aulas. Es mejor ganar con la ayuda de algunas personas que no nos gustan, que perder y estar todos bajo el férreo control de aquellos que nos desagradan muchísimo más. Cualesquiera que hayan sido los motivos subyacentes del famoso discurso de Stalin en Moscú, lo que dijo es cierto si se aplica a Norteamérica hoy: “contra un enemigo común, necesitamos un ejército común”. Este llamamiento a un Frente Popular se basa en tres supuestos. En primer lugar, que el fascismo hoy es el principal peligro que amenaza al pueblo estadounidense. En segundo lugar, que las naciones fascistas son belicosas, mientras que las naciones democráticas son pacíficas; y en tercer lugar; que la manera de evitar el fascismo es mediante el alistamiento de todas las clases en un frente común contra la reacción. Las tres proposiciones son falsas hasta la médula, pero son elementos esenciales del programa social-patriótico del estalinismo que sólo sirven para vendarle los ojos al pueblo estadounidense sobre los peligros reales que le acechan.
No podemos entrar aquí en una prolongada discusión sobre el Frente Popular. Por más providenciales y plausibles que puedan parecer y que sean sus pretensiones, todas las enseñanzas del marxismo nos demuestran que es una trampa y un engaño. Tanto la guerra como el fascismo provienen de la crisis mundial del capitalismo, y la lucha contra ellos es inseparable de la lucha revolucionaria por el derrocamiento del sistema social actual. La teoría del Frente Popular, sin embargo, se basa en una negación de la lucha de clases y en la negación de la necesidad de la revolución proletaria. En lugar de evitar al fascismo o la guerra, la política del Frente Popular sólo puede allanarle el camino para su avance. Toda la experiencia histórica es testigo de este hecho. Esta última panacea importada desde Moscú y presentada como una garantía para alejar los males constitutivos del capitalismo, no es nada nueva. En la forma de una alianza con el Kuomintang y Chiang Kai-shek, condujo a la decapitación de la revolución china y al triunfo de la reacción en ese país en 1927, en la forma del Frente de Hierro contra Hitler, llevó al desastre a los trabajadores alemanes en 1933. La misma suerte le espera al proletariado francés y español, si los dirigentes socialistas y estalinistas siguen con el mismo y amargo juego hasta el final. Los liberals estadounidenses utilizan hoy los mismos argumentos a favor del Frente Popular que ya utilizaron a favor del New Deal. La división entre ellos y los estalinistas en la tarea de propagar estas doctrinas mortales, hacen que hoy resulte más necesario que nunca dar a conocer su verdadera naturaleza y los peligros que de ellos se derivan.

III

Desde 1921, el Partido Socialista se mantiene en un estado de esterilidad intelectual. Con insignificantes excepciones, no ejerció mayor influencia sobre el activo movimiento cultural ni atrajo ningún grupo importante de intelectuales radicales bajo su bandera. La vieja guardia, obsesionada por la sola idea de la lucha contra las ideas y la influencia de los comunistas, dejó a un lado toda investigación teórica, y se contentó con auto-admirar su propia obra y a la propia concepción socialdemócrata que había absorbido en su juventud. Las experiencias que agitaron al mundo con la revolución rusa y los acontecimientos posteriores, no hicieron la menor mella en su conciencia. Los débiles parpadeos de vida intelectual que aparecen aquí y allá, dentro de los círculos socialistas más allá de los recintos de la Rand School[17] fueron alimentados por los doctrinarios como Laidler[18], que simplemente regurgitaban para consumo estadounidense los tópicos del fabianismo inglés. Con los cambios que tuvieron lugar recientemente en el Partido Socialista, sin duda habrá una tendencia hacia la cual los intelectuales radicales se verán atraídos. Sin embargo, la debilidad teórica del Partido Socialista, la ausencia de una pujante vida intelectual y la falta de un aparato cultural similar al de los estalinistas, disminuye su poder de atracción definitivamente. Una de las principales tareas de la izquierda en el Partido Socialista debe ser la promoción sistemática del trabajo teórico con el fin de elevar el nivel teórico del partido; acercar a los intelectuales radicales que rompieron con el estalinismo, y que, por lo tanto, se preparan para luchar contra las falsas ideas del estalinismo en lo cultural, como así también en el frente político.

George Novack



[1] Clarence A. Hathaway (1892-1962). Era un tallador y dibujante. Miembro del Comité Central del Partido Comunista, a partir de 1934 se hizo cargo de la edición del Daily Worker (principal periódico del PC norteamericano). Fue dado de baja de ese puesto por ser considerado “blando” frente al pacto Hitler-Stalin en 1939.
[2] John Dos Passos (1896-1970) Escritor estadounidense de renombre. PUblicó su primera novela en 1920. Su novela de 1925 sobre la vida en Nueva York, titulada Manhattan Transfer, fue un éxito comercial e introdujo técnicas experimentales (stream-of-consciousness). Ya en ese entonces se consideraba como un revolucionario social. Escribió con admiración sobre los Wobblies (IWW) y la injusticia de las condenas penales a Sacco y Vanzetti, y se unió a otras personalidades destacadas en Estados Unidos y Europa en una fallida campaña para revocar sus sentencias de muerte. En 1928, Dos Passos pasó varios meses en Rusia. En 1935 rompió con la Liga de Escritores Norteamericanos, impulsada por el PC. En 1937, regresó a España con Hemingway durante la Guerra Civil española. Dos Passos rompió con Hemingway por la actitud displicente de este último hacia la propaganda estalinista, incluyendo el encubrimiento de la responsabilidad soviética en el asesinato de José Robles, amigo de Dos Passos y traductor de sus obras al español. Entre sus principales obras figuran la mencionada Manhattan Transfer (1925) Facing the Chair (1927) Orient Express (1927) La trilogía U.S.A. (1938) incluye The 42nd Parallel (1930) Nineteen Nineteen (1932) The Big Money (1936). Meyer Schapiro (1904-1996) Historiador estadounidense, conocido por forjar nuevas metodologías que incorporan un enfoque interdisciplinario para el estudio de las obras de arte. Experto en el arte durante los períodos del cristianismo primitivo, medieval y moderno, Schapiro exploró el arte desde una mirada materialista histórica. Clifton Fadiman (1904 -1999) Autor norteamericano, y personalidad de la radio y la televisión. 
[3] William Z. Foster (1881-1961) Fue Secretario General del Partido Comunista de los EE.UU a comienzos de los años ´30. Comenzó su carrera política organizando sindicatos en la industria frigorífica. Pasó por el Partido Socialista de América y por los IWW, y dirigió una enorme huelga del acero en 1919. Foster murió en Moscú en 1961. Earl Browder Russell (1891-1973) Comunista norteamericano y Secretario General del Partido Comunista de los EE.UU. desde 1934 hasta 1945. 
[4] Henry Hazlitt (1894 -1993) Economista y periodista norteamericano. Publicaba reseñas y artículos en The Wall Street Journal, The New York Times, Newsweek y The American Mercury, entre otras publicaciones. Se le atribuye haber introducido la Escuela Austriaca de economía norteamerica. Era amigo personal de Max Eastman. Joseph Wood Krutch (1893-1970) Fue un renombrado escritor, crítico estadounidense.
[5] Partisan Review Era una publicación política y trimestral literaria publicada desde 1934 hasta el año 2003. De orientación social demócrata, se presentaba como alternativa frente a New Masses, la publicación teórica del Partido Comunista de Estados Unidos. The Anvil (El yunque) era una revista de “literatura proletaria” editada durante los años ´30 por Jack Conroy (1898-1990).
[6] Del rojo del estandarte comunista a los colores de la bandera norteamericana. (N.deT.).
[7] Louis Adamic (1899-1951) Autor esloveno-norteamericano y traductor. Todos los escritos de Adamic se basan en sus experiencias laborales en Estados Unidos y su vida anterior en Eslovenia. Alcanzó reconocimiento nacional en Norteamérica en 1934 con su libro The Native’s return, que fue un bestseller dirigido contra el régimen del rey Alejandro de Yugoslavia. Este libro les dio a muchos estadounidenses un conocimiento de primera mano sobre la situación en los Balcanes. 
[8] Anita Brenner (1905-1974) Autora de literatura infantil y de libros sobre arte e historia mexicana. Nació en Aguascalientes, México. Su familia se trasladó a Texas durante la revolución mexicana. Regresó a México a la edad de 18 años. Después de cuatro años en la Ciudad de México, en 1927 marchó a la Universidad de Columbia. Se quedó en Nueva York durante 17 años, regresando a la ciudad de México en 1940, donde viviría hasta su muerte. 
[9] Louis Morton Hacker (1899-1987) Historiador norteamericano. Charles A. Beard fue su mentor en la Universidad de Columbia. A principios de la década de 1930, Hacker sobresalió como un erudito marxista, y sus contemporáneos en el mundo académico lo consideraban un experto en historia norteamericana. Publicó críticas mordaces de Frederick Jackson Turner y la escuela turneriana, así como numerosas críticas hacia el New Deal. Rechazó los esfuerzos de los estudiosos de finales del siglo XIX por descubrir una "objetividad" histórica y prefirió examinar el pasado teniendo en cuenta las problemáticas actuales. Fue también un activista político. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Hacker se transformaría en conservador.
[10] Burnham, James (1890-1974) Fue un activista radical y un importante propagandista de las luchas obreras en la década de 1930. Se convirtió en el dirigente de la fracción pequeño burguesa en el Socialist Workers Party, con el cual rompió en 1940. Luego de abandonar el SWP, adoptó un curso a la derecha, convirtiéndose en un rabioso anticomunista y editor de la revista de derecha National Review. Jerome Rosenthal (¿?) era discípulo de Sidney Hook.
[11] Liberalismo y acción social. (N.deT.).
[12] Sidney James Webb (1859–1947) Político socialista británico. Martha Beatrice Potter Webb (1858-1943) Socióloga y reformadora social inglesa. Reformistas fabianos a lo largo de sus carreras políticas, durante sus últimos años los esposos Webb escribieron en defensa de la Unión Soviética.
[13] Roy Howard (1883-1964) Periodista y editor norteamericano. En 1936, Howard entrevistó a Stalin en el Kremlin, para darse cuenta de que al día siguiente de que su historia había sido "editada" por las autoridades del Kremlin. Sin embargo, cuando Stalin vio el original, ordenó restaurar la versión de Howard.
[14] William Randolph Hearst (1863-1951) fue un periodista, magnate de la prensa estadounidense y además inventor y promotor de la llamada prensa amarilla o sensacionalista. Su vida y su perfil personal fue reflejada (bajo un nombre ficticio) en la película Cityzen Kane (Ciudadano Kane) de Orson Welles.
[15] Mijaíl Ivánovich Kalinin (1875-1946) Bolchevique de la vieja guardia. Se desempeñó como presidente del Presidium del Soviet de la URSS entre 1937 y 1946. 
[16] Romain Rolland (1866-1944). Escritor francés. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1915.
[17] La Escuela Rand de Ciencias Sociales (Rand School of Social Science) fue formada en 1906 en Nueva York por los adherentes del Partido Socialista de América. La escuela tuvo como objetivo proporcionar una amplia formación a los trabajadores, impartiendo clases sobre política y sobre conciencia de clase. Poseía un centro de estudios, una editorial, y coordinaba un campamento de verano para socialistas y activistas sindicales. La escuela cambió su nombre por el Instituto y biblioteca “Tamiment”. Su colección se convirtió en un componente clave de la biblioteca Tamiment y los Archivos Robert F. Wagner en la Biblioteca de la Universidad de Nueva York en 1963, siendo este desde entonces, el principal archivo histórico de la izquierda norteamericana.
[18] Harry Wellington Laidler (1884 - 1970) Socialista estadounidense, escritor, editor y político. 



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