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Los intelectuales, la crisis del ’30 y los trotskistas norteamericanos

por Victoria Bosch

Este texto, basándonos en el Cuaderno del CEIP Nº 14, intenta mostrar sucintamente el desarrollo de la intelectualidad norteamericana durante los ’30, su relación con la izquierda y su visión de la URSS, así como la política que concibieron los trotskistas en la formación de la comisión Dewey alrededor de este sector. Una primera parte mostrará como la crisis del ‘30 golpeó sobre intelectuales, cuestionando profundamente sus concepciones sobre el capitalismo y la democracia norteamericana, y a partir de allí la relación que establecen con la izquierda, con el estalinismo y luego las presiones del gobierno del New Deal sobre este fenómeno. Posteriormente mostraremos como a mediados de la década, los trotskistas norteamericanos buscaron, alrededor de la defensa de Trotsky, reorganizar un sector de la intelectualidad en torno al llamando a luchar por el derecho a obtener su asilo político y su defensa y la de sus ideas frente a las calumnias estalinistas.

La relación de los intelectuales con la URSS tras la crisis del ‘30

En el crack del ‘29, un jueves negro de octubre la fortaleza del capitalismo norteamericano fue barrida con una furia sin precedentes. Fue tan rápida y violenta la caída que terminó por llevarse en su desmoronamiento también todas las ilusiones en la prosperidad, como condición normal, del estilo de vida y del desarrollo burgués de Norteamérica. Esta situación afectó a todas las clases sociales y a todos sus estratos, los intelectuales no fueron la excepción, y terminó por dispersarlos en varias direcciones.

Un sector importante de la intelectualidad se volcó hacia la derecha, con la elaboración de nuevas y la recuperación de viejas teorías reaccionarias. De las grandes universidades del Este, una parte de la juventud se refugió en las antiguas religiones ortodoxas. Se acusó a las ideas de la revolución francesa y de la norteamericana como culpables de todos los males que acechaban a la sociedad. Incluso hubo quienes abrazaron ideas de tipo fascista, llegando a idear la necesidad de una monarquía en EE. UU.

Los liberals fueron los más golpeados, su fe inquebrantable en la democracia norteamericana y su modo de vida capitalista fue inevitablemente abatida. El comienzo de la crisis coincidió con el desarrollo del primer plan Quinquenal en la URSS, lo que estableció un punto de ruptura con su concepción de las relaciones entre el capitalismo y el surgimiento del primer Estado Obrero. Su creencia en la supremacía del capitalismo norteamericano, que había sido su principal argumento contra el socialismo, ahora se veía refutada ya que mientras avanzaba la construcción soviética, las perspectivas del futuro de las masas en EE. UU. eran más sombrías que nunca. La revista The New Republic fue la expresión más clara de este sector durante toda la década, que de bregar por la aproximación gradual y natural hacia el socialismo, su fundador Herbert Croly[1] llegó a plantear la necesidad de ser una minoría militante por alcanzar el socialismo “aquí y ahora”. Como dice G. Novack, esto mostraba que “un sector de los liberales de izquierda empezaba a romper con el reformismo y miraba hacia el socialismo”[2]. Fue Wilson[3], miembro de esta revista quien se acerco, junto a un grupo de intelectuales, al AWP (American Workers Party), dirigido por J. Muste (grupo que luego se unirían con los trotskistas). Fue también un grupo de economistas de esta revista que puso sus esperanzas, tomando como ejemplo a la URSS, en una renovación del capitalismo norteamericano, a través de la planificación nacional. John Dewey[4] como parte de este sector, llamó a la construcción de un tercer partido, desilusionado con el bipartidismo de EE. UU. Este hervidero de ideas germinó hasta la campaña electoral de 1932.

El establecimiento del gobierno de Roosevelt, la implementación del New Deal, significó un gran movimiento de la burguesía para desviar las tendencias más radicales del movimiento de masas. Y fue esta política la que apartó la marcha hacia la izquierda de los intelectuales liberals. Como dice Novack: “Su fe inquebrantable en la vitalidad del capitalismo estadounidense fue reanimada cuando oyeron al escudero de Hyde Park afirmar que el corazón del Nuevo Trato latía por “el hombre olvidado”. ¿Los intelectuales no estaban también entre los “hombres olvidados”?”[5].

Roosevelt se rodeo de un importante sector de intelectuales, llamados los “newdealers”. Además el gobierno comenzó a convocar a ejecutivos para formar parte de las nuevas dependencias estatales que había establecido el New Deal, esto provocó un enorme desembarco de los liberals en el gobierno, como explica Novack: “para los idealistas era una invitación irresistible a participar en la reconfiguración de la sociedad estadounidense, para los carreristas y arribistas, era la oportunidad de conseguir cubículos en el gobierno. Hasta los liberals menos dóciles fueron seducidos al menos por un tiempo por el canto de sirena del New Deal”[6].

Los radicals

Otro sector que va a seguir un camino más profundo van a ser los radicals, quienes en su giro a izquierda, pasan por delante al Partido Socialista, y se sumergen directamente entre las filas comunistas. El pasaje hacia las ideas del marxismo, al ser en forma tan vertiginosa, se realizó con muchas contradicciones. Por un lado comprendieron las ideas de Marx en una forma bastante esquemática; un verdadero partido revolucionario les hubiera ayudado a llevar adelante esta fase, pero como los estalinistas habían tomado de rehén las banderas de octubre y del leninismo, esto fue realizado a su manera, transformándolo en un verdadero desastre. Muy pocos de estos intelectuales tenía tradición en el marxismo o en la historia del movimiento revolucionario, sin embargo, se consideraron rápidamente revolucionarios y autoridades del marxismo. Sin sentido común se dedicaron a aplicar las herramientas intelectuales y una deformación del marxismo a todo lo que se les ponía delante, “desde la historia de la música hasta las fluctuaciones del mercado de valores”[7].

Durante la fase del tercer período, los estalinistas llevaron a los intelectuales a adscribir a las ideas ultra-izquierdistas de su giro de 1929 a 1934. La mayoría de los radicales confundieron esta política con la política revolucionaria. Cuando estos sectores se acercaron al PC, le aportaron una nueva cantidad de miembros al partido y un aumento de sus finanzas, pero al mismo tiempo para la dirección se transformó en un sector “sospechoso”, ya que comenzaron a cuestionar las líneas políticas, a plantear dudas y críticas. El estalinismo en vez de abrir un debate fraternal y un intercambio revolucionario con estos sectores, decidió mantenerlos en un segundo círculo alrededor del partido, impidiendo su intervención en los asuntos “políticos”.

Antes del establecimiento del New Deal, fueron muy activos en su militancia entre los trabajadores, se solidarizaron con los mineros de Harlan en 1931, que luego del enfrentamiento con un grupo de vigilantes contratados (con el saldo de un minero y tres vigilantes muertos), fueron llevados a juicio 44 trabajadores. Fueron partícipes de las manifestaciones de desocupados y de los veteranos de la primera guerra mundial, y propagandizaron todos los conflictos obreros a través de la prensa liberal y comunista. También organizaron la “Liga de los Grupos Profesionales de Foster y Ford”, que reunió a medio centenar de escritores, artistas, profesores y profesionales, editando un folleto “La Cultura y la Crisis”, que llamaba a unirse a la lucha revolucionaria contra el capitalismo bajo las banderas del PC. Este folleto estuvo basado en la línea sectaria del tercer período del estalinismo, muchos de los que firmaron esta plataforma abandonaron el partido luego de su viraje hacia la política de frente popular y de cierto respaldo al gobierno de Roosevelt, otros se adaptaron a seguir acríticamente las líneas de la dirección; un sector, como Sidney Hook[8] y James Rorty[9], se acercaron al AWP (American Workers Party), contra la línea del socialfacismo y por la defensa del frente único para enfrentar al fascismo en Alemania. Luego del ascenso del fascismo, 25 intelectuales entre los que figuraban John Dos Passos[10], enviaron una carta de protesta por la política del PC, de negarse a conformar un Frente Único con el PS, para evitar esta perspectiva. John Dos Passos terminó conformando la primera ruptura orgánica con el estalinismo.

Durante todo este proceso de cambio en la mentalidad de los intelectuales, los que ingresaron al partido comunista establecieron una actitud de pasiva obediencia, como explica Novack: “Se convirtieron en víctimas de su propia ignorancia, la inexperiencia y la superstición. A falta de educación política, estaban dispuestos a conceder crédito casi ilimitado al reconocido liderazgo revolucionario”[11] . Así fueron educados en la obediencia al mandato estalinista, y en vez de formar posiciones propias se avergonzaron de ser intelectuales, llamándose a sí mismos “trabajadores intelectuales” y como dice Novack: “Los intelectuales que abandonan sus esfuerzos críticos en cualquier campo del intelecto, se desintegran rápidamente”[12]. De este modo en vez de sostenerse a sí mismos arribando al territorio del marxismo, siguieron ciegamente las directivas del PC, y perdieron toda posibilidad de formarse como verdaderos intelectuales orgánicos de la clase obrera. Ni un solo teórico importante se destacó entre esta camada, ninguno pudo agregar valor al conocimiento de la teoría marxista. “O mutilaron y depreciaron su talento intelectual, ofreciéndolo en sacrificio al altar del estalinismo, o se sumieron en la rutina organizacional”[13].

El giro del estalinismo al Frente Popular

Cuando el estalinismo gira hacia la política del Frente Popular empalma con varios sectores de los liberals. Por un lado hay un sector que reconocen el avance de la URSS pero que veían que la dictadura con sus rasgos burocráticos y bonapartistas, una forma de gobierno para los países atrasados e ignorantes como Rusia, que la democracia norteamericana no necesita de esta perspectiva. La organización “Los amigos de la Unión Soviética” se nutrió de estas filas, la misma no implicaba ningún compromiso político serio para defensa de la URSS, tal es así que el mismo Stalin declaraba: “la democracia norteamericana y el sistema soviético pueden existir y competir con toda tranquilidad, pero uno nunca puede convertirse en el otro. La democracia soviética nunca se convertirá en la democracia norteamericana, y viceversa”[14]. Es decir su defensa no implicaba la lucha por la perspectiva revolucionaria en la propia Norteamérica, ni siquiera una defensa activa del Estado Obrero, y terminaba siendo un apoyo, en su “amistad”, a la burocracia estalinista que minaba las bases de la dictadura proletaria, consintiendo incluso con los crímenes cometidos por los estalinistas, los juicios de Moscú, y el aniquilamiento de la vanguardia revolucionaria en las filas de la oposición de izquierda. The New Republic publica un artículo planteando que “los rusos” estaban acostumbrados a utilizar métodos violentos y que no debían ser juzgados por las normas de occidente. Como dice Trotsky: “su ‘amistad’ con Moscú ha significado la reconciliación del liberalismo burgués con la burocracia que había estrangulado la revolución de Octubre”[15]. Al mismo tiempo esta revista llamaba a conformar un frente popular en EE. UU., bajo una sola consigna: la oposición de todas las clases contra el fascismo. Se basaban en tres falsos supuestos: que el fascismo era un peligro inminente en EE. UU., que las naciones fascistas eran más guerreras que las democráticas y por último que para evitar el fascismo era necesario conformar un frente común de todas las clases contra la reacción, negando los peligros reales, y diluyendo la lucha de clases detrás de esta falsa perspectiva.

Los trotskistas norteamericanos la relación con los intelectuales y la defensa de Trotsky

Trotsky y Dewey.
La formación del Comité para la Defensa de León Trotsky

Alrededor de la defensa de Trotsky, a partir de 1936, los trotskistas norteamericanos empiezan a actuar sobre un sector de la intelectualidad, buscando empalmar y recuperar la tradición de este sector por la defensa de los derechos civiles, como explicaba Sidney Hook : “el comité no hacía más que retomar la tradición liberal norteamericana de la defensa de grandes causas judiciales, que había dado nacimiento al comité por la Defensa de Sacco y Vanzetti, y al Comité por la Defensa de Tom Mooney”[16]. De este modo en una situación de extrema debilidad, y con el estalinismo avanzando en sus aspectos más sanguinarios sobre la vanguardia revolucionaria, los trotskistas logran movilizar un importante apoyo para la defensa de su líder y de este modo también, la defensa de las ideas de la revolución.

Fue así que en 1936 se conforma el Comité para la Defensa de León Trotsky, que tenía como objetivo conseguir su asilo en EEUU, y formar una comisión provisoria por su defensa. Su llamado estuvo a cargo de Dewey y de importantes periodistas. El filósofo Sidney Hook y el periodista Herbert Solow[17] estuvieron al frente del mismo y de la recolección de firmas, ambos estuvieron muy ligados al trotskismo aunque nunca fueron militantes plenos. Este comité agrupó a unos cuarenta miembros. Su buró estaba compuesto por Suzanne LaFollette, James Rorty, J. Burham[18], Sidney Hook y T. Farrell. Suzanne LaFollette, era una periodista crítica e independiente de arte, que colaboró en The Freeman y The New Freeman. No era marxista pero siempre estuvo ligada a la defensa de los derechos políticos y civiles, fue parte de la actividad del Comité de Defensa por Prisioneros Políticos hasta su renuncia en 1935. Las tareas administrativas las llevaban adelante dos militantes trotskistas: Pearl Kluger[19] y Viola Robinson[20]. La organización en las sombras estuvo a cargo de Herbert Solow, Harold Isaacs[21] y Elliot Cohen[22]. Entre las primeras firmas estaba la de Freda Kirchwey[23], redactora de The Nation, fue en este momento que se publica en la revista una editorial poniendo en duda la veracidad de las acusaciones contra Trotsky.

El 18 de diciembre cuando expiraba la visa de Trotsky en Noruega, el comité de defensa hizo un mitin de masas presidido por S. LaFollette en el Center Hotel de NY que reunió cerca de 4.000 personas. En ese evento se anunció que se le otorgaba la visa de México y en ese momento dijo M. Kallen: Trotsky se ha convertido en el “símbolo de todos los refugiados políticos contemporáneos”.

Rápidamente la maquinaria del estalinismo se puso en acción, es así que lanzaron una campaña furibunda contra el comité y sobre cada uno de sus miembros. Hubo una “guerra” de cartas sobre los intelectuales, que termina con la renuncia de Mauritz Hallgren[24]. Corliss Lamonty[25] provoca una segunda ofensiva basada en una carta abierta a los liberals firmada por 88 personas, publicada por el Daily Workers y el Soviet Russia Today. El eje de la carta planteaba la necesidad de defender el derecho de la URRS a decidir qué medidas de protección son necesarias contra las conspiraciones, en realidad quería decir, que los liberales dejaran a la GPU hacer su trabajo tranquila.

El 9 de febrero se realiza una reunión histórica del comité en New York que logra juntar a 6.000 personas. Fue en ese momento que The New Republic lanza una editorial contra el comité. Una decena de miembros de esta revista y del mismo comité se pronunciaron contra esta línea. Por su lado la revista The Nation a través de distintas presiones del estalinismo, fue girando en su posición alrededor del problema de la defensa de Trotsky. En un artículo de octubre de 1936 planteó dudas con respecto al proceso de Moscú y apuntó a la debilidad de las pruebas, en 1937 tras la renuncia de Freda Kirchwey al comité, The Nation cambia la línea y plantea que es difícil saber la verdad, se abre una crisis en su comité editorial. Margaret Marshall es la única que lleva una lucha constante contra la influencia del estalinismo en The Nation.

Esto mostraba por un lado las presiones que estaba llevando adelante el estalinismo, lo débil de las posiciones de los liberals en cuanto a esta situación y la dificultad así como las contradicciones que se presentaban a los trotskistas para mantener el frente único y la relación con los intelectuales. En este sentido Trotsky lleva adelante una fuerte lucha al interior del comité y también entre los trotskistas, llamó a separarse de The Nation y a no ceder a cierta “imparcialidad” que querían mantener los miembros de la revista. Trotsky decidió alejarse de la revista de la cual era colaborador, a través de una carta, planteando “En el pasado, cada tanto, ustedes publicaban mis artículos. Incluso uno de ellos sirvió de pretexto para mi reclusión en Noruega. La editorial sobre la última falsificación de Moscú (…) deshonra a vuestro periódico. Les ruego que ya no me cuenten entre sus colaboradores”[26]. Esta carta genera un debate al interior del Comité e incluso entre los trotskistas, que plantean que era necesario todavía un debate con estos sectores antes de la ruptura, incluso le plantean a Trotsky que reciba a Freda Kirchwey. Trotsky responde en una carta a H. Isaacs: “Usted es el único de mis corresponsales norteamericanos (y ese es vuestro mérito) que me da una explicación política de la ‘confiscación’ de mi carta. Los demás se conforman con escribir: no es conveniente, poco prudente, etc. Pero sus explicaciones, mi querido Isaacs, son oportunistas. Creo que nuestro deber elemental es decir lo que es: el comité de redacción de The Nation es deshonesto, y no puedo permanecer ni un solo instante más en la lista de colaboradores de este periódico. Al decir así lo que es, obligo a los liberales verdaderamente honestos de ese equipo a acelerar su ‘autodeterminación’”[27].

La formación de la Comisión Dewey

Trotsky comienza también a abrir un debate sobre la necesidad de avanzar rápidamente en la conformación de la Comisión, ya que el retraso sólo podía beneficiar los estalinistas, que buscarían cualquier medio para romperla. Plantea que es utópica una comisión ideal esperando los plazos que planteaba Hook y que era necesario avanzar, amenazando finalmente, en una carta enviada a LaFollette y Shachtman, con romper la colaboración con sus amigos políticos. Suzanne le responde: “Vuestra carta hizo el efecto de una descarga de dinamita y pienso que necesitábamos eso. Por supuesto, usted tiene razón, no podemos esperar una comisión ideal”[28]. Hook junto a Cannon organizaron una cita con Dewey, quien declara: “Ustedes han hecho posible lo que yo no creía antes de que llegaran. Han hecho que se vuelva imposible para mí no ir a México”[29]. Hook conversó con Bertrand Russell, quién había firmado el derecho al asilo de Trotsky, pero finalmente se negó a participar. Por otro lado, desde febrero de 1937 mantienen una correspondencia con Einstein, quién rechaza la invitación alegando que la comisión sería una forma de propaganda unilateral de Trotsky.

Definitivamente formaron parte de la comisión: John Dewey, Suzanne Lafollette, Ben Stolberg y Otto Ruehle. Se eligió un abogado que era John Finerty, defensor de Sacco y Vanzetti, quien acercó a Carleton Beals, que terminá rompiendo en México por su cercanía con L. Toledano. El 2 de abril, en New York, John Dewey, James T. Farrell y un pequeño grupo de comisionados subieron a bordo del tren que los llevará a México, vía Saint Louis- “Para estos tiempos sombríos, en donde reinaban el terror y el asesinato político, el tren llevaba un nombre irónico y predestinado a la vez: Sunshine Special (el tren especial sol brillante)”[30]. Del 10 al 17 de abril se reúne la comisión y luego se publica el Caso León Trotsky. Edmund Wilson la calificó como “uno de las más grandes reportajes históricos jamás realizado”.

El debate Dewey-Trotsky

Hubo una ligazón para siempre entre Trotsky y John Dewey alrededor de la Comisión de Investigación, pero al mismo tiempo se mantuvo un debate detrás de este acuerdo específico.

Dewey tuvo al principio una actitud favorable hacia la revolución rusa. Sin embargo no era marxista, su admiración estaba ligada al terreno de la educación, la que pudo apreciar muy bien en sus viajes durante ‘28/’29, donde se había entrevistado con Krupskaya, la compañera de Lenin. Su mirada sin embargo estaba ligada a la lucha por reformas para EE. UU., buscando un objetivo social en un tipo de planificación industrial. Estaba en contra de la revolución social y de trasladarla a EE. UU. Hasta el momento de los procesos, Dewey consideraba la línea de Stalin más sensata. En 1936 plantea: “Personalmente, siempre estuve en desacuerdo con las ideas y teorías de Trotsky y actualmente estoy en desacuerdo con él, más que nunca”[31].

¿Cuáles fueron entonces las razones que lo impulsaron a presidir la comisión? En primer lugar la actitud del PC, el cual ejerció una gran presión sobre Dewey, difamándolo, tratando de corromperlo. Su decisión de presidir la comisión dejó al PC en un pánico total organizando una campaña de difamaciones y críticas, incluso sobre su familia y allegados. Entre las razones intelectuales, no estaba la defensa de las ideas de Trotsky, sino la de sus propios ideales, ligados al liberalismo norteamericano, los ideales democráticos, su defensa de la “verdad”. Al quedar en sus manos la comisión, ésta quedaba en una posición delicada, sin embargo hizo honor a su espíritu liberal y las conclusiones del caso “tienen una imparcialidad indiscutible”[32] .

Detrás del contra proceso se desarrolla un combate de ideas entre Trotsky y Dewey. Fue Dewey quien redactó la declaración de principios de la Comisión, que planteba: “ningún hombre acusado de un crimen debe ser condenado como un paria sin que se le haya dado la total y leal posibilidad de presentar una respuesta a sus acusadores”[33]. Frente a la actitud de los liberales, Trotsky “les pidió a sus camaradas que conservaran su identidad política”[34]. De este modo, proponía hacer una declaración propia en relación al contraproceso que aclare la posición de los revolucionarios, y discutió contra la trampa de la imparcialidad. “Dewey y Trotsky tenían el mismo objetivo: la Comisión de Investigación. La diferencia residía en que, como lo explica Poole, los liberales investigaban los hechos y defendían así algunos principios a los que son devotos, mientras que los trotskistas conocían los hechos y querían probarlos por razones políticas”[35].

Luego de la realización de la comisión Dewey hizo varias declaraciones acusando al marxismo como causa de la debacle del estalinismo, a lo que Trotsky respondió agudamente. Luego se desarrolla un profundo debate entre los intelectuales liberales (incluyendo a Dewey) y Trotsky, con los textos de “Su moral y la nuestra” y el texto de Dewey “Medios y fines”, ambos de 1938, que tienen de fondo la profunda reacción de la situación internacional.

La proximidad de la Guerra y el giro de los intelectuales

Luego sobrevino el tercer proceso de Moscú de marzo de 1938, que vuelve a abrir el debate entre los intelectuales. Estos juicios, en vez de mostrar el rol nefasto del estalinismo y la correcta visión de los trotskistas, ensombrecieron aún más la situación, desembocando en una crisis general que afectó tanto a los partidarios como a los adversarios de la Comisión Dewey. La aplastante mayoría de los intelectuales vio en los procesos de Moscú y en los crímenes del estalinismo una prolongación natural del bolchevismo, incluso para algunos como Edmund Wilson fue “un hundimiento del marxismo”.

Es así que luego de una década de ebullición política, producto tanto de la ineptitud y perfidia del estalinismo como de los engaños del New Deal, la intelectualidad norteamericana se vio arrojada otra vez al terreno de la burguesía, en vez de avanzar en la perspectiva de formarse como una intelligentsia orgánica de la clase obrera. La ruptura con sus ilusiones en la URSS, el pacto germano-soviético, la derrota de la Revolución Española y la perspectiva de una nueva Guerra hizo retroceder enormemente la situación y agudizó el giro a posiciones cada vez más reaccionarias. “El pacto germano-soviético iba a arrojar un puñado de sal en las llagas abiertas de la intelligentsia”[36]. Fue así que a fines de la década del ‘30, la intelectualidad se vio al igual que todas las clases, inmersa en una ola de reacción y chauvinismo, que buscaba alinear detrás de la gran burguesía imperialista al conjunto de la nación hacia una salida armada. Una buena parte de los intelectuales que habían apoyado el comité, iban a reencontrarse en el Comité por la Libertad Cultural (The Committe for Cultural Freedom) fundado a iniciativa de Hook y que identificaba el fascismo con el comunismo. Mientras que se acumulaban los nubarrones de una Segunda Guerra Mundial, sólo una pequeña minoría de intelectuales ligada al trotskismo, conservaba una firme convicción en el futuro del socialismo.


[1] David Herbert Croly (1869-1930) fue un líder intelectual del Movimiento Progresista Norteamericano. Fue editor y filósofo político y co-fundador de la revista The New Republic.
[2] G. Novack, “Los intelectuales norteamericanos y la crisis. 1” en Cuadernos del CEIP Nº 14, pág. 7.

[3] Edmund Wilson (1895-1972) fue un escritor y crítico literario y social. Es considerado por muchos como el hombre de letras por excelencia de Norteamérica durante el siglo XX.

[4] John Dewey (1859-1952). Filósofo, psicólogo y pedagogo norteamericano. Dewey, junto con Charles Sanders Peirce y William James, es reconocido como uno de los fundadores de la filosofía del pragmatismo y de la psicología funcional. Fue un importante representante del movimiento populista y del progresismo en la educación.

[5] G. Novack, op. cit., pág. 8.

[6] Ídem.

[7] Ibídem, pág. 9

[8] Sydney Hook (1902-1989). Destacado intelectual y filósofo norteamericano. Fue miembro del Partido de los Trabajadores de Norteamérica dirigido por A. J. Muste.

[9] James Rorty (1890-1973). Escritor e intelectual norteamericano. Padre del filósofo Richard Rorty.

[10] John Dos Passos (1896-1970) Escritor estadounidense de renombre. Publicó su primera novela en 1920. Su novela de 1925 sobre la vida en Nueva Cork, titulada Manhattan Transfer, fue un éxito comercial e introdujo técnicas experimentales. Ya en ese entonces se consideraba como un revolucionario social. Escribió con admiración sobre los Wobblies (IWW) y la injusticia de las condenas penales a Sacco y Vanzetti y se unió a otras personalidades destacadas en EE. UU. y Europa en una fallida campaña para revocar sus sentencias de muerte. En 1928, Dos Passos pasó varios meses en Rusia. En 1935 rompió con la Liga de Escritores Norteamericanos, impulsada por el PC. En 1937, regresó a España con Hemingway durante la Guerra Civil española. Dos Passos rompió con Hemingway por la actitud displicente de este último hacia la propaganda estalinista, incluyendo el encubrimiento de la responsabilidad soviética en el asesinato de José Robles, amigo de Dos Passos y traductor de sus obras al español.

[11] G. Novack, op. cit., pág. 11.

[12] Ídem.

[13] Ídem.

[14] G. Novack, “Los intelectuales norteamericanos y la crisis. 2” en Cuadernos del CEIP Nº 14, pág. 16.

[15] G. Roche, “Los intelectuales norteamericanos y la Comisión Dewey” en Cuadernos del CEIP Nº 14, pág. 29.

[16] Ibídem, pág. 22.

[17] Herbert Solow (1903-1964). Periodista estadounidense. Compañero de ruta del Partido Comunista en la década de 1920, trotskista en la década de 1930, abandonó a la izquierda en los años ´40 para trabajar como editor de la revista Fortune.

[18] Burnham, James (1890-1974), fue un activista radical y un importante propagandista de las luchas obreras en la década de 1930. Se convirtió en el dirigente de la fracción pequeño burguesa en el Socialist Workers Party, con el cual rompió en 1940. Luego de abandonar el SWP, adoptó un curso a la derecha, convirtiéndose en un rabioso anticomunista y editor de la revista de derecha National Review.

[19] Pearl Kluger fue asistente de la comisión Dewey en Coyoacán. Rompió con el SWP de Cannon junto con James Burnham, luego fue su secretario.

[20] Viola Robinson era la compañera de Harold Isaacs y uno de los pilares del Comité de Nueva York.

[21] Harold R. Isaacs (1910-1986). Historiador norteamericano. Autor de La tragedia de la revolución china, que Trotsky prologó.

[22] Elliot E. Cohen (1899-1959). Profesor de literatura inglesa y filosofo, graduado en Yale. Escribía para The Menorah Journal, siendo uno de sus personajes más influyentes. Escribió un artículo en 1934 en The Nation titulado; “Stalin Buries the Revolution… Prematurely” en donde defendía a Trotsky diciendo que él había demostrado ser el máximo defensor de la URSS al luchar contra la dictadura de Stalin. Escribía en New International bajo los pseudónimos de David Ernst y de Thomas Cotten.

[23] Freda Kirchwey (1893-1976) fue una periodista y editora norteamericana, firmemente comprometida a lo largo de su carrera con causas liberales. Fue editora, desde 1933 a 1955, de la revista The Nation.

[24] Mauritz Alfred Hallgren (1899-1956). Periodista, editor y autor estadounidense, miembro del Partido Comunista. Escribía en The Nation.

[25] Corliss Lamont (1902-1995) fue un filósofo socialista y defensor de libertades civiles. Lamont se matriculó en la Universidad de Columbia, donde estudió con John Dewey. Junto con otros intelectuales de izquierda se negó a aceptar las conclusiones publicadas por la comisión investigadora independiente, y; bajo la influencia del Frente Popular, afirmó que las acciones de Stalin y que “la preservación de la democracia progresista” exigían que las acciones de Stalin sean ratificadas.

[26] G. Roche, op. cit., pág. 29.

[27] Ibídem, pág. 30.

[28] Ibídem, pág. 31.

[29] Ídem.

[30] Ibídem, pág 32.

[31] Fréderik Douzet, “El combate oculto en Trotsky y Dewey” en Cuadernos del CEIP Nº 14, pág. 36.

[32] Ibídem, pág.37.

[33] Ibídem, pág. 39.

[34] Ibídem, pág.41.

[35] Ídem.

[36] G. Roche, op. cit., pág. 32.



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