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Contribución a 150 años del Manifiesto Comunista

La historia del marxismo y su continuidad leninista-trotskista es la del "álgebra" de la revolución proletaria

Estrategia Internacional N° 10

por Emilio Albamonte y Jorge Sanmartino

PARTE 1

EL SIGLO XIX ABRE LA EPOCA DE LAS PREMISAS DE LA REVOLUCION PROLETARIA PERO NO LA REVOLUCION MISMA

Inmadurez del factor objetivo

La actividad teórica y política de Marx y Engels se da en condiciones donde las premisas materiales, objetivas, para la revolución proletaria son aún inmaduras. Ellos deben actuar en un momento de transición, caracterizado por el “ya no más” de la revolución burguesa y el “todavía no” de la revolución proletaria. Como veremos más adelante la intervención revolucionaria del proletariado en el siglo XIX no se dio como producto de las condiciones objetivamente maduras para la revolución socialista. Ellas entraron al proceso de la revolución burguesa inconclusa en Europa de 1848, como el sector más resuelto y decidido en la lucha contra el absolutismo, por un lado, y en 1871 con la Comuna1, resultado de la defección de las clases dominantes en Francia, por el otro.

Mientras en el siglo XX el marxismo revolucionario se encuentra frente a la revolución proletaria misma, Marx y Engels se enfrentaron sólo con sus premisas. “El horizonte político de Lenin y Trotsky se encuentra pues, inmediatamente determinado por la perspectiva de la actualidad de la revolución proletaria (...) Mientras ellos tenían que responder a todos los problemas estratégicos y tácticos, teóricos y prácticos, políticos y organizativos que plantea la perspectiva inmediata de la revolución, Marx y Engels sólo se enfrentaban a sus premisas, jalonadas por la sucesión de ofensivas y derrotas del proletariado europeo”2.

Como sostiene Brossat, “el tema de reflexión que se ofrecía a Marx y Engels era la necesidad teórica de la revolución proletaria” . Pero no la revolución misma. Como balance de la revolución francesa de 18483 Marx sostiene: “lo que el proletariado conquistaba era el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria, pero no, ni mucho menos, esta emancipación misma”4.

El Manifiesto Comunista es un eslabón fundamental de la historia del movimiento obrero mundial. La clase obrera, nacida de la industria moderna y enfrentada a la burguesía desde el comienzo de su existencia, la clase capaz de derrocar a la clase capitalista y ofrecer a toda la humanidad una sociedad superior, la única que tiene en sus manos la capacidad de abolir la propiedad privada, esa clase posee desde el Manifiesto Comunista una teoría que la expresa orgánicamente, que recoge su experiencia de un siglo, que se apropia a su servicio la ciencia social y la economía burguesas y que le da un programa para triunfar.

Es la primer exposición que dota al proletariado de un análisis completo de la sociedad capitalista y en la que se detalla la misión histórica del proletariado. Como escribieron en el Manifiesto Comunista, su teoría era “la expresión de conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos”.
El Manifiesto Comunista es la condensación de las conclusiones materialistas a las que arriban luego de más de dos años de trabajos teóricos de ruptura con la filosofía y la economía precedentes5.
La inminencia de la época de la revolución socialista que se dio en el siglo XX, desmintió las fechas, los plazos y los ritmos del Manifiesto, pero se demostró absolutamente verificado de fondo en las perspectivas históricas de la lucha de clases y de la revolución proletaria bajo el sistema capitalista. Marx y Engels confundieron como sostiene Trotsky “la muerte del capitalismo con sus dolores de parto”.
En ese sentido el Manifiesto ha cobrado en el siglo XX mayor actualidad aún que en su época.
Como sostuvo Trotsky refiriéndose al Manifiesto “el error de Marx y Engels en relación a las fechas históricas dimanaba, por un lado, de una subestimación de las posibilidades futuras que latían en el capitalismo, y por otro, de una sobreestimación de la madurez revolucionaria del proletariado. La revolución de 1848 no se transformó en una revolución socialista, como había calculado el Manifiesto, pero abrió a Alemania la posibilidad de un vasto crecimiento capitalista futuro. La Comuna de París demostró que el proletariado no podía arrebatar el poder a la burguesía sin tener a su cabeza un partido revolucionario bien templado. En cambio el prolongado período subsiguiente de prosperidad capitalista no conllevó la educación revolucionaria de la vanguardia proletaria...”6

El posterior auge económico que sobrevino a la revolución de 18487, mostraba que el capitalismo, aún a costa del enorme derroche que implicaba un sistema basado en la anarquía de la producción, lograba desarrollar las fuerzas productivas, y empujaba a la sociedad hacia adelante. Como sostiene Trotsky todavía no se había transformado en un sistema reaccionario absoluto, aún lo era en forma relativa8.

Como recordaba Engels, décadas después del Manifiesto“la historia nos dio también a nosotros un mentís y a cuantos pensaban de un modo parecido (...) Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el continente...”9.

Este año, en el que se cumplieron 150 años del Manifiesto, hemos escuchado en simposios, hemos leído en los diarios, revistas y artículos de todo tipo y color, los más grandes disparates sobre el Manifiesto y sobre la vida y obra de Marx y Engels, que vistos restrospectivamente por los periodistas, sociólogos e historiadores “progresistas” han quedado reducidos a dos buenos “librepensadores”.

Los sociólogos marxistas, aquellos que aún no consideran al Manifiesto como una “reliquia del pasado”, lo consideran en el mejor de los casos, como una “obra maestra” de la ... sociología; a lo sumo aceptan los “aportes” de Marx (y no de Engels) al “estudio de la sociedad” y desde El Capital al “estudio de la economía”.

Lejos de esta vulgaridad que ni siquiera hace honor a la verdadera historia práctica de Marx y Engels, toda sus obras, desde el Manifiesto hasta la fundación por Engels de la Segunda Internacional en 1889, constituyen una unidad revolucionaria, teórico-práctica, para dotar al proletariado moderno de una ciencia, una teoría, una estrategia y un programa que la conduzcan al derrocamiento de la burguesía, la dictadura proletaria, la liquidación de la propiedad privada y la construcción de la sociedad comunista. Marx y Engels participan de la Liga de los Comunistas, explican sus descubrimientos económicos en la Sociedad de educación obrera de Bruselas y participan de la revolución alemana de 1848. Marx escribe El Capital en el período de reflujo europeo, en 1864 se incorporan activamente a la Primera Internacional la dotan de un programa similar en escencia al Manifiesto, establecen una lucha ideológica fenomenal contra las corrientes Proudhonianas, Blanquistas, Bakuninistas, utopistas, y Tradeunionistas implantando el materialismo histórico y el programa comunista en amplios sectores del movimiento obrero, polemizan luego con el programa de los Lassalleanos en Alemania (el programa de Ghota) y posteriormente con el programa de Erfurt (escrito por Kautsky), vuelven a sacar las lecciones programáticas de la Comuna de París en 1871 y Engels funda la Segunda educando a una nueva generación de marxistas por toda Europa con quienes mantiene correspondencia personal en más de una decena de idiomas.

Como vemos, lejos de ser los “primeros sociólogos” que han “contribuido a la ciencia social”, Marx y Engels, aún en la época de las premisas de la revolución proletaria fueron los fundadores de un movimiento social, fusionándose con el proletariado, al cual dedicaron su vida entera, dándole una concepción del mundo, refutando las teorías y programas adversarios, sacando lecciones con los que enriquecían la teoría y el programa, constituyeron organizaciones internacionales para dotar al proletariado mundial de una herramienta filosa para luchar por su emancipación aún cuando la revolución proletaria era todavía una premisa teórica, y la lucha práctica del proletariado sólo podía sentar las bases de la futura emancipación proletaria.

Volver a la Primera después de vivir un siglo... y medio

Desde el Manifiesto, Marx y Engels caracterizan al proletariado como clase internacional y en consecuencia pugnan por un internacionalismo militante. En la medida que sostienen que “los obreros no tienen patria” largan su consigna de guerra “proletarios de todos los países, uníos”. Pero el internacionalismo proletario del siglo XIX dista mucho del carácter que adoptará en el siglo XX.

El capitalismo del siglo pasado era escencialmente una suma de estados nacionales10, o mejor dicho, la suma de los estados ya constituidos y a la saga, aquellos que pugnaban tardíamente por liberarse de las trabas absolutistas y constituir estados modernos que permitan el despegue del desarrollo capitalista.

El internacionalismo del proletariado, en las condiciones antes mencionadas, no podía aspirar más que a garantizar las mejores condiciones, conquistar el mejor terreno para la lucha independiente del proletariado, como prerrequisito de la futura revolución proletaria

Por eso Marx y Engels apoyan decididamente la lucha de los Cartistas Ingleses por derechos políticos, las demandas laborales y la formación de sindicatos y la eliminación definitiva de los restos feudales allí donde aún perviven como trabas al desarrollo capitalista y por consecuencia al desarrollo del proletariado bajo las condiciones del capitalismo moderno. No por casualidad la Primera Internacional saluda entusiasta el triunfo de Lincoln contra los esclavistas del Sur en Norteamérica como “una nueva época del desarrollo del poder para las clases obreras”. Denuncia la represión de la unánimemente odiada Rusia zarista sobre la insurrección polaca y defiende su independencia como la barrera más segura contra la reacción. Marx y Engels enseñaron a los obreros a preocuparse y seguir atentamente la política internacional pues los acontecimientos en Polonia, la guerra de Alemania contra Austria, el triunfo del Norte en América, no le eran indiferentes a la clase obrera en la medida que allí se estaban jugando los destinos de Europa y su propio futuro.

La lucha democrática de la clase obrera permitía conquistar el terreno para la lucha política independiente. La lucha nacional de Polonia contra el zarismo permitía enfrentar la política reaccionaria del absolutismo.

Han proliferado en este último tiempo quienes impactados por los serios retrocesos de la clase obrera, sostienen que es necesario “recomponer” las filas del proletariado volviendo a la lucha por las demandas mínimas, las 8 hs., la defensa de los derechos políticos, sindicales y democráticos, la independencia nacional de los pueblos oprimidos, etc. como prerrequisito de una futura revolución socialista (hoy “impensable” por el triunfo de la “globalización” capitalista y la “derrota histórica” del proletariado). Así nos proponen volver al siglo pasado como si nada hubiera ocurrido en medio. En realidad quieren volver al “programa mínimo” del movimiento obrero de fines del siglo pasado como si en las condiciones de decadencia capitalista, las tendencias bonapartistas y guerreristas (primera y segunda guerra, facismo, etc.) del imperialismo no fueran la única salida para sobrevivirse. La lucha democrática y nacional hoy están indisolublemente ligadas y no pueden ser íntegra y efectivamente resueltas, sino es mediante la dictadura del proletariado. Es decir, las reivindicaciones mínimas cobran hoy una importancia circunstancial y subordinada a la lucha por el poder obrero. Las tendencias guerreristas y bonapartistas son la consecuencia de la senilidad del capitalismo y no de su infancia. Quien quiera volver a poner un muro infranqueable entre las demandas mínimas y transicionales no hace más que claudicar a la democracia burguesa y se transforma en correa de transmisión de los apologistas del capitalismo para quienes la dictadura del proletariado ha sido durante el siglo XX sólo una “gran equivocación de la historia”. La crisis mundial que presenciamos ha dado por tierra con los apologistas del paraisso capitalista y su “democracia por cien años”.

PARTE 2

LA EPOCA IMPERIALISTA: DE LAS PREMISAS A LA REVOLUCION PROLETARIA COMO REALIZACION PRACTICA

La guerra interimperialista en Europa tiene sus preparativos locales desde el comienzo del siglo hasta la gran guerra: la guerra ruso-japonesa en 1904, la revolución de 1905, la crisis de Marruecos entre Francia y Alemania, la carrera de armamentos navales entre Alemania e Inglaterra, la guerra de los balcanes en 1910-12, etc.

La primer guerra mundial es la culminación de estos acontecimientos que abren una época de decadencia y descomposición capitalistas y de la revolución proletaria en el mundo.

Este corte histórico y las consecuencias prácticas resultantes creaban un horizonte enteramente nuevo para los marxistas. Debía colocarse al marxismo frente a nuevas tareas11. Sin un análisis teórico de las nuevas condiciones y sus resultantes prácticas no se podía dar un paso adelante. Aquellos que siguieron repitiendo dogmáticamente los esquemas previos, transformaron al marxismo en una caricatura mecanicista que los llevó como Plejanov en Rusia al oportunismo (apoyo a la burguesía liberal). Los auténticos marxistas pusieron al movimiento fundado por Marx y Engels a la altura de su tiempo por diversas vías y con distintos tiempos.

Los revolucionarios debieron analizar teóricamente esta nueva realidad signada por la consolidación del imperialismo y el monopolio sobre el capitalismo “honesto” de libre concurrencia. Lenin en 1916 definió en su famoso libro “El imperialismo, fase superior del capitalismo” que el imperialismo es capitalismo en su etapa de parasitismo y descomposición caracterizado por la conquista de los mercados mundiales, la cartelización, la concentración y el dominio monopólico de los mercados y una lucha despiadada entre las potencias imperialistas. Estas son las características centrales de la nueva época que marca un salto cualitativo con respecto al capitalismo del siglo pasado. Es la época de descomposición capitalista (sin negar el crecimiento parcial en determinadas circunstancias de dichas fuerzas productivas12). Esta época imperialista definida por Lenin, va a abrir una época de crisis, guerras y revoluciones.

Es decir, lo que Trotsky define como sistema relativamente reaccionario en el siglo XIX, pasa a ser absolutamente reaccionario en el siglo XX. El capitalismo, en su etapa imperialista no puede ser motor de desarrollo, históricamente, si no es destruyendo total o parcialmente (a través de crisis y guerras) las fuerzas productivas conquistadas.

Desde el punto de vista del proletariado, éste ha completado su evolución política irrumpiendo en este siglo como un factor político independiente, cuestionando la propiedad privada y el estado capitalista. Esta evolución independiente tiene su máxima expresión en la conquista de organismos del estado proletario (soviet) y de su propia dictadura de clase en la revolución rusa.

A diferencia de lo que preveía Marx, que la revolución proletaria estallaría en los países más avanzados (Inglaterra, América, Francia) es la revolución rusa de 1905 la que abre este período y adelanta el futuro proceso de guerras y revoluciones que estalla en 1914.

Trotsky, el más grande teórico marxista del siglo XX

El primero en explicar teóricamente esta nueva realidad que desmintió los pronósticos de todos los marxistas fue Trotsky.

Que la revolución proletaria pueda darse en un país atrasado está dado, no por el desarrollo de la economía de un país semifeudal como Rusia sino por la madurez del capitalismo como sistema mundial. “Es posible que los obreros lleguen al poder en un país económicamente atrasado antes que en los países adelantados. (...) Imaginar que la dictadura del proletariado depende, en cierto modo, automáticamente del desarrollo y de los recursos técnicos de un país supone extraer una conclusión falsa de un materialismo “económico” simplificado hasta el absurdo”13 Y concluye “Entre las fuerzas productivas de un país y el poder político de sus clases se interfieren, en cualquier momento, diversos factores políticos y sociales de caracter nacional o internacional, que modifican y a veces incluso alteran completamente, la expresión política de las relaciones económicas”14. En el mismo escrito sostiene “el marxismo es por encima de todo un método de análisis -no análisis de textos sino de relaciones sociales. ¿Es cierto que en Rusia la debilidad del liberalismo capitalista inevitablemente implica la debilidad del movimiento de los trabajadores? ¿es verdad para Rusia que no puede haber allí movimiento obrero independiente alguno hasta que la burguesía haya conquistado el poder? Basta simplemente plantear estas preguntas para darse cuenta del irremediable formalismo que se esconde bajo el intento de convertir una observación de Marx históricamente relativa en un axioma suprahistórico”.

Este análisis que en 1905 lo reducía a Rusia lo extenderá en 1929 a los países coloniales y semicoloniales, es decir al conjunto de los estados capitalistas.

Como se puede observar descubrió y aplicó genialmente la ley del desarrollo desigual y combinado15 a la nueva etapa imperialista, predijo, sobre la base de las condiciones capitalistas maduras de la economía mundial, y la combinación de los elementos atrasados con los más avanzados, la posibilidad de que la primer revolución proletaria no se dé en la cuna del capitalismo, sino en la atrasada Rusia. La etapa imperialista “comprimía” la fase de la revolución burguesa, siendo la burguesía rusa “débil” e incapaz de enfrentar al zarismo; dicha tarea sería alcanzada por el “movimiento obrero independiente” encabezando una alianza con los campesinos, es decir mediante la dictadura del proletariado.

Este brillante análisis al que ningún marxista había llegado y que lo transforma en el teórico más grande de la revolución en el siglo XX es el producto de la comprensión profunda de la dinámica que adquiere el capitalismo y la lucha de clases en el siglo XX conservando el “núcleo duro”16 del marxismo desde el Manifiesto Comunista.

Por el contrario Lenin sigue aferrado al esquema previo, “Plejanovista”, de la evolución de la economía agraria hacia el capitalismo comercial, de ahí al industrial y al financiero. Es un análisis genético, histórico donde cada etapa debe cumplir su papel, aún cuando, igual que Trotsky le niegue a la burguesía liberal rusa la capacidad de encabezar la revolución burguesa. Para Trotsky, por el contrario, Rusia, por su desarrollo desigual y combinado, se halla desde un comienzo con la última fase del capitalismo. Basado en esta premisa la teoría de Trotsky es enteramente una teoría del sujeto.

Pero el defecto fundamental de Trotsky en 1905 es que la conclusión lógica de una teoría basada en el sujeto implica sine qua non la necesidad de la organización de la vanguardia proletaria en partido. Este ha sido el aspecto fundamental más negativo, el talón de Aquiles del Trotsky de 1905, al separar las condiciones maduras de la revolución proletaria a la cuestión crucial del partido revolucionario17. Su actitud fue centrista, y bajo la crítica demoledora de Lenin dio un viraje en 1917. Lenin sostuvo que desde que Trotsky comprendió este problema “no hubo mejor bolchevique” que él.

Lenin, el constructor del partido de los "jacobinos proletarios"

Lo que Trotsky anticipa brillantemente en relación a la teoría de la revolución en la nueva etapa, Lenin va a realizarlo en el terreno de la organización de la vanguardia revolucionaria en partido, es decir el instrumento adecuado para garantizar el triunfo.

El yugo zarista, la persecución, la represión sistemáticas y la inexistencia de libertades políticas, obligaba a la socialdemocracia a constituir un partido de revolucionarios profesionales, altamente centralizado que estableciera una lucha implacable contra el zarismo. Un partido de estas características debía rechazar el economicismo y el sindicalismo. Sus militantes no debían ser “sindicalistas” sino “tribunos del pueblo”18. Esto implicaba un partido de combate, de revolucionarios profesionales19, que sea capaz de desarrollar su trabajo revolucionario en el terreno legal e ilegal. Por eso rechazó la construcción de un partido “de masas” legal como sostenían los mencheviques y denunció implacablemente a los oportunistas y a aquellos que, como Trotsky hasta el año 1917, querían la unidad con ellos.

La confluencia de Lenin y Trotsky no cae del cielo

Los “teóricos de la revolución” académicos20 reivindican a Trotsky como el más grande “teórico” de la revolución. Toman el “método” de Trotsky, (que le permitió prever más de una década antes el carácter proletario de la revolución rusa), tanto el del “joven” de Resultados y Perspectivas como el “maduro” de la Revolución Permanente y La revolución traicionada, pero rechazan al Trotsky “jacobino” que “comete el error” de asociarse con Lenin, el de “Kronstadt” y el de la “dictadura del partido”.

Pero la teoría de la Revolución Permanente, basada en la ley del desarrollo desigual y combinado, es, como dice Brossat, una teoría del sujeto, y por lo tanto inseparable del partido revolucionario como el factor conciente, dirigente de la revolución proletaria. Sin el partido Bolchevique -como sostuvo el mismo Trotsky- que había educado por más de 14 años al proletariado en la independencia de la clase obrera, en la desconfianza de la burguesía liberal, del “constitucionalismo” burgués, que había combatido sin contemplación a los oportunistas, y que templó a obreros revolucionarios con la experiencia y las lecciones de 1905, no hubiera sido posible la revolución rusa21.

Quien separa la teoría de la revolución del instrumento indispensable para convertirla en fuerza material, no puede más que destrozar la teoría misma.

Es que Trotsky no era un estudioso, un “epistemólogo” de la revolución, sino un revolucionario proletario cuya teoría -la más aguda del siglo XX- era aún inconsecuente, centrista, hasta 1917, con su propio fin, la dictadura revolucionaria del proletariado.

La teoría de la Revolución Permanente terminó de madurar cuando Trotsky comprendió, producto de su propia experiencia, la necesidad de un partido que estuviera a la altura de esa teoría, es decir, el partido Bolchevique.

A partir de este momento la acción de Trotsky adquiere una dimensión íntegramente revolucionaria como unidad teórico-práctica en toda su labor revolucionaria. Como dirigente de la Revolución rusa, del Ejército Rojo, como fundador junto con Lenin de la tercera internacional, y como continuidad histórica de ese combate, organizador y dirigente de la oposición de izquierda contra el thermidor estalinista y finalmente fundador de la Cuarta Internacional.

Hay también corrientes militantes en el seno de la izquierda que rescatan al “joven” Trotsky para oponerlo al Lenin “jacobino”, cuyo “partido ferreamente centralizado” “llevaba en gérmen” la dictadura burocrática estalinista. Es decir, rescatan al Trotsky conciliador, que denunciaba a Lenin con esos argumentos, o a Rosa Luxemburg emparentada siempre con las concepciones semi espontaneístas del joven Trotsky. Para ellos también, Trotsky se “desbarrancó” cuando “se unió” a Lenin.

No es casualidad que esté en boga esta “nueva teoría”, que responde al “clima” ideológico reaccionario y antileninista provocado por el colapso de los estados obreros degenerados y deformados, la caída del muro de Berlín y el espejismo del “triunfo del capitalismo”. En la izquierda, incluso en el seno del movimiento Trotskysta, corrientes como los “Socialistas Revolucionarios” de Italia ya han renegado de la dictadura del proletariado y del partido leninista. Y esta misma gente quiere “conservar” a Trotsky como pieza de museo, cantan loas a la “sociedad civil”, hablan de una “revolución” para un futuro lejano y mientras ... son cada vez más abiertamente reformistas.

En conclusión, la teoría de la revolución permanente de Trotsky y el partido de Lenin, son inseparables desde el punto de vista de la revolución proletaria, porque constituyen la continuidad dialéctica con el Manifiesto Comunista, y con la Primera y la Segunda Internacionales, en las condiciones particulares, específicas, del capitalismo imperialista, es decir en la época de crisis, guerras y revoluciones.

Los conceptos de "hegemonía proletaria" e "independencia de clase" recorren el marxismo revolucionario del siglo XX

Es imposible para una clase social conquistar la hegemonía ideológica sin el control del plusproducto social, es decir sin haber alcanzado el poder económico. Si la burguesía ha prosperado extensivamente bajo la monarquía absoluta, es porque pudo alcanzar la hegemonía ideológica antes de la victoria de la revolución burguesa. Por el contrario, el proletariado no puede conquistar tal hegemonía antes que la revolución expropie al capital y tome el poder del estado.

Por eso para el proletariado la maduración plena de sus intereses de clase no está determinada -como la burguesía- por su riqueza material acumulada, sino por la experiencia y educación en el proceso mismo de la lucha de clases. Por eso no basta que haya condiciones para la revolución, es necesario que la clase trabajadora adquiera en la preparación histórica de la misma un alto grado de independencia política de las clases explotadoras. Trotsky, analizando el doble poder en la revolución Rusa sostiene que : “La mecánica política de la revolución consiste en el paso del poder de una a otra clase. La transformación violenta se efectúa generalmente en un lapso de tiempo muy corto; pero no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias, descontentas con lo existente, pero incapaces de desempeñar un papel propio”22.

El acto -en corto tiempo- de la toma del poder es la culminación de la preparación histórica del proletariado. Esto significa que debe alcanzar en la “víspera” una “extraordinaria” independencia política. Ella se expresa en las organizaciones que construye, en la experiencia de la lucha de clases y en las lecciones que saca y asimila.

El proletariado puede, incluso, crear espontaneamente organizaciones como los soviet en Rusia. Pero no puede dotarse, por sí misma, del programa y la estrategia necesarias para liquidar el estado burgués e imponer la dictadura del proletariado. Esto sólo puede realizarlo un partido revolucionario, que es la fusión de la vanguardia revolucionaria del proletariado y la intelligentzzia marxista23.

El Partido Bolchevique no fue un partido que “aprovechó la oportunidad estratégica”24 solamente. Preparó, en las vísperas, la revolución. Durante 14 años educó al proletariado en la independencia de clase, enseñó a desconfiar de la burguesía liberal y combatió a los mencheviques como oportunistas aliados a la burguesía. De esa forma templó a la vanguardia obrera en la independencia de todas las clases enemigas y sentó las bases de la alianza obrero-campesina al tiempo que se delimitó del populismo pequeño burgués agrario -Narodniki, SR- y urbano -anarquista- manteniendo la independencia del partido proletario. Esta independencia es la única que podía garantizar la hegemonía del proletariado25 en la alianza de clases revolucionaria obrero-campesina combatiendo a cada paso la influencia de la burguesía liberal, que fue lo que permitió a los bolcheviques en el momento decisivo ganar “de un solo golpe” a las masas campesinas para el poder de los soviets. Como explica Trotsky en “Los cinco primeros años de la Internacional Comunista”: “La historia del marxismo y del bolchevismo en Rusia es, en primer lugar, la historia de la lucha contra el narodnikismo (populismo) y el eserismo (socialismo revolucionario). Esta lucha sentó las bases para la lucha contra el menchevismo y tuvo como tarea fundamental la de asegurar el carácter proletario del partido. Décadas de lucha contra el narodnikismo pequeño-burgués habilitaron al bolchevismo para, en el momento decisivo, es decir, el de la lucha abierta por el poder, destruir a los eseristas de un solo golpe, apoderándose de su programa agrario y arrastrando a las masas campesinas detrás del partido”. Qué distinto a los centristas que creen realizar la alianza obrera y campesina embelleciendo a las direcciones pequeño-burguesas del EZLN mexicano y el MST brasileño.

El Partido Bolchevique se preparó en las “vísperas” de la revolución rusa, combatiendo la degeneración oportunista de la Segunda Internacional que en 1914 frente a la primer guerra mundial, comete la mayor traición de la historia hasta ese momento, liquidando la independencia de clase del proletariado europeo y ata su destino -quebrando el internacionalismo proletario- al de los intereses de sus respectivas burguesías imperialistas26.

El puñado de revolucionarios encabezados por Lenin, que en las conferencias de Zimmerwald y Kienthal (1915-16) se oponen radicalmente al social chovinismo, fueron la garantía de la continuidad de la política independiente del proletariado frente a la “unión sagrada” que subordinaba los intereses de clase del mismo a la burguesía. La política de Lenin de transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria contra la propia burguesía, lleva hasta el límite la lucha por la independencia de la clase obrera respecto de las clases enemigas aún en momentos en que la propia clase obrera era presa del chovinismo. En esta política y en el puñado de revolucionarios que la sostuvieron en la máxima soledad y aislamiento estaba el embrión de lo que será más tarde la Tercera Internacional. A partir de este momento Lenin define que la escisión del movimiento obrero es inevitable. Porque si en la época de Marx la disputa con las corrientes adversarias era escencialmente una lucha ideológica, en la época imperialista, en que las burguesías de los países centrales compran a pequeñas capas de sus clases obreras con las migajas de la explotación del mundo colonial27, se transforma en una lucha ideológica, política, estratégica y que puede llegar incluso a la lucha física contra las direcciones agentes del capital en el seno de la clase obrera. La noción dada por Lenín de “tribuno del pueblo” debe ampliarse en esta época, no siendo sólo la “capacidad de reaccionar contra cualquier manifestación de arbitrariedad y opresión” sino también el combate y la denuncia de las direcciones reformistas y centristas.

La lucha de Trotsky contra el estalinismo fue la continuidad del combate por la independencia de clase en las nuevas condiciones creadas por la degeneración del primer estado obrero. Le declaró la guerra a muerte a la burocracia soviética, la cual, usurpando el poder político del estado, aplastó al Partido Bolchevique -el más revolucionario de la historia- y transformó al primer estado obrero en fuente de sus privilegios.

En defensa de sus mezquinos intereses, esta burocracia traicionó al proletariado mediante la colaboración de clases en China (1927-28), negándose en el “tercer período” al frente único proletario contra el fascismo que permitió el triunfo de Hitler y en el nuevo viraje de 1935 subordinando al proletariado a la colaboración de clases bajo la forma del Frente Popular (Francia, España). Todo esto bajo la caricatura “teórica” del “socialismo en un solo país”.

En la heroica Oposición de Izquierda, que resistió valientemente al estalinismo desde los campos de concentración de Rusia hasta la oposición en Europa y Norteamérica, y más tarde en el puñado de revolucionarios que fundan la Cuarta Internacional en 1938 estaba la continuidad histórica del combate por la independencia de clase y el internacionalismo del proletariado.

La fundación de la IV internacional ¿fue puro voluntarismo o la única opción estratégica correcta?

La lucha de Trotsky contra el estalinismo y la socialdemocracia fue tomando distintas formas organizativas -desde la fundación de la Oposición de Izquierda, pasando por la Liga Comunista Internacional, luego el Movimiento pro Cuarta Internacional hasta llegar, por último, a la fundación de la Cuarta Internacional en 1938. Cada uno de estos pasos expresaba momentos precisos de un mismo combate (hasta 1933 como fracción de la Internacional Comunista y, luego, marchando hacia la fundación de una nueva -Cuarta- Internacional), que ningún otro dirigente revolucionario, muerto Lenin, podía encarar. Su papel más decisivo históricamente, mayor aún que la de dirigente del Soviet de Petrogrado o la preparación y la toma del poder junto a los bolcheviques y la fundación y dirección del Ejército Rojo, fue el de nadar contra la corriente de la noche negra del stalinismo manteniendo la continuidad del programa y la estrategia del marxismo revolucionario.

La IV Internacional en momentos de su fundación, en 1938, no reunía en sus filas más que un pequeño número de cuadros y militantes. Sin embargo, Trotsky en el Manifiesto de Emergencia del año 1940, pronosticó que, producto de que la guerra generaría nuevos ascensos revolucionarios y de la bancarrota de las direcciones oficiales del movimiento obrero, la IV Internacional se haría de masas. Como sabemos, pese a que el pronóstico de un gran ascenso revolucionario al fin de la guerra se cumplió milimétricamente, el stalinismo se vio reforzado y la IV no logró adquirir peso de masas.

¿No fue entonces la fundación de la IV Internacional un acto de puro voluntarismo?

Isaac Deutscher siempre sostuvo esta tesis argumentando que primaba la derrota y que Trotsky se hallaba completamente aislado.

Pero ¿qué se hubiera dicho del “voluntarista” Lenin, que en la mayor soledad política, cuando “los revolucionarios cabían en un sillon”, forjó en Zimmerwald los cimientos de la Tercera Internacional? Si aceptamos, y Deutscher lo acepta, que la revolución rusa y el triunfo del bolchevismo no eran “inevitables” y la Tercera podría haber quedado reducida a los mismos integrantes del “sillón de Zimmerwald”, tenemos que concluir que el cuestionamiento de Deutscher se ampara en el “fracaso” de la perspectiva de Trotsky para atacar en toda la regla con su orientación estratégica. Pero, parafraseando a Conrad, “el éxito no es sinónimo de talento”. Que la IV Internacional no se haya hecho de masas tras la guerra no prueba que su fundación no fuera la única opción estratégica que correspondía a la lucha por enfrentar la monstruosa dominación burocrática sobre el movimiento obrero. La otra perspectiva implicaba alentar, como hizo Deutscher, falsas expectativas en que la burocracia podía autorreformarse, embelleciendo así al stalinismo. El enorme papel contrarrevolucionario jugado por el stalinismo a la salida de la guerra, liquidando la revolución europea muestra que era completamente acertado sostener que sólo bajo el programa de IV Internacional podía el ascenso revolucionario de posguerra triunfar. Esto también se prueba por el hecho que en los países donde los procesos revolucionarios, por la combinación de circunstancias excepcionales -Yugoslavia, China- obligó a las direcciones stalinistas a ir más allá de sus intenciones en la ruptura con la burguesía, surgieron estados obreros monstruosamente deformados que en manos de los stalinistas pusieron sus “éxitos” al servicio de los intereses de una casta hostil al socialismo y la revolución socialista internacional28.

Lo correcto de la perspectiva estratégica que marcó Trotsky se demuestra también en que el trotskysmo, a pesar de su degeneración centrista, sigue invocando el “espectro” de la revolución proletaria.

Es evidente que el difícil y tortuoso camino de rehabilitar la estrategia y el programa marxista sería hoy un millón de veces menos económico para el proletariado sin la labor teórico-práctica de la Oposición de Izquierda y la IV Internacional. Sin su fundación los revolucionarios habrían quedado dispersos durante y después de la guerra y su futuro habría sido terminar como tantas otras corrientes de la época que hoy ya nadie recuerda, desde los zinovievistas, hasta los bordiguistas italianos y los poumistas (estos últimos sólo recordados por su relación con el trotskysmo).

PARTE 3

EN LA POSGUERRA SE PROFUNDIZA LA CRISIS DE DIRECCION REVOLUCIONARIA Y SE ROMPE LA CONTINUIDAD DEL MARXISMO REVOLUCIONARIO

Los acuerdos contrarrevolucionarios de Yalta y Postdam entre el estalinismo y el imperialismo, con el reparto del mundo en zonas de influencia, abrieron un período de estabilización capitalista en el centro rodeado de decenas de guerras de liberación nacional en la periferia.29

En estas condiciones, los triunfos alcanzados por las masas, en vez de fortalecer las tendencias hacia su independencia de clase, fueron paradójicamente conquistas que fotalecieron a las direcciones burocráticas encargadas de impedir la unidad del proceso revolucionario mundial30.

En el N° 8 de Estrategia Internacionaldecíamos que “la sensación de todo el mundo era que en forma evolutiva o con revoluciones con direcciones cualquiera, el camino del proletariado conseguiría estar plagado de victorias por lo menos en los países más importantes... La construcción de estados obreros -a los que sólo los trotskystas llamábamos “degenerados y deformados” - en casi un tercio del planeta, el Estado de bienestar en Estados Unidos y sobre todo en Europa occidental y hasta cierto crecimiento en las semicolonias más prósperas daban la sensación de que la ideología de los sátrapas del Kremlim era correcta; de que, coexistencia pacífica mediante, el “socialismo” se impondría inexorablemente al capitalismo. Visto desde hoy podemos afirmar que durante Yalta (...) el proletariado hizo grandes gestas triunfantes (...) pero al ser cada uno de estos triunfos dirigidos por ejércitos guerrilleros y direcciones burocráticas enemigos de la autoorganización de las masas preparaban el camino, no del triunfo inexorable (...) sino el de la degeneración de esas conquistas parciales y preparaban el camino a la hecatombe”31.

Sin embargo el espejismo de que estas direcciones podían llevar a las masas al triunfo creó en el seno de la izquierda teorías de todo tipo que se adaptaban al mundo de Yalta y a la división del mundo en “zonas de influencia”.

El stalinismo se hizo del control de un tercio del planeta, creando la ilusión de que la lucha era entre “campos” (el imperialista y el “comunista”) y no entre clases.

Los “tercermundistas” sostuvieron que el proletariado central había dejado de ser el sujeto revolucionario, y que ahora éste era reemplazado por las masas pobres de las colonias y las semicolonias.

Como contrapartida, en Europa el boom de posguerra le dio nuevo aire a la socialdemocracia y a la perspectiva reformista. Así crecieron las visiones que negaban posibilidad de la revolución proletaria en los países imperialistas.

Sin embargo, el fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios no negaba la posibilidad de que los trotskystas, con una política correcta, en algún país, hubieran podido transformarse en una fuerza decisiva y cambiar el curso de la situación, por ejemplo en Bolivia32.

Pero en vez de esto, los troskystas fueron en la posguerra incapaces de resistir la inmensa presión de los aparatos stalinistas, socialdemócratas, nacionalistas burgueses y pequeño-burgueses, y terminaron adaptándose a los mismos. En 1951 la IV Internacional se convirtió en una organización centrista, es decir una dirección que perdió su orientación estratégica de partido independiente, pasando a adaptarse eclécticamente a cada dirección que se fortaleciera en el movimiento de masas, como fue su adoración de Tito, Mao, Castro, etc. Incluso la dirección de la IV Interacional, que había quedado en manos de Pablo y Mandel, sostuvo la política del “entrismo sui generis” en los Partidos Comunistas, con el argumento de que la “inminencia de la tercera guerra mundial” los obligaría a cumplir un papel objetivamente revolucionario. Los que se opusieron a esta política liquidadora, como el Comité Internacional encabezado por el SWP norteamercicano dieron una batalla parcialmente correcta contra esta política, pero a su vez terminaron claudicando a la socialdemocracia en sus respectivos países. Como dijimos, entre 1951-53 la IV Internacional se transformó de conjunto en un movimiento centrista rompiendo la continuidad del marxismo revolucionario. Esta dinámica de resistencias parciales correctas ante las claudicaciones más abiertas se reiteraría desde entonces. Es por eso que, habiéndose quebrado la continuidad revolucionaria, nosotros sostenemos que han quedado “hilos de continuidad” que son un punto de apoyo para la reconstrucción de la estrategia trotskysta.

El ascenso 1968-76 fortalece las tendencias a la independencia de clase

Hacia fines de los años 60 con el fin del boom capitalista y el ascenso de los años 1968-7633 vuelve a abrirse la perspectiva de que con la lucha del proletariado en occidente contra los gobiernos imperialistas, en el este contra la burocracia estalinista y en las semicolonias contra las burguesías proimperialistas, se fortalecen las tendencias al enfrentamiento a los pilares del orden de Yalta. Como consecuencia de esto resurgen las tendencias a la independencia de clase expresada en los cordones industriales chilenos, la Asamblea Popular boliviana, los consejos de inquilinos y soldados en la revolución portuguesa, etc. Sin embargo, aunque se debilitaron, el orden de Yalta y las direcciones que lo sostuvieron, no fueron derrotados. El proceso revolucionario fue desviado en el centro y aplastado contrarrevolucionariamente en América Latina.

El centrismo “trotskysta”, cuyas fuerzas se encontraban hasta el comienzo del ascenso en 1968 mayoritariamente disueltas en el stalinismo y la socialdemocracia, se fortaleció como expresión de las tendencias a la independencia de clase que devenía del enfrentamiento con las direcciones oficiales del movimiento obrero. Pero estas tendencias no pudieron ser llevadas hasta el final porque las direcciones centristas mantuvieron su estrategia de presión sobre las direcciones traidoras que ya llevaba cerca de veinte años.

La enorme validez del trotskysmo como teoría, programa y estrategia, puede verse en que, a pesar de la enorme ruptura de los centristas con la continuidad con la estrategia señalada por Trotsky, marxistas académicos como Perry Anderson vieron la posibilidad del renacimiento de la conciencia revolucionaria del proletariado encarnados en la tradición del trotskysmo: “Así la tradición que se remonta a Trotsky ...habló un lenguaje claro y apremiante, cuya prosa más fina (Trotsky o Deutscher) poseía, sin embargo, una calidad literaria igual o superior a la de cualquier otra tradición... sus miembros fueron perseguidos y desterrados. Trotsky fue asesinado en México. El precio pagado por el intento de mantener la unidad marxista entre teoría y práctica... fue elevado. Pero la ganancia obtenida para el futuro del socialismo, en cambio fue inmensa (...) el crecimiento de la lucha de clases internacional desde fines de los años sesenta ha comenzado a crear, por primera vez, desde la derrota de la Oposición de Izquierda en Rusia, una posibilidad objetiva de reaparición de las ideas políticas asociadas a Trotsky en ámbitos fundamentales de los debates y la actividad de la clase obrera. Cuando se produzca esta conjunción, sus valores serán juzgados por la crítica más amplia de la práctica proletaria de masas ”34.

La incapacidad del centrismo “Trotskysta” de adoptar en estos años una estrategia revolucionaria llevó a que, pasado el ascenso, terminara adaptándose al giro a la derecha de los aparatos reformistas en los ‘80 (que se adaptaron a la ofensiva “reaganiano-thatcheriana”) para terminar estallando las principales tendencias del “trotskysmo de Yalta” luego de su incapacidad absoluta para responder revolucionariamente al proceso de revoluciones antiburocráticas de 1989-91.

La madurez de los factores objetivos y la inmadurez de la subjetividad revolucionaria de la clase obrera

La casi totalidad de los intelectuales y académicos “progresistas” que en su momento hicieron apología de los estados obreros degenerados y de sus burocracias gobernantes pasaron luego a ser los apologistas del capitalismo. Y como siempre han identificado antidialécticamente a la clase obrera con sus direcciones, hoy no ven otro destino que el que les proporciona el “modelo” que han seguido los estalinistas y socialdemócratas: ser los agentes directos de sus propias burguesías, y han pronosticado (confundiendo el diagnóstico de la situación de las masas con el suyo propio) la “impotencia” del sujeto como factor revolucionario, contribuyendo de esta forma al festín ideológico sobre la “muerte del socialismo”.

Para muchos de estos intelectuales, como para gran parte de la izquierda mundial, el proceso desatado en el este desde 1989 -por el bajísimo nivel de conciencia donde la independencia de clase estaba liquidada por la acción del estalinismo, y por lo tanto fueron revoluciones “ciegas, sordas y mudas” que veían en el capitalismo occidental una salida- no han sido más que la confirmación de una derrota histórica de la clase obrera y del triunfo del capital sobre ella.

En la nota de Estrategia Nro. 8 antes citada, respondíamos que más allá de que las revoluciones desatadas en el este fueron desviadas, estranguladas o derrotadas según los casos, “sin embargo no nos olvidamos ni por un momento que las castas gobernantes estalinistas (...) eran un elemento (¿el elemento?) central estabilizador del orden capitalista imperialista... Por eso, y por extraño que parezca, decimos que quizás esas derrotas en “oriente” (...) contradictoria, dialécticamente han vuelto a poner a la historia que estaba parada sobre su cabeza, sobre sus pies (...) asistimos a una verdadera ruptura del “impasse estratégico” que conseguía “victorias” relativamente “fáciles” para el proletariado, fortaleciendo a las burocracias gobernantes (...) Ahora el proletariado está comenzando a recuperar su espontaneidad, las burocracias a las que se enfrenta son de una magnitud enormemente menor (...) y su camino estará seguramente plagado de derrotas pero hay una luz al final del tunel, y es la posibilidad de que las masas autoorganizadas triunfando no estén trabajando como durante Yalta para su enemigo mortal, el orden capitalista imperialista”.

Aunque estratégicamente el colapso del aparato estalinista mundial abre un período que rompe el “impasse estratégico” de Yalta, en lo inmediato el agravamiento de la crisis mundial, pone de manifiesto una enorme contradicción entre la putrefacción del capitalismo imperialista -y con ella la madurez de las condiciones objetivas para la revolución proletaria- y la inmadurez de la subjetividad revolucionaria de la clase obrera. Si bien el proletariado mundial se ha venido recuperando de los bajísimos niveles de subjetividad en los que había caído a principios de los ‘90, con la contraofensiva de masas que hemos visto desde 1995 en varios países lo que se ha reforzado son las ilusiones reformistas y las direcciones contrarrevolucionarias del movimiento de masas.

Esta enorme contradicción entre los factores objetivos y la crisis de dirección revolucionaria y de la conciencia y la independencia de la clase obrera, ha llevado a distintas corrientes de izquierda que se reclaman del marxismo revolucionario a buscar salidas que no se acercan sino que se alejan cada vez más de la resolución de la crisis de dirección del proletariado. Algunos sostienen que de lo que se trata es sólo de “hacer teoría”, “estudiar” y “hacer propaganda socialista”, como única tarea, sin intervenir en la lucha de clases real donde las direcciones oficiales inculcan el veneno de la colaboración de clases y está planteada una lucha fenomenal para educar -en la lucha práctica- en la independencia de clase y la desconfianza a los reformistas. Es decir, quieren esperar sentados, en “pantuflas” a que emerja de un día para el otro un movimiento obrero revolucionario. Otros directamente con la excusa que la burguesía ha “triunfado”, llaman a unirse a los reformistas de todo pelaje, como si éstos fueran una contención a los planes capitalistas y no sus aplicadores. De esta forma inculcan la colaboración de clases y refuerzan las ilusiones de las masas en los partidos obreros burgueses y en las coaliciones “rojiverdes”, artífices de la “tercera vía” capitalista.

A más de un año del estallido de la crisis, el proletariado no está a la altura de las tareas que la magnitud de la misma requieren. El desarrollo de la independencia proletaria en el sentido estratégico que hemos planteado aquí, es aún el factor más retrasado en la situación actual. Sin embargo, como ya hemos demostrado en otros artículos de esta revista, la crisis mundial que amenaza extenderse en el tiempo y la crisis aguda de los estados capitalistas de conjunto, en perspectiva crearán nuevas condiciones en la lucha de clases, tarde o temprano, para el desarrollo de una nueva subjetividad revolucionaria y conciencia del proletariado que será forjada en las inevitables derrotas, vacilaciones y triunfos que consiga el movimento obrero; bajo esa experiencia tenderá a emerger un movimiento revolucionario de masas real.

Si la crisis de 1968 y el fin del boom de posguerra abrió un ascenso generalizado en diversos países, las condiciones actuales de mayor descomposición capitalista pueden crear las condiciones para un ascenso mayor aún. Hoy esta crisis ya ha tenido el mérito de empezar a barrer con las ilusiones que las masas tenían en el capitalismo, aunque todavía no encuentren una alternativa al mismo.

Recomponer la subjetividad del proletariado creando “organizaciones sociales, culturales, asociativas y sindicales” como pretenden los “teóricos” marxistas socialdemocratizados, como si el proletariado pudiera “recomenzar de cero” bajo el “desarrollo armónico del capitalismo”, como si volviéramos al siglo XIX, es no comprender nada de nada de la época de revolución y contrarrevolución que vivimos a fines del siglo XX. Como si se pudiera “recrear” una “nueva solidaridad de clase” sin, por ejemplo, barrer a las burocracia de los sindicatos, completamente cooptados al estado capitalista, que vienen jugando un rol “destacado” en impedir la irrupción de las masas frente a la crisis actual. No por casualidad estos mismos “recomponedores” por la vía “pacífica” y “evolutiva” de la subjetividad revolucionaria del proletariado han sido solidarios, sobre todo, con esos mismos dirigentes sindicales traidores.

El partido revolucionario podrá contribuir a recomponer la subjetividad revolucionaria de la clase obrera en la medida que sea capaz de combatir los intentos de las direcciones de llevar a las masas por la via de la “recomposición reformista”, en la medida en que eduque en la desconfianza de la colaboración de clases que practican sus “jefes”.

Una tercer variante que han propuesto diversas organizaciones que se reivindican trotskystas es la formación de Partidos de Trabajadores como táctica permanente, es decir como estrategia y por lo tanto desligada de las tendencias reales existentes en la clase obrera. Así hay grupos como el Partido Obrero de Argentina que ha inventado una “ruptura” de la clase obrera con su dirección burguesa, el peronismo, para poder aplicarla. Esta política lejos de ayudar y educar en el camino de la independencia de clase en el sentido amplio, es decir, revolucionario -en el sentido de la estrategia de la dictadura del proletariado basada en el poder de los soviets- convierte a los “trotskystas” en los voceros de la construcción de partidos reformistas, es decir, de partidos obrero burgueses. De esta manera transforman la “independencia de clase” en una etapa en sí misma, separada de la lucha por el derrocamiento del régimen burgués, lo cual no es más que una adaptación al mismo. Esta concepción lleva al abandono de la lucha por construir un partido revolucionario. Esto no descarta la posibilidad de que en determinadas circunstancias, en la medida que las masas o importantes sectores de vanguardia desarrollen tendencias reales a la formación de un PT, los revolucionarios intervengamos en él con el objetivo de favorecer el desarrollo de un partido revolucionario. Pero la ruptura con las direcciones burguesas no significa que inevitablemente la clase obrera tomará este atajo. Esta “moda PT” está en “sintonía” con el auge de los gobiernos reformistas, obrero burgueses en Europa y otros países.

Lo que está perdido irremediablemente en todas estas variantes es la independencia de clase como estrategia, es decir, en el sentido de que el proletariado, como plantea Trotsky “ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente dominante” en las vísperas de la toma del poder. Esto significa que más allá de las formas que adquiera en cada período de la lucha de clases y de la construcción del partido revolucionario, la estrategia de los trotskystas revolucionarios debe estar indisolublemente ligada a esta perspectiva. Lo opuesto, como hemos demostrado, a la orientación estratégica planteada por Trotsky, expresada, por ejemplo, tanto en la lucha por el frente único obrero en Alemania en 1933 (que era la forma que adquiría el combate por la independencia de clase hacia el desarrollo de organismos de poder obrero y milicias armadas) como en la lucha contra la colaboración de clases del “frente popular” en Francia. Esta continuidad estratégica de luchar por la indenpendencia de clase proletaria es lo que no entendieron ni entenderán jamás los centristas. Andrés Nin, Victor Serge y otros apoyaron la “táctica” del frente único en Alemania, pero rechazaron el combate sin cuartel a los que capitulaban al frente popular en Francia o España, porque sólo tomaban la “táctica” en su aspecto episódico, desligándola de la estrategia revolucionaria de desarrollar la independencia de clase en la perspectiva de la formación de soviet y de la dictadura del proletariado.

Conclusión

a) La revolución teórica de Trotsky al descubrir la ley del desarrollo desigual y combinado permite comprender la dinámica de la revolución proletaria en la época imperialista, manteniendo la continuidad con el “núcleo duro” de la teoría de Marx: que la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción abre una época de cambios revolucionarios del orden social; que el motor de la historia es la lucha de clases y que ninguna sociedad desaparece de escena hasta haber agotado toda su potencialidad.

b) La orientación estratégica de Trotsky está dada por la doble tarea de que la clase obrera conquista su independencia frente al enemigo de clase y la hegemonía sobre las clases explotadas y oprimidas por el capital. Esto es lo opuesto de la idea bastardeada de independencia de clase que utilizan los centristas (equiparada a independencia organizativa de un partido obrero con programa cualquiera). Consideramos independencia de clase a toda tendencia progresiva de la lucha de la clase obrera a superar los límites del régimen burgués y de las direcciones contrarrevolucionarias.

c) Que la continuidad de esta estrategia fue rota por el “trotskysmo de Yalta” pese a haber dejado ciertos hilos de continuidad.

d) La estrategia de impulsar todo paso hacia adelante en la conquista de la independencia de la clase obrera -en la perspectiva de la lucha por la dictadura del proletariado basada en organismos de autodeterminación de las masas y en la perspectiva de la derrota del imperialismo mundial y la construcción del socialismo- determina el “para qué” de nuestra pelea por reconstruir la IV Internacional y sus secciones nacionales.

e) Esta política es opuesta por el vértice a la de los centristas que se adaptan a la colaboración contrarrevolucionaria entre el neo-stalinismo y la socialdemocracia ya sea en forma directa o con independencia organizativa, postulando la formación de “Partidos de Trabajadores” en todo tiempo y lugar, dándole a esta táctica circunstancial un contenido estratégico y, por lo tanto, reformista. De esta manera se abandona la necesidad del partido revolucionario y de la lucha por la dictadura del proletariado.

f) La lucha por la independencia de clase proletaria, siempre en el mismo sentido de lucha por el poder obrero, atraviesa la actividad de los marxistas revolucionarios, desde una liga pasando por un partido de vanguardia hasta un partido con influencia de masas, permitiendo combatir las diversas desviaciones (tacticismo, abstencionismo, propagandismo, etc.) en que inevitablemente cae todo partido revolucionario que intenta penetrar en el movimiento de masas real.

NOTAS:
1 La Comuna de París es elegida el 26 de Marzo y proclamada dos dias más tarde. Surge como consecuencia de la guerra Franco-Prusiana que estalla en 1870 y donde el ejército francés es fácilmente derrotado. El 4 de Septiembre de ese año estalla la revolución en París y el segundo Imperio de Luis Bonaparte cae como un castillo de naipes. El antagonismo entre el nuevo gobierno formado en su mayoría por burgueses y el proletariado armado no tardó en estallar. París se rinde frente a las tropas Alemanas pero el proletariado sigue defendiendo la ciudad en armas. El nuevo gobierno luego de la claudicación entendió que el proletariado en armas era su verdadero enemigo. Así se une el gobierno francés y el ejército prusiano contra el proletariado de París. Para Marx, la Comuna es el prototipo del futuro estado proletario y el que asumirá la tarea de la realización comunista. La Comuna viene a completar el esbozo del Manifiesto en cuanto a qué forma de organización estatal impondrá esa dominación. La Comuna declara la revocabilidad de los funcionarios, se les paga el sueldo de un obrero medio; concentra las tareas legislativas y ejecutivas; suprime la policía, la guardia nacional constituye un Comité Central elegido por batallón, el ejército es el pueblo en armas. Estas instituciones conviven con el Comité de Salud pública elegido en el seno de la Comuna. En los talleres socializados hay un control estricto por parte de los obreros. Marx, que apoyó vivamente al movimiento una vez desatado, que extrajo las condiciones de un nuevo tipo de estado proletario, indicó al mismo tiempo los límites de esa experiencia, al haber obrado con “ingenuidad” frente a las tropas de Thiers, no haber extendido la guerra hacia Versalles y haberse detenido a las puertas del Banco Nacional de París. (Para un estudio detallado, ver La guerra civil en Francia y El 18 brumario de Luis Bonaparte, C. Marx.)
2 En los orígenes de la revolución permanente, Alain Brossat. Editorial Siglo XXI, pag. 9.
3 En la revolución francesa del 1848 una alianza de la oposición burguesa, pequeño burguesa y de la clase obrera barre con Luis Felipe y declara la República, que la clase obrera considera como propia y la denomina “república social”. El proletariado resiste el intento del nuevo gobierno de desarmar a los obreros y estos caen luego de cienco dias de sangrientos combates. A su turno la coalición de partidos monárquicos y burgueses es desplazada por Luis Bonaparte quien a fines de 1851 disuelve la Asamblea Nacional y declara el Segundo Imperio. (ver La lucha de clases en Francia, C. Marx).
4 Marx, La lucha de clases en Francia.
5 La nueva ciencia del materialismo histórico es tributaria de la filosofía y la ciencia burguesa de su época. La ruptura con el socialismo francés, con la economía inglesa y la filosofía Alemana es una ruptura dialéctica, donde el proletariado ha recogido y continuado sobre bases enteramente nuevas la ciencia de su época, allá donde la burguesía no podía seguir andando sin quitarle el velo a las contradicciones insalvables de la sociedad capitalista.
En primer lugar Marx y Engels son tributarios de la ilustración, la revolución francesa y el desarrollo industrial. Por eso siempre han dominado los nuevos avances científicos, han defendido el papel revolucionario de la burguesía y el impulso que este dio al desarrollo de las fuerzas productivas y analizaron las leyes de la economía según la escuela clásica inglesa. “Su interés por el desarrollo de las fuerzas productivas y por la tecnología; su valoración de la importancia de la teoría económica abstracta; su clara distinción entre el proletariado asalariado y la categoría social e históricamente indiferenciada de los pobres; su insistencia en el papel revolucionario de la burguesía (...); su implacable hostilidad hacia toda forma de romanticismo, sentimentalismo y misticismo...” (Goran Therborn, Ciencia Clase y Sociedad) los definen claramente a Marx y Engels como herederos de esa tradición. La filosofía Alemana, de la cual fueron parte los inclinó al estudio teórico serio, sistemático y abstracto.
La ruptura con la ”ideología alemana” se haría inevitable cuando, en contacto con el movimiento obrero, desechen el interés por la humanidad, el amor, la libertad y la alienación en general, como especulación filosófica y resoluble en el estrecho espacio de la “razón”, para dar paso al análisis de la realidad social, de la lucha de clases y la resolución de las contradicciones en el plano, no de la razón y el “entendimiento”, sino en el más fecundo de la lucha de clases y la revolución proletarias. El lado “activo” de la filosofía idealista sólo podía materializarse en el proletariado revolucionario. Sin embargo Engels, no por casualidad afirmó que “el movimiento obrero de Alemania es el heredero de la filosofía clásica alemana” y sostuvo en vida de Marx que “sin la filosofía alemana que le ha precedido, especialmente sin la filosofía de Hegel, jamás se abría creado el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que ha existido”. Engels sostiene que el proletariado alemán pertenece al pueblo más teórico de Europa, a diferencia del empirismo inglés que arrastra al proletariado y le impide progresar, y que con el desarrollo capitalista en Alemania la burguesía trasladó la “especulación” del terreno de la filosofía al de la “bolsa”, abandonando el estudio teórico que quedó en manos del proletariado.
6 L. Trotski, “A 90 años del Manifiesto Comunista”.
7 La revolución de 1848 que se desata en el continente y que encontrará a Marx en el ala izquierda de la democracia pequeñoburguesa alemana, lo llevan al escepticismo de que la burguesía alemana esté en condiciones de encabezar como en la Francia de 1789, al movimiento de todo el pueblo contra la monarquía feudal. Ese escepticismo se traducirá en una enérgica alocución contra la “miopía” y la “torpeza” de la “cobarde” burguesía alemana, más temerosa del proletariado que valiente frente al absolutismo (“Dos alocuciones del Comité Central de la Liga de los Comunistas a sus afiliados, marzo y Junio de 1850”). El llamado a la independencia política del proletariado aún en el proceso de la revolución burguesa inacabada en Europa, a continuar la lucha proletaria aún en caso de triunfo sobre la monarquía prusiana por parte de las “clases medias” el llamado a romper definitivamente con los “demócratas radicales” son parte de las lecciones revolucionarias que extraen Marx y Engels de la revolución continental del 48.
8 La “Paz inglesa” del siglo XIX estaba sostenida en el floreciente desarrollo de la industria y el monopolio del comercio mundial. La unificación Alemana impulsada por Bismarck era la expresión de una burguesía que habiendo llegado tarde al reparto del mercado mundial, se sacaba de encima las viejas trabas absolutistas al desarrollo capitalista y se aprestaba a competir por esos mercados. Pero las tendencias a la lucha interimperialista por el reparto del mundo eran aún eso, tendencias. El mundo no había sido aún completamente conquistado.
9 F. Engels, prefacio de 1895 a La lucha de clases en Francia.
10 El mercado mundial estaba basado sobre todo en la exportación de mercancías pero no sobre la exportación de capitales y la formación de grandes monopolios y Sociedades Anónimas que caracterizan al capitalismo imperialista.
11 Es importante observar, ante el nulo debate que recorre al marxismo frente a la crisis económica, social y política actual, que en aquel momento la socialdemocracia internacional desde primcipios de siglo estuvo recorrida por un enorme debate teórico y político en el que intervinieron Hilferding, Parvus, Kautski, Berstein, Lenin, Trotski, Luxemburg entre los autores más conocidos. Lenin sostuvo en relación al marxismo ruso que “por una parte, el bolchevismo surgió en 1903 sobre una base muy sólida de la teoría marxista. Lo acertado de esta teoría revolucionaria, y sólo de ella, ha sido demostrado no sólo por la experiencia intrernacional durante el siglo XIX, sino en partcular, por la experiencia de los tanteos y vacilaciones, los errores y desengaños del pensamiento revolucionario en Rusia (...) gracias a la emigración provocada por el zarismo, la Rusia revolucionaria, en la segunda mitad del siglo XIX logró riqueza devinculos internacionales y un exelente conocimiento de las formas y teorías del movimiento revolucionario mundial como ningún otro país (...) en ningún país se concretó enun tiempo tan breve tal riqueza de formas, matices y métodos de lucha de todas las clases de la sociedad moderna, lucha que debido al atraso del país y el rigor del yugo zarista, maduró con excepcional rapidez y asimiló con particular ansiedad y eficacia la ‘última palábra’ de la experiencia política americana y europea” (Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo).
12 ”Sería un error creer que esta tendencia a la descomposición excluye el rápido crecimiento del capitalismo. No; en la época del imperialismo, ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países, manifiestan, en mayor o menor grado, ya una, ya otra de estas tendencias”. (Lenin, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo).
13 L. Trotski, Resultados y perspectivas.
14 Idem.
15 ”Las leyes de la historia no tienen nada de común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido material, sería imposible comprender la historia de Rusia ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado, cualquiera que su grado sea”. (L. Trotski, Historia de la revolución rusa, Tomo I, Pag. 15, editorial Antídoto).
16 El “núcleo duro” de la teoría marxista queda sintetizado en: 1) que la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción abren una época de cambios revolucionarios del orden social; 2) Que el motor de la historia es la lucha de clases; y 3) que un sistema no desaparece de la escena histórica hasta tanto no haya agotado todas sus potencialidades.
17 Como sostiene Brossat “Una de las enseñanzas -negativas- más importantes del jóven Trotski es que la teoría de la revolución permanente, para ser llevada a su más alto grado de desarrollo y de eficacia política, debe ser transmitida a la práctica política, no solamente por mediación del genio político de un pensador revolucionario aislado, sino por la de la organización proletaria. En la teoría como en la práctica, la revolución permanente en la completa acepción del concepto es inseparable del partido”. A. Brossat, En los orígenes de la revolución permanente. ( ED. siglo XX, pag, 23).
18 El militante bolchevique debía ser “capaz de reaccionar contra cualquier manifestación de arbitrariedad y de opresión, donde quiera que se produzca y cualquiera sea la capa o clase social a la que se afecte; capaz de generalizar todos estos hechos y ofrecer un cuadro único de la brutalidad policial y la explotación capitalista: capaz de aprovechar el menor detalle para exponer ante todos sus convicciones socialistas y sus reivindicaciones democráticas, para explicarle a todos la importancia histórica mundial de la lucha emancipadora del proletariado”. Y discutiendo contra los “tradeunionistas” sostiene “La Socialdemocracia representa a la clase obrera no sólo en su relación con un grupo de patronos, sino en sus relaciones con todas las clases de la sociedad contemporanea, con el estado como fuerza política organizada. Se comprende por tanto, que los socialdemócratas no sólo no pueden circunscribirse a la lucha económica, sino que ni siquiera pueden admitir que la organización de las denuncias económicas constituyan su actividad predominante”.( Lenin, Que hacer).
19 Lenín en 1903 sostuvo que el proletariado sólo podía adquirir espontáneamente una conciencia “tradeunionista”, no socialista. Por eso era necesario incorporarla “desde afuera” del movimiento obrero. En números anteriores de la revista ya hemos planteado en qué medida el “Que Hacer” de Lenín fue reivindicado por la historia y en qué medida la constitución de Soviet en la Rusia revolucionaria el proletariado había demostrado que la conciencia del proletariado podía ir más allá del “economicismo” cuestión que el mismo Lenín supo ver más tarde (ver Estrategia Internacional nros. 4/5).
20 Nos referimos a las posiciones de Burroway, Moscoso y otros expresadas en la revista Zona abierta de 1997.
21 ”Para apreciar debidamente la situación y decidir el momento oportuno para emprender el ataque al enemigo, era necesario que las masas, su sector dirigente, tuvieran sus postulados ante los acontecimientos históricos y su criterio para la valoración de los mismos. En otros términos, era necesario contar, no con una masa como otra cualquiera, sino con la masa de los obreros petersburgueses y de los obreros rusos en general, que habían pasado por la experiencia de la revolución de 1905(...) y era necesario que en el seno de esas masas hubiera obreros que hubiesen reflexionado sobre la experiencia de 1905, que supieran adoptar una actitud crítica ante las ilusiones constitucionalistas de los liberales y los Mencheviques, que se asimilaran a la perspectiva de la revolución (...)A la pregunta formulada más arriba: ¿quién dirigió la insurrección de Febrero? podemos, pues contestar de un modo harto claro y definido: los obreros concientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin.” (L. Trotsky, Historia de la revolución rusa, Tomo I, cap. 8).
22 L. Trotsky, Historia de la revolución rusa, Tomo I, cap. 11, editorial Antidoto.
23 Como sostiene la tesis 4 de la Revolución Permanente “... la realización de la alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas sólo es concebible bajo la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista”
24 D. Bensaïd, La Discordance des Temps. Bensaïd es el principal teórico de la LCR francesa y de lo que era el Secretariado Unificado de Ernest Mandel. En su concepción revisionista pretende inventar a un Lenín que “aproveche las oportunidades estratégicas” mientras condena a Trotsky por tener una explicación de la historia por las traiciones de las direcciones. De esta manera realiza una doble operación que no es ingenua. Por una lado persigue el objetivo de quedar con las manos libres para coquetear abiertamente con los reformistas, como hace la LCR con el gobierno de la “izquierda plural”; mientras, con su interpretación de la “ortodoxia” leninista hace pasar todo tipo de políticas oportunistas, eso sí, esperando el “momento estratégico”.
25 El concepto de hegemonía de Gramsci y los gramscianos lejos de ser tributario del marxismo de la tercera internacional, es decir, del concepto de hegemonía del proletariado como dirigente de la alianza de clases, es más bien tributario del marxismo degradado de la segunda internacional en su período oportunista.
26 “La historia ha resultado ser tal que que en la época de guerra imperialista la Socialdemocracia alemana probó -y esto puede ser afirmado con completa objetividad- ser el factor más contrarrevolucionario en la historia mundial. La Socialdemocracia, sin embargo, no es un accidente; no cayó del cielo sino que fue creada por el esfuerzo de la clase obrera alemana en el curso de décadas de construcción ininterrumpida y adaptación a las condiciones existentes bajo el estado Junker-capitalista. La organización de partido y los sindicatos conectados con él, extrajeron del medio proletario, los más destacados, enérgicos elementos, y los moldearon psicológica y políticamente. En el momento en que la guerra estalló, es decir, cuando llegó el momento para la gran prueba histórica, hicieron que las organizaciones oficiales de la clase obrera pensaran y actuaran (...) como un órgano auxiliar del estado, dise;ado para disciplinar al proletariado”. L. Trotsky, Balance de la Revolución Alemana, abril del 1919, Ed. Pathfinder.
27 “El monopolio del capital financiero actual se discute furiosamente; ha comenzado la época de guerras imperialistas. Entonces (Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX, N de R) se podía sobornar, corromper por decenios a la clase obrera de un país. Ahora esto es inverosímil, y quizá hasta imposible. Pero en cambio cada potencia imperialista puede sobornar y soborna a capas más reducidas (que en Inglaterra de 1848 a 1868) de la . Entonces como dice con admirable profundidad Engels, sólo en un país podía constituirse un , por que sólo un país disponía del monopolio, pero, en cambio, por largo tiempo. Ahora el es inevitable y típico en todos los países imperialistas, pero... no es probable que semejante partido triunfe por largo tiempo en una serie de países. Pues los trust, la oligarquía financiera, la carestía, etc. permiten sobornar a un puñado de las capas superiores y de esta manera oprimen subyugan, arruinan y atormentan con creciente intensidad a la masa de proletarios y semiproletarios.”. “más de una vez...hemos señalado esta relación económica, la más onda, precisamente de la burguesía imperialista con el oportunismo, que ahora (será por mucho tiempo?) ha vencido al movimiento obrero. De ello deducíamos entre otras cosas, que es inevitable la escisión con el socialchovinismo”. Lenin, El imperialismo y la escición del socialismo. Octubre de 1916.
28 Con este mismo método pragmático de Deutscher también habría que objetar a Lenin, a Trotsky y a todos los bolcheviques, ya que -visto en perspectiva histórica- la burocratización y en la actualidad el proceso de restauración capitalista, “demostrarían” que la toma del poder y la dictadura del proletariado en Rusia (un país atrasado) fue un acto de “voluntarismo”. Y lo mismo se le podría reprochar a los Comuneros de París, a Rosa Luxemburg o Karl Liebneck.
29 Pese al alejamiento de la perspectiva de la revolución proletaria luego del desvío de la revolución europea por la traición del stalinismo, la periferia capitalista vivió un proceso de enorme ascenso revolucionario. De un continente a otro estallan revoluciones anticolonialistas. En China, con la derrota de Japón se crea una impresionante movilización revolucionaria que avanza sobre las ciudades, expropiando las tierras, liquidando a los terratenientes y usureros, y obligarán contra la propia voluntad de la dirección del PC Chino encabezada por Mao a expropiar a la burguesía y tomar el poder. En Africa los pueblos coloniales se levantan contra la dominación imperialista como Argelia en 1953. En Corea se toma el poder en 1952. El proletariado boliviano fundó la COB, desarticuló a la policía y el ejército burgués, creó sus propias milicias y puso en jaque al régimen burgués en 1952. El proceso revolucionario en Indonesia aplastado por la dictadura de Suharto en 1965. El triunfo de la revolución cubana en 1959 que bajo los golpes del boicot norteamericano, la invasión a Playa Girón y el ascenso de las masas del campo y la ciudad, obligan a la dirección castrista a expropiar y romper el gobierno de colaboración con la burguesía en 1961; la presión norteamericana arroja al pueblo vietnamita a una guerra nacional que se inicia en 1963 y durará una década con la derrota del imperialismo y la unificación nacional con la expropiación de la burguesía y la consolidación de un nuevo estado obrero deformado en Indochina.
Por su parte en este período previo al ascenso del ‘68 se desarrollaron una serie de procesos de revolución política en los estados obreros deformados: los levantamientos de Berlín en 1953; Hungría 1956; Polonia 1956.
30 Parece una contradicción en los términos que sostengamos que, a pesar de la importante conquista que significó la expropiación de la burguesía en un tercio del planeta, durante décadas estuvo bloqueada la perspectiva socialista y la derrota del imperialismo. En todos esos años en la izquierda e incluso en el movimiento trotskista se creía que de forma “evolutiva” y “sumando estados obreros” a pesar de su monstruosas deformaciones de origen y de la dirección estalinista, se llegaba al socialismo. La inmensa mayoría de estas corrientes se dedicaron a “presionar” a las direcciones para que, “aún contra su voluntad” expropien y avancen al socialismo. Esa interpretación infantil de creer que se puede llegar al socialismo por “efecto dominó” con direcciones estalinistas y pequeño burguesas a la cabeza no era más que una “teoría” con la cual se adaptaron a estas direcciones.
31 E. Albamonte, Estrategia Internacional N° 8, pag. 2.
32 En Bolivia, por ejemplo el POR tuvo excepcionales condiciones para ganar la mayoría del proletariado organizado en la COB y conducirlas a la toma del poder. La claudicación del POR al ala izquierda del gobierno burgués lo impidió. La toma del poder por parte del proletariado boliviano con una dirección revolucionaria a la cabeza podría haber permitido desbloquear el dominio de las burocracias sobre el movimiento obrero en diversos países y transformar al trotskismo en una alternativa de peso al estalinismo. En otros países si los partidos que se reclamaban trotskistas no hubieran cedido a los aparatos, aún sin poder barrerlos, se habría constituido al trotskismo como una alternativa de vanguardia fuerte como oposición al reformismo.
33 Durante los años 1968-76 se vivió el primer gran ascenso desde la segunda guerra. El mismo abarcó a las semicolonias (México, Chile, Bolivia, Argentina, etc.), Europa (Francia, Italia, Portugal y otros), EEUU, Japón y el este europeo (Checoslovaquia, Yugoslavia, Polonia).
34 Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental, Siglo XXI, pag. 124.



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