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La conferencia de Lima

Artículo fechado el 22 de enero de 1938. Publicado en Clave Nro. 5,

primera época, febrero de 1939.

 

Por Adolfo Zamora

 

Nunca como hasta ahora, la política norteamericana había ofrecido un aspecto más claro de preludio de guerra. De guerra en el más amplio sentido de la palabra: pugna interimperialista por el dominio económico y político del globo, lo mismo en el terreno de la preparación bélica (bases navales, terrestres y aéreas, armamentos, ejércitos metropolitanos y coloniales) que en el del comercio mundial y las zonas de influencia.

Una vez más comprobamos así que la guerra sólo es la prolongación de la política con medios distintos; ahora, sobre todo, que ésta anuncia momento a momento que en donde terminen las conferencias y las notas diplomáticas, las visitas ilustres y las campañas de propaganda envenenada, ahí habrán de hablar los cañones y las ametralladoras, como argumentos diferentes, pero de idéntico propósito.

Si Versalles puede ser considerado como la culminación triunfante del viejo imperialismo demócrata en su lucha por conservar la hegemonía mundial, es preciso reconocer que Munich pasará a la historia como el signo inequívoco de que un nuevo período de luchas decisivas se ha abierto por el reparto del mundo entre los grandes imperialistas. Nada de lo que les dio Versalles pueden tener como adquirido los imperialistas franco-anglo-americanos. Y si los demócratas de allende el Atlántico han comprobado plenamente esta verdad en el Mar Rojo, en el Mediterráneo, en China, en Checoslovaquia; los de este lado, no pueden menos que verse en el espejo europeo, máxime cuando los síntomas políticos hacen prever una ampliación cada vez mayor de los llamados conflictos localizados hacia una escala mundial, en la que el imperialismo yanqui tendrá que jugar también su carta.

El “buen vecino” pudo durar mientras la tarea de Roosevelt sagrada defensora de la democracia, fuera conseguir la confianza de los ex-antimperialistas latinoamericanos, haciéndolos cambiar de bandera con el pretexto de adoptar la del antifascismo, o lo que es lo mismo, en construir también una especie de unión sagrada panamericana de oposición a la amenaza fascista. Conseguidos semejantes fines, el próximo paso lógico de su política tenía que ser la utilización de ese bloque en la lucha contra los imperialismos rivales, lo mismo demócratas que fascistas. Y es en ello que se encuentra actualmente empeñada la burguesía norteamericana, bajo la dirección de Roosevelt.

La Conferencia de Lima marcó oficial e internacionalmente la entrada resuelta de Wall Street en la palestra mundial de la lucha bélica interimperialista que se aproxima. En ella pretendió asestar a los fascistas un golpe que, por lo pronto, se quedó en amenaza. Ese golpe, además, sólo habría balanceado imparcialmente el que acaba de asestar al imperialismo democrático de la City, por medio de lo tratados comerciales consentidos por Inglaterra y el Canadá y gracias a los cuales, los Estados Unidos tienen ya acceso privilegiado a la estructura económica del Imperio y participación importante en el control del 60% del comercio mundial, manejado ahora por manos anglo-americanas. Desgraciadamente para Roosevelt, la Gran Bretaña movilizó en contrataque su brigada argentina y se vengó en parte de la reciente derrota, convirtiendo la alianza panamericana de la democracia, en la Declaración de Lima.

La conferencia tuvo dos escenarios: la sala de sesiones y los pasillos de los hoteles limeños. En aquella, se habló de vagas libertades, derechos y solidaridades continentales; se concertaron convenios anodinos y se hizo gala de propósitos hipócritas, como consistió, dentro de su país, en constituir a su rededor la unión de costumbre. Entre bambalinas, la actividad fue enteramente distinta. Ahí fue donde se entabló la lucha yanqui-británica. Ahí fue donde actuaron Hull-Landon-Lewis-Tracy al mando del bloque demócrata, cuya lista encabeza Getulio Vargas, el siniestro tirano de Guanabara; Cantilo, fantasmal, dirigiendo desde Buenos Aires las tropas de la city londinense y los agentes germano-italianos, azuzando la oposición antiyanqui en todos los sectores de opinión, oficiales o no. Ahí fue, en realidad, donde se jugó la partida.

Iniciada con discursos y declaraciones de tono demagógico por Roosevelt y Hull, continuada con opiniones aclaratorias mas o menos autorizadas de comparsas de segunda fila (militares, financieros, periodistas, burócratas sindicales), la nueva política norteamericana esperaba consolidar su primera etapa (organización de las fuerzas continentales disponibles) por medio de una especie de pacto defensivo y ofensivo de las veintiún repúblicas, preparado oportunamente por Hull. La concertación de ese pacto habría de permitir a los imperialistas de Wall Street apoyarse sobre los países vasallos en una ofensiva mundial a fondo contra los otros grupos imperialistas, enarbolando la bandera de la democracia, por lo menos, en tanto ésta les fuera útil. El proyecto de declaración de Hull que Getulio fascista habría querido ver reforzada mas allá de lo que pretendía su amo demócrata, fue torpedeado por Londres, que ofreció en cambio un contraproyecto anodino por boca de Cantilo, finalmente adoptado bajo el nombre de Declaración de Lima.

Claro está que esa declaración no satisfizo ni con mucho la ambición yanqui; pero tuvo ésta que contentarse con ella, por lo menos públicamente, en espera de momentos más favorables y pronta a servirse de otros medios. En efecto, los intereses que mueven a Roosevelt y sus gentes son demasiados premiosos para admitir su conformidad con el revés sufrido. Y lo más seguro es que Lima, para su futuro una vez gastado en ella el cartucho demagógico de la defensa de la democracia en el hemisferio, se transforme en un simple episodio desdichado que la diplomacia del dólar tratará de convertir en victoria. Y en este sentido, ¿qué mejor epílogo podía tener la reunión panamericana, que esa 2ª Conferencia de Lima en la que, pocos días después, se untaron los representantes diplomáticos y consulares de Estados Unidos en América Latina, para reforzar nuestras líneas diplomáticas de defensa de Sudamérica?

Los Estados Unidos, a pesar del poco valor concreto de la Declaración de Lima, están tratando de explotar lo que en ésta haya de apoyo para su tesis explicativa de la campaña armamentista: el punto de profesión de fe democrática.

Por lo demás, en la parte en que la Declaración calle, hablará la metrópoli. Roosevelt pretende hacer girar en torno de ella toda la justificación de su alarmismo y, por lo tanto, del rearme yanqui y de la necesidad de formar un solo bloque continental, bajo las órdenes del imperialismo “demócrata” del Norte.

La tesis se resume así: la amenaza fascista de Alemania, Italia y el Japón se vuelve día a día más inminente. La penetración del fascismo en este hemisferio se ha venido operando por medio de agentes confidenciales de los distintos regímenes totalitarios; pero muy pronto esa táctica podrá ceder el sitio a un ataque armado, a una invasión en forma, y es preciso que los Estados Unidos y las otras democracias del continente se unan en un esfuerzo defensivo común para expulsar de estas tierras a las hordas fascistas. El móvil, pues, del rearme norteamericano es exclusivamente la defensa de la democracia; por lo tanto, los países latinoamericanos demócratas, deben colaborar en la tarea, cada uno en la medida de sus posibilidades, cediendo territorios para bases militares, poniendo en pie de guerra tropas bien adiestradas, otorgando concesiones y contratos, comprando material bélico y estrechando, en fin, sus lazos económicos y políticos con Washington, jefe de estos flamantes paladines de la democracia.

Para sostener esta teoría, Roosevelt envió a Lima una delegación en la que iban Hull, demócrata gobiernista; Landon, ex candidato presidencial de los republicanos; Tracy, de la Federación Americana de Trabajo (A.F.L.) y la hija de John Lewis, de la C.I.O. Esto es, la delegación englobaba, como sostenedores de la misma política imperialista, en una especie de frente popular, a sectores que van de la derecha conservadora (Landon) hasta los stalinistas, representados por Lewis, personaje más autorizado que el desprestigiado Browder (Partido Comunista). Con ello quiso mostrar Roosevelt que su política se halla respaldada por toda la mafia dirigente de la Unión Norteamericana. De Landon a Lewis, todos están muy de acuerdo en repetir, como el internacionalista Browder, “right or wrong, my country”, tratándose de la defensa de su propia burguesía. 

Sólo quienes han sido antimperialistas por corazonada pequeño burguesa, pueden creer ahora que existe alguna diferencia entre el “buen vecino” Roosevelt y los diplomáticos del dólar los republicanos, o entre los lacayos stalinistas de la C.I.O. y los lacayos de la A.F.L.

¿Cuál es la democracia que defienden estos señores? ¿La democracia que Roosevelt sostiene en Puerto Rico, por ejemplo? Que contesten los luchadores del movimiento nacionalista portorriqueño por la independencia de la isla: Pedro Albizu Campos, Clemente Soto Vélez, Luis F. Velázquez, Pablo Rosado Ortíz, Juan Gallardo, Julio Velázquez y tantos otros presos, torturados, perseguidos o asesinados por la justicia demócrata de Wall Street. ¿La democracia que Roosevelt sostiene en el interior mismo de los Estados Unidos? Que contesten los huelguistas del acero, los de la industria automovilística, los del carbón asesinados por la policía al servicio de los grandes patrones, encarcelados y también perseguidos o vendidos por sus líderes traidores al servicio de la Casa Blanca. ¿La democracia que usufructúa su buen amigo el General Martínez en El Salvador? El saldo de ella son doce mil campesinos fusilados en masa en 1931, multitud de hombres presos, deportados o vigilados, la prensa amordazada, los trabajadores muriendo de hambre, la miseria y la abyección adueñadas del país. ¿Las democracias de Ubico, de Vargas, de Benavides, de Somoza, de Batista, de Trujillo, etc., etc.? Regímenes de opresión y de crueldad a los que no puede llamarse democracia sino por irrisión, por idiotez o por perfidia.

La defensa de la Democracia en el continente americano sólo significa la defensa de los intereses imperialistas de Wall Street, amenazados en el mundo entero y especialmente en América Latina por los otros grupos rapaces imperialistas.

La burguesía yanqui ha visto bajar su comercio con América Latina de dos mil millones de dólares (oro) antes de la crisis, a menos de mil millones (plata) en los últimos años. Su participación en las importaciones sudamericanas, que era de 44% ha pasado a ser de 34% en las importaciones latinoamericanas. Ha visto peligrar su derecho sobre veintiún materias que no posee en territorio propio y que el Departamento de Guerra considera “estratégicas”, es decir, indispensables para la guerra, lo mismo que sobre otras tenidas como “críticas”, es decir insuficientemente producidas en el interior. Entre esas materias está el estaño, el caucho y el manganeso de Bolivia, el café de Brasil y Colombia, la lana de Argentina, los nitratos de Chile, la plata de México, el petróleo de Venezuela, Colombia, México y tantos otros. En fin, América Latina tiene carne de cañón en abundancia. El ejército latinoamericano en pie inmediato de guerra puede estimarse en un millón de hombres, es decir, mayor que el ejercito yanqui. Esto también hay que defenderlo, tras la mampara demócrata.

La defensa de la democracia por los Estados Unidos significa, pues, en realidad la defensa de su hegemonía continental. Wall Street no puede seguir tolerando los coqueteos de sus “demócratas” vecinos, como Benavides o Martínez, con los países totalitarios. Los alemanes y japoneses en Brasil, con sus vastas concesiones territoriales, los germano-italianos en Perú, en Centroamérica (Martínez, no actúa sino después de consultar al cónsul alemán, barón von Hundelhausen y a un coronel italiano llamado Sergio Belice) son una amenaza, para la unidad del rebaño colonial latinoamericano. Más aún, necesita convertir el continente en un sólido punto de apoyo para la agresión internacional. La influencia extraña, así sea británica, francesa, alemana, italiana o japonesa, “demócrata” o fascista, le es intolerable porque debilita o es susceptible de debilitar su concentración de fuerzas imperiales. Los Estados Unidos, bajo Roosevelt o bajo Landon o bajo cualquier otro servidor del imperio, son y tendrán que ser día a día más totalitarios en sus relaciones con la América Latina, cualquiera que sea el carácter de su demagogia o de su política interior, hasta conseguir que ningún aspecto de la vida política, económica o ideológica de estos países se halle ligado con potencias extracontinentales.

La campaña rooseveltiana para atemorizar a la América Latina con el peligro fascista europeo o asiático, suena asombrosamente fraternal con las campañas de propaganda a la Hitler, a la Mussolini o a la Stalin. Con el fantasma de una invasión fascista emprendida por Italia enredada en España, en Etiopía y en sus líos mediterráneos- por Alemania digiriendo difícilmente el Danubio- o por el Japón perdido en el vientre del dragón chino- Roosevelt pretende unificar alrededor de su política tanto a la opinión norteamericana cuanto a la continental y “demócrata” europea, y distraer así la atención de los pueblos oprimidos por el imperialismo yanqui, proponiéndoles al imperialismo fascista como cabeza de turco de la palabrería vacua de los líderes reformistas, charlatanes al servicio del Tío Sam. La esperanza de Roosevelt es que los trabajadores latinoamericanos olviden la experiencia de tantos años de opresión y vejámenes y se cobijen bajo las alas amorosas de Wall Street. Y esto es lo que han propuesto únicamente los líderes de las internacionales podridas. En Futuro el pasquín stalinista- la política de la tercera internacional se retrata de cuerpo entero en una caricatura publicada con motivo de la conferencia de Lima, mostrando a los Estados Unidos como una gallina de anchas alas bajo las cuales se guarecen veinte pollitos que representan a los países latinoamericanos, aterrorizados por un buitre fascista que planea en lo alto. En Pravda del 17 de abril del año pasado, Stalin, por boca de alguno de sus gansos, urge a los Estados Unidos para que adopten “una política extranjera más activa” y para que inicien “una acción común con todos los elementos democráticos de América Latina, como único medio posible de resistir a las fuerzas destructivas del fascismo”. Haya de la Torre, impresionado porque Roosevelt no emplea cañones todavía, cree en la “sinceridad” de Roosevelt, olvidando así lo poco que alguna vez haya sabido de marxismo, para sostener la inepcia habitual del pequeño burgués que cree que la política es algo que se mueve de acuerdo con el deseo personal de un grupo de gentes o de una sola persona y no como resultado de las relaciones nacionales e internacionales de clase. Por lo demás, confunde dos posiciones distintas, la de Hitler, para quien la dilación es mortal y la del imperialismo americano, que todavía no está reducido al último recurso de los cañones, sino que puede y debe esperar. Haya de la Torre como los demás congéneres suyos de la pequeña burguesía ex-antimperialista y los advenedizos stalinistas- opone la política de Roosevelt a la de sus predecesores. La presencia y el clarísimo discurso de Landon en Lima son el más rotundo e implacable bofetón a semejante sandez. De ese modo indudable afirmó Roosevelt la unidad histórica de la burguesía norteamericana y de su imperialismo, por encima de todas las diferencias secundarias de partido. Ahora que ni Haya de la Torre ni los führers stalinistas tienen interés en mostrarse menos impermeables a los hechos del imperialismo. No es tanta su ineptitud cuanta su hipócrita perfidia.

Lo que si están logrando los frentes populistas de América Latina, a la zaga de sus gemelos de España, de Francia y de Checoeslovaquia, con su fe en la sinceridad de la burguesía “demócrata”, es dejar al fascismo el sitio antimperialista que ellos abandonan, como se demostró plenamente en Lima, donde los agentes de Hitler-Mussolini jugaron el papel de defensores de la libertad de los pueblos latinoamericanos frente al imperialismo yanqui. Ellos y los anglo-argentinos se encargaron de desenmascarar la celada de Hull, consiguiendo con eso despertar entre las masas de nuestra América, antimperialistas por esencia, una simpatía que no está exenta de peligros. Lo mismo que en todos los países de frente popular, las claudicaciones y traiciones de las cimas dirigentes del movimiento obrero acaban por traducirse en un modo de desviar a las masas trabajadoras hacia el redil del fascismo; no digamos a los grupos vacilantes de la pequeña burguesía. De esta suerte, los “antifascistas” para reír se convierten en los mejores colaboradores del fascismo.

Apoyar el imperialismo “demócrata” de los yanquis con el pretexto de luchar contra el fascismo, implica apoyar igualmente a los regímenes amigos de los Estados Unidos en la América Latina, es decir, a toda la torva jauría y caciques criollos. Creer que sosteniendo el imperialismo norteamericano se pone un valladar a la penetración fascista de América Latina resulta igual a tapar el pozo después de que se ahogó el niño. En efecto, de veinte Repúblicas latinoamericanas, sólo cuatro pueden pasar por “demócratas”, y eso habilitando a Costa Rica y a Colombia de democracias. Las demás no son otra cosa que tiranías o dictaduras “constitucionales“. Y con marcada preferencia sostiene Washington los regímenes totalitarios de América Latina, [...] porque garantizan mejor sus intereses imperialistas. Una cosa es la democracia relativa con que Wall Street puede halagar a sus esclavos locales, para ganarse su conformidad y otra es la necesidad de capataces que resultan indispensables en las colonias y semi-colonias yanquis del continente. Para el régimen local, lo adecuado es dejar ciertas libertades a los obreros, pero precisamente por eso, para el régimen colonial, el único sistema de gobierno posibles es el del “strong man”, el del caudillo, el del cacique, el del tirano criollo, tan conocido en nuestras tierras y que, de por sí, tradicionalmente es un aprendiz fürher o duce. Los amos de Wall Street podrán, pues, sostener por un tiempo más o menos largo cierto número de libertades democráticas en su propio país, pero jamás podrán tolerar en América Latina otra cosa que no sea un estira y afloja intrascendental de demagogia liberal. Otra cosa, sería renuncia al papel metropolitano que entraña su política imperialista.

El fascismo criollo, a la Benavides o a la Ubico, es por tanto inseparable en América Latina del apoyo a la “democracia” yanqui. Y la única manera de lucha contra él es luchar en contra del imperialismo que lo sostiene, sea o no sea demócrata. En América Latina no hay sino una forma de lucha antifascista y es la lucha antimperialista, dentro de la que quedan comprendidos los agentes de todos los grupos capitalistas rapaces del globo. Desde el momento en que se “escoge” entre el fascio y Wall Street, y se prefiere el amo conocido al desconocido; el amo cierto e inmediato al amo lejano e incierto, ya se ha claudicado, ya se ha tendido la cerviz para recibir el yugo.

En resumen, el panorama que ofrecen las relaciones continentales, consideradas dentro del panorama mundial de la lucha de clases, se caracteriza por un nuevo ciclo de expansión del imperialismo norteamericano, resuelto a defender su “sitio bajo el sol”, para emplear la expresión de Mussolini.

Los indicios de esa nueva trayectoria son bien claros y la actividad de Hull en Lima no es de las menos expresivas. Junto con ese sondeo de opiniones y esa búsqueda de elementos “demócratas” que lo apoyen dentro y fuera del continente, para llevar adelante su programa de lucha dentro del nuevo reparto mundial que se avecina, Roosevelt constituye bases materiales sobre las cuales asentar firmemente su política de agresión.

El nuevo programa de armamentos de los Estados Unidos prevé, entre otras cosas, la organización de una línea “defensiva” en ambos mares, compuesta de bases de aviones, de submarinos, de minas, de destroyers y de depósitos de municiones. La del Pacífico, parte del extremo de Alaska y pasando por las islas Midway y Wake alcanza su punto extremo occidental en la isla de Guam, a 8.000 kilómetros de las costas americanas, “en el corazón de las islas fortificadas bajo mandato japonés y a sólo 2.000 kilómetros de Yokohama”. La [segunda] línea parte de Panamá y pasa por las islas Rose y Cantón para culminar en Guam. La flecha que forman ambas líneas esta apuntada al Lejano Oriente, guarida del imperialismo japonés. El propósito verdadero de esa línea es tan claro que los norteamericanos dicen: de Guam podemos infligir daños vitales al Japón. Con una pequeña ayuda de los ingleses en Singapure, podríamos bloquear al Japón. He ahí los propósitos defensivos de Roosevelt.

El programa de preparación bélica implica igualmente la persecución de una serie de objetivos parciales y pacíficos en América Latina. Uno es la exclusión de consejos no yanquis, militares o comerciales o de cualquier otra índole y su substitución por agentes de Washington (hay misiones militares, navales, o aéreas en Brasil, Argentina, Perú, Haití, Guatemala y Colombia). Otros son: la apertura del canal de Nicaragua, la carretera a Panamá, las concesiones territoriales del género de Guantánamo, las concesiones para vías aéreas, la concertación de tratados de “nación más favorecida” con los países de América (Venezuela acaba de firmar uno, el Canadá fue el anterior), la apertura de créditos para armamentos y entrenamiento militar a las naciones pobres del continente, etc.

Esos objetivos parciales en vías de consecución serán para nuestros países otros tantos remaches de la cadena que los esclaviza a Wall Street. Cuando la preparación este a punto, América Latina será un territorio colonial yanqui como nunca lo haya sido en las peores épocas de la diplomacia del dólar.

¡Y pensar que la sirena de la Casa Blanca apenas si encubre sus propósitos bajo una bien mediocre canción: amenaza bélica de los fascistas; defensa de la democracia! De unos fascistas ocupados en lejanas luchas más allá del Atlántico y más allá del Pacifico. Para defender a democracias que no envidian ninguna de las torturas fascistas.

El papel que han desempeñado en este, como en todos los aspectos de la política mundial los líderes stalinistas y sus secuaces de toda laya, ha sido de lo más abyecto y falto de sentido. Desde hace varios años, los agentes de Stalin han renunciado a pensar y reciben y aplican mecánicamente las instrucciones que expiden para todas sus sucursales los oficinistas idiotizados del Kremlin. Desde el famoso discurso de Dimitrov (comparado por Lombardo Toledano con el Manifiesto de Marx y Engels) la consigna ha sido: la unidad por encima de todo, inclusive cuando como observaba Liebknecht- se trate de “la unidad entre la clase obrera y la burguesía (que) sacrifica a la derrota”. “Los sacerdotes de la unidad solamente procuran liquidar la revolución antes de que haya comenzado; tratan de encauzar el movimiento en los canales de la conciliación, a fin de mantener la sociedad capitalista; solamente quieren privar a los obreros de toda su fuerza, apuntalando el Estado, producto y árbitro de la contradicción de las clases; quieren mantener la dominación económica de una clase, mientras que nosotros nos quedamos hipnotizados por las frases de unidad”.

Punto por punto las verdades enunciadas por Liebknecht hace 20 años, se cumplen hoy en los líderes del frente popular “defensor de la democracia”, de la democracia burguesa cuya imagen desataba las imprecaciones de Marx, de Engels y de Lenin. Y para enmascarar su vergüenza hablan de la democracia, como si esta que sirve a los intereses de la burguesía fuera la democracia absoluta o la democracia que buscan los revolucionarios proletarios.

Y ahora que Roosevelt ha girado a las capitales latinoamericanas órdenes para que lo apoyen, todos los líderes frentepopulistas de la unidad por la unidad (del fürher Browder a Haya de la Torre) se han alineado por la derecha y han presentado armas ante los caciques de sus respectivas “democracias”. El movimiento obrero ha sido puesto por ellos al servicio de los amos contra quienes debería haber sido enderezado.

Ante semejante traición, la actitud de los verdaderos revolucionarios marxistas sólo puede ser la de desenmascarar las coartadas pueriles del imperialismo yanqui, señalando sus propósitos de agresión y de opresión continental; desautorizar las falsas actitudes nacionalistas de los agentes fascistas que rivalizan con los agentes de Wall Street, presentándolos ante los trabajadores como lo que son: rapaces de la pandilla enemiga y levantar la camisa a los directores stalinistas y pequeño burgueses, exponiéndolos a la vista del proletariado con su repugnante catadura de traidores.

Y pregonar, en fin, sin descanso entre las masas obreras de América Latina que solo hay un modo de luchar contra el fascismo, y es pelear sin cuartel contra el imperialismo, bajo todas sus formas.



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