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La actualidad de Trotsky

 

Por Christian Castillo*

Me produce una gran alegría que en el taller dedicado al pensamiento de Trotsky haya reunido tantos compañeros... ha generado un enorme interés. Es parte de la obligación que nos hemos puesto de que el pensamiento de Trotsky, así como el de otros grandes teóricos revolucionarios esté presente en los medios universitarios para disputarle, palmo a palmo, a la academia y a sus autores la visión sobre la realidad y sobre dónde abrevar para tratar de comprender mejor el mundo donde vivimos y cómo transformarlo.

 

Si Trotsky fue un gran marxista fue en primer lugar porque fue en gran medida un teórico “hereje”, que pensó con su propia cabeza, y fue en contra de toda repetición mecánica de lo que Marx había dicho, como hacían tantos en la Segunda Internacional. Por ejemplo, las tesis acerca de la revolución rermanente son, ya desde su primer formulación, una ruptura con la repetición mecánica de ciertas tesis que había planteado Marx acerca de la relación entre desarrollo capitalista, revolución democrática y revolución socialista. El posterior análisis de Trotsky del stalinismo, cuando se ve enfrentado a un nuevo fenómeno que Marx ni había siquiera imaginado, y ante el cual Lenín había simplemente enfrentado sus pimeras manifestaciones, también lo llevó a pensar con su propia cabeza. El fascismo igualmente lo hizo pensar con su propia cabeza. El frente popular lo obligó a pensar con su propia cabeza, dando lugar a análisis brillantes que los trotskistas utilizamos habitualmente para referirnos a fenómenos en los cuales la clase obrera se subordina a partidos burgueses o pequeño burgueses en coaliciones donde la fuerza de la clase obrera está al servicio de objetivos políticos y programáticos de otra clase.

Trotsky se ve enfrentado al final de su vida a otros fenómenos que tampoco habían sido analizados previamente. En su último exilio, llega a un país como México, del que le era ajena la cultura, y en el medio de fenómenos enormes, como fue el cardenismo, donde veía a millones de campesinos y obreros pelear bajo un líder nacionalista, Trotsky también pensó a este fenómeno con su propia cabeza, tratando de ver en qué forma debían intervenir los revolucionarios. Ustedes leen los escritos de Trostsky discutiendo con los trotskistas norteamericanos, pidiéndoles que no sean dogmáticos a la hora de pensar la realidad mexicana de entonces o peleándose con sus seguidores mexicanos planteándoles la necesidad de sostener una política transicional sobre las industrias nacionalizadas. Y tiene frases que chocan con un pensamiento dogmático. Por ejemplo, cuando Cárdenas realiza las nacionalizaciones petroleras y la reforma agraria sostiene que hacia él los socialistas debían tener la misma actitud que expresó Marx hacia Abraham Lincoln cuando abolió la esclavitud. Frase por cierto que interpretada unilateralmente llevó a algunos a transformarse en adoradores de los líderes nacionalistas burgueses del continente, como ocurrió con Jorge Abelardo Ramos, que se hizo adorador del general Perón y terminó siendo embajador menemista en México. Pero que tenía su importancia en la pelea para que el proletariado inglés, francés, etc, defendiesen contra su propia burguesía la nacionaliación del petróleo emprendida por Cárdenas, cuesitón que era brutalmente atacada por el frente popular francés.

Nosotros, si queremos ser trotskistas, debemos pensar con nuestras propias cabezas como responder revolucionariamente a los nuevos tiempos. Esto fue un gran problema para los trotskistas que se enfrentaron al mundo pos Segunda Guerra Mundial, que nosotros llamamos “trotskistas de Yalta”, y es un gran problema para nosotros.

¿Qué les pasó a estos trotskistas? Es cierto que la IV internacional, su programa, su perspectiva y sus cuadros fundadores resumían e intentaban preservar la vitalidad de la experiencia revolucionaria de las primeras cuatro décadas del siglo XX. Cuando el stalinismo se pasaba abiertamente al bando de la contrarrevolución, estallaba la guerra, cuando todos las tendencias que en el lenguaje trotskista llamamos centristas, explotaban, se mostraban impotentes para contener la contrarrevolución o para llevar al triunfo procesos revolucionarios de gran envergadura que podrían haber cambiado la historia del siglo como la revolución española, en ese momento, cuando estallaba la segunda guerra mundial, Trotsky era el único que quedaba vivo de toda una generación que había hecho una experiencia histórica, de aquéllos que habían liderado la revolución rusa, que podían sacar las mejores lecciones de lo que había sido esa época revolucionaria. Tanto la teoría de la Revolución Permanente, formulada en la lucha contra la degeneración de la perspectiva marxista por parte del stalinismo, como luego luego el Programa de Transición sintetizaban lo mejor de esa experiencia y son parte de nuestro acervo revolucionario, en un un sentido aún mayor que el Manifiesto Comunista y las resoluciones de los cuatro primeros congresos de la III Internacional también lo eran del Trotsky que funda la IV Internacional y escribe el Programa de Transición.

Trotsky había fundado la IV Internacional con la expectativa que esta se transformaría en un partido de masas a la salida de la guerra. En el “Manifiesto de Emergencia” que escribe poco después del comienzo de las acciones bélicas dice que la situación de los revolucionarios era mejor que cuando había estallado la Primera Guerra Mundial. Y en cierto sentido tenía razón, había un bagaje, un aprendizaje anterior en el cual apoyarse. Si ustedes leen los textos de Trotsky previos a la segunda guerra y los que escribe desde el comienzo de la misma hasta que muere en agosto de 1940, van a ver que son textos enormes, de gran profundidad de pensamiento sobre las líneas de la guerra, muy interesantes y previendo muchos de sus posteriores contornos. Un grupo de compañeros del CEIP León Trotsky han hecho una gran compilación de estos textos que esperamos poder editar próximamente. Pero la realidad es que el resultado de la guerra no se da tal como Trotsky lo había previsto. Aunque derrochan heroísmo y sostienen en general una posición principista, los trotskistas no emergen de la guerra como dirección de ninguna revolución y constituyen al fin de la misma apenas una pequeña fracción del movimiento obrero. Eran más que a comienzos de la guerra y tienen el mérito de continuar existiendo mientras que todos los grupos intermedios que se nucleaban en el Buró de Londres, como el POUM, son barridos por la guerra. Pero no son quienes capitalizan el ascenso de posguerra.

Y se da una salida de la guerra enormemente compleja. Entre otras cuestiones, Trotsky opinaba que el estalinismo no sobreviviría a la guerra, ese era uno de sus pronósticos, pero el estalinismo, no por el estalinismo mismo que cometió errores garrafales en la guerra, sino por la fuerza que mostraron las relaciones de producción heredadas de la revolución de octubre, salió de la guerra fortalecido. Es decir, aquéllo que Trotsky había señalado en su libro “La Revolución Traicionada”, de que en las relaciones de producción vivía aún la conciencia socialista de la clase obrera rusa, se expresó más fuerte que lo que el mismo Trotsky había pensado, generando nuevas energías revolucionarias que llevaron a que, pese al odio a la burocracia y pese a las derrotas de los primeros momentos de la guerra, el pueblo soviético pusiera un enorme heroísmo para derrotar del nazismo.

Ahora bien, ¿cuál es la contradicción de esto? Que de esa enorme energía revolucionaria y de ese hecho que Trotsky había pronosticado, que de la guerra surgiría la revolución, no surgió una revolución dirigida por trotskistas, sino que se dieron procesos revolucionarios encabezados por direcciones stalinistas, o que se stalinizaron rápidamente, que bloquearon cualquier perspectiva del desarrollo en permanencia de esos procesos revolucionarios. Y que a la vez el resultado de la guerra, con el estalinismo firmando los pactos de Yalta y Postdam para garantizar la estabilidad europea, permitió que luego de la monumental destrucción de fuerzas productivas que vivió Europa en la guerra, surja una nueva potencia hegemónica, los Estados Unidos, que tiene la vitalidad suficiente como para liderar un ciclo de desarrollo parcial de las fuerzas productivas, una situación de nuevo equilibrio capitalista en el centro que se combinaba con grandes procesos revolucionarios en el mundo colonial y semicolonial y con el establecimiento de nuevos regímenes estalinistas en Europa del Este y China. Una situación muy contradictoria que volvió locos a los trotskistas que salían de la guerra.

Pensar la vigencia del trotskismo en el siglo XXI implica en gran parte hacer un balance crítico del trotskismo “post Trotsky”. Este tuvo como mérito haber mantenido vivos ciertos hilos de continuidad en distintos procesos revolucionarios. Si uno ve los procesos que se dieron en la segunda mitad del siglo XX puede ver que los trotskistas se ubicaron a la izquierda de las direcciones reformistas, pero con una lógica de presión sobre las mismas, de forzarlas a “ir más allá”, que evitó que fuesen una alternativa independiente a éstos. Incluso esta lógica se dio durante los procesos de radicalización política, por ejemplo, después de 1968, cuando los aparatos burocráticos son desafiados y las distintas corrientes trotskistas se fortalecieron.

Tener que enfrentarse a un mundo donde los que eran extremadamente fuertes eran los stalinistas y socialdemócratas sin una clara comprensión estratégica, provocó una tendencia a no pensar muchas cosas con la propia cabeza, ya sea en el sentido de repetir lo dicho por Trotsky mecánicamente o de querer explicar la nueva situación asimilando acríticamente ciertas explicaciones de los ideólogos burgueses.

Lean por ejemplo a uno de los más grandes dirigentes trotskistas, James P. Cannon, el fundador de trotskismo norteamericano y lo que decía a la salida de la guerra. Ustedes saben que él es uno de los delegados al V Congreso de la Internacional Comunista por el Partido Comunista norteamericano y le llega por una secretaria la crítica de Trotsky al programa de la Internacional. Cannon lo ve y se hace trotskista casi instantáneamente, sin contacto previo con otros trotskistas. Entre en una crisis brutal con el estalinismo, llega a Estados Unidos, se liga con dos de sus principales compañeros de fracción en el PC yanky, con Schachtman y con Abern, y se lanzan a organizar la oposición de izquierda en EE.UU.. Son tres grandes dirigentes del movimiento obrero, pero en un primer momento como la mayoría de la base del partido era stalinista, se quedan casi solos. Los llamaban “los tres generales sin ejército”, ellos fundan el trotskismo norteamericano. Cannon era un monumental dirigente proletario, un gran organizador, de la tradición del IWW, luego del Partido Comunista norteamericano. Pero ustedes leen a Cannon a la salida de la guerra, cuando Estados Unidos se estaba transformando en potencia hegemónica, cuando su economía crecía fuertemente, y Cannon decía que Estados Unidos era el país que vivía las contradicciones más explosivas, tal como lo decían las tesis de la revolución americana escritas varios años antes. Se pronosticaba una inminente “tercera guerra mundial” contra la URSS y se negaba toda perspectiva de estabilización capitalista. A la salida de la guerra, la mayoría de los trotskistas sostenían una perspectiva similar, con excepción de una minoría de trotskistas del Revolutionary Communist Party británico, que habían planteado en el Segundo Congreso de la IV Internacional en 1948 que el capitalismo iba a lograr una re-estabilización mientras la mayoría sostenía una tesis catastrofista. Siguieron la letra del programa de transición, no su método.

La situación de posguerra enormemente compleja, imprevista, va a dar lugar en todo el período a una discusión sin salida. Por un lado, las tesis “estancacionistas” que parten de una lectura mecánica del programa de transición y su afirmación de que “las fuerzas productivas han cesado de crecer”. Por otro lado, estaban aquellos que reconociendo el hecho de la estabilización capitalista, planteaban que el ascenso capitalista en Europa y los EEUU era una situación de la cual ya no era posible volver atrás, entonces adoptaban tesis como las del neocapitalismo, que eran adaptaciones de ciertas visiones burguesas. En este terreno, incluso un libro como “El capitalismo tardío” de Mandel, donde este vuelve atrás de sus visiones más apologéticas del capitalismo de posguerra y tiene el mérito de intentar responder a la nueva situación del capitalismo de posguerra, tiene importantes concesiones a explicaciones no marxistas, como por ejemplo la teoría de los “ciclos largos” del capitalismo de Kondratiev.

Si uno ve en lo que había escrito Trotsky antes, sin embargo, había muchos elementos metodológicos para pensar dialécticamente el escenario que abrió la posguerra. Nosotros hicimos un trabajo, una compilación de todos los trabajos económicos de Trotsky y uno puede ver que nunca su pensamiento de la perspectiva de la revolución, el quiebre del capitalismo, estaba planteado en una sola dimensión, sino que Trotsky utiliza el concepto de equilibrio capitalista, un concepto que creemos muy moderno y actual. En él se plantea que la existencia o no del equilibrio capitalista debe considerarse en diferentes planos. Un primer aspecto es la lucha entre estados, en qué momento están, si hay disputas por la hegemonía imperialista o no. Si hay grandes potencias imperialistas disputando la hegemonía entonces tenemos que que la época tiende a ser convulsiva y revolucionaria. Una segunda dimensión analiza el plano de la economía, las tendencias o no a las crisis económicas.Y el tercer elemento es la lucha de clases, cuándo las masas irrumpen en la escena política y rompen el equilibrio anterior.

No sólo en ciertas visiones vulgares del trotskismo sino incluso en teóricos de las ciencias sociales con prestigio académico, estos tres elementos tienden a estar fragmentados. Y tenemos escuelas que sólo piensan la dinámica de la economía, más o menos economicistas, que sólo se fijan si la economía crece o no, y de ahí deducen la perspectiva de la revolución, alrededor de cómo va la economía. Hay otras tendencias que principalmente piensan la dinámica de la situación desde la disputa por la hegemonía entre estados, como los llamados teóricos del sistema mundial. Por último, hay tendencias que sólo consideran el conflicto directo clases, como los pensadores de la corriente “lucha de clases”. Holloway, por ejemplo, proviene de esa tendencia de pensamiento.

Lejos de cualquier unilateralidad, el pensamiento de Trotsky integra estos tres niveles a la hora de pensar a dónde va el mundo. Por ejemplo hoy, si Europa fuera un elemento disruptor más fuerte, con más poder militar, respecto a Norteamérica, la situación sería más convulsiva, podríamos decir que los antagonismos entre potencias empujan hacia una tercera guerra mundial. Como eso no es así, aunque obviamente una nueva guerra mundial es una perspectiva que planteada como posibilidad en el nuevo siglo, esto no es una perspectiva inmediata, lo que viene dando cierto margen para reestabilizaciones parciales del dominio norteamericano, como ocurrió en la década de los ‘90.

En la posguerra, los errores de los “trotskistas de Yalta” en definir un marco estratégico adecuado iban a tener su expresión en la adaptación política a las distintas corrientes reformistas. Nunca definieron con claridad que la forma de romper el equilibrio del centro capitalista venía por el papel desestabilizador de las revoluciones del mundo colonial y semicolonial en las mismas metrópolis imperialistas. En vez de definir una estrategia que respondiera a esta dinámica se adaptaron a la división en “tres mundos”, como lo expresó Mandel “parcelando” la teoría de la revolución permanente.

 

Un segundo aspecto que quería plantear en la crítica al “trotskismo de Yalta” es la desvalorización de lo que denominamos “estrategia soviética”. Llama la atención leyendo los documentos de las corrientes trotskistas de Yalta, la poca importancia que le daban a las tendencias al surgimiento de soviets, no como planteos episódicos en esta o aquélla revolución, sino como concepción. Por el contrario, lo que se transformó en la clave del pensamiento político, es lo que en la tradición del marxismo es un elemento importante pero táctico, el frente único en formas no soviéticas (el soviet es también una forma de frente único) con las direcciones reformistas, que pasó a ser poco menos que una estrategia permanente. Como las direcciones eran tan fuertes, el estalinismo, la socialdemocracia en los países de occidente o el nacionalismo burgués en las semicolonias, el eje era lograr acuerdos con esas corrientes, o realizar distintas experiencias entristas que de episódicas se transformaban en permanentes, para lograr la movilización y al calor de ésta tratar de hacerlas ir “más allá” de lo deseado por ellas.

En Trotsky, la idea del desarrollo de soviets u otro tipo de organismos de democracia directa está planteada de la manera menos dogmática posible, se le ocurren que pueden surgir de mil maneras. Sin embargo, este problema es secundario en las corrientes trotskistas de postguerra y en la crítica que realizan a corrientes como el guevarismo o el maoísmo. ¿Cómo iban los soviets a ser un eje si la política era, por ejemplo, adoptar la táctica guerrillera? ¿O largas experiencias entristas en el peronismo o los partidos comunistas? Este abandono de una política soviética consecuente fue una adaptación al carácter dominante de fuertes aparatos. La postguerra tiene grandes paradojas: hay enormes revoluciones en Argelia, China, Vietnam, Cuba, el movimiento de liberación nacional en África, etc., pero cuyo modelo, cuyo aspecto característico, lo que veía todo el que quería hacer una revolución en el mundo era que había que hacer “partidos-ejército”, que eran los encargados de resolver el problema. En el poder, los ejércitos guerrilleros rápidamente se transformaban en regímenes de tipo stalinistas. Y en el centro capitalista lo que primaban eran los grandes sindicatos y partidos socialdemócratas y stalinistas. No casualmente las principales tendencias al desarrollo de organismos de tipo soviético en el período se dieron contra el stalinismo - Hungría del ‘56, Polonia del ‘80, etc.- o con el ascenso del ’68, donde los stalinistas fueron los primeros interesados en aplastarlas. Recordemos simplemente a la tragedia cercana que vivimos en la revolución chilena, y el papel nefasto jugado por el stalinismo, para liquidar, bloquear y abortar la perspectiva del desarrollo de los cordones industriales.

Y aquí quiero reivindicar que la corriente a la cual pertenezco desarrolló en la crítica a las posiciones de la corriente trotskista de la cual surgimos, el morenismo, la necesidad de poner en el centro la lucha por organismos de democracia directa. Hicimos esto a principios de los años ‘90 cuando simplemente hablar la perspectiva de nuevos levantamientos de masas era un poco hereje. Yo me acuerdo que publicamos un número de la revista Estrategia Internacional con un título en tapa un poco raro para el momento, “La estrategia soviética en la lucha por la dictadura del proletariado”, que ahora uno lo ve y piensa que le hubiera puesto otro título más publicístico, pero que teóricamente tiene el gran mérito de que en un momento de retroceso como fue la década del 90, nos pertrechó teóricamente para cuando la marea cambiara un poco. Y en mayor o menor medida, ahora cuando la tendencia es un poco cambiante, cuando la necesidad de organismos de democracia directa y autoorganización de los trabajadores se plantea como necesidad inmediata de toda lucha seria, pueden empezar a verse los réditos de esta armazón teórica.

Señalo que la situación es cambiante no tanto en relación a cambios coyunturales, sino en función de un nuevo marco estratégico. Porque así como Trotsky y los grandes marxistas de la primer mitad del siglo XX tuvieron que definir nuevos problemas de los que habían enfrentado Marx y Engels, o los trotskistas a la salida de la segunda guerra mundial vivieron otro horizonte histórico, es decir un mundo dividido entre el stalinismo y el imperialismo norteamericano, que Trotsky no había visto ni había previsto tal como se dio, nosotros estamos ante nuevos desafíos históricos.

Los trotskistas nos hicimos durante mucho tiempo resistiendo un fenómeno aberrante que fue barrido de una forma harto contradictoria, como fue la caída de los regímenes estalinistas. Hoy tenemos que enfrentar nuevos enemigos que quieren cumplir el mismo rol que jugó en la posguerra el stalinismo, pero que tienen otras características que lo distinguen de él, a los que debemos responder pensando con nuestras propias cabezas.

Entonces, si tiene sentido volver al pensamiento de Trotsky, editar sus obras, leerlas, y la labor de difusión como la que hace el CEIP es imprescindible, no es para repetir mecánicamente a Trotsky sino para tener elementos de uno de los pensamientos más ricos dentro de la teoría revolucionaria del siglo XX. Y de los más ricos, porque Trotsky no sólo fue un pensador genial sino quien más acontecimientos vivió de esa gran generación de pensadores de la que se nutrió la III Internacional, y los analizó magistralmente, con la experiencia a cuestas de distintos procesos revolucionarios.

Entre lo nuevo que debemos enfrentar está el hecho que el objetivo por la cual luchamos, el comunismo, no es una perspectiva popular, no hay millones de obreros en el mundo que quieren esa perspectiva, y esa dificultad ayuda a que procesos de acción de masas, de lucha de clases, sean más fácilmente contenidos. Por ejemplo, nosotros vimos en 1997 un levantamiento insurreccional -más profundo en varios aspectos que el que vivimos nosotros el 19 y 20- que fue el de Albania, donde la gente frente a una catástrofe financiera, se armó, hicieron hasta algo parecido a soviets en el sur del país. Pero de dirigir su lucha hacia el socialismo, era algo que a los albaneses en ese momento no se planteaban de ninguna forma. Por eso tal proceso pudo ser más o menos fácilmente contenido mediante una combinación de cambio gubernamental, acción de las mafias y algún contingente de tropas de la OTAN. Vivimos al año siguiente una revolución en Indonesia, país de enorme importancia geo-estratégica, donde se volteó una dictadura como la de Suharto. Un gran levantamiento popular, pero que fue más fácil de contener porque no había perspectiva socialista, comunista, entre aquellos que habían protagonizado esos hechos. En nuestro país, este mismo aspecto incide en retrasar los tiempos del proceso abierto el 19 y 20, que en los millones o cientos de miles que salieron a la calle, aún la idea del socialismo y del poder obrero, es una perspectiva muy minoritaria. Incluso quienes tienen influencia en el mundo intelectual y reivindican la actualidad del comunismo, son enemigos de la lucha por el poder obrero. Es cierto, sin embargo, que desde la segunda mitad de los noventa el clima ideológico es menos reaccionario y que la crítica al capitalismo y al imperialismo norteamericano se ha vuelto más popular en distintos sectores aún en los países centrales, como mostró el surgimiento del movimiento anticapitalista. O que en nuestro país se hicieron populares muchas consignas de la izquierda como el no pago de la deuda externa o sectores de la clase obrera ponen en práctica aspectos de nuestro programa revolucionario como la ocupación de fábricas y su puesta a producir bajo control obrero. Pero estos aspectos deben ser articulados recreando la perspectiva comunista, reivindicando el carácter superior de la sociedad por la que luchamos. Esta reivindicación hoy es mucho más necesaria que en el momento en que Trotsky vivía.

En la teoría de Trotsky tenemos grandes puntos de apoyo para esta tarea, por ejemplo, la articulación entre planificación y democracia directa, planteada en “La Revolución Traicionada” es fantástica. Si uno lo vuelve a leer hoy tiene una actualidad brutal frente al derrumbe capitalista, cómo es imprescindible articular la planificación económica y la democracia soviética, es decir, a la toma de decisiones sobre el conjunto de la vida social por parte de la clase trabajadora. Este planteo de Trotsky tiene elementos espectaculares para discutir hoy contra teóricos como Tony Negri y otros que hábilmente toman la bandera de “la actualidad del comunismo en el siglo XXI” pero niegan la perspectiva del poder obrero y la necesariedad del estado de transición.

Entonces, yo creo que el comunismo va a ser actual en el siglo XXI. Las contradicciones del capitalismo contemporáneo hacen que vaya a ser tiempo de guerra y revolución como fue el siglo XX. Pero para contestar a las teorías adversarias, que intentan interpretar este nuevo mundo con otro bagaje no nos basta con decir que estamos en la época de la guerra y la revolución, o simplemente decir que los tiempos de Lenin se mantienen, tenemos que explicar qué tipo de época de guerra y revolución es ésta, donde hay fenómenos “aberrantes”, híbridos. Trotsky es actual no sólo por la vigencia más general que tienen la teoría de la revolución de la revolución permanente y el programa de transición, sino porque es dialéctico y esto implica que su pensamiento teórico y político se pueden pensar los fenómenos híbridos, de los que no se pueden dar definiciones puras, fenómenos que combinan elementos progresivos y reaccionarios. Por ejemplo, el movimiento antiglobalización combina elementos progresivos, la juventud yendo a la izquierda, planteando elementos de crítica anticapitalista, con la reorientación de los aparatos reformistas que intentan coparlos y evitar que se radicalicen y confluyan con la clase obrera, bloquearlos en una ideología por parte de esos jóvenes que los lleva a plantear que la lucha no es por el poder del estado, incluso a descreer de la clase obrera.

Entonces, en este tiempo que estamos viviendo, tenemos una monumental tarea que es explicar lo más popularmente posible que la sociedad en la que queremos vivir, aquéllas por la que luchamos, es la más libre de las que puedan construirse. Por ejemplo, en la juventud hay muchas tendencias al autonomismo y al anarquismo, y es lógico que así sea porque odian y aborrecen lo que fue la dictadura estalinista tanto como la aborrecemos nosotros, y el autonomismo se presenta como una respuesta fácil ante la posible burocratización de un estado obrero. Es pretender responder a un problema evadiéndolo. Frente a ellos, reivindiquemos ofensivamente nuestra perspectiva: queremos la eliminación de toda opresión, de todo estado, queremos la plena existencia de la democracia soviética, queremos la sociedad más libre de todas, y eso es para nosotros el comunismo, somos lo opuesto a la perspectiva de la dictadura estalinista totalitaria, tenemos sus mismo anhelos libertarios. Pero somos revolucionarios realistas que no evadimos los problemas. Y para enfrentarlos exitosamente el atajo que buscan los autonomistas negando la necesidad del proceso de transición no lleva a ningún lado

El autonomismo especula que cree que puede ahorrarse los trastornos propios de toda revolución. Es una concepción un tanto ingenua, facilista: esto se resuelve fácil, hago un comedor comunitario y salimos fácilmente del capitalismo, nos autonomizamos del mismo. Es una especie de “socialismo ingenuo”. Pero cuando la lucha de clases se desarrolla se ve que todo no es tan así, que está el estado, que te rompe la cabeza, que hay policía, que te reprime. Entonces surge que necesitás organizarte ya que el problema del poder político, si vos no lo querés plantear, te lo plantea el enemigo. Si no te organizás para luchar por el poder político olvidate te van a dejar como un grupo mendicante, y en esto Negri tiene una linda frase sobre las ONG, como una orden jesuítica moderna, que también puede aplicarse a ciertos autonomistas que creen que puede lucharse quedándose en los márgenes del sistema. Pero no ven que si la práctica política se reduce a hacer comedores, etc., (y esta crítica podemos exterlo a otros movimientos de desocupados que hablan siempre del problema del poder pero tienen una práctica poco más que asistencialista), te contienen, te dan unos planes trabajar y te reabsorben. Transforman, por ejemplo, a los movimientos de desocupados en movimientos que se limitan a presionar para conseguir planes y bolsones de comida pero de cuestionar la propiedad capitalista, nada. Incluso eso pasa con muchos de los movimientos de desocupados más progresivos que existen hoy, y este es el enorme peligro que hay, porque si los tiempos se hacen más reformistas, hipotéticamente podría incluso haber enormes movimientos que movilicen 300 ó 500 mil, un millón y no 10 ó 20 mil como hoy, pero que sean inofensivos. Y de fenómenos de este tipo la historia está llena de ejemplos.

El gran problema entonces es que frente a esa juventud autonomista que surge, que tiene expectativas de desarrollo ingenuo, o frente a perspectivas facilistas que plantean quienes también se reivindican de la tradición trotskista, creo para levantar una perspectiva que sea consecuentemente revolucionaria los trotskistas tenemos que esforzarnos por afinar un poco el lápiz y enfrentar los desafíos de nuestro tiempo como Trotsky hizo con el suyo. Esto significa saber que el camino no está sembrado de rosas, que todavía la clase obrera tiene que dar nuevas acciones superiores a las que ha dado. Si queremos seguir el ejemplo de Trotsky debemos nosotros tratar de responder con nuestra propia cabeza los desafíos revolucionarios que nos plantea este complejo siglo XXI.

 

* Ex Co-director de la carrera de Sociología de la UBA, dirigente del PTS. Trabajo corregido por el autor a partir de la desgrabación de su intervención en el taller “Trotsky como alternativa” en las V° Jornadas de Sociología de la UBA.



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