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La URSS y la Comintern[1]

 

 

24 de septiembre de 1933

 

 

 

Los cables periodísticos señalan que Washington se dispone a reconocer al gobierno soviético. Se puede aventurar con certeza que en las próximas discusiones entre el presidente Roosevelt y M. Litvinov[2] jugarán un rol importante las actividades que pueda cumplir la Comintern. Norteamérica está entrando en una etapa de profundas conmociones sociales. En tales circunstancias la intervención de la Comintern debe aparecer especialmente peligrosa. Además, en los círculos bien informados ya se considera un hecho firme que el reconocimiento de la URSS implica en realidad el reconocimiento de la Comintern. En nuestra opinión, nos asisten justificadas razones para afirmar que esta posición constituye un anacronismo de los más vulga­res sostenido especialmente por profesionales de la política remisos a tomar en consideración los hechos nuevos, sobre todo cuando éstos van en contra de sus prejuicios.

Desde los primeros días de su existencia el gobierno soviético protestó contra las pretensiones de identificarlo con la Comintern. Jurídicamente tales protestas eran irreprochables, porque ambas organizaciones se apoyaban, pese a su comunidad de ideales, sobre dis­tintos fundamentos nacionales e internacionales, y en su actividad permanecían formalmente independientes una de la otra. Pero esta distinción legalista no les bas­taba a los estadistas de Europa y Norteamérica. Alegaban la conexión de hecho entre el gobierno soviético y la Tercera Internacional. Las mismas personas estaban a la cabeza de ambas organizaciones. Ni Lenin ni sus co­laboradores más estrechos ocultaban o deseaban ocul­tar su participación destacada en la vida de la Interna­cional Comunista. Mientras que el gobierno soviético de ese entonces consideraba posible hacer grandes sacrificios materiales para preservar las relaciones pa­cificas con los gobiernos capitalistas, a la diplomacia soviética se le daban instrucciones estrictas de no entrar en ninguna discusión referente a la Internacional Comunista, al hecho de que su centro estuviera en Moscú, a la participación en ella de figuras dirigentes del gobierno, etcétera. Se consideraba más inadmisible hacer concesiones en este terreno que en el de los prin­cipios fundamentales del régimen soviético, su sistema de gobierno, la nacionalización de los medios de pro­ducción, el monopolio del comercio exterior, etcétera. Cuando Chicherin[3] en una carta a Lenin, insinuó la conveniencia de hacer concesiones a Wilson respecto a las leyes electorales de la república soviética, Lenin le replicó en otra carta con la contrapropuesta de que se interne por un tiempo en un sanatorio, dada la obvia ruptura de su equilibrio político. No es difícil suponer cómo hubiera replicado Lenin a cualquier diplomático soviético que osara sugerir hacer tal o cual concesión a los capitalistas a expensas de la Comintern. Por lo que puedo recordar, nunca nadie propuso nada por el estilo, ni siquiera de manera disimulada.

Durante las negociaciones de Brest-Litovsk, cuando apoyaba la necesidad de aceptar el ultimátum alemán, Lenin repetía una y otra vez: "Es una locura arriesgar las conquistas de la Revolución de Octubre en una gue­rra evidentemente sin esperanzas; otra cosa sería si lo que estuviera en juego fuera la salvación de la revolu­ción alemana. En ese caso tendríamos que arriesgar la suerte de la república soviética, porque la revolución alemana es inmensamente más importante que la nuestra." Los demás dirigentes de la república soviética veían las cosas fundamentalmente del mismo modo. En esa época se citaban ampliamente sus escritos y discursos como prueba de la ligazón orgánica en­tre el gobierno soviético y la Comintern. En consecuencia, los políticos conservadores de Europa y Norteamé­rica no prestaban atención a los argumentos de jure; se tomaban de la situación de facto.

Sin embargo, mucha agua corrió bajo los puentes desde la época en que las ideas de Lenin y sus colabo­radores más estrechos regían a la república soviética y a la Comintern. Cambiaron las circunstancias, cambió la gente, se renovó totalmente el sector dominante en la URSS, nuevas ideas y consignas sustituyeron a las an­teriores. Lo que antes constituía la esencia ahora se transformó en un ritual inofensivo. Pero en cambio se mantienen intactas las convicciones de algunos hom­bres de estado de Occidente, basadas en el recuerdo de lo que fue, sobre la ligazón indisoluble entre el gobier­no soviético y la Comintern. ¡Es hora de revisar esta posición! El mundo actual, tan desgarrado por contradicciones, presenta demasiadas bases reales para la enemistad como para buscar razones artificiales que la impulsen. Es hora de comprender que, pese a las frases rituales que se pronuncian en los días de fiesta, el gobierno soviético y la Comintern se mueven en planos diferentes. Los lideres actuales de la URSS no sólo no están dispuestos a hacer ningún sacrificio nacional en pro de la revolución alemana y en general de la revolu­ción mundial, sino que tampoco dudan un momento en adoptar actitudes y pronunciamientos que asestan los más duros golpes a la Comintern y al conjunto del movimiento obrero. Cuanto más fortalece la URSS su posición internacional, más se profundiza la contradic­ción entre el gobierno soviético y la lucha revolucionaria internacional.

Los momentos más brillantes de la vida de la Co­mintern fueron sus congresos, que indefectiblemente se reunían en Moscú. A través del intercambio interna­cional de experiencias y del choque entre las distintas tendencias se formulaban las posiciones programá­ticas fundamentales y los métodos tácticos, precisamente en estos congresos se demostraba de la manera más convincente la resuelta participación de los diri­gentes soviéticos en la política de la Comintern. Lenin inició y clausuró el Primer Congreso de la Comintern. Dio los informes más importantes en el Segundo Con­greso. En el Tercer Congreso encabezó la lucha contra la errónea política de Zinoviev, Bela Kun[4] y otros. En el Cuarto Congreso, apenas repuesto del primer ata­que de su enfermedad, leyó el informe sobre la Nueva Política Económica[5] de la URSS. Su mente estaba tan lúcida como siempre, pero a veces le fallaban las arte­rias y se detenía angustiado... Para completar este panorama se puede agregar que los manifiestos progra­máticos de los dos primeros congresos fueron escritos por el autor de estas líneas y que en el Tercero y el Cuarto informó sobre los problemas tácticos fundamen­tales el comisario del pueblo de ejército y marina.

Además hay que tener en cuenta que en esos días los congresos de la Comintern se reunían todos los años. Hubo cuatro congresos en los primeros cuatro años de existencia de la Tercera Internacional (1919-1922). Pero ésa era la época de Lenin. Ya transcurrieron once años desde el Cuarto Congreso. En todo este lapso se hicieron sólo dos congresos, uno en 1924 y otro en 1928. Ya hace cinco años y medio que no se convoca el congreso de la Comintern. Este simple resumen cronológico aclara el actual estado de cosas mejor que cualquier discusión. Durante la Guerra Civil, cuando la Unión Soviética estaba sitiada por el bloqueo cuando viajar allí implicaba no sólo grandes dificultades sino también peligros mortales, los congresos se reunían anualmente. En los últimos años, cuando un viaje a la URSS pasó a ser un asunto totalmente prosaico, la Comintern se vio obligada a abstenerse totalmente de los congresos. En su lugar se reúnen las conferencias íntimas de los dirigentes burocráticos, desprovistas hasta de la sombra del significado implícito en los multitudinarios congresos democráticamente elegidos. Pero ni siquiera en estas sesiones a puertas cerradas entre funcionarios participa alguno de los dirigentes responsables de la Unión Soviética. Al Kremlin sólo le interesa el trabajo de la Comintern en la medida en que es necesario para proteger los intereses de la URSS de cualquier tipo de actividad o pronunciamiento compro­metedores. Ya no se trata de una limitación jurídica de funciones sino de una ruptura política.

En la evolución de la política exterior de la Comin­tern se puede seguir de manera convincente el mismo proceso ideológico. Nos limitaremos a contraponer la política original de la diplomacia soviética y la actual. Lenin consideró la paz de Brest-Litovsk como un "respiro", es decir, una breve pausa en la lucha entre el estado soviético y el imperialismo mundial. En esta lucha, se proclamó oficial y abiertamente al Ejército Rojo como un arma similar a la Internacional Comunis­ta. La actual política exterior de la Unión Soviética no tiene nada en común con estos principios. La conquista suprema de la diplomacia soviética es la fórmula de Ginebra, que define la agresión y a la nación agresora, fórmula que se aplica no sólo a las relaciones entre la Unión Soviética y sus vecinos sino también a las rela­ciones entre los mismos estados capitalistas. De esta manera el gobierno soviético asumió oficialmente el deber de proteger el mapa político de Europa tal como emergió del laboratorio de Versalles.[6] Lenin conside­raba que el peligro histórico de una guerra estaba determinado por las fuerzas sociales que se enfrentan en el campo de batalla y por los objetivos políticos que persiguen. La actual diplomacia soviética se apoya to­talmente en el principio conservador de mantener el status quo. Su actitud hacia la guerra y los bandos contendientes está determinada por un criterio legalis­ta, no revolucionario: quién es el primero en violar las fronteras extranjeras. Así, la fórmula soviética sanciona también para las naciones capitalistas el derecho a la defensa del territorio nacional contra la agresión. No discutiremos las bondades o defectos de esta posición. El propósito general de este artículo no es criticar la política del actual Kremlin sino demostrar qué profundamente se alteraron los principios de la orientación internacional del estado soviético para eliminar así las barreras ficticias que se oponen al reconocimiento de la URSS.

El plan de construir el socialismo en un solo país no es de ninguna manera una frase vacía; es un programa práctico, que afecta en igual medida a la economía, a la política interna y a la diplomacia. En tanto la burocracia soviética se afianzó más decididamente en su posición del socialismo nacional, los problemas de la revolución internacional, y con ellos la Comintern, quedaron relegados al olvido. Toda nueva revolución es una ecuación con muchas incógnitas, y por lo tanto entraña un ele­mento de gran riesgo político. El actual gobierno soviético pretende, en la medida de lo posible, garan­tizar su seguridad interna contra los riesgos provenientes tanto de las guerras como de las revoluciones. Su política internacional dejó de ser revolucionaria para pasar a ser conservadora.

Es cierto que la dirección soviética no puede plan­tear abiertamente los hechos como son, ni a sus propios obreros ni a los de otros países. Está atada por la heren­cia ideológica de la Revolución de Octubre, que consti­tuye la base de la autoridad de que goza ante las masas trabajadoras. Pero aunque quede la cáscara de la tradición, su contenido ya se ha evaporado. El gobierno soviético permite a los rudimentarios organismos de la Comintern continuar residiendo en Moscú, pero no convocar congresos internacionales. Como ya no cuenta con la ayuda de los partidos comunistas extranjeros, en su política exterior no tiene en cuenta en lo más mínimo los intereses de éstos. ¡Con sólo considerar la recepción brindada en Moscú a los políticos franceses,[7] salta a la vista la contradicción entre la época de Stalin y la de Lenin!

Un número reciente del periódico oficial francés Le Temps (24 de septiembre) publica un despacho de Moscú muy significativo. "Las esperanzas platónicas en la revolución mundial se expresan [en los círculos dominantes de la URSS] tanto más fervientemente cuando más se renuncia a ellos en la práctica." Le Temps continúa aclarando: "Desde la remoción de Trotsky, que con su teoría de la revolución permanente representaba un genuino peligro internacional, los gobernantes soviéticos, encabezados por Stalin, adhirieron a la política de la construcción del socialismo en un solo país, sin esperar la problemática revolución en el resto del mundo." El periódico previene insistentemen­te a las politices franceses que todavía tienden a confundir los fantasmas del pasado con las realidades del presente. No olvidemos que no se trata de una publica­ción cualquiera sino de la más influyente y conservadora de la clase dominante francesa. Jaurés dijo una vez acertadamente que Le Temps "es la burguesía hecha periódico".

Entre todos los gobiernos mundiales, el norteame­ricano fue el que más irreconciliablemente adhirió respecto a los soviets al principio de la "legitimidad" capitalista. En ello jugó un rol decisivo el problema de la Comintern; ¡recordemos si no el comité Hamilton Fish![8] Sin embargo, si los honorables miembros del Congreso están en contacto con los hechos, que no exi­gen el testimonio de la sabiduría porque hablan por si mismos, tienen que llegar a la conclusión de que la política exterior del gobierno soviético ya no constituye el menor obstáculo para su reconocimiento, no sólo de facto sino también de jure.



[1] La URSS y la Comintern. The New Republic [La Nueva República], 1° de noviembre de 1933, donde llevaba el título Rusia y la revolución mundial. Fue escrito quince días antes de que el presidente Roosevelt acordara a la Soviética el reconocimiento diplomático.

[2] Maxim Litvinov (1876-1951): viejo bolchevique, fue comisario del pueblo de relaciones exteriores entre 1930 y 1939, embajador en Estados Unidos entre 1941 y 1943 y diputado comisario de relaciones exteriores entre 1943 y 1946. Stalin lo utilizó como personificación de la "seguridad colectiva" cuan­do buscaba aliarse con los imperialistas democráticos y lo relegó durante el período del pacto Stalin-Hitler y en la época de la guerra fría.

[3] Georgi V. Chicherin (1872-1936): que había sido diplomático en el ministe­rio zarista, apoyó a los socialrevolucionarios en la Revolución de 1905 y se vio obligados emigrar. Volvió a Rusia en enero de 1918, se hizo bolchevique, ese año sucedió a Trotsky como comisario de relaciones exteriores y ocupó ese cargo hasta 1930.

[4] Bela Kun (1886-1939): dirigente de la derrotada revolución húngara de 1919, se trasladó a Moscú y se convirtió en funcionario de la Comintern, notorio por su tendencia hacia el ultraizquierdismo. Se informó que se lo había fusilado durante las purgas de exiliados comunistas de fines de la década del 30.

[5] La NEP, o Nueva Política Económica, fue implantada en 1921 en remplazo de la política del "comunismo de guerra", que predominó durante la Guerra Civil y produjo conflictos entre los obreros y los campesinos, ya que la produc­ción industrial decayó drásticamente y a los campesinos se los requisó y con­fiscó la producción cerealera. Se adoptó la NEP como media circunstancial para revivir la economía después de la Guerra Civil, permitiendo un resurgimiento limitado del comercio libre y otorgándose concesiones al capital extranjero a la vez que se mantenía la nacionalización y el control estatal de determinados sectores de la economía. Los nepman, como se llamaba a los que se beneficiaron con esta política, estaban considerados como una potencial base de apoyo para la restauración del capitalismo.

[6] El Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919, devolvió Alsacia-Lorena a Francia, privó a Alemania de otros territorios en Europa y de sus colonias de ultramar, limitó su poderío militar y estableció que Alemania pagara reparaciones de guerra a las potencias aliadas. Su objetivo era desmantelar económica y militarmente a Alemania en beneficio de las otras potencias imperialistas, pero también aventar de ese país la marea revolucionaria. Fue el factor que más influyó en al conquista del poder por Hitler.

[7] En agosto de 1933 el dirigente radical Edouard Herriot visitó la Unión Soviética, donde se reunió con Molotov y alabó a Stalin; aunque fue como "ciudadano privado", todo el mundo sabía que era un paso hacia la colabora­ción franco-soviética, provocado por el triunfo de Hitler a comienzos de ese año. En septiembre, Pierre Cot, ministro francés de aviación, con una comitiva de once personas, siguió a Herriot a Moscú, donde fueron recibidos cordialmente por el gobierno. Al partir prometieron enviar una misión de expertos militares, navales y de obras públicas.

[8] Hamilton Fish (n. 1888): miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos entre 1919 y 1945, muy conocido por sus vigorosos ataques contra el comunismo y su marcada política aislacionista. En 1933 se opuso a que Estados Unidos reconociera a la URSS.



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